Isaías 55, 6-9; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

«Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: – Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: – Nadie nos ha contratado. Él les dijo: – Id también»

20 septiembre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Dios no me pide lo imposible, simplemente me levanta de mi indigencia y me dice que cree en mí, confía en mí y sabe el poder que tiene mi vida para cambiar este mundo»

A veces una palabra se convierte una creencia y esa creencia termina definiendo mi realidad. No todo lo que me dijeron siendo niño es verdad, porque puede que se equivocaran o se precipitaran en sus juicios. No soy lo que me dijeron que era, soy lo que decidí hacer con esa información que dejaron en mi alma. A Édison, siendo niño, le dijeron que era torpe y lento para aprender y por eso lo echaban de la escuela. Pero su madre tomó con dolor esa información, guardó para sí esa carta y decidió contarle su hijo otra historia. Le dijo que le habían dicho que era brillante y que la escuela de su ciudad no estaba capacitada para enseñarle más. A partir de ese momento su madre asumiría su educación. Y fueron esas palabras positivas y enaltecedoras, y no las que dudaron de su capacidad, las que marcaron su vida, gracias a su madre y su mirada. Porque ella creyó en su hijo y en el potencial que había en su alma. No se equivocó y Édison llegó a ser un genio. Las palabras que he guardado en el corazón desde niño son las que determinan mi forma de reaccionar, mi manera de enfrentar las dificultades y contratiempos en esta vida. Si nunca creyeron en mí cuando era niño o joven, es difícil que yo mismo crea que soy capaz de algo importante en mi vida. Seguramente me dejaré llevar por esa impresión negativa que tenían los demás de mí y me transmitían con silencio y con palabras. De esa forma acabé actuando en consecuencia. Ante la primera caída, después del primer contratiempo, dejaré de luchar. Así suele ser en la vida. Las palabras que me han dicho se convierten en creencias. Y estas creencias pueden ser limitantes o pueden potenciar todas mis capacidades. Por eso es tan importante hablar bien a las personas a las que acompaño, creer en ellas, confiar en todo lo que pueden llegar a ser. Quiero aprender a destacar más sus valores y virtudes antes que sus defectos y carencias. Es más positivo ese mensaje que me permite creer en mí mismo y no esas otras palabras que me descalifican y no me dejan crecer. Tengo en mi alma un credo que se ha convertido en algo sagrado. Es un pilar férreo sobre el que se construyen mi vida, mi autoestima, mis sueños. Me gustaría ver cuáles son esas creencias que determinan mi forma de actuar y comportarme en esta vida. Creo que puedo seguir luchando después de muchas derrotas y creo que un día puedo llegar a ganar. Creo que puedo seguir esperando cuando parece que no hay muchas opciones, pero yo creo en mi capacidad de reinventarme y comenzar de nuevo a luchar y encontrar soluciones para los problemas que me plantea la vida. Creo que tengo en mi corazón la semilla de un árbol inmenso, puede que no llegue a ver sus frutos o no alcance a ver el tamaño gigante de ese árbol, pero no puedo dejar de luchar por esa semilla, lograr que se entierre bajo la tierra y haga posible que la vida surja de ella. Puedo lograrlo si creo en esa capacidad. Lo malo es cuando las creencias son limitantes. Esto no puedo hacerlo solo. No soy capaz de lograr ese objetivo. Voy a fallar, como siempre he fallado. Nunca estaré a la altura que deseo. Y así voy enumerando todas las cosas que son barreras prácticamente infranqueables en mi vida. Creo al mismo tiempo que no voy a lograr todo lo que me proponga. Eso es imposible porque influyen muchos factores. Y por eso no creo en ese mensaje que escucho y me anima a creer que, si lucho, conseguiré todo lo que intente alcanzar. No es así. Pero sí puedo ser fiel a mi misión, descubrir el color de mi entrega, alcanzar sueños que brotan ante mis ojos. Quiero aceptar mi vida como es, en sus límites y en su potencialidad. Escuchar la voz de ese canto que escucho en mi corazón. Ese canto que me hace creer en mis posibilidades, porque puedo llevar una vida más plena que la que llevo. Ese canto que brota del corazón de Dios y que habla de mí. Puedo salir de la mediocridad y de la medianía en la que tan a menudo vivo. Puedo esforzarme por subir más alto y llegar más lejos. Puedo hacer posible mis sueños, si me esfuerzo, si lucho por ello. Hoy quiero recordar las palabras de todos los que me han hablado a lo largo de mi vida. Recuerdo los mensajes positivos que me hicieron creer que era mejor de lo que yo creía que era al principio y fortalecieron mi ánimo. Y quiero también pensar en la forma cómo hablo yo a los demás, cómo enaltezco a las personas o las denigro, cómo las ensalzo o destaco sólo sus defectos y límites. Depende de mí que los demás saquen lo mejor versión que duerme en sus corazones o la escondan. Porque cuando me dicen que no puedo, que los demás son mejores que yo y no merece la pena seguir luchando, yo les creo y dejo de insistir, dejo de luchar. Como ese elefante del circo, que cuando era pequeño sentía la incapacidad de soltarse de una pequeña estaca clavada en el suelo. No podía ser libre, no tenía fuerzas y se convenció de una mentira, nunca en su vida podría liberarse de la estaca y seguiría siempre atado. Con el tiempo creció y sentía que su fuerza lo hacía invencible. Pero seguía atado a la estaca por una falsa creencia que se había hecho fuerte en su corazón. Era imposible soltarse, no tenía fuerzas, jamás podría ser libre. A veces tengo en el alma creencias limitantes que no me dejan volar. Quisiera romper la estaca, salir de mí mismo y luchar. Convencerme de que puedo entregar mi vida por un sueño inalcanzable, por una meta que supera todas mis capacidades.

Me han educado para ser fuerte. Para no quejarme, para no mostrar debilidad ante nadie. Como si no necesitara de los demás para existir. Como si pudiera vivir esta vida solo, sin que nadie me molestara, sin molestar a nadie. Sin que nadie me ayudara, sin tener que ayudar a nadie. No le pido nada a nadie para no estar en deuda, para no sentir que tengo que responder haciendo algo por ti, igual que tú lo has hecho por mí. Por eso me pongo la capa de Superman cada mañana y salgo a la calle dispuesto a recorrer distancias siderales, dispuesto a tocar las estrellas y obtener todos los logros imposibles, todos los esperados y deseados. No quiero que me vean por dentro, que descubran que dudo, que tengo en el alma un miedo atroz al fracaso, a la soledad, al abandono. No quiero que conozcan mis heridas y perciban la sensación de vacío que desprendo a veces, cuando no sé nada, cuando sufro y me duelen las entrañas. Aparento una seguridad inexistente, como si mi capa de perfección fuera suficiente para vencer todos los fantasmas que se me aparecen cada vez que me pongo a caminar. ¿Y si las cosas no son como esperaba? ¿Y si pierdo el control de mi barca y todo se tambalea en mi vida? ¿Y si me alejo de Dios o de los que amo? ¿Y si dejo de poseer lo que ahora tanto me alegra? Parece imposible confiar en mis propias fuerzas y es precisamente lo que hago cada día. Me olvido de Dios y me creo yo mismo un dios, capaz de hacer todo perfecto, sin mancha, de forma sublime. Mediante el control trato de dominar todos mis miedos, vencer las dudas, apaciguar los incendios que amenazan con barrer todas mis seguridades. Yo y mis propias fuerzas. Yo y mi voluntad algo debilitada pero persistente. Yo y esa sensación de vacío que me aturde al comenzar el camino. Sueño a menudo con recibir una fuerza que venga de lo alto y lo venza todo. Una fuerza que me dé el ánimo para seguir luchando. Mientras me veo solo en medio de los mares levantando la esperanza como la vela de mi barca, como mi bandera. Tengo miedo de perder el rumbo. Me asusta la soledad y me agobia la posibilidad lejana o cercana del fracaso. Y me comparo, como si fuera un enfermo obsesivo, con todos los seres felices que me rodean. ¿Serán de verdad tan felices como aparentan? Lo parecen. Sonríen en las fotos y sus pies están firmes. Parecen sólidos, como rocas frente a las olas del mar. Hablan de todos los temas posibles con seguridad y saben muchas cosas, demasiadas, me abruman. Saben idiomas, conocen la historia y el mundo que les rodea. Parecen perfectos. Y me siento tan imperfecto y limitado porque yo no sé casi nada. Me muevo en esa medianía de los hombres que no han levantado mucho del suelo su propio vuelo. Por eso quiero aprender a confiar más en lo que Dios pueda hacer con mi vida, con mi voluntad, con mi voz, con mis silencios. Deseo que Él haga los milagros que yo no puedo hacer. Que logre alcanzar esas metas que soy incapaz de tocar. Si pudiera confiar más en ese Dios que conoce mi fragilidad y no se escandaliza. Él sabe que soy pobre y no me desprecia, todo lo contrario, me ama con locura. Sabe cómo soy, porque me ve por dentro, me conoce. Pero yo no lo quiero reconocer, no me quiero dejar ver ni siquiera por Él. A Él no puedo engañarlo, aunque lo intente. No quiero aceptar que soy demasiado frágil para alcanzar los cielos. Me gustan estas palabras que hoy escucho: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Dios sí es todopoderoso y toma la iniciativa para acercase a mí. Mientras que yo lo busco por todas partes y deseo encontrarlo sin lograrlo. Es Él quien sale a mi encuentro cuando yo huyo. Irrumpe en mi historia para decirme que no puedo ir solo, no puedo caminar sin su ayuda, cuando quiero aparentar autosuficiencia. Además me dice que tengo que soltar, que debo dejar lo que me da seguridad en esta vida. Porque sólo cuando dejo cosas es cuando puedo empezar a crecer. Cuando me vacío es cuando puedo llenarme. Cuando abandono todo lo que me ata, es cuando Dios puede sostenerme. La perfección sucede cuando quito cosas, no cuando añado más. Cuando vacío de lo superfluo, me quedo con lo más importante. Cuando me libero de cargas que me pesan que no soy capaz de abandonar. Sucede cuando me reconozco débil y dejo que los demás vean mi fragilidad, cuando no me importa que sepan que necesito de un amor incondicional en mi vida para poder amar, de un abrazo que sostenga todos mis miedos y angustias. Cuando me hago peregrino y permito que la vida se llene de paz y armonía en las manos de Dios. Cuando no vivo atado a las expectativas de los demás, cuando echo raíces a fuego lento, sin prisas y sin miedo. Cuando no hago más planes que los que Dios me regala cada amanecer. Así de fácil. Comenzar siempre de nuevo es el desafío constante que tengo ante mis ojos. Aprender a dejar lo que me ata, y unirme a ese Dios que quiere construir una historia conmigo. No me pide lo imposible, simplemente me levanta de mi indigencia y me dice que cree en mí, confía en mí y sabe el poder que tiene mi vida para cambiar este mundo. Pero no espera que yo cambie el mundo, Él lo va a hacer con mi debilidad, con mi barro, con mi inconsistencia, con mi falta de paz, con mis miedos. Él va a reconstruir mis murallas rotas y va a levantar una vida nueva dentro de mí. Sólo cuando reconozco que estoy cansado, que estoy herido, harto, agotado, cuando digo en voz alta que necesito paz y poder comenzar de nuevo. Cuando bajo las defensas, sin miedo a que me conozcan, derribo mis muros protectores y dejo que su gracia me llene de paz y esperanza. Se trata de soltar, no de retener. De dejar ir, no de pretender que se queden a mi lado. Se trata de perder, no de ganar. De dejar que la vida siga su curso, sin pretender cambiarlo todo. Así de sencillo, así de difícil. Para Dios nada hay imposible.

Me gustan las palabras que me hablan de cercanía, de apoyo, de respaldo, de protección. Como ese niño que sabe que sus padres velan sus sueños muy cerca, al alcance de su mano. Así quisiera yo tocar a Dios en mi vida, sentir su presencia, acariciar su rostro. Hoy escucho en el salmo: «Cerca está el Señor de los que lo invocan. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente». Dios es clemente, es paciente, es bondadoso, es misericordioso. Es un Dios que no me deja nunca solo. Y yo dudo tantas veces de su presencia junto a mí. Dudo de su abrazo lleno de ternura, de su misericordia infinita. Me da miedo pensar que no me lo merezco. Porque es así, no se merece el amor que se recibe gratuitamente. Nunca merezco que me amen como soy, que me elijan haga lo que haga. No merezco ser un predilecto, un amado de forma especial. Porque es verdad, por más méritos que reúna, Por más esfuerzos diarios que haga, nunca mereceré que me amen. Y por eso a veces sufro. Por el desamor, por el abandono, por no ser elegido, ni valorado, ni amado. Y la herida de amor se hace muy profunda en el alma. Por eso reclamo que me valoren, que aprecien mi belleza, mis talentos, mi grandeza. Que me miren fascinados. Y espero que el mundo reconozca que tengo un talento especial, que soy único y que nadie puede igualarse a mí. Es dura la vida cuando me muevo motivado por esas heridas que dejó la vida en el alma. Esas arrugas que recuerdan las batallas libradas, ganadas y perdidas. Esas canas que me hablan de la vida entregada por amor, con esfuerzo. Ese amor que se dio y tal vez no obtuvo la respuesta esperada. Me siguen gustando esas palabras que me hablan de cercanía. Junto a mí, a mi lado, en mi presencia, al ritmo de mis pasos, en el eco de mi voz, guardado en mi misma sombra, en el hueco de mis manos, de mis brazos, en el regazo. Así de cerca, tanto que es imposible mantener una distancia. La presencia de Dios que se pega a mi piel para decirme que me ama, que me elige, que opta por mí. Pero el drama del hombre comienza cuando siente que se ha perdido. Y descubre que la soledad no lo hace precisamente libre, sino esclavo de tantas dependencias. Comprende por fin que no tener ataduras, más que una alegría, acaba siendo causa de todas las tristezas. Que no llorar por nadie, ni preocuparse por nadie, no es la solución de todos mis problemas, sino un camino que no me lleva a la verdadera felicidad. No es posible inventarme una historia diferente a la vivida. No puedo borrar de mi pasado las heridas, los llantos ni las pérdidas. Sólo puedo mirar con alegría el camino recorrido y dar gracias. Tengo claro que con Dios a mi lado todo será más sencillo. Lo malo es que no me doy cuenta, no lo encuentro, no lo siento. Contigo es esa palabra resuena dentro de mí. En mi alma, ¿puede haber un lugar más escondido? Dios habita en mi interior y me apoya abrazándome por la espalda, sujetándome para que no caiga. Así es el Dios de mi historia, ese Dios fiel que no se aleja nunca de mí y me sostiene quedándose a mi lado. Ese Dios que me conoce, sabe mi nombre y ha visto mis angustias. Ese Dios que ríe conmigo y llora a mi lado. Cerca, junto a mí, en mis miedos. Demasiado cerca como para que lo eche en falta. Está aquí y ahora, presente en mis sueños y en mi realidad. Presente en mi amor que es tan frágil y está tan herido. Presente a mi lado para que no me pierda en los caminos de mi vida, porque es fácil perder el sentido. Está junto a mí abrazándome por la espalda, sosteniendo mi vida. Así de cerca, así de presente. Así me gustaría estar siempre en esta vida para las personas a las que amo. Porque a veces pretendo estar cerca de los que están lejos. Y acabo estando lejos de los que están cerca. Es una paradoja en la que vivo. Porque cuido raíces lejanas que necesitan mi cuidado, sin duda. Y al mismo tiempo descuido raíces cercanas que necesitan también mi cuidado. Necesito estar presente en ese aquí y ahora que forma el devenir de mi vida que siempre es presente. Es cercanía y contacto. Es saber del otro y sostener su desconocimiento. Es estar para que la persona amada no se sienta abandonada nunca. Porque el abandono provoca el miedo. Y el miedo a perder no me deja vincularme, atarme, echar raíces, conocer, amar de verdad. Por miedo a perder de nuevo no me vinculo. Por miedo a dejar de ser visto, tomado en cuenta, amado. Lo que está cerca es lo que tengo que cuidar. Lo que está lejos lucharé para que esté más cerca y lo cuidaré de lejos. No mueren jamás esos vínculos que son reales, definitivos, eternos. Esos vínculos que son para siempre y dejan de serlo sólo por mi descuido, por la soledad que viene tras el abandono. Quiero aprender a profundizar lo que ya tengo, lo que poseo, lo que vivo. Quiero amar lo que es para siempre. Nunca olvidar lo vivido, que siempre esté presente en mi alma. Que no lo olvide porque el olvido crea distancias invisibles que son definitivas. Mientras que la memoria hace más hondo el amor.

Me gusta la imagen de un reino que sea como una viña en la que todos pueden trabajar: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: – Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido». Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: – Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: – Nadie nos ha contratado. Él les dijo: – Id también vosotros a mi viña». Dios cuenta con todos, porque todos somos importantes. Los que encuentra al amanecer y trabajan de sol a sol son muy valiosos, están dispuestos a darlo todo durante el día completo. Los que descubre el dueño al medio día y los que llegan al caer la tarde, también importan, porque refuerzan al grupo que lleva trabajando horas. A los últimos nadie los había contratado y estaban buscando, esperaban, tenían necesidad. Me gusta pensar que para Dios yo soy tan importante como otros. Soy más bien fundamental en un mundo en el que los hombres pueden llegar a convertirse en piezas de un engranaje. Máquinas que se desechan cuando ya no son necesarias. Ahora que la inteligencia artificial tiene tanta fuerza, habrá muchos trabajos que ahora no sean tan necesarios. Con el tiempo irán surgiendo otros diferentes. Pero de repente hay personas que hacían cosas que ahora no es necesario que las sigan haciendo ellos. Una máquina ocupará su lugar. El otro día vi una máquina que cortaba el césped sin necesidad de la ayuda humana. Ya no hacía falta un jardinero. En este mundo que busca la eficiencia hay personas que sobran porque no producen, o porque las máquinas resultan más productivas. Los mayores, los enfermos, los que sufren alguna discapacidad quedan fuera y no son necesarios en la viña. Es como si ellos no contaran para el mundo. Son prescindibles. Son piezas de un engranaje que se pueden reemplazar por otras mejores. Se hace inútil la ayuda de ciertas personas. No importan, no son necesarias. Por eso me gusta pensar en un Dios que nunca me mirará como una pieza inútil en los engranajes de la vida. Me gusta ese Dios para el que soy muy útil e importante. Ese Dios personal que me conoce en lo más íntimo de mi ser, sabe cuáles son mis puntos fuertes y los débiles y, sabiéndolo todo, me llama. Me busca con mis límites, con mis incoherencias, con mi pecado, con mis pocas fuerzas. Me llama a ayudar, a colaborar, a ponerme manos a la obra para sacar adelante este mundo donde se hace presente el reino de Dios. Yo puedo cambiar este mundo con su gracia, con su amor. Me necesita Dios para hacer las cosas de forma diferente. Las palabras del apóstol me conmueven: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». Yo también sé que lo mejor es gozar de la eternidad con Dios para siempre, a su lado. lo mejor es esa vida plena en la que no habrá más dolor ni sufrimiento. Ya no habrá pesar ni angustia, no habrá llanto ni fracasos. Todo encontrará su lugar y las piezas rotas de mi vida encajarán perfectamente. Me gusta esa forma de mirar la vida, de mirar las cosas. Me conmueve pensar que Dios puede hacerlo todo nuevo en mi alma. Puede construir un mundo mejor, puede hacer que la vida sea eterna en la tierra. Ese Dios es el que me ama como soy, porque me conoce y me invita a ser un jornalero más en su viña. Uno más entre muchos pero original. No da igual uno que otro porque cada uno aporta lo suyo, lo que nadie más podría aportar. Así es Dios. Me mira, me conoce y sabe cómo soy. Y me llama para hacer posible que el reino de Dios llegue a plenitud. Saber lo que tengo que hacer no es tan sencillo. Tendré que escuchar su voz y comprender que de su mano todo será más sencillo. Que me diga lo que puedo hacer. Que me haga ver aquello en lo que soy bueno.

Al final del día llega el momento del pago. Cada uno sabe el salario fijado con el dueño de la viña al comenzar a trabajar. Cada uno lo sabe en su corazón. Y entonces sucede lo que no estaba previsto: «Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: – Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: – Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: – Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos». Los últimos reciben lo mismo que los primeros. ¿Es justo? Con los primeros había quedado en una cantidad, un denario. Será la misma cantidad que al final les paga a todos porque el rey así lo quiere. No engaña a ninguno pero paga igual a unos que a otros. Parece injusto. En mi concepto de justicia yo creo que no todos deberían recibir lo mismo y me parece mal que todos reciban lo mismo. Me parece injusto que haya unos que han trabajado todo el día, sufriendo el calor del día, y cobren lo mismo que el que sólo trabajó una hora. La injusticia de este mundo me llena de angustia. La bondad del propietario, que puede hacer con lo suyo lo que desee, me incomoda. Nadie puede obligarle a hacer las cosas de forma diferente, pero lo juzgan por ser bueno. No pueden forzarle a pagar más de lo estipulado. Nunca les prometió más si trabajaban todo el día. Quedaron en un denario. Es el problema de las expectativas infundadas. Sucede cuando creo que merezco más por el trabajo realizado que aquello que están dispuestos a pagarme. Me hago ilusiones pero al final no consigo lo que deseo. Me frustro y no soy feliz. Y todo porque me comparo con los demás. Pienso que me deben algo. Que tienen que pagarme más porque he trabajado de sol a sol. Y eso es mentira. Es parte de imaginación. ¿Acaso me deben algo por hacer lo que es justo, aquello a lo que me he comprometido? De ninguna manera. Cuando vivo creyendo que tengo derecho a muchas cosas, no soy feliz. Vivo amargado porque me comparo con los demás que reciben más que yo. Pienso que el mundo es injusto conmigo y deberían darme más. El que vive la gratuidad nunca piensa que le deben más de lo que recibe. Está contento con lo que tiene. Se alegra con el don recibido porque piensa que es mucho, bastante, suficiente. Y no se compara con nadie. Le parece que es suficiente lo que tiene en sus manos. Me sorprende el enfado de los que viven comparándose con los que están mejor, con los que tienen más en su poder, con los que han logrado éxitos increíbles. Me asombra su tristeza al compararse, como si tuvieran razón al pensar que la vida no los trata justamente. Hay otras personas que se alegran con la vida que tienen. Miran su corazón y no piensan que alguien les debe algo. Están felices con lo que poseen y viven alegres y agradecidos. Estar agradecido con la vida que Dios me ha dado es un milagro que debo pedir cada día. No quiero exigirle más a los demás. No pretendo que me den lo que yo necesito. No vivo de expectativas. Vivo confiado y agradecido por lo que tengo.