Isaías 7, 10-14; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24
«José, no temas acoger a María, tu mujer, la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, él salvará a su pueblo de los pecados»
21 diciembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Que nada me pueda quitar esa alegría que procede de un Dios que me ama con locura. Me quedan sólo días para que nazca Jesús y quiero poner en sus manos todo lo que no le pertenece»
A veces el vacío enferma el alma. El vacío y la soledad, especialmente en estos días cercanos a la Navidad. El vacío puede estar provocado por estar lleno de demasiadas cosas que en realidad me sobran y vacío de lo que realmente me hace falta: «Sorprendentemente, aquellos que se quejan con más ahínco del vacío de sus vidas son por lo general personas cuyas vidas están atiborradas de cosas, llenas de detalles triviales, planes, deseos, ambiciones, antojos insatisfechos de placeres pasajeros, dudas, ansiedades y miedos»[1]. Quizás este tiempo de preparación a la Navidad tenga que ver con vaciarse. Me gusta la imagen del junco que está vacío por dentro y que permite entonces que el aire de Dios pase por él y produzca un sonido. Me gusta esa imagen de junco flexible que se deja herir por el viento, pero nunca se rompe. Me gusta esa imagen de la vaciedad que puede ser llenada de nuevo con algo diferente. Porque es verdad que siento el alma llena de cosas. Llena de preocupaciones y problemas. De angustias y de miedos. De placeres y alegrías pasajeras. Y es como si de repente, en medio de tantas cosas que la llenan, me sintiera vacío. Notara una punzada en mi alma, en mi estómago. Algo así como un tejido interior que se rompe. Como una oscuridad repentina que apaga la luz. Como una inundación que llena todo de agua y no deja espacio para respirar. Quisiera levantarme en medio de tanta suciedad y sentir que el viento golpea mi rostro limpiándolo. Salir de mi cueva y notar el aire fresco de la noche, de la mañana. Dejar atrás aquello que me retenía con cadenas invisibles atándome a la piedra, al lodo, al barro de mi vida. Quisiera vaciarme, pero no puedo porque mis manos están medio atadas, demasiado congeladas o quietas. Quizás debería romperme. Me duele el alma pensar en romperme. Porque duele que la vida se agriete y se rompa en pedazos. Quisiera comenzar de nuevo cada mañana y sentir que tengo otra oportunidad para ser quien realmente soy, no quien debería. Es que ese debería lo formula alguien externo a mí que no soy yo. O quizás soy yo mismo en mi vanidad y orgullo que pretende ser mejor de lo que soy, más completo, más pleno, más lleno, más perfecto. Han tejido una red a mi alrededor que no me deja salir. Como si fuera una cárcel invisible que yo mismo he permitido que surgiera. Ya no puedo caminar con soltura, ni hablar con palabras suaves, ni gritar cuando tengo miedo, ni sentir cuando necesito sentir. Unas cadenas invisibles, como decía, que alguien ha tejido para impedirme ser quién soy, o quizás soy yo mismo el que las ha tejido. Por miedo al rechazo. Por miedo a que digan otros que no soy digno ni estoy a la altura. Quisiera reinventarme en medio de este Adviento para dejar que el Niño nazca allí donde más hace falta que nazca. Vacío como un junco, flexible como un junco, alto como un junco, resiliente como un junco. Vacío de todo aquello que pretende saciar mi sed. Aunque no entiendo bien cómo se consigue dejar limpio lo que está sucio. Como logro llegar más alto si mis piernas no me alzan lo suficiente. Cómo consigo resistir los vientos, si me siento tan débil cada mañana. He querido inventarme un paisaje nuevo, con playas, sol, montañas, mares, ríos. Un paisaje nuevo y llano. Sin muchas subidas, sin muchos valles que se hundan. He pretendido lograr lo inalcanzable. Y vaciarme para dejar pasar a Dios dentro de mi alma. Como si fuera más transparente de lo que soy hoy. Como si pudiera ser mejor de lo que soy. Tengo miedo a que las cosas no sean como quiero que sean. A que mis planes no funcionen como yo pretendo. Que no se cumplan los plazos. Que se pierda todo lo que hoy poseo. Que venga un huracán y se lo lleve todo de golpe, dejando mi casa rota en medio de las tinieblas. Que me roben, que me hieran. ¿Cómo es posible componer una canción nueva en medio de tanto silencio? Silencio, eso es lo que me falta. Vacío a mi alrededor. Un vacío que se llene de Dios. Y es que a veces el vacío es malo. Es sentir muy dentro de mí, que me estoy cayendo es lo más hondo de la tierra y nadie me sostiene. Es el vacío que tanta gente siente a mi alrededor. El vacío de no tener a nadie. El vacío de estar solo es medio de este mundo, sin raíces. El vacío de no sentir, de no gozar, de no vivir, de no tener. El vacío de creer que la vida no merece la pena cuando en realidad lo único que hace falta para vivir es tener un sentido. Es dejar que se llene mi camino de luces, de voces, de esperanza. Y es que hay vidas rotas en la que es fácil encontrar el vacío insoportable de la soledad. Y a esas vidas es difícil darles un sentido. Difícil que comprendan el sentido de su vida. Difícil que sepan que Dios los ama con locura, que Dios los quiere como son. Hay demasiado odio entorno a mí y siento a veces que esa oscuridad me invade. Llena mi vacío de ruidos insoportables. Y entonces necesito que vuelva al vacío para que entre Dios. Dejar atrás la mochila que me pesa. Las rocas que me llenan de amargura. Los recuerdos que me frustran. La satisfacción que me provoca náuseas. Dejarlo todo lejos de mí y vaciarme para que entre Dios. Con su gracia y su esperanza. Con su misericordia y su alegría.
Tiene Juan Diego ese aire de niño grande que me sobrecoge. De hombre sabio, de inocencia sagrada. Tiene la humildad donde la semillas puede arraigar, morir y dar fruto. Como un milagro, como un viento calmado que limpia el alma. Tiene Juan Diego en sus modales una actitud dócil, algo servil, aniñada y franca. Como si lo quisiera todo y no se atreviera al mismo tiempo a pedir nada. Tiene una sonrisa infantil, muy pura, llena de la pureza de los que han vivido dándolo todo y amando hasta el extremo. Tiene Juan Diego el don de marcar un camino ante mí que me da alegría. Porque él se dejó hacer por su Madre y la quiso hasta el extremo. Siempre aparece como pequeño, como escondido, como sin brillo humano. Y eso me sorprende, cuando yo quiero brillar, destacar, triunfar. Quizá por eso Dios lo miró, se fijó en él. Porque Dios elige lo sencillo para revelar su grandeza. A mí me consuela su vida, su testimonio, porque no necesitó poder, ni estudios, ni reconocimiento. Siempre tuvo un corazón disponible. María lo miró y le dijo: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás en mi regazo?». Es el regalo más hondo que le deja María, que me deja a mí. Él tenía miedo, se sentía poca cosa, no quería molestar. Y María lo detiene en el camino y le dice lo que yo necesito escuchar cada día. Que mi Madre me ama, especialmente cuando menos me lo merezco. Y es que a veces vivo corriendo, preocupado por lo que tengo que lograr, por mis carencias, por mis debilidades, queriendo ser más, ganarme la aprobación y la valoración de todos. Quiero que me reconozcan y hablen bien de mí, que no murmuren sobre mí, que no sospechen, que no me insulten, que me aprecien. Pero María, como a Juan Diego, me dice que me ama: «No tengas miedo de tu fragilidad, de tus incoherencias y debilidades, ahí estoy yo y te abrazo y te amo». En Juan Diego descubro que la fe verdadera no comienza en el esfuerzo, sino en el abrigo. Porque Juan Diego no se siente valioso: «Yo no soy nada, soy mecapal, soy cuerda, soy cola, soy hombrecillo». Juan Diego se define desde abajo. El que se sabe pequeño, se abre a lo imposible. No era sacerdote ni sabio, no dirigía nada ni a nadie, no tenía voz. Pero era transparente, era un niño inocente. Y María necesita un corazón humilde para confiarle un mensaje que no era suyo. Y él dijo: «Aquí estoy, aunque no pueda». En él aprendo que no tengo que ser grande, que no tengo que ser perfecto, que Dios necesita más mi disponibilidad que mi capacidad. María le dice: «Tú serás mi representante». Un indio pobre, sin autoridad, a quien nadie escuchaba. La Virgen de Guadalupe no escoge al fuerte, sino al que sabía escuchar. María me mira a mí hoy como a Juan Diego, en mi debilidad, en mis heridas, en mis carencias y sabe que no soy fuerte, ni sabio, ni coherente, ni poderoso. Sólo espera que me ame desde la ternura recibida. María le confió a Juan Diego su corazón. No le dio un título, no le dio poder, no le dio éxito. Le dio una misión imposible que cumplir sin los medios para hacerlo. Y él respondió con algo tan simple y tan grande. Él obedece y va cada mañana a verla, a escucharla, a mostrarle su dolor, y a dejarse enviar. Quizá la santidad consiste exactamente en eso, en presentar mis penas y carencias a María y luego ir a donde Ella quiera enviarme. Aunque yo también me crea un hombrecillo, herido e insignificante, impotente y pobre. Aun cuando vea que no tengo los medios ni las capacidades para ser su instrumento, descubro que Dios me toma en serio. Que no soy una sobra, ni una cuerda gastada, ni cola sin mérito. Soy un instrumento valioso en su regazo de Madre. Soy un enviado con un mensaje que no es mío y supera mis fuerzas. Y, sobre todo, soy un hijo bajo el manto de una Madre que nunca se cansa de repetirme que no tenga miedo, que confíe, que todo va a salir bien al final del camino. Me consuela saber que María no me espera cuando yo me alejo, sino que sale a buscarme. Así hizo cuan juan Diego cuando quiso rodear el cerro para no encontrarla arriba. María bajó y lo buscó. Lo interceptó cuando huía porque su tío estaba enfermo. También lo hace conmigo cuando huyo, cuando me escondo. Como si supiera que hay momentos en los que yo no tengo fuerzas para subir y mirarla a los ojos. No me exige que llegue. Ella desciende hasta mí. El amor verdadero no espera, sale en busca. Cuando no puedo orar, cuando no sé qué decir, cuando estoy triste, preocupado o desbordado. Dios hace lo que hizo con Juan Diego. Se acerca, baja, aparece en medio del atajo. Y ahí me susurra, como a él: «No tengas miedo. ¿No estoy yo aquí?». Entonces ya no necesito rodear nada. Porque descubro que el camino más corto hacia la paz no es evitar a Dios, sino dejar que Él me encuentre.
Hay momentos en la vida en los que creo estar destinado a seguir un solo camino. O hago lo correcto o caigo en un error. O triunfo o fracaso. En la obra musical Wicked recuerdo que no soy definido únicamente por lo que hago, sino por lo que aprendo y por quienes me tocan el corazón en el camino. Elphaba y Glinda son dos almas tan distintas. Me muestran que «hay personas que vienen a nuestras vidas por una razón, trayendo algo que debemos aprender». Esa verdad va más allá de la fantasía del bosque de Oz. Se me invita a reconocer que cada encuentro, cada relación, me transforman por dentro. Hay personas que han sacado lo mejor de mí, me han hecho mejor a lo largo del camino. Soy mejor persona porque ha habido personas buenas en mi vida que me han recordado lo verdaderamente importante. Valgo por lo que soy, no por lo que tengo, ni siquiera por lo que hago. La vida no se trata de ver cuánto poder puedo lograr, sino de cuánto coraje tengo para reconocer mis limitaciones, aprender de otras miradas y crecer más allá de mi propio juicio. Y es que, como leía el otro día, decía John Lennon: «Cuando tenía cinco años, mi madre me dijo que la felicidad era la clave de la vida. Cuando fui a la escuela me asignaron una tarea: – ¿Qué quería ser cuando fuera grande? Yo escribí: – feliz. Me dijeron que no entendía la tarea, y yo les dije que ellos no entendían la vida». Para ser feliz tengo que reconocer mis límites, mis carencias y mis heridas. Elphaba lo sabía: «Estoy limitada, mírame, estoy limitada… pero ahora sé quién soy porque te conocí». Y es aquí donde la vida toca lo sagrado. En un mundo que a veces solo conoce etiquetas, lo bueno o lo malo, lo fuerte o lo débil, la verdadera sabiduría está en descubrir que el amor no exige reconocimiento, sino que se siembra en la vida del otro para siempre. Porque cuando alguien me cambia para siempre, aprendo a ver la belleza en lo imperfecto y la valentía en lo incomprendido. Mis límites no me paralizan, son quizás el camino para ser realmente feliz. Saber de dónde vengo y hacia dónde voy, qué es lo importante y qué es innecesario. Al fin y al cabo lo que quiero ser de mayor es ser feliz. Y para eso tengo que descubrir mi camino, saber quién soy y lo que elijo para mi vida. Consiste en mirar con otros ojos capaces de ver la belleza escondida. Porque la protagonista de Wicked, Elphaba, se sentía rechazada, no encajaba en un mundo perfecto, no era bella con esa belleza de la apariencia. Pienso en cuántas veces también yo he sentido que mi vida tenía bordes ásperos, colores equivocados, sueños que otros no entendían. No encajaba, o no apreciaban mi belleza oculta. Dios hace así sus obras, con material de desecho, con historias torcidas, con corazones que no encajan en los moldes que el mundo exige. Ahí florece una belleza indómita, la que no se puede fingir. La belleza escondida suele aparecer cuando acepto mi vulnerabilidad y dejo que Dios la redima. Me dejo llevar en ocasiones por la belleza que brilla, por la perfección aparente y no veo lo que está escondido. En la amistad entre Elphaba y Glinda se ve cómo la segunda es capaz de ver en su amiga un brillo que no depende de la apariencias. Es una hermosura oculta que muchos no ven. La belleza verdadera exige que la busque con el corazón. Me tengo que detener, escuchar, estar frente al misterio de mi hermano. Miro entonces con otros ojos y todo cambia. Quizás Dios no cambie mi historia, ni mi aspecto, ni mi vida como es. Pero cambia mi mirada para que sepa ver lo bello, lo bueno escondido. No hace desaparecer las heridas pero me enseña a mirarlas con compasión. Incluso en mis sombras y oscuridades, en mis noches y dolores hay un propósito escondido, un sentido que me trae la felicidad que calma todas mis ansias. En Wicked, Elphaba decide hacer el bien aunque la llamen mala. Hay belleza en esa fidelidad que nadie aplaude, en ese amor silencioso que sostiene la vida. La belleza más profunda no necesita testigos ni el reconocimiento del mundo. Basta con que Dios la vea en lo más oculto. Quizá la santidad tenga que ver con todo esto. Con elegir el bien cuando nadie entiende ni está de acuerdo con mis decisiones. En sostener el amor cuando duele, en ser fiel a la verdad aunque parezca equivocada ante los ojos del mundo. La búsqueda de Elphaba consiste en enfrentar la injusticia, levantarse cuando todos te llaman mala y así seguir creyendo en lo que es justo. Esa lucha es mi lucha. Es creer en la dignidad de aquellos que el mundo rechaza, cultivar compasión cuando el ego me pide juzgar. Lucha por la verdad y sabe que con eso no conseguirán que la quieran. Y es que la felicidad no consiste en conseguir que todos me quieran. No se trata de recibir la aprobación de todos porque ven que soy bueno. Siempre habrá cosas que haga mal. Y no podré ganarme siempre el cariño de todos. Si esa es mi lucha me vaciaré y no lograré nunca lo que quiero. Quiero luchar siempre por la verdad, por el amor. Quiero dejarme amar por aquellos que ven mi belleza escondida. Y yo ser capaz de mirar a los demás con esos ojos que ven lo bueno bajo la apariencia del mal que lo rodea. Detrás de cada corazón hay un misterio sagrado ante el que me arrodillo. Hay algo bello que me enamora, algo bueno que es más grande que el mal aparente. Necesito aprender a mirar con el corazón para comprender que siempre puedo elegir el bien y optar por las metas más altas.
José es un hombre noble y fiel. Un niño grande y confiado. Un hombre de Dios que busca amar y dar la vida. Me impresiona cómo es José. Lo que lo define realmente es la primera decisión que toma: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: – María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado». Era difícil de creer, María estaba esperando y no había estado aún con él. José amaba a María pero no podía creerla. Pero era justo. Esa expresión siempre me ha impresionado. ¿Quién es un hombre justo? José era bueno y estaba herido. Una herida de infidelidad, de amor. No comprende a María. ¿Cómo habrá sido posible? José se queda sin palabras. Pero es justo. Hubiera sido posible hacerlo público, exponer a María al escarnio, a la humillación pública. Incluso estaba la posibilidad de que fuera apedreada. Pero José la ama y no quiere esa humillación. La justicia de José no es la de esa ley fría e implacable. Él tiene un corazón misericordioso y bueno. Podría haber defendido su fama, su gloria, su nombre, pero no lo hace. A veces me encuentro ante situaciones en las que mi fama es cuestionada. Y podría echarles la culpa a otros. Podría protégeme culpando a los responsables, exponiéndolos. Y es que las cosas, cuando se ven desde fuera, pueden ser interpretadas de manera diferente. Se puede juzgar a María porque en apariencia ha sido infiel, ha tenido relaciones con otra persona que no era José. La realidad parece incuestionable. Yo a veces miro la realidad desde lejos, desde fuera e interpreto lo que está pasando. Veo una mirada, escucho unas palabras, observo unos comportamientos y saco mis conclusiones. Declaro en mi corazón quiénes son los culpables, los responsables, los que han de ser condenados. Lo primero que me muestra esta escena es que no siempre las cosas con como parecen. Un abrazo, un golpe, una palabra, un silencio, un grito, una mirada. No todo se puede interpretar desde lejos y acertar. No acertaré en muchas ocasiones. Creeré que las cosas son de una determinada manera y a lo mejor es todo lo contrario. Juzgaré, pensaré que me han hecho daño, analizaré los hechos y sacaré conclusiones. ¿Y si me equivoco como José? Lo importante es que no siempre comprenderé bien lo que ha sucedido. Y en esos momentos mi forma de reaccionar muestra quién soy yo en lo más hondo de mi corazón. José decide apartarse en silencio. No huye por cobardía, sino por respeto. Ama tanto a María que no desea su mal. Se hace pequeño, sufre él el oprobio para que María no sufra. Renuncia a tener razón para no dañar. En ese momento podría haberse dejado llevar por su orgullo herido. ¡Cuántas veces me pasa a mí! Mi amor propio, mi orgullo, mi fama, mi gloria. Siento que tengo derecho a herir a otros para salvar mi imagen. Si el otro se ha portado mal, ¿por qué tengo que cargar yo con las consecuencias de sus actos? José es capaz de amar en la oscuridad. En ese momento no comprende nada y actúa con justicia. ¡Cómo no se va a decir de él que es un hombre justo! Actúa de forma justa antes de que Dios le hable en el corazón. Dios eligió a José sabiendo lo que había en el corazón. Nobleza, bondad, justicia, verdad. Las palabras del salmo definen muy bien a José: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Este es la generación que busca al Señor, que busca tu rostro, Dios de Jacob». José ama a María y renuncia a Ella al mismo tiempo, en silencio, sin hacer daño, sin querer vengarse, sin buscar justicia, sin querer que su fama fuera salvada. Hoy Jesús me pide que no juzgue las intenciones de los demás, que no pretenda saber bien cómo son las cosas solo por la apariencia. Me pide que crea en los demás aun cuando me parezca imposible lo que me cuentan. Que crea en el corazón de las personas a las que amo. Porque en ellos está escondida una bondad inmensa. Porque las apariencias engañan siempre. Y me pide que no tome las decisiones desde mi orgullo herido. Ese es José que actúa con bondad, con justicia. Así quiero actuar yo con los demás. Tratarlos con justicia, con verdad, sin buscar la venganza, sin llegar a odiar. Dios no me pide que lo controle todo sino que confíe. No quiere que pretenda atar mi vida para que no quede ningún cabo suelto. Sólo quiere que ame bien, con nobleza, en verdad. Dios pone a prueba a José y sale victorioso. No actúa con odio, sino con paz. Esa actitud siempre me ha conmovido. Las personas que responden con paz ante las injusticias que sufren. La tranquilidad del corazón que es despreciado. Los santos reaccionan así, no pretenden que todos se pongan de su parte, no juzgan a los demás con rabia, con odio. No se dejan llevar por el dolor que han sentido en el corazón. La nobleza de José me impresiona. Decide repudiarla en secreto. Callar, desaparecer, perdonar. Que el rencor y el resentimiento no se instalen en su corazón. Así es José, un hombre bueno que amó a María hasta el extremo.
A veces le exijo a Dios señales, signos, para tomar un camino o seguir otro. Le pido que me muestre lo que quiere, que lo haga con voz fuerte, con voz ronca para que no me confunda. Que no haya otras voces ni otras señales que me lleven por caminos extraños, por calles oscuras, para que no me tiente la vida con sus encantos y me crea distinto al que nació en tus brazos. Pido señales para saltar en el vacío o para quedarme quieto. Decido cuando digo que sí o no, siempre decido, también cuando espero y el tiempo pasa y con él se va la oportunidad de decidir algo. Hoy escucho en Isaías: «En aquellos días, el Señor habló a Ajaz y le dijo: – Pide un signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo». Respondió Ajaz: – No lo pido, no quiero tentar al Señor. Entonces dijo Isaías: – Escucha, casa de David: – ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». Yo pido signos y nunca estoy contento. Busco que Dios me hable y trato de interpretar como un ciego en su torpeza las marcas ocultas de sus pasos. Y quiero comprender lo que me pide cuando apenas susurra al corazón y siento un calor extraño, como una voz silenciosa, como un abrazo sin brazos, como un amor que desciende sin que apenas lo comprenda. Busco señales maravillosas, extraordinarias, tratando así de convencerme del poder de un Dios escondido, apenas oculto en medio de mi barro, de mi piel herida, de mi sangre seca. Y descubro su voz apenas dicha, sus palabras ininteligibles, porque pronuncia Dios mi nombre sin que yo lo sepa, y me llama sin que lo entienda. Y quisiera yo, cada vez que decido lo correcto o lo incorrecto, que apareciera un ángel y detuviera mis pasos, o me explicara con palabras sencillas lo fundamental de mi vida, para que entendiera, para que pudiera comprender que la vida se juega en ese presente esquivo por el que voy caminando: «Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor». Un Ángel que no me dejara caer en el pecado o seguir caminos confusos por lugares extraños, lejos del deseo de Dios para mi vida. ¿Dónde están esos ángeles salvadores que me indiquen el camino correcto? ¿Hay acaso sólo un camino correcto? No lo hay, porque Dios respeta mis decisiones, se detiene ante mi libertad porque es sagrada, espera en suspense a que yo pronuncie mi sí, o mi Fiat, o mi hágase para que se haga, para que suceda. Ese respeto me fascina. Porque puedo decirle que no y elegir otro camino, incluso pensando que es el que Él quiere, en medio de mi confusión, de mi ceguera o mi sordera. Y buscaré su bendición aun estando confundido, como un hombre ciego y perdido que cree estar siempre en lo correcto. El orgullo, o el amor propio pesan demasiado. Y la vida se juega entonces en ese momento sagrado en el que sonrío mirando al cielo. ¿Cómo saber lo que Dios me pide cuando no escucho al ángel, cuando no me habla en sueños? En el caso de S. José fue claro: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». José acoge a María en su casa. A la Madre y al Hijo, porque ya estaba en su seno. Sin saber cómo se haría todo posible. Una cosa es decirle que sí a Dios otra muy diferente recorrer el camino por el que me lleva. Una cosa es saber hacia dónde, eso es importante. Pero luego el camino, las etapas, las noches cansadas, los días intensos. Todo eso se complica y no es fácil distinguir los siguientes movimientos, los otros síes que iré dando en el camino y los otros noes que tendrán nombre y color, y tiempo concreto. Porque la vida se juega en presente, igual que las decisiones. Abrumado por el peso del momento le diré a Dios lo que quiere que responda y seguiré el camino por el que me llama. Y sonreiré sabiendo que no tengo el control de todo, no lo sé, sólo Dios lo sabe. Sólo Él con su poder puede hacer todas las cosas nuevas en mi alma. Puede inventarse el sol en mis noches oscuras, puede alegrarme el alma en momentos de pérdida y oscuridad, puede darme esperanza cuando parezca que el camino llega a un punto muerto por el que no hay salida. Una visita a Isabel en Ein Karén, un viaje difícil a Belén para que el niño nazca, una huida extraña a Egipto como si Dios mismo no pudiera enfrentar y vencer a los enemigos de un niño tan indefenso. ¿Cómo se puede ser fiel a una promesa cuando los pasos a dar parecen tan adversos? Me gustaría tenerlo todo claro y saber que Dios escribe con renglones torcidos. Él sabe lo que me conviene mucho mejor que yo. Y no estoy predestinado a seguir un camino u otro. Si me equivoco o elijo lo que no me conviene, habrá rutas nuevas marcadas por Dios para llevarme a la meta de la plenitud. Él sabrá sacarme de mis noches tristes. Sabrá levantarme cuando me haya caído y me dirá que mi vida merece la pena pase lo que pase. Ese Dios en el que creo, cuya mansedumbre y calma me confunden, sabe sacar lo mejor de mí cuando me dejo tomar en sus manos. Ese Dios me conoce y yo sé que me ama como soy, con todos mis límites y carencias, con todos mis dolores y amarguras. Ese Dios me dará el perdón para que sea pacífico y no alterará mis pasos para que no tenga miedo.
Jesús viene en este Adviento y se hace carne en mi presencia, en mi propia vida. Cuando opto por Él todo cambia en mi corazón. Hoy escucho que la obediencia de José tuvo consecuencias: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta: – Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer». José obedeció lo que el Ángel le dijo. No puso condiciones, no esperó a que los días fueran más favorables. Lo dejó todo y abrazó a María y el sueño se hizo realidad. El Niño que habría de venir para cambiar los corazones de los hombres. Algo que parecía tan sencillo y sonaba imposible. Cambiar mi propio corazón para merecer el nombre que emplea hoy S. Pablo para hablar de los seguidores de Cristo, santos: «A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo». Soy llamado santo antes de serlo. Y es que desde el momento en el que le digo que sí a Dios y me pongo en camino dando el primer paso, todo cambia. A veces hay vicios y adicciones, dependencias que me hacen mal, pecados que me someten y no me dejan ser libre. Intento salir del barro, del lodo que me atrapa, y apenas me arrastro tratando de llegar a algún sitio, a alguna meta. El lodo es resistente y mis fuerzas insuficientes. Entonces tengo dos opciones. La primera es jugar un poco con Dios. Le digo que sí, que mañana todo será distinto, pero que me dejo hoy, que hoy pueda estar tranquilo, en paz, sometido a mi debilidad como hasta ahora. Le digo que sí pero que todavía no. Que me deje despedirme del placer de esa satisfacción que me deja insatisfecho, incompleto y roto. Le quiero decir a Jesús como José que sí, que me pongo ahora mismo en camino, que hoy dejo de hacer lo que me hace daño, abandono mi pecado, mi adicción, mi relación dependiente, mi miedo a tomar decisiones, mi vida doble que me enferma, mi ira y mi egoísmo. No quiero decir que ya esté libre para siempre, es sólo el primer paso. Un día a la vez, un paso cada día. No pretendo estar ya al final del camino, pero quiero vivir desde ahora con una sonrisa. Que nada me pueda quitar esa alegría que procede de un Dios que me ama con locura. Me quedan sólo días para que nazca Jesús y quiero poner en sus manos todo lo que no le pertenece. Hay en mi alma sombras y lados oscuros. Me cuesta obedecer a ese Dios que me habla en sueños, de forma sutil. No siempre tengo claro hacia dónde caminar y necesito claridad para actuar como ese hombre noble y justo, ese José que es capaz de dejar sus miedos y prejuicios, su fragilidad para ponerse en camino hacia donde me llama. Porque Jesús viene a hacerse carne en mi carne enferma, en mi fragilidad, en mis oscuridades. Viene a encender un fuego que acabe con todos los fríos que congelan mis deseos de amar. Viene a nacer para que mi voluntad sea más fuerte, menos blanda, más sólida y con raíces más hondas. Viene a decirme que me quiere con locura, que desea que todo esté bien en mi corazón. Porque si alguien me conoce bien es Jesús. Él conoce todo lo que hay en mí y me ayuda a confiar. Me dice que los sueños son posibles si pongo de mi parte, si me dejo hacer, si doy el primer paso y digo que sí. Si la obediencia se convierte en mi forma de vida. Obedecer lo que espera de mí, lo que desea. Dicen que el que obedece no se equivoca. Pero no siempre me es fácil saber si al hacer una u otra cosa estoy haciendo la voluntad de Dios o sólo la mía. Saber lo que Dios me pide y ponerme en camino para llevarlo a cabo. Después de esa noche el ángel le hablaría a José para que huyera a Egipto. Para que protegiera a ese Niño indefenso que era un Dios todopoderoso. Las paradojas de un Dios que viene a tomar mi carne para elevarme a las alturas y hacerme así soñar con los cielos más altos y sagrados. Obedecer supone dejar a un lado todos mis caprichos y aceptar que en el presente de mi vida tendré que decirle a Dios cada mañana que lo amo más que a mi vida, más que a todo en este mundo. Y no sólo decirlo con mis labios sino hacerlo obra, acción, gesto salvífico. Es el Reino que se hace presente en actos de amor concretos, no sólo en buenos deseos. Un Dios que viene a nacer para hacerse dueño de mi vida, de mi ánimo, de mis deseos y proyectos. Quiere ser el centro de mi vida aun cuando yo muchas veces sigo huyendo a mis oscuridades para, desde allí, ver con nostalgia al que podría haber sido, si hubiera seguido siempre sus pasos. Quiero volver a confiar. Quiero dejarme amar por ese Niño que nace para cambiar todo en mi corazón y darme una nueva vida.
[1] Caryll houselander, el junco de Dios