Hechos de los apóstoles 6, 1-7; 1 Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: – Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?»

3 mayo 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«¡Cuántas veces me dice Jesús que no tenga miedo, que no pierda la paz, que no me turbe! Que crea en Él, que tenga fe. Pero yo me turbo, pierdo la paz y tengo miedo»

¿Por qué Jesús llama a algunos a estar con Él en el camino de la vida renunciando a tener una familia propia? ¿Por qué seguir a Jesús de esa manera que parece tan extraña? ¿Por qué la exclusividad en ese amor que luego se reparte en muchas almas? ¿Por qué vivir consagrado para Él? Sigo sin tener todas las respuestas. Más bien han brotado con el paso de los años más preguntas y algunas certezas. Lo que más me conmueve siempre es pensar que Jesús me conoce y me llama, sabe cuál es mi pecado e insiste, yo me alejo por caminos falsos y Él me sigue hasta estar a mi lado y caminar despacio, sin forzar, sin exigir, sin pretender. Sólo escucha, conoce mi nombre y me habla en el corazón, porque Dios habla. Al principio, al comenzar mi camino les daba mucha más importancia a mis fuerzas, a mis dones que a su poder. Casi como ese niño que le ofrece sus panes y sus peces a Jesús pretendiendo que alimente a tantos. Seguro de lo que posee. Llegué a creer en algún momento, vana ilusión, que me llamaba por mis talentos y mis capacidades. Y es que el corazón se engaña tan fácilmente. Y siente que es capaz sólo porque alguien te dice que lo eres. Como ese niño que pinta cualquier cosa y escucha maravillado el cumplido de su madre y se cree un gran pintor sin serlo. Pues así yo también pensé que lo que yo daba era tan valioso y fundamental. Y entonces me creí enviado por Dios a cambiar el mundo con mis fuerzas, desgarrando las cadenas que encontraba y luchando contra todos los dragones que me amenazaban. Pasaron esos tiempos en los que mis fuerzas parecían inagotables. Y me confronté demasiado a menudo con mi debilidad. Con la herida del alma. Y sentí que era demasiado grande el peso y la responsabilidad sobre mis hombros. Como si todo el mundo pesara demasiado sobre mi alma. Fracasé en el intento de mantenerme firme y toqué el polvo del camino. Me sentí desvalido, roto, torpemente vacío. Como si realmente al final pensara que se había equivocado ese Jesús que corrió por el camino hasta caminar a mi lado y llamarme. ¿Para qué me llamó si no tenía sentido hacerlo? Me asustan la oscuridad de las tormentas, el peso de los fracasos y la soledad en las luchas. Y el silencio, ese silencio sin voces, sin paz, sin sonrisas. Experimenté en ese momento que Jesús no me llamaba a cambiar el mundo, a vencer el mal, a lograr la conversión de todos los pecadores. Y respiré aliviado como quien ve cómo le quitan de sus hombros una carga infinita. Respira, me dijo Jesús, no eres tú, no te inquietes. Sólo quiero que estés aquí a mi lado, quieto, sin hacer nada, en la brecha de la muralla. ¿Para qué? Le pregunté, pensando que era mi efectividad y los frutos los que me definían. Que eran mis logros los que aumentaban mi valor. Mis conquistas las que definían mi esencia. De nuevo la vanidad, y el orgullo y la herida. No es así, me dijo, sólo te llamé para que estés conmigo. Partiendo el pan que es tu vida. Compartiendo tu alegría que es la mía. Regalando tus silencios sin respuestas porque yo soy la respuesta. Y me quedé aliviado al pensar que no debo tener el control de todo, que no tengo que poseer las respuestas que el mundo espera, que no tengo que alimentar yo a todos los hambrientos. Que basta con que entregue mis pocos panes, mis pocos peces, mi miseria y mi pecado, mi herida abierta y todos mis miedos. Y pensé en ese instante que no tenía valor sino el que me daba el hecho de ser hijo, niño, enviado por aquel que me ama como soy, sin exigir nada, sin querer que cambie nada. Ahora, pasados los años, creo que tengo más paz que al principio del camino, más libertad para soltar y no retenerlo todo entre mis manos, más sinceridad para confesar mis propios pecados, más valentía para no temer la derrota. No trato de agradar a todos porque eso es imposible. Ni responder a todas las expectativas porque eso tampoco lo hace Dios. No puedo dar de beber con mi agua, yo solo soy un cuenco vacío, o un cauce que deja que el agua de Dios pasa, sin apenas dejarme nada para que yo beba. No le exijo a Dios que me hable todas las mañanas. No le pido que me salga bien todo lo que emprendo. Ni espero que sus respuestas broten en mis silencios. Sólo quiero seguir al pie de la brecha en la muralla. Herido y caído, sin pretensiones, sin fortalezas. No quiero que los demás admiren una perfección que nunca tuve. Y los que me conocen saben muy bien que sólo tengo, como cualquiera, una vasija de barro rota que lleva en ella a Jesús, sólo eso, su agua, y su pan. Y mis silencios. Por todo ello tengo claro, que pasado ya tanto tiempo, soy más misericordioso que cuando comencé este camino. Porque ya son muchas las veces que he experimentado en mi alma su misericordia salvándome.

Hoy Jesús me dice que no tenga miedo, que no pierda la paz, que no me agobie: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí». ¡Cuántas veces me dice Jesús que no tenga miedo, que no pierda la paz, que no me turbe! Que crea en Él, que tenga fe. Pero yo me turbo, pierdo la paz y tengo miedo. No puedo evitarlo. El miedo es más fuerte. El miedo al fracaso, a la muerte, al mal que es tan poderoso y me llena de angustia. Me turbo porque no tengo claro si lo que estoy decidiendo es bueno o malo. No sé qué será de mí mañana o pasado mañana. Pierdo la paz porque me cambian los planes y lo que yo deseaba no se hace realidad. Quisiera tener un corazón más libre, pero ¿cómo se consigue la libertad interior? Esa capacidad para enfrentar las contrariedades sin perder el ánimo, sin altearme, sin enojarme. ¿Cómo reacciono cuando las cosas no salen como yo esperaba? Cambios de planes. Decisiones de otros que me afectan. Las injusticias, la violencia que sufro, los dolores que padezco. Quisiera que las cosas fueran de otra manera. Que todo fluyera y llegaran los éxitos que tanto ansío. Ansiedad, dolor, tristeza. Si tuviera la fe del tamaño de un grano de mostaza. Si creyera que los milagros pueden ser posibles. Brotan el miedo y la soledad. El vértigo ante la vida que va demasiado rápido. El corazón que se vincula y sufre. Y porque sufre, duele más volver a vincularse y que se rompa todo en mil pedazos. Me gustaría tener claro lo que va a pasar mañana para dormir tranquilo. Pero nada está claro. Me turbo cuando no se cumplen mis planes. Me angustio cuando no sé cómo enmendar lo que no resulta bien y hacer que todo funcione. Hoy he rezado en el salmo: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas. La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre». La única forma de vivir tranquilo es confiar. Es creer que Dios no me suelta de la mano y me mira con misericordia. Es esa mirada la que me salva en mi indigencia y me levanta cuando me siento frágil. Es la mirada de un Dios todopoderoso y bueno. Un Dios que se fija en mí, cree en mí y es capaz de sacar lo mejor de mí. ¿Cómo no voy a estar agradecido por todo el bien que me ha hecho? Es un Dios que me busca, me cuida y camina a mi lado por los caminos. Sonríe en mi tristeza para que me alegre. Me da motivos para la esperanza. No con palabras, sino con hechos, con su amor inmenso, incondicional e infinito. Es una verdad incuestionable que mi mente puede ser una cárcel: «Que la mayor prisión está en tu propia mente y que ya tienes la llave en el bolsillo: la voluntad de liberarte del cuestionamiento, de reivindicar tu inocencia y de quererte por lo que realmente eres: un ser humano imperfecto y pleno»[1]. Soy más libre cuando me acepto como soy, cuando me quiero en mi fragilidad, cuando reconozco mis torpezas. Soy más libre cuando no vivo de expectativas infundadas. Cuando mi felicidad depende de lo que hagan los demás, de cómo se comporten y actúen. No pierdo la paz en medio de mil guerras, no me turbo cuando todo a mi alrededor se derrumba. No dejo de levantarme cada vez que caigo. Confío en que todo puede estar mucho mejor y también peor. Pero luego, cuando le vea los ojos a la muerte, me daré cuenta de todo el tiempo que perdí y toda la angustia que viví por cosas que no son tan relevantes. Lo importante no es tanto. Pero lo anecdótico son la mayoría de las cosas que me turban a diario. Quiero tener la paz de los niños que viven sumergidos en el presente. S. Expedito tuvo la tentación del mañana en el graznido de un cuervo: cras, mañana en latín, parecía decirle. Y él respondió con prontitud: Hodie, hoy en latín. El mañana no es lo que me salva, sino el hoy, la capacidad de vivir en presente, aquí y ahora sin turbarme demasiado por lo que pueda suceder. Hay cosas poco importantes por las que sufrimos y que puede que nunca lleguen a suceder. Esa mirada puesta en el presente es la que me da alegría. Hoy es la oportunidad que tengo para ser feliz, para ser santo, para vivir confiado y arraigado en el corazón de Dios. La santa indiferencia es un don de Dios que anhelo y no consigo. Que no me afecte tanto la realidad que me golpea. No estoy condenado a vivir amargado. Puedo salir de mi debilidad y encontrarme con el Dios de mi vida en cada momento. Y agradecerle porque no me suelta nunca de la mano. Que no se turbe nunca mi corazón. Aun cuando las cosas no resultan como yo quisiera. Aun cuando los planes no son como yo había pensado. Quiero tenerlo todo claro y al mismo tiempo confío en que Dios va a hacer las cosas nuevas en medio de los momentos de mayor dificultad. Que no se turbe mi alma en el presente. Que no se angustie ante ese futuro fuera de mi control.

Hoy la inteligencia artificial puede hacer cosas maravillosas. Ahorra mucho tiempo y esfuerzo y evoluciona tan rápido que lo que vale hoy mañana se queda anticuado. Está cambiando el mundo a una velocidad vertiginosa. Y si no me subo al mismo tren lo pierdo. Y me pierdo. No puedo vivir sin enfrentar esta nueva realidad que estoy viviendo. También con la inteligencia artificial se pueden crear escenas ficticias que no han sucedido. Incluso imágenes de guerra que no han tenido lugar. Y entonces brota la duda, ¿qué es verdad y qué es mentira? ¿Es cierto lo que ven mis ojos o tengo que pensar que es todo una representación posible de una realidad inexistente? ¿Tengo que creer todo lo que veo? Siempre ha sido fácil mostrar algo como verdad cuando no lo es y hacer algo sospechoso y digno de dudas cuando no lo es. Recuerdo una película antigua que se llamaba la duda. En un colegio a un profesor lo hacen objeto de dudas. Uno no sabe si lo que se dice de él es verdad o es mentira. Pero al escucharlo ya se ha vertido como el aceite la sospecha. Todo lo que haga podrá ser usado en su contra. Porque cuando tengo un prejuicio positivo o negativo sobre alguien, no me fijo tanto en lo que hace o dice, todo lo interpreto desde el tamiz que tienen mi mente y mi corazón. Si sospecho de él todo lo encontraré sospechoso. Si creo en su honestidad y verdad, haga lo que haga creeré en su inocencia. Los hechos, la realidad, lo que ha sucedido se puede interpretar de muchas maneras, aun tratándose de algo tan objetivo como un acto, una realidad que me salta a los ojos. El cuerpo de una víctima, o la destrucción de una casa, o un robo, o simplemente una persona herida. El proceso, cómo se ha llegado a ese resultado tal vez no lo conozco o quizás puedo llegar a conocerlo, porque puede ser grabado o puede haber testigos. Lo que no puedo saber desde fuera es qué intenciones están detrás de una conducta determinada. No sé si actúa movido por el odio, el deseo de venganza, la búsqueda de placer egoísta o el deseo de hacerle un bien al otro. No sé si actúa desde su herida o desde el deseo de amar de forma incondicional al mundo. Puedo grabar voces, no pensamientos, no sentimientos. Puedo saber el pasado de una persona, los hechos objetivos que le afectaron, lo que queda grabado en las redes sociales, pero todo lo demás, las consecuencias en su vida, sólo puedo llegar a ellas de forma subjetiva. Interpreto, imagino, creo que esa persona actúa de esta manera siguiendo ciertas motivaciones y movido por ciertos sentimientos de culpa, de rabia, de envidia, que derivan de su historia jalonada de momentos difíciles. Sólo puedo interpretar lo que pasa en el alma. Pero la inteligencia artificial no me puede mostrar lo que sucede dentro de cada persona. Ni siquiera podrá sacar conclusiones a partir de hechos o palabras. Todo es muy sutil, está escondido bajo la piel y es difícil juzgar la realidad sin arriesgarme a cometer un error. Por eso me he vuelto muy cauto a la hora de afirmar verdades absolutas. Y decir de una persona que es así, o de esta otra manera, que lo hace con esta intención o con esta otra. Es cierto que lo hago, no puedo evitarlo y al mismo tiempo me detengo y pienso, ¿estaré en lo cierto? ¿Será eso lo que pretende? ¿Hace el mal porque es malo o porque es malo no puede hacer otra cosa que no sea el mal? No juzgo tanto como cuando era más joven, más inmaduro o incauto. Cuando pensaba que todo era blanco o negro, dos más dos, siempre son cuatro. Pero no, dejé de mirar debajo del agua y aprendí a dejarme tocar por la vida. Decía el Papa Francisco en medio de una pandemia que conmovió al mundo: «Que lo que está pasando nos sacuda por dentro». ¿Tenía yo certeza de lo que estaba pasando? ¿La tengo ahora? ¿En lo que me dicen las noticias, en lo que veo y escucho, dónde se encuentra la verdad? ¿O qué es verdad y qué es mentira? Tiemblo. No sé si esa realidad que veo es la que me tiene que interpelar. Porque puede que mis algoritmos me muestren sólo la realidad que me gusta ver y me prive del acceso a otras corrientes de opinión, a otras realidades diferentes a la mía. Esa pandemia nos unió, porque era un mal al que se enfrentaba toda la humanidad. Añadió el Papa Francisco: «Que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente». El mundo es plural, muy diverso. Parece que hay muchas verdades escondidas. Y a mí me gustaría que todo estuviera más claro. Y me da miedo convertirme en relativista, en afirmar cauto que todo vale. Cuando sé que realmente no todo vale. No valen el mal, ni el odio, ni la violencia. No vale lo que divide y lo que mata. Tengo claro que los fanatismos enferman el alma y los haters lo radicalizan todo. No es verdad todo lo que veo. Pero tampoco todo lo que veo fuera de mi verdad tiene por qué ser mentira. Me sigue interpelando la realidad con su crudeza, con su dolor. La muerte, el odio y el desamor. Me siguen haciendo daño los que quieren dañarme y no puedo ponerme una coraza que me aísle de la realidad. Porque no toda la realidad me duele. Y porque soy parte de este mundo extraño que ni siquiera con toda la información de la inteligencia artificial puedo conocer. No sé si todo lo que veo es verdadero. Y tampoco sé bien lo que es mentira. Quiero tener una opinión propia sobre la vida y no dejarme llevar por lo que piensan los míos, sólo para que no me rechacen, sólo para que no me hagan daño y para no quedarme solo. Sólo así tiene sentido este mundo en el que vivo. Bello y duro. Fantástico y brutal. Lleno de vida y de muerte. De luz y de oscuridad. Un mundo que intento amar cada día desde el presente, con sus luces y sus sombras, con su amor y su odio.

La promesa del paraíso, del cielo, siempre enciende el corazón. La promesa de vivir con Jesús siempre, sin descanso, sin pausa. «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros». Un lugar en el que no necesitaré buscar desesperadamente llenar el fondo insaciable de mi alma. Donde no tendré que buscar satisfacer todas mis necesidades porque todo estará en paz, en orden, bien colocado. Un espacio en el que no estaré roto, sino en armonía conmigo mismo. Donde me sentiré amado de forma incondicional y siempre. Un ambiente en el que me sentiré valorado por lo que soy sin tener que hacer nada para que me validen. Un mundo de relaciones en paz donde no habrá ni guerras, ni rencores, ni resentimientos. Un paraíso en el que las tentaciones no estarán presentes y podré amar sin medida y seré amado en la misma medida infinita. Allí no necesitaré luchar para vivir un día más, nadie pensará de forma distinta porque todos sabrán cuál es la verdad y se adherirán con mucha paz a ella. Un cielo en el que el alma será trasparente y no habrá engaños ni dolor. No necesitaré defenderme de nadie y ya no habrá miedos, porque estaré en paz, en posesión de mí mismo, tranquilo, amando y siendo amado. Habrá misiones especiales en las que cuidaré desde lejos y de cerca a los que siguen en la tierra. Y viviré alabando y dando gracias al cielo por todo lo recibido. Es un milagro la vida, un don inmerecido. Y a veces, entre tantas luchas humanas y tantas divisiones y envidias, dejo de valorar todo lo que tengo, lo que soy. Dejo de agradecer y la queja se instala en mi ánimo quitándome la paz. La envidia divide y siembra la discordia. Desear lo que el otro tiene y soñar con lo que otros han conseguido me hace daño. Esa envidia me rompe por dentro y hace que desee lo que no es mío, lo que no tendré nunca. En el cielo ya no habrá esa división interna que me rompe el alma. En ese cielo al que Dios me llama estaré feliz con lo que tengo, sin desear nada más que me quite esa paz que me da la posesión permanente de los bienes eternos. Allí es ese lugar, allí donde Jesús va y donde me lleva. Porque Él es el ascensor del que hablaba Santa Teresita: «Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera; en las casas de los ricos, un ascensor los suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección». Un ascensor que me lleve a lo alto, al cielo, a la casa donde habita mi Padre. En el camino siento que la perfección es imposible y necesito, como Santa Teresita un ascensor que me haga volar a lo más alto. No es tan sencillo. El día a día, las tentaciones, el deseo de medrar, de ser mejor que otros, de conseguir objetivos que me pongo pensando que me darán la felicidad. Y luego no sucede y me turbo pensando en demasiados futuribles que no suceden, demasiadas posibilidades que surgen ante mis pasos. Y me da miedo fallar y no estar a la altura. ¿Cuál es esa perfección que alcanzaron los santos? ¿Acaso pudieron hacerlo todo bien y siempre? ¿Lograron una vida armónica y feliz, plena? ¿No cometieron nunca pecado ni dejaron de estar a la altura de las expectativas de los hombres? Santa Teresa me habla de su caminito: «El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, ¡oh Jesús! Para eso, no tengo ninguna necesidad de crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más». Se trata de hacerme pequeño. No luchar por ser grande. De aceptar la pobreza y no pretender ser impecable. No llegar al cielo a base de golpes de pecho y esfuerzos sobrehumanos por hacerlo todo bien. No lo consigo por más que lo intento. No es el mérito el que me salva, sino la súplica desde la indigencia. No es el logro el que me valida, sino el saberme niño y pobre en las manos de Dios. Tengo claro que mi nombre está inscrito en el cielo para siempre. Que allí estoy yo escondido detrás de muchas piedras, de muchas heridas, de muchos fracasos. Mi nombre como el de ese hijo pequeño y débil que quiso cargar un día el mundo sobre sus hombros y fracasó. Ese nombre mío es el que me da paso al cielo. Hay una morada en la que tengo un lugar reservado, un espacio único en el que podré estar para siempre con Dios, dejando todos mis miedos y mis miserias en sus manos de Padre. Eso me consuela y me salva hoy, en este presente que me abruma. Hoy acepto que soy un ciudadano del cielo en la tierra. Que soy un niño en las manos de un Dios que me levanta por encima de todas mis fragilidades. No tengo paz y le pido a Dios la paz que me falta. Sé que su promesa se hará un día realidad en mí, cuando me abandone en sus manos, cuando deje que sea Él el que haga el milagro de salvarme, de rescatarme en medio de todas mis tormentas. Creo en ese poder de Dios que es pura misericordia. No es el pago por la obra bien hecha, es simplemente el don que se hace vida en mi corazón herido.

Quiero estar con Jesús. Y seguir el camino para llegar hasta Él. Hoy me dice Jesús que Él es el verdadero camino: «Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: – Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: – Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Felipe le dice: – Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: – Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: – Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?». A veces no veo lo que hay. No distingo la realidad que mis ojos ven. Me pasa como a Felipe que no sabe que Jesús tiene el mismo rostro del Padre, porque es su Hijo. Yo tampoco veo bien a Jesús. No lo distingo entre los hombres y me confundo. No lo veo en aquellos a los que amo y me aman. Soy demasiado ciego. No logro avanzar. Me gustaría tener una mirada profunda para ver a Dios oculto entre las sombras, entre los hombres. Oculto y visible. Porque las apariencias engañan. ¡Tanto tiempo conmigo y no me conoces! Porque me pasa y no siempre conozco a los que amo. No sé lo que les preocupa, lo que temen, lo que sienten. Desconozco sus sueños y no sé qué es lo que más desean en esta vida. Paso por delante de ellos sin detenerme. ¿Estará Dios presente en su presencia? ¿Me hablará Dios en sus palabras y silencios? Es complicada esta vida en que muchas cosas no parecen ser lo que realmente son. Y la realidad es esquiva, como sumida en una niebla que no me permite observar con nitidez los contornos de las cosas. Quisiera saber si realmente el amor que siento es amor verdadero. Y el amor que me tienen se puede decir que es amor de verdad. Porque las palabras no suplen la realidad. Y lo que me dicen o digo no reemplaza la vida misma. Puedo prometerte tantas cosas que luego no cumpliré y olvidaré en cuanto hayan salido de mi boca. Como el que promete el cielo sin tenerlo en sus manos para entregarlo. Prometo lo que no tengo. Aseguro lo que no poseo. Te digo que sí cuando es no. Y que lo haré cuando no pienso hacerlo. Hablo de plazos, y fechas y promesas. Te digo que siento tantas cosas que luego no siento u olvido. Y tú me crees o pareces creerme. Puede que tampoco me creas y todo sea parte de una misma mentira. Es tan fácil mentir y llenar los silencios y los vacíos. Lo único que queda al final es el amor, la realidad sórdida y concreta de una vida que se entrega hasta el final. Quedan la incondicionalidad y el perdón. Quedan el abrazo y la presencia al lado de tu cruz. Queda mi sí callado, un silencio fiel al lado de tu lecho. Queda la vida y no la promesa incumplida. Queda la verdad que deja a un lado la mentira. Y Felipe no lograba ver al Padre en el rostro de un hombre. ¿No cree en la vida eterna? Dudas, miedos, y la realidad que se impone tantas veces. Jesús mismo es mi camino, mi vocación, el sentido de mi vida. Es el abrazo de cada mañana y la última palabra que escucho en un susurro al acabar el día. Jesús es mi decisión temprana de jugarme por Él la vida. Merecerá la pena si sólo puedo tocar su herida o experimentar en mi piel la fidelidad de un Dios que me ama como soy y no se sorprende al verme tan frágil y herido. Felipe no cree habiendo conocido a Jesús durante tanto tiempo. ¿Qué me espera a mí que no he compartido la vida a su lado? Pero yo mismo sé que he visto muchas cosas reales. He tocado los cielos más altos y he caído en medio de las honduras más terribles. Yo lo he hecho y he sufrido. He visto a Jesús en mi camino, sobre todo cuando me despojaba la vida de todo lo que tenía. Y ya no tenía derechos, ni privilegios, ni tesoros que sostuvieran mi camino. Y he sentido la soledad y ha brotado con fuerza el miedo. Y es en esos momentos de fracaso y abandono donde he visto que Jesús es mi camino. No en los éxitos, no cuando todo iba a mi favor y la vida me sonreía. En esos momentos de gloria llegué a pensar que yo era el mismísimo dios escondido. Ese Dios oculto entre las sombras de mi vida. Cuando todo me iba bien y la vida me sonreía, o los hombres, o los cielos. Y todo parecía mejor que antes. Y yo me alzaba como un rey por encima de todas las cimas. No me hacía falta Dios, porque yo podía solo subir a lo más alto. Pero luego, al caer de la cumbre, al tropezar en el camino, al ser crucificado en mis misma cruz de madera sin ser consciente de nada, allí mismo, en mi sangre derramada, estaba Él, con su rostro amable, su sonrisa amplia, su silencio alegre. Quisiera reconocer su rostro entre las sombras. Sobre todo en mis fracasos y en mis derrotas. Sobre todo cuando me duela el alma y me sienta humillado y abandonado. Sólo sé que la vida es más grande que todo lo que poseo ahora mismo. Sólo sé que no seré más feliz cuando lo posea todo o cuando crea que la vida me va a sonreír. Jesús es mi camino de vuelta a casa. Camino con Él, en sus manos, en su corazón herido. Soy parte de sus piedras, de sus huellas. He recorrido sus pisadas en esos pies clavados y sé que no tengo todavía nada que entregarle para justificar mi desidia y la vaciedad de mis palabras y promesas. Es mi camino cuando me pierdo, cuando me veo perdido y sin rumbo. Mi camino cuando vuelvo a elegirlo a Él entre mil opciones posibles.

Hoy Jesús me dice que Él es mi verdad y es mi vida. Lo es todo para mí y yo no me lo acabo de creer y desconfío. Busco otras verdades lejos de Él y vivo otras vidas. Quiero tener mi propia verdad lejos de Dios y desconfío de las verdades que otros me muestran. ¿Qué es la verdad? Le preguntaba Pilato a Jesús y hubo silencio. La verdad tiene que ver conmigo, con lo que hay en mi corazón. Lo que es verdadero tiene resonancia en mi alma. Cuando algo es de verdad vibro y me siento en casa. Jesús me dice que seguirlo a Él es adherirme a la verdad que me salva. Sólo en Él las cosas estarán más claras y sabré lo que tengo que hacer en cada momento. No es tan sencillo aceptar su verdad porque el mundo continuamente me bombardea con opiniones, con corrientes que tratan de imponer su verdad. Parece que haya demasiadas verdades a mi alrededor. Y yo me dejo seducir por ellas. Me parecen creíbles, sostenibles. Me acabo creyendo que cualquiera puede vivir adhiriéndose a la verdad que más le conviene. Siento que todo es relativo y por lo tanto no es necesario agobiarse tanto. Pero luego, asumiendo verdades pequeñas, me siento débil y no soy feliz del todo. Hoy Jesús me dice que la verdad plena es una persona, no una serie de conceptos más o menos creíbles, verdaderos. Adherirme a la verdad pasa por adherirme a Jesús, por unirme a Él, por seguirlo pase lo que pase. Y me dice que haciendo eso voy a ser feliz y a encontrar la paz que tanto anhelo. Escucho: «Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa». Si me adhiero a Él que es la piedra fundamental todo será más fácil y entraré a formar parte de un templo nuevo, de una construcción espiritual. Jesús es presentado como la verdad porque en él no hay fisura entre lo que dice, lo que hace y lo que es. En Él no hay mentiras, no hay falsedad.  En un mundo lleno de posverdad, de apariencias y discursos vacíos, la figura de Jesús representa la integridad absoluta. En Él no hay engaño y eso cuesta creerlo porque yo busco siempre la falsedad en las personas. Busco sus grietas, sus medias verdades. Jesús me dice que en Él no y que si lo sigo como soy tampoco habrá en mí mentiras. ¿Será posible? En las personas íntegras hay debilidades y fortalezas pero no hay sombras. Son lo que son, no pretenden ser más, no se apegan a las apariencias.  Jesús también dice: «Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». (Juan 8:32). Aquí, la verdad no es un peso o una regla opresiva, sino una fuerza liberadora. Liberación de la ilusión. Quisiera aprender a vivir en la verdad de Jesús. Sé que hacerlo implica abandonar las falsas identidades. Quiero dejar a un lado mi ego, mi estatus, mis posesiones. Quiero ser libre para vivir en la identidad de hijo de Dios. Quiero ser auténtico sin más pretensiones. Seguir esta verdad exige transparencia radical conmigo mismo y con los demás. No quiero fingir, no quiero aparentar. No quiero dejar ver una verdad que no es mía. Jesús sabe cómo soy y me ama tal cual soy. Eso es lo maravilloso. Mi verdad le enamora y no huye de mí. Se queda conmigo para recordarme que vale la pena ser auténtico cada día. Jesús me muestra hoy el camino para vivir en Él: «Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre». Si permanezco en Dios mis obras serán mayores. Eso me parece increíble porque pienso que puedo hacer poco. Si no me alejo de su mirada, de su aliento, de su abrazo. Si me adhiero a esa verdad que me hace ver mi verdad con más claridad. Jesús quiere que viva en su corazón como Él vive en el corazón del Padre. Mis obras me definirán. Lo que soy, lo que hago, lo que siento, lo que pienso. Me gustaría que hubiera armonía en todo lo que hay en mi corazón. Un orden que viene de Dios como una gracia. Que no acepte mentiras que me hacen daño y me alejan de mi centro. Quiero vivir en su presencia para ser posesión suya todos los días.

[1] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz