Sabiduría 6, 12-16; 1 Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes»
8 noviembre 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Me da miedo que deje pasar las horas sin hacer nada. Que no tenga la conversación que creo que es importante tener. Que no llame a esa persona que necesita hablar conmigo»
Hay árboles con profundas raíces. Árboles que han esforzado por llegar más hondo, más profundo, porque estaban anclados en terrenos secos, con poca lluvia, con mucha escasez. Y en esos lugares la única forma de sobrevivir era excavar, ir a lo más profundo de la tierra para encontrar agua y poder crecer. Penetrar la tierra, romper rocas, hundir el alma hacia los más hondo. Así crecieron esos árboles fuertes, firmes, valientes, alzándose sobre el mundo, perdurando en el tiempo, años, incluso siglos. Sobrevivieron deslaves, sortearon también la lava de los volcanes. Esos árboles se yerguen sobre el mundo alcanzando las nubes, dando sombra, cobijando a tantos pájaros en sus ramas. Hay al mismo tiempo otros árboles que crecieron en terrenos muy húmedos, con mucha agua, y no se esforzaron. Tenían al agua a su alcance, no había que hundir las raíces en lo profundo. En seguida encontraban el agua y podían crecer. Rápidamente se irguieron sobre los demás árboles, más rápido, sin luchas. Parecían firmes, en apariencia indestructibles. Pero luego vinieron los vientos y los golpearon. Llegó la lluvia e hizo que la tierra se reblandeciera. Afectó por igual a los unos y a los otros. El mismo viento, la misma lluvia. Parecía que no hubiera lugar donde resguardarse y entonces los árboles quedaron expuestos a las dificultades del clima. No podían resistirlo y se movían mecidos por el viento. Unos, los que tenían raíces profundas, se mantuvieron firmes y no cayeron. Otros, los de raíces más superficiales, no lograron resistir la fuerza del viento y cayeron. Se desplomaron sobre la tierra, permanecieron muertos, inertes. En la vida suele suceder algo parecido. Algunas personas tienen hondas raíces. Tal vez han sufrido más, se han visto más exigidos desde niños y han tenido que cavar hondo, buscar el agua en lo profundo de la tierra, porque todo estaba seco a su alrededor. Estos árboles puede que no estén tan frondosos y su apariencia no sea tan bella. Puede que no sean tan admirados por su belleza exterior, pero nadie sabe cómo son las raíces que los sostienen. Nadie conoce la fortaleza de esas raíces que han ido excavando y horadando la tierra, haciéndose fuertes en la dificultad. Son resistentes a las inclemencias del tiempo. A los rechazos y a los insultos. A las guerras y a las traiciones. Se levantan firmes después de la batalla, permanecen erguidos cuando otros sucumben. La vida los ha tratado con dureza y ellos se han convertido en hombres fuertes, seguros. Otros en cambio lo han tenido más fácil. No han sufrido en exceso, los han amado, los han cuidado, los han protegido para que no sufrieran adversidades, han construido un paraguas sobre sus cabezas. Son débiles en su fuerza de voluntad, en su resiliencia. Son frágiles y no logran mantenerse firmes cuando los vientos son contrarios. Ante las más pequeñas adversidades se derrumban, porque nunca antes se han visto forzados a sobrevivir y son intolerantes a la frustración. Sus raíces se han quedado bebiendo el agua de la superficie y no han tenido que excavar en terrenos pedregosos. Pocas veces se han enfrentado a dificultades. Estos segundos árboles, estas personas beneficiadas por la vida, son más bellas en apariencia. No tienen la piel gastada, no tienen arrugas, ni tampoco se les ve agotados por el esfuerzo. Lo han tenido todo más fácil y por eso parecen más felices, pero luego, cuando llega el momento de la verdad, cuando se confrontan con la vida como es, en sus dificultades y problemas, ceden, caen, se dejan llevar por la corriente y renuncian a todos esos principios que antes parecían defender con tanta pasión. Hay personas diferentes en este mundo. Algunos tienen hondas raíces. Otros las tienen en la superficie de sus vidas. Me gustaría saber cómo son mis raíces. Entender si han crecido hacia lo hondo de la tierra, si han alcanzado las profundidades y los abismos, si han vencido la dureza de las rocas. Quisiera saber si mis raíces vencerán en las adversidades y se mantendrán firmes cuando el viento no me empuje por la espalda y el sol no acaricie mi presente. Quisiera excavar más, buscar en lo hondo de mi alma, echar raíces que me mantengan firme cuando las vida no me sonría como antes. Hoy me pregunto cómo reacciono ante las adversidades. Cómo enfrento la vida cuando no me sonríe y no es tan buena conmigo. Cuando todos me alaban y me buscan y me necesitan todo parece fácil. No necesito esforzarme para conservar la sonrisa en el alma. Pero luego, cuando no sea así, ¿estaré preparado para enfrentar el fracaso? ¿Tendré raíces profundas cuando llegue la soledad, el abandono y el rechazo? ¿Sabré permanecer firme y alegre cuando nadie me necesite y requiera y nadie me agradezca por la vida entregada? A veces se sostiene mi paz y mi felicidad gracias a los éxitos, a los logros, a las metas alcanzadas. ¿Qué pasará cuando no haya éxitos, ni logros, ni metas conquistadas? En esos momentos sentiré la soledad y el abandono. ¿Me mantendrán firmes mis raíces? ¿Dónde encontraré el agua que calme mi sed en lo más hondo y para siempre? Quisiera tener un amor profundo y cálido por María, por el Dios de mi vida. Entender que ese amor es el que me sostendrá especialmente en los momentos más difíciles. Porque entonces sólo me quedará Él. Permanecerá fiel atado a mis entrañas. No me olvidará y seguirá llamándome por mi nombre, para que no me olvide que le pertenezco para siempre.
No hay palabras de consuelo ante el dolor por la pérdida de aquello que amo, por la muerte de un ser querido, por el abandono sufrido. Nada que consuele en el sufrimiento y lo haga más llevadero, más fácil, menos pesado. Las palabras no bastan para consolar, a menudo sobran. No calman el dolor ante lo inexplicable, ante el sinsentido. A veces la vida no da una segunda oportunidad, no hay un nuevo camino que recorrer. Me la arrebatan lo más amado cuando menos lo espero, de forma sorpresiva, y no hay consuelo. ¿Qué puedo hacer ante tanto dolor que veo a mi alrededor, en mi alma? Temo perder la esperanza en medio de la oscuridad. Como si no hubiera luz después de la noche. Como si no fuera posible reconstruir lo que ha sido destruido. ¿Cómo se comienza de nuevo después de haberlo perdido todo de golpe, arrebatado de forma tan injusta? Una vida cercenada, una familia rota, una historia inconclusa, un final abrupto. Palabras que no se dijeron, sueños que no llegaron a realizarse. ¿Cómo se puede encontrar el sentido en el sinsentido? Nunca lo espero. Sé que hay demasiadas cosas que escapan a mi capacidad para comprender, aun cuando intente racionalizar las tragedias, las pérdidas, los vacíos. En ese intento mío por quererle poner nombre a las desgracias e intentar que todo tenga un sentido. ¿En qué lugar se recupera la paz cuando la he perdido? De nada sirven las palabras de consuelo. Sólo sirven los abrazos ante el dolor del que sufre. La compañía silenciosa que no pretende explicar nada, tan solo cuidar la vida que sufre. ¿Qué hay más allá de la muerte? La luz, la esperanza, el cielo, la eternidad. ¿Qué queda para los que han perdido a sus seres queridos? Sólo el silencio. Y ese Dios que sostuvo a su hijo muerto en la cruz y le devolvió la vida. Esa Madre que sujetó su cuerpo muerto en sus brazos y miró siempre más allá de la oscuridad de la muerte. ¿Cómo puedo calmar el ansia y encender una luz en medio de las tinieblas? Confiando, volviendo a confiar, comenzando de nuevo de cero, desde los cimientos destruidos, desde la soledad del abandono y la pérdida. Un nuevo comienzo en la fuerza de ese Espíritu que viene de lo alto para hacerlo todo nuevo. Ante la desesperanza, brota la esperanza. Ante la desilusión, nace una nueva ilusión. Ante la pérdida de sentido, intento encontrar un nuevo sentido. En medio de la oscuridad que me rodea, busco una luz que ilumine mis pasos. ¿Cómo puedo consolar al que sufre? Como María, lloro ante la cruz del que sufre, del que muere, del que está solo. Como esa Madre dolorosa que sólo sabe callar y en su silencio, el camino se llena de sentido. Quisiera perdonar a los que me han hecho daño, a los que han causado el mal que sufro. Decido incluso perdonar a ese Dios que ha permitido el mal en mi vida, la catástrofe, el accidente, la muerte como respuesta a un viaje cotidiano. Siempre, después de una desgracia, Dios parece ser el culpable más común, el que siempre responde como último responsable. Le miro a Él cara a cara para exigirle que cambie el pasado. O que al menos pida perdón por no haberlo hecho. Si las cosas hubieran sucedido de forma diferente. Si ese día hubiera sido un día normal, no el día de un accidente, de una desgracia, de una catástrofe. Quiero perdonar a Dios en primer lugar del mal recibido, causado. Porque pudo, en su omnipotencia, haber intervenido en el devenir de los sucesos. Y no lo hizo. Quiero perdonarlo porque el perdón libera, sana por dentro. Perdono a los negligentes, a los que no hicieron nada. A los que no salvaron mi vida, la de mis seres queridos. A los que me perjudicaron, cuando podían no haberlo hecho. Me gustaría perdonar porque el perdón quita la losa que cubre mi sepulcro, mi alma muerta, mi ansiedad y mi angustia. Y deja entrar la luz de la esperanza. Para decirme que sigue habiendo más bien que mal en este mundo que habito. Como la naturaleza que se eleva sobre esa lava endurecida que lo mató todo con su paso hace tantos años en forma de lengua de lava de volcán, de fuego ardiente. Y vuelve a surgir vegetación sobre la muerte. Para recordarme que Dios tiene sus tiempos y no son los míos. Que después de toda muerte surge nueva vida. Que las mayores desgracias encuentran una luz al final del camino. Quiero aprender a confiar, a esperar, porque sé que Dios puede hacerlo todo nuevo. No quiero que las circunstancias determinen todas mis emociones. Y a menudo me veo reaccionando ante los sucesos, con alegría o tristeza, con emoción o con angustia. Soy un ser que reacciona. Y se me olvida que hay un espacio entre el suceso y mi forma de interpretarlo en el que yo elijo. Yo decido vestirme de sombras o de luz, de noche o de amanecer. Yo decido dar un paso al frente confiado o dejar que la noche me llene de una pesada angustia. Yo decido cómo vivir las cosas que me suceden. Después de lo inevitable yo decido cómo vivir el resto de mis días. Después de la noche decido cómo amanecer al día siguiente. Puedo ser reactivo o decidir cómo actuar ante cada cosa que me sucede. Elijo la esperanza antes que el desaliento. El nuevo comienzo antes que un final abrupto que me llene de oscuridad. Elijo el amanecer antes que la noche. Elijo la realidad tal y como es, y no como me gustaría que hubiera sido. No puedo volver el tiempo atrás, ni evitar ningún accidente, ninguna desgracia. Pero puedo llenar de luz mi alma y la de los que me rodean. Puedo llenarlos de esperanza.
¿Por qué me da tanto miedo cometer un error? ¿Por qué me pesa tanto la culpa en el alma? Es como si todo tuviera que ser perfecto, sin fallos, sin errores, sin arrugas, sin defectos, sin pecado. ¿Por qué a veces no me atrevo a hacer ciertas cosas en mi camino? Para no equivocarme y luego no sentirme culpable. Y es que la culpa es muy pesada, dura de llevar y trae consigo el arrepentimiento y la tristeza. Si vivo el error en clave de culpa significa que no he entendido nada. No tengo que castigarme por lo que he hecho mal. Sólo se equivoca el que actúa, el que comienza algo nuevo, el que asume responsabilidades y lo hace con audacia. Por lo tanto, el que hace todo lo posible por llevar adelante un proyecto, siempre puede equivocarse. ¿Qué hago cuando cometo un error? Muchas veces intento ocultarlo. Intento que nadie lo vea, que no sepan cuál es mi punto vulnerable, dónde está mi herida, mi fallo, mi incapacidad, mi oscuridad. Me cuesta un mundo reconocer que he hecho algo mal y por eso lo escondo, como hago con el polvo al barrerlo debajo de la alfombra. Si no lo veo es como si no hubiera ocurrido, casi que lo olvido. Cuando me descubren y ven mi error, mi fallo y me lo hacen ver. ¿Cómo reacciono? ¿Me lleno de rabia o lo acepto con humildad? Una forma de reaccionar es echándoles la culpa a los demás o a las circunstancias. Son las otras personas mucho más responsables que yo. Ya no puedo esconder el error, el fallo, el defecto, porque es demasiado evidente. Y entonces trato de minimizarlo. La única forma que tengo de hacer desaparecer el error es hacer que todos miren en otra dirección y culpen a otro. Ya no soy yo tan culpable, otro aparece como más culpable ante mis ojos y ante los ojos del mundo. Desvío la mirada de los demás. Que se fijen en lo que otros hacen mal. Si alguien ha caído más bajo que yo, mi error será casi insignificante, será olvidado. Hoy veo tanta incapacidad para asumir las responsabilidades por las cosas que suceden. Como si yo no fuera responsable de nada de lo que está bajo mi acción. Tengo miedo de sentirme culpable y por lo tanto no asumo la responsabilidad, o la oculto, o la minimizo. Esa actitud me duele en lo más profundo. Porque me habla de una gran inmadurez para enfrentar la vida con sus problemas. Asumir los errores es un signo de madurez emocional. Me muestra mi capacidad para hacerme cargo de mis actos y de mis omisiones. Me dieron un encargo que yo asumí libremente y luego, al no hacerlo bien, esquivo la responsabilidad, escondo mis errores. Otros serán los culpables, no yo. Otros serán los que tienen que pagar por el daño causado, no yo. Aceptar mi debilidad es un signo de grandeza, de valentía. No lo hago todo bien, no soy perfecto, cometo errores. Tal vez esa es una razón más por lo que la confesión me hace tanto bien. Porque me obliga a responsabilizarme de mis acciones y omisiones, de mis palabras y de mis silencios. Acepto la imperfección y también la dependencia. Cuando lo hago con alegría, esa es la clave. Asumo que cometo errores sin minimizarlos, sin taparlos, sin negarlos y sin cargar una culpa excesiva. Ante mi error me duele el orgullo. No soy perfecto, no soy dios y por lo tanto hago cosas mal, cometo errores y no estoy a la altura de lo que esperaban de mí. Esa mirada es un signo claro de madurez. La culpa no me puede hundir. No me puede desalentar, no puede evitar que vuelva a comprometerme e intentar llegar a la meta que me había propuesto. La vida está llena de fallos y errores. Algunos serán más difíciles de perdonar por sus consecuencias. Pero siempre estoy llamado a aceptarlos y a asumir mi parte de culpa. No puede ser que siempre los demás sean los culpables cuando algo no me sale bien. No puede ser que si mis relaciones no funcionan, la culpa sea de los otros siempre. Algo de responsabilidad debo tener yo. Taparlo no hace que desaparezca. Siempre puedo hacer las cosas mejor. Siempre podría haber evitado el daño que causé. Podría haber hecho las cosas de otra manera. Podría haber sido más listo, más eficaz, más trabajador, más responsable, más honesto, más generoso. Hay una lista interminable de posibles mejoras en mi vida. Asumir que soy débil y culpable es sano. La culpa enfermiza, por su parte, tampoco me hace bien. Esa tristeza que se me pega al alma y no me deja avanzar. Ese peso de la culpa que no me permite crecer y evita que vuelva a intentarlo. Quiero hacer las cosas sabiendo que voy a cometer errores. En ese caso, asumiré mi responsabilidad y daré un paso más, pediré perdón. Es sanador pedir perdón, cuando siento que por mi negligencia, por mi descuido, por mi desatino, o por mi falta de cuidado y responsabilidad, he causado a otros algún daño irreparable. No puedo echarle la culpa a nadie más porque yo soy el responsable. Por eso, lo que tengo que hacer es pedir perdón, abrazar al herido, sostener al que se ha sentido dolido por mis acciones u omisiones. Siento que ese es el camino y también sé que es muy difícil aceptarlo a veces. Porque mi orgullo es muy grande y no me deja aceptar que no soy perfecto.
Me gusta la reflexión que hoy escucho sobre la verdadera sabiduría. Esa que viene del cielo y me enseña a vivir: «Radiante e inmarcesible es la sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones. Pues ella misma va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella; los aborda benigna por los caminos y les sale al encuentro en cada pensamiento». La sabiduría procede de Dios, de lo alto y se hace presente en lo más íntimo de mi corazón. Quiero aprender a vivir, para poder contemplar la belleza y no dejar nunca de asombrarme. Porque sabio es el que no piensa que tiene todas las respuestas. Más bien vive en el claroscuro de la vida. Tropieza y se levanta y vuelve a empezar. Es herido y necesita sanar, para poder seguir caminando. Hiere, queriendo o sin intención, y necesita ser perdonado. Huye mientras se pierde por los bosques, porque no sabe la dirección correcta. Encuentra lo que necesita cuando no lo busca. El sabio tiene que aprender a mirar más a lo alto, alzar la mirada, contemplar las estrellas. Hacer silencio, callar en lo más hondo y escuchar la voz de Dios, que es como un viento entre las ruinas. Pero a veces me empeño en imitar a los sabios del mundo, o a aquellos que pretenden saberlo todo. Son más cultos que yo, han leído mucho y encuentran siempre la respuesta correcta. Los admiro, me afano por poseer esa sabiduría de los hombres, olvidándome de la de Dios. Porque vivo tan obsesionado con hacerlo todo bien que se me escapan los días y sus noches sin llegar a lo que deseo. Pierdo el sentido de mi camino y me escondo creyendo que así voy a encontrar respuestas a todas mis preguntas, en el margen de los caminos, en las salidas y entradas de los bosques. Y me parece que seré más feliz cuando posea todo lo que deseo, lo que anhelo, lo que puedo tocar con mis manos frágiles. Descubro de nuevo que el sabio es el que sabe amar sin retener, abrazar sin esclavizar a nadie ni crear dependencias enfermizas. Sabio es el que no tiene muchas respuestas y sí demasiadas preguntas. Camina sin pensar tanto en el cansancio que siente, no se obsesiona por su estado de ánimo y busca siempre esos corazones perdidos a los que poder consolar, porque están tristes y apagados. El hombre sabio recibe de Dios la sabiduría, y comprende que, cuando menos la busca, es precisamente cuando la encuentra. Y justo cuando la posee, sabe que puede perderla de nuevo en cualquier momento. Ha aprendido a vivir sin retener nada ni a nadie, a dar sin reservarse nada para él, a confiar sin querer controlarlo todo. El hombre sabio camina por los caminos sin compararse con nadie, sin importarle demasiado cuántos kilómetros le faltan para llegar a la meta, al siguiente pueblo, a su destino final. Sabiendo que es pobre y necesita caminar ligero de equipaje, sin resentimientos, sin cargas innecesarias, sin apegos que retienen el corazón. Sólo con muchos amores guardados en el alma, porque el amor nunca pesa tanto. Sabe que el duelo corresponde vivirlo bien y con paciencia cuando pierda algo que amaba. Y sabe sufrir porque el amor siempre trae sufrimiento, el que ama no puede dejar de sufrir, porque es parte del camino. El sabio comprende al que le comparte sus necesidades y sus miedos, pero no sólo lo acoge, también sabe darle algunas respuestas, cuando se las pide, cuando las necesita. Porque la mayoría de las veces sólo necesita el corazón decirle al otro lo que le pasa, no busca respuestas ya hechas, ni recetas, ni soluciones que nunca convencen. El sabio sabe amar a cada uno como es, en su belleza, respetando su originalidad y su pureza. Porque sabe contemplar la belleza en el corazón humano, en un paisaje abierto bajo el sol, en una melodía llena de esperanza, en una montaña que se eleva firme sobre la llanura. Sabe amar sin querer cambiar a la persona amada, la quiere como es, y la respeta. Sabe esperar y no tiene prisa, es paciente cuando las cosas no resultan como esperaba, como soñaba. Es también prudente el hombre sabio y no toma decisiones apresuradas, imprudentes, propias de los necios y no se precipita en los pasos que da por el camino. El hombre sabio ama en Dios y desde Dios a todos los hombres. Los ama y los necesita, porque el corazón necesita amar y ser amado, pertenecer a alguien, a un lugar. El hombre sabio necesita una comunidad que lo ame incondicionalmente, corazones que lo acepten como es sin exigirle nada más que la fidelidad al amor entregado. Vive el sabio desde esa verdad que le da sentido a toda su vida, recordando ese nombre y ese canto que forman parte de su esencia. El hombre sabio sabe calmar los miedos cuando mira a Dios cara a cara, y confía en Él, en cada paso del camino. Lo abraza con esperanza y siente que su amor lo sostiene todos los días, también cuando él mismo se olvida de ese Dios que es su Padre. El hombre sabio sabe reconocer los errores, los asume, no se sorprende y tampoco se enerva con las críticas, no juzga a quien lo juzga, porque no pretende ser perfecto. El hombre sabio ha domado la ira de sus entrañas, cuando las cosas no salen como esperaba. Siempre tiene gran tolerancia ante la frustración y se ríe de sus propias incoherencias y debilidades. El hombre sabio ha sentido la impotencia y se ha rebelado, pero ha sabido respirar y empezar siempre de nuevo, cada vez que ha caído. Asume sus debilidades y sabe que lleva siempre a Cristo, su tesoro, en una vasija de barro.
Hoy Jesús me dice que hay dos actitudes posibles en la vida. Me habla de las vírgenes necias y de las prudentes: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: – Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: – ¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro! Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: – Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas. Pero las prudentes contestaron: – Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: – Señor, señor, ábrenos. Pero él respondió: – En verdad os digo que no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora». Son dos actitudes diferentes ante el reino, ante el cielo, ante la vida. Dos formas de vivir, de estar, de amar. Puedo vivir sin tener en cuenta cuándo será el momento, el día y la hora en la que venga Jesús a buscarme o puedo actuar pensando en cuando llegue ese momento. Me detengo a pensar en la actitud de las vírgenes necias. Representan la superficialidad y el descuido. Viven al día, confiando en que todo saldrá bien pero sin tener un sustento real. No saben realmente si todo va a salir bien al final, pero no hacen nada, no son previsoras, son necias. Cuando el esposo tarda y las lámparas empiezan a apagarse, se dan cuenta de que su preparación era puramente externa y momentánea. A veces me da miedo que me pase lo mismo. Que cuando lleguen momentos difíciles sienta que no tengo energía, o fuerza interior, o confianza. Sentiré que me falta la fuerza del espíritu para luchar contra la tentación, contra el desánimo. Las vírgenes necias no pensaron en los posibles imprevistos que podrían sobrevenir. No contaron con los tiempos de Dios que no son los nuestros. Esas vírgenes dejaron escapar la vida sin hacer nada, sin hacerse responsables de sus decisiones, sin tomarse en cuenta el presente que era lo único que tenían en sus manos. Me da miedo que deje pasar las horas sin hacer nada. Que no tenga la conversación que creo que es importante tener. Que no llame a esa persona que necesita hablar conmigo. Que no visite a ese enfermo que me espera, sin esperarme realmente, en el hospital. Me da miedo que un día me arrepienta por no haber sido capaz de hacer lo que realmente pensaba que era bueno hacer. La diferencia radica en lo que cada grupo de vírgenes tenía guardado en su interior antes de quedarse dormidas. La actitud correcta no es estar en un estado de tensión ansiosa constante, sino tener los cimientos bien firmes para cuando llegue el momento decisivo. Se trata de cuidar mi vida para que sea sólida. Se trata de madurar para que luego sepa enfrentar la frustración sin hundirme. El tema central aquí es que la relación con Dios es personal e intransferible. Por eso las vírgenes prudentes no pueden dar el aceite. No porque sean egoístas, sino porque nadie puede vivir la fe, ni orar, ni hacer el bien por otra persona. La madurez espiritual exige asumir la propia responsabilidad ante Dios sin depender de la espiritualidad ajena. Estoy llamado a cuidar mi mundo interior, mi alma, mi hondura. Soy responsable de ese depósito espiritual que tengo en mi interior y que me permite enfrentar las situaciones difíciles que vengan. Son necias las vírgenes porque se olvidaron de lo importante, no tomaron en cuenta lo que tenían que hacer. Se relajaron, se despistaron, vivieron perdiendo el tiempo en las redes sociales, en la superficialidad de un mundo que no invita a hacer silencio, a acallar el corazón, a calmar el alma. Y esa negligencia, ese despiste, las hizo vivir fuera de la realidad. Postergaron las decisiones importantes de su vida y corrieron el riesgo de vaciar de sentido toda su entrega, hasta que ya fue demasiado tarde. No hicieron daño a nadie, pero no cuidaron lo importante. No se dejaron tiempo para estar con Dios. No profundizaron en su vida de oración. No callaron, no rezaron, no pensaron, no fueron previsoras. No tomaron decisiones importantes para su futuro. Fueron necias porque pensaron que luego alguien iba a solucionar su falta de previsión. La necedad viene cuando no pienso en el presente, no lo vivo con intensidad, no cuido la vida que Dios pone entre mis manos y dejo que se muera.
Las vírgenes prudentes son las que previeron lo que podía pasar. Ellas tenían sed de Dios como hoy escucho: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. ¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo». Estaban ansiosas, y querían ser saciadas por el amor de Dios. Por eso esperan pacientemente. Viven vigilantes, con las lámparas encendidas y llenas de aceite. Están soñando con ese encuentro, pero no saben cuándo será el momento. No saber el futuro es una ganancia en mi vida. No saber lo que puede pasar mañana me ayuda a vivir en tensión, dispuesto a actuar en cualquier momento. Las prudentes simbolizan la previsión, la responsabilidad y la profundidad. No solo llevan sus lámparas, sino que se aseguran de llevar vasijas adicionales con aceite. En la tradición espiritual representa la gracia, el Espíritu Santo y las obras de una fe que está viva. Saben que el camino puede alargarse y que hay cosas esenciales que no se pueden improvisar a última hora. Saben que, si no se preparan, puede que llegue la oscuridad y no sepan esperar más la venida de Dios a sus vidas. Así quiere Jesús decirme que debo actuar. Me invita a guardar aceite, que es el amor de Dios, su presencia en mi vida. A guardar las cosas importantes, las que se quedan en el corazón para siempre y lo llenan de esperanza. Lo cierto es que Jesús tarda y ellas esperan. Y mientras tanto, todas las vírgenes duermen. Tanto las prudentes como las necias se durmieron mientras el esposo tardaba. El sueño en la parábola no representa necesariamente un pecado, sino el paso del tiempo y la prueba de la paciencia en la vida cotidiana. La paciencia es muy importante en la espera. Porque lo normal es caer en la impaciencia. Querer que suceda ya, que llegue ya el esposo y se acabe esa espera inquietante. Me gustaría tener esa paciencia y ser capaz de esperar sin alterarme, sin angustiarme, sin caer en la ansiedad. A veces quiero que las cosas sucedan cuando yo lo deseo. Que llegue el fruto que espero. Que logre lo que más sueño. Que la vida me sonría. Pero no pasa nada de eso y me inquieto, pierdo la paz, llega la ira y la angustia. La alegría desaparece del corazón que no sabe esperar con paciencia. Me gustaría ser paciente y prudente. Invertir mi vida, mi tiempo en lo que necesito porque es importante para vivir. ¿Qué es lo que realmente me hace falta en la espera? Vivir el hoy y el ahora, como un regalo. Disfrutar la realidad como es y sonreír, siempre sonreír sin miedo. Las prudentes saben lo que necesitan, lo que les da alegría. Y conocen también que la impaciencia y la falta de paz acaba llenándolas de tristeza. El corazón necio se vacía. El corazón prudente se llena de paz. Por eso las prudentes son las que se encuentran con Jesús, porque están listas, porque no se han ido a otra parte cuando Él llega, porque están presentes en el aquí y en el ahora. La actitud con la que se vive el presente determina el desenlace final. Las vírgenes prudentes, por haber estado preparadas, entran al banquete de bodas y la puerta se cierra. Las necias, al llegar tarde por intentar solucionar su descuido, encuentran la puerta cerrada y reciben una respuesta tajante: «En verdad os digo que no os conozco». Jesús me conoce cuando yo lo conozco a Él, cuando soy su amigo, cuando he recorrido el camino a su lado compartiendo mi vida, mis preocupaciones y mis alegrías. Cuando he sabido disfrutar el presente y anhelar el futuro sin miedo, con mucha paz. Ser prudente es el camino para vivir en presencia de Dios. Cuidar las cosas importantes. Dejar a un lado todo lo que me hace daño. Vivir en el ahora saboreando todo lo que la vida me regala. Sin pensar en lo que no tengo, sin amargarme por lo que no he conseguido conquistar.