2 Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Romanos 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42
«El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa»
28 junio 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Quisiera preguntarme cómo son mis amores, ver si están sanos y ver si Dios está en ellos, si Él es el centro de toda mi vida. Quisiera pedirle a Dios que me regalara armonía en mi corazón»
La indiferencia es un mal del hombre que a mí también me aqueja. Me duele el dolor de los demás cuando me afecta, cuando está cerca de mí, cuando me roza y me hiere. Entonces no soy indiferente, me conmuevo y me quedo ahí, en medio del dolor, de la herida, de la muerte. Me quedo ahí para dar esperanza, para transmitir la paz que me falta, para consolar en el desconsuelo. En esos momentos venzo mi indiferencia, salgo de mi caparazón, rompo a llorar con ese don milagroso que Dios concede a sus hijos. Para que sepan llorar con el que llora y reír con el que ríe. Con esa forma tan natural de entregar la vida por el débil, por el pequeño, por el miserable. En esos momentos mi corazón se deshiela y sufre, como si al ver sufrir a los demás sufriera también yo mismo con ellos. Y sus lágrimas despertaran mis propias lágrimas. Eso sucede sólo cuando estoy cerca, cuando miro a los ojos al que padece un mal. Y es que el dolor que me roza la piel me importa, me afecta, no me deja indiferente. Depende entonces de mí, de mi actitud ante la vida, de mi lejanía o mi proximidad. Cuando me acerco sufro con el que sufre. Cuando me alejo sufro de otra manera, por un dolor más egoísta, propio del que se encuentra solo y no le encuentra un sentido a su propia vida. Porque la vida sólo merece la pena ser vivida cuando se pone al servicio de los demás. Y cuando esto no sucede, la vida deja de ser apasionante, se torna monótona, y transcurre en un egoísmo que se busca a sí mismo. Comprendo entonces que si me alejo del que sufre, yo sufro menos. Si permanezco en la distancia las cosas me afectan de otra manera. Si me vuelvo lejano y desapegado de los demás, dejo de ver el dolor que me rodea y me vuelvo indiferente. Me doy cuenta de que, sin pretender ser masoquista, prefiero el dolor que provoca el amor, el sufrimiento que se levanta después del apego, que la indiferencia y la frialdad del alma. Me importa la vida de los demás porque me dejo mi propia vida en sus manos y les entrego mi corazón. Creo que mi vida tiene más sentido cuando vivo atento a la vida de los demás, a sus sufrimientos, a sus preocupaciones, a sus inquietudes. Pero me sigue asustando lo cerca que estoy siempre de permanecer en la indiferencia, me dan miedo mis olvidos y despistes. Cuando me olvido de una cara, de un nombre, de una historia. Cuando dejo de preocuparme por los problemas de los demás y miro sólo lo que a mí me interesa. Cuando no retengo el dolor de los que sufren y no lo disimulo, como si reamente nada me importara. Cuando por egoísmo prefiero que sea otro el que ayude a los demás, mientras yo me cuido y descanso. Escucho lo que les decía el Papa León XIV a los jóvenes en Madrid y me conmueven sus palabras: «La fe da luz y buen sabor a toda experiencia humana. Cuando la vida no sabe a nada es como si nos fuera arrebatada, no la sentimos nuestra. Indiferencia, inconformismo, violencia, guerra, mentira. Sed chispa de una humanidad nueva. Sed misioneros del Evangelio. Nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Es la virtud que cambia la historia más que otras. Vosotros podéis cambiar la historia hacedlo con el amor. Nadie está solo creyendo en Jesús». Y pienso que yo puedo cambiar la historia con amor, mientras que la indiferencia no cambia el corazón de nadie. Yo puedo dejar huella si dejo que mis raíces crezcan en otros corazones, se ahonden, se hagan profundas. Cuando dejo de pensar sólo en mí y comienzo a preocuparme por los que sufren a mi lado. Miro sus miserias y se convierten en mías, porque me vuelvo misericordioso, compasivo, humano. Mi corazón se abaja, se abre, se rompe por el que necesita ser amado, comprendido y valorado. Frente al egoísmo elijo de nuevo la generosidad. En lugar de la pasividad decido primerear, como hace siempre Cristo, y acercarme al que me necesita, o necesita al menos algo de esperanza. Frente a la violencia y la guerra opto por la paz y la comprensión de la postura de los demás, sin atrincherarme en mis puntos de vista. Frente al orgullo y la soberbia que intentan imponerse, elijo siempre la humildad y la mansedumbre, como actitud ante la vida. Tengo claro que vivir una vida sin sal no sabe a nada. Una vida sin luz no me deja ver las cosas importantes de mi camino. Una vida sin esperanza es una vida muerta y sin sentido. Elijo vivir amando, comprendiendo, consolando, cobijando en mi alma a los que sufren, a los que necesitan ser amados y comprendidos. Elijo la verdad frente a la mentira. Y el respeto frente al abuso. El abrazo antes que la indiferencia.
El otro día escuchaba una reflexión que me dio qué pensar. Cuando llego a una casa normalmente no valoro el clavo que sujeta un cuadro, porque no lo veo. Y aunque lo viera no me llamaría la atención especialmente. Simplemente me fijo en la belleza de la pintura. Puedo llegar a admirar el marco que la protege. Puedo poner atención en la firma del autor. Pero nunca valoro la fortaleza del clavo que sujeta el cuadro. Normalmente el clavo pasa desapercibido, muere sin pena ni gloria, nadie lo menciona en sus recuerdos, no cuenta para nadie. Y sin él, está claro que el cuadro no luciría, nadie lo vería. Un cuadro apoyado sobre la pared, escondido detrás de otros cuadros, no luce, se llena de polvo, no es importante, no resalta. Y todo por ese simple clavo que permanece oculto. En la vida hay personas que ejercen la función del clavo. Son los que se colocan detrás de la persona amada para sujetarla, para que no se caiga, para que luzca. La gente ve a esa persona y la admira, por su brillo, por su belleza, por su aspecto. Pero no ve al otro, al que permanece oculto detrás. Son los que sostienen a su amigo en la depresión sin dar la cara, en el silencio, con esa solidaridad de los hermanos que ven la necesidad en quien necesita algo y nunca buscan recibir aplausos y halagos por hacer sólo lo que se espera de ellos. Me gustaría tener vocación de clavo, para sujetar al que lo necesita, para dejar que otros estén en primer plano y luzcan, para hacer posible que otros triunfen y no yo. El nombre del clavo es irrelevante. Son los invisibles que sostienen el mundo, los que hacen lo que parece innecesario o por lo menos excesivo. Los que no exigen ser tomados en cuenta o valorados. ¿Para qué dedican su vida a servir a otros en el silencio? ¿Dónde firman para que todos sepan que han sido ellos y nadie más los artífices de obra magníficas? ¿Dónde queda su deseo de gloria y reconocimiento? Ellos callan, no dan la cara, no aparecen en las publicaciones, su foto no está en ningún sitio. Pero no lo hacen por falsa modestia. Son invisibles para todos, menos para Dios. Es como esa mano que cuida a un enfermo que ya no recuerda nada, como ese cuerpo que sostiene al que no puede caminar, porque no tiene ya piernas para hacerlo y toma prestadas las del que es invisible. Es aquel que alimenta al hambriento sin necesitar que le agradezcan y está pendiente de los que necesitan algo sin pensar en sus propias necesidades. No ponen su voz y nadie recordará cómo era su timbre. No figuran ni pretenden figurar en ninguna red social. No desean ser reconocidos por el mundo, valorados por su generosidad, porque su misión es servir a otros en silencio, porque son los invisibles. A veces, tal vez sienten un poco el dolor del olvido, y les gustaría, puede ser, un poco de reconocimiento. Pero no lo reciben, no lo exigen, tal vez ya no lo esperan, poque tienen vocación de olvidados. Porque han tocado el beso de Jesús en sus entrañas y, como Él, han preferido dar la vida antes que conservarla, morir amando antes de vivir con rencor. Ya no buscan ser los primeros en los banquetes, ni recibir agradecimiento por hacer lo que tenían que hacer, como simples siervos. No lo necesitan porque ya han recibido todo de su Maestro, han sentido el peso del desprecio, se han visto rechazados y han permanecido escondidos, en la sombra, sin exigir nada a nadie. Han mendigado con las manos de Jesús, siendo ellos su rostro visible. Han hecho milagros sin saberlo, simplemente suplicándole a Dios por los necesitados. Han tocado la gracia de Jesús en sus vidas casi sin percibirlo. Son invisibles para el mundo, pero Dios los ve, porque, casi sin pretenderlo, reflejan el rostro del amado. Nadie los recuerda en sus crónicas, ni los toma en cuenta para invitarlos a su fiesta. Son olvidados, ninguneados, nadie vota por ellos, pero sin ellos el mundo no camina. Son siempre aquellos que no quisieron ser los importantes, porque sentían que su silencio era lo que Dios les pedía, estar en la sombra, permanecer ocultos, morir para dar la vida. En un mundo en el que todo tiene que ser visible y destacar. En el que los que brillan son los que cuentan. En el que el éxito pasa por vencer en muchas batallas y las vidas logradas son las recordadas. En este mundo en el que los que gritan son los que se imponen y vencen. En un mundo de apariencias y de verdades relativas. De rostros hermosos, de cuerpos cuidados, de cuentas llenas de dinero, de récords guines, de vidas perfectas, los invisibles parece que son de otro mundo. Hay una verdad escondida en el corazón de todos aquellos que son invisibles. Su voz parece no ser escuchada, pero es Dios el que la pronuncia. Sus gestos parecen ser olvidados, pero Dios los recuerda y sus nombres están inscritos en el cielo para siempre. Al final no importa tanto su anonimato, porque su vida ha merecido la pena. Tienen la misión de ser como el clavo oculto que sujeta el cuadro y permanecer escondidos en Cristo. Es lo que cuenta para ellos, lo único que merece la pena en su vida, lo único que les da alegría. Son invisibles para el mundo y muy visibles para Dios. Son los que han sembrado semillas sin esperar ver sus frutos. Han amado dándolo todo y puede que nunca hayan recibido tanto como hubieran deseado. Porque también tienen deseos, aun siendo sólo siervos. Desean una vida plena, y Dios se la concede. Para que no se olviden de lo importante. Porque ellos, como los santos ordinarios que nadie recuerda, son los que le dan sentido a esta vida, a este mundo. Y lo que ellos hacen es lo que mantiene en movimiento la vida que contemplo. Quisiera parecerme un poco más a ese clavo escondido, a esos siervos olvidados. Y no esperar que nadie sepa lo que he hecho en esta vida.
¿Qué significa ser verdaderamente humano? ¿Qué significa vivir con los pies y el alma en este mundo? ¿Qué significa compartir los sentimientos y emociones de los hombres? Decía el Papa León: «La Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común. La Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano. La actitud de diálogo es parte de su vocación. ¿Qué significa ser verdaderamente humano? La iglesia comparte aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe. Jesús responde a las grandes preguntas sobre el ser humano y su plenitud en este mundo hasta la eternidad. Hace falta un diálogo social. Tejer redes con diálogo, escucha y respeto. Cuidar el lenguaje que se utiliza. Y en el entorno digital. La comunicación nunca es neutral. Puede herir o sanar. Destruir expectativas o sembrar división. O despertar esperanza de construir algo humano». El camino más humano, aquel que me acerca a mi hermano en su situación, en el estado en el que se encuentra, en el dolor que padece, en la herida que lo aísla, es el que Dios quiere para mi vida. Por eso busco ese camino que me acerca a mi prójimo para hablar de los problemas del hombre, de sus verdaderos problemas. Porque toda la humanidad comparte las mismas necesidades, las mismas inquietudes, las mismas preocupaciones y los mismos miedos. Nada le es indiferente a Cristo, y por lo tanto tampoco a ese hombre que vive en el corazón de Dios, que habita en ese corazón herido de Jesucristo. En ese corazón que se abre ante el que sufre y necesita consuelo. En esa mirada divina que se abaja para compadecerse del que está humillado. Por eso lo más humano tiene que ver con la vida de cada persona. No puedo ir por la vida sin enfrentar los problemas que viven las personas. No quiero vivir en una burbuja, ajeno al devenir de la historia. No quiero hablar de teorías, de problemas abstractos. Nada de lo humano le era indiferente a Jesús. Él sufría con los hombres. y entraba en diálogo con todos. A veces me da miedo atrincherarme en mis verdades y poner una barrera que me aísle de todos, sin comprometerme con nadie. No quiero pensar que todo es blanco o negro y que no hay medias tintas, no hay matices. No pretendo mostrarme como poseedor de la verdad absoluta sin dejar espacio para que el diálogo sea posible. Dialogar es comprender, es acercarse, es compartir el camino, es sanar al herido. Es escuchar y callar para dejar que el otro hable, se explique y cuente lo que hay en su alma. Es ponerme en los zapatos de mi hermano para descubrir cuál es su visión del mundo, su mirada. En el diálogo puedo sanar o herir, cerrar puertas o abrirlas, acompañar o alejar de mí. Me da miedo ser el guardián de un Dios que es misericordia. Como si yo fuera el dispensador de la misericordia de Dios, determinando a cada paso lo que está bien y lo que no corresponde. Quiero compartir la verdad de Jesús con humildad, desde mi carne enferma, desde mi alma que también vive en el pecado, en los miedos, en las inconsistencias. Quiero reconocer que no tengo todas las respuestas, tampoco lo pretendo. Veo mis errores y los lamento, me duele la culpa y quisiera volver atrás para corregir un pasado que ya es historia. Sé que de mis decisiones nuevas dependerá mi futuro. Acepto que en cada persona hay un trozo de cielo, de esperanza, de luz. Por eso no me asusta ese pecado que a veces condeno dentro de mí y en los demás, ni esa ira que viene sobre mí y me hace daño. No me escondo a la hora de aceptar a mis hermanos en sus errores, en las mentiras que acaban creyéndose. Quiero estar unido a Jesús para no alejarme de su camino, para poder seguir sus pasos cada día. La verdad me hará libre y la mentira esclavo. Pero sé que sólo desde el diálogo puedo ser cristiano. No se trata de convencer a nadie de la verdad que me ha regalado Jesús. No quiero tratar, en una lucha dialéctica, de demostrar que estoy en lo cierto. Creo que el mayor testimonio es el que Jesús logra en mi carne débil y enferma. Es ese momento en el cual Jesús, a través de mis heridas, se acerca al que más sufre y lo levanta. Es ese instante en el que todo cobra sentido y toda mi vida, pasada y futura, se alinea en el plan de Dios. Me gusta pensar que todo lo que hago es seguir los pasos de un Dios escondido en mi carne. Es la luz que desvela la verdad en medio de mis oscuridades. Sueño con un mundo mejor y sé que sólo es posible desde la humanidad redimida, desde los corazones que se encuentran con Dios en el camino y aceptan su pobreza. Reconocen que son vulnerables y que todo les es dado. Que la misericordia no es un derecho, sino un don que se derrama sobre mi vida. Y que en lo más humano es donde encuentro escondida la verdad de Dios.
Hoy Jesús me dice cómo tengo que seguir sus pasos: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: – El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». A veces el amor humano es así. Mi corazón se enamora de las personas que me dan la vida, echa raíces y no quiere desprenderse. Me ato a mis padres, a mis hermanos, a mis hijos, a mis amigos. ¿Acaso no es ese amor humano tan esencial algo muy querido por Dios? ¿Acaso no ha sembrado Dios en mí el amor humano? A menudo me he confrontado con las afirmaciones de Jesús. Me he rebelado contra lo que piensa, me parece que son exageraciones. ¿Cómo se mide el amor? ¿Cómo puedo calcular si lo amo más a Él o amo más a mis padres, mis hermanos y familiares, mi esposo o esposa, mis hijos? Tengo claro que Dios ha puesto en mí el amor humano y por eso no quiere destruirlo. Pero escucho estas palabras y siento cómo tiembla algo dentro de mí. Es un eco exigente, casi cortante, que parece golpear las raíces de mis afectos más sagrados: los padres, los hijos, la sangre. Cuando me adentro en el silencio de este texto, comprendo que no se me pide desprecio hacia lo que amo. Eso es imposible, Dios ama lo que yo amo. Creo que se trata de lograr un orden mucho más perfecto en mi propio corazón. A veces me descubro a mí mismo queriendo retener las cosas y a las personas, convirtiendo mis vínculos en refugios donde esconderme de mis propios miedos, o en posesiones que calmen mi necesidad de seguridad. Como si tuviera un ansia infinita de ser saciado, colmado de amores humanos, que al final no logran llenarlo todo. Es ahí donde la palabra de Jesús me descentra. Me doy cuenta de que amar desde el apego absoluto, desde la necesidad de controlar o de buscarme a mí mismo en el otro, termina por ahogar el amor mismo. Si pongo a alguien por encima de Dios, acabo exigiéndole a ese ser humano, limitado y torpe, que sea mi dios, cargándolo con un peso que no le corresponde soportar. Cuando amo desde esa herida que me abre al infinito tengo que cuidar a la persona amada y no atarla a mí por necesidad. ¿Cuántas veces escucho: Lo necesito para vivir? Esa frase me acaba pareciendo cierta, pero no lo es. ¿Acaso necesito ese amor humano concreto para vivir de verdad? No es necesidad lo que despierta el amor sano. Es una elección que hago de nuevo cada mañana, porque quiero elegirlo, porque quiero estar con él. Y sé en el corazón, que si no estuviera sería todo muy difícil, pero seguiría viviendo, mi vida no se acabaría de golpe. Visto de esta manera cambia la percepción. Jesús no quiere que renuncie a esos amores humanos que Él mismo ha dejado crecer de forma natural en mi interior. Son amores que Dios me ha regalado. Pero Él quiere que haya un orden armónico en mi alma. Un orden querido por Él. Jesús lo que quiere es que ame bien, desde su corazón, desde su amor infinito. Quiere que tenga paz en mis amores y no viva esclavo y en tensión por ese miedo irracional a perder todo lo que amo. Quiere que todo esté centrado en Él para que tenga su fuente en ese amor infinito que Él me regala. La invitación a amar de esta manera tiene como consecuencia que seré digno de Él. Esa dignidad no es la que yo mismo imagino cuando pienso en quiénes son dignos. Ser digno no es un examen de méritos, ni una meta de perfección inalcanzable. En realidad siempre soy indigno, nunca merezco que me amen, todo amor es un amor inmerecido, es pura misericordia. Jesús lo que quiere es que logre vaciarme de mis propios egoísmos y pretensiones, para que mis manos queden finalmente libres y limpias para amar más, listas para abrazar el mundo tal como es. No me está rechazando por considerarme indigno, pero quiere que ame con esa libertad con la que Dios ama. Con ese corazón roto que lo entrega todo. Cuando Jesús ocupa el centro de mi vida todo se ordena y el centro en mi corazón está claro, es Dios. El peligro es cuando pongo esos amores humanos, finitos y limitados, en el centro de toda mi vida y les exijo que me den un amor infinito que ellos no tienen. El amor humano que recibo será siempre un reflejo imperfecto del amor perfecto e infinito que Dios me tiene. Pero el amor humano no reemplaza el amor divino. Las personas a las que amo no son dioses, no pueden colmar todas mis ansias, ni saciar todas mis necesidades. No responderán siempre a mis expectativas y no me harán feliz en todo momento. Yo tampoco quiero ocupar el lugar de Dios en la vida de nadie, porque nunca estaré a la altura de lo que espera. El control, el miedo a perder a quien amo, el deseo de retener a toda costa llegando a esclavizar por necesidad a los demás, no es un amor sano querido por Dios. Esos amores controladores, exigentes, celosos que sólo retienen, que no dejan libertad, son amores enfermos. Son amores que matan la vida y no dejan que crezca de forma natural, de forma sana. Quisiera hoy preguntarme cómo son mis amores, ver si están sanos y ver si Dios está en ellos, si Él es el centro de toda mi vida. Quisiera pedirle a Dios que me regalara armonía en mi corazón.
Jesús me invita a cargar con mi cruz y seguir sus pasos. No me pide que cargue con la cruz de otros. Sólo con la mía, con lo que a mí me toca vivir: «El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí». La cruz de la que habla Jesús no es un castigo, sino una realidad. Se trata más bien del peso bendito de mi camino. Como cuando en el camino de Santiago cargo con la mochila y sé que el peso que ha de tener no puede exceder el 10% de mi peso. Al hacer la mochila pongo sólo lo que voy a necesitar, lo imprescindible y dejo fuera lo que me sobra, lo que no necesito cargar. No llevo el peso de los demás, sólo mi propio peso. Mi cruz tiene que ver con la aceptación de mi vulnerabilidad, la aceptación del cansancio del camino y la necesidad que tengo de vivir desapegado para seguir caminando ligero. Si no llevo demasiadas cosas podré seguir adelante. A menudo en la vida cargo con cosas que no me corresponden. O me quedo pensando en tantas cosas que no puedo cambiar. Me angustio con el futuro que no controlo. Y me pesa la mochila por las culpas no perdonadas, por los rencores guardados, por los errores cometidos en el pasado. Seguir ese rastro de Jesús supone aprender a amar en libertad, con las manos abiertas, sabiendo que nada me pertenece y soltando todo lo que no tiene que ir en mi mochila, en mi cruz. La cruz de la que me habla no tiene que ver con buscar el sufrimiento porque sí. La cruz es la realidad de mi vida que no puedo eludir, el presente que es como es y no lo puedo cambiar. Mi cruz se compone de todas mis fragilidades, de las heridas de amor de mi pasado, de las ausencias sufridas y los abandonos que me han dejado tocado. Son esos días en los que me cuesta seguir caminando y pesan esas renuncias que hago sólo por fidelidad. Cargar la cruz y seguirle a Él significa abrazar mi vida tal como es, con sus luces y sus sombras, sin esconderme, sin huir. Significa decirle a Jesús: – Aquí estoy, con mis caídas y mis límites, pero contigo sigo caminando cada día. No le tengo miedo a su radicalidad. Jesús no me quita nada de lo que es humano y hermoso. Sólo lo pone todo en su sitio para que tenga el valor eterno que merece. También me dice: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Yo quiero ganar mi vida, encontrarla, guardarla, protegerla. No quiero perder nada de lo que tengo y me angustia esa posibilidad de que algo me falte en el futuro. Me da miedo perder, morir, sufrir. Detesto la cruz y sé que no puedo evitar lo que me hace sufrir, porque el sufrimiento forma parte de mi vida humana, tan herida, tan frágil y limitada. Sé que nada de lo que poseo durará siempre. La temporalidad de la felicidad me turba. Tengo momentos felices que pasan rápidamente y me dejan frío, sólo, abandonado. Por eso tal vez es que elijo siempre el paraíso, pero aquí en la tierra, entre los hombres, un paraíso temporal que me dé una alegría inmensa. Quiero que el cielo suceda ahora mismo, como un regalo caído de lo alto y me inquieta que no dure siempre lo que ahora me hace feliz. Seguir a Jesús no puede ser sin cargar con mi cruz. Eso tiene que ver con las consecuencias de mis decisiones. El hombre hoy no quiere hacerse responsable de los pasos que da, de las decisiones que toma, de sus errores y caídas. No quiere cargar con la responsabilidad que asumió al hacer ciertas cosas, al amar de una determinada manera y elegir un camino dejando al lado el otro. Parece que uno se desentiende de la culpa y considera que los demás son los culpables. Como si hubiera otros más responsables que yo que deberían hacerse cargo de mis propias fragilidades y decisiones. Esa actitud es enferma y me acaba haciendo daño. Cometo un error, hago algo que no está bien, soy yo el que lo hace mal pero busco enfermizamente mi beneficio y al final no me hago responsable de nada, porque no quiero sufrir. Como si yo no hubiera hecho nada. Como si otros fueran responsables y no yo. El miedo a asumir la propia culpa y las consecuencias de los actos que realicé voluntariamente es algo que me hace daño y bloquea mi corazón. Cargar con mi vida implica cargar con mis culpas, con mis errores, con mis traspiés. Aceptar que las cosas no son perfectas y nunca lo van a ser. Supone cargar con el peso de la vida, con el desgaste que duele y no dejar de luchar por entregar mi vida a los demás. Sin buscar los primeros lugares, sin pretender que todo sea mejor de lo que es ahora. Aceptar la cruz supone aceptar que la vida es imperfecta, finita e incompleta. Y que los bienes que ahora disfruto son pasajeros hasta la vida eterna. Para seguir a Jesús tengo que desear entregar la vida por amor. Que se gasten mis días sirviendo a otros. No importa el reconocimiento, tampoco el eco de mis pasos, no importa que los demás no me valoren tanto y que mi recuerdo desaparezca de la memoria de las personas a las que he amado. No puedo pretender que mis huellas queden grabadas para siempre, no puedo esperar que todo lo que haga resuene en la eternidad. Sólo quiero seguir los pasos de Jesús en el Calvario. Tomar mi cruz y aceptarla como es. Tal vez haya cireneos que me ayuden a cargar con ella. Que me enseñen una forma de vivir que me sane por dentro. Pero el camino, paso a paso, lo haré con mi cruz, con su peso, con su realidad. Sabiendo que al perderlo todo estaré ganando el cielo para siempre. Esa mentalidad es la que me da paz. No deseo cuidarme en exceso. Dios hace que mi vida se renueve a cada paso.
Jesús me habla de la importancia de acoger al que llega: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». La hospitalidad es un don sagrado. El propio Eliseo lo vivió en su carne: «Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba. Ella dijo a su marido: – Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse. Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó. Entonces se preguntó Eliseo: – ¿Qué podemos hacer por ella? Respondió Guejazí, su criado: – Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano. Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le dijo: El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo». El profeta es recibido en la casa y le regala el milagro de la maternidad. Mis acciones hacia los demás no ocurren en el vacío. Hay una especie de efecto dominó espiritual. El bien que yo hago tiene siempre consecuencias. Cuando acojo a alguien en mi vida, en mi casa, especialmente a aquellos que traen un mensaje de paz, justicia o verdad, no solo recibo a un hombre, sino a Dios mismo. Veo al prójimo como un puente hacia algo más grande. A veces creo que para cambiar el mundo necesito realizar obras monumentales o heroicas. No es así, basta con reconocer el valor del otro y eso ya es una acción digna de valor. El simple hecho de tener el corazón abierto para identificar y honrar el bien en los demás me regala la paz. Me gusta comprender la grandeza que tienen los pequeños gestos. Basta con un vaso de agua fresca, que representa lo mínimo, lo cotidiano, lo que casi no cuesta dinero pero requiere atención y empatía. En un mundo hiperconectado pero a menudo indiferente, veo la importancia de la ternura en los detalles más pequeños. Es suficiente con una palabra de aliento, con guardar silencio para escuchar a quien lo necesita o con un pequeño gesto de ayuda. Ningún acto de bondad, por diminuto que parezca, pasa desapercibido ni carece de valor a los ojos de Dios. El mundo se cambia desde lo cotidiano, desde la entrega en lo pequeño, desde los gestos más sencillos. Hay una invitación a la corresponsabilidad y a la empatía cotidiana. La construcción de una comunidad más humana se teje con pequeños hilos de generosidad diaria. Me gustaría ser más hospitalario y alegrarme con el que llega a mi vida. Tener las puertas abiertas para que entre. Lograr que se siente en casa a mi lado. Aceptarlo como es, en sus límites, en su verdad. Comprender que la vida se juega en ese instante presente en el que me coloco ante el que llega a mi vida y lo acojo con sencillez. No lo juzgo por su aspecto, por su lenguaje, por lo que hace. No lo condeno por sus gestos sino que veo su verdad y veo que Jesús está escondido bajo su piel humana. Me gustaría ser más hospitalario y repetir siempre esa frase tan mexicana, mi casa es tu casa. Porque es la forma de decirle al que llega que es aceptado sin juicios, sin rechazo. Hoy escucho en el salmo: «La misericordia es un edificio eterno». La misericordia en mi corazón me lleva a mirar sin condenar a mi hermano. Lo abrazo con misericordia. En mi hogar hay espacio para todos. Para poder ser hospitalario tengo que quitarme los prejuicios del corazón. Son muchos. Miro a los demás y los juzgo por mi historia, por mi pasado. Me detengo en su educación, en su forma de vestir, en su aspecto y siento que no me gustan sus maneras. Cierro la puerta de mi vida. Dejo de amar al que llega hasta mí. Quisiera acoger a todos sin poner barreras. Acercarme sin pretender ser mejor que los demás. Con sencillez, con humildad. No es tan sencillo este camino. Duele el alma y cuesta comprender que en esos gestos sencillos y cotidianos estoy cambiando el mundo.