Hechos de los apóstoles 2, 42-47; 1 Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: – ¡Señor mío y Dios mío!»

12 abril 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Vale la pena tener fe cuando uno no ve nada, cuando todo es oscuro. Merece la pena confiar cuando no me sé amado y el corazón sufre. Al final lo único que me salva es el amor»

La Verónica enjuga el rostro de Jesús. Una mujer limpia su rostro y este rostro quedó impreso en su paño. Una mujer compasiva. Una mujer enamorada de ese Jesús que sanaba y salvaba. No sabré nunca la historia de ese gesto. El motivo de tanta gratitud. Una mujer que se arriesga sólo para calmar con un paño el sufrimiento de Jesús ensangrentado. Calmarlo en la hora de su muerte. Hacer más llevadera la subida al Calvario. Siempre hay mujeres que acompañan en el dolor, que consuelan en la enfermedad, que calman el dolor del enfermo, del que sufre. Tienen en su mano un paño. Y en ese paño el rostro de Jesús que me recuerda el sentido de mi vida. Y es que he nacido para calmar a otros, para ayudarlos en el camino de su cruz. Hay en mi camino muchos hombres y mujeres camino al Calvario. Hay tanto dolor y tanta angustia. No puedo calmar a todos, pero sí a algunos. A los que están más cerca. Y también necesito que alguien calme mi angustia, mi miedo, mi dolor, mi desesperación. Rezo por todas las Verónicas de mi vida que han calmado mi dolor en algún punto del camino. Y le pido a Jesús que me enseñe a ser como Verónica, siempre atenta al dolor del hermano. Siempre dispuesta a calmar sus angustias. Jesús cae por segunda vez. A pesar de la ayuda de Simón de Cirene, vuelve a caer por la debilidad. Siempre duele más la segunda caída que la primera. Quizás la primera me asombra, me asusta. No lo esperaba. La segunda es más dolorosa, porque pensaba que ya podría. Vuelvo a caer en lo mismo y me duele. Jesús cae pese a la ayuda y también cae su orgullo, su dignidad. Lo mismo me pasa a mí cuando vuelvo a tropezar con la misma piedra. Pierdo mi orgullo y mi dignidad. Ya no soy digno de admiración. Me he vuelto a caer, he vuelto a hacer lo mismo por lo que ya antes pedí perdón. He tocado otra vez mi debilidad y me indigno, porque quiero ser fuerte, quiero ser poderoso, quiero tenerlo todo claro y hacerlo todo bien. Y caer muestra mi pobreza. Mi pequeñez. La segunda caída es más difícil de confesar. Otra vez, Señor, aquí vengo cargando mi culpa, mi fragilidad. Jesús se conmueve ante mí, como yo ante la caída de un niño ante mis ojos. Me da pena su pobreza. Hoy miro a Jesús otra vez en el suelo y corro de nuevo a levantarlo. Lo amo más que nunca, porque en su debilidad se deja amar. Como yo cuando dejo ver mi debilidad, cuando muestro mi flaqueza. Entonces soy más amado, porque soy un menesteroso de amor. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén y les pide que no lloren por Él, sino por ellas y sus hijos. Un grupo de mujeres llora y lo acompaña. Entienden que todo es tan injusto. Pero Jesús no quiere que lloren por Él, sino por esa Jerusalén por la que Él mismo lloró. Porque fue así, Jesús lloró a las puertas de Jerusalén. Porque no lo entendieron, porque no quisieron dejarse amar por ese amor infinito. Porque se quedaron en las normas, en las formas y no dejaron que el amor de Dios arrasara sus corazones. Quiere que lloren por los corazones insensibles y endurecidos, por aquellos que se dejaban llevar por el poder y la ambición, por los egoístas que sólo pensaban en sus intereses. Quiere que lloren por los que más lo necesitan, porque si no cambian su vida no tendrán luz. Yo también lloro. Lloro por el dolor de Jesús y por el de tantos que cargan su cruz con angustia. Lloro por los que sufren, por los que no creen porque han colocado una losa que cubre su alma. Lloro por los que condenan a los demás sin ver nunca culpa en ellos. Lloro por mí mismo, cuando me dejo llevar por mi orgullo, o por mi envidia, o por mis miedos y no amo, y no perdono. Quiero llorar en este viacrucis por los que más necesitan mis lágrimas y mi apoyo. Jesús cae por tercera vez. Cae por última vez antes de llegar a la cima del monte. Cae y parece que ya no tendrá fuerzas para llegar al final. A veces es así, caigo por tercera vez, se repiten mis caídas, y entonces desconfío. Es como si no tuviera ya fuerzas para llegar al final. Me da miedo mi propia debilidad. Jesús se sintió extenuado, muerto antes de morir. Últimos metros, demasiado peso, demasiada angustia. Pienso en el dolor terrible de tantas personas. De esa angustia que yo no puedo calmar. Así me siento yo ante esta tercera caída, impotente. No sé cómo ayudar. Y no sé cómo levantarme cuando soy yo el que cae otra vez. Es tan fácil caer. Tan difícil volver a levantarse. Mi vida se juega en ese movimiento. De estar de pie a caer, de estar tranquilo, a estar lleno de angustia. Así quiero resistir, mantenerme atado al cielo. Con las raíces en los corazones amados. Con la alas desplegadas a las nubes. No importa las veces que caiga. Una y otra vez me levanto y sigo adelante. Con el peso del mundo en mis espaldas. Quiero mirar a Jesús y pedirle que no decaiga, que no deje de luchar. Lo abrazo caído y lo levanto. Y dejo que Él me levante a mí.

Jesús es despojado de sus vestiduras. Los soldados le quitan sus ropas antes de la crucifixión. Jesús lo entrega todo, se abandona. Ya no tiene nada al pie del madero. Su túnica se la echaron a suertes. Lo pierde todo. Esta escena me impresiona. Jesús desnudo, humillado, abandonado. Ya no posee nada. Ha perdido su honor, su fama, a sus discípulos, a su familia. Se encuentra solo al borde de la muerte y lo desnudan. Pienso que a mí cuando me quitan algo me levanto lleno de rabia. No quiero perder lo mío, ni mi orgullo, ni mi fama, ni mucho menos la vida. No quiero que me arranquen aquello a lo que creo tener derecho. Pienso que en ocasiones Dios me despoja de muchas cosas que me sobran. Permite que las pierda, que me las quiten, que me desnuden. Le pido a Jesús que me dé paz en ese momento. Cuando pierda lo que amo, cuando ya no posea aquello a lo que estaba apegado. Que no me angustie, que confíe. Le pido que me dé la alegría de caminar a su lado desnudo, sin defensas, pero confiado en un amor del cielo que no me dejará nunca solo. Jesús es clavado en la cruz. Es fijado al madero en el Monte Calvario. Sus manos clavadas. Esas manos que bendijeron, esos brazos que abrazaron. Esas manos llenas de ternura y caricias. Esas manos que trabajaron la madera y se pusieron al servicio de los hombres, para bendecirlos, para sanarlos, para levantarlos. Manos bendecidas, manos llenas de amor. Sus pies clavados. Esos pies que recorrieron tantos caminos. Que dejaron huellas que muchos siguieron. Esos pies rápidos y pacientes, pies descalzos, pies sucios, pies lavados con el perfume de una mujer pecadora. Pies besados, pies que salvan. Pienso en ese Jesús que ya no puede moverse, ni bajar del madero. No puede sacarse esos clavos que lo sujetan e impiden que se mueva. Está colgado de un madero. Y sufre un dolor inmenso que yo no puedo aliviar, me gustaría. Sí, me gustaría quitarle todos los clavos, bajarlo de la cruz en la que le han subido. También a mí me duele la cruz en la que me cuelgan. El dolor que lacera mi vida. Me duele sufrir y me gustaría que alguien me quitara esos clavos que me inmovilizan. Me gustaría bajarme de la cruz y dejar que otro ocupara mi lugar. Renunciar a ese dolor que no creo merecer. Hoy le entrego mis clavos a Jesús. Los que me impiden caminar y seguirlo, los que no me dejan bendecir con mis manos. Le pido que me libere para poder abrazar a mis hermanos. Jesús muere en la cruz. Tras tres horas de agonía, Jesús entrega su espíritu. Pronunciará siete palabras antes de morir. Palabras claves que recuerdo en estos días con tanta paz, con tanta pena. Jesús muere en la cruz y yo me postro a sus pies. Le entrego mi vida a Él que yace sin vida. Quiero pedirle que no se vaya, que vuelva, que baje de esa cruz macabra. Le pido que haga algo, me siento como Judas, queriendo que haga un milagro en el último momento porque lo que más detesto en la vida es la muerte. Porque creo que la muerte no es nunca el único camino posible. ¿No habría otra forma de salvarme, de sanarme, de darme la vida? ¿Sólo muriendo podría vencer a la muerte para siempre? Sigo sin entender las contradicciones. Me gustaría que todo hubiera sido mejor, más fácil. Pero no, Jesús se dejó llevar al Calvario. No opuso resistencia, no impidió la injusticia, no hubo una reacción de última hora. Ante la muerte de Jesús me quedo sin palabras. Ya no respira, ya no está. Y el vacío que siento en mi alma es inmenso. No sé cómo decirle yo ahora levántate y lograr que me obedezca. Su camino me incomoda. Morir no es lo que yo elijo, suelo elegir la vida, el amor, el éxito. Jesús me pide que confíe, que nunca la muerte tiene la última palabra. Jesús es bajado de la cruz. Su cuerpo es entregado a su madre y amigos. María abrazará su cuerpo muerto. El cuerpo inerte de su hijo amado. Su dolor es inmenso. Una madre que pierde a su hijo de forma tan injusta. No sé cómo consolarla a Ella, a los discípulos. No sé cómo enfrentar el dolor de la muerte de un ser querido. No lo entiendo y me duele. Una muerte que parece no tener sentido. ¿Se habrá acabado todo de golpe? ¿De nada habrán servido estos tres años de milagros, de palabras, de sanaciones? No lo entiendo y callo. Abrazo a María que abraza a su hijo. Quisiera tener más respuesta y no guardar tantos silencios. Pero al menos tengo su cuerpo entre mis brazos. Un cuerpo herido que ya no habla, ni llora, ni grita. Un cuerpo silente que me recuerda mi destino final. Y me habla de una esperanza que aún no toco. No está todo dicho aunque lo parezca. María abraza a Jesús y las mujeres, y Juan. Los únicos valientes al pie de un madero. Guardo silencio a su lado. Quiero confiar como un niño. Jesús es puesto en el sepulcro. Es depositado en una tumba nueva excavada en la roca. Allí va a descansar, su cuerpo cubierto por una losa. Igual que el de Lázaro hace sólo unos días. Un cuerpo abandonado. Ya no tiene sentido seguir al Maestro. Ya no hace milagros, ni salva, ni predica, ni abraza, ni me busca. Un hombre muerto injustamente. Era totalmente innecesario. ¿Por qué no eligió su Padre otro camino más sabio, más bello, menos terrible? Una muerte ignominiosa. Una muerte injusta, deleznable. Nadie lo ayudó, nadie lo rescató de la muerte. Un hombre lo besó en una noche, en medio de los gritos, un beso amargo, un beso de amigo. Otro quiso salvarlo y lo negó tres veces antes de que cantara el gallo. Otros huyeron y ahora, cuando ya está muerto, se esconden. Se ha muerto el poder del hijo de Dios. Ya Dios parece haberse bajado de mi vida, de mi cruz, de mi madero. Parece abandonarme en mi muerte mientras permanece exánime en un sepulcro sellado. Me siento tan solo en esa noche de viernes. Como si todos mis sueños se hubieran roto de golpe. ¿Tendré fe para seguir siendo fiel a sus palabras, a sus deseos? Me gustaría confiar más en un final feliz cuando todo parece tan oscuro en esta noche. Le pido a Jesús que aumente mi fe. Quiero creer en su poder. Quiero creer que al final llegará su victoria. Confío. Sólo, de rodillas, postrado, confío en Él.

Siempre me conmueve que Jesús me lave los pies. Que en Semana Santa se arrodille como cada año delante de mí. No me acabo de acostumbrar y me siento incómodo, molesto, como el mismo Pedro. ¿Lavarme los pies tú a mí? No soy digno. Yo te los lavo a ti. No merezco que me ames, que me quieras, que me sirvas, le digo en una voz que es un murmullo. Porque no entiendo que Dios venga a verme y se haga un trozo de pan en la eucaristía para que lo reciba dentro de mí. Porque no comprendo que ese Dios todopoderoso, omnipresente, prefiera elegir lugares pequeños, almas pequeñas y pobres, indignas, para poner su morada. Porque no me siento capaz de guardar dentro de mí a un Dios sin fronteras, sin barreras, sin límites. Mi piel tiene límites, mi alma no lo abarca todo, es tan pequeña, tan frágil. Quiero decirle a Dios que se vaya a otras almas mejores que la mía, que me deje tranquilo, yo no, a mí no. Pero Jesús sigue arrodillado a mis pies y no se mueve. Sigue a la puerta de mi alma esperando a que le abra. Sigue diciéndome que es a mí a quien elige una y otra vez, siempre de nuevo. A mí que me creo tan capaz y tan frágil al mismo tiempo. Tan orgulloso como para no permitir que Jesús se incline ante mí. Me da miedo que luego me pida lo mismo. En realidad se trata de eso. De mi orgullo, de mi amor propio. No quiero ir yo a otros y arrodillarme delante de ellos. Me parece indigno para Jesús y también para mí. ¿Acaso no soy uno de los doce? Se preguntaría Pedro. ¿No soy mejor que los fariseos que son sepulcros blanqueados? Sí, me siento más que ellos. Más que los que no son de los elegidos. Me siento elegido, el primero, importante para Dios. Siento que incluso me necesita. ¿Qué va a hacer sin mí? Hoy tomo conciencia de mi pecado de vanidad. De mi orgullo herido que no quiere dejarse lavar los pies. No soy digno, me digo, pero es mentira. Me siento más que digno. Orgulloso de ser digno. Me engaño a mí mismo bajo una capa de falsa modestia. Me siento más limpio que otros y no encuentro pecado en mi interior cuando rebusco tratando de confesarme. Vanidad. Y luego ese deseo de no servir a todos, de no arrodillarme ante cualquiera. Se lo tienen que merecer, pienso en mi interior. Un amor que se humilla, que lava los pies, es un amor excesivo, un amor ingenuo que no sobrevive. Vivo tan centrado en mis necesidades, en mis gustos, en mi disfrute, que no me pregunto qué necesitan los demás que están cerca de mí. No me arrodillo esperando a ver si quieren que les lave los pies. Demasiado humillante, demasiada pobreza. Quiero pedirle a Jesús que me enseñe a amar de esa manera tan inhumana, tan divina. Me gustaría romper mis fronteras y dejar a un lado mis formas correctas. Abrazar al herido, lavar los pies sucios del que llega a mi puerta, abrir mi alma para que entre cualquiera, con su pecado, con sus inconsistencias. Si fuera como Jesús al menos esta noche en la que Jesús se arrodilla ante mí y no se mueve. Me pide que le entregue mis pies sucios, mi pecado, mi vacío, mi debilidad. Que no me importe mostrarle mi pobreza, mi barro, mi suciedad. Él me lavará los pies para que yo lave los pies a mi hermano, al que no se lo merece. Al que es más pequeño que yo. No me doy cuenta de la revolución del amor de Jesús en esta noche. Estuvo dispuesto a lavar los pies de los suyos renunciando a su poder, a su posición, a su dignidad, a su ser divino. Arrodillarme es un gesto único que me hace más humano, más niño, más libre. Cuando me arrodillo ya no tengo nada que defender. Estoy arrodillado ante Jesús, libre de mis pretensiones. Sólo entonces dejo a un lado mi vanidad y salgo de mí mismo, de mi confort, de mi egoísmo. Quiero arrodillarme y lavar los pies de los que están delante de mí. El amor misericordioso nunca se merece. Es un amor que desciende. Que ese hace entrega, amor infinito. Un amor sin límites que me incomoda porque yo suelo poner límites, distancias, barreras. Para que el amor no me incomode. Para que no me haga llegar a los extremos que siempre duelen. Le pido hoy a Jesús que me enseñe a amar de esa manera. Le pido que abra mis barreras y supere mis límites.

Tengo claro que mi fe se forja en medio de la cruz. Cuando la oscuridad es pesada y el llanto obligado. Cuando faltan las respuestas y sobran las quejas. Cuando no sé bien el sentido y sólo sé hacia dónde tengo que caminar en esta noche. Hoy el apóstol me recuerda lo importante: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final. Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas». Me alegro en la noche porque tengo esperanza. Porque en medio de mis miedos confío. La cruz pesa en este día más que ningún otro. La muerte no deseada, el final no buscado. Pero al final lo que lo cambia todo es lo que elijo. Yo no he elegido la enfermedad antes de que suceda, cuando llega tengo dos opciones. O me rebelo contra ella, la niego, me enfado con Dios, huyo de mí mismo o de la realidad. O, por el contrario, la beso, la elijo. Beso la cruz que es áspera y huele a sangre y sufrimiento. Y elijo lo que no deseo. Opto por lo que no quiero. Abrazo aquello de lo que quisiera huir ahora mismo. La elección es lo que marca la diferencia. No sé qué va a ocurrir mañana. Sólo sé que ahora, en medio de la turbación, puedo elegir un camino o el otro. Es mentira que no pueda elegir, siempre puedo hacerlo. Lo que no es posible es cambiar la realidad. No puedo bajar a Cristo del madero, no puedo resucitarlo sacándolo de su sepultura, pero puedo elegir el bien mirando hacia el mañana. Puedo elegir la alegría, la paz, la felicidad. Puedo elegir el ahora y tomar la decisión de perseverar, de no dejar de vivir con un sentido. Como esos primeros discípulos enamorados que lo compartían todo y perseveraban en la oración, en la enseñanza, en la comunión: «Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando». Alababan a Dios cuando eran perseguidos y daban gracias porque Dios es bueno: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo». Doy gracias al pie de la cruz, mientras beso esos pies clavados que no pueden caminar, mientras beso su costado abierto, mientras beso sus manos gastadas de tanto abrazar. Elijo a mi Cristo roto, herido, desfigurado. Elijo al hombre más bello de los hombres que acaba siendo el más despreciado. Elijo el camino largo y pesado y dejo de lado el que parece más fácil, sólo porque Él me amó primero y quiso retenerme a su lado. Elijo la vida antes que la muerte, pero, al llegar la muerte, elijo también esa muerte que me lleva a la vida. No sé lo que vendrá mañana pero no por eso pierdo la esperanza. Me aferro a esa luz que pugna por abrirse paso en medio de la noche. Como esa luna llena que cada Semana Santa me recuerda que el bien es más poderoso que el mal. Me dice que Dios es más fuerte que el demonio. No quiero dejar de elegir lo que me toca vivir. No quiero pasar de largo por esta vida sin amar el presente, sin amar la cruz que cargo, sin sentir que pertenezco a ese mismo Jesús que hoy sufre y carga con su cruz ante mis ojos. A veces me gustarían otros finales. Elegiría otros resultados. Optaría por otros caminos. Pero no puedo negar las evidencias y acepto el regalo de la vida que Dios pone siempre ante mis ojos para que no me desespere y persevere. No estoy solo. La Iglesia, la primera comunidad cristiana, brota con fuerza de un madero, de un asesinato que queda inmune. No hay venganza, ni justicia. De ahí nace la alegría del resucitado que rompe las cadenas de la muerte y enciende el mundo con su esperanza. Ya no importan los culpables, ya no es relevante que se haga justicia. La vida seguirá siendo injusta y yo aceptaré con paz esa misión que Dios me confía. Elegir mi cruz para que de ella brote la vida.

Me gusta que este segundo domingo de Pascua sea el de la misericordia. Me gusta pensar que lo que hizo Jesús fue regalarme su mirada llena de misericordia. Jesús resucitado se aparece a los discípulos que están encerrados por miedo a los judíos: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Jesús tiene misericordia y llega hasta sus amigos para calmar sus miedos. Están encerrados, tienen miedo y es que lo más normal es que tengan miedo. María Magdalena y las mujeres, cuando se encuentran con Jesús, también tienen miedo. Y Jesús les dice que no teman. Que no se asusten. Que confíen. No es tan sencillo tener paz en medio del miedo. Confiar en medio de las pérdidas y los fracasos. Vivir con certezas cuando todo son dudas. El miedo se introduce en el alma y me quita la paz. El miedo a perderlo todo, el miedo a perder lo que más amo, el miedo a perder el sentido de la vida, el miedo a perder a Jesús para siempre, a perder la fe. Ellas tienen miedo a perder a Jesús, no encuentran el cadáver, no comprenden nada, lo han robado. El miedo de los discípulos también es real, temen correr la misma suerte que su Maestro, todo es posible, pueden morir. Se encierran en el cenáculo por miedo a los judíos. Porque pueden ir a apresarlos y entonces también ellos serían condenados a muerte. El miedo me vuelve agresivo porque intento protegerme de las amenazas. A veces las amenazas son reales. En la vida hay muchos peligros que aumentan el miedo en el corazón. Son peligros muy reales. Pero otras veces las amenazas sólo están en mi cabeza, las pienso, las creo, las imagino. Me siento frágil y no encuentro el camino, no hay esperanza. En mi cabeza los peligros están ahí, frente a mis ojos, amenazando la tranquilidad de mi alma. En ese momento Jesús se aparece en medio de los discípulos y les regala su paz. Les pide que no teman, que no es un fantasma, que es Él, con su cuerpo, con sus llagas, comerá y beberá con ellos. Su cuerpo es real, su carne resucitada. Todo se ha cumplido. Sus palabras proféticas eran una realidad. Ya no tienen que huir ni esconderse, la vida tiene un sentido y la muerte ya no tendrá poder sobre Él, ha sido vencida. Ya pueden seguir a su lado porque desde ahora vivirá para siempre en ellos, en sus vidas. Los calma, les da su paz, les regala su Espíritu para que puedan perdonar los pecados, para que sanen a otros con la misericordia divina. Los convierte en apóstoles, en misioneros, en sanadores. Les dice que serán capaces de hacer muchos milagros, como antes, cuando Él en medio de ellos hacía grandes obras. Los discípulos se llenan de paz, de alegría y ven que pueden perdonar porque la misericordia les ha sido dada. Siempre pienso que la Pascua debería llenar de alegría mi corazón, debería bastar con saber que Jesús ha resucitado en mi vida para siempre. Nada debería ser suficiente para quitarme la alegría o la paz. No siempre sucede. Me siento frágil y me duele la vida y todo lo que me sucede. Me lleno de tristeza con facilidad. Tantas cosas me quitan la alegría, la paz. Si lograra tener una alegría serena que nadie pudiera quitarme. Recibo tantos impulsos al día, tantas noticias que me inquietan, escucho tantas opiniones que me turban. El mundo y mi vida están llenos de peligros que me angustian, todo puede pasar. Pueden llegar pérdidas posibles e irremplazables, enfermedades que me rompan mi camino, mi vida, discusiones que me llenen de resentimiento, problemas económicos que me angustien, tensiones familiares o en el trabajo que alteren mi ánimo. Sé que pueden suceder mil cosas que me saquen de mi centro. ¿Dónde se encuentra la raíz de mi felicidad, de mi paz, de mi estabilidad? ¿Cuál es ese lugar, esa persona en la que descanso y pudiera decir que ahí estoy realmente en paz, feliz, tranquilo y soy totalmente yo mismo? ¿Dónde puedo vivir el presente sin pensar en las amenazas del futuro? El mañana puede alterar todos mis planes y aun así no me altero. El presente es lo único que me calma por dentro y me ayuda a vivir con los pies firmes en la tierra que piso. Los discípulos hoy en el cenáculo se supieron muy amados por Jesús en ese presente efímero que abrazaron con ternura. Jesús estaba con ellos y se iba a quedar para siempre. Comprendieron, sin comprender del todo, que a ellos había ido Jesús a calmarlos y por tres veces les entrega su paz. Eso es misericordia, no merecimiento. No reciben la paz porque la merezcan, sino porque Dios es bueno.

Uno de los discípulos no estaba presente cuando llegó Jesús: «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Tomás no está ese día encerrado por miedo a los judíos. No sé por qué no está, no es relevante. Lo que sí importa es que ese día Tomás no se siente amado por Jesús. Ese día comprende que para Jesús Él no era realmente valioso, era prescindible. No lo amaba tanto, no le importaba su ausencia. A veces me pasa a mí. Cuando algo importante sucede y yo no estoy me angustio y pierdo la paz. Tendría que haber estado o al menos lo que sucedió debería haber sucedido cuando yo estaba. Me cuesta no estar presente en los momentos importantes. Y si además eso tiene que ver con la persona amada todo se complica. Tomás no se siente amado por Jesús. Al menos no tanto como los demás. Si lo hubiera amado tanto como a los otros hubiera llegado cuando él estuviera presente. Es un sentimiento muy humano. No es envidia, es sólo el deseo de ser amado, la necesidad de ser tomado en cuenta. ¿Se puede amar a todos por igual y siempre con este cuerpo humano lleno de límites? ¿Acaso amaba Jesús menos a Tomás que al resto? ¿Por qué no esperó a que Tomás estuviera presente? Son preguntas que no tienen respuesta, ni ahora, menos aún entonces. Tomás siente lo que siente y su sentimiento es verdadero. Igual que cuando un hijo no se siente tan amado por su madre como su otro hermano. Es legítimo el sentimiento. Es verdadero porque lo que yo siento es verdad, aun cuando me den razones suficientes para no sentirme triste o enojado. Claro que Jesús ama a todos por igual. Claro que me ama a mí con locura y a ti también. Claro que amaba a todos los discípulos igual, también a Judas. Esto no quita que algunos se sintieran más amados por Jesús que el resto, como le pasaba a Juan. Y quizás otros menos amados. Ese sentimiento es legítimo y seguro que cada uno encontraba razones para sentirse así. Igual que hoy Tomás encuentra injusto lo que ha pasado y no se siente tan amado por Jesús. Y cuando eso sucede uno puede actuar de forma injusta. Así lo hace Tomás que desconfía de sus hermanos. Pone a prueba a Jesús. Si realmente es así, que vuelva y que yo lo vea y lo pueda tocar. Reta a Jesús a ver si lo ama tanto como le dijo en vida. Y Jesús vuelve. ¿Tal vez llegó antes que Tomás sólo para que Tomás pudiera vivir después esta experiencia tan honda? El resto no lo vivió así. Igual que Pedro, al hundirse en las aguas, tuvo una experiencia de misericordia que los demás no tuvieron o cuando negó tres veces y luego fue perdonado. A veces hay que experimentar el abandono, creer que me hundo, sentir que me ahogo, tocar el fracaso, para poder vivir una experiencia de la misericordia de Dios que me salva, me saca de mi caída, de mi muerte, y me reconstruye. Así lo hace hoy Jesús con Tomás. Toma su mano y mete su dedo en el costado abierto. Toca sus llagas. ¿Hubiera podido desear llegar a tanto? Sin duda parecía imposible. Que Jesús aceptara el reto y llegara de nuevo al cenáculo, les regalara la paz y me dejara a mí una experiencia de misericordia infinita. Dichoso si creo sin ver. Dichoso si toco el amor de Dios en forma de misericordia. Dichoso si puedo tocar sus llagas y encontrarle escondido en esa carne rota. Me conmueve la mirada de Tomás que ahora cree más allá de las llagas, de la carne que toca. Más allá de su experiencia de saberse profundamente amado por Dios. Tomás toca ese amor imposible de Jesús. Sólo por él regresa, por su reclamo, por su exigencia inmadura e infantil. Vuelve para decirle que vale la pena tener fe cuando uno no ve nada, cuando todo es tan oscuro. Merece la pena confiar incluso cuando no me sé amado y el corazón sufre por esa llaga que se abre en mis entrañas. Al final lo único que me salva es el amor, como leía el otro día: «El hombre nunca puede ser redimido simplemente desde el exterior… El hombre es redimido por el amor»[1]. Creo porque me sé amado. Creo en ti porque has venido a salvarme, a rescatarme, a decirme que soy especial, único, alguien por quien merece la pena regresar. Esa experiencia de saberme amado es la que realmente sana el corazón.

[1] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI