Hechos de los apóstoles 10, ,34.37-41; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9

«Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró»

5 abril 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«Resucitar supone dejar que la vida sea más fuerte que la muerte que hay en mi interior. Resucitar es permitir que una voz más fuerte que la mía me ordene comenzar de nuevo»

El sí de María en la anunciación aparece en mi vida con mucha frecuencia. Y corro el riesgo al leer el mismo evangelio de sentir que no tiene que ver conmigo, sino con Ella: «En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen des posada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró». Pienso en María y en la suerte de ser llena de gracia, sin pecado, libre del mal y la concupiscencia en su corazón. Pienso en su corazón de niña, valiente, atrevido, libre, audaz. Pienso en su alegría al saberse profundamente amada por Dios y en el riesgo de su sí lanzado al viento. Pero, me pregunto: ¿Qué tiene que ver conmigo? Y me respondo: Todo y al mismo tiempo nada. Todo porque yo también soy amado por Dios y también Él viene a mí a pedirme cosas que desconozco. Me pide que lo siga, que le haga caso. Y también nada porque me siento impotente, pequeño, débil, mucho más frágil que María. ¿Cómo podré pronunciar yo ese sí tan verdadero? Y tengo miedo aun cuando Dios me dice que no tenga miedo. Como a María. ¿Cómo no iba a tener miedo ese día María delante de un ángel que le pedía que aceptara lo imposible en su vida? No hay nada imposible para Dios. Nada que supere sus fuerzas. Pero para mí hay demasiadas cosas imposibles. Demasiadas cosas que superan mis fuerzas y parecen inalcanzables en el tiempo, en el espacio. ¿Cómo podré ser lo que Dios me pide que sea? Me veo incapaz de dar ese salto de confianza. Hágase responde María. Como diciéndole a Dios, encárgate tú de hacerlo posible. Yo quiero pronunciar mi Fiat, mi hágase, como María. Porque veo tantos desafíos ante mis ojos. Tantas cumbres inalcanzables, tantos mares insondables en los que las aguas no están tranquilas. ¿Cómo se puede ver el camino en medio de la noche? ¿Cómo se descifra el mañana sin poder romper el velo que lo cubre como un misterio? Me asusta la vida, me duele la muerte, me produce ansiedad no tener en mis manos el timón de mi barca. Hágase, resuena esa palabra en lo más recóndito de mi alma, en lo más escondido. Que lo haga Dios en mí porque yo sólo no puedo decir que lo hago. No puedo pronunciar mi sí con autoridad, como el que está seguro de poder vencer en la batalla, o acabar la obra que se ha propuesto desde un inicio. Tiemblo ante lo imposible que se dibuja ante mis ojos. Me duele el alma en lo más profundo y siento vértigo. ¿Cómo podré saber qué es lo que Dios quiere? Son matices, son opciones, son caminos que se dibujan y desdibujan sobre las aguas del mar. Son luces que dejan ver a través de una espesa neblina. Todo parece hundirse y siento miedo. No tengas miedo. Me dice Jesús para que confíe, para que abra los ojos, para que extienda mis brazos. Intentando retener el mundo en mi regazo. Para que todo resulte como espero, como deseo, como sueño. Sé que el primer sí será sólo el primero, tal vez el más valiente, el más audaz. Porque abre una cascada de vida en medio del desierto. Un aquí estoy dicho entre lágrimas. Un sí tembloroso y lleno de angustia. Un sí lanzado por el acantilado sintiendo que el mundo se hunde bajo mis pies. ¿Qué quieres de mí, Señor? Me pregunto tantas veces, cada día. Como un náufrago que sólo espera la llegada de un barco salvador. Cuando las amenazas son más terribles que la realidad misma. Cuando los futuribles que me producen angustia sólo existen en mi mente y son tan reales. Reales como la vida misma porque lo que mis ojos ven me convencen del posible mal que me espera a la vuelta de la esquina. Quiero ser valiente y pronunciar mi sí cada día. No un solo día, el primero, sino cada día. Que se haga, que Dios lo haga, que lo consiga Aquel para el que nada es imposible. Quiero soltar el timón, las riendas, el futuro. Soltarlo en las manos de Dios cuando no sé bien hacia dónde camino. No conozco ni el final ni la ruta. Sólo oigo su voz en mis entrañas. Habla a veces tan claro. No es un susurro, casi es un grito. Que es más fuerte que otros gritos. Como quieras, Señor, como tú quieras, le respondo. Que se haga tu voluntad y no la mía. Me pongo en las manos de María, confiando en el amor de esa niña libre que dejó su vida en las manos de Dios, porque creía, porque amaba, se sabía tan amada.

El hijo menor de la parábola del hijo pródigo se fue de casa. Pensó que iba a ser más feliz lejos que cerca de su familia, de los suyos y por eso rompió con todo. Tenía en el alma tanta insatisfacción, tanta sed, tanta hambre que no aguantaba en casa. Soñaba con otros reinos, con otras victorias y puede que con otras derrotas. Fue valiente al huir o cobarde al esconderse, uno nunca sabe. Quiso elegir lo que llenaba su corazón pensando que todos sus sueños se harían realidad fuera de casa y no cerca de los suyos. Y pidió, casi matando a su padre en ese gesto, la parte de la herencia que le correspondía: «El más joven le dijo: – Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país». Tomar la herencia es como apropiarse de lo que no es de uno, porque la herencia es del padre, no del hijo, hasta que el primero muera. Marcharse lejos de la casa paterna, del hogar, de las raíces, es como negar el origen, negar la propia historia, el pasado y lanzarse a un vacío sin ayer. Es querer pasar página y marchar a un lugar donde nadie sepa quién soy, ni de dónde vengo. Allí donde podré ser quien quiera ser, sin antecedentes, sin rastros de mi ayer. El hijo menor estaba infeliz y pensó que lejos, fuera de su presente, sería más feliz. Eligió lo desconocido rechazando lo conocido. Buscó lo nuevo dejando atrás lo antiguo. Creyó que su vida iba a ser mejor partiendo de cero, lo presintió. Tenía dinero, podría hacer las cosas bien, pero no fue así: «Donde todo lo derrochó viviendo de manera desenfrenada. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible y él comenzó a pasar necesidad. Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, que le mandó a sus campos a cuidar cerdos». El hijo menor fracasa en su intento por ser feliz porque elige mal, toma decisiones equivocadas. Quizás por eso es tan importante elegir bien en esta vida. Optar por lo que me da vida, esperanza, y me hace soñar. Poner mi corazón en lo que ha de venir y saber que las decisiones tienen que ser buenas para que mi futuro también lo sea. Pero él, que lo tenía todo, lo dejó pasar y dilapidó su fortuna. Por eso se llama el hijo pródigo. Porque echó a perder todo lo que tenía. Se quedó sin nada y llegó el hambre. Y todo porque se alejó de su centro, de su verdad. Cuando me alejo de lo que me hace feliz me vuelvo infeliz. Es una regla que no falla. Cuando me descentro y me alejo de mi propia identidad, me pierdo. Y cuando pretendo saciar todos mis deseos, calmar todas mis ansias, me vacío. Me vuelvo una marioneta que es guiada por fuerzas ajenas a mi voluntad. Son las pasiones las que me conducen donde no quiero ir. Me hago esclavo de mis sentimientos, de mis dependencias, de mis esclavitudes. Dejo de ser el que quiero ser, y no logro llevar a cabo lo que quiero hacer. El hijo menor se convierte en náufrago y pasa hambre: «Deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: – ¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores. Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre». El hambre es tan normal. El hijo menor tiene hambre porque ya no tiene lo que recibió en herencia. Está vacío y no tiene medios. Ni siquiera puede alimentarse con algarrobas. Sufre tanta hambre que está dispuesto a volver a casa. Sabe que allí podrá ser tratado como un jornalero más. No hay conversión, no hay deseo de cambiar de vida. Simplemente hay astucia y necesidad. Si vuelve a casa lo tendrá todo, aun trabajando como esclavo. Es volver a la esclavitud lo que deseo, está dispuesto a ser un jornalero, no pretende ser un hijo amado. Ha renunciado a la adopción filial. No es hijo, es trabajador. A veces quiero volver a casa porque allí hay suficiente para comer, para alimentarme. Eso basta, pienso. Me siento capaz de hacer lo que hacen los que trabajan. No deseo ser hijo, asumo que seguiré siendo esclavo. Y es que cuando me alejo del Padre, de Dios, de la Iglesia, no me veo con fuerzas para volver. Porque tal vez no quiero dejar de hacer aquellas cosas que me han alejado de Dios. No estoy dispuesto a renunciar a mi pecado para vivir con Dios. Es mejor ser un jornalero, el hijo tiene más responsabilidades. Además después de tanto pecado, no se siente digno. ¡Cuánta gente hoy no se siente digna! Hay muchas personas que se sienten indignas por su pecado. Yo a menudo experimento la culpa. Y esa culpa me duele dentro. No creo en la misericordia de Dios, creo mucho más en la justicia. Y en la pena que tendré que pagar por haberme alejado de su amor. Ya no merezco llamarme hijo de Dios.

Es muy complicado aceptar la misericordia. Estoy más acostumbrado a aceptar el castigo como resultado del mal que he realizado, del daño que he infligido a otro. Merezco el escarmiento, la culpa tiene que quedar apaciguada con un castigo ejemplar. Que sepa lo que duele hacer las cosas mal: «Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: – Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo.  Pero el padre ordenó a sus criados: – Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado! Y comenzaron, pues, a hacer fiesta». No acabo de entender la misericordia. Me supera ese abrazo tan injusto. ¿No se merecía más un insulto, un grito, al menos una reprimenda? ¿No era necesario educar al otro? Hay muchas personas que viven educando a los demás. Sienten que tienen que corregir lo que los demás hacen mal. Ven sus defectos y salen inmediatamente a buscar el mejor camino para que enmienden sus pasos. Se indignan cuando no obedecen sus consignas, cuando no siguen sus consejos, cuando no aceptan sus castigos. Se rebelan contra ese hijo indómito, culpable, rebelde. Quieren que cambie de conducta y sea más pacífico, más noble, más fiel. Quieren que vuelva a nacer para hacer todas las cosas nuevas y bien, como Dios manda, como corresponde. Se frustran cuando no hay avances y la educación no funciona. Este padre blando y permisivo es el anti-ejemplo. No vale como modelo. No puede haber un padre que sea así, tan misericordioso. Es frustrante, el hijo menor no va a cambiar nunca. ¿Cómo sería la vida del hijo menor al día siguiente? Siempre me lo he preguntado. Después de la sorpresa, después de la fiesta inmerecida, después de recuperar su cuarto y sus bienes, después de volver a ser hijo. ¿Cómo sería el trato con el hijo mayor? ¿Y las conversaciones en la mesa al día siguiente? ¿Les hablaría al padre y al hermano mayor de su vida en ese tiempo pasado? ¿Les pediría perdón de nuevo? ¿Se sentiría realmente arrepentido de lo que hizo una vez saciada el hambre? No lo sé, a lo mejor tampoco importa. Sé que uno empieza a cambiar cuando se sabe amado. Pero también he visto a personas no cambiar, no crecer, incluso cuando alguien los amaba de forma incondicional. Tal vez porque no se dejaban amar de esa manera. Tal vez porque sentían que no lo merecían y se había endurecido el corazón y habían puesto una muralla que los separaba del amor. Sí, no siempre cambia el que es amado. A veces maltrata al que lo ama de esa forma inmerecida. Y no le da el mismo amor que él da. Puede que el hijo no enmendara su vida y volviera a caer en los vicios de antes. Lo he visto muchas veces, el perdón no necesariamente me cambia para siempre. En esa parábola Jesús no pretende que vaya tan lejos. Simplemente me quiere decir cómo es el amor de Dios. Es imposible, es incondicional, es salvaje. Es el amor más grande que uno pueda imaginar. Un amor indebido, excesivo, que supera todas las medidas razonables. Es un amor insensato que aparentemente no educa. Porque no exige, porque no pone al hijo en la posición de aprender algo. Si actúo mal siempre voy a recibir misericordia. Si trato mal a los demás igual voy a ser amado sin merecerlo. Entonces, ¿para qué esforzarme? Un amor tan blando no cambia el corazón. Me lo repito para no olvidar que ese amor es injusto, desborda lo debido, lo justo, lo sensato y razonable. Y me pone en una posición difícil. ¿Acaso espera Dios que yo ame de la misma manera? ¿Se cree que voy a perdonar sin exigir nada, sin pedir nada a cambio? ¿Voy a permitir perdonando que el maltratador me siga maltratando? No, sabe Jesús que yo no soy así. Soy demasiado débil y exijo lo que no me dan. Me vuelvo demandante con los demás. Les pido que me traten como me merezco mientras no soy capaz de darles el amor que no tengo. No soy ese padre y quisiera que todos tuvieran misericordia conmigo. Eso sí lo espero, incluso lo exijo. Busco que me perdonen siempre. Pido perdón casi como una rutina. Frases hechas, perdones forzados que no reciben la misericordia esperada. El amor de Dios es así, me dicen hoy. Es imposible. ¿Lo he tocado alguna vez en mi vida? ¿No me he sentido como ese hijo menor, miserable, con hambre, que vuelve a casa a buscar un lugar en la casa paterna? Quiero recordar que soy hijo menor cada vez que tomo decisiones equivocadas, que me hacen daño, que me alejan del camino marcado. Cada vez que me miento a mí mismo diciéndome que voy por el camino correcto. No creo en esa misericordia de Dios y por eso trato de juntar tantos méritos, para ser amado, para agradar, para que me quieran. Hoy quiero tocar esa misericordia de Dios, en estos días santos. Tocar ese amor de Dios que me sana por dentro. Ese amor que no merezco y que se derrama sobre mí como un regalo inmenso. Pienso en todo lo que puedo hacer por cambiar este mundo. En todo lo que puedo lograr si me dejo hacer por Dios. 

Jesús es condenado a muerte. Pilato dicta la sentencia tras la presión de la multitud. Me conmueve mirar a Jesús indefenso. No se defiende, no acusa, no se indigna, calla. Me cuesta su mansedumbre. Que no se rebele contra la injusticia. Lo miro y quisiera ir corriendo y colocarme delante de Él, cubriéndolo con mi cuerpo, para que no lo acusen, para que no lo condenen. Es tan fácil condenar a un hombre entregado. Tan fácil decir que es justo lo injusto, y culpable el inocente. Pilato lo condena a muerte como si él fuera dueño de la vida y de la muerte, como si fuera Dios. Pero no lo es. Y es sólo un instrumento del mal, un engranaje en una cadena que no cesa. Me gustaría acallar su voz y grito en mi silencio que es inocente, el más inocente de los hombres. No permitas Jesús que me convierta en juez de nadie. No dejes que condene con mis juicios, con mis palabras. Quiero callar, guardar silencio, no condenar nunca ni a los culpables, ni a los inocentes. Quiero quedarme callado para no hacer daño. Y quiero ser manso como tú, incluso cuando sea yo el que sufra una injusticia. Jesús, si fuera como tú. Jesús carga con la cruz. Inicia su camino hacia el Calvario cargando el madero. Un madero que no es suyo, sino mío. Una carga pesada que yo mismo pongo sobre sus hombros. Me dirá que yo tengo que cargar con mi propia cruz. Que si no lo hago no puedo ser discípulo suyo. Esa cruz que me pesa. De mis debilidades, de mis dolencias, de mis miedos, de mis incapacidades. Esa cruz llena de mi pecado que pesa y duele. Esa cruz que no merezco pero es la mía, la que me ha tocado, la que me servirá como trampolín al cielo. Dios no me la ha mandado, simplemente forma parte de mi impotencia, de mi ser hombre. Quiero ponerle nombre a la cruz que hoy cargo. Miro a Jesús y me anima a hacerlo. ¿Cómo se llama hoy mi cruz? ¿Qué nombre lleva impreso? Mi cruz tiene nombre y es mía. Me define. No sería yo sin esa cruz que llevo. No puedo dejarla a un lado. O la llevo amargado o la llevo con alegría y paz. O la intento apartar de mí con todas mis fuerzas o la cargo sabiendo que es mi propio viacrucis, el que me asemeja a Jesús cargando con su madero. Jesús cae por primera vez. El peso de la cruz y el cansancio físico lo derriban. Me confundo, un Dios que cae bajo el peso de un simple madero. Un hijo del hombre que tropieza. He visto a Jesús predicar desde la montaña con tanta fuerza. O hacer milagros impresionantes. Calmar el mal, resucitar a un muerto. Y ahora es tan débil. Siempre me ha costado ver que las personas a las que admiro tienen debilidades, o flaquean, o dudan, o tienen miedo. Más me cuesta pensar que Jesús se cae. No es capaz de caminar al calvario erguido, orgulloso, fuerte, como desafiando a sus enemigos. Así me imagino a mí. Cuando no quiero mostrar mis debilidades, cuando no quiero que vean cuando caigo, cuando escondo mis defectos y caídas. Yo no caigo, me repito, para creérmelo. Soy fuerte, puedo con mi cruz. Que me admiren. Me siento tan capaz y soy tan torpe. Me creo tan poderoso y soy tan débil. La humanidad de Jesús se clava como una punzada en mi pecho. Sé que no es más fuerte el que no se cae nunca, sino aquel que cuando cae vuelve a levantarse y sigue el camino. Eso es lo que hace Jesús, sigue su camino. No se detiene, se pone en pie. Y me enseña a hacer lo mismo. Que vean mis debilidades, no importa. Y que vean que me levanto y sigo caminando. Así será siempre mi camino. Jesús encuentra a su Madre. Un encuentro doloroso entre Jesús y la Virgen María en el camino. Se miran. Corre a su encuentro. Sufre con su dolor, es su niño, herido, abandonado, condenado injustamente. Quisiera sacarlo de ahí y ponerse ella. Quisiera salvarlo de esa cruz injusta. Se miran. Jesús le dice que hace todas las cosas nuevas. Ella no entiende. Es el dolor de siempre, el mal del hombre, la injusticia común en todo pecado. Se miran y María lo sostiene. Lo abraza por la espalda. Le dice que no tema. Que siga, aun sin entender nada, que siga haciéndolo todo nuevo. Así me encuentro yo también con mi Madre en mi propio camino al Calvario. Me conmueve su mirada, su abrazo en silencio, sobran las palabras. Son gritos callados. Lágrimas vertidas. Y esa fuerza que necesito para seguir el camino. Esas miradas que se hacen una en un pozo muy hondo de amor y de esperanza. Esos ojos que me enseñan a vivir, a creer, a esperar. María no me va a dejar nunca, tampoco cuando sienta el peso pesado de mi cruz. Me va a decir que mi vida es valiosa, única, un tesoro. Y sus palabras levantarán mi ánimo y me darán paz. El Cireneo ayuda a Jesús. Simón de Cirene es obligado a ayudarle con el peso de la cruz. Pasaba por ahí, no lo conocía. Fue obligado a cargar una cruz que no era la suya. A lo mejor se indignó y pidió estar lejos de ese hombre ensangrentado, culpable, miserable. Que no lo confundieran como un culpable más. Mejor estar lejos del acusado. Y además, cargar una cruz que no era suya. Injusticia, diría en su corazón. hasta que se puso al lado de Jesús y le ayudó a ponerse en pie. Juntos cargaron la cruz. Al principio seguiría enojado. Como yo cuando me obligan a cargar con un peso que no me corresponde, que no es mío, porque no soy yo el culpable. Me indigno también con Dios y quiero que cambie las cosas que no me gustan. Tal vez se miraron en algún momento y todo cambió. Un moribundo le sonrió con los ojos, le dio las gracias, cambió su vida. Obligado a cargar la cruz de otro ese Jesús se metió en sus entrañas, en su vida y le dio la vuelta para siempre. Quizás me gustaría ser ese Cireneo. Ponerme al lado de la cruz de otros, aunque no me toque, aunque yo no sea yo el culpable. Cargar con esa cruz para que él pueda caminar. Ayudarlo aunque me manche con su sangre y me sienta tan indigno como él llevando una cruz que no es la mía. Quiero ser cireneo y que Jesús me mire con una sonrisa en los ojos, agradeciendo que esté allí, aunque haya sido a la fuerza.

El hijo mayor siempre me ha conmovido. Es el mayor, el responsable, el que asumió quizás demasiado pronto responsabilidades que no eran suyas. Y obedeció sin rechistar, sin salirse del carril marcado. Me conmueve este hijo mayor quizás porque me parezco tanto a él: «Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando ya cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba, y el criado le contestó: – Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque ha venido sano y salvo. Tanto irritó esto al hermano mayor, que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese. Él respondió a su padre: – Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado. El padre le contestó: – Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero ahora debemos hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado». El hijo mayor piensa que estar con su padre es un trabajo excesivo no remunerado. No ha recibido beneficios tan grandes como los de este hijo menor que lo ha dilapidado todo. No ha sentido el abrazo del Padre, ni su beso, ni su espera ansiosa cada mañana soñando con su regreso. Siempre ha estado en casa, ha cumplido con lo que esperaban de él, ha dado la talla, ha estado a la altura. ¿Por qué es infeliz? Cumplir parece que no da la felicidad, cumplir y tratar de hacer el bien a los demás y hacerles las cosas más fáciles. Parece que no van a agradecerle lo suficiente. Se indigna. Él, en su corazón, envidia al hijo menor y su audacia. Tal vez él hubiera querido pedir también su parte de la herencia e irse, pero no reunió el valor suficiente para hacerlo. Se quedó en casa, fue fiel hasta el final, nunca dijo nada desagradable, cumplió, sirvió, estuvo cerca de su familia cuidando a su padre y su casa, y sus tierras. Este es el hijo que se queda, el responsable, el que siempre cumple. Representa a aquellos de nosotros que permanecemos en la casa del Padre, que seguimos las normas de la Iglesia, que nos esforzamos por ser fieles y hacer lo correcto. Es el hijo ideal que todo padre desearía: obediente, trabajador y leal. Ha estado siempre ahí, acompañando a su padre y cuidando de la hacienda. Cuando su hermano regresa y el padre organiza una fiesta, el corazón del hijo mayor se llena de un pecado sutil pero destructivo: la envidia. Le duele ver la celebración por aquel que lo despilfarró todo, mientras que él, que siempre cumplió, siente que nunca ha sido reconocido ni se le ha dado una fiesta similar. Su reacción es de rabia, una oscura envidia se apodera de su alma y se siente «menso» por haber sido siempre el bueno. La figura del hijo mayor me confronta con mis propias actitudes. ¿Me da envidia que a otros les vaya bien? ¿Me alegro cuando triunfan mientras que yo no prospero? ¿Me comparo constantemente con los demás, sintiendo que no se me valora lo suficiente por mis esfuerzos y sacrificios? ¿Cómo miro a los que regresan a la Iglesia o a los que no viven según mis normas? A veces, puedo pensar que la comunión o el amor de Dios es un premio para los que cumplen, un pago por los méritos reunidos y me indigno cuando el Padre muestra misericordia a quien, según mi juicio, no se la merece. El padre le recuerda a este hijo obediente que todo lo suyo es también suyo Pero el hijo mayor, a pesar de estar en la casa, no se sentía feliz, no se siente amado. Estaba allí como a la fuerza, sin valorar la inmensa riqueza de estar con el Padre todos los días de su vida. ¿Estoy yo realmente feliz en la casa del Padre, en la Iglesia? ¿Encuentro paz y alegría al cumplir lo que Dios me pide, o lo vivo como una carga muy pesada? El hijo mayor lo tiene todo y no lo valora. Podría ser muy feliz si disfrutara en la casa del Padre, si sintiera que allí es amado en lo más hondo. El hijo mayor sería muy feliz si encontrar el sentido de su vida en cuidar esa hacienda que no le pertenece. Es de su Padre y también es suya. Me gustaría hacer las cosas bien, pero no a la fuerza sino como un don de Dios en mi vida. Me gustaría reconocer el amor de Dios en un abrazo cada mañana. Me gustaría no olvidar esa voz que me recuerda que soy el hijo amado.

Dos discípulos en carrera y María que los anima a buscar a Jesús, porque no saben dónde lo han puesto. Así comienza la resurrección: «El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: – Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». La losa quitada. Igual que la que cubría a Lázaro. Ese día la apartaron para que saliera vivo después de la muerte. Ahora simplemente Jesús no está, el sepulcro está vacío. Siempre me impresiona que la única prueba de la resurrección sea la ausencia de un cadáver. ¿No lo habrán escondido? Es fácil pensarlo. Jesús había hablado de resucitar al tercer día. Era necesario custodiar el cuerpo. Así lo hicieron y no sirvió de nada. Desapareció sin que nadie lo viera. Los discípulos no creyeron a las mujeres, pero, alarmados, corren a ver si es cierto. ¿Tendrían esperanza? Seguramente tendrían en su pecho el anhelo de una vida que desconocían. «Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva»[1]. La muerte era un golpe duro en medio de su camino. Habían soñado con una vida nueva de la mano de Jesús. Habían creído que con Él todo iba a ser diferente. Pero había muerto. Y la muerte es un hecho irrefutable. Había resucitado a Lázaro pero no podría salvarse a sí mismo. ¡Cuánto dolor sentirían los discípulos! Todos sus sueños rotos y ahora el miedo de acabar como el Maestro. ¿Les tocaría a ellos el turno? Que hubiera desaparecido el cuerpo no tenía sentido. No les daba ningún poder. Un sepulcro vacío no quiere decir nada. ¿O sí? Corrieron. Desde el cenáculo hasta llegar al santo sepulcro hay una buena distancia. Juan corría más rápido. Pero espera a que llegue Pedro para entrar. Entran juntos y sólo ven los sudarios. No hay nada más, Jesús no está. Pero vieron y creyeron. Les bastó lo que vieron para saberlo. ¿Necesitaban que se apareciera? No, les bastaba su fe y su esperanza. No estaba el cuerpo, tenía que estar vivo, pero ¿cómo es posible? Me he acostumbrado a hablar de la resurrección como si fuera algo normal. No hay explicación. Un misterio imposible. Sin esperanza no hay nada. Sólo Jesús podía hacer lo imposible. Están escondidos pero confían, creen. Jesús resucita y la prueba es la ausencia. Me gustaría tener tanta fe como para creer en lo imposible. Creer que detrás de la muerte hay vida. Que detrás del fracaso hay éxito. Que detrás de la soledad hay un amor más fuerte. Pienso en la muerte que me pesa hoy en las entrañas. Siento que en mi vida hay una losa que cubre lo que está muerto. Siento que mi corazón se ha endurecido, se ha vaciado de vida. Veo dentro de mí tanto vacío y me gustaría que Jesús viniera y me dijera que me levante. Levántate. Sal de tu muerte. Quiero escucharlo y salir. Muero cuando dejo que el odio se apodere de mi corazón. Cuando me endurezco por el rencor y el resentimiento. Es fácil que mi orgullo no me deje perdonar y reconciliarme. Es fácil caer en esa actitud pasiva y fría. Dejo de amar, dejo de perdonar, dejo de pasar la página. Resucitar supone dejar que la vida sea más fuerte que la muerte que hay en mi interior. Resucitar es permitir que una voz más fuerte que la mía me ordene comenzar de nuevo. Quiero la vida y no la muerte. Elijo vivir mi vida y no renunciar a ella. Elijo la vida que tengo y no la que podría haber tenido. La realidad es la que es y no puedo cambiarla, sólo puedo cambiar mi forma de mirar las cosas para creer y volver a comenzar aceptando mi realidad. Como esos sudarios en el suelo de un sepulcro vacío. Como el recuerdo de un amor que puede comenzar siempre de nuevo. No pierdo la confianza en ese Dios que me ama con locura de forma personal. Me ha llamado por mi nombre y quiere que viva, que espere, que confíe, que no deje de buscar lo que más anhelo. En esta semana en la que la muerte parece vencer. Y el odio parece más fuerte. Al final la última palabra la tiene Dios. No ha muerto para siempre. Sólo hubo una oscuridad que dura un viernes santo. Pero luego vinieron la luz y la esperanza. Y se quedó vacío el sepulcro para siempre. Venció la vida.

[1] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI