Isaías 42, 1-4. 6-7; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

«Apenas se bautizó Jesús, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»

11 Enero 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«¿Cómo lograr que pueda sentirme profundamente amado por lo que soy? Necesito un milagro. Para no olvidar que los éxitos y todo hago no me traen la paz definitiva. Sólo su amor lo hará»

Comienza un año nuevo y me pregunto si podré hacer todo lo que me propongo. Tantos propósitos se dibujan en mi alma. Tantos deseos de mejorar, de hacer las cosas bien. Me miro ante el espejo y sueño con el que podría ser si me dejara hacer por Dios. La vida corre, los años pasan con rapidez, los días se desvanecen entre mis dedos. Cuando me quiero dar cuenta ya es pasado el presente. Nadie me asegura una sola hora más de vida. En cualquier momento mi vida se escapa. Y ante esta realidad me pregunto: ¿Cuántas veces procrastino dejando para mañana lo que puedo hacer hoy? No estoy dispuesto a cambiar, elijo seguir siendo insuficiente, viviendo la carencia y la insatisfacción. No tengo fuerzas para luchar contra mí mismo, contra mis flaquezas de siempre, contra mis esclavitudes y adicciones. Los «y si…» me dominan, gobiernan mi alma, drenándome las fuerzas y no dejándome tomar el control de mi vida. No soy libre, no me siento libre y los «y si fuera capaz de hacerlo», «y si dejara este trabajo», «y si cambiara de camino», «y si dejara lo que me ata». No me siento capaz de enmendar la línea a seguir. No me quiero arrepentir de cambiar nada. A menudo, vivo atrapado en un horizonte de promesas. «Mañana empezaré», «la próxima semana lo haré», «este año que comienza va a ser diferente». Me convenzo de que el mañana es real mientras me atasco en el presente. Como si el futuro estuviera obligado a ser más generoso que el presente. Como si yo mismo fuera más fuerte mañana que hoy. Me aferro a esta creencia, me convierto en prisionero de un mañana incierto que nunca llega, abandono la posibilidad del ahora. El cambio no es un acontecimiento sino más bien una serie de decisiones que voy tomando. Con cada una de ellas voy construyendo el camino hacia quien deseo llegar a ser. Mientras postergo el cambio, el tiempo sigue su curso y se lleva consigo las oportunidades disfrazadas de momentos ordinarios. La procrastinación es, en esencia, la negación de mi capacidad de acción. Me engaño a mí mismo pensando que el tiempo es un recurso infinito, cuando en realidad es el más escaso de todos. Cada segundo que pasa es un ladrillo más en la pared que estoy construyendo entre mis deseos y la realidad. Hoy es la mejor oportunidad para actuar, para desafiar esa voz interna que me dice que mejor lo haga más tarde. Al tomar la decisión de ponerme en movimiento, comienzo a romper las cadenas de mis propias limitaciones. Cada pequeño paso cuenta. La transformación no se mide en grandes gestos, sino en la acumulación de esfuerzos que finalmente me llevan a la vida que anhelo tener. ¿Qué me detiene ahora mismo para buscar el cambio? ¿Por qué espero a mañana, al año que viene para cambiar cosas? La verdad es que el único momento que verdaderamente me pertenece y está en mis manos es el ahora. Por eso quiero despojarme de esas excusas que me detienen para abrazar con fuerza el presente. Quiero hacer de este instante el inicio del cambio que deseo ver en mi vida. Me quejo a menudo de los resultados que obtengo haciendo las mismas cosas. No hago ninguna innovación. No busco crecer y aprender nuevas cosas. No avanzo y no progreso porque me creo incapaz de cambiar nada en mis métodos, en mis formas. Me gustaría ser más decidido y valiente. Arriesgar más en lugar de pecar de conservador. Los cambios siempre ayudan a crecer. Es como la planta que necesita echar hondas raíces para crecer sana. Pero para echar raíces hay que hacer un gran esfuerzo, penetrar la tierra y estar expuesto a las inclemencias del tiempo. No importa el esfuerzo. Quiero cambiar. Me propongo metas altas, ideales que me lleven a soñar con las alturas. Un cambio que me dé alas para volar muy alto. Sin pensar que no puedo, que no soy capaz, que ya soy muy viejo o no me siento con la vitalidad de antaño. Siempre es una buena oportunidad para el cambio. Siempre puedo empezar a hacer cosas nuevas. ¿Qué cosas nuevas hice el año pasado? ¿Qué cambios he visto a lo largo de los meses pasados? ¿Por qué no me abro a dejar cosas y tomar cosas nuevas? La vida da muchas vueltas y siempre es posible volver a empezar. Le pido a Dios que me dé fuerzas para confiar. Para creer que puede ser posible lo que parece imposible en mi vida. Que mi rigidez puede tornarse flexibilidad si me dejo tocar por la fuerza del Espíritu Santo. Si dejo que el agua del amor de Dios lo cambie todo en mi corazón.

No se puede medir el dolor. Tampoco mi capacidad para soportarlo. No puedo juzgar si tu dolor es más grande que el mío, o tal vez más pequeño. No sé si es posible soportar dolores indescriptibles, dolores físicos, y sobre todo dolores del alma. Porque el dolor del alma es más difícil de sobrellevar. ¿Cómo se puede llevar con paz la partida súbita de un ser querido? ¿Y la pérdida de un padre, una madre, el cónyuge, un hijo, un hermano? ¿Cuál es el umbral de mi dolor? ¿Cuánto podré aguantar el sufrimiento? No hay recetas, el tiempo no basta. Días, meses, años. Nadie sabe hasta dónde llega el dolor en el alma. Me gustaría que dejaras de llorar, que rehicieras tu vida, que consideraras emprender nuevos proyectos, que soñaras con volver a empezar. Lo puedo esperar, pero no puedo exigírtelo. ¿Cuánto dura el duelo por la ausencia de un ser querido? No hay nada que esté dicho antes de que suceda. El duelo llega sin pedir permiso. No toca la puerta, sólo irrumpe. Se sienta en la casa, ocupa la silla vacía, se acuesta en la cama que ya no guarda el calor del otro. El dolor de la pérdida no siempre grita, a menudo calla, hace silencio, pesa. Es un silencio que pesa más que las palabras. Porque duele no solo quien se fue, sino todo lo que ya no será. Me duelen las conversaciones pendientes, las risas que no volvieron, los cambios que no sucedieron, los planes que se quedaron a medio camino, a medio hacer. Tantos planes inconclusos, sueños que no se han hecho realidad. Brota una angustia muy honda al sentir que ya no hay quien me ame como antes, quien pronuncie mi nombre con ternura, de una forma única, quien me mire sin tener que dar explicaciones. En el duelo descubro que el corazón no es fuerte, es frágil, y por eso ama tanto, y por eso duele tanto. Le grito a Dios para que me quite el dolor. Pero Dios no suele arrancarlo de golpe, como yo le pido, simplemente se queda escondido dentro de él, simplemente llora conmigo, me abraza en silencio, espera y calla. El duelo que se prolonga en el tiempo no es falta de fe, no es porque no crea en el cielo o esta esperanza no esté dentro de mí. No tiene que ver con el más Allá que me alegra sólo de pensarlo. Es más hondo, más oscuro. No estoy preparado para perder nada, para que me duela el alma. No estoy hecho para sufrir. Y es que sólo sufre quien ha amado de verdad. Cuando la soledad se vuelve espesa y la noche parece no acabar, Dios me susurra muy quedo al oído: «No estás solo. Yo habito tu herida, yo vivo en tu soledad, en lo más hondo de tus entrañas. No tengas miedo». Pero yo sí tengo miedo. Un miedo profundo al vacío, a no ser capaz de empezar de nuevo, de rehacer mi vida. Porque nadie me enseña cómo hacerlo. Porque cada uno tiene que vivir su propio duelo, su propia experiencia, su dolor más hondo. Al haber perdido, comprendo que el amor que se va, no desaparece, tan sólo se transforma. Se vuelve memoria, raíz, semilla. Y, con el tiempo, sin prisa, quizás pueda florecer en formas nuevas. Pero aún no lo entiendo. Y le pido al mundo que no me apure, que no me exija detener el llanto, que no invente frases que lo explican todo y pretenda que cambie mi mirada de honda tristeza y sonría como si nada hubiera pasado. ¿Cómo pueden los demás seguir riendo? ¿Cómo es posible que la vida siga, y el mundo no se detenga ante mi pérdida? ¿Cómo se permiten vivir la ilusión de un presente sin límites? Y tal vez le haga reproches a ese Dios que ha truncado mi vida, ha echado a perder mis sueño, ha aniquilado de un plumazo mi esperanza. ¿Cómo es posible que sólo a mí me haya sucedido? ¿Qué posibilidades había de que fuera yo el que recibiera tamaña desgracia en mi alma? Cuesta mucho vivir sin respuestas. Lanzar al cielo preguntas lógicas, para comprender, para calmar el alma, para que el corazón sufra menos. Pero no hay respuestas, hay sólo silencio, un hondo silencio que no tolero. Grito en medio de mi angustia. Sé que el duelo no se supera. Como quien se cambia de camisa porque está sucia y vieja y se pone una nueva. Como quien pasa página y olvida todo lo vivido. Como si pudiera borrar de mi vista esas fotos que me recuerdan lo que fue, lo que ya no es, lo que no será nunca en esta piel, en esta tierra. No se supera el duelo, simplemente uno aprende a caminar con él. Más despacio. Más humilde. Más humano. No tengo respuestas, no sé cuál es el mejor camino. Sé que cada uno sabe el alcance de su dolor. Y descubre la capacidad que tiene para poder llevarlo. Cada uno tiene que tocar ese infierno de la ausencia y del sinsentido para vivir en presente el dolor más grande que puede soportar un corazón humano. Nadie podrá consolarme con palabras vacías. Nadie podrá darle una explicación convincente a lo ocurrido. Nadie podrá arrancarme del pecho la angustia. Sólo podrán acompañarme con ternura, esperar pacientes, callar comprensivos. Nadie sabe mejor que yo el alcance de mi dolor o el tamaño de mis fuerzas. Nadie lo sabe, nadie tiene el control. Nadie puede exigirme que madure y cambie antes de tiempo. No pueden hacerlo, no deben. Porque si lo hacen me llenaré de ansiedad y le pediré al mundo que me dé la paz que no poseo. Tendré que esperar.  Y un día, puede que suceda, que descubra que el corazón roto no está vacío, sino ensanchado. No habrá desaparecido esa tristeza que ha dejado la pérdida. Pero veré que soy capaz de amar ahora de otro modo. Y tal vez pueda reconocer que incluso en la ausencia, Dios sigue amándome primero, buscándome siempre, y queriéndome tal y como estoy ahora. Sin exigirme cambios, sin pedirme que olvide, abriéndome nuevos caminos que me den esperanza.

Hay cosas en la vida que puedo dejar para mañana. Otras no, definitivamente. Me piden que lo haga hoy, ahora mismo. Me gusta la actitud de aquellos hombres que se enamoraron de Jesús a través del amor de Francisco de Asís: «La libertad de haber respondido al Señor preguntándole: – ¿Qué quieres, Señor, que hagamos ahora, ahora mismo, esta tarde?, porque quizá el Señor quería que esta tarde lo dejáramos todo, sin acabar de leer la página empezada, sin acabar de escribir el poema iniciado, sin acabar de disfrutar, de ultimar, de completar, el más puro amor de nuestra vida, que quizá esa misma tarde nos acompañaba, y nosotros oíamos la voz discontinua del Señor diciendo: – ¡Eso también!, ¡deja eso también!, ¡déjalo todo! Todo cuanto tienes. Eso era lo que el Señor quería que dejáramos, y al dejarlo y en el dejarlo, nuestra libertad y cada uno de vosotros se identificaban y eso éramos: un gran vacío proyectado al futuro»[1]. Me parece bonita esa actitud inocente y pura. ¿Es posible dejarlo todo, desprenderse de golpe de todo? ¿Es posible dejar de vivir lo que ahora vivo y renunciar de golpe a todo? Me parece imposible. Un sueño inalcanzable. ¿Es posible tener tanta libertad interior, tanto desprendimiento, tanto vacío muy dentro de mí? Me gustaría arrodillarme ante Jesús y decirle que sí, que se lo entrego todo, que me desprendo de todo lo que me ata, que no hay nada que posea sólo para mí. Que a Dios le basta con mi sí, con mi vida vacía. Me gustaría ser más libre para poder entregar todo lo que me pesa. Más libre para no depender del éxito ni de los halagos ni de los premios. Más libre para que me pesara menos el alma. Quisiera ser más libre, pero no de cosas externas, sino de esos lazos invisibles que me atan el corazón. Libre del aplauso que seduce, del éxito que promete plenitud y luego me deja vacío, de los premios que pesan más de lo que brillan. Libre de la mirada ajena cuando se vuelve juez, y también de la propia mirada cuando se vuelve dura y exigente conmigo mismo. Porque siempre podría dar mucho más, ser mucho mejor, llegar mucho más alto. Siempre podría ser perfecto. Si pudiera serlo, claro, lo que es imposible. A veces el alma pesa porque va cargada de expectativas. Esas expectativas que otros ponen en mí y las que yo mismo me impongo. Pesa cuando confundo mi valor con lo que logro, con lo que reconozco, con lo que se ve. Y entonces vivir se vuelve una carrera interminable, una búsqueda enfermiza de méritos que nunca terminan de saciarme. Me siento tan débil al querer llegar a las nubes y estar a la altura de lo que el mundo busca y desea. Sé que la verdadera libertad empieza cuando aprendo a soltar. Suelto la necesidad de demostrar. Suelto el miedo a no ser suficiente para los demás. Suelto la idea de que Valgo por lo que hago y no por lo que soy. Dios no me ama por ser exitoso, ni por ser aplaudido, ni por ser premiado. No me ama porque sea suyo, incluso cuando fallo, caigo y peco me quiere. Incluso cuando nadie me nombra Él está orgulloso de mí, me ama con locura, me llama. Cuando entrego lo que me pesa, el alma se aligera. No porque desaparezcan las responsabilidades, sino porque dejo de cargar lo que no me corresponde. Y entonces el corazón aprende a caminar más despacio, más confiado, más en verdad. Quizás ser más libre sea vivir desde dentro, con menos ruido y más verdad. Y descubrir que, cuando el alma pesa menos, también ama mejor. Cuando dejo mis cadenas y me abismo en el amor de Dios. Cuando me dejo caer en sus manos y sueño. Hoy quiero hacer mía la frase que Dios Padre le dice a su Hijo Jesús. Me la dice a mí también: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él». Jesús me mira con compasión y se alegra al verme. Me mira en mi pobreza y sonríe. Quiero ser libre de todo lo que me hace daño. Quiero llenarme de su luz, de su paz, de su alegría. Quiero que a cambio de todo lo que entrego y pierdo se llene mi alma de esperanza. Quiero que los sueños se hagan realidad en mi alma. Sueños de plenitud que nunca alcanzo. Como si mi felicidad dependiera de cosas tan pequeñas. Como si la vida se jugara en el ahora y nada pudiera llenarme de amor. No me basta lo que tengo, no es suficiente. Jesús me pide que deje y abandone todo para seguir sus pasos. Pero para que eso se dé tengo que sentirme amado. Y es tan subjetiva la percepción del amor. A veces no me siento amado por los que me aman. Y sufro esperando que el mundo me ame por mis méritos, por mis logros, por mis conquistas. ¡Cuánta vanidad hay en mis pasos! ¡Cuánta soledad al enfrentarme en la noche con mi dolor, con mis pérdidas, con mis ausencia! El dolor que hiere en lo más profundo. Puedo ser libre cuando me sé amado, elegido, preferido, buscado, deseado. Si Dios me lo mostrara de una forma más clara. Me cuesta verlo y me dice que las personas me van a ayudar a verlo. Pero el amor humano es frágil y está herido. Queriendo amarme me hieren, queriendo yo amar acabo haciendo daño. ¿Cómo lograr que pueda sentirme profundamente amado por lo que soy? Necesito un milagro. Para no olvidar que los éxitos y todo lo que tengo y hago no me traerán la paz definitiva. Sólo su amor lo hará.

Me adentro en la escena del Jordán. Ahí, junto a un río, junto a Juan Bautista, junto a Jesús. Y observo a ese Jesús humilde: «En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: – Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús se pone en la fila esperando a ser bautizado. Me impresiona. Porque a mí no me gustan las filas, ni tampoco esperar. Ni ser uno más, así, sin preferencias, sin ventajas. Me asusta ser uno más del grupo, uno más perdido en una masa que no se puede identificar. ¿No soy especial? ¿Acaso no tengo un nombre, una originalidad, un don que nadie más que yo posee? Mi amor propio grita en mi interior. Quisiera gritarle al mundo que me tengan respeto, que valgo mucho más de lo que piensan. Y por eso busco continuamente hacerles ver cuánto valgo, cuánto hago, lo importante que soy en este mundo vacío. ¿Qué van a recordar de mí cuando me haya ido? ¿Mi nombre se olvidará y no quedará ni la sombra de cuanto he sido, he hecho, he conseguido? Humildad, escucho, y el corazón se rebela. No quiero ser humilde, no quiero ser el último en una fila de personas que esperan pacientemente. Nadie me regaló paciencia cuando vine a este mundo. No quiero ser olvidado, menospreciado, infravalorado. Quiero que todos sepan que valgo, que es justo que exista, que mi vida es el más valioso don que nadie ha poseído. Jesús no parece ser como yo. Quiere ponerse en una fila para ser bautizado. Pero si Él no ha cometido pecado y no necesita la conversión. ¿Es todo una farsa, una obra de teatro, un gesto humilde puesto en escena? Es lo que parece cuando me siento a observar a Jesús moviéndose con lentitud entre los hombres. ¿Acaso nadie es capaz de reconocer su grandeza, su poder, su divinidad? A mí me pasa lo mismo, no ven cuánto valgo, o no me lo dicen. Me menosprecian con olvidos y ausencias. Y me dicen que no soy tan bueno como yo pienso que soy. No merezco los primeros lugares en los banquetes, ni los puestos de honor en las celebraciones, ni estar los primeros de una gran fila esperando a ser bautizado. Sé que la verdadera grandeza se encuentra en la humildad y en la capacidad de reconocer mi pobreza, mi necesidad, mi carencia. Los actos realmente importantes no suceden bajo aclamaciones, gritos y aplausos. Porque la verdadera conversión del corazón sucede en el silencio. Los cambios más importantes, los que cambian el mundo, tienen lugar en la noche, en lo secreto y escondido del corazón. Humildad, es el camino. Reconocer mi propia pequeñez. Como el mismo Juan que se siente más pequeño que ninguno y más pequeño que el mismo Jesús. Pero da igual, Jesús no se lo permite: «Jesús le contestó: – Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Conviene ese lugar en la fila, junto a muchos pecadores. Igual que morirá en la cruz más tarde al lado de dos malhechores. No le importa porque ha venido Jesús a amar a todos, a salvarnos a todos, a mí en primer lugar, que me creo tan especial, tan único. ¡Cuántas veces me presento contando mis títulos y logros! Les digo a los demás, sin decirlo abiertamente, miren lo bueno que soy, lo grande, lo valioso. Alábenme, se lo suplico, como si sus alabanzas fueran a salvarme de mi pobreza. Yo que me siento importante y al mismo tiempo me siento impotente. Yo que quiero destacar en todo lo que hago y a la vez me siento tan frágil. Me hace bien pensar en Jesús empujado por la gente. Me conmueve su paciencia, su tranquilidad en esa fila esperando un bautismo sin saber qué iba a pasar cuando llegara hasta Juan. Jesús era un buscador. Siendo el Hijo de Dios era un buscador de su camino. Quisiera yo ser tan humilde. Sentirme necesitado como se sintió necesitado Jesús ese día. No es un teatro, es una búsqueda humana de la verdad, del camino a seguir, de la misión que tenía que emprender. Jesús no lo sabía todo porque, como hombre que era, había renunciado a todo lo que le correspondía como Dios. No podía estar en todos los lugares al mismo tiempo, ni en todos los tiempos. Eligió un lugar, y un momento. Y no sabía el futuro. Iba descifrando las señales como hago yo mismo tantas veces. Trataba de descubrir su misión en medio de tantos hombres sedientos de paz y plenitud. Jesús no llega presumiendo de su poder. Jesús no busca que lo sigan por lo que posee. Nace en un hogar sencillo. Vive como un hombre humilde. Y me pide a mí que viva esa humildad. Ese querer pasar desapercibido. Los milagros suceden en lo secreto del corazón. Leía el otro día: «La Iglesia había insistido, con razón, en que la humildad es una fuente de mejora moral; por decirlo brevemente: el cristianismo había enseñado a los hombres a ser humildes para que repararan en lo malos que eran. Francisco fue el primero (después del propio Cristo) en enseñar a los hombres a ser humildes para que pudiesen darse cuenta de lo buenos que eran»[2]. Me gusta ese juego de palabras. En su humildad Dios se hace fuerte. Cuando me muestro pequeño ante los demás dejo a Dios actuar en mi corazón. Porque el orgullo y la vanidad me alejan de Dios. Es como si no lo necesitara en mi vida. El pecado me ayuda a comprobar cada día mi indigencia, mi pobreza, mi fragilidad.

La voz que me define es la de Dios en mi alma. A veces busco mi identidad en lo que hago, en el éxito o en la opinión de los demás. Pero en el Jordán es el Padre quien habla: «Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: – Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Esa es la clave de mi vida. Antes de que Jesús hiciera un solo milagro, antes de predicar el Sermón de la Montaña, ya era el amado. Me impresiona verle ahí, haciendo fila conmigo y postrándose ante Juan. Me estremece su silencio. Jesús no llega con respuestas hechas, sino con una presencia que lo abraza todo. Se mete en mi barro, en mi agua turbia, no para juzgar la suciedad, sino para recordarme que el agua, al tocar su cuerpo, se vuelve sagrada. Es tocado por el agua y una voz de lo más profundo de la tierra, de lo más alto de los vientos, desciende sobre Él para acogerlo, para tomarlo en brazos. Jesús es reconocido como hijo amado y se sabe profundamente querido. Yo a veces me paso la vida intentando ser impecable, tratando de ocultar mis grietas para que Dios me quiera. Quiero merecerme su amor. Hoy, en el Jordán, entiendo que es al revés. Jesús baja a lo más hondo de mi pequeñez para que yo no tenga que subir a ningún sitio. Mi santidad no es una meta que alcanzo, no es un montón de méritos y logros acumulados, no es un sinfín de aplausos recogidos. No es todo lo que lucho por conseguir. Es más bien un abrazo que recibo mientras me siento indigno en la fila de los pecadores. Escucho esa voz que rasga el cielo, pero hoy no la oigo como un trueno, sino como un susurro que me atraviesa el pecho: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto». Me doy cuenta de que paso demasiado tiempo buscando nombres que me den valor. Busco que muchos me digan que me aman por mis éxitos, por mis títulos. Quizás me importa demasiado lo que otros dicen de mí. Y eso no es realmente importante. Lo que cuenta es esa voz de Dios en mi alma cuando me reconoce como su hijo amado y me toma en brazos. Cuando pronuncia con pasión mi único nombre verdadero, el título de ser un hijo amado, preferido, nada más que eso y justamente todo eso. Porque lo que me salva en esta vida es la incondicionalidad del amor. Quisiera saberme siempre amado, reconocido, cuidado. Amado por lo que soy, por lo que he vivido. Sin importar mis crímenes y carencias, mis fracasos y mis derrotas. Sin importar si perdí la vida inútilmente, Dios me ama con pureza, Dios me mira como su hijo predilecto, preferido. Ese amor es el que yo mendigo por el mundo. Voy buscando que todos me amen, me quieran, me busquen. Deseo que me amen de verdad, sin importar nada más y pase lo que pase. Eso es lo que lo cambia todo, un amor incondicional que me da fuerzas para enfrentar la vida. Porque cuando me sé así amado por Dios, todo lo demás pasa a un segundo plano. Escucho la voz de Dios. Me quedo un rato más en el agua, sintiendo el frío y la corriente, pero con el corazón encendido. Sé que salir del río significa caminar hacia el desierto, hacia la entrega, hacia la cruz. Porque la vida siempre tiene pérdidas, fracasos, cruces, no lo dudo, no las esquivo. Ya no tengo miedo de mi debilidad, porque sé que en el fondo de cada una de mis caídas, Él ya estuvo allí primero, esperándome, para decirme que todo está bien, que soy suyo, que confíe. Quiero vivir así, con los pies mojados y el alma en paz, sabiendo que mi mayor victoria es, simplemente, déjame amar en mi orfandad. Sé con claridad que mi santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejarme amar por Dios en mi pequeñez. Esa voz de Dios en el Jordán me levanta, me sostiene, no tengo miedo, confío. Dicen que los santos comenzaron a serlo el día en el que se sintieron profundamente amados por Dios. Es lo que le pasó al mismo Jesús ese día en el Jordán. Comprendió que su misión consistía en llevar ese amor inmenso de Dios Padre al mundo. Quiso gritar ese mismo día ese misterio del amor infinito de Dios sobre mi carne frágil. El amor de Dios es tan grande que no cabe dentro de mi pecho. Me hace sentir especial, único. En medio de todas las críticas y condenas del mundo. En medio del rechazo de los que me juzgan y critican. En medio de esta vida tan frágil que se me escapa entre los dedos. Quisiera no olvidarme nunca de esta voz escondida, callada, que aguarda bajo miles de gritos y voces de rechazo a las que doy tanta importancia. Dios me ama con locura. Soy su hijo predilecto. El más amado, el más querido. Quiero aceptar que las cosas no serán siempre como yo he pensado. No todo me saldrá bien. Pero hay algo que no puedo olvidar nunca. El amor de Dios no se pasa, no cambia, no se muda. El amor de Dios es inmutable y eterno. El de los hombres puede morir, puede acabarse o languidecer. El amor de Dios por su parte es tan grande, tan puro, que nunca pasará. Esa certeza me dará esperanza cada mañana cuando tenga dudas.

Hoy Jesús se renueva en su misión en el agua del Jordán. Las palabras del profeta cobran sentido en su persona: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas». Esa misión me parece maravillosa, muy pesada, imposible. Como una caña que no se quiebra, no vacilará. Implantará la justicia, será luz de las naciones. Esperanza para los que viven desesperanzados. Dará la libertad a los cautivos, devolverá la vista a los ciegos. Es maravillosa la promesa del profeta. Así será el Mesías, el esperado, aquel que ha de venir a cambiar el mundo. En el momento del bautismo, se abre el cielo y una voz marca el principio de la misión pública de Jesús y también revela su identidad divina. Es hijo de Dios, ha sido formado por Dios. Así como Jesús recibió la confirmación de su misión divina ante los hombres y se reveló ante el pueblo judío que era el verdadero Mesías. Pero muchos no oyeron la voz, muchos no entendieron, no creyeron, desconfiaron. Tenían sus razones. No vieron a Dios bajo la piel humana de Jesús. No creyeron en su poder aunque vieran milagros. No se fiaron de sus palabras que parecían hacerse vida. Cuesta descubrir a Dios en medio de los hombres, en un río Jordán atestado de hombres y mujeres. Cuesta verlo allí donde muchos buscan la libertad, la verdad. Jesús se hizo pasar por uno de tantos. No quiso mostrar todo su poder para que el mundo creyera. Fue más sutil, más humilde, más sencillo. Hace falta estar muy atento para ver a Dios escondido. Hoy escucho: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Se llenó de la fuerza del Espíritu Santo, fue ungido por Dios. ¿Muchos lo vieron? Muy pocos. Sólo Andrés y Juan lo seguirán ese día y verán dónde vive, cómo vive. Luego verán que hacía el bien, y curaba a los enfermos. Creyeron en Él, pero muchos no lo hicieron. No fue suficiente el bien que hizo, no bastaron esos milagros. Se sintieron defraudados por un Dios impotente que no fue capaz de traer la verdad y la justicia a un mundo frágil y roto. Hace falta una fe de niño para creer en lo imposible. Para adorar a un niño en Belén, para seguir a un hombre como muchos hombres junto al Jordán. ¿Estoy atentos a la voz de Dios en mi camino? ¿Sé descubrir la voz de Dios en todo lo que me pasa? ¿Cómo interpreto su voz, cómo analizo sus señales? No es tan fácil saber si siempre estoy haciendo lo que Él quiere. Hoy miro a Jesús en el Jordán y quiero que me bendiga con esa agua que ha quedado santificada con su presencia: «El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado. La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: – ¡Gloria! El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio, el Señor se sienta como rey eterno». El bautismo de Jesús representa un momento de renovación. En este acto, Jesús une el agua del Jordán con el agua de la vida que Él va a dar. Al ser bautizado, yo también soy llamado a ser nueva criatura, a renacer y a dejar atrás lo viejo. Jesús no se queda en las aguas de ese río bautizando. Su misión no será ser sólo un discípulo más de Juan Bautista. Sale del agua para ir al desierto y, después de orar en silencio, comenzar su misión salvadora. El Jordán es el impulso. Una vez que se sabe amado, ya no tiene que seguir buscando. Jesús es libre para entregarse plenamente. Y así me pide a mí lo mismo. Que el agua que hoy reciba me dé fuerzas para llevar la esperanza a mi mundo, la luz a mi oscuridad, la alegría a mi tristeza. Su agua limpia mi alma. ¿Cómo puedo ser fuente de renovación para los que me rodean?

[1] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo

[2] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas