Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo
lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá»
22 Marzo 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero que Jesús se detenga allí donde yo lo hago. Que coma conmigo, que comparta mi
mesa y mi vida, mis sueños y mis pesadillas, mis alegrías y mis tristezas, mis cruces y
mis alegrías»
Pensar en el Santuario corazón es como pasear dentro del alma y encontrarme que allí mismo
habita Jesús. Se sube a la barca de mi vida para decirme que me quiere. Que no tenga dudas. Que
no me deje abrumar por las dificultades del camino. Que sueñe con fuerza. Que no me arrepienta
nunca de caminar rápido, aunque duelan los pies y el cansancio agobie. Pienso en mi corazón,
cavando hondo y pienso en tantas cosas que suceden en mi alma. Ocurren dentro de mí y a veces
salen a mi encuentro. El Santuario corazón es ese lugar sagrado que existe en mi interior. Allí donde
vuelvo cuando estoy cansado. Allí donde me adentro cuando estoy perdido. Allí donde bebo cuando
tengo sed. Allí donde me sacio cuando tengo hambre. Aquí dentro, en mi mar revuelto, es donde
Jesús camina sobre las aguas, alejándose de mí o acercándose en medio de la niebla. Cuando la
tormenta arrecia y parece decir mi nombre y yo lo escucho apenas, lo escribo y lo guardo, en medio
del llanto. Y siento que me vuelve el alma al cuerpo como si antes todo estuviera perdido. Y descubro
en ese mismo instante que mi miedo no es importante. No es relevante que tenga miedo o no lo
tenga, porque la única alternativa es seguir caminando, con el corazón ensombrecido, triste,
apagado. Aunque no esté justificado sentir un miedo tan irracional. Como si no fuera necesario temer
que la barca se hundiera. Sé muy bien que al final Jesús siempre me salva sacándome de las aguas.
Sube a mi barca sin que yo le pida hacerlo, sin que lo anhele, sin que pueda impedirlo. Se encarama
sobre mí para abrazarme y consolarme en mi turbación, en mi miedo. No importa dónde me
encuentre, tampoco es tan relevante la fuerza del viento, o de la lluvia. No importa que todo se hunda
a mi alrededor. Porque lo que de verdad es fundamental es saber que Dios me sostiene cuando
menos lo entiendo o espero. Sé que a Jesús le importo. Como cuando los discípulos de Emaús
siguieron su camino, tristes, abandonados, desilusionados. Y es que hay tristezas que se pegan a la
piel del alma y me hacen sentir abrumado. Como si la pérdida doliera más que la posesión de tantos
regalos, de tantos bienes. ¿Por qué el corazón se empeña en apegarse a lo que ya no tiene?
Quisiera retener los presentes pasados y volverlos a vivir. Ya nada será como pensaron, se dirían
Cleofás y el otro discípulo sin nombre. Nada volverá a ser como antes. Sus sueños, sus deseos, su
sed y su ansia de plenitud. ¿Acaso no deseo ser amado de forma incondicional y para siempre? Me
rebelo contra un Dios caprichoso que permite el apego y fuerza al mismo tiempo el desapego, o lo
permite. En medio de la barca se turba mi ánimo. Camino por los caminos cabizbajo, pensativo,
sintiendo el peso de la vida sobre mis hombros. Tanto por hacer, tanto por vivir, tanto por dar y recibir.
Y me sigue doliendo el presente en las entrañas, o la incertidumbre del futuro. La tristeza, que apaga
las sonrisas y detiene la alegría. Así me siento a veces, o me he sentido. Como esos dos discípulos
desconocidos hacia Emaús. No eran de los doce, no parecían importantes. ¿Acaso el corazón de
Jesús sólo era capaz de amar a doce? No, sin duda cabrían tantos dentro de su corazón humano,
divino. En su corazón de hijo. Me he sentido yo muchas veces como ese discípulo sin nombre
caminando por mi propio corazón enfermo, un largo camino. Y he tocado el dolor, y la pérdida. Y he
dejado de sonreír cuando lo que más necesitaba era esbozar una sonrisa. Y Jesús me ha ido a
buscar. Un camino que Él no tenía que recorrer. Era innecesario, no llevaba a ninguna parte. Andar
por andar. Andar por amor, por ir a buscar a dos discípulos desanimados, tristes, que no entendían
nada. Sólo sabían que habían fracasado. Que la vida no volvería a ser como había sido hasta
entonces. Siento la tristeza, la desolación y veo a ese Jesús que camina sin sentido buscando a dos
hombres sin rumbo. Dos hombres que vuelven a lo de siempre. Sí, me veo ahí caminando con ellos y
compartiéndolo todo con un desconocido. Nada volvería a valer la pena. Pienso en mis tristezas y en
mis miedos, en mis vacíos y en la sed innombrable que me duele muy dentro de mi alma, en lo más
2
hondo de mi pozo. Allí donde Dios va a buscarme, a rescatarme de mis propios pensamientos
negativos. Cuando no me reconozco y olvido para lo que vivo. Allí donde no sé bien si tendré fuerzas
para seguir caminando, sonriendo o soñando. Jesús viene a buscarme a mí porque le importo. Me
ama más que a nadie. Me quiere de forma predilecta y yo no lo sabía. Escucha mis pesares sin
interrumpirme. Me mira con ternura, con un cariño infinito. Lo ha dejado todo atrás para ir a
buscarme. Y yo realmente no lo conocía, no sabía cuánto me quería.
Hay momentos en los que todo encuentra su armonía. Escucho palabras que me dan alegría. Se
calma la ansiedad y disminuye el miedo. Los discípulos de Emaús se calman al escuchar cómo Jesús
les explica todo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No
era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, empezando por Moisés y
continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras». ¿Lo
entienden ellos? No, no comprenden nada. Igual que yo tampoco comprendo nada cuando Jesús
intenta explicarme el sentido de mi vida, de mis pasos, de mis caídas o de mis aciertos. No entiendo
nada y me enojo con Él, porque me parece que no tiene sentido lo que me pasa. Pero Jesús insiste y
me lo explica como una madre le explica todo a su hijo, para que lo entienda, con voz suave, con
palabras sencillas, con ternura. Y después entiende, como yo que algo comprendo, pero más que
eso, tengo paz: «Se dijeron uno a otro: – ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Mientras les hablaba el corazón
se llenó de luz, de esperanza, de palabras que calmaban las ansias y encendían el corazón. Lo
mismo sucede en ciertos momentos de mi vida. Cuando me quedo en silencio y Jesús me dice lo que
yo ya sé, o lo que ignoro. Me abre los ojos y me hace fijarme en cosas que desconocía. Busco
desesperado el sentido de mi vida, de mis pasos, de las decisiones que yo tomo u otros toman por
mí. Busco entender todo lo que he hecho y todo lo que me queda por hacer. El camino hacia atrás
visto desde el presente y el camino hacia delante que desconozco y se vuelve oscuro, o turbio,
demasiado vago, como el de esos dos discípulos que caminaban perdidos aunque sabían muy bien
adónde regresaban. Francisco de Asís era un buscador de sentido y un hacedor de empresas, un
soñador empedernido: «Su búsqueda de sentido le distancia de la familia y del negocio, le conduce a
lugares tranquilos y aislados, así como a las covachas de los mendigos. La vida en el centro urbano
ha perdido sus últimos colores. Francisco se plantea las cuestiones sombrías de su alma y, al
hacerlo, en las cuevas solitarias y con la experiencia de los pobres, experimenta horas luminosas en
el reino de las sombras» 1 . Quizás es necesario perderse para poder encontrarse, naufragar para
entender los mares correctos, hundirse para volver a salir a la superficie de las aguas. Es necesario ir
lejos para volver a la meta, salir de casa para volver a entrar. Es el misterio más grande, el más
sagrado. Los discípulos se alejan de Jesús para conseguir que los encuentre. Se distancian para
acercarse. Escuchan sus palabras para comprender sus silencios. Calma sus miedos cuando ellos no
tienen nada que pueda calmarlos. Y su corazón arde lleno de emoción al escuchar palabras nuevas
que podrían ser muy bien las mismas que oyeron un día sin apenas oírlas. Así son ellos, Cleofás y el
discípulo sin nombre. Iban tristes y cambia su estado de ánimo. ¡Qué cambiante es el corazón y sus
emociones! Puedo pasar del llanto a la risa o de la risa al llanto. Me alegro con mucha paz de las
cosas bonitas y se turba el corazón al pensar en las tristes. El alma se inquieta fácilmente cuando no
son las cosas tal como yo quisiera. Son diferentes, más complicadas, más difíciles. Menos claras. Y
cuando Jesús habla en mi corazón todo se calma de golpe. Hay personas que calman mi alma con
su voz, no importa lo que digan. Me hablan y me calman. No importa que lo que digan. Eso no es lo
importante. Son capaces de hacerme sonreír cuando estoy triste y me hacen mirar las cumbres
cuando no dejo de mirar la hondura del valle y su oscuridad. Me detengo en lo que he perdido y me
recuerdan todo lo que he ganado. Les hablo de mis miedos y me calman con su sola presencia
diciéndome que todo va a salir bien, que no va a ser todo un desastre como a mí me parece. Saben
dar explicaciones nuevas a problemas de siempre. Saben encontrar salidas fáciles en laberintos
complejos. En medio de la penumbra y la oscuridad encienden una luz para que todo sea mucho más
claro. Así es Jesús cuando me susurra respuestas que no había pensado y abre grietas en la roca de
mi ánimo que tiende a oscurecerlo todo y se endurece. Me hablan del amanecer cuando atardece.
De la paz cuando la guerra es cruenta. De la esperanza cuando me siento totalmente perdido y no le
encuentro sentido a nada. Sus palabras crean en mí un estado nuevo de paz. ¿No ardía mi corazón
cuando me hablaba? Sí, ardía, y arde al recordar sus palabras. Aun cuando no sepa bien qué hacer
1 Niklaus Kuster, Francisco de Asis: el más humano de todos los santos
3
con ellas. Aunque no haya cambiado nada todavía. Aunque parezca que el sentido sigue sin estar
claro. No importa. Caminando a Emaús, todavía en dirección contraria a mi destino, todo se clarifica.
Caminando sin respuestas encuentro respuestas. Yendo lejos de mi centro me encuentro en lo
profundo de mi ser con el sentido de mi vida. Así es Jesús. Me llama por mi nombre sin que me dé
cuenta. Me recuerda que todo puede ser mejor si confío. Me hace ver que la vida es un regalo y
que no puedo desaprovechar las oportunidades que Dios pone en mi vida.
Jesús hace ademán de seguir de largo. Los discípulos, al llegar a Emaús, quieren que se quede
con ellos. Lo necesitan, tienen paz a su lado: «Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán
de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: – Quédate con nosotros, porque atardece y el
día ya ha declinado». Me gusta esa necesidad, ese deseo de que siga Jesús con ellos, contándoles,
calmándolos. Quieren que duerma en Emaús con ellos, en su tierra, porque ya estaban en terreno
conocido, en su casa, en su hogar. Se han acostumbrado a su voz, a lo sagrado de su presencia. Su
corazón estaba ardiendo con el fuego del amor de Cristo y ya no quieren que se apague. Me gusta
esa imagen del fuego que quema por dentro. Cuando mi corazón arde nunca quiero que deje de
arder. Me acostumbro a lo sagrado y no quiero que pase, no quiero volver a lo profano. Quiero que
Dios se quede conmigo para siempre. Hay momentos en mi vida en los que me siento muy débil y
perdido. Y necesito que la fuerza de Jesús permanezca en mi interior para sostenerme, para
levantarme cada mañana. Quiero que se quede a vivir conmigo. Que habite hasta los más recónditos
rincones de mi alma, en ese subconsciente que desconozco. Quiero que se quede en mi barca, en mi
historia, en mi camino. Que no se quede atrás y me deje a mí seguir adelante solo. Quiero que no
pase de largo y se detenga allí donde yo lo hago. Que coma conmigo, que comparta mi mesa y mi
vida, mis sueños y mis pesadillas, mis alegrías y mis tristezas, mis cruces y mis alegrías. Sé que con
Él todo cambia. Y es que los discípulos estaban en paz con Jesús pero nada había cambiado en
ellos. Todavía no habían decidido regresar. Seguían empeñados en quedarse en Emaús. No
acababan de entender. Eso me pasa a mí cuando tengo una convicción profunda en el corazón.
Cuando pienso que nada puede ser mejor incluso cuando parece que Jesús me dice que sí. Pero yo
no lo entiendo del todo, no lo comprendo, no lo acepto. Quiero que se quede sin saber para qué.
Quiero que me habite sin entender los cambios que traerá su presencia. Me da miedo enfrentarme a
Él y descubrir el sentido de mi vida. Creía que era todo de una determinada manera y al final era de
otra muy distinta. Jesús hace caso y se queda con ellos: «Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió
que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba
dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado». Esa
cena improvisada lo cambia todo. Lo reconocen cuando parte el pan, en ese gesto familiar, conocido
por ellos. Lo ven como es, ven al resucitado y lo comprenden todo. O al menos saben que ya nada
puede ser igual que antes. Tienen que volver a Jerusalén, tienen que regresar para encontrarse con
los otros para poder compartirles su alegría. Y es que hay alegrías que lo cambian todo. Que
muestran un nuevo camino en la vida, un sentido más profundo. Los dos discípulos enamorados,
defraudados, recuperan la alegría. Ya no importa cómo iban a ser las cosas antes de la cruz. Lo que
importa es cómo van a ser a partir de ese momento. Es cierto que no cambia nada aparentemente.
Ellos no vuelven con Jesús, vuelven solos. Jesús desaparece y deja en ellos una esperanza que
antes no existía. Deja en ellos un sueño por realizar, un anhelo que se puede llegar a hacer vida.
Continúa la incertidumbre en sus vidas, continúan las dudas. ¿Qué será de ellos a partir de ahora?
No hay nada claro ni seguro. Lo mismo me pasa a mí que no suelto las riendas de mi vida. Me aferro
a lo que me da seguridad y certezas y huyo de lo que me incomoda porque no lo controlo. A menudo
habitan en mi alma varios sentimientos. Tienen que ver con Jesús porque Él los permite, porque
también estaban en su corazón. La tristeza por la pérdida, por el duelo. Esa tristeza por no poseer
eternamente lo que amo ahora, en este lugar, por no poder retener lo que me da la vida, lo que me
alegra. Esa tristeza por no vivir la vida como era antes, con las mismas personas, con los mismos
sueños. Ese dolor que es hondo, en el fracaso, en el abandono, en el olvido, en el desencuentro. Ese
dolor propio de la traición, de la cruz que pesa demasiado sobre débiles hombros. Esa angustia
humana ante el abismo de la muerte. Cuando un beso de un amigo es traición. Y cuando los sueños
se desvanecen como llevados por el viento. La alegría forma parte de mi corazón y del de Jesús. La
alegría que quiero conservar siempre y se me escapa porque se vive en presente. Esa alegría
pasajera y permanente, esa compañía que me da descanso y paz. Jesús vivió esa alegría del
momento y la alegría de saberse amado de forma incondicional por su Padre. Esa alegría del amor
eterno, incondicional es la que deseo tener cada día. Porque el amor incondicional me sana y me da
4
fuerzas, me restaura, me levanta de mi impotencia. Una alegría que nada ni nadie me pueda
arrebatar jamás. Esa alegría de Jesús que permaneció intacta hasta la muerte, camino al calvario.
Otro sentimiento tiene que ver con la compasión, con la misericordia. Es ese sentimiento tan hondo
en el alma de Jesús. Ese sentimiento que me da a mí para que sepa sufrir con los que sufren, para
que sea empático y comprensivo, para que perdone siempre y no me olvide de mi pobreza. Cuando
me siento débil veo a los demás mejores que yo. Y me vuelvo más compasivo con los errores de los
demás y con mis propios errores. Cuanto más viejo soy me siento más frágil y creo que soy más
misericordioso que cuando era joven.
Hoy escucho que Jesús me va a sacar de mi sepulcro, de mi muerte. Así lo dice el profeta: «Esto
dice el Señor Dios: – Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os
llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra
tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-». Y así lo dice Jesús:
«Dijo Jesús: – Quitad la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva
cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces
quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has
escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que
crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto
salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar». Rescatar de la muerte y dar la vida. Ya lo había hecho antes con la hija
de Jairo de apenas 12 años. Y antes con el hijo de una viuda en Naím. No los conocía, eran duelos
que observaba. Una niña que estaba enferma y muere antes de que llegue porque lo entretienen por
el camino. Pasando por Naím, un pueblo oscuro, se encuentra con una mujer que llora
desconsolada, una muchedumbre lloraba con ella, Jesús se compadece. Lo que sucede primero
siempre en el corazón de Jesús es que se compadece. Llora, se pone triste, sufre con el que sufre,
así es Jesús: «Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: – ¿Dónde lo habéis
enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía
haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era
una cavidad cubierta con una losa». Jesús amaba a Lázaro, igual que amaba a sus hermanas: «En
aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: – Señor, el que tú amas
está enfermo. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Eran su familia. En Betania se sentía
en casa, en aquel jardín en el que podía descansar y sentirse amado por los suyos. Y es que en la
vida, como hombre, Jesús también se sintió amado. Recibió los abrazos de los suyos, de los que
amaba. Antes que el milagro está el amor. Está la compasión, la misericordia. Jesús llora porque es
humano, porque es hombre, porque tiene sentimientos profundos por los suyos. Amaba a los que
Dios le había confiado. Amaba a esa familia de Betania. Con ellos podía estar en paz, se sentía libre.
Hay personas en mi vida que son hogar, son lugar de descanso. Son un jardín sagrado en el que
puedo ser yo mismo, sin defensas, sin armaduras. Un lugar en el que toco el cielo en la tierra. Es lo
que necesitaba Jesús como hombre, una familia en la que él y su madre, pudieran sentirse amados.
Donde estaban sus raíces. ¡Cuánto lo amaba! Lo amaba con todo su corazón, con sus entrañas. Me
gusta ese Jesús que se vincula, que se deja tocar, abrazar, querer. Que se deja retener por los que lo
aman. Se deja cuidar y acompañar en medio de sus dolores, cansancios y necesidades. Porque
Jesús es humano, es hombre, es niño. No vive solo, vive enraizado en medio de los hombres. No
bajó de su nube y vivió aislado como un ermitaño, se dejó tocar, a veces hasta el extremo, por
aquellos que lo amaban y querían tocarlo, porque al tocar lo sagrado, uno se llena de luz, de amor,
de paz, de gracia. Dejó que lo invadieran y no puso límites, no se protegió demasiado, sólo
regularmente buscaba la soledad de la montaña cada noche, para tocar a Dios, para que su Padre lo
calmara y le mostrara el camino. Necesitaba ahondar sus raíces en el cielo para seguir atándose en
la tierra. Tenía las alas firmes y las raíces profundas. Las lágrimas de Jesús siempre me han
conmovido. Jesús se compadece y por eso actúa, por eso me rescata de la muerte, me saca del
abismo, me devuelve a una vida caduca como la de Lázaro, porque no viviría muchos años más. Le
da una vida caduca como signo del amor de Dios. Un amor que se manifiesta de forma diferente con
unos y con otros. En la serie Chosen muestran cómo Tomás, que amaba a una de las discípulas de
Jesús, cuando ella muere se desespera y siente un rencor muy grande hacia Jesús porque no la
salvó. Luego ese dolor aumenta al ver cómo salva de la muerte a Lázaro, porque era su amigo.
5
Muchas veces me he sentido indignado porque Dios ha hecho milagros con otros pero no conmigo.
Tomás se compara y siente un profundo dolor. Si Jesús lo amara más a él o a su prometida,
seguramente la hubiera salvado de la muerte. Pero no lo hizo, no la salvó. No le dio la vida y la dejó
morir. No siempre hay milagros y eso me indigna, me rebelo contra esa actitud arbitraria de Jesús y
digo lo mismo que dice hoy Marta: «Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en
casa. Y dijo Marta a Jesús: – Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún
ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Yo también le digo a Jesús: si hubieras
estado aquí. Si hubieras querido actuar. Si hubieras hecho posible el milagro. Me indigno con ese
Jesús que no salva a los que yo amo. Que no hace milagros con mis amados, con mi familia, con mis
predilectos. Parece que Él tiene sus preferidos y a esos sí los salva. Me parece un Dios injusto que
permite el mal para uno y a otros los rescata de la muerte, los saca de sus sepulcros, les da una
segunda vida, una nueva oportunidad para amar y entregarse. Y a mí no me la da, ni a los míos, ni
a los que yo creo que son prioritarios.
María no se rebela contra Jesús, no lo encara enojada por su tardanza. Si hubiera llegado
antes… a menudo le digo a Jesús lo mismo. Si hubieras actuado, si me hubieras salvado, si hubieras
evitado esa desgracia que me mata. Si hubieras hecho las cosas de forma diferente. Le exijo a Dios
que cambie mi pasado. Luego veo que no tiene sentido mi queja. Dios no hace milagros que sanen a
todos los enfermos. No cura a todos, no salva a todos. Me gustaría repetir las palabras de Marta que
tienen tanta pureza. Ella sigue creyendo en el momento más oscuro de su vida: «Jesús le dijo: Tu
hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús
le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está
vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Marta no lo entiende todo. Cree que
ya Lázaro está muerto para esta vida terrena pero resucitará un día. Es el acto de fe más valioso. No
le pide a Jesús que lo resucite. Simplemente cree y aceptar la realidad como es. Acepta que Jesús
es el dueño de la vida, es el Hijo de Dios, el Mesías, el salvador del mundo. No es el que va a
resucitar a su hermano. Es el que va a salvar a todos los hombres. Cree lo más grande. Cree lo que
es muy difícil de creer. Es fácil creer en los milagros que veo. En las curaciones, en las
transformaciones de los corazones. He visto muchos milagros sencillos en mi vida y he sido
consciente del poder de Dios. Él puede hacer milagros con mi carne rota y obrar la salvación con mis
palabras torpes. Puede sacar de la oscuridad al que no ve. Puede hacer caminar al que no tiene
cómo hacerlo. Puede Dios hacer los milagros. Pero la fe de Marta va mucho más allá. Y es que creer
en lo que no se ve es el verdadero milagro de la fe. Cuando creo en lo imposible. Creo cuando todo
es oscuro en mi vida, cuando reina la incertidumbre. No tiene que estar todo claro, no necesito tener
razones suficientes para seguir un camino determinado o dejar otros. Precisamente la fe sucede en
el claroscuro de la vida. Cuando no hay argumentos que convenzan a todos. Cuando parece injusto
todo lo que está pasando. Cuando la vida ideal no sería la que está sucediendo en este preciso
momento. Por eso hago mías las palabras que hoy escucho: «Del Señor viene la misericordia, la
redención copiosa. Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a
la voz de mi súplica. Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede
el perdón, y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma
aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la
aurora. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos
sus delitos». Yo aguardo en el Señor. Él sabe lo mejor para mi vida aunque no lo entienda. Ese día,
antes del milagro, Marta sabe que lo mejor para su vida no es la muerte de Lázaro. Tampoco lo es la
enfermedad que me aqueja. Ni la pérdida repentina de un ser querido. El mal nunca puede ser lo
mejor para mi vida. Dios no me manda cruces para educar y liberar mi corazón. No es un Dios que
decide así cambiar mi vida. Las cruces suceden y las desgracias. Los dolores llegan sin necesidad
de ir a buscarlos. En todos ellos la luz se vuelve noche, y la alegría se torna tristeza y dolor. No
puedo cambiar la realidad que me duele. No puedo acabar con el mal que acecha. No puedo hacer
que el bien brote de la noche para traerme la vida. Por eso pido esa fe que tenía Marta, esa fe
sencilla. Se queja de la tardanza de Jesús. Pero no se rebela, no deja de creer, no le echa en cara
sus preferencias y decisiones. Prefirió estar con otros, no con su amigo al que amaba, lo dejó morir.
Tendría tantas quejas posibles en su corazón. Pero su fe es muy madura y sana. Marta mira a Jesús
y le dice que cree en Él, en su poder infinito. Cree en la vida más allá de la muerte. Cree que
6
estamos hechos para el cielo. Cree en todo lo que no ve por amor. Y es que la fe y el amor van de la
mano. Cuando me siento amado, creo. Marta se sabía amadas por Jesús y creía en Él. Yo me siento
amado y creo en las personas que me aman. Creo en ellas, porque su amor es la mayor prueba que
tengo para creer. Lo mismo le sucedía a Marta. Por eso me basta esa certeza para caminar. La
resurrección al final de la muerte. La vida que surge en medio de la desesperación. La alegría que
convierte en pasado la tristeza. Tengo muchos más motivos para tener paz. Jesús ya ha vencido
la muerte antes de morir.
La resurrección de Lázaro es el último signo que necesitaban los enemigos de Jesús para
decidirse a matarlo. Con ese milagro muchos creyeron: «Y muchos judíos que habían venido a casa
de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él». Y los fariseos se dieron cuenta de algo
importante, era necesario que Jesús muriera para evitar que muchos lo siguieran y todo se
complicara. Por eso deciden matarlo. Este evangelio aparece justo antes del comienzo de la Semana
Santa. Y me muestra ese ambiente enrarecido y difícil en el que Jesús se movía. Llegan a Jerusalén
para celebrar la Pascua. Muchos creen en Él después de lo de Lázaro. Otros querrán que llegue ya
su fin. La resurrección de Lázaro altera los corazones. Al mismo tiempo a mí me hace creer en el
poder de Jesús que es capaz de devolver la vida a lo que estaba muerto. En la vida espiritual, la losa
que cubre el cuerpo muerto de Lázaro, representa todo aquello que bloquea la entrada de Dios a mi
santuario interior. Esa losa me habla de un corazón endurecido por el pecado, por el egoísmo o por la
falta de fe. Nadie puede ser salvado a la fuerza. Hace falta que yo suplique, que yo necesite ser
salvado. Cuando la losa es muy pesada parece que Dios no puede entrar. El alma es un templo, pero
para que Cristo actúe con fuerza, necesito quitar los obstáculos que me mantienen encerrado y lejos
de su luz. Marta le dice que ya huele mal. Y es que la miseria huele, me habla de corrupción. A veces
siento que mi interior está deformado o lleno de faltas que huelen mal. Porque el pecado huele.
Tengo claro que la vida divina es un regalo que puede transformar incluso lo que parece muerto o
perdido. La grandeza de ser hijo de Dios no depende de mi perfección natural, sino de la presencia
de Dios en el alma. Le dice Jesús que si cree, verá la gloria de Dios. Esta es la clave de la visión
sobrenatural. Vivir en el Santuario del Corazón es aprender a ver con los ojos de la fe. En ese
momento tengo luz y dejo que caiga la losa y pueda habitar Jesús en mi interior. Cuando cultivo una
noble conciencia de hijo de Dios todo comienza a cambiar. Y es que en ese momento reconozco que
Dios está curando mi raíz, mi interior, mi santuario corazón. Creer con una fe pura es la llave que
abre la puerta para que la gloria de Dios se manifieste en mi vida. Jesús llama a Lázaro para que
salga del sepulcro. La vocación de Jesús es a vivir una vida nueva. Jesús llama a Lázaro por su
nombre para sacarlo de la oscuridad. El Espíritu Santo actúa de forma similar: me despierta, me
eleva y me conduce hacia el Padre. Cada vez que regreso a mi santuario interior en oración,
respondo a esa llamada para salir de la superficialidad y entrar en la verdadera vida. La santidad
consiste en permitir que el Espíritu Santo rompa esas cadenas de esclavitud que me hacen infeliz.
Libre de la oscuridad y de esa losa que cubría mi sepulcro renazco a una vida nueva. Hoy escucho:
«Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la
carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de
Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado,
pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los
muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también
vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros». El Espíritu habita en mí
cuando le dejo entrar en mi interior, cuando aparto la losa para que entre, cuando permito que salga
el mal olor que a veces me angustia. Un olor fétido que habla de muerte y no de vida. Un sepulcro en
el que vivo encerrado por miedo, por falta de libertad. Quiero dejar que Jesús entre dentro de mí para
darme esperanza. Es lo que le pido hoy a Jesús. Que venga a mí, a mi sepulcro cerrado, a mi vida
angustiada. Le pido que entre y acabe con la podredumbre que me habita. Sólo Él es capaz de hacer
nuevo lo viejo, de darle la vida a lo que está muerto. Ese es el sentido de este domingo. Preparar el
corazón para vivir la Semana Santa con un corazón alegre y esperanzado. Jesús ha hecho en Lázaro
lo que su Padre hará en Él dentro de unos días. Ante el mismo hecho unos reaccionan con odio y
querrán matarlo a Él. Otros por el contrario entenderán que Jesús es hijo de Dios y que es necesario
creer en Él todos los días. Esa mirada de confianza, de esperanza es la que quiero alimentar al ver
tanta muerte en mi vida y en el mundo que me rodea, al ver tanto pecado y tanto odio.