Ezequiel 33, 7-9; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20
«Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
6 septiembre 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Dios me pide que confíe en el futuro, no porque vaya a lograr todo lo que me proponga. Pero me dice y me promete que va a estar siempre a mi lado, en las buenas y en las malas»
La felicidad es algo que el hombre busca de forma desesperada. Como queriendo llenar esa vasija rota y vacía de su existencia. Como si en medio del dolor fuera posible encontrar algo de luz. Leía el otro día: «Entendí que el ser humano puede tener ráfagas de felicidad en medio de la desolación total si dedica sus escasas energías a sobrellevar con dignidad el martirio»[1]. Ráfagas de felicidad. Momentos de luz en medio de la noche. Risas entre lágrimas. ¿Será posible reír en medio de una desgracia? El corazón sueña con el cielo y se encuentra muy a menudo en el infierno en la tierra. Porque las relaciones humanas pueden fracasar, y la vida puede ser una tragedia. Y en medio de los dolores del camino tengo que seguir luchando. Decía el siquiatra Enrique Rojas: «La felicidad es la ley natural del ser humano, es la réplica de la ley de la gravedad. Y trabajar nuestra personalidad con artesanía, puliendo y limando las aristas de ella. Aprender a perder es una salida de emergencia». Aprender a perder, saber que no voy a poder retener todo lo que deseo, todo lo que creo que me hará feliz. Y es que la felicidad que ansío es infinita. Y las alegrías que obtengo están contadas. En medio de la vida que tengo no renuncio a la luz, ni a la esperanza. No dejo que se cierre la puerta que me lleva al cielo. La oscuridad no puede ser más fuerte que la luz del alma. La noche no puede opacar la luz del día. Tengo claro que la vida es mucho más grande de lo que a veces me parece. Y mi vida es algo minúsculo en medio de la inmensidad de este mundo. Soy sólo una gota en el océano. Cuando ya no esté aquí puede que mi recuerdo se olvide, porque no quede nadie para recordar lo que me hacía reír, lo que me motivaba a luchar, lo que me entristecía, lo que le daba sentido a mi vida. Nadie que sepa cómo era mi forma de vivir, y de amar, y de sonreír cada mañana. Pueden que queden palabras escritas, o grabadas. Fotos que nadie guarde, historias que ya no serán contadas. Para Dios yo seguiré siendo importante, seré parte de Él, porque en Él vivo y muero, en Él tiene todo sentido y fuera de Él no lo tiene. ¿Cómo puedo dejar de creer en ese Dios que le da luz a mi existencia? Él es la felicidad, la luz plena, la esperanza que no se marchita. Entre creer y no creer, elijo siempre creer, esa fe que me sostiene en las batallas y hace que mi vida sea feliz y plena. Mientras tanto sigo soñando con todo lo que puedo lograr. No me importa que nadie sepa de mí, de lo que hice, de lo que entregué, de lo que soñé. Por eso, por más que nadie vaya a saber de mí, o vaya a recordarme, no me importa. Vivo en el presente y en este lugar que habito. Vivo el aquí y el ahora con esa fuerza que le da sentido a todo. Todavía queda mucho por hacer, hay muchas historias que escribir. No dejo de amar aun cuando entienda que puedo perder. No dejo de buscar aun sabiendo que tal vez no encuentre nada. No dejo de luchar aun cuando pueda caer derrotado. No importa lo que pueda pasar si vivo con un sentido y con conciencia lo que me toca hacer en cada momento. Sé mi lugar, mi aporte en este mundo, no me comparo, no entro en esa batalla con los demás por un momento de gloria. Los años pasan demasiado deprisa. Lo único que conozco de verdad es mi pasado. El futuro permanece detrás de un velo escondido. Y no quiero saberlo, no lo necesito. Me podrán dar probabilidades, y tratar de predecir lo que va a suceder. Pero al final son solo probabilidades. Puede pasar lo que me dicen o puede que no suceda. Que intervenga ese Dios que está escondido detrás de la tramoya de este mundo. Actuando, amando, dándome fuerzas para luchar. Porque sé que sólo, cuando me sé amado por alguien, seré feliz y podré luchar por hacer que este mundo sea mejor. Podré esforzarme desde la certeza que todo va a estar bien, porque alguien me sujeta con su vida, con su esfuerzo, con su misericordia. Saberme amado es el origen de todo el bien que puedo llegar a hacer. Y es mucho lo que puedo hacer por salvar el mundo, por sanarlo con mi vida, con mi entrega. Creo que en eso consiste la verdadera felicidad, no en la comodidad del que no tiene que luchar por nada. No en el éxito y la gloria que el corazón persigue en su humanidad tan herida. No, la felicidad llega cuando dejo de buscarla, de buscarme y comienzo a caminar con fuerza, con esperanza, con un motivo que me levanta y me anima. Cuando dejo de poner el centro en mi bienestar y paso a ponerlo en el bienestar de los que me rodean, en su felicidad, en la realización de todos sus sueños, en la paz de sus almas.
Caminar despacio, detener el paso, mirar el cielo abierto, temer la lluvia. Soñar con llegar más alto, más lejos. Entre bosques, por montañas, en mesetas donde sopla el viento. En medio de las dificultades del camino, cuando todo parece imposible, cuando el cielo amenaza con tormenta. En momentos de dudas y de miedos. Cuando la vida no es como uno esperaba. Cuando la esperanza se esconde detrás de las nubes. Allí, en medio de la noche, bajo el sol de medio día. Allí, cuando las dudas afloran y la nostalgia es fuerte. En medio de todo surge, como de lo más hondo de la tierra, un río de paz, de vida, de luz. Un río de agua pura y fresca. Porque así es Dios que no me deja nunca solo. Camina a mi lado, a su paso, al mío. Asumiendo el peso de mi mochila. Respondiendo a las preguntas que surgen en el alma. Y entonces brota la gratitud de lo más hondo. ¿Acaso hay otro Dios, diferente al Dios en el que creo, que sea tan fiel a sus promesas? No existe ese otro Dios. Sólo mi Dios, quien me llamó a seguirlo, tiene respuestas de vida eterna. Tiene la paz en sus brazos para dármela a manos llenas. Tiene la luz en su mirada para iluminar mis pasos. Decido entonces ser más amigo de ese Jesús que camina a mi lado. ¿Cómo no ser su amigo si me ha buscado para vivir conmigo? Dios es fiel en todas sus promesas. No me deja solo, camina conmigo y me susurra al oído que soy importante para Él, que tiene sentido todo lo que vive en mi alma. Me dice que no debo tener miedo nunca, porque la vida es más sencilla de lo que parece. ¿Será real todo lo que me dice? Me asusto al pensar en la fragilidad de mis días. Hay tantas calamidades que suceden a mi alrededor. Tantas muertes inocentes, imprevistas, injustas. Tantas pérdidas que duelen en el alma, porque perder siempre duele. Hay tanto silencio a preguntas justas y necesarias. Tanto aparente abandono en medio de la noche de muchas almas. Y ante eso callo sin respuestas. Porque el mal que veo en el mundo no lo entiendo. Como no comprendo el dolor de tantas vidas, ni la injusticia, ni la impunidad. Me parecen terribles todas las desgracias que suceden y no puedo hacer nada, no lo consigo. No logro alzar la mirada ni soñar con las cumbres más altas. Confío, porque Dios habita en mi alma y les da sentido a mis pasos. Me alegra saber que Dios está al principio y al final de mi camino. Y está sosteniéndome cuando yo mismo no lo veo en medio del camino. Hay esperanza escondida en los bosques, en los desiertos, en los mares. Hay luz en las noches de aquellos que han perdido el rumbo de sus vidas. Hay alegría después de muchas tristezas. Me gusta mirar al cielo cada mañana y confiar. No vivir lleno de miedos, saber que la incertidumbre forma parte de la vida y le da sentido a la confianza que me pide Dios. Porque el que ama confía. El que es amado siente una confianza honda en su alma. Porque saberme amado de forma incondicional es lo que me salva, lo que me levanta cada mañana, lo que me hace experimentar la paz en mi alma en cada subida, en cada bajada. No saber lo que va a pasar mañana no es grave, es sólo parte de mi camino. Sólo conozco el presente que vivo en este momento, aquí y ahora. No pienso en los futuros posibles que no controlo. ¿Acaso puedo añadir un solo día a mi existencia? No es posible. Dios me sostiene y esa experiencia me da paz. Él sabe lo que necesito, lo que me hace falta. Él sabe lo que el día trae cada mañana. Conoce lo que necesito porque sabe cómo soy, lo que siento, lo que me falta. Lo sabe todo de mí y me sonríe, porque me ama aun cuando yo, en medio de mis torpezas, me despisto y dejo de buscar su rastro. Me pierdo por los caminos y vivo ensimismado sin encontrar la paz. Me ama sobre todo cuando dejo de hacer lo que me conviene y elijo caminos que me alejan de mi centro y me hacen perder el sentido de mi vida. Me quiere cuando dejo de sonreírle a la vida y a aquellos que caminan a mi lado. Me quiere sobre todo cuando me ve triste y fuera de mí, enojado con el mundo que no me ha hecho nada. Me ama porque sabe que dentro de mí hay una semilla que dará su fruto tarde o temprano. Hay un sueño escondido que se hará realidad una mañana y dejará que todo brille con una luz nueva. Ese amor de Dios es el que busco por los caminos y lo encuentro. Es ese amor incondicional que me hace sentirme perdonado cada vez que yerro el camino y me alejo de la ruta marcada. Amo a ese Dios tan cercano, tan fiel. Ese Dios personal al que le importo, porque le importan todos sus hijos y los ama de forma predilecta. Me gustaría hacer las cosas bien y sé que no lo consigo cuando me empeño en seguir mis caminos, en hacer las cosas a mi manera. Ese Dios en el que creo le da sentido a mi vida y sabe que puedo hacerlo todo si me dejo hacer, si renuncio a controlar mi vida, si dejo que Dios gobierne dentro de mí lo que parece ingobernable. Dejo que habite en mi interior y saco de mi vida todo lo que me hace daño, lo que me debilita, lo que no me forma en mi interior. Me gustaría ser más niño, más confiado y vivir siempre, alegre, pase lo que pase. Habrá tormentas y noches oscuras, habrá pérdidas y nostalgias. Pero Dios no me olvida, me anima a seguir, a luchar, a confiar. Dios no me pide que gane, que tenga éxito, que logre cosas maravillosas. No me exige que siempre esté a la altura, que nunca peque ni haga el mal. No espera de mí una perfección que no tengo. No me pide un corazón inmaculado que no es el mío. Me acepta y me ama en mi verdad y espera que yo me acepte a mí mismo y me ame en esa misma verdad, que acepte mis pasos como son, mi presente como es. Me pide que confíe en el futuro, no porque vaya a lograr todo lo que me propongo, eso tampoco me lo asegura. Pero me dice y me promete, eso sí, que va a estar siempre a mi lado, en las buenas y en las malas, en la soledad y en la compañía, en los fracasos y en los éxitos. Y me anima a seguir adelante cada mañana, un día a la vez, un paso detrás de otro. Así de simple puede ser la vida y así de difícil me resulta, cada vez que me empeño en hacer las cosas a mi manera y dejo de mirarle a Él directamente a sus ojos.
Es fácil dejar que el corazón pierda el amor. Se endurece el alma con el dolor, con el sufrimiento. Y parece como que no quiero sufrir más, amar más, vivir más. Hoy Dios me lo pide con las palabras del salmo: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: – No endurezcáis vuestro corazón. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: – No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». Si fuera más consciente del amor de Dios en mi vida. Si me diera cuenta de cuánto es lo que me quiere. Pero no es así. Los fracasos en mi vida, las pérdidas y los despojos me endurecen y me hacen dudar. Aquello que antes me hacía feliz y ahora no tengo. Lo que me daba fuerzas para levantarme y ahora no está. Todo eso que era importante, central en mi vida desaparece y el corazón se endurece. Veo a tantas personas que sufren y se cierran. Su corazón se endurece y parecen incapaces de amar más, de amar otra vez, incapaces de comenzar de nuevo. ¿Es posible volver a amar con la misma intensidad después de haber amado y haber perdido? La tentación es muy clara, dejar que el corazón se endurezca y olvide, se enfríe y pierda la pasión por la vida, por Dios. Porque olvidar parece ser un remedio fácil e inmediato para que se mitigue el dolor. Como si fuera fácil olvidar lo vivido. Pero a veces vivo tan rápido, los días pasan tan fugaces, que sí parece posible olvidar y pasar página. Por eso me hace tanto bien recordar. Y es que la vida se compone de mil retazos que son recuerdos fáciles de olvidar y de recordar al mismo tiempo, de mí depende. A veces dejo que la pátina del tiempo los cubra y así logro que casi no existan, como si no hubieran pasado, los relego a lo más hondo de mi alma. Sé que me hace bien recordar, traer al presente lo vivido para mirarlo a la cara con una sonrisa y aceptarlo. Aunque duela lo vivido cuando son recuerdos dolorosos. O cuando la ausencia presente de lo vivido entonces en el pasado sea más dolorosa aún. Porque los recuerdos pueden doler, no porque sean en sí mismos momentos dolorosos, sino porque siendo buenos momentos, el no poder tenerlos ya en mis manos, me duele. Pero no por eso dejo de recordar hasta las cosas más aparentemente triviales de mi vida. Recuerdo y guardo, como el hombre sabio que no deja que la vida se le escape de las manos. Leía el otro día: «Podría nombrar miles de pequeños detalles que sustentan las biografías de todos: hacer brotar sonrisas con una broma, calcar un dibujo al contraluz de una ventana, jugar el primer partido de fútbol con una pelota de trapo, cuidar gusanillos en una caja de zapatos, secar una flor entre las páginas de un libro, cuidar un pajarillo que se ha caído del nido, pedir un deseo al deshojar una margarita. Todos esos pequeños detalles, lo ordinario extraordinario, nunca podrán estar entre los algoritmos. Porque el tenedor, las bromas, la ventana, la pelota, la caja de zapatos, el libro, el pajarillo, la flor… se sustentan en la ternura que se guarda en los recuerdos del corazón»[2]. Son esos recuerdos llenos de ternura y guardados en el corazón los que permiten que no mueran, siguen viviendo en mi interior y me dan la vida. Recordar me salva del olvido, de la falta de memoria. Recordar y cuidar, guardar dentro de mí lo que sigue vivo en la memoria y hacer que me vuelva a dar la vida. Quiero aprender a agradecer por lo vivido. Porque el que no agradece se llena de amargura. Y no quiero sentir que la vida está en deuda conmigo, porque no es verdad. Siempre hay algo bello guardado en el corazón, hay alguna experiencia que me salva, me sana y reconstruye. Quiero ir más dentro en mi corazón, navegar en lo más profundo y sacar del alma aquello que me da la vida, me levanta, me permite seguir soñando. Quiero sentir que ha merecido la pena vivir. Que todo lo pasado es bello porque forma parte de mi historia y mi historia es sagrada. Quiero hacer memoria para no repetir aquello que me hizo daño, necesito aprender de mis errores. Por eso sé que hacer memoria une las piezas rotas del alma, y me permite recomponer lo que con el tiempo se ha ido destruyendo lentamente. Hacer memoria me ayuda a ser más sabio, más humano, más de Dios. Las personas agradecidas suelen ser más felices y logran con su presencia que los demás también lo sean. Las personas agradecidas no van por la vida exigiéndole el pago de deudas que sólo ellos conocen y sufren. Aceptan la realidad como es, en toda su belleza y su fealdad. Con todo lo que esta tiene de pobreza y también con su riqueza. Me gusta pensar que puedo hacer todas las cosas nuevas, puedo cambiarlas, si recuerdo, si no olvido, si no dejo que mi corazón se endurezca y se pierda en rencores que me quitan la paz. El recordar me permitirá un día perdonar, pasar página agradecido y seguir caminando hacia la nueva parada que aparece ante mis ojos. Me gusta pensar que Dios me ha regalado una vida maravillosa, única.
Me gusta la imagen del centinela, de la atalaya. De aquel que está en lo alto de un monte y desde allí ve lo que sucede en la distancia. Decía S. Gregorio Magno: «¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono». El centinela no habla de sí mismo, habla de Dios. Habla de Jesús en su vida, eso es lo importante. El peligro es bajar de esa altura y no ser capaz de ver lo que sucede en la distancia. Es lo que le pasa a aquel que vive mirando al suelo y deja de mirar en las alturas. Pienso que hoy camino por la vida mirando una pantalla. Me absorbe lo que sucede lejos de mí y dejo de mirar lo que pasa ante mis ojos. Me impresionan esas personas que esperan a que venga alguien y mientras esperan no miran ninguna pantalla, observan lo que pasa a su alrededor. Cuando me absorbe el móvil y lo que pasa en él, muy lejos de mí, pierdo la capacidad de vivir aquí y ahora y dejo d ser atalaya. Vivo en la llanura de mi debilidad como decía S. Gregorio. Vivo en la llanura de mi superficialidad y no logro elevarme por encima de mí mismo. No consigo alcanzar las cumbres más elevadas. Mirar una pantalla o vivir centrado en lo que a mí me pasa me acaba quitando la alegría. Dejo de soñar con cosas grandes y me conformo con las pequeñas. Me preocupan las cosas sin importancias y dejo de mirar a mi hermano. No me importa su vida y pienso que no me preocupa que haga las cosas mal. Eso es lo que sucede tantas veces. Pensando en mí me olvido de los demás. Hoy escucho: «A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: – Malvado, eres reo de muerte, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida». Y Jesús expresa algo parecido: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano». El que es atalaya es capaz de ayudar a los demás, aconsejar, decir las verdades. ¡Cuánto cuesta decirle a mi hermano lo que veo que no está haciendo bien! Me cuesta confrontar a los demás con su verdad. Y luego, cuando las cosas le salen mal, me preguntará que por qué no le dije nada, por qué no le aconsejé que cambiara. Es verdad, me da miedo que se aleje, que interprete mal mis palabras y no sea capaz de aceptar lo que le estoy diciendo. Todo esto es cierto. Necesito más valor para enfrentar al que se está alejando del camino que le da la vida y sigue rutas que lo van a llevar por un mal camino. Siento que si dijera lo que veo con cariño, con amor, quizás todo sería diferente para mi hermano. Pero me da miedo y no lo hago. Quisiera ser atalaya y no vivir sumergido en mis preocupaciones sin pensar en nadie más. Quisiera acompañar la vida de los que me rodean y ayudarles así a vivir mejor. Sin obligar a nadie a cambiar sus conductas pero sí pudiendo ayudarles a que mejoren. Con mi ejemplo más que con mis palabras. Si se alejan de Dios que sea en mi forma de comportarme para él un signo de interrogación. Decía Paul Claudel: «Habla de Dios solo cuando te pregunten. Pero vive de modo que te pregunten». Que mi vida sea para ellos una llamada a preguntarse por qué hago las cosas de esa manera. Y lo importante siempre en todo lo que haga es el amor: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor». Que lo único que deba a los demás sea amor. Que todo lo haga por amor y no porque me da rabia lo que hacen los demás. Que no juzgue, que no condene, que no critique, que sólo me importe mi hermano por su bien. Siento que a veces son mis celos o mi envidia los que me mueven y no el amor. Les digo a los demás lo que hacen mal, porque me molesta, no por amor a ellos, no porque me importen tanto. Y entonces pierdo la fuerza y lo que les digo no les ayuda, no los anima a ser mejores.
Hoy Jesús me dice que Él siempre me escucha incluso cuando yo no siento su presencia. «Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Pedir las cosas juntos, pedirle a Dios que nos ayuda. Una comunidad que reza cambia el mundo. Ese es el sentido de mi vida, rezar con otros, caminar con otros, ser uno en Cristo con esa Iglesia suplicante. Rezo con los demás, vivo en comunidad y Dios me mira como parte de su cuerpo, que es la Iglesia. Jesús está en medio de mi vida con otros que también rezan. Esta actitud es la que me gusta y me da la vida. No me salvo solo sino con todos aquellos que caminan conmigo y son parte de mi vida.
[1] La sinfonía de Julia, Mercedes Guerrero
[2] Carta a los obispos americanos, Papa Francisco