Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

«De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: – Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: – Vete, Satanás»

22 febrero 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Dios me lleva al desierto de mi indigencia, de mi pobreza. Allí me confronto con mis demonios interiores que luchan contra mis ángeles»

Si soy lo que tengo que ser, incendiaré el mundo con mi vida. Si soy fiel a lo que hay en mi corazón. ¿Acaso sé lo que habita dentro de mi alma? ¿Tengo claro ese don que Dios sembró en mi interior y que me hace distinto? Vivo tratando de emular a los demás con mi grandeza. Como si quisiera demostrarles su pobreza, o su pequeñez. ¿No será que mi experiencia de precariedad es lo que me salva? ¿No será que hay una fuerza escondida en mi interior, algo que le da sentido a mis pasos y un propósito a mi vida? Hay una forma de hacer las cosas que es únicamente mía. Soy yo en estado puro cuando me comporto de acuerdo con lo que hay en mi interior. Soy dueño de mi vida y de mis actos. De mis decisiones y de mis huidas. Porque cuando huyo de mí mismo también soy responsable de hacerlo mal. No culpo a nadie de mis derrotas. Tampoco soy el único responsable de mis victorias. Un mal día no me define, tampoco un mal año. Soy un niño en las manos de Dios, un desamparado buscando amparo, un extranjero en su propio hogar, un náufrago en un mar sin orillas. Soy el que soy, no el que aparento ser. Soy yo en mi mediocridad y en mi grandeza, en mis miserias y en mis logros más maravillosos. Hay dentro de mí un sabor a Dios que nada de lo que viva hará que desaparezca. Y la necesidad de Dios no la podrá satisfacer nada de lo que el mundo me ofrece. Pero, cómo puedo hacer para vivir en este mundo amando el cielo: «¿Cómo renunciar al mundo estando en medio del mundo?, ¿cómo ser pobres si, de hecho, éramos ya ricos?, ¿cómo ser sencillos de corazón si éramos complejos e instruidos?»[1]. ¿Cómo puedo aprender a ser pobre dejando al lado las riquezas que llenan mi corazón enfermo y obsesivo? ¿Cómo renunciar a la gloria preciosa de los hombres, al éxito que se me ofrece como plenitud, a la felicidad de las cosas que parecen darle sentido a toda mi existencia? ¿Será imposible amar este mundo sin tener que atarme a él? Dios no quiere que me esconda en una cueva. Me ha dado un cuerpo y ha puesto en mi interior unos talentos que tengo que desarrollar y vivir con otros para ser feliz. Si supiera disfrutar la vida que Dios me regala. Sólo en presente puedo hacerlo. El exceso de pasado me abruma y entristece. El exceso de futuro me estresa y crea ansiedad. Voy caminando por este mundo que se extiende ante mis pies. Hay algo que sólo yo puedo hacer por salvarlo, por mejorarlo, por inundarlo de luz y de esperanza. No me escondo en las oscuridades que me quitan la paz del alma. Me da paz saber que si soy fiel a mí mismo con eso basta. ¿En qué soy bueno? ¿Qué es aquello que cuando lo hago y lo vivo el tiempo pasa a toda velocidad y tengo mucha paz y alegría? ¿Qué es lo que me ayuda a vivir en presente apasionado? No quiero vivir con deudas pendientes, por no hacer lo que podía haber hecho. Hago lo que puedo hacer, no prometo más de lo que tengo. Quiero dar esperanza y no vivir tratando de responder a muchas expectativas creadas. La vida es mucho más bella si la vivo tranquilo, sin angustias y sin miedos. Y aun con miedos, Jesús no me va a soltar nunca de la mano al caminar. No pretendo atar el futuro para que se corresponda con lo que tanto anhelo. Hay una mirada de Dios sobre mi vida que me da tanta alegría. Quiero pasar página y olvidar lo que me hace daño. Quiero dejar atrás esos rencores guardados en mi interior que se enquistan y me duelen. Aquellos resentimientos que no me dejan volar a las alturas. Tengo el corazón abierto para vivir con alegría todo lo que la vida tenga preparado para mí. Lo bueno y lo malo. Lo bonito y lo feo. Hay tanta verdad detrás de la certeza de saber que puedo ser lo que yo quiera. Siempre desde mi verdad, desde mi carne, desde mi don, desde el alma. No desde las verdades de otros que son inalcanzables para mí. Sólo lo que yo soy es lo que cuenta, lo que vivo en mi interior. No lo que los demás esperan de mí y me exigen cada día. Cuando me siento frágil Dios me mira con misericordia. Cuando soy pequeño Dios me regala la vida, la esperanza, la luz para que brille con su luz, con su amor.

La fidelidad consiste en abrir el corazón para que el otro habite en él. Es dejar que su vida me llegue a importar más que la mía. La fidelidad es un don que le pido a Dios cada mañana, porque no hay nada que la asegure en el tiempo, sólo mi sí repetido cada mañana como la primera vez. Sí hay obstáculos que hacen difícil la fidelidad. Uno de ellos es el cansancio. La rutina me lleva a cansarme de lo que tengo seguro, de la vida que llevo, de los hábitos que se repiten cada día. Me canso de lo que es seguro y anhelo y sueño con lo que no poseo. El deseo es la fuerza que me lleva a perseguir lo que aún no es mío. La fidelidad es otra fuerza. Se alimenta de la rutina. Es caminar un día sí y al otro también, un mismo camino. Es el don de perseverar cuando los días se repiten y no me presagian nada nuevo. El cansancio por la rutina se combate cada vez que vuelvo a levantarme emocionado ante el día que comienza. Algo sucederá que lo cambiará todo. Sueño con que el día se vista de luz. Deseo emociones nuevas. La mirada es la que lo cambia todo. Mi capacidad de ver en la rutina una novedad escondida. Otro obstáculo es el orgullo. Cuando quiero quedar por encima, cuando es más importante tener razón que mantener el vínculo. Cuando me cuesta tanto ceder que siempre se tiene que hacer lo que yo digo y optar por lo que yo pienso. La fidelidad se debilita por culpa del orgullo que me envenena el corazón. Por orgullo no estoy dispuesto a que no me valoren. Y quiero ser yo el centro, el que decida, el que actúe y sea admirado. Mi orgullo me puede llevar a la violencia, a la exigencia, a los gritos y a los desprecios. Mi orgullo herido es peligroso. La fidelidad se construye desde la humildad. Cuando aprendo a dejarte ser, a ponerte en el centro y a dejar que seas tú el que brille, el que destaque por encima de mí. Mi orgullo quiere vencer en todas las discusiones y no admite dejar un tema sin discutir cuando sólo pretendo tener la razón. La falta de perdón acaba con la fidelidad. Cuando me siento herido me cierro en mi carne. No quiero perdonar porque me creo con derecho a que me den lo que me corresponde. El perdón sana la relación. Pero es difícil exigir que me perdonen. Cuando he fallado en la fidelidad, algo tan común porque el corazón es débil, no es evidente que puedan perdonarme. El perdón es un don de Dios que tengo que pedir con humildad. Y cuando lo pido sé que no estoy perdonando para que el otro sea libre, sino para que yo mismo pueda ser libre. Porque el resentimiento pesa demasiado en el alma. Es una gran piedra que tira de mi cuerpo hacia abajo y no me deja caminar con libertad. Perdonar es soltar esa piedra para dejarla en el camino. De esa forma seré más libre y podré seguir amando con fidelidad. El perdón hay que darlo y hay que pedirlo. A veces mi fidelidad se ve dañada cuando no soy capaz de pedir perdón. Bien porque no veo que sea culpable, o bien porque no quiero humillarme para pedirlo. Es sanador perdonar y también es muy sanador pedir perdón. No como rutina, sino de verdad, al ver con humildad que he hecho un daño y que puedo mejorar. La fidelidad se construye sobre la paciencia. Porque el que es fiel espera pacientemente el crecimiento de la persona amada. La respeta en su verdad, la ama en su realidad y sueña con todo lo que puede llegar a ser si confía y se entrega. La paciencia en las relaciones las hace más sólidas. La incondicionalidad es parte de la fidelidad. Te amo más cuando menos te lo merezcas. Te sigo amando y permanezco a tu lado aun cuando tenga buenas razones para no hacerlo. Soy fiel a ti y no dudo de tu verdad y de todas tus posibilidades. Un amor fiel no duda, confía. Y cuando ha sido herido le pide a Dios la gracia de volver a confiar. Un amor fiel e incondicional ve la belleza escondida bajo el polvo del camino. No se desespera, camina despacio. Aguarda a que el otro llegue al punto en el que se encuentra. La fidelidad se cuida cada día porque siempre hay razones para desconfiar, para dudar, para dejar de seguir el mismo sendero que comencé hace años. La fidelidad se alimenta de pequeños detalles de cariño y cercanía. Porque el afecto que no se cuida se enfría, la relación que no se cultiva y riega cada día no se profundiza. El amor que no se comparte se pierde. Las conversaciones que nunca llego a tener mueren en el silencio. No basta con callar ciertas, cosas, es necesario hablar de muchas otras. La verdad es fundamental en la fidelidad del amor. Sé cómo eres y me doy tal como soy. No hay engaño en mi entrega. No te digo una cosa y luego hago la contraria. No te prometo lo que nunca podré cumplir. No engaño ni con palabras ni con hechos. Soy el que soy y no me pongo máscaras. Soy sincero en lo que te digo y en lo que hago. No guardo alguna información que es esencial para que en la relación haya la máxima transparencia. No oculto nada esencial por miedo a tu reacción. No existen temas tabúes de los que nunca pueda conversar. Respeto cómo eres y no pretendo saberlo todo de ti. No te exijo que me abras tu alma y me lo cuentes todo. Respeto tu tiempo, tus necesidades, tu originalidad. No quiero que correspondas al deseo que tengo en mi corazón. Puedes ser una diferente persona. Respeto tu forma de ser, tus sueños, tus espacios, tus tiempos. No te exijo lo que no puedes darme porque sería exigir un imposible. No busco que te adaptes a mis exigencias y expectativas. Siempre puedes ser tú y no por eso dejaré de ser fiel. La fidelidad se cultiva cada día con detalles en los que te vuelvo a elegir por encima del resto del mundo. 

En Lourdes María me mira conmovida al verme tan herido, tan enfermo, tan roto. Me mira y quiere limpiarme con su agua, con su abrazo, con sus caricias. Ella viene hasta mí y me dice lo que le dijo a Bernardita: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Es el regalo de la pureza que Dios le dio a María, no para guardárselo, sino para mostrarme que el Amor de Dios es capaz de limpiar cualquier herida, cualquier impureza, cualquier suciedad. No quiero temer mis sombras. Sólo quiero mirar su luz. Me dice que la felicidad no es de este mundo. Ella sabe que me canso y sus palabras me consuelan: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro». Yo quiero ser feliz ahora, en esta tierra, no mañana, no cuando llegue al cielo. Pero son ciertas sus palabras. María no quiere que sufra aquí. Lo que quiere es que deje de buscar una felicidad de cartón piedra, de mentira, esa que se rompe con el primer viento. Quiere que ancle mi alegría en la eternidad, donde nada se pierde. Esa es la verdadera libertad que me regala. El hecho de saber que lo mejor está por llegar y que cada paso aquí en la tierra, por duro que sea, tiene un sentido de cielo. Hoy me detengo frente a la imagen de la Gruta y me doy cuenta de que yo también soy un poco como Bernardita. A veces voy por la vida recogiendo leña seca. Enfrascado en mis preocupaciones, mis prisas y mis miedos. De repente, algo me detiene. Siento que Ella me mira. No es una mirada que me juzga por lo que he hecho mal, sino una que me invita a ser quien realmente soy. Me pide que deje de poner mi esperanza en las seguridades de este mundo que siempre fallan. Me está diciendo: «No busques que todo te salga bien, busca que tu corazón esté en paz porque sabe que tiene un hogar eterno». ¡Qué descanso me da saber que mi felicidad no depende de mis éxitos, sino de su promesa! Miro el agua de la gruta y escucho las palabras de María: «Vete a beber y a lavarte en la fuente». Ella solo encontró barro al principio, escarbó con sus manos y la gente se burló de ella. Decían que estaba loca. No era el río, era en el lodo donde tenía que buscar. Así es la oración a veces. Me arrodillo, insisto y parece que solo hay tierra seca. Es como excavar en el barro. A veces me siento sucio, cansado de mis propias incoherencias. Y escucho ese mandato de María. Miro mis manos y solo veo tierra. Yo sé que la gracia de Dios prefiere los lugares humildes. Tengo que atreverme a escarbar en mi propio barro, en mis debilidades, porque es precisamente ahí donde Dios ha escondido el manantial. Si no reconozco mi sed, nunca podré beber. Hoy quiero lavarme la cara de tanto cansancio acumulado y dejar que esa agua limpia, que es la misericordia de Jesús, me devuelva la alegría de los comienzos. Lo que más me conmueve es esa delicadeza de María: «¿Me harías el favor de venir aquí…?». Me impresiona que la Reina del Cielo me pida a mí, que soy tan poca cosa, un favor. No me obliga, no me manda, sólo me invita a estar con Ella. Yo quiero aceptar su invitación. Vengo a este rincón, a mi propia gruta interior, no porque tenga mucho que ofrecer, sino porque necesito desesperadamente esa paz que Ella desprende. No necesito entenderlo todo, solo necesito estar ahí, dejarme mirar por María. Y creer, por fin, que para Dios soy un tesoro, a pesar de mis harapos. Sé que si persevero y vuelvo siempre a Ella, a su gruta, a su roca, a su agua. Sólo si persevero, si me humillo un poco, el agua brotará de mis entrañas. Esa fuente brota de mi corazón. Lavaré mi cara de la tristeza, purificaré mis ojos del juicio que me envenena y beberé hasta que mi alma vuelva a sonreír. A veces siento tanta impotencia y me veo impotente. Hago demasiadas cosas y no logro nada. Las palabras de Santa Teresa de Calcuta me conmueven: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota». También me las dice hoy María. Ella me conoce y sabe que hago todo lo que puedo. Con eso basta, con llegar hasta la gruta, con colocar mis manos en la roca, con dejar que el agua me lave las entrañas, con escarbar para que siga brotando el manantial. Basta con estar ahí, en su presencia, a su lado. Con estar sin juzgar, sin pretender más de lo que hago. Me siento enfermo en esta gruta. Ahí me dice María que me va a curar de mis dolencias, que va a cambiar mi corazón mezquino en un corazón generoso, mi mirada egoísta para que se convierta en una mirada pura, que vea el bien de las personas. Va a cambiar mis entrañas para que dentro de mí quepan todos y pueda perdonar a todos mis enemigos con una misericordia imposible. Va a cambiarme para que mi amor, que está tan condicionado, llegue algún día a ser incondicional. María me mira desde la gruta, subida sobre la roca, enamorada de mi pobreza, de mi pequeñez. Sabe que solo no puedo caminar y por eso decide caminar conmigo. Me lleva de la mano, me salva cuando caigo y me pide que no dude, que para Ella todo es posible. Me alegra saber que la vida va a cambiar si me dejo cambiar por Ella. Que las enfermedades que me afligen van a ser menos y que voy a tener mi corazón más en paz. Porque María no me pide grandes hazañas, sólo que vuelva hasta Ella cada día, que la busque, que me deje encontrar por su amor infinito.

La ceniza me recuerda que estoy hecho para tocar el cielo. La ceniza de los restos de esos ramos de olivo con los que hace un año alabé a Jesús entrando en Jerusalén. Ramos de olivo, signos de fiesta, de felicidad, de alegría desbordante. Se contrapone con esa ceniza que me habla de la tierra, de la muerte que da paso a la vida, de la tristeza que se entierra para resurgir como alegría. La ceniza es el beso de Jesús en mi frente, dejándome marcado. Para que al mirarme en el espejo nunca olvide que nací de la tierra y a la tierra regreso: «El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo». Porque es el camino de la vida a la muerte y de la muerte a la vida. Es un recordatorio, para que nunca olvide a quién pertenezco. Es a Dios, a Jesús a quien le he dado mi vida, mi tiempo, mis sueños, mis anhelos. Sólo a Él. Y yo me tatúo en la piel y en el alma otros nombres, otras pertenencias, otros deseos distintos a los que me dan la vida. Es la ceniza el recordatorio más precioso del amor de Dios. Me ama con locura y no quiere que me pierda en este mundo. Me marca con esa cruz oscura en mi frente para que sepa que estoy hecho para la vida. Para que comprenda que si no me dejo hacer por Él no soy nada, soy un pobre hombre, un miserable. Tengo que volver a nacer, como le preguntaba Nicodemo a Jesús: «¿Acaso puede un hombre volver al seno de su madre?». No, ese no es el camino. Es volver a nacer en el espíritu. Dejar que algo muera para que nazca de nuevo. El otro día leía: «Tal vez, sólo tal vez, las personas que más nos hieren son las que sin quererlo nos salvan. Quiebran nuestra ilusión y con ella el espejo de una existencia falsa, sólo entonces puedes ver la verdad»[2]. De la cruz brota la vida. De la muerte más ignominiosa surge la resurrección gloriosa. Del desprecio más absoluto brota el amor más hondo y verdadero. De la soledad más punzante la comunidad más amada. Comienzo la cuaresma de la mano de un Jesús que me bendice para llevarme al interior de un desierto, de mi propio desierto. Quiere que despierte a la vida ese jardín dormido que habita en mi alma. Como una naturaleza muerta que espera ansiosa la resurrección. Vestirme con la cruz sagrada de la penitencia cuaresmal me ayuda a comprender el camino que tengo que recorrer de la mano de Jesús. Él me lleva al desierto de mi indigencia, de mi pobreza. Allí me confronto con mis demonios interiores que luchan contra mis ángeles: «Todos somos ángeles y demonios»[3]. Porque cuando callo el alma habla. Cuando dejo de gritar escucho. Cuando dejo de mirar fuera logro mirar en mi interior. Ese es el desierto al que Jesús me lleva: «En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo». En el desierto soy tentado por mis demonios que sacan lo peor de mí. Y protegido por los ángeles que hay en mi interior. Jesús quiere que me confronte con mi fragilidad, con mi impotencia, con mis miedos, con mis debilidades, con mis pecados. La cuaresma es el desierto en el que me confronto con mi pobreza, con mi alma herida, con mis dificultades y tentaciones. Con mis egoísmos y envidias. Con mi vanidad y mi falta de autoestima. Con esa contradicción que existe en mi interior. En el desierto habita Dios y salen a resurgir con fuerza los demonios, para que no me ate a Dios, para que no huya de sus garras, para que me deje lleva por sus tentaciones. Porque siempre soy tentado, cada día, en todo lo que hago. Cuando intento hacer el bien me tientan mis demonios haciéndome pensar que soy un vanidoso, que lo hago por mi propio interés, por mi bien. En el Génesis se me muestra que el hombre fue tentado cuando más feliz estaba, lo tenía todo y aun así anhelaba algo que no tenía: «Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: – ¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer contestó a la serpiente: Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: – No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis. La serpiente replicó a la mujer: – No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron». Adán y Eva se dejan tentar, caen en la palabrería del demonio que les sugiere el camino que tienen que seguir. Les dice que serán más felices si optan por decidir ellos lo que les conviene. Los anima a la desobediencia para alejarse de Dios. La clave del pecado es la desobediencia. Deciden seguir su camino y acaban teniendo que dejar el paraíso. Y tendrán que luchar por trabajar y salir adelante. Es la tentación que los lleva lejos de su centro.

El pecado es parte de mi camino. No puedo dejar de pecar. Lo que puede pasar es que pierda la conciencia de culpa, ya no recuerde, o acabe creyendo que he actuado bien. Olvido mis pecados con facilidad, no pienso en mis faltas y sólo me fijo en el daño que otros me han hecho. Pero, sea consciente o no, no dejo de pecar en ningún momento. No elijo el bien que deseo, acabo haciendo el mal que detesto. Debería hacer mías las palabras del salmo: «Misericordia, Señor: hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. Oh, Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Para conocer a Dios necesito experimentarme necesitado de misericordia. No merezco ser amado, todo es don, es un amor inmerecido el que recibo. Igual que cuando soy perdonado por el daño causado. Ser consciente de mi culpa, del daño causado a otros por mis omisiones, mis palabras, mis gestos y pensamientos es un paso importante en esta sociedad en la que se trata de eludir la responsabilidad. Parece que nadie es responsable de nada. Y, tal como hacen los políticos, unos les echan la culpa a otros y al revés. Yo mismo me veo defendiendo mis actitudes, mis palabras y las interpretaciones que hago de la realidad. Yo me siento ofendido y a lo mejor he acabado ofendiendo a otros sin darme cuenta. Digo que es mi sensibilidad y con eso pretendo justificarlo todo. O cuando conduzco digo que es que todos conducen fatal y pierdo los estribos, dejo de controlarme y me invade la ira. Pero yo no soy responsable, son los otros. Que no cumplen, que no me valoran, que desean mi mal. Adán le echa la culpa a Eva y ella a la serpiente. Siempre hay alguien más responsable que yo, alguien que me libera de la culpa. Y es que en mi camino veo muchos pecados, muchas incoherencias, muchas debilidades. Veo que los hombres se hacen daño y no son capaces de asumir su verdad. Reconocerme débil, humilde, pequeño, es el camino para experimentar la misericordia. Asumir la responsabilidad por el daño causado, aunque sea humillante, es sanador. Yo lo hice, yo lo rompí, yo lo divulgué, yo te traicioné. No hay excusas ni edulcorantes. No hay justificantes que defiendan mi falta de control sobre mis emociones. Si te grito no es por tu culpa, es por la mía. Si soy violento no es porque soy así, y ya está, soy responsable de mi violencia. Si levanto el volumen de mi voz soy yo el que lo ha provocado, no eres tú quien me ha llevado a gritar. Adán y Eva pierden su paz, su inocencia, su mirada pura movidos por un pecado universal, porque querían ser dioses. Es lo mismo que me pasa a mí con frecuencia, también quiero ser un dios que lo puede todo y no necesita a nadie: «Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: – Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó: Está escrito: – No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Jesús es tentado. Si eres hijo de Dios, le dice el demonio. Si eres Dios tendrías poder para todo lo que quisieras. Podrías cambiar la realidad, convertir una piedra en pan. Podrías saberlo todo, igual que Adán y Eva si comieran de ese árbol prohibido. Podrías saber lo que está bien y lo que está mal. Si Jesús no renuncia a ser Dios podría hacerlo todo, saberlo todo, controlarlo todo. Ser el dueño del universo. Pero, si renuncia a ser como Dios, todo cambia. Adán y Eva querían ese poder infinito y desobedecen. Y al hacerlo se ven desnudos, pierden la inocencia, dejan de ser niños en el paraíso y se convierten en hombres que se dejan llevar por su orgullo y vanidad. Desobedecen mientras que Jesús en el desierto obedece. No hace falta hacer todo lo que puedo para ser feliz. Jesús no necesita ser Dios con todos sus poderes para poder cumplir su misión. Es hombre, es Dios, pero sin esos poderes que le ofrece el demonio. También me tienta a mí de muchas maneras. Se aprovecha de mis puntos débiles. Sabe cuáles son mis necesidades y me permite llenarlas con cosas que no la satisfacen. Yo como del árbol prohibido y me escondo de Dios porque me siento culpable. Me dejo llevar por esa voz que insinúa que soy muy importante, muy valioso y me asegura esa voz que no necesito a Dios para nada, casi se podría asegurar que lo puedo hacer todo solo, sin necesidad de su poder. Me siento como Adán y Eva a punto de huir del Edén por incapacidad para conformarme con los límites. Porque no me gusta que me pongan normas ni límites, detesto que me manden y no me gusta obedecer nunca. Por eso me escondo cuando desobedezco, cuando miento, cuando hago lo que no me hace bien a la larga aun cuando al principio parezca hacerme feliz. Ni la manzana, ni mis placeres, le dan sentido a mi vida. Quiero reconocer mis mayores tentaciones y ponerles un nombre. Reconozco que no puedo combatir al demonio cuando, disfrazado de belleza, me seduce con palabras dulces que siempre quiero oír. Quiero darme cuenta de la grieta que debilita la roca de mi ánimo. Dios me hable ahí, donde soy más débil, donde me encuentro más humillado y me ama como soy.

Jesús no se deja tentar, no cede: «Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: – Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: – Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: – También está escrito: – No tentarás al Señor, tu Dios». Jesús no cede a las tentaciones del demonio. No se deja llevar. A veces me encuentro a mí mismo en lo alto de ese alero, ante el vértigo de mis propias inseguridades. Me reconozco en ese Jesús que es tentado a probar el amor de Dios. ¡Cuántas veces he dicho o pensado: – Si Dios me quiere, que me lo demuestre ahora mismo sacándome de este problema! Me cuesta aceptar que el amor del Padre no sea un espectáculo de magia para evitarme las piedras del camino. Me cuesta comprender su presencia silenciosa que me sostiene mientras camino sobre ellas. No quiero tentar al Señor. Sólo quiero aprender a confiar en Él cuando no haya milagros, cuando no cambien las circunstancias que me duelen. El verdadero milagro es que cambie la actitud del corazón. Subido en el alero de todos mis problemas y miedos no tiento a Dios. No le pido milagros. Me gustaría que los hiciera. Que acabara con el cáncer, con la enfermedad, con la muerte, con la ruina económica. Que lo cambiara todo para alegrarme el día y sacarme una sonrisa. Me gustaría que todo fuera distinto y a veces pongo a prueba a Dios. Si eres Dios… si realmente me quieres… si me amas como a tu hijo predilecto. No quiero que el demonio me tiente para que me aleje de Él. Dios no es así, no me convence con milagros. Sólo me enamora de su presencia y me invita a seguirle aun sabiendo lo duro que será el camino. «De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: – Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: – Vete, Satanás, porque está escrito: – Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto». El brillo de lo inmediato. La posesión de esos reinos anhelados. El mundo me ofrece sus reinos: el éxito rápido, el reconocimiento, el tener el control de todo, el vivir para siempre aquí en la tierra, el ser amado por todos. Es tan fácil postrarse ante las cosas que brillan. El placer de lo inmediato. Las cosas que alimentan mi dopamina. Disfrutar del ahora y no pensar. Me dejo tentar por el mundo. También a veces me postro ante mi propio orgullo, ante mi trabajo o ante la opinión de los demás. Les doy un culto que solo le pertenece a Él, a Jesús. El demonio no me pide que haga grandes sacrificios, solo que desvíe un poquito la mirada del cielo para ponerla exclusivamente en la tierra. Sólo quiere que me centre en los reinos de este mundo. En las apetencias que tengo. En los gustos que me dejan satisfecho e insatisfecho al mismo tiempo. Siempre volveré al mismo pozo a buscar el agua que sólo calma mi sed por un momento. Luego volveré a tener sed. Lo inmediato no calma mi ansia de infinito, de plenitud, de amor incondicional. Todo lo condicionado de este mundo me dejará un gusto a poco. Buscaré más, necesitaré más. El Diablo se cansa de la fuerza de Jesús y se aleja: «Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían». Jesús vence las tentaciones. El poder, el placer, el poseer. Esas tentaciones más comunes. Las mías, las que conozco muy bien. En el desierto que comienzo ahora, cuando se intensifica mi vida de oración y aumenta el tiempo de mi silencio, me doy cuenta de mi pobreza. No logro resistir las tentaciones. Son demasiado poderosas, demasiado engañosas. Porque realmente el demonio es el príncipe de la mentira. Me cautiva, me convence de forma muy sutil. Si el demonio se disfrazara de cosas feas lo alejaría de mí sin problema. Ni el desierto, ni el ayuno lograrían debilitar mis fuerzas interiores. Pero no es así, es mucho más sutil su astucia y su forma de actuar. Se mueve como una serpiente, sibilinamente, pero no hace ruido, aparece cuando menos lo espero o cuando estoy más cansado. Y me hace ver que merezco más, que soy muy valioso. Dicen que es el mono de Dios, porque lo imita. Me dice que me quiere mucho y que sólo tengo que postrarme ante él y adorarlo y seré feliz siempre. los problemas desaparecerán y mi vida será maravillosa. Me convence el demonio haciéndome creer que los demás son los que están mal. Que yo lo hago todo bien y que ninguno de mis pecados es tan relevante. Me hace creer que soy tan bueno como Dios, tan fuerte como Él y no lo necesito. Me hace creer que yo soy el centro de todo y que los demás tienen que admirarme. Así actúa el demonio y yo quiero desenmascararlo y hacerle frente en este tiempo que se me regala.

[1] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo

[2] El jardín dormido, Carla Gracia

[3] El jardín dormido, Carla Gracia