Ezequiel 18, 25-28; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: – Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: – No quiero. Pero después se arrepintió y fue»

27 septiembre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Jesús quiere abrazarme, hay en su alma una ternura infinita que quiere derramarse sobre mí y sacarme de mis sentimientos de pobreza. Una ternura que me recuerda cuánto valgo»

Me detengo a reflexionar sobre la esperanza mientras miro el cielo confiado. La esperanza es esa virtud teologal, ese don que le pido a Dios cada mañana para poder vivir. Esperar en lo que no veo. Decía el Papa Benedicto XVI en Spes Salvi: «La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una «prueba» de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro todavía-no. El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras». Aprendo a vivir en presente donde vive ya de manera real algo de ese futuro que ansío, que espero, que sueño. Tengo claro que ese futuro no es un todavía no absoluto. Creo que ya hay algo de ese futuro en el presente. Se trata de ese reino que nace en mi corazón de forma incipiente. La realidad prometida ya está en parte presente en mi alma, aquí y ahora, en esa historia que voy construyendo con mis decisiones. Me gusta esta forma de ver la vida, el presente y el futuro están tan unidos. Esperar no es soñar simplemente con imposibles. Es esperar en la promesa que Dios ha hecho para mi vida. Una promesa de plenitud, de felicidad eterna. Creo en lo que no veo, en lo que aún no poseo pero se me ha prometido, en aquello que puedo ya mirar en germen en mi propia vida. Esa es la fe verdadera. Porque creer en lo que veo con mis ojos ya no es fe, porque toco la realidad. La fe mira hacia lo que aún no es realidad de forma total, pero lo espero con todo mi corazón. Leía el otro día: «No trataba de borrar el dolor con el olvido, sino de dignificarlo por la esperanza. Decía: – Cuidado con la manera con que recordáis a los muertos. No penséis en lo que se pudre. Mirad fijamente con atención y veréis la viva luz de vuestro amado difunto allá en el cielo»[1]. Miro más allá de la muerte, de la ausencia, de la pérdida, del fracaso. Miro más allá del hoy que me deja incompleto, roto, vacío, inseguro. Más allá de las realidades que no me hacen feliz y forman parte de mi presente. Y en ellas ya hay algo de ese futuro que anhelo, que espero, que ansío. Y lo espero porque Dios me lo ha prometido y me ha dicho que me dará el ciento por uno ya aquí en esta tierra. Y todo esto sucede porque mi corazón vive insatisfecho. No acabo de comer y ya sueño con otras comidas inexistentes ante mis ojos. No acaba el momento que disfruto con unos amigos y sueño con el reencuentro, porque me duele en presente su pronta partida. No dejo que termine una gran experiencia y deseo que ocurra otra lo antes posible, la sueño, la planeo. Vivo continuamente insatisfecho buscando saciar un ansia insaciable que crece en mi pecho. Tal vez por eso el corazón no es feliz, porque anhela lo que aún no tiene, añora lo que un día tuvo y no se conforma ni contenta con lo que ahora posee, porque al corazón, que sueña con el infinito, todo le sabe a poco. En lugar de saltar en una pierna lleno de contento y gritar de alegría a todos los hombres cuando disfruto de algunas cosas maravillosas, llora por lo que pudo ser y no fue, por lo que pasó y no volverá a ser, por lo que podría llegar a ser si se dieran las circunstancias adecuadas. Es la insatisfacción permanente en el alma mortal que sueña con el cielo. Un estado de continua búsqueda casi enfermiza de una felicidad que parece efímera. Como si al buscar lo que ansío ya fuera feliz y al desear me sintiera en posesión de unos bienes eternos ya en parte. Hay más alegría en ese regalo todavía envuelto que en el contenido de ese regalo. Más felicidad en la espera de un viaje, de un proyecto que en la posesión de lo que esperaba. Sueño con imposibles que no consigo hacer realidad. No llego, no logro, no alcanzo. Y Jesús me mira y me dice sonriéndome: ten paciencia, hijo mío, confía, espera siempre, que tu ánimo no desfallezca. Y yo le miro a los ojos y le pregunto: ¿Cómo será esto? ¿Cuándo sucederá? Sufro en la espera y me vuelvo impaciente. Lo quiero todo aquí y ahora. ¿Cómo se consigue tener un corazón paciente y alegre en el presente, que no se deje turbar por la demora? ¿Cómo puedo llegar a alegrarme con una realidad imperfecta, con un presente que tiene todavía poco de ese futuro soñado? Le pido paciencia a Dios para recorrer los caminos sin turbarme, sin perder la paz, sin enojarme con esta vida que no me da todo lo que le pido. Le ruego a Dios que me vuelva más sencillo, para disfrutar de la vida presente. Y más confiado para caminar siempre de su mano sin miedo al mañana.

Tiemblo al pensar en lo que aún no poseo. Y brotan en el corazón las expectativas que me hacen creer que seré más feliz cuando se den ciertas circunstancias, cuando sucedan algunas cosas que deseo, cuando el mundo sea de otra manera, más justo, más favorable. Y pierdo la paz al confrontarme con los que me rodean y parecen bloquear la realización de todos mis sueños. Si consiguiera alcanzar las estrellas. Si pudiera hacer posible lo imposible en mi vida. Las expectativas no son malas. Nacen en mi alma por la necesidad de tener el control sobre mi vida. Nacen y me animan a luchar, a seguir caminando. Proyecto guiones cerrados sobre cómo deberían salir las cosas. Pienso en lo que me haría feliz, y elaboro en el alma esos planes que puedan encajar milimétricamente. No quiero que haya dolor en mi corazón. Deseo que nadie me haga sufrir. Ansío con todas mis fuerzas que los demás reaccionen exactamente como yo quiero y que me traten como a mí me gustaría. Quiero que actúen como yo lo haría en su caso, en esas mismas circunstancias y resuelvan ellos lo que yo resolvería sin ningún problema. Dibujo ese futuro ideal que sane milagrosamente las heridas de mi presente, el dolor del ahora, la angustia que vivo en este momento. Con frecuencia me veo encadenado a las expectativas que crecen con profundas raíces en mi alma. Algunas son mías, las que yo mismo tejo y pienso. Y me frustro cuando el guion no sale como estaba pensado. A veces son las expectativas de los demás sobre mí, que también me esclavizan y me atan y terminan por asfixiar mi alma. Vivo así instalado en una tensión continua entre lo que es y lo que podría ser. Y tengo miedo a perder o a no estar a la altura de lo que yo o los demás esperan de mí.  Cuando vivo así soy capaz de convertir cualquier imprevisto, enfermedad o fracaso en una fuente de amargura y frustración, un dolor profundo. Cuando vivo de expectativas, les exijo a la vida, a los otros e incluso a Dios que sigan mis propios plazos y condiciones, que me hagan caso, que obedezcan. Vivo sin paciencia, alterado, tenso, queriendo que el mundo responda a todas las expectativas que he ido tejiendo para mi propia vida. En realidad sigo pensando que las expectativas no son malas en sí mismas. Obedecen a mi corazón finito que tiene en su interior un ansia de infinito. Siempre quiero más, espero más, anhelo más. Por eso tener expectativas es lo más normal, lo que me puede pasar siempre. Lo verdaderamente importante es que no me deje llevar por ellas y que no viva angustiado cuando no se corresponde la realidad con mis expectativas y deseos.

La esperanza nace de la confianza y de la entrega. No es un optimismo ingenuo, ni un mantra infantil que me repito y me asegura que todo va a salir bien. No me dice Dios que si lucho siempre lo voy a conseguir, porque sé que es mentira. La esperanza sabe mirar la realidad con ojos limpios, reconociendo que en la vida hay pérdidas, límites, cruces e incertidumbres que escapan por completo de mi control. Como recordaba Benedicto XVI en Spes Salvi: «Con la salvación se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». Una meta en la que creo, la certeza de esa meta futura, de ese cielo pleno, de esa paz infinita. Mientras que la expectativa exige un resultado inmediato para asegurarme la paz, la esperanza encuentra la paz en el camino mismo. Eso me emociona. Cuando vivo de la esperanza tengo paz incluso cuando todo a mi alrededor se tambalee y se hunda. Tengo paz en medio de la incertidumbre, en las dudas y los miedos, porque la esperanza me sostiene. La esperanza me ancla en el presente frente a la fuga al mañana. No me escapo del ahora, me quedo aquí soñando con el futuro. Vivir anclado en el presente es lo que deseo y lo que me da fuerzas para vivir lleno de paz. Dios sabe mejor que yo lo que me conviene en cada momento. Sabe lo que será mejor para mí con el paso de los días. No me turbo, confío, espero, aguardo, todo lleva su tiempo. La expectativa vive atrapada en esa posible felicidad que vendrá cuando todo se solucione. Cuando suceda aquello que ansío. Pero no es así, porque a menudo las cosas no se solucionan como yo esperaba, como hubiera querido, como me hubiera gustado. No puedo vivir con esa expectativa de ser feliz sólo cuando suceda lo que más deseo. Tampoco me detengo en los «y si…» que me quitan la paz del alma. La esperanza habita el presente, el único instante sagrado que me pertenece totalmente. Tengo claro que el sentido de la vida se juega hoy, en medio de la fatiga, de la herida o de la tormenta. Por eso quiero ser capaz de acoger la vida como viene, no quiero retenerla, no quiero atarme a lo que fue o a lo que me gustaría que fuera. Confío, espero, aguardo, soy paciente. La expectativa intenta poseer y retener y por eso exige garantías. La esperanza aprende a soltar mi perfeccionismo, dejar a un lado el deseo de control que me invade. No quiero que todo sea perfecto, porque sé que nunca lo será. Se trata de soltar, de dejar ir. No me aferro a mi imagen, a lo que me gustaría parecer ante los demás. Decido abrazar la vida con manos abiertas, como un niño que confía en el amor del Padre y sabe que, pase lo que pase, nunca camina solo. Tengo claro que mi felicidad verdadera no llega cuando todo me sale bien. Quiero aprender a ver la fecundidad en lo que está roto. La expectativa se derrumba ante el fracaso, ante la pérdida, ante lo que ya no es. Mientras que la esperanza comprende que es precisamente en la vulnerabilidad asumida, en la renuncia reconocida y en la entrega silenciosa que duele muy dentro, donde Dios hace nuevas todas las cosas y saca luz de las tinieblas. Dios habita en medio de mis tormentas y alimenta mi esperanza cuando nadie más lo hace. ¿Por qué se turba mi alma ahora? ¿Por qué me inquieto ante lo que no puedo controlar? Nada está en mis manos aunque crea que sí. No puedo cambiar a las personas para que actúen como yo espero. No puedo alterar el pasado ni cambiar el presente como es ahora. Esperar va más allá de esta realidad imperfecta que habito. Vivir de la esperanza consiste en renunciar a ser el arquitecto implacable de un porvenir soñado. La esperanza me convierte en humilde peregrino que echa raíces en cada lugar por el que pasa, sin caer en la ansiedad ni en el miedo. Se trata de dar cada paso con el corazón enamorado, confiando en el mañana y entregando lo mejor de mí sin exigir recompensas inmediatas, ni reconocimientos. Sé muy bien que mi vida está sostenida en las manos poderosas de Dios. Él sabe bien lo que me conviene. Y es mucho más misericordioso que yo, por eso me mira con infinita ternura.  Vivir de la esperanza me lleva a no hacer cálculos, a no querer controlarlo todo y a alegrarme con lo que tengo ahora, sea poco o mucho. Un corazón agradecido es el que me salva.

Me gustaría ser capaz de ver la verdad bajo la mentira, lo auténtico bajo la apariencia. Me gustaría reconocer lo verdadero de cada persona y no quedarme en el maquillaje, en las apariencias. Quiero pensar bien siempre aun cuando sepa que no siempre acertaré. No se trata de decirlo siempre todo, sino de ser verdadero y veraz en lo que hago, en lo que digo, en lo que siento, en lo que siento. ¿De qué me vale ser muy inteligente, culto, sugerente, educado si luego no tengo un buen corazón? ¿De qué me sirve amar a algunos si al mismo tiempo tengo mucho odio y rencor en el corazón? No tengo que convencerte de nada, sólo tengo que ser fiel a mí mismo, yo siendo yo en cada circunstancia. Sin miedo al qué dirán, a lo que los demás puedan pensar de mí, sin miedo al juicio del mundo. ¿Me aceptarán tal cómo soy siempre y en todo momento? ¿Habrá alguien que pueda amarme de esa manera? Lo dudo. Lo normal es que algunos no me quieran como soy, no me acepten, no me valoren. Lo habitual será que mucha gente piense mal de mí y no quiera compartir su vida conmigo. No por eso dejo de ser yo mismo. No quiero vivir convenciendo al mundo de mi valor. Exigiéndoles que me reconozcan y valoren. No necesito que todos me admiren para sentirme valioso. Repaso con cuidado las mentiras que a veces anidan en mi corazón, mentiras que me acabo creyendo. Esas mentiras que me duelen porque me hablan de mis incoherencias, de mis inconsistencias, de mis miedos e inseguridades. ¿Será todo igual de importante en mi vida? No. Algunas cosas sí son muy importantes y en ellas no estoy dispuesto a transar. No me dejaré llevar por la opinión de los demás en temas realmente importantes para mí. Quiero ser bueno con los demás. Quiero ser justo y tratar a todos como se merecen. Quiero aceptar a las personas sin esperar a que cambien y se amolden a lo que a mí me gustaría que fueran. Siento que a lo largo de mi vida he ido cambiando. En algunos momentos fueron importantes unas cosas. En otros momentos lo fueron otras. Maduré y dejé de madurar en ciertos aspectos. Evolucioné y sentí que la vida no maduraba al mismo tiempo que yo. Sentí que se me escapaban oportunidades para crecer. Y aproveché instancias que Dios me regalaba para avanzar, para progresar. Descubrí que lo más importante era caminar hacia dentro, sin pausa, sin miedo. No se trata de recorrer muchos caminos tampoco de hacer realidad muchos sueños. Se trata más bien de cavar hondo, llegar al centro del alma y sentir que me poseo, que estoy en paz conmigo mismo y siento que la vida es mucho más que aquello que creo controlar. Eso me da paz. La palabra misericordia forma parte de mis palabras preferidas, ojalá fuera siempre una actitud en mi alma. A veces juzgo demasiado y condeno. Y me convierto en un juez lleno de juicios, sobre realidades que yo no he vivido y tampoco he sido invitado a juzgar. Como si me creyera mejor que los demás. Es la vanidad de ese pequeño hombre orgulloso que habita dentro de mí. He querido desenmascararlo con frecuencia. Dejarlo a un lado para que no me haga daño con sus impertinencias. Pero vuelve ese yo orgulloso, vanidoso, engreído que habita dentro de mí y no quiere permaneces silencioso. Está claro que cuando excavo un poco, aparece y lo encuentro. Tiene la fuerza de los supervivientes, de los que han sido heridos y han seguido luchando. Se levanta después de las derrotas y grita para que el mundo lo oiga. Es una mezcla de orgullo por vivir y una vanidad enfermiza. Es esa vana ilusión del que se cree fuerte y piensa que puede hacer las cosas bien siempre y solo, mientras que el mundo las hace mal. Hay tanta fragilidad en esas maneras. Tanta mentira encubierta de una apariencia de verdad. No quiero creerme mejor que nadie. Descubro dentro de mí a un hombre herido por la vida, por los hombres, por el tiempo. Y muestra en su debilidad una inseguridad manifiesta. Por eso a veces el orgullo herido hace de las suyas. Y parece entonces que condenar a los demás sea el único camino para salvar la propia vida, la autoestima algo maltrecha. No es así, por mucho que lo intente no funciona. Hablo mal de los demás, o los juzgo. Y después de todo permanece el vacío, la tristeza, la soledad, el abandono. Y la mentira se enquista como una forma de pensar. Por eso decido dejar a un lado las máscaras y las apariencias. No quiero convencer a nadie de mi valía. No busco que todos sientan que soy maravilloso. Prefiero la verdad a las mentiras. El bien al mal. La bondad a la maldad. Y dejo de lado esos juicios que me enferman y me hacen daño muy dentro, en el fondo del alma.

Si hay algo que me gustaría lograr en esta vida es llegar a tener los sentimientos de Cristo. Así lo expresa S. Pablo: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús». De alguna forma tengo claro cuáles son esos sentimientos. Y tengo al mismo tiempo en mi corazón otros sentimientos que no le pertenecen a Él. ¿A quién le pertenece la rabia y la ira que en ocasiones me invaden? ¿De dónde viene a mi alma la envidia, la amargura o la tristeza? ¿Cómo se anidan dentro de mí el desear a mi prójimo un mal que no quiero para mí mismo? No lo entiendo. Repito con S. Pablo que mi vida es Cristo y luego actúo como si mi vida fueran otras muchas cosas que no tienen nada que ver con Él. Cristo no es envidioso, ni rencoroso, ni busca el mal de su prójimo. Es todo lo contrario. Por eso S. Pablo lo concreta en ciertas actitudes: ser unánime y concorde con un mismo amor y sentir. Me pide que me mantenga unido a mis hermanos, que cree esa comunión que parece a veces tan esquiva. Que ame a los demás y sienta con ellos. Eso me parece un milagro. ¿Es posible la comunión en este mundo que tiende a la división? Me parece imposible crear ese mundo en el que la unidad esté presente. El camino me lo muestra el apóstol. Dejar a un lado la rivalidad y la ostentación. Para eso sólo hay un camino, el de la humildad. Cuando siento que los demás son superiores, mejores que yo, todo cambia. En ese momento siento que puedo hacer las cosas de otra manera y dejar que sean los demás los que destaquen, los que tengan los primeros puestos, los que hagan aquello que a mí me gustaría hacer. ¿Seré capaz de vivir esa humildad? Lo dudo, porque tiendo a compararme y a entrar en conflicto con mis hermanos. Quiero los mejores puestos, destacar, que me reconozcan en lo que hago. Quiero hacer las cosas a mi manera. Y que los demás no las hagan. Porque me siento mejor así, más importante, más valioso y valorado. Así no funcionan las cosas, pero yo me empeño en que así sea. Y la única forma de unir es ser humilde. Dejar de mirarme el ombligo y comenzar a mirar con misericordia a mi hermano, con compasión, como lo hace Jesús conmigo. Ese es el sentimiento más hondo de Cristo, la misericordia. Es el sentimiento que traspasó toda su vida. Sus miradas, sus palabras, sus manos, sus pies, todos sus gestos estaban cargados de misericordia. Si yo fuera así con mis hermanos. Sólo entonces podré decir que mi vida es Cristo. Todo lo demás es una mentira. Quisiera saber qué siente Jesús cuando me mira. Cuando se detiene ante mis ojos cerrados, ante esa sonrisa que se niega a aparecer en mi rostro, ante los brazos que han dejado de esforzarse. Qué siente cuando lloro, cuando me hundo, cuando dejo de confiar en Dios, en mí mismo, en los demás. Tengo claro que Jesús siente una compasión infinita hacia mí, hacia todos. Leía el otro día: «Tampoco nos quedamos sólo en sus sentimientos humanos, por más bellos y conmovedores que sean, porque contemplando el Corazón de Cristo reconocemos cómo en sus sentimientos nobles y sanos, en su ternura, en el temblor de su cariño humano, se manifiesta toda la verdad de su amor divino e infinito»[2]. Jesús tiene un deseo profundo de abrazarme, hay en su alma una ternura infinita que quiere derramarse sobre mí y sacarme de mis sentimientos de pobreza. Una ternura que quiere hacerme ver cuánto valgo. Jesús siente conmigo, me conoce en lo más profundo de mi alma y me dice que me ama con locura. Quisiera tener los mismos sentimientos de Cristo. Para poder mirar así a mi hermano, sin envidia, sin celos, sin odio contenido, sin rencor. Jesús no piensa en su propio interés, sino en el de aquellos a los que ama. Piensa en ellos, se descentra, se coloca en el último lugar y acepta la condición de esclavo pasando por uno de tantos: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Se humilló, se anonadó así miso, se abajó y dejó que otros estuvieran por encima de Él. Esa es la verdadera humildad. La que acepta la humillación y el rechazo, el abandono y la crítica. Esa humildad del que sabe que su valor no está en lo que hace, en lo que logra, sino en lo que es. Y que nada que haga, bueno o malo, cambiará su esencia, lo que es, su verdad más íntima. Me gusta este Jesús que es capaz de reconocer su pobreza como hombre. Y me pide que tenga sus sentimientos. Para mí mi vida es Cristo. Y vivir con sus sentimientos. Yo sólo no puedo, pero Él, con su ternura, con su amor profundo, puede cambiar mi corazón y hacerlo semejante al suyo. Puede inscribirme en su corazón para que sienta como Él siente.

En ocasiones como el profeta he pensado que no era justo el actuar de Dios: «Insistís: – No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto? Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá». Y tal vez, como consecuencia de ese ser injusto de Dios, yo también soy injusto. Vivo su injusticia y siento a menudo que esta vida es injusta. Porque no sucede lo que yo quiero, no pasa lo que yo anhelo. Y lo que ocurre no es lo que deseaba. No nacen todos en las mismas circunstancias. Unos gozan de privilegios y otros sufren muchas desgracias. ¿Cómo puede ser justo este Dios que permite el mal sin intervenir y no salva a los que lo necesitan en su necesidad? Me gustaría que Dios hiciera justicia aquí en la tierra y premiara al que hace el bien y castigara al que hace el mal. Sé que dentro de cada uno luchan el bien y el mal en singular batalla. Y Dios permite que venza el mal en muchos corazones. Sufre que se alejen de Él aquellos a los que ama. Pero no lo impide, no interviene para que el malo no haga el mal. ¿Se habrá olvidado Dios de su ternura? «Recuerda, Señor, tu ternura. Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes». Sus caminos son rectos pero yo sigo viendo curvas y desvíos, carreteras cortadas, o caminos que no llevan a ninguna parte. Es misericordioso y aun así su misericordia no salva al que ha caído, no sostiene al que está roto. Me gustaría que Dios no olvidara nunca su ternura. Le increpo porque a veces no la siento, o noto la injusticia hiriéndome la piel. O encuentro que no es bueno todo lo que hace o permite y me indigno. Porque sé que la vida no es justa. Pero también sé que Dios es todopoderoso y podría hacer el bien continuamente, y no lo hace. Podría evitar que el mal se hiciera fuerte. Podría evitar las muertes injustas, innecesarias. Si fuera tan tierno como hoy rezo. Si fuera tan misericordioso como para no olvidarse de mi suerte. Ese Dios es a quien yo amo. Lo quiero con locura aun cuando me parece que no es siempre justo su proceder. Al menos según mi justicia que paga a cada uno según su esfuerzo y entrega. No les paga a todos lo mismo. Dios sí lo hace. Paga lo mismo a unos que a otros. Y a todos los espera, los llama, los invita. No prefiere a unos antes que a otros. A todos por igual, con un amor inmenso lleno de ternura. Pero no siempre las cosas son justas, y no siempre sucede todo como debería suceder. La vida no resulta siempre bien. No siempre hay amor o verdad. No siempre hay ternura y abrazos. No siempre hay reconocimiento y alabanzas. No siempre todos admiten la verdad que algunos ven. No todo lo que sucede es bueno en mi vida, a mi alrededor. Me gustaría que fuera Dios más justo y no permitiera las injusticias. Desearía que el bien, como una tormenta de luz, descendiera sobre este mundo inundándolo todo de amor. Así de fácil, una ráfaga, un viento huracanado, una tormenta maravillosa que limpiara con su agua la suciedad del mundo. Me gustaría que el amor se impusiera siempre sobre el odio, y la paz sobre todas las guerras. Miro a Dios y le suplique que no olvide nunca su ternura.

La vida se juega en esos momentos en los que tengo que responder a una sencilla pregunta. ¿Vienes o no vienes? ¿Quieres hacer esto o no? ¿Vas a cambiar de vida o no estás dispuesto? ¿Vas a obedecer y hacer lo que te pido o no vas a hacerlo? Son preguntas que sólo admiten un sí o un no como respuesta: «En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: – ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: – Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». Es una petición sencilla que llevo escuchando estos domingos. Se trata de trabajar en la viña, de ayudar al dueño de la viña, de servir desinteresadamente sin pensar si llevo desde el amanecer o llegué con la puesta de sol. Nada de eso importa demasiado. Lo que le importa al dueño de la viña es que esté allí, trabajando. Hoy les habla a sus dos hijos. No son unos desconocidos que encuentra por el camino. Son sus predilectos. Sangre de su sangre. Los ama con locura y quiere lo mejor para ellos. Pero ellos son libres. No están obligado a ir a la viña. Pueden negarse y no pasará nada. Pueden ir y no por eso serán más amados. Así es Dios conmigo. No me obliga a hacer lo que quiere para mí. Me da el mayor don que uno puede dar a otra persona, la libertad. ¿No es verdad que a veces le digo que sí a alguien que me ama y a quien amo, para no desilusionarle, para que no se aleje de mí, para que me siga queriendo? Por miedo a perder el amor digo que sí a lo que me piden. ¿No estoy siendo esclavo en esa decisión que tomo? No me siento libre. Actúo movido por la expectativa que esa persona tiene sobre mí. Actúo porque no quiero defraudar a nadie. Pero no soy libre, no soy yo mismo, no soy auténtico. ¿Qué motivaciones hay detrás de mi respuesta? No quiero perder el favor de quien me ama. Quiero que esté contento. O simplemente le digo que sí porque lo amo. Porque quiero estar con él en su viña, sin importarme nada más. ¿Qué busco con mi sí cuando digo que sí? A veces busco quedar bien como aquel que siempre cumple. O busco mis propias intenciones. O sentirme útil y valioso. O simplemente hacer lo que me piden sin cuestionar nada. ¿Qué pasa cuando es Dios el que me lo pide, cómo sé que es eso lo que me está pidiendo? Es lo más difícil, distinguir esa voz de Dios oculta en la vorágine de la vida. Saber con certeza lo que quiere para mí en este momento, lo que me pide de verdad. Si me lo piden los hombres no siempre será lo que Dios quiere. A veces sí, pero no siempre. Hay voces que se confunden en mi alma incluso se contraponen. En la parábola de hoy hay dos hijos, y hay dos respuestas. En las dos llama la atención que una cosas es decir que sí o que no, y otra actuar en consecuencia. Y precisamente en ambos casos cambian de opinión con sus actos: «Él le contestó: – No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: – Voy, señor. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre? Contestaron: – El primero». Uno no quería hacerlo, pero se arrepintió y lo acabó haciendo. El otro dijo que sí, pero luego su sí se desvaneció y no lo hizo. Sin duda el que hizo el querer del dueño de la viña es el que al final fue, no el otro. Yo me siento identificado con ambos hijos. A veces me sale con prontitud de los labios la negativa. No quiero porque me incomoda hacerlo, porque no sé, porque tengo inseguridad, porque me asusta arriesgarme, porque estoy muy cómodo y no quiero perder mi paz. Pero luego cambio de opinión y lo hago. Al principio digo que no, luego digo que sí. Me parece bonito pensar en ese cambio dentro del alma. Me pasa con Dios cuando me pide algo que me exige o no me gusta. Al principio digo que sí. Porque me duele la injusticia o lo que no comprendo. Y luego, con el paso del tiempo, Dios va acariciando mi corazón y haciéndome comprender que tendré paz cuando lo haga. Lo malo es la actitud contraria. Digo que sí, pero luego la fuerza de ese sí se desvanece. Comienzo con fuerza y luego me arrepiento y dejo de actuar en consecuencia. No hago lo que dije que iba a hacer. No me exijo y me dejo llevar por la vida. Jesús continúa con una afirmación muy fuerte: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis». Me hace bien escuchar que las prostitutas y los publicanos van antes que yo en el cielo. Los que dijeron que no al principio y luego se arrepintieron y llegaron a Dios. Porque Dios es misericordioso y el perdón de Dios me salva. Cuando me siento frágil, Dios me socorre. Cuando me humillo, me levanta. Lo malo es cuando hago lo contrario. Me siento mejor que los demás, pero no hago lo que Dios quiere. No actúo como debería actuar. Esa es la actitud que Jesús reprueba. La de la conversión es la que más aplaude.

[1] Los miserables, Victor Hugo

[2] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo