Zacarías 9, 9-10; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30

«Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera»

5 julio 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«La santidad no consiste en hacer obras maravillosas sino en vivir las cosas sencillas de una manera extraordinaria. La santidad a la que aspiro es vivir el presente sin angustiarme»

No es posible olvidar lo vivido. ¿O sí que es posible? Me parece que no. La memoria es algo sagrado y quizás lo que más me aterra en esta vida es perderla. Me da miedo olvidar las cosas importantes, no ya las fechas sino lo sucedido en los días que se desvanecen en el pasado. Me decían el otro día que los años vuelan, pero lo que cuenta es la huella que deja el que se ha marchado. Todo pasa muy rápido, pero la huella es profunda, y las raíces se hunden en la tierra más honda. Leía el otro día sobre el Papa Francisco: «Tiempo atrás encontré una cita de Gustav Mahler, el gran compositor y director de orquesta tardorromántico, que me gustó mucho. Hablando de las tradiciones, escribió: «La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego». La tradición no es un museo, es la garantía del futuro. La idea de regresar continuamente a las cenizas es la nostalgia de los integristas, pero ese no debe ser el verdadero sentido de la palabra: la tradición es una raíz, indispensable para que el árbol no deje de dar nuevos frutos»[1]. Volver al pasado es un ejercicio sanador y lleno de esperanza. No para recrearme en las cenizas que encuentro sino para preservar el fuego. Me parece muy clara esa imagen. El fuego que ha alimentado mi vida. El fuego que me ha emocionado hasta las lágrimas. El fuego que me ha permitido soñar y levantarme durante muchos días, durante años. El fuego que arde en el corazón enamorado, apasionado. El fuego que nunca se consume, no se apaga. El fuego que permanece vivo dando esperanza y alimentando los ideales. Vuelvo al pasado una y otra vez para que no se apague el fuego. Para que la llama de la esperanza se quede viva en mi corazón. Porque la vida es corta y los años vuelan. No quiero olvidar nada, ni los nombres, ni los rostros, ni lo que me dijeron, ni lo que yo dije, ni lo que hice, ni lo que dejé de hacer en algún momento. Tampoco aquello que sentí, por lo que sufrí. Recuerdo todos los silencios y las palabras. Los abrazos y los olvidos. Todo ha quedado grabado en un fuego que nunca muere. Y es que ese pasado son mis raíces. No me comprendo a mí mismo sin lo vivido, sin los días que han dejado tanta huella en el alma. Ya no soy el mismo que llegó un día. Ya no soy tan joven, y tengo mucha vida acumulada en mis entrañas. En esta tierra que es mi tierra. Raíces hondas que se van conmigo cuando me voy y se quedan firmes al mismo tiempo. Soy yo mismo quien se queda enterrado en la tierra, en la roca misma que cimenta mi vida, mi casa, mi esperanza. Olvidar no es posible, no es el camino. Recordar sí que es necesario. Y también perdonar por lo que hice, por lo que no hice. Por las heridas causadas quiero pedir perdón. Por las heridas que me causaron necesito perdonar. Quiero abrazar para agradecer y al mismo tiempo voy a soltar, voy a dejar ir, porque el resentimiento me hace daño y me hiere en lo más profundo. Los años del ayer pesan en el alma y cuentan mucho, son fundamentales. Son una huella que queda en el camino de mi vida, para siempre. Tengo el sueño vivo en mi interior. Una poesía, una canción, una fotografía con un fondo lleno de mar, de luz, de estrellas que marcan un camino de esperanza en el horizonte. Dicen que la vida está llena de caminos posibles. Que hay que ser peregrino para poder recorrerlos. Hacerlo con poco equipaje porque la vida pesa, y los años, y los dolores. Y no me da miedo pensar que todo podrá ser mejor un día y veré cosas mayores. Mejores o peores, seguro que más grandes. Y sentiré que todo tendrá un sentido cuando mire hacia atrás con paz, con cierta nostalgia, con mucha pena. Tendrá sentido el dolor y dar la vida. Sentido amar hasta el extremo sin importar lo que queda atrás, escondido en lo profundo de la tierra. Me sorprende esta vida que Dios me regala. Me sorprenden el amor recibido y los recuerdos, todo lo vivido. Tanto por lo que agradecer, por lo que mirar al cielo como un niño consentido. Es demasiado el bien que recibo. Espero tocar las estrellas con las puntas de los dedos. Hay una necesidad de mantener el fuego encendido. Como un legado que está vivo en mi historia. Como una tradición que no se puede perder porque desaparecería lo realmente importante. Sueño con cosas mayores, mejores y aun así agradezco lo vivido, lo inmerecido. Porque el amor recibido siempre es misericordia, no merecimiento. Los méritos valen poco. No quiero caer en el olvida. Porque olvidar es morir, desaparecer lentamente, volverme borroso y desvanecerme como si todo hubiera sido un sueño, o algo irreal. Luego las cosas sucedidas, la historia, se podrán leer de muchas maneras. Sólo una será la cierta, o algunas, dependiendo desde el ángulo desde el que se contemple la realidad y se analice lo sucedido. Varias miradas, varios puntos de vista. Pero un solo hecho acaecido. Y mi memoria que no lo quiere idealizar, sólo guardar como un fuego encendido, como una raíz profunda que le da sentido a mi vida.

Hay una forma de educar desde lo original que hay escondido en el alma de cada persona. Todos nacemos diferentes, originales, únicos, y corremos el riesgo de morir como copias. Y es que me da miedo en el fondo ser diferente y me asusta el que es diferente a mí en su forma de pensar y de vivir. Leía el otro día: «Porque somos diferentes y no nos entienden, así que nos tienen miedo»[2]. Me asusta lo que no puedo controlar y comprender. Esa forma de mirar la vida que no es como la mía. Esa forma de amar, de acompañar, de cuidar, de pensar, de soñar. Trato de buscar a los que piensan como yo y se mantienen en los moldes establecidos. ¿Hasta qué punto puedo aceptar las diferencias? ¿Acaso no pretendo que todos piensen como yo? Me asustan las diferencias. Me complica que en una sola Iglesia, con un solo Pastor, haya forma de vivir la fe tan diferentes. ¿Serán todas válidas? Me preguntan. ¿Estarán todas en lo cierto? No lo sé. Tantas religiones, tantas forma diferentes de llegar a Dios. ¿A un mismo Dios? ¿No estarán todos los demás equivocados y yo en lo cierto? ¿Y si yo estoy equivocado? La originalidad escuece. La palabra respeto me acaba incomodando. ¿No debería hacer algo para que todos estuvieran uniformados? Un solo molde, una única forma de pensar, una verdad, la que yo poseo, impuesta sobre todos. ¿Por qué se adhieren todos a su error estando tan equivocados? Me es más fácil reír con los que se ríen con las mismas bromas. Más fácil convivir con los que piensan como yo, con los que reaccionan de la misma manera, con los que son iguales a mí, en el fondo, en la superficie. Las diferencias duelen. Busco la igualdad. Y al mismo tiempo quiero ser diferente o que me traten mejor que a otros, que me amen de forma predilecta. Respetar a mi hermano pasa por respetar que no es igual a mí. Yo no puedo cambiarlo, no puedo hacer que se comporte de la misma manera. Me gustaría que así fuera pero no debo pretenderlo. A veces me da miedo mostrar que soy diferente, aceptar mi originalidad. ¿Y si me rechazan? Me comparo con los demás y los veo mejores. Diferentes, únicos y quiero ser como ellos. No me valoro tanto cuando los demás no lo hacen. El gran peligro es el de la comparación. Sentir que no valgo tanto porque los demás me parecen más valiosos. Deja de gustarme mi originalidad y me gusta más la belleza original de los otros. Me parecen maravillosos. Los miro y me gustan más. Pierdo valor, pierdo autoestima. Ser fiel a mí mismo, ser auténtico y darme como yo soy es la meta de mi vida. El ideal para el que Dios me soñó es esa voz que grita en mi interior. Es ese talento con el que he nacido y a menudo reprimo por miedo al rechazo. No me valorarán, no me querrán, no me tomarán en cuenta. Me asusta esa forma de ver la vida. Moldes o piezas únicas. Cuesta más lo que es único, mientras me empeño en igualarlo todo, en hacer las cosas como las hacen todos. Pierdo la brújula cuando dejo de pensar en la belleza que Dios ha sembrado en mi corazón. Valgo por lo que soy, más que por lo que hago. Sé que siendo como soy, simplemente dejando vivir y viviendo de acuerdo con mis principios, llegaré más lejos. Haré las cosas de una determinada manera, según mi forma de ver las cosas, a mi manera. Quiero ser original y estoy dispuesto a cambiar si veo que ese cambio es lo que me hará mejor persona. Al fin y al cabo, como decía Marie Curie: «La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones». Buenas acciones desde mi verdad, desde mi ser original. Puedo dar más de lo que he dado hasta ahora. Respeto al que es diferente. Tanto respeto como el que han tenido conmigo que también soy original y tengo mi manera de hacer las cosas. Dios me quiere así, como soy, sin pretender que sea como los demás. Decía el Papa León: «Absoluto respeto es la base del diálogo. Crear junto. La fe es amor y por eso crea poesía y música, crea belleza. Una voz, una canción, una oración, un partido vivido con amigos. La proclamación de la buena nueva en forma de saeta. Tejer redes es servir de forma desinteresada». Un respeto que me ayude a entregarme siempre. Un respeto hacia los que no piensan como yo. Los respeto y soy capaz de compartir mi mesa con ellos. Eso no significa que piense como ellos o que esté de acuerdo con sus creencias. Significa que veo más allá, dentro de su corazón y descubro una verdad que me conmueve, una belleza que me alegra. Amo a la persona allí donde se encuentra, sin pretender cambiarla. El amor va antes que el cambio. No te amo porque has cambiado, te amo y como consecuencia puede que cambies. Tal vez no llegues a ser como a mí me gustaría, pero el amor recibido sacará lo bueno que hay en tu corazón. No se trata de convencer a todos para que piensen como yo. Sino más bien el amor consiste en buscar los puntos de encuentro, siempre los hay. No acentúo las diferencias sino lo que nos une como personas. Esa forma de actuar es la que me atrae. Respeto las diferencias, tu originalidad. Te acepto como eres y comprendo que tu forma de vivir es única y tengo que respetarla. Vivir así es lo que me sana por dentro y saca lo mejor que hay en mí.

Me gustaría saber cómo hacerlo todo bien siempre, sin cometer errores. Cómo decir en todo momento la palabra correcta, evitar la ofensa que tanto daño hace, agradecer por lo recibido sin compararme con nadie, compadecerme del que sufre y se encuentra en mi camino. Quisiera poder recordarlo todo sobre aquel que se acerca a mí, no sólo recordar su nombre, también su historia. Quisiera mirar con misericordia a todos, sin juzgar tanto lo que hacen, cómo viven. Quiero abrazar sin retener a nadie y sostener desde la sombra al que necesita ser sostenido. Me gustaría contemplar la vida sin apresurarme a la hora de tomar decisiones, meditar sobre mi pasado sin deprimirme, perdonar siempre incluso cuando la ofensa pueda parecer imperdonable. Me gustaría vestirme siempre de manera adecuada, saber estar de la forma correcta en todo momento, sentir que la vida se juega allí donde me encuentro, aquí y ahora, ni en el pasado, ni en el futuro. Sueño con elevarme sobre las montañas sin dejar atrás mis raíces, que son las que me sostienen. Porque soy un conjunto de años pasados que me han formado de una determinada manera. El paso del tiempo me ha hecho más hondo, y más tranquilo al mismo tiempo. Más firme en mi caminar y más misericordioso. O al menos eso es lo que siento con el paso de los años. No sé si soy más paciente, tampoco sé si podré ser más sabio. Sólo sé que ahora ya no mido tanto mis palabras, quizás tengo menos censura. Opino de cosas que tal vez debería callar, y al mismo tiempo tengo menos miedo a que me juzguen por ello. Ya no pretendo caerles bien a todos, y es que eso me parece imposible. Aun así sigo intentando agradar con un afán desmedido por caer bien. Pero no lo consigo. No deseo ser grosero con nadie, ni imprudente, sólo me complace más ser yo mismo, ser auténtico y no buscar que todo encaje en este mundo en el que las cosas están desencajadas y todo muy desordenado dentro y fuera de mí. Me gustaría sonreír siempre al que necesita una sonrisa, incluso cuando esté cansado o cuando la vida me pese demasiado sobre los hombros. Desearía escribir en la arena de la playa todos mis pecados y después esperar tranquilo a que suba la marea y logre borrarlos para siempre. Recuerdo muy bien las tormentas vividas, los fracasos sufridos, las historias incompletas que no acabaron como yo hubiera querido. Me duelen el amor frustrado y las derrotas sufridas, las mentiras que dije cuando temí enfrentar la verdad, los sueños abandonados porque me parecieron imposibles en un momento de desánimo, cuando me sentía incapaz de llegar a la meta. Guardo en mi alma todo lo que he hecho, también lo que olvidé hacer o me salió mal y lo que dije o no dije, sin pensar mucho en ser una persona prudente. Me inventé historias para resultar más divertido y anduve buscando amigos, personas, que llenaran mi vacío infinito, vana ilusión que me llevó a la tristeza. Y es que les exigía a los demás ser dioses que dieran respuesta a todas mis preguntas y lograran calmar mi sed del alma. He valorado mucho a esas personas que son capaces de negarse a sí mismas por amor, son los que renuncian a sus propios planes para que salgan adelante los planes de los otros. Pero me da pena cuando esas mismas personas se lamentan después por no haber vivido su propia vida. ¿Era eso lo que tenían que hacer? ¿Tenían que renunciar a todo y entregar su vida en lugar de guardarla? No sé si tenían que hacerlo, pero lo hicieron. Lo que me duele es que luego vivieron arrepentidos por haberlo entregado todo y no haber recibido tanto como esperaban. Ojalá nunca me arrepienta de haber amado, de haber enterrado mis raíces en suelo extraño. La vida que vale la pena es la que sirve para que otros tengan más vida. Estoy convencido de que la generosidad oculta cambia el mundo. Ya bastante egoísmo veo a mi alrededor cada mañana. Son tantos los que piensan sólo en sí mismos y viven buscando su propio beneficio. No hace falta que haya más como ellos. Es mejor que abunden los que no son visibles y dan la vida sin importarles perderlo todo. Acepto que mis problemas de hoy puede que mañana sean intrascendentes. Hoy me ocupa encontrar solución a todas las cosas vividas, a los problemas que ahora me quitan la paz. Mañana será otro día y tendré otro afán. No le tengo miedo al futuro lleno de incertidumbres. Me repito a mí mismo que Jesús nunca me dejará solo.

¿Quiénes son los santos? ¿Sólo los que son canonizados o son santos muchos desconocidos que hicieron vida la voluntad de Dios? ¿Qué es la santidad? Siempre que sale este tema vuelvo a reflexionar. ¿Dónde se encuentra la verdadera santidad? Busco una santidad de la vida diaria. Los santos de andar por casa, que no hacen cosas extraordinarias, pero viven de una manera que lo cambia todo. Hoy escucho: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis». Soy deudor de ese Espíritu que me cambia el corazón y me hace de nuevo. De mi barro hace una obra de arte. De mi carne hace un hombre glorioso.  ¿Los santos pecaron? Siento que los santos son hombres sencillos que vivieron más en el Espíritu de Dios que en la carne. Soñaron con cosas grandes y no se conformaron con una vida mediocre. Una santidad de lo sencillo, de lo oculto. Los santos supieron hacer la voluntad de Dios. No evitaron el dolor, no se aislaron para evitar el compromiso. Supieron descubrir cuál era la voluntad de Dios y le pidieron a Él la fuerza para llevarla a cabo. No sabían todas las respuestas, pero tenían paz mientras caminaban en el claroscuro de la vida. Dudaban como dudo yo, sufrían como yo sufro. Sentían que la mies era mucho más grande que el número de trabajadores. Tuvieron miedo, porque no se puede evitar sentir la desproporción entre lo que uno tiene y lo que Dios le pide. Se sentían frágiles, como niños incapaces de tocar el cielo. Siempre se daban una nueva oportunidad para luchar por las cosas grandes. Temblaban en medio de los peligros y siempre tenían una palabra de confianza para los que sufrían más que ellos. Porque los santos confiaban. Sabían que no tenían mucho que dar y que no tenían todas las fuerzas del mundo. Se cansaban, tropezaban, pecaban y no dejaban de intentarlo una y otra vez. Creían en el poder de Dios más que en sus propias fuerzas. Amaban y se dejaban la vida a jirones en esta tierra. Eran ciudadanos del cielo, porque sabían que caminaban hacia lo más alto, y al mismo tiempo tenían los pies fijos en la tierra. No se desentendían de los hombres. Confiaban, eso siempre, porque habían visto que el amor de Dios era inmenso, infinito e incondicional. Dios no los amaba por sus talentos, por sus capacidades, por sus dones, por su fidelidad. Los amaba porque eran sus hijos predilectos, sus niños escogidos. Por eso decía el P. Kentenich que los santos comenzaron a ser santos cuando se supieron amador por Dios. Esa es la verdadera santidad, ahí empieza, cuando experimento un amor más poderoso que nada en este mundo, un amor que me impulsa a confiar cada día. Me gusta la santidad de los niños de Dios. La santidad de los que saben abandonarse en medio de su miedos. No es una santidad inmaculada, sino imperfecta. Y es que no soy santo porque lo hago todo bien y cumplo con las expectativas. Soy santo cuando Dios derrama sobre mí una gracia infinita y me cambia el corazón desde lo más profundo. Creo en ese amor de Dios que hace en mí posible lo imposible. Pero me cuesta creer que yo pueda ser santo cuando me conozco y he visto el barro de mi alma. He tocado mis inconsistencias y me he sentido indigno de cualquier reconocimiento y agradecimiento. Soy un siervo que quiere ser fiel, que quiere permanecer al pie de la cruz sujetando a los más débiles e indefensos. Pienso que la santidad es la meta de mi vida porque cuando estoy lleno de Dios tengo paz dentro del alma. Me gusta pensar que los sueños son posibles para los que creen. ¿Y si sí? ¿Y si ocurriera realmente lo que me parece inalcanzable? ¿Acaso no será posible que mi vida sea cimiento de un mundo nuevo? Creo en el poder de los santos que han cambiado con su entrega este mundo tan dividido y roto, tan imperfecto y lleno de heridas. Creo que los santos aprendieron a amar sabiéndose amados. Ese amor recibido les dio la fuerza para caminar por los caminos difíciles que les tocaba recorrer. La vida de cualquier santo fue dura, como lo es mi propia vida. Dios quiere que me deje amar y que ame. Quiere que me deje cambiar para que así mi vida transformada pueda transformar muchas vidas.

Pienso en la santidad y me viene a la cabeza la santa indiferencia. Como decía el Hermano Rafael: «Acepta las cosas como Dios te las envíe. No mires el mañana, que el mañana será lo que Dios quiera. Vive el momento presente sufriendo en silencio y ofreciéndolo todo por amor». Cuenta el Hermano Rafael la revelación que tuvo en la cocina. Mientras pelaba nabos en la cocina se dio cuenta de lo pequeño que era ese gesto, lo insignificante de esa tarea. Pensó que no construía catedrales, no emprendía grandes acciones evangelizadoras, sólo cocinaba para los monjes. ¿Tendría sentido hacer algo que aparentemente no cambiaba el mundo? Parecía algo que no tenía sentido: «Estoy pelando nabos por amor a Jesucristo… ¡Qué grandeza hay en ello! […] Si a mí me dijeran que fuera a gobernar España o a hacer otra cosa mejor, diría que no, porque yo estoy haciendo lo que Dios quiere que haga». Se llenó de alegría al pensar que eso y no otra cosa era lo que Dios le pedía. Bastaba con estar ahí sentado haciendo algo muy pequeño. Con eso era suficiente. Con su sentido del humor llamó a Jesús el Señor del nabo. Lo ofrecía a Dios como su ofrenda más valiosa. Se puede adorar a Dios con un cuchillo en la cocina lo mismo que el sacerdote lo hace en la eucaristía. Lo más importante es lo que Dios permite en mi vida, no tanto lo que yo pienso que es más importante para mí y los demás. Tengo claro que el Reino de Dios es de los pobres y sencillos. De los que hacen cosas pequeñas siguiendo la voluntad de Dios. Hoy me dice Jesús: «En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: – Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien». Jesús me pide una santidad de los sencillos, de los que no se complican ni tienen aspiraciones inalcanzables. De los que no hacen milagros extraordinarios pero sí viven de forma extraordinaria lo ordinario. De los que tienen un corazón abierto a la voluntad de Dios y comprenden lo que Él les pide en cada momento. Aquellos que no le tienen miedo al futuro porque confían y aceptan la realidad que les toca vivir con un corazón agradecido. Los sencillos que pelan nabos en la cocina, haciendo algo tan sencillo como servir a Dios cocinando a sus hermanos. No salvan a nadie aparentemente, no rescatan a ningún hombre del abismo, pero están cambiando este mundo sin saberlo siquiera. Porque la verdadera santidad no consiste en hacer obras maravillosas sino en vivir de una manera extraordinaria las cosas sencillas de esta vida. La santidad a la que aspiro es vivir el presente sin angustiarme por lo que vendrá mañana. Disfrutar el ahora y sentir que vivir alegre aquí y ahora es lo único que Dios me pide. Es la santa indiferencia que me salva cuando tengo demasiado pasado en mi mochila o demasiado futuro delante de mí. Cuando me pesa mucho el pasado guardo rencores y perdones que no doy. O siento una culpa desmedida, cuando no logro perdonarme. Y el futuro siempre me produce ansiedad porque imagino escenarios posibles y me lleno de temor. El miedo a que nada salga como yo quiero. La poca tolerancia a la frustración me llena de pesar y de angustia. No logro controlarlo todo como quisiera y la vida se me escapa de las manos. Entre un resultado bueno y deseado y uno malo y temido, elijo siempre el primero. No soy indiferente, no me da igual, me importa demasiado obtener lo que deseo y retener lo que hoy me alegra. Todo lo que no sea una victoria me llena de amargura. Y entonces vivo sin paz, sin dar paz, sembrando guerras con mi corazón lleno de rabia. No consigo vivir alegre. Ojalá pudiera vivir la alegría que veo en el salmo: «Esto dice el Señor: – ¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país». La alegría de saber que Dios ya ha vencido. Ya está presente en mi vida salvándome. Ya ha logrado la victoria final y todo lo que pasa en el camino es parte de esta vida. Estoy hecho para el cielo aunque viva entre los hombres. La sencillez de vida y la capacidad para vivir el aquí y el ahora con alegría es lo que necesito para ser santo. No quiero complicarme con nada. Deseo tomarlo todo con mucha paz. Saber que el presente es sagrado y es lo único que tengo entre mis manos. No quiero atormentarme por lo que no controlo y no está en mis manos. Elijo dejar que la vida siga su curso y sólo le digo que sí a Dios con alegría. Me quiere donde estoy ahora y me dirá más adelante dónde quiere que esté. Vivir así es lo más sencillo, lo único que deseo. Es la santidad de los niños que se saben amados por Dios.

Jesús me llama porque sabe que estoy cansado y agobiado: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Es lo primero que me conmueve en este día. Estoy cansado y agobiado. Porque la vida es exigente y no doy la talla. Porque no llego a todo lo que quiero conseguir. El alma se cansa de luchar por los caminos y se detiene al borde del camino. El cuerpo no da la talla. Y me siento cansado y agobiado. Creo que hoy el hombre no sabe descansar. Es difícil desconectar realmente del trabajo, de las obligaciones. Estoy enganchado al celular, al computador y es difícil tomarme unos días sólo para mí. Jesús me dice que vaya hasta Él. ¿Lograré descansar de verdad en su presencia? Me gustaría descansar, cortar con el esfuerzo constante, cambiar de aires. El descanso llega cuando hago cosas diferentes a las que hago habitualmente. No tengo que hacer nada especial, pero sí cambiar las rutinas. El cansancio llega porque duermo mal, porque no llevo una vida sana, no me alimento bien y la adicción a las redes sociales acaba agotándome. Me gustaría ser más libre de todo lo que acaba drenándome. Jesús también me pide algo que no me parece tan sencillo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Su carga es ligera y no me va a costar. Me gustaría ponerme bajo el yugo junto a Jesús. En Él la carga es llevadera. Y además me pide que aprenda dos cosas fundamentales que me resultan difíciles. Que sea manso. La mansedumbre es un don que me parece inalcanzable. Me pide que reaccione con paz en todo momento. Que sea manso y que ni la ira ni el odio dominen mi corazón. Que reaccione con paz en todas las circunstancias de la vida. La mansedumbre es la actitud de los no violentos. De los que reaccionan con bondad al mal. De los que no agreden cuando son agredidos. De los que no atacan cuando son ofendidos. No es el manso una persona débil o cobarde. Es más bien una persona sólida, con fuerza interior y autodominio. Son los libres que no se dejan llevar por el odio que perciben en los demás. Su fuerza interior no es destructiva, más bien construye puentes y relaciones sólidas. Además me pide Jesús que sea humilde como lo es Él. Un rasgo que está unido a la mansedumbre. Dejar a un lado el orgullo y la vanidad. Los humildes reconocen la verdad y la belleza de su vida, pero no quieren imponer sus pensamientos, no pretenden tener siempre la razón. Las personas humildes miran a los demás con mucha paz. No se sienten mejores. Más bien ven que están en camino, aprendiendo. Son accesibles porque cualquiera puede exponerles sus planes y contarles lo que sienten. No están a la defensiva. Siempre pueden ser agredidos y ellos no reaccionarán violentamente. Podré ser manso y humilde de corazón si dejo que Jesús habite en mi alma. Porque sé cómo es Dios: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Creo en un Dios que es manso, que es fiel y misericordioso, que me mira con clemencia y no se deja llevar por la ira ante mis debilidades. Así quiero ser yo. Quiero tener un corazón dócil, manso, humilde. Un corazón donde cualquiera desee habitar. Sin rabia, sin rencor, sin enojo, sin deseos de venganza. Un corazón en el que cualquiera sea bienvenido. Un corazón como el de Jesús, que me mira siempre con misericordia. Las personas mansas y humildes tienen mucha tolerancia a la frustración. Mantienen la paz en medio de la guerra y no dicen palabras agresivas aunque a ellos se las digan. Tratan a los demás con delicadeza, respeto y paciencia. Escuchan antes de hablar. No se ríen del hermano y lo tratan con cariño. Tienen paz en el alma y no se dejan llevar por la guerra que presencian. Tiene que ver con la paciencia ante las adversidades, para mantener la calma cuando lo fácil es perderla. Y todo viene de la confianza ciega en Dios Padre. Jesús vivió su vida así entre los hombres y quiere que yo sea como Él es. Confiado, paciente, humilde, manso. Le pido a Dios que cambie mi corazón y me regale una vivencia profunda de su amor. Si me sé amado por Él dejaré de vivir con miedo esta vida, porque todo descansa en sus manos. Suave es su yugo y llevadera su carga.

[1] Esperanza, Autobiografía Papa Francisco

[2]Lucinda Riley, Ana Isabel Sánchez Díez, Matilde Fernández de Villavicencio, La historia de la hermana Luna