Éxodo 17, 3-7; 3, 1-7; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42
«Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»
8 Marzo 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero creer en el poder del amor de Dios. Él hace todas las cosas nuevas. Siembra paz en mi alma en guerra y trae luz a mi oscuridad. Me da el agua que calma la sed que me quema dentro»
Un pilar importante en la cuaresma es el ayuno, la abstinencia y la renuncia. Quiere Jesús que me libere, que camine más ligero de equipaje, con el corazón más abierto. Quiere que ayune, que renuncie por amor. Pero que nadie sepa de mi esfuerzo y mi entrega: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará». El ayuno es difícil. Porque el hambre arrecia y la carne es débil. Me dejo llevar por lo que me gusta, por lo que satisface mis ansias. Dicen que es sano no comer hasta quedarme saciado, sino dejar siempre un espacio vacío en el estómago. Como si quisiera seguir comiendo y renuncio. Eso aumenta la calidad de vida. Pero hoy Jesús me pide que ayune no por salud, sino por amor. Que deje de comer todo lo que me gusta y me aguante. Que no me deje llevar por la gula. Que sepa renunciar. Y que lo haga por amor a Él. Decía S. Agustín en un comentario del Papa León: «Es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien». Cuando noto el vacío y me duele el hambre, se ensancha el alma. Es bonita la renuncia, siempre que tenga un sentido. La ofrezco para que mi capital de gracias, todo mi esfuerzo, redunde en gracias para otros. Que haya personas que se beneficien de mi renuncia sin saberlo ellos, sin saber yo quiénes. Es la ley de los vasos comunicantes. Que hace que si yo hago el bien, ese bien difusivo traerá vida a otros. Mi oración y mi sacrificio son importante. En el amor siempre habrá renuncias y me cuesta valorarlas. Es como si me costara tener que ser siempre yo el que renuncia, el que se sacrifica, el que deja espacio al otro. Hay personas que tienen más tendencia a la renuncia. Dicen que no para que otros tengan más vida, más alegría. Renuncio para que otros estén en el primer plano y yo me quede detrás, escondido, sin figurar. Me gusta esa forma de ver la vida, me cuesta. Ojalá aprendiera a ver la renuncia como un bien maravilloso y no como un sacrificio injustificado. Hay muchas cosas a las que puedo renunciar por amor a quienes amor. Renuncio para que ellos crezcan, tengan un mejor lugar, más halagos y más reconocimiento. Y yo me escondo, me humillo, desaparezco. Esa renuncia es algo valioso que hoy no se valora tanto. Todos quieren ser los primeros, los que ocupen los mejores lugares. El ayuno tiene que ver con una forma distinta de renunciar incluso a aquello que por derecho me corresponde. Les dejo a otros, suelto lo que ha sido mío para que otros lo tengan y lo disfruten. El. Ayuno tiene que ver también con ayunar de aquellas cosas que hacen mal a las personas. Así lo comentaba el Papa León: «Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad». Esa renuncia es muy importante. Quiero abstenerme esta cuaresma de todo lo que hace daño a mi hermano, de lo que hiere y ofende. Abstenerme de palabras ofensivas, de gritos, para no herir. Abstenerme de juicios que dañan injustamente a quien tengo ante mis ojos. Me gustaría callar más cuando las palabras sobran. Callar cuando no tenga nada que decir. Callar para no herir y ser más amable con los que me rodean. Abstenerme de herir, de condenar, de maldecir. Callar esas palabras que brotan de mis entrañas y dejan heridas de difícil sanación. No tengo que hablar de todo, no tengo que opinar sobre todo. Quiero tener un corazón grande, un corazón dócil. Que el ayuno y la abstinencia ensanchen mi alma y me hagan mejor persona. Que no vea la renuncia como algo triste sino como la oportunidad que se me regala de hacerme más libre y ensanchar mi alma.
No sé cómo se calma la violencia. No sé cómo se perdonan los errores de mi hermano. No sé cómo me libero del rencor y del resentimiento. No sé cómo se perdona al que me ha ofendido, al que me ha herido con su rabia. No sé cómo se pacifica al que vive en guerra esperando el momento de su venganza. No sé por qué han de sufrir los inocentes por culpa de los culpables. No sé quién encendió la llama que provocó el incendio. Quién despertó el dragón dormido que amenaza con destruirlo todo. No sé cómo se puede vivir en paz dentro de un mundo en guerra. Y cómo puedo ser justo cuando todos junto a mí son injusto. Cómo decir la verdad entre mentirosos. Y calmar los gritos de los que amenazan mi vida. No sé cómo echar las raíces hondas para que no caiga el árbol que me habita. Cómo regar con agua caída del cielo en medio de la sequía. No sé cómo convertir en un vergel el desierto de mi vida. No me basta con saber el alcance de mis días. Si supiera la hora de mi muerte, no tendría paz, viviría angustiado. Desearía olvidar esa fecha para vivir más tranquilo. Y luego veo que es la incertidumbre lo que me inquieta, el miedo a no tener el control sobre los días que han de venir. Yo no puedo controlar la ira de mi hermano, ni detener la bomba incendiara que lanza sobre inocentes, no puedo acabar con sus armamentos, ni pactar una tregua que no promete la paz que deseo. Porque la paz es un don que viene del cielo. Que se hace posible desde el perdón. Y crece sólo cuando la riego. Comenta el Papa León XIV: «Así como existe el dolor personal, también en nuestros días existe el dolor colectivo de pueblos enteros que, aplastados por el peso de la violencia, del hambre y de la guerra, imploran paz. Es un grito inmenso, que nos compromete a rezar y actuar para que cese toda violencia y para que quienes sufren puedan recuperar serenidad; y compromete ante todo a Dios, cuyo corazón palpita de compasión, para que venga su Reino. Que los responsables de las naciones escuchen particularmente el grito de tantos niños inocentes, para garantizarles un futuro que los proteja y los consuele». Una paz en un mundo en guerra. La paz que los hombres construyen desde el corazón. La paz que levantan como un muro los pacificadores, y destruyen los ambiciosos, los envidiosos, los egoístas, los violentos, los que siembran el mal con sus vidas. Es tan fácil destruir, matar, quitar la vida. Tan sencillo acabar con la esperanza. Me gustaría pacificar y no incendiar ni con mis palabras ni con mis actos. Que mi alma sea un jardín en el que cualquiera pueda calmar su vida y descansar. Me da miedo ser yo violento. Me da miedo vivir tan inquieto que no logre calmar a los que están conmigo. Tienden una red a mis pasos para que caiga en ella. Como si quisieran mi mal y yo no tuviera fuerzas para defenderme. Hay tanta vida detrás de tantas muertes. ¿Cuánto vale de verdad la vida de una persona? Vale mucho, demasiado, es un don de Dios. Él puede hacerlo posible. Puede detener esa espiral de violencia que amenaza con matarme. Esa violencia que me quita la alegría. Ese odio que me grita mirándome a los ojos. Si pudiera hacerlo todo de nuevo. Si lograra inventarme una vida mejor de la que tengo. Si mis palabras sembraran vida y dieran luz a los que viven en tinieblas. «Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros». Jesús ha muerto por mis pecados para traer la paz al mundo. En su vida yo tengo vida. Creo en la gracia, en el poder transformador de la presencia de Jesús en mi vida. Él puede calmarme, puede darme luz, alegría y esperanza. Puede llenarme de confianza. Siento que tengo el corazón demasiado herido y roto. Quiero creer en el poder del amor de Dios en mi corazón. Él hace todas las cosas nuevas. Siembra paz en mi alma en guerra y trae luz a mi oscuridad. Me da el agua que calma la sed que me incendia por dentro. Y hace que tenga esperanza aun habiéndolo perdido todo. Murió por mí para que yo aprenda a morir por mis hermanos. Perdonó a todos los hombres para que puedan encontrar el perdón en mi propio perdón. Si yo lograra ser misericordioso y perdonar a los que me hacen daño, a los que me han ofendido. Me da miedo la violencia, me asustan las guerras, odio la impunidad y la injusticia, detesto a los que odian y siembran el mal. ¿Qué puedo hacer cuando me siento desbordado por el mal del mundo? ¿Y si yo contribuyo a que aumente ese mal con mis actitudes, con mi orgullo, con mi rencor y mi resentimiento? Hay tanta guerra a mi alrededor y tanto odio. Hay tanta soledad y tanto olvido. Vivo en paz con los hombres y conmigo mismo. Vivo en paz con Dios a quien amo con todas mis fuerzas.
Lo tercero que me invita a hacer la cuaresma es dar limosna, ser generoso, dar lo que tengo dentro, no lo que me sobra, sí lo que necesito. Supone abrir el corazón y mirar al hermano a los ojos. Jesús me lo recuerda: «Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará». La limosna es lo que doy movido por la compasión. A menudo vivo pensando en lo que yo necesito, en lo que me hace falta a mí, en lo que me mueve, me motiva o alegra. No miro a los demás, me miro a mí mismo y me abruma mi insatisfacción. Me miro las manos. Veo que están tan apretadas, tan llenas de mis propios proyectos y seguridades, que no dejan espacio para nada más. Tengo todo entre mis manos bien apretado, bien seguro. No suelto lo que es mío porque no quiero perderlo. Y de pronto, me cruzo con alguien que me pide. En ese momento, mi primer impulso es el juicio o la prisa: ¿Qué hará con el dinero? ¿Por qué no busca trabajo? ¿Por qué está aquí pidiendo en lugar de trabajar? El juicio, la condena, la liberación de mi culpa. No voy a darle porque no sé lo que hará con ese dinero. ¿Por qué juzgo tanto? No doy porque no me fío, no creo que esté tan necesitado. En realidad no me abro a su carencia. No pienso en su necesidad, ni en su angustia y ansiedad. Además, pienso en mi interior: No tengo tiempo ahora. Nunca tengo tiempo para los demás. No puedo cuidarlos, no puedo estar con ellos cuando me necesitan, no puedo amarlos porque me estoy amando a mí mismo de forma enfermiza. Pero luego recuerdo que el amor de Dios es siempre poético, no pragmático, y no entiende de cálculos. La limosna no es darle al otro lo que me sobra, es darme cuenta de que lo que tengo no es mío, sino un don que se me ha dado para compartir. Yo tengo mis manos llenas porque me las han llenado. Yo no he hecho nada para tener lo que hoy me alegra la vida. Dar limosna significa ponerme en camino hacia mi hermano. Antes que nada dejo mis manos vacías. Al fin y al cabo lo que me piden va más allá del dinero. Tiene que ver con mi tiempo, con mi amor, con mi vida. Yo puedo dar mucho más de lo que tengo. Puedo dar mis panes y mis peces y Dios se encargará de multiplicarlo, de hacerlo fecundo. Será Él con su poder, no yo. Será Él con mi pobreza y yo sólo podre darle lo que he logrado reunir. Cuando cambio la mirada y dejo de mirar mis problemas, mis miedos, mis preocupaciones, mis angustias. Cuando me vuelvo y me detengo al borde del camino donde está aquel que me necesita. Me viene a la cabeza ese Jesús que sanaba a todos, que tenía tiempo para cualquiera que necesitara su presencia, que no se cuidaba tanto, que se abría al necesitado porque era un indigente, un mendigo que requería sobre todo su amor, su cercanía, su abrazo. Para poder amar de verdad a cualquiera necesito tener un corazón libre y ser capaz de soltar. A menudo estoy tan agobiado por mi futuro que no pienso en nadie más. No miro las necesidades de ninguno. Quiero confiar en Dios, en su amor, en su misericordia. Suelto mis miedos, mis cadenas, todo lo que me impide confiar. Y me acerco al que no tiene, al que está solo. Comenta el Papa León en esta cuaresma: «Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor». Quiero estar atento al que me requiere y busca. Quiero tomar la iniciativa para acercarme al que está solo y abandonado. Al enfermo que necesita mi compañía. Al desesperado que necesita algo de esperanza. Al pobre que necesita mi ayuda y compañía. Hoy Jesús me pide que tenga mis manos libres para abrazar. Que me libere de tantos bienes que me aturden y angustian. Porque quiero conservarlo todo, porque me da miedo tener un futuro incierto, porque no confío del todo en esa misericordia infinita que Dios me ha prometido. No soy libre para dar porque estoy pensando en recibir. Cuando cambio la mirada todo cambia. Cuando pienso más en dar que en recibir. Cuando busco al que necesita y grita a mi lado. Hay tantos cerca de mí que necesitan algo en su vida, algo que no tienen. La Iglesia no es la Iglesia de Jesucristo si no sale al encuentro del necesitado y abre las puertas para él. Quisiera ser más generoso y no vivir guardando, conservando, escondiendo, protegiendo, especulando. Cuidando mi tiempo, mis planes, mi vida, mis proyectos, mis bienes. Vivo centrado en lo mío sin pensar en lo que otros necesitan. Hoy Jesús, en esta cuaresma, me pide un cambio. Que nadie sepa el bien que hago, salvo aquel que lo recibe. Que no me sienta orgulloso de mi generosidad, que lo haga en lo escondido, sólo por ayudar, por amar, por entregar la vida. En eso consiste la limosna, en amar hasta que duela.
La sed duele. Se seca el alma y necesito beber. Me duele el corazón. El pueblo está en el desierto y tiene sed: «En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: – ¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean». Antes, en Egipto, eran felices. Tenían todo lo que necesitaban. Comían y bebían sin límites, aunque eran esclavos. Pero si estoy satisfecho puede que no me importe ser esclavo. Me acostumbro y pienso que basta con eso. Con tener para comer y beber. Pienso que la sed del mundo embota mis sentidos. Quiero satisfacer mis necesidades, sueño con todo lo que creo que me falta para ser feliz. Hago la lista de mis sueños, de mis deseos, de mis anhelos. Busco dentro del alma esa sed innombrable. Esa sed que me hace buscar fuera de mí lo que no tengo dentro. Jesús tiene sed de almas, de corazones entregados. Y también una sed muy humana: «En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: – Dame de beber». En el desierto Jesús tuvo hambre de pan. En Siquem tuvo sed y necesitaba el agua del pozo. En ese pozo se detuvo y pidió que le dieran de beber, porque Él no tenía un cubo. Dame de beber, le dice a esa mujer. Hoy hay muchas personas que viven con sed y piden de beber, me lo piden a mí porque me necesitan, quieren mi humanidad, necesitan a Dios en mi carne, siendo yo tan frágil. Pero mi agua es como la de la samaritana, la bebes y al poco rato sigues con sed: «Jesús le contestó: – Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva. El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». El agua del pozo y la sed de Jesús, o de esa mujer que había tenido muchos maridos y seguía con sed: «La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: – Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». Ha tenido sed de amor, de fidelidad, de plenitud. Y su amor ha quedado incompleto, vacío. Me conmueve la sed de esta mujer. ¿Cómo es mi sed, cuál es su nombre? Me duele el alma y pienso que no estoy completo, estoy vacío. Algo me falta por dentro y lo busco en los charcos, en los pozos, en las aguas saladas del mar. Quiero más de lo que me da el mundo. Sacio la sed, trato de volver continuamente a esos lugares en los que se calma mi ansia por un rato, unas horas, unos días. Todo incompleto e imperfecto. Una sed honda que no logro calmar. Como si el pozo de mi alma no tuviera límite. Cabe todo dentro de mí, todo el agua del mundo. Y yo busco fuera lo que tengo dentro. ¿Cómo se consigue hacer silencio interior? ¿Habrá que volver a nacer? No lo sé, duele todo por dentro, como si estuviera roto ese recipiente que me contiene, que me colma, que me sacia. Como si todo pudiera arreglarse de pronto, sin problema. No lo sé, no logro componer esas piezas del puzle de mi corazón. Como si alguien lo hubiera desordenado todo tirando las fichas del juego por la mesa. Se me ha roto algo y no sé bien el qué, algo que hay en mi interior que debe tener un nombre desconocido, al menos para mí, porque no sé nombrarlo. Es como tocar el vacío y no saber cómo se llena. ¿Cómo se puede saciar la sed de amor? Preguntas sin respuesta en medio de este mundo tan confuso, tan inconexo. Conectar todas las piezas del alma, todos los canales que me hacen sentir en paz, saciado, pleno. Hay demasiadas preguntas sin respuestas, como las que tenía esa mujer junto al pozo: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Ella quería que Jesús calmara todos sus miedos, respondiera a todas sus preguntas: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Es lo mismo que yo deseo en esta vida, que se calme todo, que se arregle lo descompuesto, que se eliminen los problemas que confunden mi alma hasta hastiarme. Tengo ansias de un mundo más feliz, más pleno. Quiero que nunca al levantarme sienta un vacío arraigado en las raíces de mi ser. Calmar la sed, el agua que brota desde lo más hondo de mi pozo para saciar la sed del mundo. ¿Qué nombre tiene la sed que me habita? Una sed de amor, de paz, de libertad, de encuentro. Un sed de misericordia que no logra calmar la falta de perdón que siento en los que no me perdonan. Una sed de recuerdo, de ser recordado, querido anhelado, deseado, buscado. Una sed que sólo puede calmar Jesús aunque yo busque en muchos pozos desesperado. Les exijo a los demás que me compongan, que me arreglen, que me llenen. Quiero que me necesiten para sentirme necesitado. Estoy a veces tan lleno de mí mismo. Me habitan tantos ruidos y tantas cosas. Como si el cielo se hubiera olvidado de mí y yo sintiera una soledad infinita en el alma. Siento que puedo ser mucho mejor, más sabio, más alegre, más lleno de paz. ¿Cómo se compra esa paz que me falta? ¿Dónde venden los días pausados, las vidas llenas de calma? ¿Quién puede enseñarme a caminar despacio, a vivir a otro ritmo, a dejar de estar acelerado? ¿A quién tengo que arrimarme para saciar la sed insaciable que padezco? Como si los hombres pudieran hacerlo. Es tan sencillo, pero parece imposible.
Me gusta la imagen del pozo, pero más aún la de la fuente. Es como si el pozo sólo retuviera el agua. Mientras que la fuente la entrega: «Respondió el Señor a Moisés: – Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros o no?». Brota en el desierto una fuente. ¿Cómo es posible calmar la sed de todo un pueblo? «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». Ya estoy en esos días en los que se sacia la sed del mundo, porque Jesús está en medio de los hombres. Porque viene a salvarme, a sujetarme, a responder a todas las preguntas que llevo prendidas en el pecho. Una fuente que calme la sed del mundo. Tengo que golpear la roca para que salga la fuente: «Ojalá escuchéis hoy su voz: – No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». El pueblo de Dios dudó, tuvo miedo, tenía sed. Y Jesús hizo que de la roca manara agua para todos, para saciar la sed del mundo. Del costado abierto de Jesús brota una fuente que calma la sed de los hombres, de todos. Una fuente que no se vacía, que no cesa. Un agua que calma la sed más profunda. ¿Cómo es el agua de mi fuente? Me gustaría que siempre estuviera abierta la fuente. Que no cesara de correr agua por mi alma. Agua para los hombres, para todos. Un agua pura y limpia. Y es que la sed se disfraza de muchas maneras. Cuando niego mi dolor, cuando tapo mi verdad, surge la sed con fuerza: «Siempre hay dos mundos. El que elijo y el que niego, que entra siempre sin mi permiso»[1]. Hay dolores que escondo, como si no estuvieran, o nunca hubieran herido la piel del alma. No elegir la verdad, mi historia, mi mundo, me hace daño. «¿Y si escribir mi historia me liberara en lugar de atraparme más? ¿Y si hablar del pasado pudiera curarlo en lugar de calcificarlo? ¿Y si el silencio y la negación no son las únicas opciones tras una pérdida catastrófica?»[2]. Tal vez la sed se hace más acuciante cuando callo mis dolores, niego mis sufrimientos y vivo una vida falsa escondiendo lo que hay dentro de mí, negando una sed que vuelve a irrumpir cuando menos permiso le doy para que exista. Brota de nuevo de mi subconsciente con una fuerza arrolladora. Como si no pudiera ser capaz de soportarlo todo. No quiero volverme roca que esconde lo que no me gusta. No quiero tapar lo que me hace daño. Reconocer la sed es el primer paso para encontrar al Dios que sacia mis ansias, que calma mis miedos, que levanta mi corazón para que toque el cielo. No quiero vivir endurecido. Y es precisamente lo que sucede cuando me dejo llevar por la vida y no miro dentro de mí, no me guardo, no me escondo en Dios, no habito dentro de Él. Sólo su amor puede colmar todo lo que no entiendo, todo lo que me duele y se escapa a mi control. Elijo la vida que quiero vivir y los sueños que me hacen volar por encima de mis límites. Quiero dar esperanza porque el cáncer del alma es justamente la desesperanza. No sé cómo responder a tantas preguntas que habitan el corazón de los hombres. No sé cómo contrarrestar la inquietud que habita este mundo en guerra. No sé cómo dar aliento al que lo ha perdido todo. Y alegría al que no encuentra motivos para ser feliz. Quiero que todo a mi alrededor se vista de verde, de luz, de verdad. Quiero que el agua no deje de brotar de esa fuente que nace del costado de Cristo, como aquella otra fuente que se rompió en el muro donde María en Lourdes vino a traer agua al mundo para saciar la sed. Quizás no tenga todas las respuestas pero no puedo dejar de caminar con preguntas abiertas, con dolores sin respuesta, con miradas confusas de los hombres que pretenden calmarme. No sé cómo hacer para que la luz bille en medio de las tinieblas. Yo como la samaritana quiero beber de la fuente que calma mi sed para siempre. Sólo Dios puede hacer todas las cosas nuevas en mi corazón. Sólo Él consigue que sea un pacificador de tantas guerras en las que yo mismo me siento parte activa, porque puedo llegar a ser violento, porque puedo dividir. Quiero saber cómo abrazar siempre, también al que me ha hecho daño.
Jesús es el Mesías esperado que por fin se manifiesta entre los hombres: «La mujer le dice: – Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». La mujer cree por lo que le ha dicho de su vida. Y los del lugar por todo lo que les ha enseñado: «En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: – Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: – Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo». La fe es un don sagrado que se me regala. Un don que me permite caminar por esta vida confiado, alegre, lleno de esperanza. Hay cosas que aumentan mi fe. Ejercicios que fortalecen mi confianza. Cuando camino por la vida buscando señales que me muestren lo que Dios quiere para mí. A veces espero que otros desvelen mis misterios. Me digan lo que tengo que hacer. Deseo que tengan la fe que a mí me falta para caminar. A veces me siento tan pequeño que quisiera que los demás tomaran por mí las decisiones importantes. Pero no es posible. Soy yo el que decide, el que actúa, el que se pone en camino. Yo ante Dios el que elijo. Como esos hombres que ahora creen porque lo han visto con sus propios ojos, ya no les hace falta la fe de esa mujer junto al pozo. Ellos mismos creen, confían, porque han visto, han oído. Yo mismo creo porque he visto a Dios en mi vida. Me ha hablado, me ha insinuado sus deseos, me ha llevado donde en principio no creía que necesitara ir. Me ha ayudado a abrir puertas cerradas. Me ha conducido por ascensos imposibles buscando cumbres que desconocía. Donde pude sentir la misericordia y experimentar el consuelo. Porque la fe es un bálsamos sobre la herida de abandono que el alma tiene. Esa herida del que se ha sentido abandonado en este mundo, en medio de la vorágine de esta vida. ¿Cómo puedo creer en lo imposible si nadie me dice que puede ser posible? La puerta cerrada permanece cerrada hasta que alguien la abre, o yo mismo, tomando decisiones que parecían demasiado complicadas e imposibles. Me pesa la vida en tantas ocasiones. Y busco cosas extraordinarias que aumenten mi fe. Un sol que dé vueltas, una curación asombrosa. La fe en lo extraordinario es siempre milagrosa. ¿Cómo cuido esa fe en lo cotidiano, cuando nada especial sucede y la vida son días que transcurren uno tras otro sin llevarme a ningún lugar sagrado? Soy testigo de milagros invisibles. De cómo el fuego de la fe brota del hielo frío de un amor dormido. Soy testigo de la fe de otras personas y creo porque ellos también han creído. Porque no voy solo y esa mujer samaritana ese día se sintió acompañada por todos sus vecinos que creyeron con ella. La fe en lo que todavía no ha ocurrido con la esperanza cierta de que pronto suceda y cambien las cosas frente a mí. Una vida que brota de un lugar sagrado. El milagro de lo cotidiano. Cuando no tengo que hacer nada especial, sólo observar, mirar, escuchar. Detenerme y sonreír. Esperar a que se calmen los vientos contrarios. Abrazar la esperanza que se dibuja ante mis ojos. Creer que de un desierto pueda brotar un vergel. De una aridez plomiza pueda surgir una vida fecunda. Me gusta esa fe que no pide signos claros para seguir caminando. La fe del peregrino que ha recorrido muchas etapas y sabe que los frutos no llegan de repente. Se toma su tiempo la semilla para morir y dar fruto. Crece desde lo hondo la vida para alimentar a todos los que aman. Me gusta pensar en todo lo que puedo hacer con la vida que Dios me regala. No entiendo pero sigo creyendo. No tengo todas las respuestas y continúo esperando. No sé si todo es absolutamente cierto y sigo avanzando. El pozo permanece ante mí, como un signo de la presencia de Dios que no me suelta, no se va, continúa a mi lado cuidando mi vida. Y creo en el Mesías que sabe todo de mí, me ha visto como a Bartolomé debajo de la higuera, o sabe mi pasado, amores y desamores, como conocía los de esa mujer sedienta. «La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: – Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Quiero la fe de esa mujer, su fuego, su confianza. Porque soy un sediento de esperanza, de vida, de alegría. Soy un pobre confiado en ese amor que viene del cielo, que salva, que sostiene. Miro a Dios que se presenta ante mis ojos y me pide que no me aleje del agua, que busque siempre, que espere cada día. Hay pozos en mi camino que me dan vida. Para cada día basta la fe de ese día. La fe que me levanta y me da fuerzas para caminar. ¡Cómo no voy a estar alegre por todo lo que Dios hace en mí cada día! Me sostiene, me alegra, me consuela. Me conduce por caminos nuevos y me hace confiar en medio del desierto. Me lleva a lo alto de un monte para que vea los cielos abiertos y se renueve mi esperanza. Me conduce a ese pozo que da agua a los sedientos, un poco de agua para cada día, un viático para poder caminar una jornada más, con eso basta.
[1] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido
[2] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido