Éxodo 22, 20-26; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra»

1 noviembre 2026    P. Carlos Padilla Esteban

«La actitud del pobre de Dios me lleva a tener el alma tan vacía de egoísmo que Dios pueda llenarla por completo. El orgullo y la vanidad hacen que actúe como si no necesitara a nadie»

Nadie lo posee todo para ser siempre feliz. Nunca tengo todo en mis manos. Gano algunas cosas y pierdo otras. Sueño con lo imposible y no lo consigo. Anhelo lo que está al alcance de mi mano y cuando lo poseo ya deseo algo más, algo nuevo, diferente. Contaban que una persona llegó a la cima del Everest, después de mucho esfuerzo y sacrificio, años de preparación y de renuncias, todo para llegar a lo más alto. Y cuando al fin llegó, dijo: El cielo sigue estando igual de lejos. Y sintió que debía tener una nueva meta, porque seguía insatisfecho. Y es que la satisfacción de un deseo, de un sueño, de un anhelo, despierta un nuevo deseo, un nuevo anhelo, un nuevo proyecto. Y se convierte así en una cadena interminable. Tiendo a tapar mi vacío de muchas maneras, porque no lo soporto, porque duele lo que no poseo, la ausencia de la meta no alcanzada. Ese vacío que se llena con todo lo que tengo a mi alcance. ¿Cómo puede alguien estar triste si lo tiene todo? Nunca lo tengo todo, algo me falta, algo que deseo, algo que era mío y ya no lo es, algo que podría llegar a poseer si tuviera más suerte, si me esforzara más, si no hubiera otros que me lo quitaran. Tapo mi vacío con las manos, con mil sucedáneos tratando de alegrarme con cosas pequeñas, y olvidar las importantes. Trato de satisfacer todos mis deseos, mis instintos, mis necesidades. Queriendo llenar ese vacío que duele muy dentro. Tapar los vacíos me acaba matando. Quizás debería aprender a vivir con lo que me falta. Aceptar que se trata de estar bien cuando no estoy bien con lo que tengo. ¿Cómo puedo ser feliz en la escasez, en la pérdida, en la ausencia? ¿Cómo calmo esos sentimientos de tristeza, de frustración, de abandono? ¿Cómo levanto la mirada al pensar en un futuro que puede ser mejor que mi presente? No puedo tenerlo todo. No puedo estar en dos lugares a la vez, ni conseguir metas contrapuestas. No puedo tener todo lo que deseo y si lo tuviera, de igual forma me seguiría faltando algo. Porque dentro del alma hay un ansia de infinito, un anhelo de cielo que es insaciable. Haga lo que haga no me siento pleno. Me sigue faltando algo. El camino no se acaba, sigue avanzando. Y las fuerzas sí, se drena el alma y necesito detenerme y pensar, descansar y cargar el corazón con nuevos sueños. Alzar la mirada y contemplar el cielo. Puedo ser feliz con lo que tengo. Puedo elegir lo que hay delante de mí, lo que está en mi mano, aunque no me guste, aunque me turbe. Elijo mi presente, mi vida como es ahora, mis necesidades y mis miedos, mis vacíos y mis pérdidas. Los elijo cuando la realidad es que no van a desaparecer si no los elijo. Pero el hecho de elegirlos es lo que me salva. Decido hacer ese camino, tomar ese ruta, dar esos pasos. Mi alma pesa y pelea por quedarse a mis espaldas. Pero yo tiro de ella con fuerza hacia delante. Sé que puedo hacerlo y creo que es posible lo que parece imposible. El Papa León XIV, cuando estuvo en Madrid, invitaba a alzar la mirada. Ese gesto se convierte en una tarea cotidiana. Se trata de levantar los ojos en medio de la rutina, descubrir a Dios presente, reconocer a los hermanos y dejarme enviar a acompañar y ayudar al que lo necesita. Se trata de una llamada a la esperanza. Una invitación para superar el desánimo, el pesimismo y el enfrentamiento o la polarización en una sociedad fragmentada. Significa aprender a salir de mí mismo. Me anima a dejar atrás la indiferencia y el aislamiento para prestar atención a las necesidades de mi prójimo. Me exhorta a reconocer la presencia de Dios en mi vida diaria y a mirar con misericordia a quienes sufren o necesitan una mano tendida. Me gusta ese mensaje que me abre a la esperanza y no me deja sumido en mi desánimo. Pero para ello tengo que alzar la mirada y mirar más lejos. No quedarme mirando mis pantallas, mis preocupaciones, mi vacío, mis miedos. Aprender a salir de mí para encontrarme con el que más necesita, con aquel que sufre a mi lado aunque yo no lo veo a veces. Es un salto de fe que me ayuda a vencer mi egoísmo y mi tristeza. Nunca lo tendré todo. Tampoco mi hermano lo tendrá todo. Es imposible. Pero puedo ayudar a los demás a ver siempre el vaso medio lleno, la vida medio completa, los sueños medio realizados. Alzar la mirada es una actitud de vida que lo cambia todo. No cambia mi realidad, ni mi entorno, ni mis relaciones. No cambia el mundo al cambiar la mirada. Pero sí tengo claro que el cambio en mi corazón cambia mi entorno. Será mejor, más pleno, más alegre y habrá más luz si yo llevo esa luz en mi mirada. Si no estoy opacado por esos sentimientos que me hunden y desaniman. Me gustaría invitar al mundo a alzar la mirada y mirar más lejos, más allá de sus miedos y limitaciones. Puede ser posible lo imposible si me dejo hacer por Dios, si me dejo cambiar por su mirada. Alzar la mirada supone un ejercicio de valor, porque tengo que dejar lo que me pesa, lo que me esclaviza y me hace dependiente. No podré obligar a nadie a dar ese paso. Sólo yo puedo darlo con mucha libertad y con mucha paz. Un salto de fe que me saca de mis esquemas cerrados y tristes. De mis esquemas egoístas que me hacen egocéntrico y autorreferente. Hoy alzo la mirada y miro más lejos, más hondo en el mar, más adentro en los cielos. Y confío en ese poder de Dios que logra cambiar mi mirada.

Celebrar el día de todos los santos me confronta con mi mediocridad. Pienso en ese Dios que me ha creado para ser feliz, para amar y ser amado, para dar la vida con generosidad. Felices son los que aman, los que entregan todo por amor. Felices los que no se guardan, los que no son mezquinos ni egoístas. Es más feliz el que da que el que retiene. Más feliz el que no se guarda todo, sino que lo pone a disposición de los demás. Bienaventurados los que viven de acuerdo con el querer de Dios. Felices los que cumplen su voluntad y viven en la justicia y en la paz. Felices los que aman, los que no se esconden y dan la cara siempre en las dificultades. Felices los que comprenden que la vida se juega en las decisiones que tomo ahora. No importan tanto mis errores después de haber pedido perdón y haber sido perdonado. No importa que me quede solo y nadie me requiera, y no busquen mi ayuda. No importa que ya nadie se acuerde de todo lo que he hecho por ellos. Eso lo guardo en mi corazón como un tesoro. El presente siempre es nuevo aun cuando el pasado pueda pesar demasiado. Felices, bienaventurados, aquellos a los que Dios ha marcado con su abrazo. Felices cuando vivan sin miedo, entregados en las manos de su pastor. Felices los que lo han perdido todo, despojados de sus bienes, y ahora sólo descansan en el corazón de su Padre. Es la felicidad de los santos lo que me cautiva, no la perfección aparente de sus vidas. Me gusta cómo viven, cómo reaccionan ante las adversidades. Me gustan los que son pacíficos y unen. Me gustan los que lo han perdido todo y siguen poseyendo lo más importante que nadie les podría quitar. Me gustan los bienaventurados que lo han entregado todo sin miedo. Me atraen los que llevan la verdad en los labios y en el corazón. los que no engañan a nadie, ni pretenden poseer lo que no tienen. Me asustan los mentirosos que tienen dobles intenciones. Los santos tienen una mirada inocente. Se han enamorado de la vida y de Jesús y eso los sostiene. Pienso en los santos invisibles de los que nadie se acuerda. Porque da igual cuánto haya entregado en esta vida por los demás. Al final llegará el día en el que nadie me busque, nadie me necesite, a nadie le importen mis alegrías, ni mis miedos, ni mis preocupaciones. Llegará el momento del olvido de todos los santos de Dios. Y no es fácil ser invisible, prescindible, para todos los que antes yo era necesario e imprescindible. Es la fragilidad de la memoria, que olvida de golpe todo lo que yo entregué en otro momento, cuando era muy importante y ocupaba un puesto desde el que todos me veían. Es fácil pasar de la fama al olvido, del halago a la crítica y la condena, del amor incondicional al odio provocado por la indiferencia. Ya no hago falta, llego a pensar. Y siempre llegará ese momento. El de los santos olvidados que no tienen nombre, ni seguidores. El de las barcas abandonadas en la orilla. Los que no reciben alabanzas por todo lo que hacen y nadie los llama ni recuerda. La santidad es un don, está claro y no tiene que ver con el éxito ni con el reconocimiento. La santidad de los santos brilla sin esfuerzo. Porque es luz, transparencia, coherencia. No hay separación ni división. Está todo unido en mi interior. Hay una armonía que viene del cielo. Me gusta la santidad de los santos de la vida diaria. De los santos comunes que parecen no tener éxitos, porque no hacen milagros. Para estos santos de nombre desconocido y rostro oculto no importan los logros ni los éxitos. Dios puede hacer todo nuevo en mi interior. Puede cambiar mi vida y hacerla más semejante a la suya. Yo soy sólo un instrumento en las manos de Dios. Lo que yo puedo hacer con mi vida, con mis manos y mi voz es insignificante. No lo puedo hacer todo bien y me da miedo ser un anti-testimonio. Me asusta no estar a la altura de las expectativas. Una persona me decía antes de asumir un apostolado: Me da miedo defraudar. Es el miedo a defraudar lo que paraliza el corazón del hombre. Es como dejar de amar por miedo a amar de forma imperfecta. O dejo de amar por miedo a no recibir el mismo amor como contrapartida. Como no es perfecto todo lo que puedo hacer, entonces mejor no hago nada. Pero sólo se equivoca aquel que intenta hacer algo por amor. La santidad a la que aspiro no consiste en hacerlo todo bien, ni en alcanzar todas las expectativas que los demás tienen sobre mí. Quiero ser santo, de esos santos anónimos a los que nadie conoce. Esa santidad oculta, invisible. Una santidad imperfecta que Dios logra llenar de luz. Porque es un don, no es fruto de mis capacidades, ni de mis talentos, ni de mi generosidad. Es la santidad de los niños que confían y se abandonan en las manos de Dios. La santidad de los humildes no destaca y parece no brillar. Es una santidad sencilla que me lleva a cumplir el querer de Dios para ser feliz, para ser niño en las manos de Dios, para confiar siempre.

El día de todos los muertos me confronta con el día de mi muerte, con los que ya partieron, con el dolor de la ausencia, con los límites de esta vida tan llena de límites, tan caduca. Es un día para agradecer por la vida y llorar la muerte. Para pensar en cómo aprovechar cada momento de vida que me queda para entregarme y amar sin reservas. Como escuchaba el otro día, el duelo no comienza cuando se muere una persona,a sino cuando quiero llamarla y no puedo, quiero contarle algo importante y me doy cuenta de que ya no está. Son esos olores, esas fechas sagradas que me llevan a los tiempos felices cuando estaba a mi lado. Perder a un ser querido es un dolor que dura siempre. El corazón sabe que tiene que seguir viviendo, descansando, soñando. Pero duele el pecho y se cierra una mano con fuerza sobre mí quitándome el aliento. Me gustaría desprenderme del dolor de las pérdidas, así como uno se cambia de camisa cada día que comienza. Pero no es tan sencillo, porque las vidas se entrelazan para siempre. Y el amor verdadero, auténtico, profundo, no muere de un día para otro. En el día de muertos lo primero que hago es recordar. Volver al pasado, a mi historia personal, a mi infancia, a mi ayer. Volver a lo que fue un día y ya no es. No lo hago para torturarme sino para agradecer. Bendito el que ha amado, porque es mejor persona después del amor recibido, de la vida que Dios le ha regalado. El amor duele, y el sufrimiento que conlleva merece la pena. Cuando amo vivo con un sentido. Y ese amor del momento, esa felicidad del presente, forma parte del dolor del mañana, cuando duela la pérdida y pese la ausencia. Recordar supone pasar el pasado por el corazón. Volver a sentir, volver a sufrir, volver a tocar lo que me hace daño recordar. Porque hay ausencias que matan. Duelen tanto que el corazón sangra en lo más profundo. Pero es bueno recordar para valorar. Para agradecer por lo vivido, porque es un regalo único que no puedo olvidar. Aunque el recuerdo duela, merece la pena. Porque en ese momento le doy gracias al cielo que me ha permitido amar. Así son las pérdidas, los duelos. Doy gracias porque lo vivido fue una bendición. Ahora me duele el alma, pero no importa. Le doy gracias al cielo por lo vivido. Pienso en la luz de los días en que estaba viva la persona amada. En las tardes compartidas, en las conversaciones que guardo como un tesoro. Recuerdo y doy gracias. Lo más triste siempre es el olvido. Porque si olvido haber amado tendré un vacío más hondo, más seco, más triste. Mientras que recordar el amor vivido me reconforta. ¿Acaso hay alguien en este mundo que se haya sentido tan amado como yo? ¿Acaso hay alguien que haya amado tanto como yo lo he hecho? Doy gracias al cielo que me permitió probar en la tierra el amor incondicional y después sufrir el duelo, la ausencia y el vacío. Para que sienta que la vida no es rutina, no es monótona, está llena de vida, de momentos sagrados, de trozos del cielo desprendidos sobre la tierra. Hay personas con luz cuya ausencia duele y trae algo de nostalgia. Recordar es agradecer mientras sufro. Es sufrir al notar que falta algo, que estoy incompleto, que nunca podré ser como era antes ni volver a vivir lo que viví un día. El duelo es un proceso que lleva tiempo. Porque ya nada es igual, y eso duele muy dentro. Es acariciar la ausencia como ese niño que acaricia con pena su juguete roto. No me quedo ahí, en la pena profunda, sonrío, porque el amor siempre es más fuerte y la vida que lleva al cielo. Porque los amores verdaderos son eternos, no mueren nunca, siempre permanecen más allá de la piel de mi alma, que clama al cielo. En este día de duelo pienso en todo lo que no hice cuando pude hacerlo, lo que no dije, el abrazo que no di, ese tiempo que perdí, los te quiero callados. Cuando podía hacerlo, porque la vida me estaba dando la oportunidad y no la aproveché. En mi duelo me perdono por todo lo que no hice, por todo lo que olvidé, por todo lo que omití. Paso página y me perdono porque hice lo que pude, traté de hacerlo lo mejor que pude, luché y amé, quise dar la vida. Al recordar esos días doy gracias y me perdono y perdono también a los que provocaron este dolor. Al que se fue antes de tiempo, al que me dejó solo, al que me hizo vivir el fracaso y la ausencia, al que me quitó lo que creo que me pertenecía. Perdono de corazón, con sinceridad, sin echar en cara todo el dolor que llevo dentro. Le perdono al ausente o al que provocó la pérdida, la ausencia, mi duelo. Recordar, agradecer, perdonar. Y luego mirar hacia delante con el corazón en paz. Con la tarea ya hecha. El duelo vivido. Ese duelo que acaba dejando una paz serena en mis entrañas. Miro hacia delante y comprendo que estoy llamado a seguir amando. Que la vida verdadera hay que vivirla con intensidad. Que vivir anclado en el pasado no me ayuda a caminar ligero. Que las cosas importantes suceden cuando Dios lo permite. Y que tengo que agradecer lo vivido porque soy lo que soy gracias al sufrimiento, al dolor y a la pérdida. Y soy lo que soy por haber amado tanto. Porque el amor es lo que me sana por dentro y me hace mejor persona.

Miro al cielo y me pregunto cómo será la eternidad. ¿Cómo será ese cielo que deseo? Allí no habrá llanto ni dolor, ni lágrimas, porque el Señor las enjugará. No habrá tristeza, ni desilusión, ni pérdidas. Allí todo estará en paz, el alma tranquila, el corazón deseando una vida plena. Hoy escucho: «Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: – ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: – Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén. Y uno de los ancianos me dijo: – Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido? Yo le respondí: – Señor mío, tú lo sabrás. Él me respondió: – Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». Creo en ese cielo en el que habrán lavado mis vestiduras y todo estará en paz en el corazón. El cielo en el que descansaré y no habrá ansiedad, ni remordimientos, ni rencor ni culpa. El cielo en el que todo estará claro y me veré tal como soy, me veré reflejado en un espejo. Creo en ese cielo en el que todo lo que aquí en la tierra es incompleto allí será pleno. No me faltará nada, no me sobrará nada. No harán falta las palabras para comunicarme, porque ya no tendré que explicar nada. Se comunicará el corazón con el corazón y la mirada será transparente y llena de luz. En el cielo seré yo mismo y me amarán como soy, en mi verdad. No tendré envidias, no seré egoísta. Nada estará desordenado en mi alma porque todo habrá encontrado su lugar. Allí en el cielo la luz iluminará mi corazón y me veré como soy, en mi verdad. Allí los abrazos durarán toda la vida. No me incomodará la cercanía de los que amo, y no echaré de menos a los que no están. Porque estarán todos junto a mí, en mí. Y la paz hará que mi alma se tranquilice, todo se calmará. Porque en la tierra siempre estoy en camino, en tensión, perdiéndome y encontrándome. Nunca se sacia el alma del todo, nunca descanso bien. Aquí todo es mejorable, allí, en el cielo, ya todo estará completo. Será inmejorable ese cielo con el que sueño. El cielo lleno de luz, de paz, de alegría. El cielo en el que veré las estrellas y viviré bajo la luz del sol. Y Dios me mirará y sentiré su mirada, y el calor de su abrazo. Allí estarán las personas que he amado en esta tierra. Porque el cielo y la tierra están unidos para siempre. No hay un corte abrupto con mi vida en la tierra. Todo lo incompleto se completará, y lo que está vacío se llenará. Las heridas estarán curadas, pero serán visibles. Sabré que están, para que Dios me reconozca en mis heridas. Pero no dolerán, porque el bálsamo del amor del Señor lo curará todo de forma definitiva. Y ya no habrá miedo, porque el miedo surge cuando temo perder la vida, cuando me asusta el futuro incierto, cuando no quiero perder nada de lo que hoy me calma. El miedo no estará presente en el cielo, porque allí lo poseeré todo y no perderé ya nunca nada de lo que tengo. Esa sensación de plenitud, de paz, vence el miedo. Y el perdón lo llenará todo. Porque en la tierra tengo culpables a los que no perdono, tengo heridas que guardan el dolor de los causantes y no puedo vivir con paz al pensar en aquellos que me han hecho daño, me han odiado, despreciado, o ignorado. No habrá odio, porque el amor no dejará espacio para que surja. Y no habrá rencor porque el perdón lo sanará todo. El perdón de Dios que recibo como un manto de misericordia. El perdón de Dios que me levanta de mi indigencia y de mi miseria. Y el perdón que yo daré a todos los que un día, queriendo o sin intención, me dañaron el alma. «Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor. Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Este es el grupo que busca al Señor, que busca tu rostro, Dios de Jacob». ¿Quién estará en ese cielo, quién gozará de esa paz para siempre? El grupo de los que han visto purificada su alma. Porque así es Dios, que con su misericordia abraza mi indigencia y cura mis heridas. Él me perdona y levanta y mira con bondad mis impurezas. Y me dice que soy puro, que merezco estar a su lado para siempre. Y yo, que a veces llego a creer que el cielo hay que ganarlo. ¿Cómo puedo llegar a merecer lo que es pura misericordia? ¿Cómo puedo pretender que me deban la gloria a mí que soy tan frágil e indefenso? Me da miedo creer que tengo que ganarlo todo, me cansa. Sé que el amor que recibo siempre es misericordia, no es un pago por lo recibido. No es algo que se me pague por todo lo que he conseguido. No es así, el cielo es don, es gracia, es misericordia. Se abaja Dios a mi miseria y me eleva por encima de mis capacidades. Y me da lo que no me merezco, lo que es pura gracia, y me dice que quiere que esté a su lado para siempre. No porque me lo haya ganado. Sino porque Él es bueno y me quiere como soy, en mi pobreza. Y me dice que sólo quiere abrazarme para que viva cada día a su lado, confiado siempre. Sabiendo que si estoy allí es por el amor de un Dios que me ama con locura.

Hoy Jesús me regala las bienaventuranzas. Y me muestra un camino para alcanzar esa felicidad que siempre añoro: «En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Utiliza la expresión que viene de una raíz semítica que denota bondad, bienestar, prosperidad y luz. Su sentido profundo era el de plenitud. No es una alegría o bienestar pasajero. Es algo más permanente y profundo. Se trata de una felicidad madura, honda, con raíces que llegan a lo más profundo del alma. Equivale a la palabra que aparece en el salmo 1:1: «Dichoso el hombre que no camina en consejo de malvados…». La expresión bienaventurado, feliz o dichoso es algo más hondo. Hoy el hombre busca una felicidad inmediata y tal vez por eso pasajera. Una satisfacción de todos mis deseos que me dé bienestar, paz, alegría, aunque no sea profunda ni permanente y dure sólo unos instantes. Son gotas de alegría que el hombre bebe con ansiedad tratando de superar las dificultades y tristezas de la vida. Ese día Jesús subió a un monte, subió a lo más alto para estar más cerca de Dios y permitir que todos pudieran alzar la mirada para buscarlo a Él. Alzaron la mirada y vieron al que tenía palabras llenas de sabiduría. Hoy tanta gente da consejos para ser más feliz en las redes sociales. Quizás porque hay tanta necesidad de encontrar una felicidad que nadie me pueda quitar. Una paz que nadie pueda alterar. Ningún miedo y ninguna ansiedad. Porque en el fondo de mi alma yo quiero una felicidad imperturbable. ¿Será posible? Jesús me muestra un camino para vivir en su presencia, para habitar en el reino de Dios, para caminar a su lado. ¿Será ese el camino? Bienaventurado si hago ciertas cosas, si me comporto de una determinada manera. Lo más importante que me pide hoy es que cambie mi mirada, que no me centre en lo que no tengo, que valore la vida en su belleza. La primera bienaventuranza me parece clave. Los pobres de espíritu, los que no se sienten ricos, los que no lo tienen todo, los que lo han perdido todo. Los que han experimentado su vulnerabilidad y su pobreza, los que han caído y se han visto derrotados muchas veces. Felices los que en su pobreza y abandono claman a Dios porque Él es quien los puede sostener. Me gusta esa imagen. La pobreza como la ausencia de certezas. Como la experiencia de abandono, de vacío, de despojo. Bienaventurado, no por no tener todo lo que el mundo me vende como fuente de felicidad, sino por vivir anclado a Dios. Se trata de una pobreza unida a Dios. Los pobres de Yahve eran los que caminaban por el desierto unidos a Dios como su única fortaleza. Y en su abandono no se sentían solos, sino sostenidos por Él. Es lo que el apóstol describe hoy como filiación divina: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro». La pobreza del hijo que descansa en el amor de su Padre y no tiene miedo, no sufre angustia, no se siente abandonado sino sostenido. La actitud del pobre de Dios me lleva a tener el alma tan vacía de egoísmo que Dios pueda llenarla por completo. El orgullo y la vanidad hacen que uno actúe como si no necesitara a nadie. El pobre de espíritu reconoce su indigencia espiritual y se refugia únicamente en el nombre y el amor incondicional de Dios. Se sabe amado y eso le basta. El problema es que he puesto mi felicidad en cosas tan pasajeras que nunca la encuentro. Porque todo cambia, yo cambio y también las circunstancias. Y confundo bienestar con felicidad. Y busco no tener problemas queriendo ser feliz, sin entender nada. Precisamente al reconocerme pobre, herido y necesitado de salvación es cuando Dios pone su mirada sobre mí y me salva. Al no tener nada a lo que aferrarme para ganar la seguridad, me abraza el amor de Dios y me sostiene. Entonces será mío el reino de Dios, porque Dios habitará en mi indigencia, dentro de mi vacío. Sólo el que se reconoce hijo necesitado puede experimentar la gratuidad en su vida. Todo es don, gracia, misericordia. Sólo estando vacío de mí mismo, de mi orgullo y vanidad, de mis seguridades, podré anclarme en el que permanece, en el que me llena estando yo vacío, en el que me ayuda a descubrir mis límites y a entregarlos con humildad. Jesús me dice que no tenga miedo, que sólo necesito vivir desprendido, sin querer retener lo que ahora tengo, sin pretender ser dueño de mi camino, ni de mi futuro. Feliz si suelto y me despojo de lo que hasta ahora ha sido mi anclaje verdadero. Feliz yo si reconozco que no soy dueño de nada de lo que hasta ahora parecía tan mío. 

Jesús me muestra los rasgos de esos que son bienaventurados: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Me gusta esta descripción tan bonita de los que de verdad son felices. Son los mansos que no promueven la violencia, no provocan conflictos y aceptan la vida como es con una sonrisa. Son los que no reaccionan con rabia ante las injusticias, sino que aceptan todo con un corazón manso. Es lo que Jesús me pidió que aprendiera de Él, a ser manso y humilde de corazón. Y a mí me cuesta, por eso a menudo no soy tan feliz, porque vivo en guerra, alterado con el mundo. Bienaventurados también los pacíficos, porque con su corazón en paz logrará que otros dejen a un lado la guerra. Quiere Jesús que tenga paz en mi alma en medio de las tormentas, y desea que me calme y que logre pacificar a los que están divididos, a los violentos, a los que no perdonan y creen que la venganza es el único camino para ser felices. Se equivocan. La venganza nunca trae la felicidad. Y la guerra no me hace más feliz, todo lo contrario. Jesús me dice que seré feliz, bienaventurado, cuando mi corazón sea puro, y mi mirada, mi forma de pensar y enfrentar la vida. Cuando aparte de mi mente los pensamientos negativos que me envenenan. Cuando deje de envidiar, de desear el mal a mi hermano. Cuando deje de codiciar los bienes ajenos. Cuando mire la vida con un corazón puro, con honestidad, con verdad. Y yo que me veo tan impuro en mis intenciones, en mi forma de mirar a los demás. En mi forma de pensar y de enfrentar la vida. Un corazón puro como el de los niños, que creen en lo imposible y confían contra toda esperanza. Me gustaría tener un corazón puro para enfrentar la vida, para construir puentes en mis relaciones y tender redes que unan a los que están separados. Me gustaría tener esa mirada pura para no ver lo malo de los demás y aceptar a mi hermano tal y como es y no como a mí me gustaría que fuera. Una mirada pura para ver a Dios detrás de todo lo que vivo. Especialmente en los momentos de mayor oscuridad y dolor. Quisiera tener hambre y sed de justicia. Porque el mundo es injusto y hay tanta desigualdad, mucha impunidad. Y no quiero conformarme con lo que veo a mi alrededor, quiero cambiarlo, mejorarlo. Lloro con el que sufre injusticias y lo acompaño en su sufrimiento. Sueño con un mundo más justo y humanitario. Sé que no bastan las buenas intenciones, hay que luchar por mejorar las cosas. Hay que actuar, hay que hacer algo. El hambre y la sed me mantienen activo, inquieto, dispuesto a defender al pobre, al que sufre injusticias en su vida. Y por último Jesús me plantea algo imposible. Seré feliz y bienaventurado cuando me persigan, cuando me calumnien por ser un seguidor suyo, por ser cristiano, por ser parte de esa Iglesia perseguida. Siempre y cuando sea por su causa, por amor a Él. Eso basta para ser feliz, saber que lo hago todo por Él, por su amor, poque le pertenezco para siempre. Las bienaventuranzas me presentan un camino de plenitud, un camino de vida. Me muestran una verdad, las bienaventuranzas que realmente me harán feliz son estas y no las que me propone el mundo que siempre está en guerra. Me dice Jesús que si hago lo que Él me propone tendré más paz y mi vida serás más plena. Si soy misericordioso como lo es Él, alcanzaré su misma misericordia. Y siendo misericordioso con el que me ha ofendido o hecho algún daño, mi vida será más alegre y llena de esperanza. Quiero leer las bienaventuranzas para saber cuál es el camino para seguir. Dónde quiere Jesús que mejore en este tiempo. ¿Cuál es la bienaventuranza que quiero vivir de forma especial hoy? ¿Qué tengo que cuidar, dónde siento que estoy más lejos de ser realmente feliz, bienaventurado? Jesús me mira y me pide que sea puro de corazón, pacífico, misericordioso, manso, pobre, humilde y alegre. Y yo quiero ser fiel a ese camino que abre ante mis ojos.