1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38
«¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: – ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: – Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es. Él dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él»
15 Marzo 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Y es que el hombre se deja llevar por lo que ven los ojos y no es capaz de mirar el corazón. Me gustaría mirar el corazón de las personas y no dejarme llevar por mis prejuicios»
Tiene la cuaresma mucho de interioridad, de búsqueda en el silencio, de vaciarse para llenarse de Él, sólo de Él. Pero es tan difícil hacerlo. En una escena del Evangelio así lo hace Jesús: «Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos». Mientras el mundo busca la comodidad, el refugio en lo cotidiano, Jesús busca la intimidad con el Padre en la oración. Intimidad que incomoda, porque me cuestiona el silencio, porque me hace preguntarme si estoy bien haciendo lo que hago, o estando donde estoy. ¿Qué piensa Dios de mi vida? ¿Cómo me mira Jesús? ¿Qué le gusta de mí? Son preguntas difíciles que me incomodan, no tengo la respuesta. Me cuesta callar, escuchar, quedarme en silencio. Me cuesta apagar las voces que gritan en mi interior y buscar la soledad del alma. Jesús se retiraba al monte a orar, a guardar silencio. Para luego tener las fuerzas necesarias para salir al mundo: «Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba». Después de callar y escuchar a su Padre en el cielo, Jesús se pone en camino al encuentro de los hombres. Ese ejercicio es sano. Callar para luego hablar. A menudo me veo hablando demasiado y guardando muy poco silencio. Buscando fuera de mí una paz que no encuentro dentro. Y tampoco la hallo en el mundo, porque fuera todo va demasiado rápido, hay mucho ruido, demasiadas interferencias. Muchas demandas de tantos que necesitan, como le pasaba a Jesús. Por eso necesitaba ir al monte, retirarse, apartarse de los que lo necesitaban. Para poder servir mejor tenía que cuidar su mundo interior, su oración, su silencio, su soledad. Aprender a estar solo es la tarea de toda la vida. Por eso cuando no lo consigo vivo desparramado por el mundo buscando consuelo, paz, luz en lugares que no pueden dármelo. Y la verdad es que es difícil romper con el mundo exterior que me atrae, porque en él descanso. Cuando callo más que hablo veo que aumenta la profundidad de mi alma. Miro dentro, me callo. Leía el otro día: «Para cualquier mal no hay más que dos remedios: el tiempo y el silencio»[1]. Tiempo para que muchas cosas se ordenen fuera y dentro de mí. Y silencio para mirarme y mirar a los demás sin juzgarlos, sin condenarlos. El que calla no necesariamente otorga, como dice el dicho. Pero a veces mi silencio sí puede herir a otros. Porque no siempre el silencio da respuestas, con frecuencia las calla. Guardo silencio para no herir con palabras, para no hacer daño. Guardo silencio para escuchar a los demás y ver qué quieren decirme. Guardo silencio al lado del que también calla. Junto a él me siento tranquilo y, la paz de mi ausencia de palabras, también me da paz. Las personas calladas tienen un mundo interior escondido, un mundo profundo que no sacan, que no exponen. Es bueno cuidar mi mundo interior y no verterlo continuamente. Guardar y proteger lo que habita en mi alma. Quiero aprender a guardar silencio, no necesito continuamente ruidos para ser feliz. No me hace falta escuchar continuamente música o buscar fuera de mí motivaciones e impulsos que muevan mi alma. Quiero callar, dejar que el Espíritu de Dios aletee en mi corazón. Dejar que en el interior las aguas se aquieten, acostumbradas a tanto ruido, a tanto bullicio y movimiento. Cuando el pozo de mi corazón está lleno de cosas cuesta mucho interiorizar, callar, ahondar, hacer introspección. Decía el P. Kentenich: «Vivencias de Dios, interiorización de Dios; el intimar con Dios, tener vivencias divinas, tener la vivencia de Dios. Así pues, no sólo conocer a Dios. Vivencias de Dios hasta lo profundo del subconsciente, de la vida del alma»[2]. Quiero encontrar a Dios en lo más hondo de mi ser. En ese silencio al que me lleva la contemplación. Pasear por mi alma sin miedo a lo que me pueda encontrar. Descansar conmigo mismo sin necesitar más compañías. Aprender a estar solo es un bien sagrado. Cuando soy capaz de estar a solas con mis propios demonios, con mis heridas del pasado, con mis errores y mis aciertos, todo se hace más fácil: «Después de mi primer flashback, empecé a creer que mi mundo interior era donde vivían mis demonios. Que había una plaga dentro de mí. Mi mundo interior ya no se sostenía, se convirtió en la fuente de mi dolor: recuerdos incesantes, pérdida, miedo»[3]. Profundizar, callar, aguardar en mi interior la sanación es el único camino. Claro que me encontraré con recuerdos difíciles, con heridas profundas, con dolores inmensos. Pero sólo volviendo allí podré encontrar un día la paz y dejar que Dios ilumine la oscuridad de mi interior con su presencia.
La condena de los comportamientos de los demás es algo muy sencillo. Basta con ver cómo actúa una persona para sacar conclusiones, interpretar lo que hace y emitir un juicio condenatorio o salvador. Basta con ese instante en el que veo algo o me cuentan algo o simplemente imagino una situación que podría haber ocurrido, pero no lo sé con certeza. El dicho, piensa mal y acertarás, no me da paz. En un momento de la vida de Jesús se le acercan los fariseos para tentarlo: «Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle». Los escribas y fariseos no buscan justicia, buscan acusar a Jesús junto a la mujer adúltera. Si Jesús pide que no la apedreen, contradice la Ley de Moisés. Pero si dice que la apedreen, contradice su propio mensaje de amor y perdón. A ellos no les interesa la mujer pecadora, les interesa mucho más condenar a Jesús. Pero a mí me interesa esa mujer. ¿Quién es? ¿Por qué fue infiel a su esposo? ¿Con quién fue infiel? ¿Fue una sola vez o se trata de una relación estable con alguien que no es su marido? ¿Cómo se enteró su esposo? ¿No la quiso perdonar? El adulterio es un pecado duro, difícil, feo. Un pecado que duele. Porque la traición y la infidelidad siempre duelen. No es un niño que robó para alimentar a su familia. No es un pecado cometido por imprudencia. Es una infidelidad y el corazón no está hecho para ser traicionado. En seguida me pongo en el corazón del hombre traicionado y me duele. Su mujer lo engañó con otro, fue infiel. ¿Es posible el perdón cuando uno de los esposos ha sido infiel? Siempre me impresiona que la persona engañada esté dispuesta a perdonar, pasar página y seguir con la persona que lo ha traicionado una vez. Es como ese cristal que se rompe en mil pedazos. ¿Cómo se puede recomponer la obra de arte quebrada? ¿Cómo se pueden unir todos los pedazos y seguir caminando como si no hubiera pasado nada? Imposible, me parece imposible. Si no es porque Dios logra el perdón. No hay nada peor que el engaño, que la traición, que la infidelidad. ¿Cómo llego a ser infiel a la persona amada, a aquella persona por la que lo dejé todo y le entregué toda mi vida? La infidelidad no es el acto final del último momento. Como ese beso de Judas a Jesús en el huerto de los olivos. No es el último acto traicionero, rastrero, doloroso. La infidelidad comienza de forma más sutil. Cuando amo a una persona sé cómo cuidar el amor o al menos tengo medios para hacerlo. Sé lo que es importante para el otro, conozco su lenguaje del amor. Amar significa darle un poder al otro sobre mi vida. Lo sabe todo de mí, me conoce y podría hacerme daño. Amar significa guardar ese poder como un tesoro y nunca usarlo. Amar significa que sé que lo fundamental es que le diga con palabras que la quiero, cuidarla con afecto y ternura. El amor me lleva a servir de muchas maneras con gestos continuos de amor. Sé lo que tengo que hacer porque ya lo he hecho muchas veces. Pero de repente no tengo fuerzas, o me canso, o me dedico tanto a los niños que no tengo tiempo. O vivo tan volcado en el trabajo que se me drenan todas las fuerzas. Me voy distanciando, ya no hay tiempo para la intimidad física, y mucho menos tiempo para el diálogo, para las conversaciones que llenan el alma. Dejo de buscar las caricias porque no tengo fuerzas para buscar la intimidad y me siento lejos, o abrazo con menos fuerza, o raciono los besos, y las palabras bonitas. Entonces se va enfriando ese primer amor que nació un día y se hizo fuerte con el tiempo. Tan fuerte que los llevó a decirse que sí para toda la vida, pasara lo que pasara, sanos o enfermos. Pero luego uno comprende que la vida es demasiado larga, y los años son pesados, y los hijos, y el trabajo muy exigentes. Y las personas cambian. Porque yo cambio y tú cambias. Y antes tenía unas prioridades y ahora tengo otras. Y la fidelidad se debilita sin necesidad de que aparezca una tercera persona, eso es lo de menos. Soy infiel desde el mismo instante en el que lo que tú necesitas deja de ser importante para mí. Desde el momento en el que prefiero el tiempo solo, o con mis amigos, o en el trabajo, o haciendo deporte, mucho antes de tener que volver a casa. Porque la paciencia ahora se acaba. Y los temas tabú, que en un momento fueron menos, pocos, porque al principio hablábamos de todo, comienzan a ser más temas. Es tu familia, es el dinero, es el trabajo, son tus amigos, tus amigas, el tiempo libre, tus hobbies. Y poco a poco la infidelidad se instala como una lacra en el alma. Pesa mucho. Es lo mismo que le pasa al cuerpo, que cuando está muy cansado y desgastado se encuentra muy débil y no logra hacer frente a las infecciones. Lo mismo pasa con el amor. Cuando estoy débil, cuando me siento solo e incomprendido, cuando los temas de conversación sólo son prácticos, y los encuentros en la intimidad parecen vacíos, esa debilidad deja entrar con más facilidad la tentación. Siempre la amante o el amante son más sugerentes, tienen más creatividad, más tiempo y menos temas difíciles que compartir. Siempre el amante es más apasionado, y lo que despierta es más fuerte que lo que despierta la rutina, el amor cotidiano, del día a día, cargado por el peso de tantas responsabilidades. Y así el amor, debilitado, se va quebrando. Y las grietas en mi voluntad se hacen más fuertes. No justifico la infidelidad, simplemente trato de comprender qué ha pasado desde aquel día en el que de rodillas los novios se prometieron amor eterno. ¿Será posible amar para siempre? ¿No estaré condenado a ser infiel?
En ocasiones me veo buscando el pecado en los demás. Me interesa el pecado más que el pecador. Y condeno con facilidad las conductas de los demás que me parecen inadecuadas, impropias. Interpreto los actos del que los comete tratando de meterme en su cabeza. Pienso que lo hizo movido por motivaciones pecaminosas. Incluso cuando alguien hace el bien le bajo el perfil a su buena obra atribuyendo al autor intenciones malas o egoístas. Antes de ver todos los detalles emito los juicios. Soy un juez inflexible que se cree en posesión de la verdad. No entro en disquisiciones, no busco atenuantes que le bajen el perfil al pecado cometido. Simplemente condeno con demasiada facilidad. Tal persona es egoísta, esta otra es autorreferente, aquella es vanidosa o soberbia. Mi mente va demasiado de prisa. El juicio y la condenan toman forma en mi interior. Lo expreso o me lo callo, pero siempre juzgo. Quizás por eso la actitud y las palabras de Jesús me conmueven, me incomodan mucho: «Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: – El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más». Jn 8, 1-11. Siento que estoy muy lejos. Yo quiero tirar la piedra, arrojarla sobre el culpable para que sufra, para que sepa lo que se merece. Actuó mal, fue infiel, se merece ser lapidada. El castigo es justo para el que cometió una gran falta. A veces me parece que el juicio de Jesús es demasiado benevolente. Y leo: «El juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia»[4]. Veo a Jesús guardar silencio y su ausencia de condena me llega a incomodar. Se inclina a escribir sobre la tierra. No responde de inmediato a la provocación. Ese silencio obliga a escuchar. Yo también callo al lado de Jesús. Me gusta ese Jesús que escribe. ¿Qué escribiría? Se ha especulado tanto sobre lo que Jesús escribía. ¿Los pecados de los allí presentes? ¿Palabras de misericordia y esperanza? No lo sé, no me importa tanto. Los pecados escritos sobre la arena no importan demasiado. A Jesús le duele el pecado y no lo niega nunca. Sabe que la mujer pecó, no niega la realidad. Pero no la mira como la miro yo. Jesús dice esas palabras que me impresionan. ¿Quién puede estar libre de pecado? Nadie. Yo peco, todos pecan. A veces me sorprende cuando en el confesionario alguien no sabe de qué confesarse. Basta con mirar el corazón para ver el veneno, las faltas de amor, de misericordia. Yo no estoy libre de pecado. Y si lo estuviera, ¿podría tirar la primera piedra? Tampoco podría. La misericordia es más fuerte. Los mayores se alejan antes que los jóvenes, porque tienen más pecados. Pero al final todos se van, porque todos han pecado. Jesús no condena a la mujer. Separa a la persona de su error, de su pecado, por muy terrible que este sea. Es cierto que no aprueba el pecado, pero salva a la pecadora. Al final, quedan solos la miseria y la misericordia, la infidelidad y la fidelidad, el amor y el desamor. Jesús es el único que, por no tener pecado, podría haber lanzado la piedra, y es precisamente el único que decide no hacerlo. Yo tampoco te condeno. Esa frase tiene tanta fuerza. Y luego le pide que se vaya no peque más. La misericordia no significa permisividad. Ser perdonado y recibir la misericordia supone tener una nueva oportunidad. El perdón de Jesús no es un punto final, sino un punto de partida para una vida nueva, un nuevo comienzo. El perdón transforma el corazón. No logra cambiar el pasado. El daño está hecho, y la culpa está en el alma. Cuesta tanto perdonarse a uno mismo. Perdonar el error, la falta cometida. Me perdonan, recibo misericordia y aun así no dejo que la culpa se vaya, no me perdono del todo. Me sigo echando en cara mis debilidades, mis torpezas. El corazón de Jesús se inclina sobre mi indigencia. Cuando menos se lo merece esa mujer recibe un amor inmenso, incondicional, absoluto. El amor es lo que cambia el corazón que lo recibe. Esa mujer iba a morir. Conocía muy bien lo que decía la ley y había sido descubierta en adulterio. La ley judía era muy estricta con el pecado del adulterio. Recibe el perdón de Jesús, ya nadie la condena. Ante mi pecado yo me quedo en silencio, como esta mujer. La misericordia me devuelve mi dignidad, mi amor propio, me hace creer que puedo ser mejor, puedo dar más.
Es difícil mirar más allá de las apariencias sin juzgar. Samuel tiene la misión de encontrar un nuevo rey. Y se deja llevar por su primera impresión: «En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: – Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí». Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor». Pero el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón». Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: «El Señor no ha elegido a estos». Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿No hay más muchachos?». Y le respondió: «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño». Samuel le dijo: «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga». Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: – Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante». Unge rey al más pequeño. Quizás el menos apropiado en apariencia. Y es que el hombre se deja llevar por lo que ven los ojos y no es capaz de mirar el corazón. Me gustaría mirar el corazón de las personas y no dejarme llevar por mis prejuicios. Y es que tengo muchos prejuicios. Me dejo llevar por ellos. Me gusta la belleza física y puedo llegar a valorar a las personas por su aspecto, por lo que parece que son, por sus ropas, por cómo se comportan. Me acerco a quien no conozco y lo hago ya con una idea preconcebida. Me salta a la vista su aspecto, la superficie que muestra su vida. No voy a lo profundo, no miro en lo hondo del corazón. Y es precisamente allí donde me habla Dios, en lo escondido, en lo oculto, en la verdad que palpita bajo la piel. Si quiero buscar un rey pensaré en las condiciones que ha de tener. Me fijaré en su apariencia y tomaré la decisión equivocada cuando no miro el corazón, cuando no busco en el interior de cada persona. El prejuicio, el juicio, lo que parece ser, lo que de verdad es. Es difícil tomar una decisión correcta respecto a las personas con las que convivo, más aún con las que no conozco. Me dejo llevar por los prejuicios. ¿De dónde vienen los prejuicios? A menudo, el prejuicio no nace del odio, sino del miedo a lo desconocido. Al etiquetar a alguien antes de conocerlo, siento que poseo el control sobre la situación. Es más fácil poner un nombre a lo que no entiendo que abrirme a la vulnerabilidad de descubrir a un ser humano real, con sus propias luces y sombras. El prejuicio es la armadura que me pongo para no tener que cuestionar mis certezas. Me salva de conocer la verdad, me salva de fracasar. El prejuicio evita que me acerque demasiado al que ya he juzgado y condenado en mi corazón. Lo veo y la apariencia me produce un rechazo natural. No quiero estar cerca de esa persona, pienso en mi interior. Me da miedo conocer la verdad. Es más cómodo permanecer en mis fronteras, allí donde sé lo que puedo esperar de cada persona. Lo desconocido acaba aterrándome porque puede cuestionar mi forma de vivir. Es más cómodo esconderme y juzgar desde lejos. Acercarme a mi prójimo implica que me involucro con su vida. Hay prejuicios que pesan mucho porque los he heredado, vienen de mi casa, de las noticias o de las conversaciones de pasillo en las que participo. Se han vuelto parte de mi propio paisaje interno. La verdadera libertad espiritual comienza cuando me atrevo a desaprender esas voces interiores. Entonces miro al otro a los ojos con libertad, reconociendo que su historia es tan sagrada y compleja como la mía. Ya no me quedo en su rabia, en su ira, en sus gritos, en su mirada llena de desprecio. Voy más allá y miro el corazón. Los prejuicios pueden ser positivos o negativos. Positivos cuando valoro a los demás por su apariencia, porque piensan como yo, porque hacen lo que yo les pido, porque son dóciles, porque parecen buenos. Me dejo llevar por ese prejuicio y dejo de cuestionar sus actitudes y comportamientos. Al mismo tiempo los negativos me llevan a alejarme de mi hermano por lo que creo que hay bajo la apariencia. Interpreto sus actitudes y las juzgo. Si alguien me dice que hizo algo mal, me lo creo y hago que ya no exista un juicio en mi interior sino un prejuicio. Ya no puedo juzgar porque es demasiado tarde, el veneno de la opinión de los demás se ha filtrado en mi corazón. Los demás piensan eso, lo ven así, lo han condenado y yo soy parte de los demás, de ese grupo de hombres y mujeres que piensan como yo, o yo como ellos. No es tan fácil vivir libre de prejuicios. La forma de vestir, su comportamiento, la forma de hablar, sus opiniones vertidas ante mí, sus relaciones, sus actitudes. En seguida resaltan ante mis ojos y me siento incapaz de aceptarlo. El prejuicio que tengo en el corazón no me deja darles una segunda oportunidad. Hagan lo que hagan ya han perdido. Ha ganado lo que ya pensaba sobre ellos antes de dejarme interpelar por sus comportamientos. No pienso en ellos, sólo vuelvo una y otra vez a lo aprendido. A lo integrado como parte de un mensaje que he recibido de otros. Es imposible aceptarlo por esto y por esto otro. Y yo me creo que sus actitudes son esas, las que me duelen. Y no voy más allá, no pienso en su verdad, en lo que hay escondido en su corazón. No dejo que mi mirada traspase la cubierta que yo mismo he creado para protegerme de lo desconocido.
Hoy Jesús le devuelve la vista a un ciego de nacimiento. Parecía un milagro imposible. Lo hace y los fariseos investigan si realmente ha sido Él: «En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: – Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos? Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él». Un ciego, un hombre que vivía en tinieblas desde su nacimiento. No guarda Jesús el sábado y eso resulta escandaloso. Hacer el bien no parece ser posible en sábado. Es más importante no hacer nada antes que el bien. A veces hay normas que se contradicen. Parecen ir contra la lógica más elemental. Siempre es mejor hacer el bien antes que el mal. Siempre es mejor curar a un ciego aunque sea sábado para que no siga viviendo en tinieblas. Jesús le devuelve la vista al que nunca había tenido. Y de golpe puede ver. Y en ese momento de felicidad los fariseos ven algo malo en lo que le ha ocurrido. Ven algo malo en una curación esos hombres que eran hombres de Dios. Parece muy extraño. ¿Cómo se puede hacer el bien y que resulte que esté mal hacerlo? A veces sucede así en la vida. Hago el bien pero me pueden juzgar por no hacerlo de la manera correcta, o como esperan los demás que lo haga. O porque lo hago en el momento que no es adecuado. Yo pensaba que hacer el bien siempre estaba bien. Y resulta que puede que no esté tan bien, porque depende de cuándo y cómo se haga. Así pasa en la vida cuando juzgo las intenciones de los que hacen el bien a los demás. Cuando los miro con lupa y me quedo en las formas, o en las normas, o en los preceptos pensando que son los importantes y no tanto el bien que se hace. Hoy Jesús cura a un ciego de nacimiento y parece ser lo menos importante. No hay asombro ni admiración. No creen en Él por el milagro que ha realizado. No lo alaban, no lo elogian. Simplemente buscan cómo acusarlo. No importa el milagro, importa más la norma y el prejuicio hacia Jesús. Porque el prejuicio suele nublar la vista. No veo lo que sucede, me quedo con la imagen con la que ya venía. No pienso que Jesús hacía eso con el poder de Dios. porque creo que es un pecador y por lo tanto no puede hacer ningún milagro. Me asombra la actitud de los fariseos y al mismo tiempo me alegra la docilidad del ciego de nacimiento. Me conmueve ver a Jesús agacharse, tocar la tierra y hacer barro. Es un gesto que me lleva a cuando Dios modeló al hombre del polvo. Jesús no solo está curando a un ciego, está recreando al hombre. A veces, Dios permite que mi vida se llene de barro, dificultades, humillaciones o debilidades, para que, al lavarme en obediencia, como el ciego en la piscina de Siloé, surja algo completamente nuevo. El ciego renace y vuelve con vista. Está emocionado con el milagro. Asombrado. Y cuando se encuentra con Jesús su actitud es muy dócil: «Creo, Señor». Y se postra ante Él. Lo reconoce como el Mesías. Este hombre ciego pedía dinero para poder vivir. Por eso todos lo conocían. Pero no busca el milagro. No grita a Jesús al borde del camino. Simplemente está sentado, pidiendo, invidente. No grita, no suplica, simplemente calla, no ve. No sabe que Jesús pasa a su lado. Pero Él lo ve. Jesús se detiene y decide curarlo, darle la vista al que nunca había podido ver. Y ese milagro basta para que crea. Primero cree que es un profeta. Luego, cuando se encuentra con Jesús, cree en el Hijo del hombre. No tiene formación, pero ha vivido en su carne el milagro más grande y cree. No siempre que veo milagros en mi vida creo. Me falta fe. No soy capaz de creer en lo imposible, en ese Dios escondido que me sana por dentro. Me cuesta creer en lo sobrenatural, en lo que no controlo, en lo que no abarco con mis manos. Lo que supera mi conocimiento me incomoda. Necesito mucha fe para creer. El ciego recuperó la vista porque se fio de Jesús y caminó sin ver hasta la piscina de Siloé para lavarse. El barro no parecía ser el mejor remedio para curar la ceguera. Y lo acabó siendo. El ciego se fía de Jesús, confía en Él y deja su comodidad arriesgándose sin ver. Me gustaría tener esa fe antes de ver, cuando todavía todo sea oscuro.
Y es que me identifico con el ciego que no ve. Yo a menudo tampoco veo con claridad y el barro en mis ojos no me deja ver. Mi pecado, mi debilidad, mis obsesiones y vicios. Todo me entorpece la mirada y no me deja ver más allá. Hoy escucho: «Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz. Por eso dice: – Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará». Me gusta pensar que Jesús ilumina mis ojos cuando más lo necesito. Me hace falta ver en medio de la noche. Que alguien encienda una luz que acabe con las sombras de la muerte, con la oscuridad que me hace vivir atormentado. La oscuridad me lleva al desánimo. La luz me lleva a la alegría, a la vida, a la esperanza: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por los años sin término». La imagen del buen pastor me da alegría en este domingo. El Señor que ve y me guía cuando yo no veo. Me saca de las tinieblas y me conduce a su luz admirable, a su morada, a sus pastos verdes en los que puedo descansar y ser feliz. Pienso en las tinieblas de mi vida. En el barro que no me deja ver. Siento que hay mucha oscuridad en el alma. Poca luz brilla en mi interior. Soy ciego porque no veo las cosas importantes. Porque me quedo en mi oscuridad feliz, sin ver nada, sin ir más allá de mi penumbra, de mi tiniebla. ¿Cómo puedo salir de mi ceguera? A veces, camino por la vida creyendo que lo veo todo, que mis ojos conocen el paisaje, pero me equivoco. Siempre hay alguien que puede conducirme a la luz, a Cristo, a María. Siempre hay alguien que puede indicarme el camino cuando yo no sé ver lo importante. Cuando me detengo en lo anecdótico, en lo que no me da la vida. Y dejo de hacer aquello que me puede cambiar la vida. Por eso me gusta esta reflexión: «Deberíamos vivir siempre pensando que nos quedan cinco minutos. Prever es bueno, pero a menudo posponemos cosas para las que luego ya no hay tiempo»[5]. Si vivo pensando que no me queda nada de tiempo haré lo más importante, veré lo que realmente es imprescindible y no puedo dejar de hacer. La mirada es importante. Es fundamental para poner mis fuerzas donde merece la pena hacerlo y no en lo que sólo me drena y me quita las fuerzas para lo que me va a alegrar. La luz me da alegría y esperanza. Las tinieblas me provocan tristeza y desesperación. Quisiera fiarme de aquellos que ven más que yo. Y ser capaz de acompañar a los que ven todavía menos y tratar de guiarlos a la luz. Lo más importante no es que el ciego recupere la vista, sino que, al final, vea a Jesús. Mis puntos ciegos se disuelven cuando dejo de mirarme a mí mismo y empiezo a buscar el rostro Jesús en lo cotidiano. Cuando me fijo en el gesto de un familiar, en el silencio de la oración, en la fragilidad de mi propio cuerpo que me recuerda que la vida es un regalo prestado. Y que tengo que afinar la vista para ver a Dios escondido en la carne, en el dolor de los que sufren, en la fragilidad de los heridos, en mi propia impotencia para hacer bien las cosas.
[1] Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo
[2] José Kentenich, Hacia la cima
[3] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido
[4] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI
[5] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó