Isaías 55, 1-3; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida. Jesús les replicó: – No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer»
2 agosto 2026 P. Carlos Padilla Esteban
«Nada podrá alejarme del amor de Dios porque ese amor es para siempre. Ese amor me salva en mis pesares, me levanta cuando vivo en soledad y me angustia la vida»
Me dicen que tengo que cuidarme, y es verdad. Que es importante cuidar el corazón, y también es cierto. Que lo que yo no haga por mí nadie lo hará. También vale. Que si yo no me pongo en el primer plano acabaré perdiéndolo todo y dejando mis necesidades a un lado. Que si no me guardo y me cuido, me acabaré destruyendo, cansado de darlo todo. Esas frases resuenan en mi corazón. Las he oído tantas veces. Tengo que alejarme de las personas tóxicas para ser feliz, porque me hacen daño. Nadie me comprende, sólo yo mismo sé lo que necesito y les exijo a otros que lo intuyan. Todos estos mensajes vuelan a mi alrededor y se van metiendo en mi alma sin que me dé cuenta. Por eso elijo y opto siempre por mí. Me he convencido de esa verdad dicha de muchas maneras, tengo que cuidarme para ser feliz. Y todo lo que sea una exigencia o una renuncia provocada por los demás, mejor alejarla de mi alma. Que desaparezcan esas pretensiones que el mundo tiene sobre mí. Necesito salvarme y pienso que, caminando solo, estaré mejor. El egoísmo se instala en el alma y la renuncia se ve como algo que me hace daño, algo que tengo que evitar a toda costa. Me vuelvo arisco y esquivo, me busco a mí mismo y huyo de todo lo que implique un compromiso. Solo estaré mejor, acabo pensando. Solo, sin todos aquellos que pretenden vaciarme el alma con sus pretensiones, con sus exigencias. A mi alrededor muchos buscan consuelo y esperanza. Muchos gritan al borde del camino, pero yo tengo prisa. He puesto el acento en mi plenitud, en mi felicidad y no quiero que los demás determinen mi vida. No quiero que me rompan, que me hieran, que me vacíen. No quiero que me dejen luego vacío al borde del camino, cuando ya no tenga nada que dar. Por eso corro el peligro de huir hacia mi interior y alejarme de todos los que me piden algo. Alejarme también de Dios que me lo pide todo. Se me olvida lo que decía el Papa León: «Vivo el grito de nuestros predecesores, no temáis, abrid las puertas a Cristo. Jesús no nos quita nada y nos lo da todo. La presencia de los pobres es un grito que nos interpela». Olvidarme de mi prójimo es lo que me hace infeliz. Me he sumergido en la pantalla y en las redes sociales en búsqueda de la felicidad, en la búsqueda de mi propio ser. Y me he olvidado de buscar fuera de mí, en los demás. Dejo de ponerme en camino al encuentro de nadie. Huyo de esta vida que parece tan esquiva. Me duele sufrir por otros y lo evito. Abrirme al dolor de mi hermano se convierte en una exigencia excesiva. ¿Qué puedo hacer realmente por los demás? Me confundo cuando pienso que seré más feliz si nadie me exige nada. En ese momento de soledad comenzaré a amargarme. Encerrado en mí mismo me hundiré. La única manera de salvarme es dejarme tocar por los que me rodean. Que mi vida sea exigida, que me pidan, que me busquen. Pero no para sentirme importante, sino para sentirme roto. Porque en ese tira y afloja del amor sentiré cómo se me rompen los brazos, las piernas, también el alma. Sentiré que algo duele muy dentro de mí, porque por mucho que tiren, no logaré calmar toda la sed que padece el mundo. Porque es imposible que todos estén sanos, llenos, felices. Y yo seguiré sintiéndome roto al darme, vacío al entregarme, muerto al pretender salvarlos. Porque no soy yo el que sana a los demás, ni el que los rescata de sus noches dándoles la luz. Es vana esa pretensión de salvador que a veces se filtra por mis venas. Como si yo tuviera un poder especial para recomponer un mundo que se descompone. Como si mi vida tuviera una misión especial. No, no es especial. Es la misma misión de los que un día fueron tocados por ese Jesús herido, manchado, rechazado. Por ese Jesús condenado a muerte. Por ese Jesús al que abandonaron sus propios amigos. Y entonces, en la búsqueda de ese hombre leproso, porque muchos huían de Él como si estuviera enfermo. En esa búsqueda mía por tocarlo al Él que me ha tocado y me ha salvado. En esa búsqueda sentiré que se me va la vida. Y al mismo tiempo pensaré que ha merecido la pena perder esa vida que no es mía, que es un don. Porque el que se guarda a sí mismo se perderá. Y el que se pierde, se salvará para siempre. Esas paradojas del amor son las que le dan sentido a mi existencia. De nada sirve ponerme en el centro si ese camino lo he recorrido sin fruto tantas veces. Miro a mi alrededor y me involucro. Salgo de mi comodidad y me aproximo. Y al acercarme todo cambia y la vida se vuelve extraña. Como si de repente las cosas tuvieran un sentido. Y merece la pena renunciar, sacrificar mis comodidades y ponerme en un segundo lugar. Renunciar a los focos y al escenario. Dejar de ser yo el importante para que Cristo brille en mí. Para que lo vean a Él en mis manos rotas, en mis gestos heridos, en mi soledad llena de una presencia amable, la de ese corazón abierto de Jesús. Que lo vean siempre a Él. Que sólo Él importe y yo me olvide de esa pretensión tan humana de querer ser importante, valioso, único. Libre de esa pretensión de ser más que otros. Sé que sólo así merece la pena vivir. Dándolo todo, entregando lo que otros necesitan, rompiéndome y permitiendo así que Jesús entre en mi alma llenándome de esperanza.
Siempre me impresiona un sí dado para siempre. Como si de golpe el alma, que es tan cobarde e inquieta, fuera capaz de pronunciar una palabra con tanta fuerza y convicción. Sí, hágase en mí, Fiat. ¿Estoy dispuesto a ser siempre fiel a la decisión que ahora tomo? En un mundo tan cambiante, ¿es eso posible? En estos tiempos, en los que mi vida puede ser tan larga, ¿no cambiarán las circunstancias y me será imposible seguir siendo fiel? Se trata de un sí para siempre, no sólo por un tiempo. No por unos años. No hasta que me canse. No hasta que se acabe el amor. Se trata de un si invencible aparentemente. Casi como una fuerza indestructible. Como ese muro que no dejará pasar el agua, un muro en el que no habrá fisuras. ¿Quién puede decir que sí de esta manera? Entran dudas. ¿Qué pasa si de repente el amor se acaba o suceden cosas que lo cambian todo? ¿Qué sucede si alguien se interpone entre mi decisión y la meta? ¿Qué ocurre si se desvanece el fuego del primer amor y me olvido de su voz, de su llamada? En esos momentos de duda, de turbación, de miedo, ¿quién va a sostenerme? Parece como que la decisión estuviera siempre en mi mano. Como si yo fuera invencible. Como si tuviera fuerzas para navegar cualquier océano. Pero ¿quién es capaz de decir que sí para siempre? Cada día me parece más inconcebible. Quizás porque he presenciado muchos fracasos, he sido testigo de muchas derrotas, de muchas infidelidades, de muchas decepciones. Y entonces mi alma, demasiado humana y pecadora, piensa que es imposible. En estos momentos tengo que mirar al cielo y decir que Dios tiene la última palabra. Tengo claro que cuando alguien es capaz de decir que sí para siempre, Dios está en medio, Dios lo hace posible. Por eso me conmuevo, porque vuelvo a presenciar un milagro. Dios, presente en ese corazón humano, limitado y cobarde, pronuncia una palabra definitiva, infinita, eterna. Y el corazón humano enamorado dice esa misma palabra, hágase, Fiat. ¿Quién llevará a término ese sí que acaba de comenzar? Si no lo hace Dios posible, nadie podrá hacerlo. Yo no puedo quebrantar ese declive inexorable por el que camina el alma humana. Yo no puedo detener el paso de los años que de alguna forma silenciosa debilitan mis fuerzas para seguir. Vuelvo a sentirme emocionado al ver como un joven dice que sí para siempre. Igual que cuando una pareja que se casa y dice que sí para siempre. Decir que sí a seguir a Jesús para siempre me parece un acto heroico. Algo así como lanzarse en el vacío sin saber si habrá alguien dispuesto a sostenerme. Con el paso de los años he comprendido que aquel sí que yo di hace tantos años se renueva cada mañana y lo sostiene Dios. Veo que soy incapaz de seguir si no me aferro con manos firmes a los pies de Jesucristo. Si no le digo despacio, o en forma de grito ahogado, que necesito que me sostenga. Que sin Él abrazando mi vida me parece imposible seguir caminando. Que sin Él sostenido en mis brazos yo no soy capaz de abrazarlo a Él cada mañana. El milagro de la eternidad contenida en un sí pronunciado tímidamente sólo es posible porque Dios lo permite. Porque la eternidad no es mía, sí lo es ese anhelo de infinito que yo tengo escondido en el corazón. Porque cuando amo quiero que sea para siempre. Cuando abrazo quiero que dure eternamente. Cuando vivo el cielo en la tierra quiero que el cielo aquí sea permanente. Luego, es verdad que surgen las decepciones, las crisis, los desalientos, el cansancio, el miedo, el vacío, y el abismo se presenta demasiado insondable. Pero ese anhelo de infinito continúa dentro de mí como una ráfaga, como una corriente incontenible, como una tormenta constante, como un incendio que no se puede apagar. Entonces, al renovar mi sí, siento en mis entrañas una voz que me dice: adelante, más hondo, siempre estaré contigo. Y entonces tengo claro que mi decisión no es una decisión lanzada al viento, esperando ser respondida por un ser abstracto y desconocido. Es más bien el sí cariñoso y cercano de un Dios que me ha dicho desde siempre que me quiere con locura, que no me dejará nunca. Entonces mi sí deja de ser heroico y pasa a ser una necesidad. No soy yo, es Él quien lo hace todo en mí. Y yo necesito estar con Jesús para poder caminar cada día. Lo necesito a Él porque lo amo. No como una dependencia absurda y enfermiza, sino como un deseo honesto y puro. Un ansia que existe en mi corazón. Es el deseo de estar unido al amor de Jesús para siempre. De ser amado y amar hasta el extremo. De ser fiel a ese amor que un día puso Él dentro de mi corazón. Porque la vocación de un joven al sacerdocio es un acto simplemente incomprensible. Que solamente se entiende desde la certeza de un Dios que camina al lado del hombre. Porque solo entonces es posible comprender que uno se pueda abrazar a Jesucristo de esa manera. Y entonces él sí que pronuncio no lo hago yo solo, sino que Él lo hace conmigo. Él sosteniendo mis fuerzas. Él con mis manos, haciendo posible que yo haga milagros con ellas. Entonces comprendo que todas las debilidades, miedos, inconsistencias, fracasos y debilidades, que forman parte de mi vida, son queridas por ese Dios que me quiere como soy. No me quiere sin tantos pecados, no me quiere sin debilidades. Es todo lo contrario. Tengo claro que me quiere frágil e imperfecto para que se vea en mi barro la luz de su presencia. En mi amor débil, su amor infinito. La vocación perfecta, ya sea al matrimonio, a la vida consagrada, o al camino al que Dios quiera llamarme, está formada por suma de la imperfección de mi amor y la perfección del suyo. Y entonces Él hace posible mí, y completa en mí, lo que yo no logro llenar con mis manos vacías. Por eso hoy de nuevo me conmueve ese sí para siempre dado por un joven ante Dios. Ese fiat humilde. Me impresiona esa facilidad para entregar la vida sin saber muy bien qué será de mí en la mañana siguiente. Me parece un milagro ante mis ojos y ante él solo puedo decir gracias, Señor, por hacerme testigo de lo imposible. Porque ese sí es imposible y Dios lo hace posible en mí, en muchos. Porque ese sí mío de seguir a Jesús toda mi vida, solo es posible cuando Jesús dice que sí a mi vida como es.
Esquivar las preguntas difíciles es una huida hacia adelante. Esconderse cuando uno tiene miedo es una reacción normal, común, evidente. Dejar de luchar cuando uno está cansado es algo sencillo, basta con decir hasta aquí he llegado y dejar de caminar, de luchar, de enfrentar la vida. Olvidar mis compromisos parece algo común, demasiado común, si lo pienso bien. Hay tantas personas que olvidan sus promesas, que dejan de pensar en el sí que dieron, en aquello que asumieron con responsabilidad. Sé que extrañar al que se ha ido o lo que he dejado atrás es una realidad, sucede siempre. Amo y me cuesta perder lo que amo. Me da miedo el vacío que se abre en el alma al pensar en todo lo que ya no tengo, en lo que un día fue y deja de serlo súbitamente, o lentamente, gota a gota. Me asustan los cambios que matan la vida, cuando pienso que nada volverá a ser como antes. Me da miedo el mañana que aún desconozco y me genera incertidumbre. No quiero olvidar lo que he comenzado, necesito acabarlo, llegar al final, no dejar a medias la tarea de días. No todo lo que no me resulta era intrascendente, a veces lo importante no llega a hacerse realidad en mi vida y eso también me da miedo. Las raíces del árbol que ha tenido a sus pies demasiada agua no suelen ser profundas. Se han acostumbrado a lo fácil y se arrastran por la superficie de la tierra buscando el agua que se le regala sin esfuerzo. Entonces está claro que cuando la sequía arrecia y el clima no es tan favorable, las raíces se adentrarán en la tierra buscando veneros ocultos, se harán firmes y fuertes. El esfuerzo fortalece, la dejadez debilita. El que no se esfuerza nunca, no crece. El que lucha cada día por hacer algo que no quiere hacer, por vencer un obstáculo, ese llegará lejos. Las rutinas que implican esfuerzos me permiten crecer y tener raíces firmes. Una vida lánguida y cómoda me acaba debilitando. Perderé músculo, perderé fuerzas y no tendré ganas de seguir luchando cuando la batalla se ponga difícil. Hay muchas personas que dejan de luchar y pierden la alegría cuando enfrentan contratiempos o momentos difíciles. No quiero ser yo uno de ellos, quiero luchar, esforzarme y pensar que siempre puedo dar más, ser más hondo y volar más alto. Las hazañas parecen ser para los valientes que no escatiman nunca el esfuerzo y creen que es posible llegar más lejos. A menudo me critican por lo que hago. Si hago una cosa la critican pero resulta que si no la hago, criticarán mi omisión, lo que no hice, lo que pude haber hecho y dejé sin hacer. Cuando estoy presente, critican mi presencia y cuando no estoy hablan de mi ausencia. Me condenan por hacer cosas buenas y también por las malas que hice. La condena, el juicio y la risa llegan siempre haga o no haga, luche o no luche. Por eso he decidido hacer las cosas sin pensar en el juicio de los hombres, sin ponerme a mirar a mi alrededor el eco de mis pasos, de mis palabras, o las miradas críticas de los demás. No me importa lo que digan, o al menos quiero que no me importe demasiado, porque siempre dirán algo, bueno o malo. Cuando hablen bien de mí, resulta que no me seré mejor persona gracias a sus palabras. Cuando hablen mal, tampoco seré peor persona por sus críticas. Hay mucha gente que espera la aprobación del mundo entero para seguir haciendo lo que hacen. Esperan la admiración, la validación, la aprobación, el aplauso, el reconocimiento. Como si al sentir que todos los apoyan sus actos fueran correctos. Cuando no los reciben, se hunden, se desmoraliza. Tengo claro que no por recibir la aprobación estaré en lo cierto. Una mayoría de votos no hace verdadera una mentira. No necesariamente un juicio positivo hace que mi pecado sea virtud. El bien no se convierte en mal porque muchos lo crean así. Lo mismo sucede al revés. Por eso dejo de hacer caso a tantos juicios que nada pueden influir en mí ni cambiar mi realidad. Soy más que muchas opiniones, valgo mucho más porque a Dios le importo, me ama como soy, porque me ha creado en mi verdad y desea que sea feliz toda mi vida haciendo lo que me hará pleno. Hay tanta miseria delante de mí que no puedo erradicar, ni limpiar, ni sanar y aun así sigo intentándolo. Hay demasiados heridos a los que curar, muchas almas rotas que recomponer. Y yo siento la necesidad de ponerme siempre en camino. El lugar donde Dios habla es en el silencio de mi corazón. Allí, cuando callo, lo escucho, siento su presencia y el corazón se enamora de Aquel que le da sentido a mi vida. Por eso puedo ser fiel a su llamada, a su sí alegre sobre mis pasos. Puedo seguirlo porque me ha mostrado el sentido de mi vida y me ha permitido descubrir el mayor tesoro en mi corazón. Seguiré sin tener todas las respuestas y no logaré pensar los mejores consejos que puedo dar a otros. No lo pretendo. Sólo me gustaría estar en pie junto al que sufre, acompañar al que está solo sin decir una palabra, dar esperanza con mi presencia al que ha perdido toda la motivación para seguir luchando. Continuaré caminando a su lado incluso cuando él no logre verme, cuando no sepa que estoy junto a él. Sabré que los silencios son las palabras de Dios. Y las personas que pone en mi camino suelen responder a muchas de mis preguntas. Necesito paz en el alma y saber que su voz me llama cada mañana. Con eso me basta para seguir luchando, para dar un paso más y esforzarme en la dirección marcada.
Todos quisiéramos tener una vida perfecta. Cuando miro a los demás veo apariencias, sólo rostros, imágenes, no corazones. No logro ver lo que me quieren mostrar, la hondura de sus almas, su vida privada, sus sueños más secretos, sus debilidades, sus heridas más profundas. Veo sólo lo que es público, lo que aparentemente es maravilloso. Pero no veo lo que sienten, lo que les duele. Y mientras tanto sigo buscando vidas perfectas que imitar, que emular, personas ideales a las que seguir. Sigo desparramado en el mundo tratando de llenar el vacío que siento en el alma, la ausencia de plenitud, de felicidad. Ese vacío que me provoca el llanto cuando estoy solo. Hoy escucho que Dios me dice: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David». Sólo Dios puede llenar el vacío de mi alma, puede calmar mi sed, puede ensanchar el horizonte. En la Odisea de Ulises, ese viaje largo después de la batalla de Troya intentando llegar a su casa Ítaca, Ulises es retenido en una isla por la diosa Calipso. Esta bella mujer le ofrece a Ulises la posibilidad de ser eternamente feliz, sin dolor, sin penas, sin pérdidas, solamente experimentando un placer diario y continuo, una felicidad permanente, sin sombras, sin ansiedades. Calipso le dice a Odiseo: «Renuncia a la lucha. Renuncia al control. Da un salto de fe. Para que puedas regresar a tu hogar». Ella se enamora de él y durante diez años lo mantiene en una isla tomando una planta que le hace perder la memoria. En ese letargo Ulises no toma decisiones, no se arriesga, no avanza porque no recuerda. Cuando comienza a recordar descubre lo que realmente quiere. Y comprende el sentido verdadero de la palabra renuncia. Porque renunciar a la lucha no es dejar de esforzarse, es dejar de pelear contra lo inevitable, dejar de negar lo que no puedo cambiar. Renunciar al control es aceptar que no puedo decidir cada resultado, solo decido mis acciones, lo que hago en este momento presente, el paso que doy. Dar un salto de fe es avanzar hacia delante, sin quedarme quieto, aunque no tenga todas las respuestas, confiando en mí mismo y en el camino que Dios dispone ante mis ojos. Solamente cuando Ulises recuerda el sentido de su vida es cuando se da cuenta de que necesita volver a encontrarse con su familia, renunciando a ese paraíso terrenal en el que se encontraba atrapado. Tiene la ausencia grabada en su pecho y la necesidad de llenarla de una presencia que ama. Mientras vive en ese estado de perpetua felicidad no necesita nada porque lo tiene todo, o eso cree. Quizá lo que hace la vida más plena no sea vivir eternamente sin problemas, feliz, en un estado ilusorio de constante de paz. Tengo claro que ese no es el camino. Justamente lo que diferencia a las personas sanas de las enfermas es la capacidad de experimentar distintas emociones a lo largo del día, a lo largo del tiempo. Dolor, tristeza, alegría, melancolía, esperanza, entusiasmo, pasión, pena. La paz, la alegría, la tristeza y el dolor hacen que viva muchos estados de ánimo a lo largo del día. Son más sanas estas personas que las que viven en un estado de paz imposible, sin sentimientos, sin dolor, sin alegría, sin pena. Ulises estaba atrapado en una isla en la que el dolor no existía y por lo tanto tampoco la lucha para salir de ahí. No había ausencia y tampoco la necesidad de llenar ese vacío. Cuando pienso que todo es eterno y que lo tendré siempre conmigo, no me importa tanto aprovecharlo en este instante, vivir el presente con intensidad. Cuando vivo de esa manera no me esfuerzo por expresarle el amor a la persona que está a mi lado, porque es alguien seguro, que siempre va a estar ahí. No lucho por conseguir ese pequeño objetivo que se abre ante mí como una posibilidad de crecimiento. No trato de conquistar de nuevo a la persona amada, porque es fiel y no se va a ir. No quiero alcanzar más metas, porque estoy satisfecho con lo que tengo. Felicidad no es vivir satisfecho. Cuando no echo de menos nada ni a nadie, cuando no sufro las pérdidas y todo me da igual, cuando vivo por encima de la tierra sin comprometerme, sin arraigarme, no soy realmente feliz, no soy pleno. Vivo dormido, en un estado permanente de paz sin alma, sin fuego, sin luz. Simplemente me dejo llevar y pasa el tiempo ante mí sin valorar lo que tengo ahora, sin temer la posibilidad de perderlo. El peor enemigo del camino que me lleva al cielo es aquello que me ofrece una paz sin límites, una felicidad sin esfuerzo, un estado de paz interior aquí en la tierra, que no tengo que conquistar. Tengo claro que la molicie y la pereza me harán más infeliz a lo largo de la vida. Y la conquista, la lucha, el esfuerzo, las ganas de vencer todos los obstáculos es el camino que sacará lo mejor de mi alma y me hará soñar, anhelar, desear, sufrir, amar y sentir que pierdo lo que tanto he amado. Seré más feliz en medio de las batallas, luchando contra mis propios demonios, levantando con esfuerzo un hogar en mi corazón donde otros puedan encontrar descanso. Esforzándome por mantener encendido el fuego del amor. Por eso no busco una tregua permanente sin esfuerzo. No deseo una isla en la que olvide todo y sea aparentemente feliz. No es así como quiero vivir. Quiero vivir con la tensión del que siempre está en camino, buscando nuevas cumbres, sufriendo y amando, perdiendo y conquistando, siempre hacia delante, siempre hacia lo más hondo.
La gente que escucha hoy a Jesús tiene hambre. Los discípulos quieren que Jesús los mande a sus casas, porque no hay dinero para darles de comer. Pero Jesús responde algo extraño: «En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: – No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo van a darles de comer? «Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Sólo cinco panes y dos peces. Nada para todos los que son. La mies es abundante y los obreros son pocos. A menudo quiero que Jesús me quite el problema. Si se van de ahí a sus casas ya no tienen que preocuparse de su hambre. Cuando el que sufre está lejos, no tengo que involucrarme, no tengo que sufrir con el que sufre, no me exige salir de mi comodidad. Era más fácil que Jesús los mandara a casa. Pero no lo hace. Al revés, los confronta y les dice que tendrán ellos que darles de comer. Hay mucho que hacer y pocos que estén dispuestos a hacerlo. Me siento desbordado. Parece imposible. El pueblo tiene hambre y ellos no tienen nada que darles, o al menos es insuficiente lo que poseen. A veces en la vida me siento como esos discípulos enamorados de Jesús que se sienten incapaces de hacer lo que les pide. Porque Jesús parece pedirles lo que no tienen. Sólo unos panes y unos peces. A mí me pide lo mismo, lo imposible. Me pide que dé lo que no tengo, que lo entregue, que se lo dé a los más necesitados, que llegue a todos con mi vida, con mi esfuerzo. En el mundo la riqueza está mal repartida. Hay personas que tienen mucho, a veces demasiado, tanto que no saben qué hacer con lo que tienen. Hay muchos otros que viven acomodados y con miedo a perder lo que tienen, escondidos para que no les exijan. Y hay muchos que no tienen lo suficiente y querrían tener más para poder vivir mejor. Y hay aquellos que huyen de su tierra porque no tienen nada y buscan una tierra de promisión. Son rechazados al llegar. La inmigración siempre ha sido un tema fundamental. Miles de hombres dejan sus casas para intentar llegar a un lugar mejor. Y allí son rechazados o juzgados por los que los reciben y encuentran que es demasiado, que no hay para todos. La injusticia, el reparto que no contenta a todos. Y Jesús me pide a mí que les dé de comer a los que no tienen. A ellos que me incomodan porque invaden mi espacio y ocupan mi tierra. A aquellos que no tienen nada y por eso huyen de su pasado pera tener un futuro mejor. Y mientras tanto, yo lo guardo todo para tenerlo seguro y me alejo. Lo escondo todo para que nadie me lo pueda quitar. No lo reparto. El egoísmo se apodera del corazón que no quiere compartir lo que tiene. Ni la tierra, ni los bienes, ni las posibilidades. El corazón se acomoda y no quiere dejar ir lo que le da seguridad. Me asusta perder mis comodidades y quedar expuesto a lo que los demás quieran pedirme. Me siento desbordado por la necesidad que hay a mi alrededor. No sólo de bienes materiales, a veces faltan más los bienes espirituales. Porque muchas personas son rechazadas, juzgadas, condenadas, abandonadas y necesitan encontrar corazones en los que descansar, un lugar donde sentirse amados de forma especial. Sienten el dolor en el alma por no poder calmar su sed de infinito y yo no tengo agua para calmar ninguna sed. Y tampoco alimentos para calmar el hambre. Mi egoísmo me aísla. El miedo a perder me llena de ansiedad. Me niego a dar lo que tengo. No quiero perder lo que he juntado con tanto esfuerzo. El egoísmo me hace infeliz y me vuelve inseguro. Que Jesús los mande a su casa.
Jesús me pide que le entregue a Él todo lo que tengo. No me pide que le dé lo que no hay en mi corazón. Quiere que me regale a mí mismo, que me dé, que me rompa pero desde mi realidad, desde lo que hay en mí: «Traédmelos. Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». Los milagros suceden. Cuando algo extraordinario, inesperado, tiene lugar, me asombro. Hay ese tipo de milagros sorprendentes que impresionan. Quizás la fe no aumenta siempre con ellos, o tal vez sí. Luego hace falta algo más. Que lo extraordinario suceda en lo ordinario, que la vida llene el corazón de esperanza no un solo día, sino todos los días de mi vida. He sido testigo de milagros impresionantes que suceden en la vida diaria. Milagros que cambian el corazón. El corazón siente esa presencia salvadora de Dios que describe el salmo: «Abres tú la mano, Señor, y nos sacias. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente». Dios multiplica el pan y los peces en mi vida. Llena de esperanza mi camino en medio de las dificultades y me hace creer que lo imposible puede ser posible. Ese es el Dios en el que creo. Un Dios compasivo y misericordioso que se abaja sobre mí y sacia mi ansia, mi necesidad de salvación. Cuando me enamoro de ese Dios que me quiere como soy, ese es el verdadero milagro. Saberme amado cambia todo en mi vida. Porque comprendo que no estoy solo. Dios va conmigo, por eso hago mías las palabras del apóstol: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor». Nada podrá separarme de ese Dios que me levanta cada mañana y me dice que mi vida merece la pena y tiene sentido. Ese amor me levanta y sostiene. Entonces ningún peligro podrá minar mi corazón. Todo lo puedo en aquel que me conforta y me recuerda que merece la pena vivir, luchar y soñar con lo más grande. Los milagros diarios son los que vive aquel que está enamorado de Dios. Porque no habrá dolor, separación, renuncia que me quite la alegría. Así quiero vivir yo cada día. ¿Quién puede alejarme del amor de Dios? Nadie, nada. No es posible porque me ha amado primero y eso le da sentido a todo. En los momentos de dolor corro el peligro de alejarme de Dios. Porque me duele su aparente indiferencia y pienso que se ha olvidado de mí. Pero no es así. Por eso es tan importante cuidar la memoria y no olvidar el amor. Porque recordar es lo que me salva. Nada podrá alejarme del amor de Dios porque ese amor es para siempre. Me salva en mis pesares, me levanta cuando vivo en soledad y me angustia la vida. Cuando todo parece oscurecerse ante mis ojos, cuando el miedo se apodera de mis entrañas. Quisiera luchar siempre, confiar siempre. Nada puede alejarme del amor de Dios. Él hace los milagros y sólo necesita que yo diga que sí, que estoy dispuesto a obedecer, a caminar a su lado cada día. Él sabrá lo que hará con mi vida aun cuando no entienda muy bien lo que quiere de mí. Sus caminos serán mis caminos. Sus noches serán claras como el día porque está conmigo. Dará de comer a multitudes con mi presencia, cuando a mí me parece algo tan insignificante.