Hechos de los apóstoles 2, 14a. 36-41; 1 Pedro 2, 20-25; Juan 10, 1-10

«Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon»

26 abril 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Los demás no me dicen lo que espero oír. Ni hacen lo que quiero que hagan. Las cosas no salen como a mí me gustaría. Sé que el mundo no me calma, ni las tormentas exteriores. Hay un pastor que me calma. Ese es Jesús. Hay otros pastores que me quitan la paz»

En la vida me toca tomar siempre decisiones que pueden cambiar el camino que sigo. Soy libre, no estoy condenado a hacer una u otra cosa. No hay tampoco un único camino posible. Lo único que tengo es incertidumbre y mi única certeza es la muerte. Mientras tanto yo creo que Dios conoce mis decisiones porque está en el tiempo y fuera de él. Y por eso ya sabe lo que decido. Pero me da libertad para elegir el camino que creo me conviene o es para mí. En esas decisiones intervienen muchos factores. Las personas con sus palabras y gestos, las cosas que suceden. Esas voces del tiempo que me hablan de una u otra forma, de muchas maneras. Puedo hacer una cosa u otra diferente. Puedo hacer o no hacer, decir o callar, ponerme en movimiento o quedarme quieto. Al decidir no cuento con certezas, no sé si lo que decida va a ser lo mejor para mi vida o la vida de los demás. Las decisiones que voy tomando marcan mi camino. Me cambian, me forman de una determinada manera. Además conllevan responsabilidades. Si decido continuar una relación o dar el paso de casarme. Si opto por quedarme en este trabajo o elegir uno muy diferente que alguien me ofrece. Si elijo tener hijos o no tenerlos. Y después de esas decisiones más importantes vienen las menos relevantes, las que importan menos. En todas esas decisiones cuenta mucho el alma, el corazón. lo que Dios susurra en mi corazón sin palabras y se queda grabado, y me enciende por dentro o me da paz y me calma. Las voces del alma son fundamentales y son las que sostienen en el tiempo las decisiones importantes. No es posible dar el paso de contraer matrimonio sin esa voz interior que me asegura lo que es correcto, lo que me hará feliz toda la vida. No puedo dar un sí para siempre en un camino posible sin ese fuego que arde en mi pecho. Dios nunca deja de hablarme. Quizás soy yo el que deja de escucharlo. Y aun así su silencio puede dar fuerza a una decisión ya tomada. No me dice que no lo haga, no me susurra que tome otro camino. Me acompaña como a los discípulos de Emaús sin querer convencerme de lo errado de mi decisión primera. A menudo, después del fuego viene el frío, algo así como la ausencia de su voz, en medio de una presencia que es ajena. Las decisiones que tomo se ven confrontadas con las voces del ser. Lo que soy, yo y mis decisiones anteriores, yo y los compromisos ya adquiridos. En el escenario de mi sí querido y besado las nuevas decisiones se ven al desnudo. Ante mi realidad, la que me toca vivir, mi familia, mis hijos, mi trabajo, cualquier otra decisión puede perder la fuerza si no se corresponde con el camino seguido. Deberían pasar muchas más cosas y tendría Dios que inspirarlo de forma más clara. Y al final, es cierto, nunca es fácil decidir. Porque ante una decisión importante brota la angustia en las entrañas. El miedo a equivocarme, a no elegir lo correcto, a no hacer lo que me hará feliz a la larga. Y a lo mejor pretendo en esa búsqueda que los demás apoyen mi decisión, estén de acuerdo con lo que he elegido. Como queriendo justificar el camino elegido. Como esperando que los demás ratifiquen la validez de mi decisión y eso no es lo correcto. Las voces contrarias de los demás sólo son voces del tiempo. Algunas serán válidas para ir por un camino u otro, pero no todas lo son. Mi decisión es sólo mía y sé que puede que sea incomprendida por los que me aman. Aun así la tomo porque es lo que creo que Dios me pide, porque pienso que es lo que Dios desea de mí. Incluso sin certezas tomo un camino y no el otro. Y es que mi vida es un camino jalonado de decisiones importantes. El Papa S. Juan Pablo II en el Mensaje para la JMJ de 1989 decía: «Jesucristo en cuanto es nuestro Camino, Verdad y Vida. Se trata de un nuevo, más maduro y más profundo descubrimiento de Cristo en vuestras vidas. Santiago de Compostela no es sólo un santuario; es también un camino. ¡El Camino de Santiago!, que lleva consigo la experiencia de la peregrinación, imagen insuperable del recorrido de la vida, que alcanza la meta de su plenitud, ¡la Verdad y la Vida!». Peregrinar hacia un lugar santo me lleva a pensar que mi vida es un peregrinar al cielo. Y en ese camino elijo en cada bifurcación el camino que creo que es correcto. Me da miedo equivocarme y alejarme torpemente de mi meta, como los discípulos de Emaús, y caminar en dirección contraria. Es el riesgo de la libertad. Puedo elegir, puedo optar. Incluso tengo la obligación de elegir hasta aquello que no puedo elegir. Elegiré la enfermedad cuando venga a mi vida, o la pérdida, o el fracaso. Elegiré lo que no me gusta y así tendré la paz para vivir asumiendo la realidad que me toca vivir cada día. Ese don de la elección me salva y me hace más de Dios. Soy un buscador incansable de señales, de ayudas, de voces que me permitan elegir la mejor ruta para mi vida, la que Dios desea, la que fue soñada para mí.

La Pascua es un tiempo del Espíritu Santo, un tiempo de liberación. Un tiempo bendecido en el que la gracia cae sobre todos los creyentes. Me gustan estos cincuenta días en los que me renuevo y miro con alegría el futuro. Dios puede hacerlo todo nuevo. Puede vencer cuando parece imposible hacerlo. Vence a la muerte y vive para siempre. Me gusta el tiempo de Pascua en el que creo en todo lo que Dios puede hacer en mi vida. A menudo me encuentro con mis límites. Cometo los errores de siempre. Caigo, me levanto, vuelvo a caer. Me gustaría confiar en ese Dios que me ama con locura. Ese Dios que me busca todos los días cuando yo me alejo y me pierdo. Cuando lo niego y miento o me escondo en mi pecado creyéndome a salvo mientras sigo siendo esclavo. Porque las adicciones me pueden a menudo y creo que la Pascua es salir de la muerte de esas adicciones que me quitan la libertad. La diferencia entre un hábito o una costumbre y una adicción se encuentra en la pérdida de libertad. El otro día leía que hay una triple C que me indica cuándo algo que hago con frecuencia se convierte en una adicción. La primera es el control. ¿Siento que puedo decidir parar cuando quiero? ¿Soy capaz de reducir la frecuencia de lo que hago? ¿O no me siento libre para hacerlo? Mantener el control sobre mis hábitos es importantes. Puedo perderlo y dejar de sentirme libre. Incluso cuando lo que haga pueda ser algo inofensivo, inocente. La segunda C es la de compulsión. Siento ansiedad cuando no puedo hacer aquello que se ha convertido en un hábito y en una obsesión. Durante el día ocupa muchos de mis pensamientos. Es algo compulsivo que no me permite vivir con libertad y no me deja parar. La tercera C es la de consecuencias. Eso sucede cuando lo que hago no me hace bien y me afecta. Tengo problemas de sueño, de salud, en mis vínculos, en la economía. O me puede afectar en mis relaciones afectivas. Esas tres C son un buen examen para ver dónde me encuentro. Para ver si mis hábitos, que pueden ser buenos, comienzan a escaparse de mi control. Un hábito como el deporte puede convertirse en una adicción, o la música, o incluso la lectura. Cosas buenas que pueden tener consecuencias malas. A veces hay hábitos malos, vicios que me hacen esclavos. Y voy bajando la tolerancia. Para conseguir estar bien y tener la dopamina que necesito, acabo haciéndolo más tiempo y de forma más intensa. El síndrome de abstinencia cuando dejo de hacer aquello que se ha convertido en hábito o adicción es un síntoma que me hace ver hasta qué punto estaba apegado. Cuanto más lo necesite, más esclavo soy. Cuando algo se ha convertido en adictivo busco la soledad, o lo oculto, o finjo que ya soy libre cuando en el fondo sigo siendo esclavo. Hay pecados que se convierten en adicciones, o mejor dicho, hay adicciones que son pecaminosas y me acaban enfermando. Me aíslo, renuncio a muchas actividades, reuniones, encuentros porque soy adicto a cosas que no me hacen bien. La adicción acaba secuestrando mi vida y no puedo seguir viviendo como lo hacía hasta ese momento. Hay muchas cosas que me quitan la libertad interior. El problema es que espero que algo finito y pasajero llene mi corazón que tiene sed de infinito. No lo consigo, sólo se da un alivio temporal, una satisfacción pasajera que no me hace feliz. Porque no hay esclavos que sean felices en su esclavitud. Pongo mi plenitud en un ídolo fuera de mí, lejos de Dios. Busco el alivio fuera y no dentro, no en la fuente que mana en mi interior. La adicción es una dependencia que me saca de mi centro. Me vacío en lugar de llenarme. Es un exilio que me promete una tierra ansiada que nunca llega y nunca me da la paz. Pierdo mi esencia y me conformo con sucedáneos de felicidad. La adicción, ese hábito dañino, impone su ley y somete mi voluntad. Dejo de ser dueño de mí mismo, soberano de mi propia alma. Para poder vencer tengo que saber lo que me está pasando. Tengo que ser consciente de la pérdida de mi libertad interior. Reconocer mi pobreza, mi fragilidad y pedirle a Dios que me haga de nuevo. Regreso al centro de mi ser. Acepto mi originalidad y la beso. Calmo a ese niño interior que sufre, no se siente tan querido y por eso busca caricias en adicciones que me prometen mucho y me acaban dando tan poco. Detrás de una adicción puede haber un dolor que no ha sido nombrado, un vacío que tengo que enfrentar. La adicción crea un ruido para que no sea capaz de escuchar las voces interiores que me hacen ver lo que me falta. En mi silencio habita la tristeza, la angustia y la adicción me saca de ese estado de dolor. Cuando reconozco lo que siento y le pongo nombre. Cuando acepto mi verdad y el drama de mi esclavitud. En ese momento estoy en camino de liberarme de mis cadenas. Dejo la anestesia de la adicción a un lado y enfrento la vida como es. Nada externo a mí, nada fuera de mí podrá llenar nunca mi vacío de infinito. Quizás no tengo fuerzas para vencer a ese monstruo que me quita la libertad. Pero sí la tengo para abrazar al niño que sufre y llora dentro de mí. Y le pido a Dios que me abrace muy dentro y me dé su paz. Esa es la Pascua que deseo que ocurra siempre de nuevo. Mirarme dentro con misericordia y abrazar mi dolor buscando su paz. Me vuelvo más libre cuando miro de frente a aquello que me encadena.

La fe es ese don que se me regala para creer en lo que no se ve. Felices los que crean sin haber visto, le dijo Jesús a Tomás. Porque él había dudado antes de ver y sólo creyó cuando vio, cuando pudo tocar sus llagas. Tomás se había enfrentado con ese Jesús en su cuerpo glorioso y había creído. Sabía que había resucitado sólo porque lo vio vivo. Su fe estaba basada en lo extraordinario. Felices los que creen sin ver, sin tocar, sin acariciar lo extraordinario. Yo quiero creer sin necesidad de ver, sin tener certezas absolutas, sin pensar que está todo bajo mi control. Creer cuando el cielo se pone oscuro y no hay claridad. Cuando la tormenta pone en riesgo mi presente y mi futuro. Cuando los problemas acechan y brota el miedo. Creer basado en lo cotidiano, sólo en la verdad que acaricio en mi día a día, cuando las cosas se escapan de lo normal y no entiendo, no veo, no puedo abrazarme a la realidad con fuerza. Creer en ese Dios que me ha prometido lo imposible y camina a mi lado sin que lo vea, sin que lo sienta, sin que note su abrazo, sin que toque sus heridas, sin que sienta su mano calmando el dolor de las mías. Me ha prometido lo que no veo y a mí me cuesta creer cuando tengo miedo. El otro día leía: «El hombre no cree en la inmortalidad porque cree en Dios, sino que cree en Dios porque cree en la inmortalidad, porque sin la fe en Dios no puede aportar un fundamento a la fe en la inmortalidad. Aparentemente lo primero es la divinidad, lo segundo la inmortalidad; pero en verdad lo primero es la inmortalidad, lo segundo la divinidad»[1]. Creo en la inmortalidad, en la eternidad, en la verdad del cielo, en el más allá. Y por eso creo en un Dios Todopoderoso y lleno de misericordia que me lo ha prometido, me ha dicho que donde está Él habrá también un lugar para mí. Decía el Papa León XIV: «Dios nunca nos ha abandonado. En Él, en su paz, siempre podemos volver a empezar. Sigamos adelante sin cansarnos, con valentía y, sobre todo, juntos, siempre juntos». Yo estoy llamado a vivir en el cielo para siempre, mientras se desgastan mis días en la tierra luchando por amar más y con más profundidad desde Dios. Él me ha prometido que no estaré solo y que Él me acompañará para siempre, todos los días de mi vida, en la eternidad y también aquí y ahora. ¿Crees esto? Le preguntó Jesús a Marta en Betania. Sí, creo, porque Jesús me ama y ha puesto su mano en mi mano, su abrazo en mi espalda. Su presencia me alegra y me da paz. Soy inmortal y todo porque dentro de mí hay un deseo inmenso de inmortalidad, de infinito, de paz verdadera y para siempre. Estoy hecho para una vida eterna porque todos mis anhelos y sueños tienen esa medida sin medida. No conozco ningún amor que nazca para durar sólo unos días, un instante. No creo en la verdad del amor interesado que sólo busca al otro para satisfacer un interés propio. Jesús me habla de un amor imposible, infinito, incondicional. No hay ningún amor tan temporal que nazca para no durar. El amor que yo tengo dentro de mí, el amor que me hace acercarme a mi hermano para compartir con él el camino quiere ser un amor para siempre, un amor eterno. Por eso duelen tanto la muerte, la enfermedad, la separación, las despedidas, el fracaso en el amor. Duele que ese amor que yo soñé para siempre deje de serlo o reciba a cambio un amor interesado, temporal y caduco. Me cuesta entender que alguien que me dijo que me amaba para siempre, cambie de opinión y deje de amarme ahora o prefiera amar a otro. E incluso llegue a odiarme cuando antes me había amado tanto. El amor no son sólo palabras, ni siquiera ciertos gestos. El amor verdadero tiene en su centro un deseo de eternidad que no se marchita. Y por eso los amores nacidos con Dios en el centro son para siempre, no son pasajeros. Quiero cuidar la fe para creer que todo es posible. Que no conseguiré todo lo que quiero y deseo. Pero sí fe para creer que de la realidad que me toca enfrentar Dios sacará lo mejor para mi vida. Puede que las cosas que me sucedan no sean las mejores. Me turbaré, me indignaré, incluso puede que me pelee con Dios. Pero Él, que ama con locura, preparará un camino mejor para mí y hará que brote vida de la realidad que me toque sufrir. Los sueños son imposibles cuando dejo de creer en ellos, cuando dejo de luchar y abandono la batalla. Yo creo en el Dios de mi vida que me dice cada mañana que nada es imposible para Él. Que todo es posible en sus manos. Puede hacer todas las cosas nuevas, puede cambiar mi camino y hacerme fecundo cuando a mí me parece que todo es un erial. Puede darme la certeza de su presencia incluso cuando no sienta nada o piense que estoy lejos de su amor que todo lo abarca. Quiero que Jesús aumente mi fe en esta Pascua, porque es muy débil y me regale un corazón nuevo. Quiero que me dé la alegría de vivir cada día en su presencia y la paz para enfrentar las dificultades.

Siempre la imagen de las ovejas me ha parecido algo ajena a mi realidad. No convivo con ovejas y sólo sé que se siguen las unas a las otras sin pensar, sólo por instinto. Recuerdo una ocasión en la que llovió mucho en Córdoba y se inundaron los campos. El río creció y dejó a un rebaño de ovejas aislado entre dos aguas. El pastor temía por sus ovejas y deseaba recuperarlas. Pero una de ellas quiso arriesgarse y se adentró en las aguas, la corriente la arrastró y se ahogó. Lo trágico es que después de ella fueron cayendo una a una muchas ovejas. Se seguían las unas a las otras sin temer por su vida. Simplemente se guiaban por el instinto. Esa imagen me conmovió. Y es que con frecuencia yo me parezco a esas ovejas. Sigo a otros sin pensar. En lugar de informarme de forma adecuada adopto la postura y el pensamiento de los otros. Me dejo llevar por la corriente siguiendo a los demás, que tienen un poder sobre mí, demasiado poder. Tengo pastores a los que escucho, me conmueven, me atraen y me convencen. Acabo pensando como piensan ellos y me tiro a la corriente del río sin pensar en las consecuencias. Y es que las ovejas, como yo mismo, escuchan voces y las siguen. A veces sin hacer un buen discernimiento para ver qué voces son las importantes. Hoy Jesús me habla de las ovejas: «Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Las ovejas conocen la voz de su pastor. Eso es verdad, pero a menudo yo no sé quién es mi pastor y sigo otras voces. Hoy en día hay mucha gente que habla. Muchos influencer que crean corrientes de opinión. Yo soy libre para escuchar a unos o a otros. Depende de a quién escuche me llenaré de paz o de violencia, porque hay muchos haters en las redes sociales. Parece ser que hoy se puede opinar sobre todos los temas. Como si mi opinión siempre fuera válida porque es mía. Como si no hubiera verdades absolutas sino que cada uno tuviera su propia verdad. Y yo, como oveja, me mimetizo y sigo a los demás, entro en una corriente de opinión que me lleva y arrastra con fuerza. Dejo de tener fuerzas para resistir la corriente. Es demasiado fuerte y no logro avanzar. A veces soy demasiado oveja y no pienso, no analizo, no soy capaz de discernir con madurez. Simplemente pienso lo que otros piensan. No tengo una opinión propia. Leía el otro día: «Enfócate en lo único que puedes controlar, que no es otra cosa que ser fiel a lo que sientes, a tu ser, que no a tu manera de ser o de pensar, que solo te lleva a esforzarte por conseguir la aprobación ajena»[2]. Y es que con frecuencia me dejo llevar por la corriente porque quiero agradar, quiero caer bien, quiero que los demás me acepten y estén en sintonía conmigo. Quiero ser parte de un grupo, de los que piensan de una determinada manera, de los que viven como yo vivo. No quiero que me excluyan, no quiero estar solo. Para eso tengo que cambiar mi forma de pensar y eso me lleva a renunciar a mi esencia, a mi vocación real, al ideal que está escondido en mi alma, al fuego que Dios ha encendido en mi interior. Ser auténtico, fiel a mí mismo, es el único camino para ser libre y feliz, para recorrer mi camino y no esperar continuamente encajar y ser aceptado. ¿A qué estoy renunciando para que los demás me acepten y me quieran? ¿Qué estoy negando en mi corazón para que los demás me quieran porque pienso como ellos? No quiero ser una oveja que se deja arrastrar por la corriente. Quiero tener la capacidad para pensar de forma original. No necesito que todos me quieran y aprueben. Soy capaz de manifestar lo que siento y decirle a los demás lo que me parece bien y lo que me parece mal. No quiero estar siempre de acuerdo con esas corrientes de opinión que parecen imponerse. Yo soy original, no soy una oveja más. Tengo un nombre, un ideal, un sueño escondido en mi alma. Tengo un camino propio y no siempre va a ser el mismo que el que los demás siguen. Mis decisiones no siempre van a ser comprendidas ni aceptadas. A veces tendré mis críticos y no me aceptarán como soy. Pero quiero ser fiel a mi verdad, a lo que ha crecido en mi interior. ¿Qué es lo que pienso de los temas importantes de mi vida? ¿Cuánto influye en mí la opinión de los demás en los temas que realmente importan? ¿Me callo mi opinión cuando sé que muchos no estarán de acuerdo con mis principios, con las bases sobre la que se construye mi vida? Ser oveja es pensar y actuar en consecuencia. Es tener claro el camino que sigo y lo que quiero en esta vida. No sigo sin reflexión a nadie. No me dejo arrastrar por la corriente. Pienso y actúo en consecuencia. Soy oveja porque estoy entre muchas ovejas, pero tomo mis propias decisiones.

Y es que la oveja sí que es dócil y necesita un buen pastor que guíe su camino: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera». Las ovejas obedecen al pastor al que aman, a aquel que las conoce en su esencia y las llama por su nombre. Ese es Jesús. La docilidad es un don que quisiera tener en mi vida. Docilidad para escuchar a Dios y seguir sus pasos. Docilidad para no salirme siempre con la mía y hacer sólo lo que yo quiero, lo que me apetece hacer, lo que me gusta. Docilidad para tomar en brazos la vida y no dejarla tirada a medio camino. Docilidad para seguir unas huellas que marcan un sendero diferente al que yo hubiera elegido. Docilidad para aceptar que el presente no siempre es como a mí me gustaría. Docilidad para besar las llagas de Jesús besando en ellas mis propias llagas, mis dolores y mis miedos. Docilidad para decir que sí cuando todo me mueve a decir que no, que no lo deseo, que no lo elijo. Docilidad para abrazar a Dios en medio de mis tormentas interiores y notar su calor, su presencia. Esa docilidad de las ovejas la quisiera a veces. Para no tener tanto miedo y vivir con libertad siguiendo a Dios por los caminos. Porque es Jesús mi pastor y no todos esos otros que con sus mensajes tratan de determinar mi forma de pensar y de encarar la vida. Muchos pastores hay en mi vida que tratan de convencerme del camino a seguir. Me piden que confíe pero yo no confío. Me dicen que será todo muy fácil si los sigo, y yo sé que ningún camino es fácil. Que no se puede aprender inglés en dos días, ni conseguir un buen trabajo sin esfuerzo, ni tener una vida plena sin sacrificio. Me venden que no es necesario sacrificar nada para ser feliz, pero es mentira. Porque todo amor verdadero conlleva muchos sacrificios y renuncias. Y aunque sienta que ese amor es el verdadero, no lo será si no me duele, si no me cuesta, si no me hiere. Y no tanto porque me hagan daño, sino porque amar duele en las entrañas. Y las renuncias son partes del amor, porque sin ellas el amor se vuelve blando. Miro al Pastor herido que hoy me dice que conoce mi nombre. Ese nombre que ni yo mismo reconozco. Porque mi nombre está escondido en el silencio de mi alma. Y como hay tanto ruido es difícil que lo escuche. Pero Él lo conoce y lo pronuncia con voz queda para que comprenda que mi vida merece la pena. Que la realidad es mucho mejor de lo que parece. Y que yo puedo hacerlo todo mejor si me dejo hacer y transformar en su presencia. El Pastor verdadero ama de forma desinteresada. Es decir, ama sin esperar ser correspondido. Ese es el desinterés del que ama. Y no lo hace porque no lo desee, porque no quiera que yo lo ame de vuelta, sino porque sabe esperar sin presionar, no me persigue para que le diga que lo amo, no me lo exige como pago por su perdón. No me busca para que haga las cosas a su manera. Sólo me dice que soy perfecto, maravilloso y que si me quisiera un poco más mi vida sería increíble. Pero yo me empeño en complicarme la vida. Tomo decisiones equivocadas y sigo a pastores que viven perdidos y sin rumbo. Escucho a cualquiera y me dejo llevar por su forma de ver la vida. Nada es tan negro como parece ser. Nada está tan perdido como algunos insinúan. Nada está tan lejos como me dicen. Dios está aquí, junto a mí, a mi lado. El Pastor verdadero no se olvida de su oveja. La va a buscar cuando se pierde y la carga sobre sus hombros para que no desee volver al acantilado. Va con ella a casa, para que se sienta protegida. No se olvida de ella, no la abandona en medio de los bosques. La ama con todo el corazón y en el cuello se siente protegida y descansa. Me gusta ese pastor tan humano, tan cercano. Me gustaría sentirme así al lado de personas que son pastores. Que tienen ese poder en su mirada y ese corazón capaz de amar hasta el extremo. Necesito dejarme llevar a veces como esa oveja en los hombros del pastor. Necesito dejarme amar y mostrarme débil. El peligro de la oveja es pensar que no necesita al pastor, que puede ser feliz sin Él. El peligro en mi vida es no dejarme amar. Y no mostrarme nunca débil. Sentir que soy fuerte y hacerme el fuerte para que nadie vea mi flaqueza, ni mis heridas. No quiero que cambie la. imagen que tienen de mí. Quiero ser una roca, un super hombre. Una oveja invencible. Y no dejo que el pastor me lleve sobre sus hombros. Quiero ser autónomo, capaz, libre. Como si la vida se jugara en esa pretensión. Es vanidad. Jesús quiere que me sienta oveja, que me sienta perdido para poder encontrarme y llevarme de vuelta a casa. Ese es el camino de santidad que Dios tiene para mí. No el de la perfección del que nunca se equivoca. Sino el camino de la oveja errante que se pierde por los caminos siguiendo a otras ovejas u otros pastores. La valentía para levantarse después de haber caído. El camino del hombre herido que no tiene miedo de mostrar su herida y dejarse amar en su debilidad que lacera el alma. Dios es más grande que todos mis miedos, más poderoso que todas mis pequeñeces. Dios es capaz de hacerme de nuevo llevándome sobre sus hombros. Pero no puede hacer nada cuando me resisto y no le dejo ser pastor. Cuando pongo barreras y huyo de su abrazo.

El pastor me conoce, conoce mi nombre y mi camino. Sabe de dónde vengo y lo que sueño. Me acepta como soy y trata de acompañar mis pasos. En el salmo describo cómo me siento cuando estoy cerca de Jesús, el buen Pastor: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término». A su lado me siento en casa, en paz. Con Él los pastos son más verdes y hay agua suficiente. El miedo desaparece y la paz calma el corazón. A su lado nada me falta. Me gustaría que esas palabras fueran realidad. Que cerca de Dios no necesitara nada más. Que a su lado todo fuera más sencillo. Me duele ver que busco fuera de mí muchas cosas que no me dan paz. Y pretendo que el mundo y lo que sucede a mi alrededor me calme. Es imposible. Todo va demasiado rápido. Los demás no me dicen lo que espero oír. Ni hacen lo que quiero que hagan. Las cosas no salen como a mí me gustaría. Sé que el mundo no me calma, ni las tormentas exteriores. Un pastor que me calma. Ese es Jesús. Hay otros pastores que me quitan la paz, aunque yo los sigo. «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Hay ladrones que me quitan la alegría y la paz. Me impiden calmar mis tormentas interiores. Me prometen respuestas que no son tan válidas. Me dicen que seré feliz si hago lo que me piden. Yo me creo capaz de cambiar muchas cosas. Quiero ser autónomo. Digo que no sigo a nadie, pero siempre lo hago. Siempre escucho a otros y acabo haciendo lo que me recomiendan. Quisiera tener opinión propia. Ser capaz de tomar decisiones desde mi interior. No dejar que los demás decidan por mí. ¿Quiénes tienen influencia en mi vida? ¿Quiénes mandan en mi corazón? Me da miedo vivir esperando a ver lo que los demás piensan de mí, de lo que hago, de las decisiones que tomo. Tengo la obsesión de pretender que el mundo me aplauda y esté de acuerdo con todo lo que hago. Es tan absurda esa tendencia. Espero que los que me quieren aplaudan lo que decido, lo que elijo, el camino que tomo. Quiero tener un solo pastor y me cuesta mucho. Porque vivo volcado en el mundo y me arrastro detrás de los demás esperando a recibir su abrazo. No necesito esa validación para tener paz. No la necesito porque tengo que creer en lo que Dios ha puesto en mi corazón, en mi verdad. Tengo un tesoro dentro de mí y sólo necesito seguir a Jesús. Él es el buen Pastor. Y cuando me ate a este pastor aprenderé a ser yo pastor para otros. Porque quiero ser el que acompañe a otros hasta Jesús. Primero oveja, después pastor. Primero obediencia, después conducción. Un amor que acompaña la vida de los que se me confían. ¿Cuáles son los rasgos de ese pastor que es Cristo? Un amor personal. El pastor ama a cada una como es y la llama por su nombre. Es personal. No es un amor igual para todos. La oveja se siente predilecta, amada de forma muy particular. Ese amor personal es el que salva. Un corazón que se ensancha hasta el infinito. Todas las ovejas caben en el corazón del pastor. Ese pastor no excluye, no aleja a nadie de su corazón. Los ama a todos y los cuida a todos. Su tiempo es limitado y no podrá hacerlo igual con todos, pero optará por los que pueda. El buen pastor pierde el tiempo con sus ovejas. No le importa, no se cuida tanto, y le preocupa que la oveja no se aleje y se pierda. Va a buscarla. Deja a noventainueve para buscar a la que se ha perdido. Es capaz de descuidar a muchas para salvar a una. No se dedica a peinar ovejas, pero, como decía el Papa Francisco, le importa cada oveja y trata de amarla hasta el extremo, por eso tiene olor a oveja. El buen pastor no le importa accidentarse cuando sale de su comodidad, de su zona de confort. Siempre tiene la mirada abierta, la sonrisa amplia. Tiene palabras de consuelo en sus labios. Y sabe escuchar con un corazón atento. Acoge a todos sin dejarse llevar por sus prejuicios. No excluye, no echa a nadie, los ama como son. Ser pastor es difícil, porque puede suceder que pierda la vida amando de esta manera. Pero Jesús me da el ejemplo. Si fuera pastor como lo es Él. Si supiera amar como ama Él.

[1] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas

[2] Estruch, Tony. Geniotipo: Descubre al genio que hay en ti (Autoconocimiento)