Isaías 25, 6-10a; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14
«La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda»
11 octubre 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Me gustaría tener un corazón capaz de adaptarse a las circunstancias que me toca vivir. Quisiera ser capaz de sonreír en medio de la derrota y estar alegre en la tribulación»
Es importante dirigir mi vida por mis decisiones y no por mis emociones. Con el pensamiento puedo afectar a mis sentimientos. Muchas emociones surgen de lo que pienso. Comenta Mario Alonso Puig: «Una persona que cuida su cuerpo se siente mejor y piensa mejor. La persona libre vive de acuerdo con sus decisiones más que con sus emociones. Desaparece la libertad si me dejo llevar por las emociones. Si yo decido que, reciba lo que reciba, voy a dar lo que quiero dar. En ese momento estoy tomando responsabilidad sobre lo que sucede e incluso empiezo a cambiar lo que sucede». Decidir con la cabeza y con el corazón. Decidir lo que es mejor para mi vida, lo que Dios quiere para mí y ser fiel a lo decidido pese a lo que sienta. ¿Cuánto influyen en mi vida los sentimientos y las emociones? Hay algunas diferencias entre ellas que me hace bien recordar. Las emociones son reacciones inmediatas, instintivas ante estímulos externos o internos. Un pensamiento que se hace fuerte en mente determina emociones fuertes que pueden ser de corta duración. El miedo surge ante ese peligro que amenaza mi vida de forma inmediata y me pone en alerta. El problema es que lo que me amenaza puede ser real o estar sólo en mi mente. Me asusta una desgracia que puede suceder en el futuro. Me lo imagino, lo presiento, creo que algo puede ocurrir y surge el miedo con fuerza en mi alma. Tan fuerte como si la amenaza fuera real. Porque la mente no distingue entre realidad y posibilidad de futuro. El sentimiento es el resultado de procesar lo vivido e interpretar una emoción. Lo analizo y le doy un significado subjetivo a lo sucedido. Los sentimientos son más duraderos, más estables y es más difícil cambiarlos. Es más difícil cambiar el sentimiento que se hace fuerte en el alma, se enquista y determina mi forma de comportarme. Decía Marián Rojas que la causa más frecuente de infelicidad en la vida es la comparación. Me comparo con los demás. Pienso que es injusto que los otros tengan lo que yo deseo, que triunfen mientras yo fracaso, que su vida sea más bonita, aparentemente, que la mía. En ese momento de la comparación me siento mal y la tristeza se apodera de mi alma. El pensamiento da lugar a una emoción y de esa emoción brota un sentimiento estable que me paraliza, me llena de amargura y me hace infeliz. Cuando las emociones y los sentimientos dirigen mi vida voy de un lado a otros dando tumbos. Me dejo llevar por lo que siento y olvido las decisiones tomadas con anterioridad. Hoy hay muchas emociones que brotan continuamente porque estoy expuesto a muchos estímulos externos e internos. Las redes sociales, lo que otros comentan en sus contenidos, las miles de noticias que recibo a diario en mi móvil. Los mensajes que me envían, los comentarios buenos o malos que leo sobre la realidad, las críticas y los juicios que los demás hacen sobre mi vida o sobre la de otros. Continuamente surgen emociones en mi alma que me llevan donde no quiero ir. ¿Cómo consigo entonces gobernar mi vida y dirigirla hacia dónde quiero ir? Las decisiones que tomo son muy importantes. Quisiera liberarme de la dependencia de las redes sociales, vivir ajeno a las noticias continuas que me alteran, dejar a un lado esos pensamientos que me ponen en tensión. Quisiera ser libre para no caer en las comparaciones. Hay mucha gente a mi alrededor con la que me puedo comparar. Familiares, amigos, conocidos, incluso gente desconocida que me muestra lo que hace y cómo vive. Yo decido lo que quiero que me influya, pero a veces, en mi debilidad, lo que necesito es estar lejos de esos mensajes que no sé elaborar y trabajar en mi corazón todo lo que me altera. Tomar distancia y reírme incluso de lo que siento. Si compararme con los demás me hace daño, quiero ver la belleza que hay en mi vida y apreciar todo lo que Dios me ha regalado, valorar lo que tengo. Agradecer es un antídoto contra la tristeza. Me da razones para la alegría. Motivos para seguir confiando en ese Dios que me acompaña siempre. Hay muchas más cosas buenas que malas en mi presente. Hay una realidad maravillosa que yo no logro ver cuando me comparo con los demás. Quiero ser más libre de los comentarios que me hacen, de los juicios que vierten sobre mí, de las insinuaciones que dejan caer. No todo lo que los demás piensan o dicen de mí es verdad. E incluso siéndolo no tiene por qué hacerme daño. Es sólo una interpretación justa o injusta que ellos hacen de la realidad. Pero soy yo el que conoce más mi vida y sé lo que está bien o mal en mi interior. Es Dios el único que conoce de verdad mi corazón y me sigue amando. No puedo vivir dependiendo de la aprobación del mundo porque eso me lleva por mal camino. El que me aprueba es Dios y ya ha juzgado mi vida y me sostiene, y me levanta. El juicio de los hombre no puede llenarme de ansiedad y amargura. Lo que los demás dicen no me construye como persona.
El otro día escuché hablar del puente de Enmedio. Un puente que unía dos territorios en la sierra de Madrid. Un puente que hoy permanece en pie desafiando al tiempo, a las lluvias y a los fríos. Hasta llegar a ese puente no se ve nada. Pero desde ahí, desde lo alto, se ven las cimas, el otro lado. Ya se ve el cielo, el siguiente paso. Siempre hacen falta puentes que unan, que estén en medio. Uniendo dos realidades distintas e inconexas. Casi como en mi propia vida, cuando veo que tengo realidades en mi alma que están rotas, desunidas, distantes unas de otras. En el pasado, en el presente, en el futuro. Y hacen falta puentes. Porque me he acostumbrado a dejar desunido lo que está separado. Y he percibido en mi alma roturas que parecen definitivas, distancias insalvables. Algo así como partes inconexas de un pasado más o menos lejano. Y cosas del presente que me hacen pensar en lo que aún no es mío, en lo que aún no toco. Y el futuro incierto que produce tantas veces una tenue ansiedad. Puentes que unan, puentes firmes en medio de la tormenta, de roca incorruptible, hechos por manos diestras, fieles, trabajadoras. Puentes en medio de la vida, firmes en medio de la corriente, incorruptibles, perennes. Puentes que acercan lo que está lejos y unen lo que es distante. Puentes que permanecen impasibles con el paso del tiempo, como si nada alterase su firmeza. Pienso en lo que está desunido dentro de mí. ¿Qué piezas con el uso, con la vida, con los dolores se han ido rompiendo casi sin que me diera cuenta? Tenía que ser así, dicen algunos. Fatiga de materiales, afirman otros con seguridad. Mientras que yo dudo. ¿Acaso no es la duda el comienzo de tantas respuestas? Me asusta la duda, casi como si al tenerla se tambalearan los cimientos del puente. Como si al dudar se desestabilizase todo de repente. ¿Será posible unir lo que está roto, recuperar el funcionamiento perfecto de todas las piezas, arreglar aquello que en mi interior gime en un dolor continuo, apagar la tristeza, erradicar los miedos? ¿Será posible matar el mal, vencer las guerras, levantar diques, restablecer pérdidas? El alma tiembla mirando la orilla lejana o cercana, el otro margen, más allá del puente, a veces parece casi inalcanzable. Como la orilla del pasado y la del futuro. Ni se tocan, el presente en medio, en el puente de Enmedio, desafiando al tiempo, y a los miedos. Tengo que ser realista y comprender que los puentes son solo lugares de paso, no de permanencia. Nadie construye un puente para quedarse en medio, justo ahí, en tierra de nadie. El puente es precisamente eso, lo que une, lo que estabiliza, lo que sana, lo que recompone. Me gustan los puentes. Porque cumplen su función y no quieren ser más que eso, etapas de paso, lugares que dejan que muchos los pisen y sigan su camino. El puente tiene su belleza natural pero no se puede construir una casa sobre un puente. Sí es posible descansar en él, cargar el alma, tomar fuerzas para seguir el camino. El puente une dos casas, dos lugares sagrados, dos vidas, dos mundos. No tiene nombre propio, como los lugares que une. Es sólo eso, el puente que está en medio, oculto, silencioso, sirviendo. Y al mismo tiempo, es como si, sin el puente, la vida se rompiera. Si no hay puente, todo se viene abajo. El pasado y el futuro, y también el presente. No hay nada que los una. Por eso me gustan tanto los puentes. Porque le dan armonía al paisaje, a mi propia vida. Le dan un lugar de reposo en el que permanecer un instante. Acercarme a una orilla, ir hacia la otra. Detenerme en cada lado y pensar que estoy en camino, me estoy haciendo de nuevo, construyendo desde los cimientos, levantándome desde las torres caídas. Hay personas que son puente incluso sin saberlo. Unen mi historia rota, mi pasado inconcluso, mi futuro incierto. Y a veces unen el cielo y la tierra sin darse cuenta. Hacen presente el cielo entre los hombres, de forma incompleta, claro, de forma imperfecta. Como vestigios de un mar sin orillas. Como recuerdos de una eternidad aun desconocida. Como si lo de siempre se hiciera para siempre real y permanente. Como si ya nada importaran los miedos y la angustia que siento por no poder lograr esos objetivos mundanos. Puente entre el cielo y la tierra, vocación santa, sagrada. Ser un poco el que une dos orillas en mi propia alma, porque también mis orillas internas aparecen distantes. El Dios de mi vida que se asoma con cierto vértigo en mi propia alma, con respeto infinito. Y yo mismo que me yergo desde mis fragilidades queriendo tocar el cielo. El puente de Enmedio. Siempre hace falta ese puente que le dé sentido a todo, un significado incompleto, por supuesto, pero al menos una intuición de lo que puede haber detrás del velo. Puentes de piedra que unen alma con alma, vida con vida. Quiero ser puente que una, no muralla que separe, no abismo que mantenga las distancias. Puente rocoso, puente firme. Que haga posible vínculos imposibles. Que levante una ruta segura entre persona y persona. Entre mundo y mundo. Entre el cielo y la tierra. Entre el pasado y el futuro. Si pudiera dejar que Dios me hiciera puente de Enmedio. Puente que nada lograra derribar en medio de lluvias, de tantos fríos, de tantos días. Volver a una orilla por ese mismo puente, y guardar en el alma el pasado bendito. Caminar hacia la otra orilla sin tener miedo, sin soltar la mano a lo vivido. Sin dejar de recordar, porque el puente es recuerdo, memoria del pasado, presencia eterna de lo ya vivido. Así de sencillo, el puente de Enmedio.
Puedo cambiar mi forma de pensar. Porque las ideas que me repito una y otra vez son las que plasman la realidad que vivo. Lo que creo acaba creando mi mundo, mi vida, mi futuro y haciendo posible o imposible un camino mejor. Lo que veo lo analizo con las ideas que tengo grabadas en el corazón, se grabaron hace tiempo, desde niño. Dos personas observan la misma realidad pero las consecuencias que saca cada una son diferentes. A veces pienso que no puedo cambiar, que es imposible, lo he intentado tantas veces y no lo he conseguido. Y puede que parezca imposible si no me doy una nueva oportunidad. De mí depende, de lo que creo y pienso, de lo que he hecho siempre de una forma y puedo hacerlo ahora de otra. Tengo muy claro que no es tan fácil cambiar mis creencias, incluso cuando veo que estas creencias me hacen daño. Puede que se grabaran en mi alma cuando era niño y ya no es tan fácil comenzar de cero cuando he crecido. Ya no soy una tabula rasa. En mi corazón han grabado pensamientos y creencias las personas que me quieren. Desde niño aprendí a ver el mundo a través de sus ojos, escuché sus voces y me grabé sus advertencias. Esa forma de ver la realidad la heredé de la gente a la que más quiero y ahora parece algo inamovible. Soy entonces un heredero de mi entorno familiar, de mi mundo pequeño en el que viví y crecí. Adopté su mirada sobre las personas. Si en mi entorno todos se sentían víctimas de las injusticias de este mundo, es normal que yo también me sienta víctima y juzgue a otros y los condene como aprendí a hacerlo desde entonces. A veces adopté códigos y criterios del grupo al que quería pertenecer. Me mimeticé con ellos porque no quería desentonar e hice mía su forma de ver el mundo. Sentí que a su lado estaba seguro. Me daba igual que creyeran cosas que yo no creía antes. Lo adopté todo como mío para no sentirme fuera de su mundo. Porque estaba más seguro ahí que estando solo. Dejé de pensar por mí mismo, abandoné mis ideas propias y los algoritmos me hicieron pensar como aquellas personas a las que seguía en las redes. Me hice uno de ellos, sin criterio propio. Y al defender sus ideas, que pretendía que también eran las mías, me sentía extraño. Porque yo no las había pensado antes, simplemente las tomaba como verdaderas sin cuestionarlas. Me hice uno más dentro de una masa gris, informe que votaba a un partido, a un grupo, a una persona y acababa odiando a los otros, a los que no eran de los nuestros. Este es el peligro de los pensamientos que se imponen de forma sutil. O la forma de ver las cosas que se contagia como si fuera una epidemia. Es difícil cambiar la forma de pensar, salvo que renuncie a pensar y me deje llevar por lo que los demás piensan. Es inútil empeñarme en aprender nuevas cosas si no desaprendo lo aprendido con el tiempo. Si no estoy contento con la forma como veo la vida y no me gusta la manera cómo gestiono mis emociones, sólo me queda un camino, el cambio. Y cambiar es complicado porque me empeño en vivir la vida de otros. Y me da miedo que me juzguen si no me comporto de la manera correcta, si no hago lo que esperan de mí o no digo lo que he aprendido de ellos. No es tan sencillo, pero es el único camino que conozco. Cambiar, desaprender, volver a comenzar. Si supiera que es Jesús el único que ha de influir en mi forma de ver las cosas. Pero luego no es tan sencillo. Las emociones y las ideas guardadas en el alma influyen en mi manera de ver la realidad. Si realmente fuera Jesús mi pastor como escucho en el salmo: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término». Si los pensamientos estuvieran guiados por Jesús en mi alma. Si me fiara más de Él que de todos los que me gritan en mi camino para que siga una dirección o la contraria. Pretenden que haga lo que ellos quieren. Pero luego no tengo paz y vivo en tensión pensando que me van a descubrir y van a ver que no pienso como ellos, que no pertenezco a su grupo. Mientras tanto renuncio a mis ideas más profundas. No escucho lo que grita en el fondo de mi corazón. He perdido el rumbo y no comprendo lo que Dios quiere de mí. Quiere que descanse en su presencia. Quiere que no viva turbado pensando en lo que los demás esperan o exigen de mí. Tiemblo ante la realidad que no puedo cambiar. Y mis pensamientos me acaban haciendo daño porque no son realmente míos. Son impuestos por los que me quieren controlar. ¿Qué es lo que realmente pienso en mi corazón? ¿Qué es lo más verdadero que llevo dentro de mí? Me gustaría tener un pensamiento propio y no dejarme arrastrar por la masa. Miro a Jesús en mi alma. Él es mi pastor, el que me gobierna, el que quiere hacer que mi vida sea fecunda.
Me gustaría tener la capacidad de adaptarme a todas las circunstancias que se dan en mi vida. Las palabras de S. Pablo me muestran cómo vivir: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación». En los momentos difíciles y en los buenos, cuando la suerte me sonríe y cuando me es desfavorable. A menudo me quejo de las cosas que me tocan vivir y sufro por todo lo que me pasa. Me cuestan el mundo en el que habito, los días grises y la suerte aciaga. Me quejo de los demás y con frecuencia el odio se hace fuerte en mi alma cuando veo que alguien no actúa como yo esperaba o no piensa como yo. Es como si creyera que pudiera ser todo mejor si cambiaran las circunstancias que me rodean. Si gobernara otro partido. Si mi empresa tuviera más recursos y más éxitos. Si el clima me acompañara y fuera siempre agradable. Si la gente a mi alrededor hiciera las cosa mejor y no cometiera tantos errores. ¿Cómo se hace fuerte el odio en mi alma? Cuando me siento rechazado me rebelo contra mi suerte y ataco a los que desean mi mal. Agredo a los que no piensan como yo. Me alejo de los que no son de los míos. Los algoritmos me refuerzan en mis puntos de vista y me vuelvo rencoroso contra los que no están en mi línea, contra los que opinan cosas diferentes. ¿Qué hago con ese odio que me habita y me hace daño en el alma? Tengo que dejar de alimentarlo. O alimento el odio o alimento el amor. O alimento la guerra o la paz. O uno u otro, no hay medias tintas. O sumo en este mundo o acabo restando con mis actitudes y gestos. O doy la vida con generosidad o se la quito a los que me rodean. O te amo o te acabo odiando con mi desprecio e indiferencia. ¿Qué hago con el odio que llevo dentro, cómo lo manejo? Cuando alguien me confiesa el odio que tiene en su pecho, ¿qué le digo? No es tan sencillo acabar con el odio. Porque tiene su origen en heridas antiguas y se alimenta de pensamientos que se hacen fuertes en mi alma. Esos rencores guardados en lo más profundo de mi alma dan vida al odio. Esa memoria que me hace pensar que todos se han portado de forma injusta conmigo y me han hecho daño. Y reclamo atención, amor, paz. Se lo exijo a los demás mientras yo alimento el fuego. No apago las llamas, las hago crecer con más fuerza. Me gustaría tener un corazón capaz de adaptarse a las circunstancias que me toca vivir. Quisiera ser capaz de sonreír en medio de la derrota y estar alegre en la tribulación. Ser capaz de mantenerme firme en la tormenta y no huir de las adversidades dándoles la espalda. Quisiera tener un corazón puro, noble, justo, capaz de alegrarse por lo que vive todos los días. No importa lo que suceda a mi alrededor, no importa lo que pase, porque Dios tiene sus planes y me ayudará a salir adelante. ¿Qué hago con los problemas que me hacen sufrir? La tentación es esconder la cabeza bajo tierra, darle la espalda al conflicto y procrastinar mi acción para salir adelante. Dejo de actuar y la vida se me escapa. Dejo para mañana lo que puedo hacer hoy. Huyo de los problemas porque me incomodan y no quiero enfrentarme. Me porto como un cobarde y no miro a los ojos a la adversidad. ¿No soy capa de agarrar el toro por los cuernos? Siento que le busco la espalda, no digo lo que pienso o a todos les digo lo que quieren oír. Como si eso bastara para vivir en este mundo. Trato de conciliar posturas irreconciliables. Intento calmar los fuegos que brotan a mi alrededor a partir del odio. Pero no soy veraz siempre y oculto una carta en mi manga. Me guardo lo que realmente pienso por miedo al rechazo o a la crítica. ¿Me cuesta ser siempre asertivo? Me gustaría decir siempre lo que siento, lo que pienso, lo que creo, lo que necesito. No ocultar lo que soy de verdad. El miedo al rechazo o al juicio me hacen daño. El miedo al desprecio. Me importa demasiado lo que piensan de mí, lo que creen que soy. Me escondo detrás de las apariencias y pretendo que todos estén contentos conmigo. Pero sé en el fondo que eso es imposible. Nunca van a estar contentos. Siempre habrá motivos para condenarme. Siempre podrán decirme que no hago las cosas de forma correcta. ¿Por qué tendrían todos que aplaudirme y estar de acuerdo con mis formas? Es imposible. No puedo hacerlo todo buscando la aprobación de los demás. Cuando lo intento, fracaso y lo peor es que vivo en tensión tratando de agradar y caer simpático. Quisiera ser de una pieza, no tener doblez. Me gustan las personas que son nobles, que sólo tienen una respuesta, una cara y no se dejan comprar. Me gustan los que no dicen lo que los demás quieren que digan y expresan siempre su opinión verdadera. Dicen con fuerza lo que han pensado, lo que han decidido, lo que creen, lo que sienten. Me gustan las personas que van de frente, aunque luego sufran más en los choques. Los que no se esconden detrás de otros cuando quieren conseguir algo. Los que aceptan con una sonrisa las victorias y las derrotas. Los que reconocen sus errores con humildad y piden perdón. Los que están contentos con sus vidas porque sienten que lo han dado todo, aun cuando sienten que no han logrado lo que querían. Me gustan las personas auténticas, fieles, aquellos que son como una roca o como un roble con firmes raíces que se anclan profundamente en la tierra. Me gustaría ser capaz de sonreír siempre. Porque la sonrisa cambia mi entorno y hace que los demás se sientan en casa, cómodos y puedan también sonreír. Me gustaría ser positivo en todas las circunstancias de la vida, cuando hace frío o calor, cuando llueve o hay sequía, cuando venzo o cuando fracaso, cuando hay abundancia o escasez. Me gustaría tener un corazón capaz de adaptarse a la vida que le toca vivir. Sin miedo, sin buscar las apariencias, sin pretender que los demás sean los que se arriesguen y den la vida, los que digan lo que piensen y no yo. Quisiera tener un corazón grande capaz de acoger al que sufre, de sostener al que se cae y de ayudar a sanar con mi paciencia al que está herido. Me gustaría estar ahí siempre y no desaparecer cuando las circunstancias no sean las que yo hubiera elegido.
Hoy Jesús me habla de una boda. El reino de Dios es una boda a la que me invitan. No es obligatorio ir a una boda, en realidad nunca lo es. Es una posibilidad, es un regalo que me hacen. Una boda es una opción posible, no una necesidad en mi vida. Me parece una comparación bonita: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados». El reino es el lugar en el que seré feliz y se acabarán el dolor y las lágrimas: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo – lo ha dicho el Señor -. Aquel día se dirá: – Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor». El reino es una fiesta, un banquete, una alegría continua. Me gusta pensar que así será en el cielo y ya lo es ahora con la presencia de Dios en mi vida. Él hace todo diferente, puede cambiar mi tristeza y convertirla en una alegría firme y profunda. Puede quitarme las penas y convertirlas en risas, en sonrisas. ¿Es así realmente ese Dios en el que creo? ¿Es así el reino de Dios que persigo, el cielo que sueño, la Iglesia que habito? ¿Es esta mi relación con ese Jesús que me da la vida? ¿Somos los cristianos personas que alegramos la vida de aquellos con los que compartimos este camino? Siento que a veces me convierto en un sanedrín que juzga. En lugar de estar feliz donde estoy, con las creencias que me habitan. En lugar de estar en paz con mi vida como es, con las normas que trato de cumplir, con los sueños que quiero vivir. Me amargo, me frustro y me tenso. Y en ese estado de infelicidad juzgo a los que no cumplen, a los que no siguen las normas, a los que no luchan por estar de acuerdo con lo que Dios les pide. En lugar de sonreír mi rictus se vuelve amargo. Vivo en tensión tratando de cumplir y culpo a los que no cumplen por negligentes, por incapaces, por perezosos. El reino es una fiesta, un banquete, un don, nunca una obligación. Es una invitación que Dios me hace y yo puedo rechazar porque soy libre. No estoy obligado a estar con Dios, a ser feliz, a tener paz, a ir a su fiesta. Yo elijo cómo quiero vivir y cómo quiero hacer sentir a los que viven conmigo. El otro día escuchaba a Marián Rojas Estapé hablando de las personas que transmiten toxicidad y de las personas vitamina. Yo puedo ser una u otra. Puedo alegrar con mi presencia y hacerles sentir a todos invitados a una boda, a un banquete. O les puedo hacer sentir que no cumplen, que no están a la altura, que no son suficiente para Dios. Puedo llevar dentro un juez que condena al que no quiere estar con Jesús. Y es que a veces parece que Jesús, más que a una boda, me está invitando a una cárcel llena de austeridad y renuncias. Una cárcel en la que tengo que vivir angustiado y lleno de presiones para poder permanecer en ella. Una cárcel en la que no puedo ser yo mismo sino que tengo que imitar la forma cómo viven los demás. Pienso en un Dios juez más que un padre. Un juez exigente que no espera que permanezca a su lado por libre voluntad sino por obligación. La imagen de la fiesta me saca de mis creencias más hondas. ¿Realmente veo la Iglesia y el seguimiento a Jesús como una fiesta? ¿Realmente no me siento juzgado ni mirado con suspicacia cuando estoy en presencia de aquellos que sí pertenecen a la fiesta y están en la boda? Me gustaría ver la vida así. Las personas vitamina son las que transmiten alegría y son positivas. No condenan a los demás cuando no están a la altura. No se convierten ellos en la vara con la que medir a los demás. Saben que es una boda y permanecen en ella porque allí son felices y ya no hay lágrimas. El cielo y la tierra están más unidos de lo que me parece. Estoy llamado a vivir la fiesta en la tierra. Estoy llamado a repartir alegría a los demás y no continuas exigencias que encadenan. Estoy llamado a vivir alegrando el corazón de los que están a mi lado. Esta es la fiesta que quiero vivir, no cuando muera, sino desde ahora, en cada momento de mi vida. Dios me invita a estar a su lado porque sabe que en su presencia dejaré de vivir con miedo y angustia. Sabe que si acepto su invitación dejaré de vivir con angustia todo lo que me toca enfrentar. La vida es más sencilla a su lado y cuando realmente vivo con Él las cosas son más fáciles y yo soy más libre. No estoy con Él porque cumplo sino porque Él me ama con locura. Y cuando fallo y cometo errores, no me condena. Me dice al oído que sigue creyendo en mí. A veces me pasará como a aquel que no lleva el traje adecuado a la fiesta. Pero me perdonará, me cambiará mis ropas y me dará un vestido nuevo porque me ama con locura.
A veces las cosas no suceden como esperaba. Tenía sueños, expectativas, quería que las cosas fueran de una determinada manera, y no sucede así. Ante esa realidad puedo reaccionar de forma diferente. El rey tenía todo preparado para la fiesta, pero no suspende la fiesta cuando nadie quiere ir porque tienen excusas: «Pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: – Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad». El rey en ese momento pierde la paz y monta en cólera. ¿Cómo reacciono yo ante las adversidades? ¿Qué hago cuando no salen las cosas como esperaba? ¿Me enfado, grito, me vuelvo violento? El rey se enoja, pero luego recapacita: «Luego dijo a sus criados: – La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales». Todos son invitados al banquete. Los pobres, los que no tenían planes ni excusas, los que estaban ociosos. Dios tiene paciencia conmigo y me invita siempre a estar con Él. Tiene una fiesta preparada para mí. Dios no anula la fiesta, no suspende la boda, no deja sin invitados el banquete. Esa actitud me gusta. Amplía la mirada y busca a los que realmente quieren ir a la fiesta. A veces me obsesiono con un posible resultado que es el que yo quiero, y me cierro a otras posibles salidas. El rey busca salidas, sabe que es posible encontrar invitados y los busca. Va a los caminos y los encuentra. El reino de Dios es para todos. No hay unos mejores que otros, todos son invitados, todos tienen derecho a estar con Dios descansando para siempre. Esta forma de mirar la vida, con misericordia, me gusta. Y también, eso sí, me pide Dios que cambie mi actitud: «Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: – Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: – Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Se trata de llegar al banquete con una actitud positiva, dispuesto a cambiar, a hacer las cosas de forma diferente. Es lo que significa ese nuevo traje. Entrar al banquete sin el traje adecuado refleja una actitud de soberbia o indiferencia. Es como querer participar de las bendiciones divinas o de la comunidad sin haber transformado el corazón. Hace falta dejar que brillen en el alma virtudes como la humildad, la justicia y el amor. Ser llamado es recibir una invitación universal a una vida plena, con sentido y comunión espiritual. Ser elegido implica responder con alegría a esa llamada mediante obras coherentes y una transformación auténtica. No basta con estar presente en el lugar correcto, se trata más bien de vivir de acuerdo con lo que ese lugar exige. Hace falta un cambio en el alma cuando Dios me llama a estar en su presencia. Quisiera que Dios lo hiciera posible. Que me llamara y al mismo tiempo me eligiera. Porque no me siento tan capaz de cambiar. Me cuesta mucho llevar ese traje de la conversión. Jesús me invita a comenzar siempre de nuevo y no darme por vencido. Hoy quiero decirle que sí a Dios, seguir sus pasos, ir a esa fiesta donde quiere que viva y disfrute. Quiere que me alegre de ser un invitado más a un banquete. Pero quiero ir con la actitud de la humildad, de la sencillez, del abandono. Con la actitud de los niños que se alegran ante las sorpresas y viven todo con un corazón agradecido. Sólo así Jesús me mirará y me invitará a quedarme a su lado.