Eclesiástico 27, 30 – 28, 7; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?. Jesús le contesta: – No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

13 septiembre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Comienzo a amar cuando me he sentido amado. Logro perdonar cuando he sido perdonado. El perdón me sana, me levanta, me salva, me saca de mi mediocridad»

No siempre me resulta fácil esbozar una sonrisa. Decir las cosas con amabilidad. Tratar a las personas con respeto. No dejarme llevar por la ira, por el resentimiento, por el rencor. Hablar con rabia desde la herida. Cuesta mucho ser pacífico, decir las palabras oportunas. Callar cuando no tenga nada que decir, porque no es necesario. Hablar poco, escuchar mucho. Asentir en lugar de llevar siempre la contraria. Confiar en ese Dios que camina a mi lado y me sonríe. No juzgar intenciones. No tratar de ver debajo del agua intentando descubrir pecados ajenos. No vivir de las intrigas, ni de las críticas, ni de los juicios. Es difícil ser siempre justo en mis opiniones, en mis aseveraciones vertidas con vehemencia. Cuesta calmar el ansia y no dejarme llevar siempre por las pasiones. Alegrarme con los éxitos de mi hermano sin sentir una cierta envidia dentro del alma, una basurilla que lo ensucia todo. Deseo esperar a que se calmen las aguas. Conciliar antes que entablar guerras innecesarias. Pedir perdón cuando sienta que he cometido algún error, porque no lo hago todo bien, suelo confundirme con cierta frecuencia. Me gustaría hacer las cosas mejor de cómo las hago. Quisiera levantarme cada mañana con la fuerza necesaria para empezar el día de manera apasionada, con entusiasmo, sin miedo. Deseo sentir que los días son pocos y la vida es más larga de lo que imagino. Tengo en mi alma el deseo de luchar más, de entregar más. Hay dentro de mí esos límites que yo mismo me pongo. Cuando siento que no voy a estar a la altura y no voy a conseguir lo que me he propuesto como meta. Anhelo que mis derrotas no me hundan. Las dejo atrás, paso página y no me quedo quieto lamiendo mis heridas. Dios tiene un plan para mí, ha trazado una senda que puedo recorrer con confianza porque Él guía con sabiduría todos mis pasos. Pero a mí me asusta la vida y temo no estar a la altura que se espera de mí. Las expectativas de los demás pesan mucho. Lo que todos quieren que haga, lo que esperan que realice. Y me siento abrumado por el peso de la culpa cuando no lo consigo. Cuando no puedo hacer lo que esperan que haga. Cuando la vida es demasiado complicada y no me dan las fuerzas, no es suficiente con mi esfuerzo y no respondo a una perfección esperada que no poseo. Y quedo mal, se sienten desilusionados, no he dado la talla. Decido que no me importa. Miro hacia delante. Quiero que el único juicio que me importe sea el de Dios, no el de los hombres. Haré lo que crea que Él me pide. No trataré de responder a todas las demandas de los hombres. Viviré con paz cada paso que doy. No me angustiaré tratando de conseguir las metas que me han impuesto otros. O esa perfección que el mundo espera de mí, no sé muy bien el motivo. No quiero tratar de dejarlos contentos. Que piensen que soy tan perfecto como ellos creían que era. No lo soy y no me importa. Camino despacio cuando me piden que corra. Me detengo cuando me exigen que camine. Dejo de escuchar tantos gritos que me piden que haga, que actúe, que diga. No lo hago, sólo espero a ver lo que Dios quiere de mí. ¿Acaso no es eso lo más importante en esta vida? Hacer lo que Dios quiere, escuchar sus palabras, oír sus deseos, los más leves, la voz más suave. Y sentir que no tengo nada más que hacer, estar ahí simplemente, permanecer de rodillas ante su presencia. Sin tratar de salvar al mundo, sin pretender estar disponible para todos. No es necesario. Sólo me hace falta escuchar mi corazón. Lo que grita en mi interior, muy dentro de mí, en lo más hondo. Quiero sentir que su amor brota desde dentro de mi alma. Escucho, espero, aguardo. Quizás sea así mi vida. Esperar a ver qué es lo que me pide. Aguardar como un atleta dispuesto a correr la carrera de su vida. Cuando Dios lo quiera, cuando Él lo desee. Porque no todo lo que los hombres me piden que haga es lo que Dios quiere que lleve a cabo. Eso me da mucha paz. Discernir, escuchar, interpretar las voces, callar antes que hablar, estar calmado y quieto más que lleno de ansiedad. La incertidumbre forma parte de la vida, del camino y lo que mañana suceda no está en mis manos, no lo controlo. Sólo sé que su amor me llama a ser feliz, pleno, hombre, libre. Me llama a ser generoso y humilde, niño y pobre, y alegre, siempre alegre. Pero no con esa alegría de los que consiguen todo lo que esperan, lo que desean, no esa alegría del hombre satisfecho consigo mismo y con lo que ha logrado en la vida. Aun cuando me sienta incompleto y roto, aun cuando note dentro de mí un vacío infinito. Incluso cuando descubra que me faltan las fuerzas para luchar cada día y que los fracasos duelen y me hacen daño. Aun entonces, en medio de las caídas de la vida, quiero ser capaz de sonreír, de levantar la mirada y contemplar el futuro con paz, con alegría serena.

A veces hay pensamientos que envenenan el corazón y me hacen daño. Pensamientos que determinan cómo me voy a sentir en cada momento. La realidad es la que es, no puedo cambiarla, pero sí puedo cambiar mi mirada, y eso es tan importante. Cómo miro las cosas, cómo interpreto lo que sucede lo cambia todo. La mirada sí puedo cambiarla, la realidad no. Si me sucede algo malo yo decido cuánto me va a afectar en mi ánimo, durante cuánto tiempo y cómo va a determinar toda mi vida y mis relaciones. La frustración es parte del camino. Me pongo metas y no las consigo, tengo expectativas que no llegan nunca a realizarse, sueño con cosas que parecen posibles pero se escapan de mis manos. La frustración me puede llevar al enojo, a la rabia, al cansancio, al desánimo. Yo puedo detener esa cadena que parece inevitable. Me frustra fallar un golpe, no acertar en un partido, no lograr lo que me había propuesto. Me frustra que no me dé la vida para hacer lo que quiro, que no me dé el tiempo y no consiga hacer todo lo que me he propuesto. La frustración es parte de mi mochila, pero hay una gran distancia hasta convertirme en una persona frustrada. Que experimente frustraciones es normal, pero quedarme en ellas, alojarme en la queja y en la pena, sentir que nunca voy a poder conseguir mis objetivos, amargarme por lo que no he logrado, todo eso forma parte de una actitud que me hace daño. La realidad es la misma para todas las personas y no por eso todos la interpretan de la misma manera. Viviendo las mismas experiencias dos personas pueden hacer una interpretación casi opuesta de lo sucedido. Mis ojos mandan a mi cerebro las imágenes y mi cerebro las interpreta y juzga lo que es bueno y lo que es malo de acuerdo con lo que ha vivido previamente. El cerebro determina si he de tener motivos para la esperanza o no es posible. Me gustaría cambiar mi forma de pensar en medio de la frustración. Fallo un golpe fácil, una pelota que tenía que haber entrado, un momento importante en mi vida, pero no me quedo ahí, reinicio mis pensamientos y sigo adelante como si no hubiera pasado nada. Tal vez la madurez de la persona se ve en momentos de frustración, cuando las cosas no son como deseaba. En esos momentos una persona puede reaccionar con violencia, con rabia, con negatividad, con amargura o puede tratar de sacar el lado positivo de lo que está sucediendo. En ambos casos tal vez no se pueda hacer nada por revertir la situación, pero sí es posible vivirlo de manera diferente. Puedo quedarme bloqueado sin hacer nada o seguir actuando como si todo pudiera mejorar a partir de ahora. Las cosas pueden ser incluso mejor incluso que antes, mejor de lo que yo las había imaginado. Las cosas son como son y depende de mí la forma de vivirlas. La frustración sólo consigue que pierda la ilusión y el entusiasmo. Dejo de mirar a las alturas y miro el suelo, convencido de que nada bueno me puede suceder. Hay tantos pensamientos negativos en el corazón humana. Tanta frustración y tanto dolor. Y en medio de esas pérdidas es necesario rehacer el camino recorrido, comenzar de nuevo, cortar con lo anterior para volver a echar raíces en otro lugar, donde Dios quiera. Sin olvidar lo vivido, porque quiero estar siempre agradecido de mi historia, llena de cosas bonitas y feas, fáciles y difíciles. Agradecido con esa historia que me ha hecho como soy ahora. Y al mismo tiempo quiero ser positivo para empezar con ganas un nuevo camino. Un corte y un nuevo comienzo. Una despedida y una bienvenida. No olvidando, sino valorando todo lo que Dios me ha regalado. Esa mirada positiva y alegre hace que las frustraciones sean sólo pequeños accidentes en mi vida, momentos difíciles que se pueden superar con facilidad alzando la mirada al cielo. Esa forma de ver la vida hace que las pérdidas sigan siendo duras, igual de duras para todos, pero gracias a una mirada llena de esperanza es posible levantar la cabeza y soñar con nuevos horizontes, con nuevos paisajes. Decía Pablo D’Ors: «Es entonces cuando mirarás hacia atrás con melancolía, a lo que fuiste, y cuando descubrirás que ya no te apasiona tanto lo que tuviste y lo que en su día tanto te entusiasmó. Ése, justo ése, es el instante perfecto para empezar la aventura espiritual. No tienes ya el ardor del horizonte, como al principio, pero tampoco el consuelo de lo que dejaste. Todo está al fin lejos: tu pasado y tu futuro». Todo lo que vivo importa, pero no me quedo paralizado cuando veo que no avanzo, o cuando me duelen las pérdidas demasiado y el duelo pesa en el alma. Es posible vivir en presente sin miedo, con calma, con cautela, con mucha paz. Es posible sonreír en medio de la frustración. No me detengo cuando caigo, no me quedo paralizado cuando pierdo. Miro la vida con los ojos de Dios y por eso confío. Muchas cosas dejan de ser tan importantes como un día pensé que eran. Valoro los tesoros que tengo escondidos en el alma. Descubro el valor del aquí y del ahora. Acepto las cosas como vienen sin pretender cambiarlas ni huir de ellas. Las enfrento, las miro con humildad, con mucha paz, con madurez. Decido que el ayer es parte de lo que soy hoy. Sin ese ayer nada sería como es ahora. Asumo que hay muchas cosas que sucedieron para hacerme mejor persona. Pero no por no tenerlas ahora tengo un motivo para dejar de luchar y de ser yo mismo. Lo más importante es mirar con ojos nuevos todo lo que sucede. Una nueva realidad que se despliega ante mí. Sin miedo a lo que pueda suceder, sin angustia, sin pretender que las cosas sean distintas.

A veces deseo la paz, como si esta fuera una quimera imposible de alcanzar. Porque a menudo surgen inquietudes, miedos, amarguras, derrotas, fracasos, dudas. Y en medio de todas aquellas cosas que no me gustan, pierdo la paz. Me siento perdido en medio de tantas cosas que no controlo. Pero ¿acaso me da paz, controlarlo todo? No lo creo. Me parece imposible controlar la vida. Imposible controlar el mañana y lo que puede pasar porque no están en mis manos. Y entonces, ¿por qué me empeño en querer controlarlo todo? Es imposible, pero lo pretendo. Porque si tengo todo bien ordenado delante de mí, es como si viniera una paz que me calmara el alma. Pero es tan inestable, tan fugaz, tan frágil. Cualquier cosa puede alterar el orden establecido y entonces de nuevo surgen la inquietud, y el miedo. Porque me da miedo la vida fuera de mis manos. Lo que sucede fuera de ese ángulo que contemplo a mi alrededor. Fuera de ese teléfono me pone en contacto con un mundo que está lejos de mí. Imposible controlarlo todo. Imposible ser el Dios de mi propia vida. Hay muchas cosas demasiado lejanas que no puedo controlar. Entonces, ¿cómo se consigue la paz verdadera? ¿Acaso hay una receta mágica, un método inteligente e infalible, una aplicación que logre lo que yo no puedo lograr solo? Creo que la paz del alma es un don de Dios. Un don que le pido a Él cada mañana al levantarme. Cuando me siento frágil y desvalido, cuando experimento la angustia y la tristeza. Y en ese momento de desolación, clamo al cielo, y le pido a Dios que me mande esa paz infinita que solamente habita en su corazón de Padre. Quiero ser pacífico y tener paz al mismo tiempo. ¿Cómo puede vivir en medio de guerras con el corazón en paz? ¿Cómo puedo ser paciente cuando necesito que las cosas sucedan cuando yo quiero y de la forma que yo quiero? Tengo sed. Sed de una paz verdadera que nadie me puede quitar. Sed de una vida plena que nadie pueda cambiar ni alterar. Sueño con ese imposible que me parece inalcanzable. ¿Cómo puedo excavar más hondo dentro de mi alma para llegar a lo más profundo? Me parece tan imposible. Humanamente siento los límites que me pone mi propia naturaleza. Y experimento guerras en mi interior que parecen no encontrar nunca la paz tan anhelada. Esa paz bendita que tanto necesito. Pero ¿acaso lograré calmar esa sed de infinito que tengo sólo con cosas finitas para obtener así la paz? No será posible. Después de una paz calmada vendrá una guerra y otra guerra después y otra guerra más tarde. Y trataré de apagar fuegos de forma desesperada. Pensando que solamente así vendrá la paz, apagando fuegos. Intentaré por todos los medios encontrar el agua del pozo en lo más hondo. Querré calmar el ansia que me hace irritarme por cosas pequeñas cuando experimento la frustración. Me da tanto miedo vivir una vida incompleta. Tan sólo consigo sobrevivir. Sé que una vida completa no significa tener toda mi agenda llena de cosas, mi horario completo, en ese afán mío por no perder el tiempo porque hay que aprovecharlo. Como si se ansia que tengo de llegar a muchas almas, de llegar a muchos lugares, de sentirme útil y necesario fuera tan sólo un escapismo. Una huida de mí mismo. Desear lo que no tengo dejando un lado lo que poseo. Como si lo que poseyera no fuera tan importante. Pero ¿acaso no soy feliz con todo lo que tengo? ¿Acaso no calma el alma todo lo que Dios me regala? A veces me siento como ese niño caprichoso que está descontento con lo que tiene y busca siempre lo que otros tienen. Surge la envidia en el corazón y desea los bienes que no posee. Como si poseyéndolos fuera a ser más feliz que en esa vida que Dios le ha regalado. Me pregunto de nuevo cuál es la sed que tengo. ¿Qué necesidad tengo de buscar afecto y alabanza del mundo entero? Sé que solamente el juicio de Dios tiene que importarme. Solo eso, solo basta con eso. Pero una y otra vez me encuentro en guerra conmigo mismo, incompleto, insatisfecho, roto, vacío, con una sed insaciable, con unas ansias que no se calman con nada. Quisiera correr hacia la inalcanzable, bañarme en un mar inmenso en el que no haga pie, navegar hondo más hondo buscando la plenitud soñada. Pero tropiezo con mis mismos miedos y descubro que me falta la paz. Y solo me queda entonces, en medio de mi llanto y dolor, pedirle a Dios que me regale la paz que solamente Él puede darme para siempre. Si pudiera calmarme y hacerme sentir en casa allí donde me encuentre. Si me dijera dónde mirar mi vida con alegría y sentir que eso es todo lo que necesito para ser feliz. Si me convenciera a mí de lo que es importante realmente en mi vida y de lo que no lo es. Si lograra grabarme a fuego en el corazón que lo que tengo es lo más importante que puedo tener porque lo que importa es el aquí y el ahora. El tiempo vuela. Solo tengo que aceptar la vida como es. Aceptar las cosas como son. Y alegrarme de vivir la vida que tengo. Con eso basta. No tengo que hacer nada especial. No tengo que construir nada nuevo. No tengo que ser genial en todo lo que hago. No tengo que ser único y valorado por todo el mundo. No tengo que ser magistral. Solo tengo que ser yo mismo. Tengo que ser auténtico y fiel a mi historia. Tengo que ser yo sin esperar que los demás me acepten como soy. Simplemente estar contento con haberlo dado todo en cada momento. Con haber exprimido al máximo todas mis fuerzas. Y haber sentido que hacía lo que Dios quería en cada momento. Sin esperar nada más. Sin agobiarme porque no llegan las cosas que yo espero. Sin tener expectativas que me quitan la paz. Tal vez solo así podré recibir del cielo como un don sagrado una paz que nadie más me pueda quitar. Solo entonces podré ser agradecido con la vida que me ha tocado. Solo en ese momento podré sonreír en medio de las dificultades del camino, porque estaré haciendo solamente aquello que Dios me pide.

No hay nada que me haga más daño que el rencor y el resentimiento. Hoy escucho: «Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados? Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa». Me gustaría ser capaz de perdonar y olvidar la ofensa. Ser perdonado para poder perdonar. Sentir la misericordia para poder ser yo misericordioso. Pasar página y no llevar cuentas del mal que me hacen. Hoy Pedro le pregunta a Jesús: «En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Pedro quiere tener un límite, saber hasta cuándo tiene que perdonar, pensar que habrá una ofensa que ya no necesite perdonar. ¿Será posible? Quiere poner límite al que le hace daño, un límite a su propia misericordia. Quiere poder decir basta con una justa causa, alejarse de esa persona tóxica o de esa realidad que le afecta demasiado. A mí, como a Pedro, me surgen las mismas dudas. ¿De dónde nace esa fuerza para perdonar siempre, para ser misericordioso en todo momento? ¿Es posible pasar página, olvidar la ofensa y no guardar en el alma un mínimo rencor? En realidad, cuando no perdono, sigo enganchado con la persona causante de mi dolor. No lo perdono y lo ato con una cuerda invisible llena de rabia, de ira, de resentimiento, de amargura. No suelto al culpable de mi pena, de mi tristeza, lo retengo, como si así lo hiciera partícipe de mi propio sufrimiento. Y no es así, muchas veces el causante de mi dolor puede que no sea consciente. Tengo claro que las ofensas siempre van a venir, el daño en mi vida va a suceder, porque mi alma es sensible. Alguien dirá algo que me hará daño. Tendré expectativas con las personas a las que amo y me aman y puede que no las cumplan. Me herirán con palabras o con silencios, con gestos y con olvidos, con caricias y con golpes. Me herirán cuando pretendan amarme, porque no me amarán como yo deseo o simplemente porque no saben amarme de otra manera. Y así será muy fácil que me hieran. Bastará con un gesto mínimo y la piel sensible de mi alma se abrirá y la herida se infectará y sentiré que nada en el mundo podrá hacerme olvidar lo que he vivido. Y puede ser cierto. Hay heridas que no olvido, daños que no logro silenciar. Siguen ahí, en esa memoria que está afincada en el corazón, en lo más profundo de mis entrañas. Dentro de mí sentiré que ya nada volverá a ser como antes, porque he sido herido y hablaré y gritaré desde mi herida. Y me da miedo no ser capaz de perdonar. Porque si no perdono soy esclavo, sigo sufriendo eternamente. Y el resentimiento hace que guarde la rabia muy dentro. Se enquista dentro de mí. Incluso puedo llegar a odiar y a desear el mal a aquel que me hizo un mal a mí. Puedo querer incluso vengarme, ojo por ojo, e intentar que sufra tanto como yo. La venganza me envenena y no me libera, no me hace sentirme mejor, es todo lo contrario. Por eso es tan importante la pregunta de Pedro. ¿Hasta cuándo estoy dispuesto a perdonar? ¿Y si la persona a la que amo me vuelve a hacer daño después de haberme dicho que nunca más lo iba a hacer? ¿Y si nunca se arrepiente de lo que ha hecho? ¿Y si no me pide perdón? ¿Y si me hiere de nuevo y se abre la herida otra vez y el dolor es todavía más intenso? ¿De verdad es posible perdonar las constantes ofensas que sufro? Siempre es posible porque el perdón es un don. Es un acto de la voluntad por el que decido pedir la gracia del perdón. Se la pido a Jesús de rodillas, con voz audible, para que me oiga, para oírme. Y le digo que por su gracia me haga perdonar al que me ha hecho daño. Dios lo puede hacer todo posible en mí. Yo no puedo lograrlo ni con todas mis fuerzas. No basta con querer perdonar, es un don, algo que se me da sin merecerlo y consigue así Jesús que no sienta el mismo dolor que cuando recibí la ofensa. Parece sencillo pero no lo es. No sucede de forma automática. Cuántas veces, al recordar la ofensa, vuelvo a sentir tanto dolor como la primera vez, cuando me hicieron daño. Revivo la escena, recuerdo los olores, lo que sentía, lo que siento. Hay ofensas grandes que parecen imperdonables. Ofensas provocadas por la violencia, el abuso, el odio. Ofensas que me hacen vivir el infierno en vida. Encuentro tan difícil perdonar esas ofensas. Perdonar al asesino, al abusador, al pederasta, al violador, al ladrón, al homicida. Perdonar al estafador, al mentiroso, al delincuente que me ha robado la inocencia y la vida. Es tan difícil perdonar cuando mi vida se ha roto por culpa de otra persona. Tan difícil perdonar al que me ha sido infiel y ha traicionado mi confianza, al que me ha abandonado sin motivo aparente, al que ha difamado mi nombre, al que ha hablado mal de mí frente a todos. Parece casi imposible perdonarlos. Sólo Jesús puede hacerlo en mí y siempre será un milagro.

Hoy Jesús en una parábola me explica el significado más hondo de la palabra misericordia: «Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: – Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: – Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: – Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: – ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Un criado tiene una deuda. El rey quiere que se la pague. Pero el criado suplica misericordia. Y el rey se compadece de él y lo dejó marchar, le perdonó la deuda. Me impresiona esta actitud del rey. Le deja ir, le perdona, no le exige el pago. Cuando su primera intención era otra. Pero esa súplica humilde lo conmovió. Se dejó llevar por ese gesto y accedió a su petición perdonándolo. Me encanta la compasión de los que tienen misericordia. Dios es así, misericordioso: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpa. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos». Me gustaría ser así con los que tienen deudas conmigo. Perdonarles cuando me lo piden, cuando me piden perdón y suplican misericordia. No siempre me compadezco del que necesita el perdón. Estoy tan herido que me cuesta dar mi brazo a torcer y perdonar al que me debe algo o me ha hecho daño. Me parece que es injusto. Si han hecho algo mal merecen un castigo. La misericordia me parece una actitud blanda propia de un padre excesivamente laxo. Me parece que si perdono siempre es como si no fuera capaz de exigir lo que se me debe. Esa misericordia, ese amor incondicional, esa actitud tan desinteresada es un don divino. Yo no soy capaz de ser así. Mi rencor, mi resentimiento, mi rabia, mi deseo de venganza son más fuertes que la misericordia. Necesito que sea un don en mi vida, algo que se me regale para poder yo entonces regalarla. Creo que puedo comenzar a amar cuando me he sentido amado. Y puedo lograr perdonar cuando he sido antes perdonado. El perdón recibido me sana, me levanta, me salva. Eleva mi alma, me saca de mi mediocridad. Perdonar me engrandece. Guardar rencor provoca lo contrario, me endurece. El criado perdonado, al salir del encuentro con el rey y encontrarse con alguien que le debe dinero a él, no tiene misericordia. El deudor le suplica pero él no escucha. Se ha olvidado de la misericordia recibida. No hay nada más terrible que olvidarme del bien recibido. Me olvido de la misericordia con la que me han tratado. Y sólo pienso en lo que me deben. En lugar de ser misericordioso cuando lo han sido conmigo, me vuelvo inmisericorde y cruel. En lugar de amar al que lo necesita, lo trato con desprecio. ¿Es posible odiar cuando he sido amado? Sí, lo es. Es muy posible que una persona que ha recibido bienes en su vida, habiendo sido herida en algún momento, no valore los bienes recibidos y reaccione con violencia con su prójimo. Las personas heridas hieren. Las personas que no han experimentado la misericordia en su camino, no son misericordiosas. Pero incluso puede suceder lo que cuenta la parábola. Que alguien que debía mucho y es perdonado, no sea misericordioso con aquel que le debe algo a él, mucho menos. Eso también sucede y es terrible. Porque no es justo. Lo justo sería que yo fuera capaz de dar a manos llenas lo que he recibido gratis. Que pudiera amar porque he sido amado antes de forma incondicional. Que pudiera perdonar porque he sido perdonado. La parábola me recuerda que no siempre es así. Me olvido del amor recibido, del perdón que sana todas mis ofensas cometidas. Me olvido y no actúo con amor hacia los demás. No perdono, no olvido la deuda, no dejo ir en paz y libre al deudor. Me parece tan miserable esa actitud que me duele el alma al verla. Pero yo también soy así. Tengo mucho de ese hombre que olvida lo que han hecho con él. Se olvida del bien recibido. Yo también lo olvido. Me gustaría tener buena memoria y recordar tanto bien que me han hecho, todos los dones que he recibido en mi vida. Me gustaría recordar ese bien para poder hacer yo el bien con mis hermanos.