Lucas 2, 1-7; Mateo 2, 13-15. 19-23
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen»
25 – 28 diciembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«¿Cómo es posible ver a un rey de reyes oculto en un establo? ¿Cómo creer que ese niño es Dios y esos padres son sólo unos niños dóciles que se dejan conducir por Dios?»
Hay unos pastores que cuidan sus rebaños. Unos hombres que viven al raso y cuidan las ovejas en medio de la noche. Hoy escucho la historia que he escuchado tantas veces como si fuera la primera vez: «En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: – No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: – hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: – encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!». En la noche silenciosa, cuando el mundo duerme y los miedos despiertan, Dios elige hablar. No lo hace en el palacio de Herodes, ni en el templo donde se encuentran los que oran, ni entre los sabios que conocen las Escrituras. Lo hace en el campo, entre pastores cansados, hombres sencillos, trabajadores anónimos que velan lo que es suyo. Los pastores no eran hombres instruidos. Seguramente no tenían la formación de los fariseos sobre las Escrituras. Sabrían de la llegada del Mesías como todo el pueblo judío. Pero poco más. Y Dios decide contarles a ellos la gran noticia. A los más humildes, a los más pequeños. Dios se hace presente en medio de lo cotidiano, cuando estoy atento a mis tareas. En medio de mi trabajo, de mi rutina diaria, que a veces me produce hastío. Allí donde no creo que habite Dios, cuando lo que hago no es rezar ni estar en silencio. Pero Dios irrumpe en el silencio de la noche, o en medio de las voces de esos hombres en torno a una hoguera. Al ver la presencia del ángel se llenan de temor. Sienten miedo. La luz de Dios asusta cuando no estoy acostumbrado a tanto resplandor. La presencia de Dios me descoloca, porque me saca de mis seguridades, de mis noches conocidas. Los pastores tienen miedo porque no esperaban la llegada de un Ángel. El mismo Zacarías, estando en el templo, tuvo miedo. María también se sobrecogió y José igual. El miedo forma parte del corazón humano. Porque veo que es Dios mucho más grande que yo mismo y no me veo digno. ¿Por qué me manifiesta Dios su poder a mí, que soy tan pequeño? Los pastores se asustan. A veces el miedo hace que yo huya y evite ponerme en camino. Pero hoy el ángel les dice que no teman. Ya le dijo lo mismo a Zacarías, a María y a José. Ahora se lo repite a los pastores. Les pide que no tengan miedo, que no se asusten, que no se escondan. Me gusta esa petición tan imposible. Como si fuera fácil erradicar el miedo cuando se apodera de mi alma. Por eso el Ángel quiere que se calmen, que escuchen bien el mensaje. Dios sabe que yo también tengo miedo. Miedo al futuro, miedo a perder lo que me da seguridad, miedo a no ser suficiente para los que me aman y esperan tanto de mí, miedo a que la vida no salga como espero ahora, a que experimente el fracaso, la pérdida y sufra la ausencia de seres queridos. Por eso, antes de pedir nada, Dios consuela a los pastores y me consuela a mí. El mensaje es alegre. Jesús ha nacido, el Mesías, el Salvador. Y los pastores se llenan de alegría. Porque se les anuncia la noticia más esperanzadora. Dios trae la paz. Pero no cualquier paz. No la paz cómoda, ni la paz de quien lo tiene todo controlado. Es la paz de los hombres de buena voluntad. De los que se atreven a creer y a soñar. De los que, como los pastores, dejan su noche y caminan hacia la luz. Se llenan de esperanza porque esa paz es en primer lugar para ellos. Y se alegran. ¿Cómo no van a desear que venga el salvador? La prueba sin embargo es sólo un niño envuelto en pañales. ¿Sería ese el Salvador? ¿Sólo un niño recién nacido? ¿Cuánto tiempo tendrían que esperar para que salvara a los hombres de su esclavitud y de sus guerras? El Salvador es un niño indefenso al que cualquiera podría matar. Es un Dios hecho de carne que parece tan impotente. Un Dios frágil que se deja tocar y envolver en pañales. La señal es desconcertante. ¿Cómo puede llegar uno a pensar que en ese niño ha llegado la salvación? Parece todo tan frágil. Es como si Dios quisiera manifestar su poder en lo más pequeño e indefenso, en una carne débil de un niño. Sin ejércitos que lo defiendan. Y además no recurre a los poderosos para protegerlo, busca a unos pastores que tampoco podrán cuidar a ese niño. No son un ejército que pueda hacer frente a los soldados de Herodes. ¿Por qué Dios recurre a unos pastores para que anuncien al mundo la buena noticia? No lo entiendo. Nadie los creerá. Los ángeles cantan un himno de gratitud porque vendrá la paz a los hombres con su nacimiento. Me impresiona la alegría de los ángeles y la prontitud con la que se ponen en camino los pastores. Corren para ver la señal y le llevarán al niño todo lo que encuentren antes de salir. Para que tenga comida, para que esté caliente en ese establo de Belén. Me cuesta entender cómo actúa Dios. Me cuesta creer que a los que avisa primero sean sólo unos pastores sencillos y humildes, toscos y sin formación. Me gusta pensar que me busca a mí y que soy un poco como esos pastores. Yo también soy frágil y experimento mis límites. Y me cuesta creer que sólo en la piel de un niño se haya escondido Dios.
La pobreza de Belén me impresiona. El nacimiento de Jesús fue de esta manera. Jesús nace en un lugar prestado, en un establo, porque no había sitio en ningún otro lugar más digno. Tienen que ir José y María a Belén por una decisión política. Ellos no tenían la culpa y tuvieron que dejar la tranquilidad de Nazaret en el peor momento y se pusieron en camino: «Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo. Este primer censo fue hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos tenían que ir a inscribirse a su propia ciudad. Por esto salió José del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta. Y sucedió mientras estaban en Belén, que a María le llegó el tiempo de dar a luz. Allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el pesebre, porque no había alojamiento para ellos en el mesón». No querían dejarlos entrar porque estaba todo lleno. Era el censo y muchos habían ido a Belén a inscribirse en el censo. José y María sólo encontraron un pobre lugar. Y allí vino a nacer Jesús, entre animales, en la pobreza de un establo. Me impresiona que nada fue como quizás José y María habían previsto. Ellos tendrían otros planes, otros deseos. Pero nada salió como habían previsto. No es fácil acoger a alguien en mi casa cuando no tengo sitio, cuando no me da la vida ni me dan las fuerza. Por eso no culpo a los que no dejaron a José y a María dormir en un cuarto cómodo, donde pudiera nacer Jesús. No tienen la culpa. Yo no los culpo. Siempre hay excusas razonables para no hacer algo. Yo mismo tengo razones para tomar las decisiones que creo correctas. Pienso que puedo hacer las cosas de una manera determinada y las hago. Sigo un camino u otro. Elijo un destino y dejo otros posibles porque no tengo fuerzas, o tiempo, o ganas. Siento que podría hacer más muchas veces. Mucho más de lo que hago, pero no me esfuerzo. O me justifico con razones que me bastan. No era el momento, no me da la vida, no es posible. Me lo repito mil veces. Y puede que tenga razón, tampoco quiero juzgarme a mí mismo y ser injusto. Porque puede que yo esté cansado, o enfermo, o simplemente no pueda hacerlo como otros esperan de mí. Me gustaría hacer las cosas bien, ir más lejos o más alto, soñar a lo grande, esforzarme hasta quedar exhausto. ¿Dónde está el límite? ¿Dónde acaba la caridad? ¿En qué punto entre la nada y el infinito se acaba la exigencia de dar hasta que duela? No lo sé, no tengo la respuesta. Podría estar veinticuatro horas al día inmolándome, dándolo todo. Podría amar a todos hasta el extremo muriendo en mi cruz, renunciando a todo por amor. Podría dar el cien por cien y no dejar nada para mí, para mí descanso. Surge de nuevo la pregunta: ¿No hay sitio en mi casa, en mi alma? ¿Podría dar algo más de lo que doy? ¿Son válidas todas las excusas que me pongo para no hacer algo? No sé hasta dónde llega la magnanimidad. Eso sí, me gustaría hacer un espacio en mi vida para que nazca Jesús esta Navidad. Quitar todo lo que obstaculiza, esas excusas que no me dejan crecer y dar la vida, que no me dejan avanzar. Quiero que esta Navidad me rompa un poco Jesús mis esquemas. Tal vez no todo esté tan ordenado como yo quisiera, no todo esté end paz en mi alma, en mi familia. No todo resulte como yo había pensado y querido. Mis planes y los de Dios. Mis expectativas y la realidad. Mis límites y el amor sin límites de un Dios que se hace Niño para invadir mi vida, mi hogar, mi espacio reducido y sucio donde sobrevivo. Viene a nacer para cambiar mis ritmos y hacerme más capaz, más abierto, más generoso, más magnánimo. Jesús nace donde nadie lo espera ni lo busca. En el último lugar libre en Belén. En ese espacio maltrecho que nadie hubiera elegido para nacer, para vivir. Allí donde un posadero practicó la misericordia y dejó que José y María entraran. No era el mejor momento, ni el mejor lugar, pero nació Jesús en esa ciudad pequeña, Belén, que dejó de ser pequeña porque algo grande ocurrió en una gruta pequeña. Allí, escondido, nace Dios. ¿Cómo es posible ver a un rey de reyes oculto en un establo? ¿Cómo creer que ese niño es Dios y esos padres son sólo unos niños dóciles que se dejan conducir por Dios? ¿Cómo pensar que ese conjunto de despropósitos, el censo, una Belén abarrotada de gente, un establo, unos animales, es el plan ideado por un Dios todopoderoso y lleno de misericordia? ¿Acaso no podría haberlo hecho de una manera totalmente diferente? A veces me cuesta entender a Dios, comprender sus planes. Miro mi vida y veo que nada en mi camino es como yo esperaba. Mis planes no se cumplen y los otros planes que suceden no son los esperados por mí. Pero es el mismo Dios que me quiere allí donde estoy, en mi realidad, en mis dolores, en mis fracasos, en mis ausencias, en todo lo que me sale mal.
Los pastores son los primeros en llegar a la gruta. Los primeros que adoran, que se postran, que se turban: «Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: –Vamos, pues, a Belén, a ver lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído, pues todo sucedió como se les había dicho». Los pastores llegan a Belén y encuentran lo que les habían dicho. Un niño envuelto en pañales, una madre, un padre, unos animales en un establo. Llegaron corriendo y cargados de alimentos para el niño. No entendían pero su corazón estaba feliz. Están llenos de gozo. La alegría de la llegada, de esa noche mágica en la que todo cambia para la humanidad, sin que nadie lo sepa. Hay tantos hogares, tantas personas que no saben lo que está ocurriendo. Hay tantas posibilidades de enterarte hoy de lo que pasa en el mundo y nadie sabe que Dios se está haciendo carne. Busco estar al tanto de todo lo que pasa a mi alrededor, o en lugares lejanos. Pero no sé lo que pasa en mi vida. No entiendo que Jesús vuelve a nacer esta noche y que, como aquella primera noche, tengo que reconocerlo vivo en señales demasiado cotidianas, irrelevantes. ¿Cómo iba a nacer el rey de reyes, el salvador del mundo, en circunstancias tan extrañas? Imposible de creer. Lo mismo que en mi vida es imposible creer que Jesús pueda nacer en mi alma. Difícil de creer que algo pueda cambiar de forma tan radical. Si supiera adorar a Dios en mi vida. Alabarlo por todo lo que me regala. Si pudiera verlo en las cosas pequeñas que suceden cada día. A menudo me fijo sólo en lo extraordinario, quiero milagros, busco señales que se salgan de lo normal. Busco que Dios haga milagros en mi vida y en la de otros. No acabo de creerme el valor de lo cotidiano. Jesús no nació como esperaban los judíos. No vino con su ejército de ángeles para salvar al mundo. No vino en una noche llena de luces y gloria. No vino para que todos supieran. Y es que la encarnación de Dios casi que escandaliza. ¿Cómo puede Dios renunciar a su poder, a su omnipresencia para estar presente en un lugar pequeño en un espacio único, demasiado pobre. ¿Cómo es posible creer que Dios renuncie a todos sus poderes para asumir mi carne, para dignificar mi impotencia, mi temporalidad y mis límites? ¿Cómo puede caber el amor infinito en un cuerpo finito? ¿Cómo retener el viento en un aliento tan débil? Sigo sin comprender lo que pasa en esta noche mágica. No sé lo que sucede. Dios se hace pequeño para que yo pueda arrodillarme ante Él y adorarlo. Se hace tan pequeño que es capaz de nacer en mi alma. Y me sobrecoge pensar que ese niño será mi salvador, el que cambiará el curso de la historia. Antes y después de su encarnación. Un parteaguas, un nuevo comienzo. Ese Dios que me quiere mostrar el camino del amor verdadero. Y yo me despisto en las cosas prácticas de la cena de Navidad, de los regalos, de las luces y los fuegos artificiales. Y yo sigo buscando a Dios en las cosas extraordinarias, en lo que no comprendo, en lo que no alcanzo a ver porque es fuera de lo normal. Me cuesta ver s Dios en lo oculto, en lo sencillo y humilde. No hubiera reconocido a Dios en ese Jesús que caminaba por Nazaret. Menos aún en ese niño que está en los brazos de una mujer bella pero sencilla de Belén. Es imposible ver a ese Dios al que yo sigo viendo lejos de mí, todopoderoso, inaccesible. No soy capaz de observar, de ver lo que pasa a mi alrededor. No sé lo que siente mi hermano, mi padre, mi madre, mi tío. No sé quiénes son aquellos con los que comparto la vida, lo que sienten, lo que sueñan. Ni siquiera sé sus gustos y aficiones. No sé hacer regalos porque no he puesto atención a lo que de verdad necesitan y desean. No miro con los ojos de los pastores que creen en lo imposible. Ven a Dios en un niño normal, que no hace milagros, que sólo llora, ríe y tiene hambre. Un niño tan frágil al que cualquiera podría matar. Y es que el amor más imposible, el amor eterno que me desarma cada mañana, resulta ser un amor invisible, oculto bajo una capa demasiado gruesa de pobreza. No veo la santidad en el corazón de los santos que conozco. No distingo el amor verdadero bajo la apariencia de la piel humana. No soy capaz de mirar con ojos más hondos, con ojos de fe. Mirar con el corazón que ve lo invisible y cree en lo importante. Las cosas importantes suceden en lo cotidiano. Y necesito creer que Dios sigue escondido bajo mis heridas, en la apariencia demasiado mundana de mi vida. Jesús viene a hacerse carne donde más necesito su presencia pero no me hace distinto, me deja igual. Mis actos de amor imposible seguirán pasando desapercibidos para todos. Pero Dios ya estará cambiando el mundo, como lo hizo desde Belén hasta hoy. Los resultados parecen tan pequeños y los éxitos tan pocos. Y aun así sigo creyendo, confiando y soñando con ese Dios inmenso que viene a cambiarme la vida.
Llega la Navidad y Jesús nace en medio de mi vida, de mi familia, de mi historia. No nace en un lugar perfecto, nace donde estoy yo, con todos mis miedos y preocupaciones, con mis tristezas y alegrías, con mis sueños y logros, con mis fracasos y ausencias, con mis prisas y mis ruidos. Viene a mi familia como es hoy, no como será mañana o como fue un día o como debería ser si todo fuera más perfecto. No nace en la familia ideal que yo no tengo. Nace ahora en mí y eso me emociona. Sé que han cambiado mis Navidades con el paso de los años, acepto que aquellos que formaban parte de la cena familiar ya no se encuentran. No todas las Navidades son iguales, eso lo entiendo. Pero sé que siempre la Navidad puede ser especial. Tengo ante mí este año una nueva Navidad, una oportunidad más para vivir más centrado. Llego a Navidad con todos los que forman parte de mi familia, cada uno con sus cosas, con sus preocupaciones, con sus desilusiones, con sus miedos e inquietudes. S. Pablo me recuerda en 1 Tesalonicenses 4,11 lo importante en estas fechas: «Procurad vivir tranquilos y ocupados en vuestros propios asuntos, trabajando con vuestras manos como os hemos encargado, para que os respeten los de fuera y no tengáis que depender de nadie». Dios quiere que viva tranquilo, sosegado, con calma. Me lo pide Dios en este tiempo de Navidad en el que vivo corriendo de un lado para otro, comprando regalos, preparando cenas, siempre en tensión y acelerado. Lo hago todo por mi familia, por los míos, por los que amo, por mis hijos, mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis compadres. Todo para que mi vida esté en orden y ellos esta noche mágica tengan paz. Pero ¿cuándo voy a detener mis pasos para ansiar y soñar con un tiempo calmado? ¿Cuándo voy a ser silencio para escuchar a Dios en un susurro? Necesito que la Navidad sea un tiempo de paz, de silencio, de conciencia plena. Un tiempo de calma en los que los ruidos no me invadan. Un tiempo sin voces, sin gritos, sin exigencias. Un tiempo de paz. Quisiera vivir con esa paz que no me la da el mundo, porque realmente el mundo lo que hace es quitarme la paz. Y a veces mi familia también me la quita. Llego a la cena familiar inquieto, preocupado y sólo escucho quejas, o reproches, o veo malas caras, o desplantes. ¿Qué me impide tener paz cuando estoy en familia, con los más cercanos, con los míos? Hay historias del pasado, desencuentros no solucionados, heridas aún abiertas. Aunque crezca y ya no sea un niño las relaciones familiares no cambian, sigo siendo el hijo menor consentido que no asume las responsabilidades, o ese hermano mayor que cree tener razón en todo lo que dice o hace, o el otro que no hacía las cosas bien de pequeño, porque era torpe, y ahora tiene que seguir igual. Tal vez soy el alegre, que siempre tiene que sonreír aunque traiga el dolor por dentro. O el más despreocupado que vive pensando solo en sus cosas, o el amargado exigente y obsesivo que no deja de decir siempre lo que no está en orden. No me puedo sacar el cartel que me precede, como si fuera una obligación seguir siendo el mismo de siempre, el de antes, incluso aunque haya cambiado totalmente y haya dejado atrás aquel papel impuesto. Llego a mi familia sin espacio para el asombro ni la sorpresa. Seguiré siendo el mismo, dando lo mismo, entregando lo mismo. Me comportaré como los demás esperan que lo hagan, sin darme la oportunidad de mostrarles una versión distinta de mí mismo, porque no creo que la acepten o la vean. La familia debería ser mi lugar de paz, de calma, de tranquilidad y no siempre lo es. Hay rencores guardados, resentimientos que no me dejan perdonar, ni olvidar, ni pasar página. Hay palabras no dichas y verdades calladas. No hay paz, no hay perdón, yo mismo no perdono. Y las heridas siguen abiertas supurando amargura. Sin espacio para la reconciliación. Da igual que nazca el mismo Dios en Belén cada año, cada día. Da igual que me acerque a Dios cargado con tanto dolor. Da igual porque no consigo liberarme de esa carga que me enferma. Una Navidad sin perdón no es Navidad. Porque Dios se hizo carne en medio de los hombres rotos, heridos, indignos para regalar su misericordia, para perdonar mi indiferencia y mis odios. Para sanarme por dentro. No hay un amor más grande que ese. Un amor que se me regala como una cascada que me purifica. Nace dentro de mi familia para cambiar las dinámicas, para reestablecer las relaciones rotas, para recomponer los vínculos desde la confianza, para dejar salir el agua pura a través del alma. Sin guardar todo lo que me envenena e impide que entre Dios dentro de mí. Una familia sagrada en la que pueda llegar a ser una mejor persona. En la que me sienta amado desde mis entrañas. Dios me ama como soy, Dios me quiere en mi pobreza, Dios sabe cómo es mi rencor, mi odio, mi rabia y cómo eliminarlos para que brote la paz y el amor. Dios sabe lo que me cuesta calmarme y vivir tranquilo, en silencio, en paz. Y quiere nacer para hacer posible lo imposible dentro de mí, dentro de mi familia. Lograr así que la familia sane por dentro de sus heridas más profundas. Lograr que me sienta querido como soy entre los míos, sin vanas exigencias, sin rabias y palabras que hacen daño. Una familia en la que Dios se pueda hacer carne para cambiarme por dentro y cambiar así a todos los que amo y forman parte de mi camino.
El ángel del Señor vuelve a hablar a José: «Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: – Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo». José cambia los planes y se deja guiar por Dios: «Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: – Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno». Me impresiona la obediencia de José para cumplir los planes de Dios. Esos caminos oscuros, entre sombras, en medio de bosques espesos. Cuando no hay respuestas claras y no es tan fácil saber lo que Dios me pide. ¿Cómo me imagino dentro de cinco, diez, quince años? ¿Qué sueño mueve mi alma, qué deseo más profundo me fascina y me alegra? Difícil predecir el futuro y saber lo que será de mi vida ya sea el próximo año. Ni siquiera sé si estaré vivo el próximo mes. Y yo me empeño en hacer cálculos, en prever, en soñar, en imaginarme dentro de un tiempo. ¿Cómo será todo? Seguramente José y María, como una familia que eran, tendrían sus planes. Querrían saber lo que tenían que hacer, dónde vivir, cómo cuidar mejor a su Hijo. Y mientras tanto no ocurrirían demasiadas cosas extraordinarias. Una familia normal, muy humana y muy de Dios. Porque María y José buscaban siempre hacer la voluntad de Dios. Por eso eran capaces de escuchar la voz del ángel en su alma, en su vida. Por eso tomaban las decisiones de la mano de Dios. A veces no resulta tan fácil saber lo que Dios me pide. En la sagrada familia esa búsqueda es constante. Intentan descifrar los signos de los tiempos. Un nuevo rey, un peligro que acecha, una realidad confusa. La huida se convierte en una opción sugerida en el corazón por Dios mismo. Huir para salvar la vida y ser inmigrantes. José y María deciden juntos, en armonía. Así debería ser en cada familia. Que todas las decisiones que se tomaran fueran de la mano y con Dios, preguntándole sus deseos. No basta con que me ofrezcan un trabajo determinado en otra ciudad o que me pidan hacer tal o cual cambio. Juntos los esposos tendrán que ver si es eso lo que Dios desea para su familia, si es la decisión correcta, la mejor para ellos, la que les va a dar más alegría a sus hijos. Las decisiones importantes no están claras al cien por ciento. Hay claroscuros, hay sombras y luces, hay certezas y mucha incertidumbre. Lo importante es decidir juntos, ponerse en camino juntos y dejarlo todo juntos. Compartir los miedos y las inquietudes es importantes y al final elegir lo que creen que les pide Dios en ese momento. Voces del alma, que resuenan en lo más hondo del corazón y les da luz, alegría, inquietud, paz. Voces del tiempo, lo que ocurre, lo que me piden, lo que me sugieren, lo que me afecta. Pueden interpretarse estas voces de muchas maneras, no está todo tan claro, no es una suma de voces y ya está. Hay que aprender a discernir juntos qué es lo que Dios me pide, qué es lo que quiere. Y sé que en esas decisiones me puedo confundir y alejar del sueño que Dios ha soñado para mi vida. En mi defensa siempre estará mi afán por buscar los planes de Dios. Preguntarle siempre, hacer silencio para que me diga, escuchar su sueño y dejarme tocar por su presencia que me salva. Callar y esperar. Y luego actuar, ponerme en camino, llegar al lugar donde me esperan. No todo estará en orden, lo sé y no por ello dejo de tomar decisiones que tienen riesgos. No siempre habrá paz en el corazón. ¿Cómo va a haber paz cuando estoy huyendo? La paz absoluta llegará en el cielo. Mientras tanto doy pasos. Decidir supone ponerme en camino. Escucho en el corazón lo que Dios me pide: levántate. Sí, levántate y ven a mí. Yo voy a Él. El adviento no era sólo esperar a su venida, era al mismo tiempo ponerme en camino e ir a su encuentro. Y así es la vida. Quiero caminar con Dios, escuchar su voz y decidir lo que intuyo que quiere para mi vida. Luego iré viendo si los pasos que he dado me han traído cosas buenas. Si he aprendido de las caídas y de las huidas. De los fracasos y de las victorias. En mis decisiones se encuentra la llave de mi felicidad y de mi paz. Quiero aprender a discernir. Le pido al Espíritu Santo que me ilumine para decidir lo que es bueno para mí. Mis decisiones no siempre serán comprendidas y aplaudidas. Muchos me echarán en cara lo que decidí, o no entenderán mis motivos, ni los compartirán. Aun así no dejaré de decidir por miedo a lo que los demás piensen. Seguiré el camino, lo haremos como familia. No todos estarán de acuerdo y aun así en ocasiones decidiré aquello que no es tan bueno para otros o no parece tan aceptable, pero que veo que es lo que me pide Dios a mí en lo más hondo del alma.
La fiesta de la Sagrada Familia me confronta con un ideal difícil de alcanzar. Una familia santa que me marca un camino a seguir y una meta para que pueda soñar. Es difícil pensar en la armonía en mi familia. Somos muchos, hay muchos lazos e historias pasadas. Hay recuerdos, perdones no dados, no pedidos. Hay diferencias en la forma de pensar y ver la vida. Diferentes maneras de educar a los hijos de cada uno. Formas de vivir a veces casi opuestas. Maneras diversas de tratar a los padres. Hay sueños que a menudo no encajan. No por haber nacido en un mismo hogar, con unos mismos padres, en una misma época, crecemos todos iguales. Las diferencias se acentúan con el paso del tiempo. Con las personas que integro en mi propia familias, con las decisiones que voy tomando y que cambian el rumbo de mis pasos. ¿La armonía se logra cuando hay uniformidad? No es necesario. Es posible vivir en armonía con formas de pensar y vivir muy diferentes. Es posible perdonar y volver a empezar, aunque duela, aunque cueste. Y lo que más me duele a menudo es el orgullo herido. O el hecho de tener que ceder yo y dejar espacio al otro. Renunciar a mi ego para que haya paz a mi alrededor. Decía S. Agustín de Hipona: «En las cosas esenciales, unidad; en las cosas dudosas, libertad y en todas las cosas, caridad». La verdadera unidad se construye sobre estos principios. La unidad no es uniformidad, es comunión, supone caminar juntos porque comparto con los míos lo que de verdad importa. Pero resulta difícil aceptar que en las cosas esenciales no esté de acuerdo con aquellos a los que amo, con mis hermanos, con mis padres, con mis hijos. Esa falta de unidad en lo esencial me aleja de los que quiero, de mi propia sangre. Quiero mantenerme firme en lo esencial de mis creencias, de mi forma de vivir, de mis principios. No quiero ser como el camaleón que se adapta dependiendo del ambiente en el que se encuentre y acaba pensando como piensa la mayoría. Al mismo tiempo, en el resto de las cosas menos importantes, libertad. Porque hay muchas cosas que son opinables y no tengo que estar de acuerdo con ellas. No siempre que alguien me lleva la contraria se convierte en una amenaza o en mi enemigo. No todo el que no piensa como yo en esos temas no me quiere. No estoy en guerra continuamente, respeto que haya opiniones y gustos diferentes. No todo son dogmas, no siempre tienen que estar todos de acuerdo conmigo. Por lo tanto, libertad y esa forma libre de pensar y actuar me da paz. Mi forma de educar a los míos es una y no puedo estar siempre en conflicto con la forma de educar de otros. Libertad para ser siempre yo mismo y permitir que los demás también lo sean. El escuchar opiniones diferentes y puntos de vista distintos no es una amenaza, tal vez es una oportunidad para crecer y ensanchar mi corazón. Y siempre y ante todo caridad. La verdad sin amor hiere en lo más hondo. Por eso tengo que decirlo todo con amor. En todo caridad. Tengo claro que la caridad sin verdad se convierte en algo dulce pero que no construye desde lo más hondo. Y al mismo tiempo la verdad sin caridad acaba hiriendo a los que amo. No tengo que decir siempre la verdad, no tengo que enfrentar a todos con sus límites y carencias. A menudo hiero sin necesidad, por ese ansia mía de decirlo todo, de ser sincero, de ser verdadero y auténtico. Con frecuencia podría callar y hacer de mis silencios un instrumento de paz. No lo critico todo, no lo juzgo todo, no pienso que los demás deberían cambiar en esto o en aquello. Decírselo no va a ayudar, porque no todos están preparados para enfrentar la verdad. No siempre es el momento para confrontarlos y quizás la Navidad sea el tiempo menos propicio para ello. Me gustaría tener claro lo que de verdad pienso yo y no vivir cambiando continuamente mis puntos de vista. Me gustaría hacer las cosas bien, de forma correcta y ser mejor persona. Pero no, a veces veo que no logro unir en mi familia. Al llegar la Navidad me pregunto cuáles son los puntos de fricción que me separan de los míos. Me gustaría allanar el camino para que mi hermano se acerque a mí. Quiero tener paz en mi alma esta Navidad. Que nada de lo que digan saque la peor versión de mí. Quiero llegar con alegría a mis encuentros en familia. Preocuparme por los demás con una preocupación sincera. Quiero estar abierto para todos y sembrar paz. Quiero aprender a escuchar lo que de verdad le preocupa a cada uno.