Éxodo 19, 2-6a; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33

«¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados»

21 junio 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Hablo y vivo desde mi verdad. Acepto mis errores y caídas, no me justifico, no busco culpables. Acepto que me difamen porque es parte de la cruz que me toca cargar»

Los caminos se abren ante mí y en cada decisión tomada surgen nuevas bifurcaciones. Cualquier paso dado tiene consecuencias. Me acerca o me aleja de mi destino. En ocasiones siento que no sé hacia dónde voy y me corroe esa duda. Me asusta confundir el camino, tomar la dirección equivocada, sentir que me alejo de lo que me da la vida. En el camino callo, escucho, observo, huelo, siento. Me detengo ante el dolor de mis pasos. Ante ese cansancio que me pesa. El silencio se mete en el alma buscando un lugar en el que habitar, allí donde hay más ruidos dentro de mí. Hablo demasiadas palabras, escucho demasiadas voces. Es como si no quisiera escuchar la voz de Dios. Como si temiera que sus palabras, o sus propios silencios me presionaran. Por eso grito, hablo, para no callar, para no escuchar de verdad. Me impresiona el ruido del camino. Los pájaros que cantan en el cielo. Las aguas que bajan buscando el mar junto a mis pasos. El viento que mece las hojas sobre mí. El olor a eucalipto, a tomillo, a madera recién cortada. La luz del sol que dibuja sombras entre los árboles. Ese cielo tan azul que me da paz. Un inmenso azul envolviendo mi alma y llenándola de calma. Y yo en medio de mi camino. Huyendo de mí mismo, acercándome a mi interior. Caminando fuera de mi alma, y al mismo tiempo hundiéndome hacia dentro, hacia lo profundo. El dolor de los pies sobre el camino, el cansancio que hace que cada paso pese más, la voz de otros peregrinos. El sentir que llevo mi vida a cuestas, toda mi vida, todos mis sueños. Mi pasado, mi futuro, mi presente. Todo lo vivido y lo que aún no he visto, aquello que todavía no sueño. ¿Estaré siempre satisfecho con lo que tengo, con lo que he logrado hasta ahora, con lo que he vivido en medio de dificultades? Y siento que no, que nunca es bastante. Me falta mucho todavía para llenar el vacío del alma, que es infinito. Y yo he buscado cosas superficiales para taparlo, para que no grite demasiado, para que no me incomode al recorrer mi vida. Sigo dando pasos por ese camino, descubriendo señales, tomando decisiones. Algunas serán correctas, otras puede que no sean las mejores. No importa, quiero aprender a apreciar lo que vivo ahora. En este momento en el que estoy cansado, o alegre, o profundamente triste. No importa lo que sienta y al mismo tiempo es fundamental. Porque ese sentimiento gatilla mis decisiones. A la derecha, a la izquierda, o todo recto. Un camino que asciende, otro que baja. Señales, flechas, indicaciones sutiles. ¿Iré siempre en la dirección correcta? ¿Y si me equivoco? Tendré que desandar el camino, devolver las huellas, mirar en la dirección que antes no miraba. Enderezar el rumbo. Sentir que el dolor asciende por mis piernas hasta el alma. ¿Cómo puedo olvidarme de los que sufren al sentir mi propio sufrimiento? Es el egoísmo el que me aleja de los otros, de mis hermanos. Son la misericordia y la compasión los sentimientos que me acercan a ellos y me hacen mirarlos a los ojos y decirles que aún hay tiempo, que la vida es larga. ¿Acaso importa llegar más tarde por haberme quedado socorriendo al herido? No importa nada esperar, aguardar, dejar de seguir unos pasos extraños. Es mejor la misericordia que el olvido. Mejor el amor que el desprecio y la indiferencia. Mejor cuidar que ser cuidado. Dar que recibir. Recordar que olvidar. Es mejor la vida que se entrega que la que se guarda. Mejor resultar herido en el camino que permanecer completamente sano. Siento los pasos en presente, bajo mis pies. Siguiendo unas huellas invisibles, pero las percibo, en lo más hondo del alma, cuando guardo silencio, cuando callo. Escucho, siento, huelo, toco, miro. Lo observo todo con mucha atención. Me gusta mirar a las personas a los ojos y confiar. Y mirar esos paisajes hondos que me hablan de Dios. Un Dios escondido en medio de la naturaleza, en los árboles inmensos que se alzan queriendo atrapar el cielo. Pienso en todo lo que me queda por hacer, en todo lo que me falta aún para llegar. Pienso en el cansancio pero no me detengo. Sigo buscando huellas, descubriendo señales. De mis decisiones dependen muchas cosas, muchas personas. Lo que ahora vivo es muy importante. Porque marca el camino que he de seguir. El mañana no quiero que me produzca ansiedad. No lo controlo y eso me incomoda. Pero no importa demasiado. Llegarán días en los que la vida seguirá su camino. Y yo aceptaré las cosas como son, sin miedo, con paz en el alma. He aprendido a vivir en presente para tener paz. La paz que da Dios a los que lo buscan en silencio. Por eso es tan importante caminar. Sin detenerme tanto en lo que me pesa, me duele, me cuesta, me cansa. Sin ponerme en el centro del camino, porque es Él, Jesús, mi amigo, con el que voy cada día. Él me enseña a confiar en el Dios de mi vida. Él me muestra el sentido de todo lo que estoy viviendo. No tendré todas las respuestas, pero sí sabré que merece la pena vivir con una intención. Con la meta de un santo al final de mis días. Con la historia aun por hacer. Con el corazón enamorado.

¿Por qué me gusta tanto reflexionar sobre la libertad interior cuando siento que yo mismo no soy libre? ¿De qué vale hablar tanto de la libertad cuando es un bien tan esquivo, un don que parece tan inalcanzable? Soy esclavo. Tengo en el alma la sensación de estar siempre en camino, siempre lejos de la meta y cerca al mismo tiempo del siguiente destino. Lejos de Dios, porque se esconde en medio de las cosas del mundo, y me cuesta encontrarlo. Y al mismo tiempo con Él en mi alma porque sé que camina conmigo, muy dentro, hacia lo alto y no me deja nunca. Libre de la muerte que me amenaza con poner fin a mis sueños y a la vez al borde del abismo que se cierne ante mí como una terrible amenaza. ¿Cómo se puede ser libre siendo del mundo y soñando con el cielo? La esclavitud que me ata al mundo amenaza con robarme la libertad. Las ataduras, que son férreas en mi corazón, no me dejan volar hacia las cumbres más altas. Tengo un profundo dolor en el pecho al notar cómo el cielo se esconde ante mis ojos. Guarda silencio Dios dentro de mí y me hago dependiente de todo lo que me promete una felicidad efímera, pasajera. Busco satisfacer los sentidos para no sentir más, para no sufrir de nuevo, para creer que estoy lleno cuando sólo estoy satisfecho por un tiempo. Decía Marián Rojas Estapé: «Vivimos en un mundo en el que tenemos al alcance de la mano todas las comodidades y al mismo tiempo estamos vacíos». Me siento vacío cuando creo que las cosas de este mundo me van a llenar para siempre. Vacío cuando sueño con una plenitud que escapa de mis manos. Hay tantas esclavitudes que no me dejan ser libre. Y sin libertad interior no puedo ser feliz. Decía el P. Kentenich: «Sólo el amor querido por Dios y afín a Dios hace al ser humano libre, alegre y fecundo. Su amor participa así de forma creciente de la inagotable riqueza de Dios, que regala constantemente sin por ello empobrecerse»[1]. Pienso entonces que la libertad tiene que ver con el amor querido y afín a Dios. Y tal vez mi corazón vive apegado porque tiene amores que lo llevan lejos de Dios y no lo dejan tener paz en su interior. Anhelo la armonía en mi corazón, el orden querido por Dios en todos mis sentimientos. ¿Cómo es posible que me turbe y pierda la paz cuando aparentemente lo tengo todo? No soy libre del juicio de los hombres, de las expectativas del mundo, de las exigencias de los demás. Decía el Papa León XIV en España: «Cuando os venga la tentación de sentiros menos. O penséis que no vale la pena seguir adelante, alzad la mirada. Hacia Aquel que a través de la presencia de tantas personas nunca deja de mostrarnos su amor y cercanía». Quiero ser libre de lo que piensan los demás de mí, de lo que esperan que haga. Libre de sus frustraciones, de sus expectativas no cumplidas. Alzo la mirada al cielo buscando esa libertad que me saque de mi tristeza, de mi pobreza. El amor de Dios puede cambiarme por dentro. El amor y la cercanía de Dios hacen que mi vida sea diferente. Tengo miedo de no estar a la altura de mis propis sueños, miedo de no llegar tan lejos. Y ese miedo me quita la libertad. No soy libre para amar como Dios me ama. Y continúa el Papa: «Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos del camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. S Agustín en sus confesiones nos comparte su itinerario vital y nos habla de ello. Si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones». No soy esclavo de mi pasado, soy dueño de mi futuro. Puedo cambiar el futuro con mis decisiones. Decía Toni Nadal: «Las personas exitosas son las que siempre se dan nuevas oportunidades». Mis errores no me definen, tampoco mis fracasos. Yo no soy las suma de mis éxitos y mis logros. Soy el que soy, con mi pobreza y mi riqueza, con mis fracasos y mis éxitos. Esa mirada es la que me hace libre de muchas cosas. Libre de la mirada de los demás. Me gusta cuando me miran bien por lo que soy, no por lo que tengo o logro. Confío y me dejo llevar por el Dios de mi vida. Me ama y me recuerda que valgo mucho. Mi corazón es grande. Quiero ser más libre. Lo que he conseguido en esta vida no es lo fundamental. El reino es de Dios, yo soy sólo un instrumento, un niño en las manos de su padre. Comprendo que puedo llegar más lejos y más rápido al cielo cuando rompo las cadenas que me atan y me impiden crecer. Sueño con un cielo en el que me pueda mirar y ver mi reflejo con alegría. Hay mucha belleza escondida dentro de mí. Hay mucha vida dentro de mi corazón herido y puedo alcanzar una libertad que me lleve al cielo.

Puede ser que no decidirme a amar sea ya una decisión. Dejo de hacer, me alejo, huyo. Decido no tomar ese tren que se detiene ante mí, y en ese momento sé que esa actitud mía ya es decidir. No hacer algo por amor a los demás ya es una opción. Dejar de amar, de vivir, de soñar. No ponerme en camino es capitular y dejar de aspirar a cumbres más altos. No iniciar el vuelo ya supone dejar de aspirar a lo más alto y reconocer que prefiero vivir arrastrándome en esta vida. Me conformo con los mínimos, no doy lo máximo que puedo dar. Puede ser que mi vida se vuelva mediocre cuando no aspiro a las estrellas. Al llegar a Santiago de Compostela me doy cuenta de algo esencial, el camino no acaba ahí, creo que ahí comienza. Santiago es sólo una meta, pero brota un grito de eternidad en mi interior: Ultreia, suseia. Más allá, más arriba. Quiero más, deseo más, no me conformo. Aspiro a llegar más lejos que las estrellas. Pero sé que el alma tiende al reposo. Y me da miedo caer en esa mediocridad que no me permite aspirar a cosas grandes. Cuando veo la vida así comprendo que lo importante es el camino, no tanto llegar al destino. No seré más feliz cuando alcance el destino marcado. No seré más feliz cuando consiga tal o cual trabajo, o logre ese proyecto por el que llevo tiempo luchando, o mis hijos crezcan y no me exijan tanto, o ahorre lo suficiente para ese viaje soñado o la casa de mis anhelos. Comprendo en ese mismo momento que mis pasos son parte de un camino más largo, son como esos hilos de un tejido eterno, como las horas que componen el cielo, como las notas de una melodía que acompaña mis días. Decía el Papa León XIV en Madrid: «Hoy Él continúa hablándonos en lo profundo de nuestras conciencias para hacernos descubrir que tiene su morada en medio de nosotros. Sólo espera que le demos una oportunidad. Seguid soñando el sueño de Dios. Dios te ama como eres pero te sueña mejor. El Señor nos permite empezar siempre de nuevo. Ser humano, ser cristiano, no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y sobre todo de reconciliarse y de perdonar». Me gusta esa mirada positiva y llena de misericordia. No se trata de no equivocarme, de no errar el paso, muchas veces no haré las cosas bien pero el Señor me dará una nueva oportunidad y podré volver a empezar. Dios me sueña mejor de lo que soy, pero ama como soy. Ve mi belleza escondida, oculta a mí mismo, y me quiere con locura. Pero al mismo tiempo vislumbra mucho más en mi interior, ve un sueño más grande, un cielo más alto. Estoy llamado a empezar siempre de nuevo, a subir más alto después de haber caído, a esperar que la vida sea más preciosa todavía de lo que ya es. Pero todo en presente, aquí y ahora. En los pasos que estoy dando en este momento. En mi cansancio y en mi paz. En mis miedos de ahora y en mi esperanza del momento. En mis angustias ante el futuro y en mis lamentaciones sobre mi pasado. Dios está aquí y ahora para siempre. Escucho ese grito de eternidad que resuena en mi interior: Ultreia. Mis pasos seguirán hasta el cielo después de haber llegado a muchas metas posibles. Santiago es sólo una meta temporal, un paso más entre muchos pasos. Pero después me levanto, me reconcilio, me enmiendo y vuelvo a luchar, vuelvo al camino de nuevo. No me canso de dar la vida en cada momento porque el instante es lo más valioso. Mis decisiones importan, suman, logran que saque lo mejor que hay en mí. Es por eso por lo que quiero ser capaz de tomar decisiones sabias en mi camino y no dejar que mis omisiones marquen mi camino. Dejar de decidir ya es decidir. ¿Por qué dejo que otros decidan por mí? ¿Por qué consiento en que algunos decidan lo que a mí me conviene y lo que no? ¿Por qué dejo que la envidia y el odio abunden en mi corazón? No quiero conformarme con una vida mediocre y plana. No estoy dispuesto a dejar de luchar por las metas que me he marcado. La esperanza mueve mis pasos hacia el cielo. Más alto, más lejos. Ultreia. A veces siento que Dios me pide demasiado, pero puede que sea yo mismo el que se exige. Siento que me deja solo o permite enfermedades que me dejan vacío. O me grita para que suelte lo que me ata. Y yo no me siento capaz de luchar, de entregar lo que creo que me da seguridad. ¿Para qué sirven la seguridad y la calma si no vivo con plenitud y no soy feliz? Quiere el Señor que lo suelte todo, que me deje llevar, que confíe por encima de todos mis miedos. No me quiero arrepentir de no haberlo todo en ese instante presente que tengo ante mis ojos. No quiero sentir que Jesús pasó a mi lado y yo lo dejé pasar sin retenerlo, sin tirarme a sus pies para pedirle que no me dejara nunca. Si no lo hago me arrepentiré. ¿Estoy dispuesto a soltar todo lo que creo que hoy me da seguridad? ¿De qué sirve tanta seguridad o tanta comodidad si al final estoy vacío? Sé que puedo dar más, puedo entregar todo lo que hay en mi interior.

La vulnerabilidad me causa dolor. El hecho de sentirme frágil me provoca ansiedad. Mirar al profeta Jeremías me ayuda a alzar la mirada y mirar a Dios: «Dijo Jeremías: – Oía la acusación de la gente: – Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspié: – A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él. Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa! Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa». Jeremías se siente abandonado por los suyos. Es como si esperara el respaldo de los que lo quieren y recibiera en cambio juicios y críticas. Se siente humillado, abandonado, hundido. Experimentar la vulnerabilidad es algo que me sucede con frecuencia. No me siento fuerte. Siento la fragilidad y no puedo defenderme. ¡Cuántas veces las críticas que escucho me hacen demasiado daño! En el salmo he rezado: «Señor, que me escuche tu gran bondad. Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre. Porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a ti, Señor, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. Miradlo, los humildes, y alegraos; buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo, el cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas». El Señor me escucha cuando me siento pobre y abandonado. El mundo ha pretendido que yo sea perfecto. Me ha puesto como meta un ideal inalcanzable. He sentido que no podía llegar tan lejos y he fracasado. Y me han condenado los que antes me alababan. Es fácil pasar de la alabanza y el halago a la crítica y al juicio despiadado. Fácil que me critiquen los más cercanos, incluso los que decían que era mis amigos. La maledicencia es un mal que se extiende con rapidez. Me duelen esas habladurías que sólo buscan desacreditarme. Entonces recuerdo las palabras de S. Pablo que me asegura que cuando soy débil, cuando me siento vulnerable es cuando soy fuerte. Y es verdad, la perfección no existe y no quiero ser siempre fuerte como me lo piden todos. Esperan que siempre esté bien, dispuesto a ayudar, atento a las necesidades de los demás. No toman en cuenta mi pobreza, ni mi debilidad. Trato de defender mi fama continuamente. Que no hable nadie mal de mí. No quiero cometer ningún error, para mostrarme inalcanzable, inaccesible, infranqueable. Todo es mentira. La apariencia del éxito, de los logros constantes. Como si valiera más cuando soy aplaudido por todos, cuando todos valoran mis conquistas. Me quedo en silencio y pienso que todo eso es vanidad. Es como una nube que se aleja llevada por el viento. Comentaba el Papa León en Madrid: «Entonces quiero confiaros una misión, que seáis humanos, sed hombres y mujeres de carne y hueso, no apariencia sino rostros fiables, personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, personas que desean una vida honesta y recta, porque hacen a los demás lo que esperan que los demás hagan con ellas, sed humanos como lo es Cristo, el resucitado que comparte la historia en todo tiempo». Me gusta esa invitación que me hace. Que sea más humano. Que no pretenda ser divino, inaccesible, perfecto. Que ame desde lo humano a mis hermanos. Que sepa mostrarme débil ante los demás, que no me importe. Porque cuando soy débil es cuando se manifiesta en mí el poder de Dios. Porque Él es mi fuerte defensor, como lo es para Jeremías. No hago las cosas para recibir aprobación de todos. No renuncio a mis principios y opiniones para que todos me acepten. No les exijo a todos que me traten con respeto y cariño, que me acepten siempre. Quiero ser fiel a mí mismo en lo más humano de mi ser. Soy hombre, débil, pero honesto. Hablo y vivo desde mi verdad. Acepto mis errores y caídas, no me justifico, no busco culpables. Acepto que me difamen porque es parte de la cruz que me toca cargar. Encuentro que en esas humillaciones Dios aparece en mi vida para levantarme, para darme su paz, para llenarme el corazón de esperanza. Me alegra ese amor que busca al débil para ensalzarlo. Y se arrodilla ante mi indigencia para llevarme a lo alto del cielo. Confío en esa misericordia de Dios que se derrama sobre mi alma y me ayuda a creer en el poder de Dios, más que en todas mis fuerzas.

Hoy Jesús me pide que no tenga miedo. Y muchas veces siento miedo, pavor ante la vida, ante los riesgos que tiene vivir. Me da miedo la difamación y perder mi propia fama y hoy me dice: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». Todas las afrentas que vienen del exterior no pueden acabar conmigo. Por eso, frente a esos miedos viscerales que me pueden quitar la paz me pide que busque la transparencia. Todo sale a la luz, lo bueno, lo malo. Nada permanece escondido para siempre. Paz interior ante esos miedos que me turban. Hoy en día todo sale a la superficie. Como si nada pudiera mantenerse oculto en le privacidad. A veces yo mismo me exhibo y cuento cosas que no deben ser ventiladas. Aun así Jesús me pide que sea transparente, que no guarde secretos inconfesables. Que no tenga miedo de aquellos que pueden utilizar mal la información que tienen sobre mí. Eso no importa. La vida es larga y no puedo vivir en tensión, con los dientes apretados, protegiendo mi fama, mi imagen, mi honor. Lo que los demás piensan de mí está fuera de mi control. No puedo gobernar mi vida de esa manera. Tengo que saber que no todo me puede hacer daño. Hay cosas accesorias en mi vida que no son tan importantes. Hay verdades que son mías y no las cambio por nada de este mundo. Hay mentiras que no pueden acabar con mi alegría. No todo lo que digan sobre mí será verdad. Lo importante es que no maten mi alma, que no accedan a mi corazón y me envenenen. Quiero ser libre de esas opiniones que los demás vierten sobre mí. Eso no lo puedo controlar. Pero no quiero dejar que me maten por dentro, que acaben con la vida de mi alma. No quiero que me turben aquellos que no piensan como yo. No por eso voy a claudicar y a dejar de defender mis ideas, mis puntos de vista. Soy fiel a mi verdad y quiero llevarla en el alma. El otro día decía el Papa León: «Cultura evoca cultivo, raíz etimológica compartida. ¿Qué es lo que hoy sembramos? ¿Qué florece y qué ser marchita? ¿Qué valores preservamos y cuáles dejamos morir?». Quiero sembrar con transparencia semillas de verdad y de caridad a mi alrededor. Es la semilla que quiero cultivar. No deseo que el miedo me paralice y me impida entregarme a los demás. No me asusta dar la vida por otros. Es posible amar hasta el extremo sin miedo a perderlo todo. ¿Y si al final lo pierdo todo? No importa, tengo mi confianza puesta en Dios y no tanto en lo que pueda hacer en medio de los hombres. Quiero tener paz para vivir en el presente dando la vida. No me asusto, no me inquieto. Decía el Papa León: «Os invito a ser sal de la tierra y luz del mundo. Interpretar la sociedad presente. Transformarla como testigos del evangelio. El joven cristiano es luminoso en la alegría y en la prueba. No espera que el gusto por la vida se la dé la riqueza o el poder». Me gusta esta imagen. Una vida que es sal y luz en medio del mundo. Una luz de la que me habla también Jesús. Frente a la oscuridad que oculta mi pecado. La caridad y la luz que muestra un mundo más bello. En el que hay fragilidades y fortalezas. Un mundo en el que quiero crecer y dar la vida. Siempre con honestidad y desde lo que soy, desde lo que hay dentro de mí, sin apariencias, sin fingir, sin querer ser diferente. El mayor testimonio lo doy cuando soy fiel a mi verdad. Cuando me mantengo firme y no me dejo llevar por las mentiras que el mundo pretende para mi vida. Me gusta ser esa sal que dé sabor a esta vida. Y esa luz que desvele las verdades ocultas en este mundo. Quiero ser un reflejo del amor de Dios para otros. Con mi pecado, con mi fragilidad, eso no importa. Tengo claro que hay muchos miedos que quiero erradicar de mi vida. Quiero confiar en ese Dios que puede hacer milagros con la semilla sembrada y dar fuerza a muchos. Esa es la evangelización que Dios espera de mí. Fiel a mí mismo, honesto y verdadero. Abrazado a la verdad que hay en mi corazón. Jesús puede hacer milagros con mi vida. Hoy doy gracias por todo lo que Dios me ha regalado y le pido que me quite esos miedos que me turban y así pueda confiar más.

El miedo al futuro siempre está en mi corazón. ¿Qué va a ser de mí si pierdo lo que hoy poseo y me da alegría? ¿Qué voy a hacer si las cosas no salen como yo he planeado? ¿Y si todo se complica y mi vida no sigue siendo como lo ha sido hasta ahora? Miedo ante esos futuribles que tal vez nunca lleguen a hacerse presentes. Miedo al mañana: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Miedo al pensar que mi vida pueda estar en peligro. Pero ni un solo gorrión muere sin que Dios Padre lo permita. Y hasta mis cabellos están contados. Valgo más que un pájaro. Más que todos los animales de este mundo. Valgo tanto a los ojos de Dios. Me gusta recordar que Dios me ama con locura y cuida mis pasos. Nada malo me va a suceder porque Él va a mi lado. incluso cuando lo niego a Él, o huyo de su presencia, o dejo de hacer lo que creo que quiere para mi vida. El miedo aprisiona mi pecho y crece la angustia. No sé si lograré estar siempre a la altura y cerca de Dios. Vivir con miedo, asustado, con angustia, es vivir sin paz, sin alegría, sin confianza. Cuando confío en Dios soy capaz de abandonarme en sus manos y soñar con las alturas. Dejo que las cosas sigan su rumbo sin preocuparme en exceso. ¿De qué me sirve preocuparme en exceso por lo que viene, por aquello que está fuera de mi control? No puedo saber lo que va a pasar mañana en mi vida. No puedo tener todas las certezas y la incertidumbre se convierte en una realidad que toca mi corazón. Tengo claro que no soy Dios y no sé qué será de mí mañana. Todos los pelos de mi cabeza están contados y sólo Dios sabe cuál será mi último día. Por eso quiero vivir en presente sin angustiarme por el futuro y sin cargar con el peso del pasado. Me conmueve la historia de Edith Eger, una sobreviviente de un campo de concentración. Sus palabras son una escuela de vida: «Puedo aceptar que la decisión más importante no es la que tomé cuando estaba hambrienta y aterrorizada, cuando estábamos rodeadas por perros, armas e incertidumbre, cuando tenía dieciséis años; es la que tomo ahora. De dejar de preguntarme por qué merecí sobrevivir. De comportarme lo mejor posible, de comprometerme a servir a los demás, de hacer todo lo que pueda para honrar a mis padres, de asegurarme de que no murieron en vano. De hacer todo lo posible, dentro de mis limitadas capacidades, para que las generaciones futuras no pasen por lo que yo pasé. De ser útil, de ser exprimida al máximo, de sobrevivir y prosperar para poder dedicar cada instante a hacer del mundo un lugar mejor. Y, por último, de dejar de huir por fin del pasado. De hacer todo lo posible para redimirlo y luego dejarlo marchar»[2]. Ella sobrevivió y esa pregunta de por qué sobrevivió la acompañó toda su vida. Hasta que se liberó de esa carga, de esa culpa. Que las muertes de muchos, la de sus padres, no haya sido en vano. Vivir con culpa no es vivir. Es vivir con una cadena que me ata a la tierra y no me deja alzar los ojos al cielo. Quiero vivir mirando el cielo. El otro día contemplé el árbol del tule. Tiene más de dos mil años, un grosor de cincuenta y ocho metros y una altura cuarenta y dos metros. Son dimensiones impresionantes. Ante él sólo me quedaba mirar a las alturas, alzar la mirada. Esa es la actitud que quiero tener siempre en la vida. Que el pasado no me ate. Que el futuro no me paralice por los miedos. Claro que todo puede salir mal. Claro que puedo fracasar y morir o perder lo que más quiero. Pero no importa porque estoy de paso por esta vida y sólo tengo que aprovechar el tiempo que tengo ante mí. No quiero vivir angustiado y sin esperanza. Que mi oración aumente la esperanza en mi corazón. Así me cuida Dios, como a su hijo amado. Hoy me declaro amado de Dios, hijo suyo y amado de Jesús, mi amigo. Camino con Él y confío en medio de muchas dudas e incertidumbres. Porque así es la vida y no todo saldrá como yo tenía pensado. Dios es bueno y guía mis pasos. Dios quiere que saque lo mejor que hay en mi corazón y lo entregue sin pensar demasiado.

 

[1] J. Kentenich, king n 2, el poder del amor

[2] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz