Isaías 49, 3. 5-6; Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
«Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel»
18 Enero 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Dios conoce mis entrañas, ha acariciado mis temores, reconoce mi belleza y se alegra con mi luz, aun cuando para mí sólo sean sombras»
Me quedo en silencio, ordenando mis miedos, percibiendo el peso de la vida sobre mí. Veo con tristeza que mi esperanza es muy pequeña, casi raquítica. Me descubro esperando que las cosas salgan como yo quiero, que mis planes encajen, que el dolor pase pronto, que lleguen los triunfos y la fama, y la paz. Las palabras del Papa Benedicto resuenan en mi alma: «La redención se nos ofrece en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza confiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente»[1]. Sé muy bien que la verdadera esperanza nace cuando me atrevo a rezar de verdad. Me impresiona pensar que, cuando rezo, nunca estoy solo. Me gusta imaginar que mi oración es como abrir una ventana en una habitación que se ha quedado sin aire, a oscuras. Mi propia alma me no tiene aire, me asfixio buscándome fuera de mí, disperso en este mundo seductor, tan atrayente. La vida me cierra todas las puertas, y me siento atrapado en mis propios callejones sin salida. Mi oración es ese lugar sagrado donde, aunque nadie más me escuche, Dios me está escuchando. Aunque ya no tenga a nadie a quien pedir ayuda, Él sigue ahí, sosteniéndome, ayudándome. A veces me avergüenzo de mi pobreza, de presentarme ante Él con las manos vacías. Porque no tengo nada para ganarme su amor, para retener su presencia frente a mí. No hay méritos suficientes, ni logros de nivel que me hagan merecedor de nada. Tengo claro que no tengo que convencer a Dios de nada. Él me conoce mucho mejor que yo mismo. Conoce mis entrañas, ha acariciado mis temores, reconoce mi belleza y se alegra con mi luz, aun cuando para mí sólo sean sombras. Rezar no es informarle de lo que me pasa, es dejar que su amor cure mis heridas mientras se lo cuento. En esta escuela de la oración es donde aprendo a desear lo que Él desea. Yo escucho y Él me habla. Aun cuando a veces me parece que calla. Me conmueve saber que mi esperanza no depende de mis fuerzas. ¡Qué descanso me da saber que no soy yo el que sostiene mi vida, sino que soy sostenido por Dios cada día! En la oración, mi pequeño yo se ensancha, se vuelve más grande, porque se une Dios y ahí se renueva. Y cuando eso sucede, cuando descanso en el silencio, aquel problema que me quitaba el sueño, o la tristeza que me pesaba en el pecho, se calman, los miro de otra manera, duelen menos. No le pido a Dios que cambie mis circunstancias, le pido que cambie mi corazón, que cambie mi mirada. Que no me turbe, que no pierda la paz, que no me angustie. Si cambiara mi forma de ver las cosas no importaría que las circunstancias no cambiaran. Le pido que me enseñe a mirar mis sombras con sus ojos, con su esperanza. Quiero aprender a ser ese hombre que, incluso en el desierto más absoluto, sabe que el cielo está ahí, esperándome. Sé que al final del día, cuando todo se apague, permanecerá su voz susurrándome que soy su hijo amado y que el camino, por muy fatigoso que parezca, tiene una meta que merece la pena. Me quedo así, simplemente callado, aguardando, dejando que su presencia sea mi único refugio. Sin prisas. Solo Él y yo. Y en ese encuentro, mi esperanza vuelve a florecer. Tengo sed de momentos de cielo en la tierra. Momentos de paz en medio de mis guerras. Tengo sed de un paraíso que se abra paso en este desierto de mi existencia. Sed de una esperanza que nunca muera, que no pierda nunca el sentido, que no me desespere ni caiga en la angustia. Dios puede hacerlo todo nuevo en mi corazón. Puede cambiarme por dentro. Puede habitar en mi alma para que reine en él la paz definitiva. Miro con ojos alegres esta vida que Dios me regala. Él sabe cuáles son mis miedos. No me va a quitar las cruces, no va a allanar mis caminos, no me va a quitar las penas, no va a solucionar todos mis conflictos, no va a evitarme la enfermedad o la muerte. No lo va a hacer porque ha dejado que viva en libertad en este mundo. Y sólo quiere que confíe, que no pierda la esperanza, que no deje de alzar la mirada al cielo, que no deje de ser un niño confiado. Porque los niños creen que lo imposible puede ser posible. Los niños creen que son amados por sus padres de una forma especial, única. Ellos aman con pureza y son amados de la misma manera. Así quiero yo sentirme amado por Dios cada mañana, cada tarde.
A veces me detengo en lo que parece ser de una determinada manera. Y no miro dentro, no busco bajo la apariencia la verdad. Leía el otro día: «Siempre me ha parecido sorprendente la cantidad de personas que se avergüenzan de su físico y las pocas que lo hacen de lo que tienen por dentro. A veces hay que taparse los ojos para ver de verdad»[2]. Taparme los ojos para mirar en mi interior, en mi corazón. Para pensar en lo que Dios quiere regalarme. Vivo tan volcado en el mundo. En lo que yo muestro, en lo que dejo ver. En las apariencias que engañan. En la verdad que queda oculta, el verdadero yo, el verdadero propósito de mi vida. Está el mundo obsesionado con el físico. Tener un aspecto joven, bello, atrayente. Es una búsqueda obsesiva de una imagen perfecta. Agradar, gustar, que los demás se enamoren de lo que ven. Me importa más lo que parece ser que lo que realmente es. Me preocupa lo que puedan observar de mí desde lejos y juzgar. Me condenan, hablan mal de mí. Me juzgan por lo que parezco ser. No saben cómo soy pero interpretan mis gestos, mis palabras, mi aspecto. Lo que digo y lo que callo. Lo que escribo y lo que pienso. Miran por fuera y no entran en lo hondo del corazón. Allí donde yo me escondo, donde estoy guardado, agazapado, viviendo. Allí donde no dejo entrar a nadie porque guardo con pudor mi propia vida. Para que no me hagan daño, para que no me hieran. Yo mismo busco las apariencias. El oro, lo que brilla, lo que parece más perfecto, más pulcro. Y no profundizo en mis relaciones. No ahondo y no sé lo que le pasa a mi hermano con quien vivo, a mi amigo al que frecuento. Porque me escondo, oculto mis sentimientos. Porque no me gusta mostrarme vulnerable y dejar que los demás sepan cosas de mí con las que puedan hacerme daño. Me da miedo dejar que vean demasiado lo que hay en mi interior. Me miran y quieren saber. Y yo no estoy tan orgulloso de lo que hay en mi corazón. Me gustaría quererme más, aceptarme más en mis límites. Me gustaría no tener miedo y dejar ver a los demás lo que hay sin miedo. No quiero vivir ocultando o pretendiendo ser distinto a quien de verdad soy. Tengo una gran belleza en mi corazón. Soy más de lo que parezco. Tengo un tesoro que ni yo mismo conozco. Leía el otro día: «Te advierto, quien quiera que fueres, tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que, si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses. Templo de Delfos (sala subterránea, estancia de la sabia Sibila)»[3]. Quiero conocerme y apreciar el tesoro escondido en mi corazón. Descubrir la grandeza que Dios ha sembrado en mi alma. Saber que valgo, por encima de todos mis miedos y mediocridades. Que soy más que lo que el mundo admira de mí. Soy hombre, tengo una verdad escrita por la mano de Dios en mi propio corazón. Hay dentro de mí un tesoro apasionante que Dios ama. Ante mí se arrodilla Dios porque soy su hijo amado, su creatura, su creación más maravillosa. Yo vivo poniéndome máscaras para ocultarme, para gustar, para encajar. Pretendo ser aceptado en este mundo no con mi verdad, sino con la verdad que los demás quieren ver. Me adapto, adquiero el color de lo que toco para pasar desapercibido, para que no me rechacen, para que me valoren y tomen en cuenta. Es difícil aceptar mi vida como es, sin edulcorantes. Aceptar la verdad de mis mentiras, de mis errores, de mis caídas. Aceptarme en mi fealdad cuando no cumplo con la expectativa que tienen sobre mí. Quiero conocerme y aceptarme. Quiero comprender que la vida no es tan sencilla. Que encontraré barreras y no sabré cómo dar con las respuestas correctas. Me rechazarán, me herirán. Me ignorarán y no conseguiré llegar a la meta que tanto deseo. No quiero ser como los demás, como los otros, como los que vencen. No quiero adoptar sus tácticas, seguir sus caminos. Quiero ser fiel a mí mismo y comprender que si Dios me ha creado como soy es porque valgo, es porque mi vida es valiosa a sus ojos y esos ojos son los que de verdad importan. No quiero fingir, no quiero aparentar. Quiero ser el que soy y aceptar que valgo no por lo que los demás reconocen en mí, sino por lo que yo mismo veo y acepto de mí. Esa belleza escondida es mi mayor tesoro. Ese don que Dios me regaló un día. Esa luz que ha dejado salir en medio de la oscuridad. No me adapto, no me mimetizo con otros. Aplaudo mi vida como es y me alegro por ser original. Porque no hay nadie como yo. Eso sí, puedo ser mejor, puedo sacar mi mejor versión, puedo mejorar y dejar de hacer las cosas mal cuando no me salen como yo quiero. Puedo amanecer cada mañana con la esperanza de seguir caminando hacia el cielo, hacia la meta que Dios ha sembrado en mi alma.
¿Cómo se pueden tomar decisiones sin equivocarse? No suele ser así. El que decide corre el riesgo de decidir mal. El que mal elige toma caminos equivocados. Y no es fácil saber lo que Dios me pide, meditarlo todo como María en el corazón y saber lo que tengo que hacer. Decir: sí, Señor, aquí estoy para hacer tu voluntad. ¿Y cómo sé lo que realmente me pide? Hace falta mucho silencio, mucha oración, mucha introspección. Ir al centro del alma, escuchar y decidir. Hacer acopio de fuerzas para caminar un camino largo. Y no siempre habrá paz. Porque la decisión no les gusta a todos los que me quieren. Porque decido algo que trae consecuencias negativas y pierdo cosas, o a personas o sigo otro camino distinto al que seguía hasta ese momento. Y lloro por el dolor. Y lloran otros junto a mí. Porque no hay decisiones fáciles. Porque no es tan sencillo elegir siempre lo correcto, el bien, lo que me hace bien. A veces decidir supone decir que no, dejar ir, renunciar. Otras veces mi sí tiene que ver con la realidad que no se puede cambiar. ¿Cómo voy a cambiar el presente que ahora no me gusta? ¿Sé puede volver al pasado para alterar decisiones que traen consecuencias? Muchas veces mi sí tiene que ver con una realidad que yo no he buscado y no amo. Una enfermedad que sobreviene y me llena de temores. Una ausencia que me duele en lo más profundo. Un fracaso que supone dejar atrás muchos sueños para volver a empezar. No es sencillo decirle que sí a lo que no me gusta y no me conviene. A lo que me produce un rechazo visceral que casi me enferma. A veces no me gustan las decisiones que otros toman y tengo que aceptarlas, darles mi sí aun sabiendo que yo no lo hubiera elegido, no lo hubiera hecho de esa manera. Aceptar las cosas como son y no rebelarme, no negarlas para que no existan. Aceptar que están ahí y duelen. O me envenenan el alma. Decir que sí es un acto de liberación. Porque acepto entonces que hay un Dios más grande que yo que todo lo ve. Y Él conoce toda la historia porque está fuera de la historia, en la eternidad. Yo no entiendo, ya no lo pretendo, aun cuando muchas veces le pregunto a Dios enfadado: ¿Por qué? Y sé que no hay respuestas, sólo un silencio incómodo que me duele muy dentro, y se instala como una tristeza sobrevenida, un llanto sostenido, una pérdida insuperable. Me he despedido muchas veces de personas a las que hubiera querido retener. Y he dejado caminos que hubiera querido que no tuvieran fin. ¿Cómo se recompone una vida rota? ¿Cómo se sana una herida abierta? No la puedo tapar, porque se infecta. Hay que dejar que la herida vaya cerrando desde lo más hondo hacia la superficie, nunca al revés. Ir a lo profundo del dolor, del vacío, del olvido. Recordar todo lo que pueda, para no olvidar. Y buscar las huellas de Dios escondidas en el barro, allí donde parece imposible saber su voluntad. Y luego decir esa palabra que es Fiat, hágase. Porque realmente el sí es hecho por alguien más grande que yo en mi interior. No soy yo a fuerza de voluntad el que construye nada. No soy yo, es Él. Por eso necesito aprender a discernir lo que espera de mí, lo que quiere, lo que sueña. Buscar en mi interior el propósito de mi vida. ¿Para siempre? ¿Sólo por un tiempo? ¿Aquí o en otra parte? ¿Haciendo esto que ahora hago o algo totalmente distinto? Preguntas que se deslizan por las aguas de mi alma produciendo inquietud, desasosiego, malestar, miedo. Un torrente de dudas, un mar de inseguridades. ¿Cómo se edifica una casa firme sobre roca? Imposible cavar tan hondo con mis propias manos, imposible saber si seré capaz de mantenerme sobre las olas. Me da miedo fracasar y tomar decisiones que me acaben haciendo daño. Dejar lo que amo y seguir. Soñar con imposibles y hacer lo posible cada día, en la rutina constante que me da sopor. Como si la vida se tuviera que jugar en decisiones grandes, como en las películas, las que cambian el presente y el futuro. ¿Y si no es posible llegar tan lejos? La rutina, las decisiones diarias que cambian y moldean el corazón. Me da miedo el fracaso y el desprecio. Discernir, me repito muchas veces, discernir buscando el querer de Dios en mi alma, guardando silencio. En las cosas que me suceden, en las personas que encuentro, en los mensajes que me llegan de tantas partes. En los que me piden cosas. En los que esperan pacientes. En los que me aman sin expectativas. Y luego lo que yo soy, mi identidad, aquello que me constituye, mi verdad más mía. Ese que soy sin maquillajes ni máscaras. Ese que sabe lo que quiere y ama lo que ve. Que espera y aguarda y sueña. Las voces de Dios escondidas en los silencios. Si supiera leer con claridad los deseos de ese Dios que me ama con locura. Es cierto, me ama tanto y yo no lo veo. Porque por mi herida no sé descubrir el verdadero amor. Y he sido herido muchas veces. Y me cuesta pensar que las cosas son como son y no como a mí me gustaría que fueran. Tengo miedo de no ser capaz de tomar decisiones. Es verdad que cuando dejo pasar el tiempo sin decidir, las decisiones caen por su propio peso. Y ya no hay respuestas válidas. Y ya no sé lo que me conviene o les conviene a los que amo. Y me sorprendo dejando escapar la vida por ser un cobarde. Quiero decidir ante Dios. Quiero escuchar su voluntad. Quiero decidir en su presencia y darle siempre mi Fiat. Aquí estoy.
Dios me ama y me elige, ha pensado en mí. Hoy escucho las palabras del Profeta Isaías y no puedo evitar sentir que el Señor me está hablando: «Tu eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». Siento una paz inmensa al escuchar que me formó desde el vientre. A veces me pierdo en mis planes, en mis dudas de si estaré haciendo lo correcto, pero hoy descanso en esta certeza. Dios me ama, no soy un accidente. Antes de que yo mismo supiera quién era, Dios ya me estaba soñando. Dios pensó en mí, en mi alma, en mi vida, en mi valor. No valgo por todo lo que haya podido lograr, sino en que soy suyo desde antes de nacer. Esa certeza es la que me salva. Yo vivo pretendiendo que los demás me validen, me reconozcan y aplaudan mis pequeñas obras, mis pingües logros. Busco con ansiedad gustar, agradar, caer bien, ser aceptado en un lugar. Y cuando no lo logro sufro en lo más hondo. Por eso me cuesta arriesgar y salir de mí mismo. Es lo que Dios me pide. Confieso que a menudo me asusto y prefiero quedarme en lo pequeño, en lo que controlo. Siento que me empuja a ir más allá de mis miedos. Él no me pide que brille por mi cuenta, porque sé bien que no tengo luz propia, sino que me pide que sea un reflejo de la suya. Mi Dios es mi fuerza, y solo desde esa convicción puedo aspirar a ser luz para los demás. Una luz en medio del desierto, de la noche, de la oscuridad. Una luz que lo invada todo, lo penetre todo. Pero no mi luz, porque yo no tengo luz propia. Dios quiere que brille con su luz, me gustan esas palabras llenas de esperanza. Vivo en medio de muchas oscuridades. Las de mi alma, las de mi vida. Hay personas que habitan en medio de las sombras y no logran ver el camino a seguir. Hay oscuridades en mi interior que no me dejan descansar. Fruto del pecado, de las tentaciones, de los miedos, de las inseguridades. De esa insatisfacción crónica que no me deja respirar. Necesito luz para mirarme con los ojos de Dios. Luz para ver a Dios escondido y respirando en mi alma. Luz para distinguir el bien del mal en mis decisiones. Luz para reconocer la belleza que hay dentro de mí, muy dentro. Quiero brillar con la luz de Cristo para que todos lo vean a Él. No quiero ser yo. Quiero que Él crezca en mi alma y yo disminuya. Que Él sea más fuerte y yo más niño, más pequeño, más frágil. Siento que Dios puede hacer milagros en mi vida y me lo dice. Quiere que su salvación llegue a todos a través de mí. Mi entrega pude llegar allí donde yo no llego. A veces me agoto pensando en si mi mensaje llegará a alguien. Dios me recuerda que la salvación que obra en mí tiene un eco infinito. Mi pequeña entrega, mi sí, mi fiat de cada mañana, puede alcanzar el confín de la tierra. No porque yo sea grande, sino porque el Amor que llevo dentro sí lo es. El agua se convierte en vino en las manos de Jesús. Cinco panes y dos peces son suficientes para dar de comer a cinco mil personas. Unas monedas de una viuda serán suficientes para Dios. Porque Él no mide como yo mido las cosas. Yo hago cálculos demasiado humanos. Lo que necesito para llegar a tantas personas. No basta, no es suficiente con mi voz, con mi energía, con mi carácter, con mis días. No basta con lo que soy y tengo. Entonces miro a Dios a los ojos y confío en su poder. Él puede multiplicarlo todo. Puede sanar a muchos enfermos, puede dar la vida a muchos que están muertos. Puede iluminar los últimos confines de la tierra. Puede porque es todopoderoso. Y necesita, eso sí, mi sí frágil y lánguido. Mi vida escondida bajo la tierra para que muera como la semilla y dé su fruto. Sé que no puedo hacer las cosas perfectas. Con frecuencia lo compruebo. Fallo y peco, me confundo y mis errores tienen consecuencias. Y Dios puede construir a partir de todo lo que yo he destruido con mi torpeza. Pero necesita que vuelva hasta Él, que confíe en su amor, que crea en su misericordia infinita. Que me crea de verdad que mi vida vale, es importante y es bella. Que me crea que su amor es incondicional y no depende de que todo me salga bien. No tengo que estar a la altura que yo creo que me exige. Tengo que dar sólo lo que tengo, mi agua sucia, mi pecado, mi miseria, mis intentos pobres por hacer las cosas bien. He visto muchas veces caer a los gigantes. Vidas impecables que han sido destruidas. Promesas que no se han llegado a cumplir nunca. Creo que Dios está viendo cosas que yo no veo. Porque yo no entiendo que una muerte temprana prive a tantos del bien que yo puedo hacer. O que una enfermedad impida que siga sembrando la tierra para Él. Me cuesta aceptar tantas cosas que veo en mi alma que no funcionan. Quisiera cambiar la realidad y le pido a Él de muchas maneras que la mejore, que la haga fecunda, que traiga luz a tanta oscuridad que veo y me entristece. Dios lo puede todo y yo le suplico que lo haga. Él tiene sus tiempos y su manera. Elige al que quiere y bajo las piedras encuentra aliados. Él sabe mejor que yo cuál es la fecundidad de una vida entregada. No mide con mi medida, no se centra en los días que yo cuento. Su medida es infinita y sólo cuenta desde la eternidad que habita. Ve lo que yo no veo y al mirarme sonríe feliz.
El grito se convierte en canto y las palabras del salmo resuenan en mi alma: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios, entonces yo digo: «Aquí estoy». -Como está escrito en mi libro, para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes». Me detengo mucho en esa frase, porque yo esperaba con ansia al Señor y Él escuchó mi grito. ¡Cuántas veces me he sentido así, esperando en medio de mis miedos, gritando en el silencio porque no veía la salida! Me conmueve pensar que Dios no se queda lejos, sino que se inclina sobre mí, como quien se agacha para abrazar a un niño que llora. Hoy le pido al Señor que me regale ese cántico nuevo, que me ayude a cambiar mis quejas por un canto de confianza, de alabanza. Que sepa dar gracias porque mi Dios siempre termina escuchando mi fragilidad. No estoy solo, Dios está conmigo y me sostiene, me salva. Y entonces, cuando me sé salvado, rescatado, puedo pronunciar con alegría: «Aquí estoy». Ese grito siempre me da paz. Estoy aquí, en la tormenta, en el peligro, en la paz de mi vida. Estoy ante el Señor para hacer lo que me pida. Estoy donde tengo que estar, en el momento en el que tengo que estar. No siempre estoy cuando me necesitan. Fallo, me escondo, me oculto y no estoy. Por eso, cuando soy capaz de gritar que estoy aquí, es la forma que tengo de decirle a Dios que estoy preparado, dispuesto, alegre y convencido de poder hacerlo mejor esta vez. Puedo caminar, puedo soñar, puedo llegar más alto. Es la convicción que surge de tener un propósito, de saber para qué me ha creado Dios. Porque me ama y ha puesto en mí un talento para que lo entregue y haga fecundo. Dios quiere sacar lo mejor de mí, quiere darme lo más valioso para que yo pueda entregarlo con mis manos. «Aquí estoy» es una declaración de intenciones ante Dios. No estoy huyendo, no estoy dándole la espalda. Estoy aquí donde me ve, donde me encuentra, donde sale a buscarme. A veces me agobio pensando que tengo que ofrecerle a Dios grandes cosas, sacrificios perfectos o metas imposibles. Pero no es así. Dios no espera de mí lo imposible, sólo me pide el agua, los panes y los peces, mi humanidad, mi pecado, mi debilidad. No me ama dependiendo de cómo me porte. Me ama de forma incondicional y ese amor suyo es el que me sostiene y me da fuerzas. Él no quiere sacrificios ni ofrendas. Sólo espera que abra el oído y aprenda a escucharlo en lo cotidiano de mi vida. En medio de los ruidos y preocupaciones. Mi verdadera oración no son mis palabras bonitas, sino decirle con verdad: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Me cuesta, a veces me resisto, pero llevo su ley en las entrañas y sé que en su querer está mi verdadera alegría. Haciendo lo que Él me pide. No sé bien para qué le digo que sí, a qué le digo que estoy dispuesto. No conozco sus planes, no sé los días que tiene escondidos a mi vista. No descifro lo que espera de mí. Sólo sé que tengo que dar un paso al frente. Aquí estoy para dar un paso, para decirte que sí y esperar a ver qué viene por delante. Esa actitud dócil y atenta es la que me permite levantarme cada mañana con un corazón alegre. No saldrán todas las cosas como yo espero, pero yo tengo claro que me pondré en camino e iré donde me mande ir. Sin miedo, con confianza. Siento que el Señor me dice que mi vida tiene un eco mucho más grande de lo que yo imagino. A veces me canso de intentar hacer mis pequeñas cosas, pero Él me llama a ser luz de las naciones. No me asusto porque recuerdo que mi Dios es mi fuerza. No es por mis talentos, sino por su gracia que mi salvación, esa sanación que Él obra en mí, puede alcanzar hasta el último rincón de mi mundo. Lo más valioso que descubro en este camino es que Dios siempre está ante mí igual que yo estoy ante Él. Yo me detengo y me coloco ante Él. Y Él hace lo mismo, se para ante mí y me dice que me ama, que me elige, que me busca. Estar los dos presentes es lo que nos salva. Es lo que pasa en cualquier relación, en los vínculos que tengo. A veces parece que estoy físicamente pero mi atención no está ahí, estoy pensando en mis cosas, en mi mundo y no hago caso a lo que me dicen con palabras o con el lenguaje no verbal. El estar totalmente presente y consciente tiene mucha fuerza. Así quiero estar ante Dios, ante mis hermanos, ante las personas a las que quiero. Decir «Aquí estoy» y estar realmente es el paso más importante que tengo que dar. Estar de verdad ahí, donde hace falta que esté en este momento. El aquí y el ahora son fundamentales para salvar mi vida, para darle un sentido. No estoy pasando de puntillas por esta vida. No estoy yendo a otra parte mientras me detengo accidentalmente frente a ti. No, decido estar aquí para escuchar tu querer, para saber lo que quieres de mí y ponerme manos a la obra. Ese estar abarca toda mi persona, no sólo mis oídos, no la razón, sobre todo el corazón. Quiero estar completo y sin interferencias. Estar para hacer, para abrazar, para sonreír, para ponerme en camino.
Me gustan las palabras de Juan Bautista que me hablan de una sana visión de las cosas: «En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: – Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: – Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: – Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Juan sabe quién es Él y quién es ese hombre que viene y se postra ante Él para ser bautizado. Sabe que él no es digno, porque se encuentra ante el Mesías. Saber quién soy y quién no soy es la clave para ser feliz, para encontrar el propósito de mi vida. Saber para lo que estoy hecho. Entender cuál es mi talento, mi fuerza interior, mi pasión, lo que mueve mi vida. Descubrir que mi misión tiene que ver con lo que hay en mi corazón, con lo que Dios puso. Juan sabía que su misión era bautizar mientras se preparaba la llegada de Jesús. Cuando vino sabía que ya estaba todo hecho, que ya no necesitaba hacer nada más. Contempla el Espíritu Santo descender sobre Jesús y comprende lo que tiene que hacer. Es Jesús al que hay que seguir. Es el novio y Juan es sólo el amigo del novio. Muchas veces sufro cuando me comparo con los demás. Siento que otros tienen talentos maravillosos y yo no los tengo. Encuentro que su propósito es mejor, más brillante, más bello. Y entonces creo que mi vida no es tan valiosa. Entender el propósito de mi vida es lo que me da paz. Dios quiere que haga lo que tengo que hacer. Que sea fiel a mi misión, a lo que Él ha sembrado dentro de mí. Dios sabe cómo soy porque soy su hijo. Y me ama de forma predilecta. Me busca, me sostiene, me da la vida. Saber cuál es mi misión es lo que me salva siempre de las tentaciones que traen las comparaciones. Cuando me comparo siempre pierdo. Los otros hacen las cosas mejor que yo. Son más sabios, más poderosos, más listos. Son más inteligentes y valientes. Y yo no lo soy. En las comparaciones siempre pierdo. ¿Qué es lo que me da paz? Saber que lo que yo tengo es único y que sólo yo puedo entregarlo porque es un don que tengo escondido en mi pecho, un talento que Dios me ha confiado. Ser consciente de mi carisma, de mi don, me hace especial. No tengo que temer ni el rechazo ni la comparación con otros. Soy feliz haciendo lo que sé hacer bien. Explotando mi talento, siendo fiel a lo que me constituye. Los demás tendrán sus aportes y yo los miraré con alegría. Son valiosos. Tienen un don inmenso y yo sólo puedo decir que su vida es maravillosa. Pero resulta que la mía también lo es. Y quiero vivirla plenamente. No sé si mi talento será aceptado por todos. Puede que no tenga todo el éxito que me gustaría. Puede que fracase. Pero nunca tengo que dejar de hacer aquello que me constituye. Porque haciendo lo que sé hacer bien seré más feliz, más pleno, tendré mucha más paz. La alegría de saber que mi vida se juega en ese instante en el que todo tiene sentido porque estoy haciendo las cosas bien. Estoy siendo fiel a mí mismo. Ese desarrollar lo que tengo en el corazón le da sentido al camino: «El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[4]. La meta hacia la que tiendo está dentro de mí y fuera el mismo tiempo. Como la semilla que encierra todo un árbol en su interior y sólo espera morir para que se abra paso la vida a través de la tierra. Una semilla como expresión de ese talento que dará una vida mucho más grande. Cambiar el mundo suena demasiado grande, pero está en mis manos. Puedo cambiar el mundo cambiando mi entorno, el lugar en el que vivo, el ambiente en el que me muevo. Si soy fiel a mi verdad algo sucederá a mi alrededor, porque la verdad despierta vida, tiene un efecto inmenso en el mundo que me rodea. Cuando dejo que la verdad salga de mí estoy consiguiendo un milagro. La vida se juega en ese instante en el que dejo los miedos a un lado y avanzo feliz hacia la meta que está inscrita en mi corazón.
[1] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI
[2] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó
[3] Marcos Abollado Rego, INFINITO: Una mirada creativa y humana del liderazgo
[4] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI