Sabiduría 12, 13. 16-19; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30
«Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero»
19 julio 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero sentir el abrazo de Dios cada mañana para no olvidar nunca que la incondicionalidad del amor es lo único que me salva y me sostiene cada día. Dios es misericordioso»
Jesús llama a sus discípulos por su nombre. Conoce sus caídas, sus errores, sus debilidades. Pero siempre los llama por su nombre, por ese nombre que los dignifica. Les recuerda lo que valen, el sentido de sus vidas y todo lo que pueden llegar a dar si se dejan hacer por Dios y son dóciles. Me gusta ese Jesús que me mira al corazón, ve cómo soy, ve mi belleza, lo que vivo, lo que sueño y me ensalza, me levanta, me hace creer en todo lo que puedo llegar a ser si sueño, si no me limito. Cuando me recuerdan mis errores me hundo. El otro día veía una película en la que el protagonista se encontraba con el mal en su vida y le recordaba sus errores del pasado. Al pensar en ellos perdía la esperanza, sentía que no valía, todo se oscurecía a su alrededor y sentía que todo lo que había hecho en su vida hasta ahora no merecía la pena, no valía nada. Es lo que sucede cuando dejo de creer en todo lo bueno que puedo hacer. Sé que no puedo olvidar nada de lo que he hecho. Olvidar no es la solución, porque no es posible. Pero eso no significa que me quede atado en ese pasado que me hiere. El mismo S. Mateo se llama a sí mismo el publicano. Como no queriendo olvidar su origen. Él había sido un publicano, un traidor al servicio de Roma, alguien indeseable, juzgado por los judíos. Pero ya no lo era, era apóstol de Jesús. Y aun así no olvidó nunca de dónde venía. Jesús lo llamó y le cambió la vida. Y a partir de ese momento ese amigo de los romanos tendrá que convivir con Simón el celote, que odiaba a los romanos. Ambos son llamados por Jesús siendo tan diferentes. ¿Por qué no eligió Jesús a personas sin demasiadas heridas? ¿Por qué no optó por buscar a aquellos que más se parecían por su origen, por su forma de pensar? No quiso. Eligió a hombres y mujeres heridos. Jesús sabía que en la vasija de barro el oro brilla con más fuerza. Sé que en mi debilidad se manifiesta el poder de Dios, la fuerza del Espíritu, lo maravillosa que es la gracia de Dios. Jesús conoce mi pecado pero no me lo recuerda continuamente. Hay personas que perdonan traiciones en su vida. Siempre me parece un milagro, pero hay personas que han perdonado de verdad una infidelidad de su cónyuge. Lo han perdonado con la fuerza, de Dios, no con su propia fuerza. Ni siquiera a veces entienden cómo lo han conseguido. Perdonar es un milagro que no conlleva la posibilidad de olvidar. ¿Quién puede olvidar una gran traición? Cuando he confiado, he abierto mi corazón y te he dado un poder inmenso con el que me puedes hacer daño, sentirme traicionado, engañado, herido es algo que no se puede olvidar. Es una herida profunda que puede que cicatrice un día, con paciencia y la gracia de Dios, pero no desaparecerá nunca. Siempre estará esa cicatriz que me recordará de dónde vengo, lo que he vivido, quién soy. Puede que al recordarlo el dolor no sea tan fiero, sentiré pena, tristeza, pero tendré paz. Y si Dios lo permite en mi alma, podré seguir amando y volveré a confiar. Parece imposible, pero es posible, a veces sucede. Hay personas que lo han vivido y me recuerdan que los milagros existen. Perdonar es un acto magnánimo que no puede ser juzgado por los que quedan fuera de la relación. ¿Quién soy yo para juzgar a esa persona a la que quiero por haber perdonado a quien le hizo daño? Es verdad que lo hago porque no quiero que le vuelvan a hacer daño, porque la quiero proteger para que no vuelva a sufrir. Pero la decisión del perdón es del que ha sido ofendido, yo no puedo opinar ni decir lo que está bien y lo que está mal. Si perdona, me parece muy bien. Si no perdona y rompe la relación, también me parece bien. Pero si perdono, si doy un paso al frente y continúo con esa relación que tanto daño me ha hecho, tengo que aprender a llamar al que me hizo daño por su nombre, pero no por su error, por el recuerdo de su pecado. No puedo recordarle continuamente lo que hizo porque eso hace imposible que la relación crezca, dé un paso adelante. Lo mismo me pasa con mi relación con Dios. Si Él continuamente me estuviera recordando mis caídas, mis inconsistencias, mis debilidades, mis heridas y defectos, nunca avanzaría. Siento que lo que Dios hace conmigo es todo lo contrario. Me llama con ese nombre que me habla de un ideal imposible. Me recuerda que puedo alcanzar las alturas y soñar con lo más grande. Me dice que mi vida puede ser mucho mejor a partir de ahora. Que mi pasado siempre va a formar parte de mí pero que mi presente y mi futuro serán grandiosos. Me recuerda que cree en mí, confía en mí, sabe que soy débil y que necesito su gracia para caminar. Pero me dice que soy maravilloso, un hijo suyo, semejante a Él en todo menos en el pecado. Me muestra que lo que hice ya está escrito en la arena de la playa. Y que las aguas del mar lo borrarán un día para siempre. Que no tengo que temer caer de nuevo, porque la vida es mejor de lo que parece y puedo llegar a ser más niño, más de Dios y más capaz de lograr muchas cosas. Nunca olvidaré mi pasado, igual que no lo olvidó nunca S. Mateo. Pero sabré que todo lo que haga será obra de Dios en mí.
No sé descansar. No sé cómo hacer para relajarme cuando me pesa la vida, cuando estoy agotado. Vivo cansado, guardando en el alma todo lo que me pasa. No sé desconectar y cuando lo intento me agoto en las redes sociales tratando de encontrar sosiego en el desasosiego. La dopamina no me descansa, me excita, me altera, me quita la paz. Busco de forma enfermiza compensaciones que no me dan la paz y me inquietan. Si aprendiera a descansar en Dios, si supiera descansar de verdad no ya en vacaciones, sino en mi día a día. Tengo el alma agotada de tanto buscar respuestas que no llegan, soluciones que no encuentro. Me siento culpable por no aprovechar bien el tiempo, por no ser útil, fecundo, resolutivo. Me da miedo perder los días sin hacer mucho. Hay una tendencia a ver el descanso en vacaciones como un ocio culposo. No tengo derecho a descansar. No puedo descansar como lo hacen otros. Me siento culpable cuando lo hago, cuando pierdo el tiempo. Me comparo con esas personas que triunfan porque tienen todo su día lleno de compromisos y siempre cumplen y consiguen los éxitos que se proponen. El tiempo es algo sagrado. No quiero perderlo, no quiero dejarlo ir. El pasado es importante porque es un tiempo que me ha dado forma. Es lo que me ha hecho ser como soy hoy. Por eso volver al pasado es algo bueno cuando descanso y veo lo que Dios me ha regalado en el tiempo pasado. Leía el otro día: «Tiempo atrás encontré una cita de Gustav Mahler, el gran compositor y director de orquesta tardorromántico, que me gustó mucho. Hablando de las tradiciones, escribió: «La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego». La tradición no es un museo, es la garantía del futuro. La idea de regresar continuamente a las cenizas es la nostalgia de los integristas, pero ese no debe ser el verdadero sentido de la palabra: la tradición es una raíz, indispensable para que el árbol no deje de dar nuevos frutos»[1]. El pasado forma parte de mi historia y no puedo olvidarlo, ni taparlo, ni dejar de profundizar en todo lo que me ha ocurrido. No puedo dejar que el fuego se apague. Soy el que soy porque un día Dios me regaló ciertas experiencias que me cambiaron y me hicieron diferente. Me gusta pensar en todo lo que tengo gracias a lo vivido. A veces siento que me descansa mucho postgustar las experiencias vividas. No quiero pasar de puntillas por la vida sin reflexionar, sin ahondar en lo que Dios me ha regalado. Las experiencias no digeridas con las que me llenan de inquietud. ¿Por qué hice aquello que en realidad no quería hacer? Hay muchas cosas que agradecer cuando miro hacia atrás. Mucha vida, muchos sueños. Me gustaría digerir las cosas que me pasan. Hablar de lo vivido y meditarlo. Darle vueltas, callar en silencio mientras el alma repasa imágenes, momentos, días de bendición. Tengo el alma llena de recuerdos y me gustaría que todos esos recuerdos me llenaran de paz. Pero no es así, a menudo no pasa eso. Siento el alma enferma, herida, cansada. Si tuviera claro que descansar en Dios es el verdadero descanso. Si aprovechara a meditar, callar, guardar silencio para que no me hiera lo vivido. Necesito aprender a descansar. Callar el corazón y dejar que la vida me llene el alma de esperanza. Miro también hacia delante cuando estoy cansado. Pero no me dejo llevar por la ansiedad. Dios es bueno y bueno es todo lo que Él hace. Y será bueno lo que venga aun cuando se escapa a mi control. Doy gracias por lo vivido y también le agradezco a Dios lo que tenga a bien regalarme en el futuro. Son muchas cosas las que me pesan. Y muchos miedos los que llevo en el alma. Porque me asusta la vida. Una vez que tengo paz en un lugar me da miedo dejarlo. Como si esa seguridad del presente me sanara por dentro. No quiero que sea así. Quiero vivir confiado pensando en todo lo que tengo ante mis ojos. La vida es bella. Ese título de una película, que narra la vida en un campo de exterminio en Alemania durante la segunda Guerra Mundial, me habla de cómo el corazón puede hacer bello o feo todo lo que toca. Yo puedo cambiar el mundo con mi mirada. Puedo sembrar esperanza o dejar que la desesperanza me abrume y me quite la alegría. Hay muchas cosas que puedo hacer mejor de cómo las hago. Quiero descansar. Me descansa caminar y guardar silencio. Me descansa hacer deporte y escuchar música bella. Me descansa mirar a Jesús dándole gracias por la vida maravillosa que me ha regalado. Porque la vida es bella. Yo puedo hacer que sea bella cada vez que saco una sonrisa entre mis lágrimas. Puedo llegar más lejos, más alto y más hondo. Puedo apartarme de esas redes sociales que me quitan la paz produciendo ansiedad en mi alma. Quiero quedarme quieto un momento, sólo un instante, para valorar todo lo que tengo y confiar en lo que ha de venir. El vaso siempre estará medio lleno. La vida es más bella que fea. Los sueños se podrán realizar cuando aprenda a valorar las pequeñas pérdidas. Me desprenderé de todo lo que me sobra. Abrazaré lo verdaderamente importante. Iré ligero de equipaje para que no me pese todo lo que hago, todo lo que tengo, todo lo que soy. Renunciaré a muchas cosas para ser más libre, más niño y más de Dios. Y sonreiré, porque la vida es bella y de todo lo que me pase podré sacar una ganancia.
El otro día escuché que la queja no ayuda en el crecimiento personal. Cuando me quejo es como si se detuviera el tiempo. La suerte no me sonrió, pienso, digo, grito. Fue injusto todo lo que me ocurrió. Nada debería haber sucedido de esa forma. Eran demasiado valientes, fuertes, grandes para mí. Aquí no hay justicia y veo que todo es injusto, siempre me duele esa impunidad que me deja vendido. Me quejo porque la suerte no estuvo de mi lado. Porque nadie hizo las cosas bien y eso no me favoreció, los demás se equivocaron. Me frustro y me justifico. Si hubiera tenido más suerte todo hubiera sido mucho mejor. Pero no ha sido posible. Tiemblo. Las quejas justifican mi derrota. Si no hubieran actuado de esa manera. Si esa persona no hubiera dicho lo que dijo. Si no me hubieran faltado al respeto, si no me hubieran gritado. Si el tiempo no se hubiera acabado cunado todo estaba yendo a mi favor. Y así sigo enumerando mi lista interminable de quejas que me muestran siempre en desventaja frente al mundo. Me gustaría rescribir el pasado, volver a empezar, dándome así la vida una segunda oportunidad. Parece que la queja me da la razón. Podría ser mucho mejor mi vida ahora si nada de lo que sucedió hubiera ocurrido. Curiosa la mirada que tengo sobre la vida. Mi queja hace que mi comportamiento parezca siempre justo, adecuado, correcto, válido. Yo no tengo la culpa de mi fracaso, de mi derrota, de nada. Son los astros los que no se alinearon para que obtuviera la victoria final. Me duele que todo haya salido mal y la queja es mi única defensa. Me parece que si busco la queja siempre la voy a encontrar. Porque siempre habrá alguien que haya influido en el resultado final. Alguien más que yo, tal vez incluso tan culpable o más culpable que yo. Para crecer y madurar en esta vida tengo que aceptar mi responsabilidad en el resultado al que he llegado. Soy responsable de muchas de las cosas que me suceden. Soy culpable de mis errores y no puedo justificar mi infidelidad diciendo que no me sentía querido, o que me sentía muy solo. Cuando grito y te falto al respeto a la persona a la que digo amar, no es su culpa, soy yo que no sé manejar ni mi frustración ni mis emociones. Cuando me despiden del trabajo no es culpa de mi jefe, tal vez yo no hice las cosas tan bien como se podía haber hecho. Quizás no sea tan bueno en ese trabajo o puede que buscaran a alguien con otro perfil diferente al mío. Si no me eligen a mí para un trabajo para el que me siento capacitado, no vale quejarse de la ineptitud de los que no saben ver mis cualidades o alegar que eligieron al que estaba recomendar. Puede ser, pero no vale como excusa. Siempre habrá errores en esta vida o accidentes de los que nadie es responsable. Pero yo sé muy bien mi cuota de culpa en todo eso que no sale como yo esperaba. Decía el Papa León XIV: «¡Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar, a caer y levantarse! Juan Pablo II dijo que en este mundo, donde las diversas formas de violencia y odio abundan, los deportistas contribuyen a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, de saber estar juntos. Hacer hilos nuevos para tejer redes nuevas. Sociedad renovada en la que el tiempo se llene de eternidad. que la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico. Reconocer la dignidad de la persona y el trabajo motor de esperanza». No quiero caer en la queja y en la crítica a los demás cuando no salen las cosas como a mí me hubiera gustado. No culpo al inocente cuando lo agredo con violencia. No digo que me han provocado o alterado y por eso he reaccionado de esa forma. No puedo justificar nunca la violencia ni la falta de respeto, ni el insulto. Aprender a respetar al rival, al que tengo enfrente, es algo básico para ser cristiano, para ser humano, para ser de Dios. No quiero juzgar ni condenar antes de tiempo. No quiero permitir que mis pasiones me lleven donde no quiero ir. Que la rabia y el odio no me cieguen. Que la envidia no anide en mi corazón y haga que todo lo que salga de mi boca esté envenenado. Me gustaría tener un corazón puro e inocente. Que no reaccione con violencia a la violencia. Que no se estanque en la queja y la incapacidad para aceptar la propia responsabilidad de lo que ha pasado. Quiero ser capaz de crear relaciones nuevas, redes que sanen el corazón del hombre. Sé que puedo dar esperanza cuando a mi alrededor todo sean críticas y juicios negativos sobre las personas, sobre la realidad. Quisiera traer paz a las guerras y justicia a las injusticias. Que mis dolores no quedaran impunes. Que yo no fuera la causa de la frustración de nadie. Que mi presencia despertara alegría y no tristeza o enojo. Me gustaría reconocer con humildad mis errores. Aceptar con sencillez que no estuve a la altura. No quejarme cuando pierdo, no levantar la voz cuando me llevan la contraria. No encenderme cuando todo es como es y no como a mí me gustaría que fuera. Decido respetar al que me trata mal. Amar al que me rechaza. Tratar con dignidad al que me desprecia. Reconocer el valor de los que están conmigo antes de emitir una crítica. Reconocer la verdad y la generosidad de las personas. Sé que la vida es injusta y no por eso me quedo en la queja. ¿Se puede cambiar este mundo que no es perfecto? Creo que sí, desde lo profundo de cada corazón, desde la aceptación de la vida como es. Desde el respeto y el amor. Pero nunca se podrá cambiar desde la queja y tampoco desde el odio. Sí desde la humildad para aceptar los fracasos y comprender que no siempre seré feliz.
Siento que me cuesta creer en la misericordia, en el perdón infinito, en el abrazo eterno que me sostiene en mi debilidad. Me cuesta olvidarme de esa carrera mía por lograr méritos, por merecer el amor de los que me sostienen, de aquellos a los que amo. Me cuesta tanto creer en un perdón que no merezco, en una gracia que se derrama sobre mí cambiándome el corazón. Me cuesta tanto pensar que puedo hacerlo todo nuevo sólo si alguien me dice que es posible volver a comenzar. El perdón me salva y el mérito me llena de angustio y me endurece el corazón. Merezco salvarme, grito en mi interior. Merezco levantarme sobre mis cimientos. Merezco que me quieran. ¿Es eso verdad? ¿Se puede merecer la gratuidad? No se puede, pero yo me empeño en lograrlo. ¿O acaso no paso mi vida entera queriendo que todos me quieran? Trato de agradar y por eso te digo que sí, que te ayudo, que dejo mis cosas por hacerme cargo de las tuyas, que renuncio para que tú tengas más vida, que te hago un hueco en mi agenda, que te doy un lugar. Porque no quiero quedar mal contigo, ni con nadie. Y me niego a mí mismo con tal de agradarte, de merecer tu sonrisa, de conseguir ese abrazo tuyo que me salve. Pretendo hacer lo que tú quieras para que estés contento conmigo y me digas lo bueno que soy. Sólo entonces me mereceré tu amor. Pero no es así, no puede ser así. Hoy escucho: «Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende la voz de mi súplica. Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre. Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios. Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí». Dios es misericordioso con los que lo invocan. Es lento a la cólera y clemente, infinitamente clemente. Me asombra tanta misericordia cuando yo exijo a todos buen comportamiento. Espero que paguen sus deudas, que actúen como deben, que se comporten de una forma que me sea grata a mis ojos. Amo a los que me aman. Correspondo con amor a los que me dan su amor. Me alegro con los que se alegran conmigo. Soy feliz con los que son felices a mi lado. Creo en ese dar para recibir, en esa actitud del que se entrega para que le den algo a cambio. Pero la misericordia me inquieta porque no la entiendo. Dar sin esperar nada es de locos. Desbordar el amor sin recibir nada a cambio. Perdonar siempre sin exigir la conversión. Besar sin importar lo insultos y ofensas recibidos. Dar aun cuando a mí no me den nada. ¿De dónde sale esa misericordia que todo lo desborda? ¿No será sólo un deseo profundo del corazón del hombre, pero algo que en realidad no sucede nunca? Dios lanza lazos humanos para llevarme hasta Él. Me canso de repetir que el amor de Dios lo percibiré en ese amor humano que recibo desde niño. Porque para el niño sus padres son Dios y en ellos, en su humanidad, se devela una belleza infinita, un amor inconmensurable, una incondicionalidad que me salva. Porque si sólo me aman cuando me lo merezco, ¿qué sucederá cuando no tenga méritos suficientes? No me sentiré amado, ni digno de serlo, no creeré en el amor de nadie y me acabaré despreciando por mi fragilidad, por mi pecado, por mi debilidad. El amor infinito de Dios necesita mostrarse en gestos finitos, en abrazos pequeños, en palabras llenas de ternura que guardo como un tesoro en mi pecho herido. Creo en la misericordia de Dios porque elijo creer. Podría basarme sólo en mis experiencias vividas y tal vez sentiría que no es suficiente, que siempre hay alguien que me ha herido o que no me ha amado. Si llevo cuentas del mal recibido veré que tal vez es incluso más que el bien que me han hecho. O quizás tengo mejor vista para ver ese daño que el beneficio que obtengo. Por eso hoy de nuevo elijo creer en la misericordia. Elijo pensar que Dios me sigue queriendo, amando, eligiendo aun cuando yo no lo haya elegido a Él y lo haya despreciado con mis actitudes y mis obras, con el mal que ha salido de mis entrañas. Elijo abrazar su abrazo, sostener su mirada, mantener su silencio sin decir palabra. Elijo estar en su presencia sin sentirme despreciable, sabiendo que en el fondo soy el hijo amado de Dios. Que me ha preferido por encima de tantos otros hijos, que soy su consentido, su amado, su tesoro escondido. Elijo pensar que todo va a ser mejor si creo en esa misericordia que no es un amor que yo merezca. No lo merezco, mis actos no ganan el amor de nadie. Y ese amor infinito no puede ganarse de ninguna manera. Por eso prefiero la misericordia de Dios. Aun cuando viva juntando méritos, tratando de hacer las cosas bien, intentando que me salgan bien esas obras que hago con todos los sentido, buscando de todas formas posibles agradar y ser querido. Quisiera sentir el abrazo de Dios cada mañana para no olvidar nunca que la incondicionalidad del amor es lo único que me salva y me sostiene cada día. Dios es misericordioso, Dios se abaja para levantar mi corazón herido, Dios me elige siempre a mí, haga lo que haga, me comporte como me comporte. No necesito agradarle, porque le agrado siempre. Su amor es incondicional.
Hoy Jesús me vuelve a hablar en parábolas: «En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: – El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: – Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: – Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntan: – ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él les respondió: – No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero». Un campo, un sembrador. El trigo y la cizaña. Y Jesús dice algo evidente, si saco la cizaña al comienzo corro el riesgo de sacar también el trigo al mismo tiempo. La pérdida sería enorme. Entonces tengo que esperar. Tener paciencia. Dejar que el mal crezca junto al bien. ¿Es posible esa espera? ¿No sucederá que el mal tenga tanta fuerza que ahogue al bien y este no pueda crecer? No quiero esa maleza que ahoga la planta buena. Lo malo de la cizaña es que en la primera fase de su crecimiento es muy parecida al trigo, casi que se mimetiza con él. Sólo cuando madura y salen las espigas se pueden diferenciar. Por eso sería fácil cometer un error al inicio de su crecimiento. ¿Habrá una etapa en la que el mal deje de asemejarse al bien? Cuando el trigo madure en su crecimiento junto a la cizaña. Ahí sí serán distintos y se podrá cortar. Una frase de S. Agustín me ayuda a entenderlo: El demonio es el mono de Dios. Es así, lo imita, quiere confundirme para que haga lo que él quiere conmigo. La confusión es el arma del demonio. Me confunde para que crea que estoy haciendo el bien cuando en realidad estoy haciendo justo lo contrario. La cizaña no se presenta como un enemigo evidente. No es un espino que me pincha a primera vista y tampoco es una mala hierba fácil de arrancar. Se disfraza de trigo. En la vida cotidiana, la cizaña toma la forma de comentario disfrazado de preocupación: – Te lo digo porque te quiero, pero ¿viste lo que hizo…? Parece trigo, pero es cizaña, divide y rompe vínculos. La crítica destructiva se viste de honestidad. En comentarios que no buscan construir, sino sembrar dudas y resquemores. Buscan separar lo que está unido, alejar a los que se quieren. Hacer enemigos a los amigos. Otro caso es la falsa empatía. Se trata de esas personas que se acercan para alimentar mis resentimientos en lugar de ayudarme a sanar o conciliar. Con sus palabras vuelven a abrir mi herida. Son juicios sobre el que me hizo daño que aumentan el dolor y me hacen sentir humillado. Veo que tiene razón, que me hicieron daño, que no puedo perdonar nunca al que actuó de esa manera. Lo que tengo que aprender es a vivir con lucidez. No todo lo que crece a mi lado tiene la intención de alimentarme y darme esperanza. La cizaña hace justo lo contrario y tengo que ser capaz de distinguir lo que me hace bien de lo que me hace mal. El demonio y Dios no son iguales. Aunque imite a Dios al final se acaba desenmascarando al malvado. La cizaña siempre va a existir, porque es parte de la maleza de la experiencia humana. La clave no es vivir obsesionado con exterminarla desde el comienzo, sino concentrar la energía en alimentar el trigo, cuidar lo bueno que hay en mi interior. Necesito fortalecer mis valores, asegurarme de que mis propios frutos sean limpios y buenos. Al final del día, el trigo se reconoce por su peso y su utilidad. La cizaña, por su amargura y su vacío. La cizaña me deja vacío, con un sentimiento amargo de culpa. Me hace sentir incompleto, muerto. La cizaña crece desde el engaño, desde la mentira. Y en mi vida hay muchas mentiras, pero sólo la verdad me salva. Sólo ser fiel a mi verdad, a mi ideal, a mi camino. No quiero dejarme llevar por caminos confusos que me alejan de la meta que deseo, de lo que de verdad sueño. La cizaña crece en mi interior y mata mi alma. A veces dejo que esa cizaña abunde cuando alimento pensamientos de inseguridad. Porque me comparo con otros y los encuentro mejores. Porque no olvido lo que me hicieron alguna vez y ese recuerdo siembra amargura en mi alma. Me siento menos, brota la envidia y en esas comparaciones siempre pierdo. Porque la envidia envenena el corazón y la cizaña crece no dejando que el trigo madure.
Otra cizaña que puede crecer dentro de mí es el resentimiento. Me hicieron daño y ese dolor me mata por dentro. No logro perdonar, no olvido, no paso página. La cizaña del rencor es fuerte y crece ahogando la esperanza. Dejo de mirar con alegría la vida. Porque el trigo da alegría. Y justamente el rencor acaba con ella. Otra cizaña que dejo crecer es el egoísmo. Giro en torno a mis deseos. Busco que se haga mi voluntad, no quiero pensar en los demás y dejo de tener compasión. El trigo es la misericordia hacia los demás, como la del buen samaritano. El Papa León XIV comentaba: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro. El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don». El trigo me lleva a salir de mí mismo, de mi comodidad, de mi egoísmo. La cizaña me encierra en mis deseos de hacer lo que yo quiero, de conseguir lo que sueño. Pienso que no es posible sacar el trigo del egoísmo sin herir en su raíz al trigo de la compasión. Tengo que dejar que crezcan y alimentar mi deseo de cuidar a los demás, de pensar en los heridos que hay al borde del camino. Cuando cultivo la generosidad y me doy por entero se acaba muriendo esa cizaña que me vuelve egoísta. La ira también es cizaña. Crece con fuerza y la alimento cuando pienso que el mundo es injusto, que me tratan mal, que no me dan lo que merezco. Entonces el trigo de la paz no crece, porque siembro guerras, hablo mal de los demás, juzgo y condeno, critico a los otros viendo sus puntos débiles. La cizaña de las guerras hace daño a los que me rodean. El trigo de la paz trae esperanza a los que están a mi lado. Me gusta pensar en ese trigo que tengo que fortalecer en mi interior para que dé más vida. La parábola también me invita a la paciencia. Porque cuando detecto la cizaña quiero arrancarla inmediatamente. Pero al principio se parece tanto al trigo que podría arrancar lo que es sano en mi alma. A veces, cuando detecto toxicidad, conflicto o envidia en mi familia, o en el trabajo, o con mis amigos, mi primer impulso es reaccionar con violencia. Me gustaría pedirle a Jesús, como lo hicieron los hijos del trueno, que mandara un rayo sobre los que siento que siembran cizaña a mi alrededor. Me gustaría confrontar inmediatamente al que hace ese daño o cortar de raíz lo que veo que está mal. Tengo claro que actuar movido por el impulso, cuando la cabeza está caliente, puede dañar a los inocentes o destruir proyectos valiosos. Lo bueno se destruye junto con lo malo. Buenas intenciones mueren al acabar con las malas. La cizaña requiere estrategia, no solo fuerza. Quizás hay que dejar que las cosas maduren para que cada uno muestre su verdadero fruto antes de tomar decisiones drásticas. Jesús dejó que Judas estuviera con el resto de los discípulos hasta la última cena. No cortó de raíz el veneno que tenía en su corazón. No actuó de forma prematura. Porque confió en que la cizaña se transformara en trigo. Esto es lo que hizo Jesús, creyó en el poder transformador del amor. Creyó que tal vez Judas se dejaría tocar por ese abrazo de Jesús, de sus hermanos. Pero no fue posible. La cizaña se hizo fuerte en su corazón y se acabó el sueño. No pudo. Venció el odio en su interior, venció la cizaña y ahogó todo el trigo que Jesús había intentado sembrar en su corazón. Lo que me pide Jesús con la parábola es paciencia. Quiere que actúe de forma paciente. Que responda con bondad a la ira y con silencio a las críticas y chismes sobre otras personas, vertidos sólo con la intención de hacer daño. Hoy comprendo que no siempre voy a saber qué hacer. Y no siempre tendré paciencia. Por eso necesito implorar que venga sobre mí el Espíritu Santo: «El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios». Que ese Espíritu me dé paciencia, paz y alegría. Y que el trigo de mi alma crezca fuerte y firme en medio de la cizaña de este mundo.
[1] Esperanza, Autobiografía Papa Francisco