Hechos de los apóstoles 2, 1-11; 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
«Sopló sobre ellos y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenido»
24 mayo 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«No se puede forzar el amor, tampoco el olvido, menos aún la risa y la alegría. Son dones de Dios que pido de rodillas cuando sufro, cuando estoy triste, cuando vivo el duelo»
La Virgen María en Fátima busca a unos pastorcillos para enseñarles el amor de Dios. María le dice a Lucía en un momento difícil: «¿Sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios». María me recuerda algo esencial. Ella y Jesús van a estar todos los días a mi lado sosteniéndome. No me va a dejar solo cuando peor lo esté pasando. María busca a los más pequeños. Unos simples pastorcillos Lucía, Francisco y Jacinta. A ellos los acompaña y los acerca al cielo. Les hace comprender la importancia que tienen nuestros actos. Ellos se sienten pequeños ante todo el mal en el mundo. Van a sufrir y van a poder ofrecer sus sufrimientos. Lucía sabe que nunca va a estar sola. Francisco y Jacinta comprendieron que nunca iban a estar solos en su corta vida. Lo primero que me gusta de Fátima es la sencillez. Un pueblo escondido, unos niños, familias muy sencillas, un campo, el silencio, la naturaleza. María busca la mirada pura de unos niños, su corazón inocente, su forma de entender la vida. Y no la entienden, pero María confía en ellos. María confía en mí, en mi pobreza, no en mis talentos. A veces me cuesta aceptarlo y comprenderlo. No me ha llamado porque piense que yo soy muy capaz y talentoso. Me ha llamado porque me ve como a ese pastorcillo que cuida su rebaño. Ha visto mi fragilidad y mis ganas de amar. Conoce mis pecados y el mal que elijo muchas veces. Y me sigue llamando como llamó a los pastorcillos. Saber que soy pequeño me hace humilde y me abre a la belleza de los demás. Me hace pensar que no siempre conseguiré lo que quiero, porque mis fuerzas son pocas. Decía Toni Nadal: «Un joven que se cría pensando que siempre tiene la razón, que es especial, que lo hace todo bien, carece de armas para elaborar soluciones propias». Saberme niño y necesitado es la actitud en la vida que me salva. Cuando me sé pequeño y lo acepto es el primer paso para poder seguir los planes de Dios. Después de ver su corazón inocente, María les hizo ver a los pastorcillos que podrían hacer muchas cosas por los demás, ofrecer sus vidas, su capital de gracias, todo lo que llevaban en su corazón. Esa actitud me hace ver que mi vida está unida a muchas otras vidas. Y que lo que yo haga o deje de hacer importa mucho. Si hago el bien sé que ese bien repercutirá en otros, igual que el mal que hago será una ausencia de bien en sus vidas, ausencia de la gracia. Pienso en mis actitudes y en la conciencia de saber que mi vida está entrelazada a la vida de muchos. Me gusta esa mirada. Nada es indiferente, todo importa. Me hago responsable de la vida de los demás, me importan sus problemas, lo que les pasa, lo que sufren. Y puedo compadecerme y sufrir con ellos. Asumir mi responsabilidad me hace más valiente, más capaz, me pone en camino hacia mi hermano, me saca de mi egoísmo. Fátima también me recuerda la necesidad del silencio en mi vida. Las cosas más importantes suceden en el silencio de mi corazón. En lo más escondido, allí donde yo me encuentro a solas con María, con Jesús escondido y guardado dentro de mí. En ese silencio aprendo a escuchar y descubro lo que Dios me pide, lo que María desea. Los más leves deseos de Dios se hacen audibles y pienso entonces que será posible soñar con lo más grande. No necesito los ruidos, ni las voces, ni el bullicio para vivir en paz, es justo lo contrario. Me basta con el silencio para aprender a vivir de verdad. Guardar el silencio en mi alma y esperar. Tengo mucho ruido en mi interior, hay demasiadas voces que no me dejan vivir. No sé callar, no logro dejar fuera de mí esas interferencias. Me falta paz y llevo dentro de mí muchas guerras, muchos problemas, muchas preocupaciones. Puedo serle útil a María si me dejo hacer en sus manos. A menudo me empeño en hacerlo todo yo, en lograr las cosas, en luchar hasta la extenuación. María me mira y me sonríe y me dice que me deje hacer. Jesús puede hacer todo nuevo en mi corazón. Fátima me regala también hoy un mensaje de paz. En medio de tantas guerras hace falta orar por la paz. Hacen falta pacificadores que siembren paz con su presencia, con sus palabras, con sus gestos. Personas que unan desde la humildad, desde la aceptación de la verdad. Personas que perdonen, que se reconcilien, que no actúen con violencia, que tiendan puentes y no levanten muros. Los pastorcillos construyeron con sus vidas esos puentes entre el cielo y la tierra, entre los hombres. Me gusta volver en mi corazón a Fátima, para mirar a María y que me regale su paz, su silencio, su misericordia.
Muchas veces experimento el duelo en mi vida. Al perder lo que tuve, al sentir el amor que rasga el pecho, al tocar el dolor y saber que lo que tengo no volverá a ser. La muerte de un ser querido, la ausencia de alguien amado, un trabajo del que me despiden, una ciudad que dejo para habitar en otra, unos sueños que no se hicieron realidad, una enfermedad que me hizo sentir la salud que antes tenía como un privilegio, la decisión que otro toma y me afecta a mí, sin tener nada que ver directamente. El amor que no recibo cuando lo he entregado todo y se acaba o se va aquel que dijo que me amaría para siempre. El fracaso que pone un punto final al sueño de alcanzar una gran meta. La desilusión por no poder alcanzar esa meta que me había planteado. El ayer que se va y duele, porque ya nunca volverá el pasado y lo que antes vivía no lo volveré a vivir, será todo distinto. El duelo pesa en el alma y es tan necesario vivirlo, ponerle nombre, sufrirlo. Encarar la tristeza con una sonrisa y agradecer en silencio, sabiendo que es imposible igualar todo lo recibido. Siempre estaré en deuda con ese Dios que me lo ha dado todo. Me ha permitido crecer, caminar, amar, echar raíces. Agradecer cuando duele el corazón no es tan sencillo. Suelo agradecer por lo bueno mientras que me encaro con Dios y me quejo con rabia cuando las cosas no son como yo esperaba. O cuando el presente que disfruto no se prolonga en el futuro. Porque todo lo que pierdo hoy repercute en el mañana: «No es mi pérdida lo único que duele. Es la forma en que influye en el futuro. La forma en que se perpetúa»[1]. En mi forma de enfrentar las pérdidas, las desilusiones, las frustraciones se encuentra la llave de mi felicidad. Soy más feliz cuando maduro y aprendo a encarar la vida con una sonrisa. Las derrotas no me hunden, me enseñan, me ayudan a hacerme más fuerte, más resiliente. Reconocer el dolor me abre a la posibilidad de crecer. Reconozco que algo me duele, no lo niego, hago duelo, agradezco, me enojo, le echo en cara a Dios lo que me sucede. Grito, callo, me escondo. Porque no quiero aceptar que las cosas sean de esa manera. Pero luego acepto la realidad, la beso, la miro a los ojos con dolor. La tomo entre mis manos, como ese niño que mira muy triste su juguete roto sin entender demasiado. Como ese niño que vive la vida sabiendo que el mañana no está en sus manos. El dolor y la pena no se van tan fácilmente: «Siento un lodo constante en mis pulmones. Es como si todas las lágrimas que no logro expulsar estuvieran formando un charco en mi interior. No puedo ignorar la pena, pero, al parecer, tampoco puedo expulsarla»[2]. No quiero ignorar el dolor que tengo, ni la pena, ni la sensación de vacío ante la ausencia, ante la pérdida. Igual que no puedo ignorar la muerte, la enfermedad, el desempleo, o el abandono. No puedo taparme los ojos y mirar a otro lado como huyendo de mí mismo para no sufrir. Es la tentación más común, negar el lodo del alma cuando sufre, y pasar página rápido para que no duela, para no seguir sufriendo. ¿A quién le gustan las lágrimas de aquel con el que compartes la vida? ¿No son mejores siempre las personas alegres que no sufren nada o parecen no sufrir? No llores, le digo con frecuencia a quien llora a mi lado. No llores, no estés triste, sonríe. ¿Acaso la vida no es bonita como parece ahora ante mis ojos? Quiero convencer al que sufre de algo imposible. Es como pretender que amen otra cosas cuando aman lo que ya no existe. No se puede forzar el amor, tampoco el olvido, menos aún la risa y la alegría. Son dones de Dios que pido de rodillas cuando sufro, cuando estoy triste, cuando vivo el duelo. Pero no puedo eludir el camino largo, no hay atajos para el sufrimiento provocado por la pérdida. El duelo es importante, porque sin duelo no hay sanación, sin duelo no hay un paso más hacia delante. Aceptar la realidad como es exige mucha madurez del alma. Supone aceptar la vida y mirarla conmovido. El futuro será distinto al pasado. El presente ya no se repite. Lo que ha sucedido queda como un tesoro guardado en el alma. Los vínculos, los amores verdaderos son para siempre, duran hasta el cielo. Y los recuerdos se hacen fuerte en el alma, no desaparecen tan rápidamente. No quiero olvidar nada. Quiero pensar en todo lo que puedo hacer, lo que puedo conseguir. Lo que he sembrado es para siempre. Lo que he vivido me hará crecer. Lo aprendido son lecciones para el mañana. Para ser más fuerte y libre. No dejaré de hacer lo mismo que he hecho siempre. No dejaré de amar hasta el fondo del alma. De echar raíces y creer que la vida es más grande, más honda, y más bonita de lo que puedo imaginar. Acepto la vida como es. Sonrío entre lágrimas. Le tomo el peso a la pérdida y al dolor. Se lo entrego a Dios con humildad. Dios sabe mejor lo que me hace falta y lo que puedo vivir a partir de mañana. Construyo sobre mi pasado. Lloro y agradezco y camino agradecido hacia delante.
La diversidad, la variedad, la originalidad es algo propio de la vida que vivo. Pero yo no acabo de acostumbrarme. Que el otro sea diferente a mí es una realidad, algo obvio. Igual que el hecho de que yo sea diferente y piense de forma original. Aun así trato de uniformar. Que todos seamos iguales. Como si en la igualdad encontrara la paz mientras que en la diversidad encontrara sólo inquietud, angustia, stress. La igualdad o la nivelación. Todos iguales, todos piensan lo mismo. Uniformidad. ¿Realmente seré más feliz cuando consiga vivir con personas iguales? Luego veo que choco más con los que se me parecen y actúan como yo actúo. Y me ponen nervioso los que dicen estar de acuerdo conmigo porque parece que les da miedo llevarme la contraria. Uniformidad no es igual a felicidad. Jesús quiso a todos de forma diferente. Los quiso en sus diferencias, sin pretender cambiarlos para poder quererlos. No quiso anular sus opiniones diferentes, su forma de pensar que no era la suya. Los quiso, los bendijo, los miró con misericordia. A los que no pensaban como Él, a los que no se le parecían. ¿Cómo llevo yo las diferencias? Que otros no piensen como yo, no actúen como esperaba, no me traten como yo los trato, no me quieran tanto como yo los quiero. Las diferencias en las formas de amar. Algunos aman con servicios, con actos sencillos y simples que hablan de su corazón que quiere entregarse. Otros necesitan palabras que expresen el amor que necesitan recibir. Hay aquellos que buscan las caricias y ser abrazados, y abrazar para sentir el amor en lo más hondo. Y otros que necesitan la compañía silenciosa y fiel de alguien a su lado. Cada uno expresa el amor de forma diferente, son diferencias que cuesta aceptar, entender, vivir. Es diferente mi forma de sentir la realidad, de comprender lo que está pasando en mi vida. Diferente mi manera de enfrentar los problemas, de vivir las contrariedades. Diferente mi forma de dar un salto de confianza y creer que todo va a salir bien al final del camino. Hay diferentes formas de ver una misma verdad, diferentes caminos para llegar al mismo lugar. El peligro es cuando quiero imponer mi manera o cuando digo que mi camino hacia la cima es el único, el válido, el que corresponde. Me cuesta comprender que otros pueden tener sus razones para actuar de una determinada manera y aceptar que no siempre lo que yo piense les va a parecer lo correcto. Creo en las diferencias y acepto que sigan existiendo. Me da miedo querer imponer un único color, una única forma de explicar las cosas, una manera inamovible de ver el camino que se ha de recorrer. Convivir con las diferencias es un arte para el que no siempre me siento preparado. Me hará falta mucha humildad para permitir que sean otros los que decidan e impongan su criterio y no yo. Me hará falta mucha paciencia para comprender que lo que otros hacen o dicen, tan distinto a lo que hoy haría o diría, también vale. Me hará falta perdonar y pedir perdón. Perdonar cuando me hagan daño porque otros tienen otra forma de decir las cosas. Y no será algo personal cuando me lleven la contraria y no estén dispuestos a aceptar mis puntos de vista. Perdonarles cuando me hieran sin saberlo, porque no entienden que sus formas hieren la piel fina de mi alma. Perdonarles cuando no me tomen en cuenta, porque no es mala voluntad, simplemente son diferentes y lo ven todo con otra mirada muy distinta a la mía. Perdonar cuando no valoren mi forma de hacer las cosas, no me agradezcan, no me vean y sea invisible a sus ojos. Y pedir perdón porque yo mismo no lo haré todo bien, heriré sin darme cuenta y dejaré de valorar lo que otros hacen. Pediré perdón por no ser capaz de unir a los diferentes, integrarlos en mi camino, sumarlos a mis proyectos. Pediré perdón, cuando sea demasiado rígido y les exija a todos lo mismo que a mí me exijo. Pediré perdón cuando no acepte a los que no miran la vida como yo y me empeñe en buscar solo a los que validan mis ideas y se suman a mis proyectos. Pediré perdón cuando no tenga tiempo para los que más me exigen, porque son diferentes. Pediré perdón cuando me cueste convivir con los que actúan como yo, porque se parecen a mí y me recuerdan mis propias fragilidades y defectos. Aceptaré la vida como es, con su pobreza y su grandeza. Una vida rica en diversidad en la que todos caben, porque en ellas las diferencias pueden convivir las unas junto a las otras. Porque Dios ha creado rubios y morenos, blancos y negros, altos y bajos. Y ha permitido Dios que todos convivan en una misma tierra, todos sumen como los engranajes de una gran máquina que funciona gracias a que es Dios el que la conduce usando a cada pieza en su lugar, como me recuerda hoy S. Pablo: «Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos». Hay diversidad y unidad. Entonces sé que es posible unir lo que es diferente y mantener en un mismo Espíritu a los que tienden a la dispersión porque son diferentes. En Dios todos pueden tener un lugar para vivir su santidad, su camino de felicidad. Con un corazón abierto para amar a todos, para respetarlos con humildad, para quererlos en su verdad, sin pretender nunca cambiarlos.
Lo más bonito que una persona me ha dicho alguna vez es que la acepté sin querer que fuera diferente. Que valoré lo que había en su corazón sin querer encontrar algo distinto, más valioso o perfecto. En realidad no es tan fácil que lo pueda hacer siempre, fallo, exijo y pretendo que los demás hagan cosas que no pueden hacer. Me cuesta reducir mis expectativas, y es que sé que a veces son demasiado altas. Y entonces choco con lo que no me gusta de los demás, se lo recuerdo o simplemente me lo callo y paso de largo. Me quedo ahí parado, asombrado, decepcionado. Esperaba más y obtengo menos. ¿No le pasará a Dios lo mismo cada vez que me mira? ¿No me dirá María que no estoy a la altura de lo que se espera de alguien que ha sellado con Ella una alianza de amor? Ellos me aman como soy. No me juzgan en el presente, no miran mi pasado y me condenan, no me privan de todas las posibilidades abiertas que tiene mi futuro. Leía el otro día: «Acepto tu pasado porque te ha hecho como me gustas en el presente»[3]. Llevo mi pasado a cuestas, más que como una carga como un signo de identidad. Dios me ama como soy, con mi historia, con mi vida. Me ama y no me olvida. La aceptación es lo que más busco en esta vida. Que me acepten, que me quieran, que me reconozcan. El otro día una persona decía: «Desde que conocí el Santuario y me sentí aceptada como era, supe que ya tenía un lugar al que volver». Puedo volver a ese lugar donde me he sentido valorado, amado, comprendido, querido, respetado. Ese lugar en el que he experimentado un abrazo de bienvenida, sin juicio, sin exigencia, sin pretensiones. Nadie me ha mirado desde arriba, sintiéndose mejor que yo. A ese lugar puedo volver porque será mi hogar, mi raíz, mi terruño. El lugar en el que podré descansar porque nadie me va a rechazar nunca más. Aceptarán mi pasado con sus heridas. Y me darán fuerzas para un futuro nuevo que se abre en un horizonte lleno de luz. María me mira así siempre y me gusta la idea de saber que soy su hijo predilecto. Me gusta la predilección. Que me quieran de forma especial. Que me busquen y piensen que soy mejor de lo que yo me creo. Ven en mí talentos que no creía tener. Reconocen valores que no pensé que yo pudiera defender nunca con mi vida. Una vez que me sé aceptado, querido, reconocido, ya no necesito mendigar continuamente el cariño de los demás. No necesito decirte todo el tiempo que eres bueno para que me quieras, para que me aceptes. El Espíritu Santo me regala la certeza de saberme querido. Es un amor que se derrama sobre mí llenándome de esperanza. María me sostiene cuando yo me siento débil y me recuerda que puedo dar mucho más de mí corazón, puedo ser un niño en sus manos. Puedo dejarme hacer en la fuerza del Espíritu Santo. Que me acepten como soy no quiere decir que no tenga nada que cambiar. Siempre soy consciente de todo lo que puede mejorar en mi vida, en mi forma de amar y de darme a los demás, en mi manera de interpretar la realidad. Y es que mi mirada no siempre es la correcta. Ni mis palabras expresan de forma adecuada lo que llevo en mi corazón. La fuerza del Espíritu Santo puede cambiar mi vida. Puedo llegar a ser mejor persona, puedo cambiar este mundo en el que vivo. No quiero responder a las expectativas de los demás, no se trata de eso. Ni a las que creo que Dios tiene sobre mí. Tampoco sé realmente lo que Dios espera de mí. Me ha creado por amor y sólo sueña con que yo lo ame de vuelta. A mi manera, desde mis límites y egoísmos, sabiendo que nunca podré devolverle todo el amor que Él me ha entregado. Hoy miro a María en el cenáculo de mi vida, en ese corazón donde a veces hay miedos y oscuridades. Hoy escucho: «Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar». Y el Evangelio lo describe: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». Una casa, ese cenáculo de la última cena. Estaban reunidos por miedo a los judíos. No sabían qué hacer, sólo esperar. María estaba con ellos. Esa mirada me gusta. La de María, la de los discípulos. María los anima, les da esperanza, los abraza y los sostienen cuando ellos se encuentran perdidos. Yo me siento perdido muchas veces. Tengo miedo al futuro, a lo que ha de venir. No lo controlo, ni siquiera tengo poder sobre el presente. Sólo sé que no puedo caminar solo y necesito que María me abrace y me diga que cree en mí, que ha puesto en mí todo su amor, que me sostiene y no me va a dejar nunca solo. Eso me da paz y así sé que siempre tengo que volver al cenáculo, aun cuando tenga miedo. Porque la noche es oscura y las amenazas son muchas. Y demasiadas cosas pueden salir mal en mi vida. Y me asusta tomar decisiones que impliquen riesgos. Y por eso busco que todos estén de acuerdo conmigo, con los pasos que doy, con las decisiones que tomo. Vivo escondido en el cenáculo, con miedo, con ansiedad, con angustia y sé que sólo María podrá darle paz a mi alma.
En medio del caos, del miedo, de las espera ansiosa, irrumpe el Espíritu Santo: «De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Se llenaron del fuego del Espíritu Santo y todo cambió en sus corazones. Comenzaron a hablar en lenguas. Quizás tendría que hablar en lenguas para comprender. En lenguas que otros entendieran. No es tan fácil hacerme entender. Lo intento. Busco un lenguaje que me permita hablar con mis hermanos, con los que sufren. Pero mis palabras son malinterpretadas. ¡Cuántos malentendidos se dan por hablar en un lenguaje que el otro no entiende! Quiero decirle a mi hermano lo que siento y no me entiende. No encuentro las palabras o no soy capaz de reducir a palabras todo lo que siento, lo que hay en mi alma, lo que me duele, lo que me pasa por dentro. Las palabras son muy limitadas y lo que vivo es demasiado intenso, demasiado grande e infinito. Quisiera tenerlo todo claro y hacer que la vida fuera mejor de lo que es ahora. Dicen que las palabras tienen un poder creador. Creo realidad cuando las uso. Si me digo que confío en mi poder, o confío en ti, esa palabra crea una realidad. Logro que las cosas sean mejores. La palabra creer tiene tanto poder. Creo en ti, es esa frase que levanta el ánimo. Cuando alguien me mira y me dice que cree en mí. La fe es creadora. Igual que la confianza que yo pongo en los demás. Cuando alguien a quien amo confía en mí, eso me da un poder infinito. Las palabras tienen un poder escondido. Por un lado se quedan cortas y no logran contener el infinito en un continente tan finito. Por otro lado las palabras tienen un pode infinito al lograr cambiar el corazón de las personas. Una palabra puede sanar o herir. Puede levantar al caído o tumbar al erguido. Lo que yo digo y cómo lo digo no es indiferente. Si te digo que te amo ese amor tiene un poder que todo lo abre, lo potencia. El amor cambia la realidad del que lo recibe. Necesito que me digan que me aman, que me quieren, que me necesitan. Y tal vez yo también necesito decir lo que siento y ponerle palabras a la vida. Las palabras levantan muros o construyen puentes. Palabras de acogida para que me sienta amado como soy, en mi pobreza. Palabras que enaltecen y alegran la vida. Palabras que explican las cosas como son, como serán. A veces me da pena no hablar el mismo lenguaje de los que me escuchan. Es como si a veces la Iglesia hablara en latín y nadie entendiera. Porque utilizo palabras que ya no se usan, porque no hablo de la vida que los demás viven. Una predicación teórica, lejana, elevada, con preguntas que no tienen que ver con las preguntas de cada día. Puedo hablar de mis preocupaciones y puede resultar que lo que a mí me preocupa no les preocupe a los que me escuchan. En Pentecostés los apóstoles hablaban en su propia lengua y los que escuchaban lo hacían en la lengua de cada uno. «Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: – ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Por eso lo entendían todo. Quisiera hablar palabras de esperanza, de ánimo, de paz, de perdón, de humildad. Hablar desde la fragilidad propia, no desde las ideas brillantes, de las palabras preciosas. Quisiera hablar al corazón y no quedarme en la cabeza. Puede que la razón lo entienda todo, puede que el corazón no se encienda en el amor de Dios. Lo que dice la Iglesia debería acercar a cada uno al corazón de Dios. No recuerdo muchas homilías que me impactaran. Recuerdo más el testimonio vivo de aquellos que predicaban. Puede que ese día en Jerusalén los que escuchaban no se quedaran con las palabras, no lo entendieran todo. Pero fue la pasión, el fuego, el amor de esos hombres lo que quedó grabado en sus retinas. Quiero que mis palabras tengan que ver con lo que estoy viviendo en mi corazón. Quiero que haya coherencia entre lo que expreso con palabras y lo que vivo. Armonía entre el mensaje que dan mis labios y el mensaje que entrego con el corazón. Quiero entender lo que me dicen los demás. No quedarme en mis prejuicios y mis ideas preconcebidas. A veces cuando se acerca alguien a hablarme lo juzgo desde mi prejuicio. Siento que está mal mi hermano y lo condeno antes de que hable. No me dejo interpelar por sus palabras. Quiero comprender al que sufre, al que está solo, al abandonado. Me pongo en el corazón del que está frente a mí sufriendo su vida. Escucho sus gritos de auxilio. Y le pido al Espíritu Santo que abra mi corazón para comprender lo que desea. Para aceptarlo como es sin encasillarlo en mis miedos y prejuicios.
Imploro el Espíritu Santo este domingo. Quiero que me cambie el corazón en Pentecostés. Suplico: «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas. Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra. Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras; que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor». Quiero que los dones del Espíritu Santo se derramen sobre mí en una cascada que cambie mi corazón. Le pido a Jesús que entre en el Cenáculo y acabe con mis miedos y angustias: «Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Jesús entra en mi vida en Pentecostés en la fuerza de su Espíritu y me renueva por dentro. Me cambia el alma. Me regala su paz, calma mis miedos y acaba con mis guerras. Y me regala el poder de perdonar. Un poder inmenso que se convierte en un signo de la misericordia de Dios. Pero a todos les regala ese mismo don. Todos pueden perdonar. Yo puedo perdonar. Pero no sólo esos pecados que no me afectan, porque no me suceden a mí, no me hacen daño. Es un poder más grande, el poder de ser misericordioso. El poder de perdonar cuando el daño es hondo en el alma. El poder de abrazar cuando estoy herido. De perdonar al que está roto y me hiere a mí por sus heridas. Perdonar al que ha sido infiel a sus promesas y no ha podido amarme como dijo que lo haría. Perdonar al que no logra llegar a las expectativas que yo le había exigido. Perdonar al que se fue olvidando sus promesas. Perdonar al que usó mal ese poder que yo le había dado al abrirle mi alma. Perdonar las malas intenciones y también los errores y los olvidos. Tendrá que cambiarme mucho el Espíritu Santo para hacerme de nuevo y lograr que mi vida sane estando tan herida. Perdonar cuando no me quieran como yo quisiera que lo hicieran. Perdonar a los que hablan mal de mí haciéndome daño con esas palabras que matan. El perdón es un don del Espíritu Santo. Perdonarme a mí mismo por no hacer las cosas tan bien como yo quisiera. Perdonar mis caídas, mis fracasos, mis mentiras. Perdonar el vacío del alma cuando no logro que se llene con la presencia del Espíritu en mi interior. Perdonarme y perdonar y pedir perdón. Tendrá que venir en un mar el Espíritu Santo para lograr que sea más humilde y sea así capaz de pedir perdón cada mañana, cada tarde cuando hiero sin saberlo y consciente de no estar haciendo las cosas como se debe. Pedir perdón al que hiero con mis torpezas, con esos errores imperdonables que se dan en mi alma. También quiero el consuelo del Espíritu Santo consolador. Un consuelo que calme mis dolores y mis angustias, que me quite esa pena que cubre mi alma con su manto. Un consuelo que me abrace y sostenga y me dé ánimos para seguir luchando. Porque a veces las batallas son duras y se me acaba la fuerza interior para seguir luchando. Ese consuelo que necesito, para notar el amor de Dios en mi interior, en lo más profundo. Un consuelo grande que me saque de ese estado de apatía y desidia, de egoísmo y tristeza. Consolador es quien yo quiero ser para abrazar el dolor ajeno. El dolor de los que sufren por las pérdidas y los fracasos, por los abandonos y las frustraciones. Abrazar a mi hermano para que tenga paz en su corazón y experimente como un río en su alma la fuerza del Espíritu Santo. Un consuelo que me revele los deseos de Dios para mi vida, me muestre con algo de claridad el camino y me enseñe a tomar las decisiones más sabias. Necesito sentirme consolado para poder consolar a otros, abrazado por Dios para poder abrazar con su misericordia. Quisiera que el Espíritu Santo me regalara en su fuego un amor que limpiara todas mis impurezas, y acabara con todo lo que en mí no le pertenece. Un fuego que lograra sacar lo mejor de mi corazón, ese tesoro escondido que sólo Dios conoce y hasta yo ignoro. Porque no sé lo que provoca mi presencia y también desconozco lo que mi ausencia trae consigo. Sólo sé lo que veo desde el interior de mi alma y tantas veces no aprecio esa luz del Espíritu que me calma a mí y calma a otros, pacifica y trae la paz a los corazones. Esa luz que ilumina los caminos y hace que el amor sea más hondo y verdadero. Hoy imploro tantos dones del Espíritu Santo que necesito. Para que mi vida sea más plena y el camino sea más firme hacia el cielo.
[1] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz
[2] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz
[3] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó