Génesis 12, 1-4a; 3, 1-7; 2 Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

1 Marzo 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Quiero subir a lo alto del monte. Quiero verlo resucitar a muertos y curar enfermos a punto de morir. Quiero oír que me dice que mi vida será fecunda cuando me deje hacer por Él»

Un pilar de la Cuaresma es la oración. Quizás el más importante. Porque en realidad la cuaresma es una invitación a recorrer el camino hasta la Resurrección de la mano de Jesús, en su corazón herido. Se trata de acompañarlo, de seguir sus pasos, de escuchar su voz. Dejaré que entre en mi interior, en mi morada santa, y allí estaré yo esperándolo. Seré testigo de su misericordia, de su humildad, de su pobreza. Testigo de su amor inmenso que me rompe por dentro y me emociona. Porque su amor es más grande que nada en este mundo. Y yo quiero ir con Él esta cuaresma. Quiero ir a través del desierto, siendo tentado y escuchando su voz que calma mis ansias. Quiero subir a lo alto del monte para ver el cielo en su carne transfigurada. Quiero verlo resucitar a muertos y curar enfermos a punto de morir. Quiero oír que me dice que mi vida será fecunda cuando me deje hacer por Él, experimentando su presencia, su amor más hondo. Quiero seguir sus pasos, sus huellas sobre la arena, sus pies sobre las aguas. Quiero seguirlo y sentir que puedo caminar a su lado, o detrás de Él, un poco más lejos. Pero cerca al mismo tiempo, sintiendo su miedo, su dolor, su angustia. Cada vez que comienza la cuaresma siento una opresión en el pecho. Como que me gustaría cambiar el guion de una película que conozco demasiado bien. Me gustaría inventar un final menos trágico, no tan violento, ni tan triste. Una resurrección sin asesinato previo. Un triunfo final sin una derrota tan amarga. Luego lo pienso y me veo de nuevo ante Jesús, mirándolo suspendido en la cruz. Sufriendo y resucitando al mismo tiempo. Y comprendo que no hay vuelta atrás. que cada año estoy destinado a revivir la misma escena, los mismos protagonistas se debatirán entre la verdad y la mentira, entre el amor y el odio. Y aparentemente vencerá el odio, el resentimiento, la herida se hará más honda, dolerá más la vida en esos instantes últimos. Y temblaré como Pedro, como Juan, como el mismo Judas. Besaré a Jesús como un traidor en la noche de un huerto. Me dormiré mientras Jesús ora y suda sangre, tratando de no beber de ese cáliz, si el Padre lo permitiera. Pero no lo permite. Y se hará realidad una voluntad que me parece enfermiza. ¿Cómo es posible permitir la muerte de un hijo? Jesús muere porque los hombres no pueden soportar tanta verdad, tanto amor, tanta justicia. Y es mejor que muera un justo para salvar a muchos. Mejor que muera el que parecía traer la división en lugar de la unidad. Porque seguir a Jesús no era tan sencillo. En la cuaresma se me invita a seguir a Jesús optando por su camino, por su verdad, por su amor que es más grande que mi propia vida. Jesús me pide que ame hasta dar la vida siguiéndolo. Y yo me resisto a sufrir, quiero que pase el cáliz de la cruz. Quiero vivir en paz, sin problemas, sin tensiones. La cuaresma me invita a hacer más oración, más silencio. A desconectarme de todo lo que me altera e inquieta, a dejar un lado todo lo que hace ruido en mi interior: «Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Orar en lo secreto es el camino de esta cuaresma. Sin que nadie sepa, sin que nadie me vea. Aprender a meditar y dejar que Dios camine por mi jardín dormido. Ese jardín interior en el que la maleza parece haberse apropiado de toda la belleza. Allí dentro está Él, aquel a quien amo, a quien quiero seguir esta cuaresma. Quiero estar con Él, sin decir mucho, sin hacer nada. Estar a su lado tranquilo, mirando el cielo, contemplando la tierra bajo mis pies. Quiero descubrir a ese Jesús al que he buscado toda mi vida y ha dejado su rostro impreso en mi alma. Su rostro grabado para que no lo olvide nunca, para que no me olvide. Porque vivir la cuaresma no consiste en renunciar a muchas cosas. Es más bien un optar por lo que me hace bien, por lo que me da la vida, por aquello que me alegra y rejuvenece. Caminar en Cuaresma es una renovación del alma que a veces, por culpa de tantos ruidos, se queda exánime, como muerta, muy cansada. Es volver a elegir esa bandera que es la mía, la de Jesús, la de su pueblo, la de sus amados. Quiero subir con Él por todos los caminos y ayudarle a llevar esa cruz que se parece tanto a la mía, muy pesada, muy manchada, muy oxidada. Porque lo que no se cuida se echa a perder. Quiero animarme y soñar con las alturas. Quiero volver a empezar para que todo tenga un sentido.

El día de la amistad y el amor, o el día tradicional de los enamorados, me habla de la importancia de amar y ser amado. Y es que en esta vida quiero vivir mucho, muchos años, pero no de cualquier modo. Se habla de la amortalidad, de retrasar la muerte lo más que se pueda. Se piensa que la inteligencia artificial encontrará la cura para todas las enfermedades y se alargarán los años, y podré vivir con salud muchos años. Pero ¿estoy dispuesto a vivir de cualquier manera? A veces, cuando hago lo que me apasiona, cuando disfruto de la vida, cuando amo y soy amado, se me pasan los días sin darme cuenta. El tiempo vuela y acabo perdiendo la noción de los días. Pero hay otros momentos, en medio del dolor o la tristeza, en los que me siento abrumado y hundido. En esos momentos el tiempo no corre, parece detenerse. Es una percepción del corazón. Por eso no estoy dispuesto a vivir demasiados años sin un sentido. Quiero vivir con un propósito, amando y siendo amado. Por eso este día me confronta con la realidad de mis amores. ¿Estoy amando en verdad y dejándome amar? ¿Cuál es el verdadero amor? No entiendo el amor sin respeto y sin preocupación por lo que vive en el corazón de la persona amada. No entiendo el amor sin perdón y sin la capacidad de pedir perdón y reconocer con humildad las propias debilidades y defectos. No entiendo el amor que no se da por entero, sino que mide y espera a ser amado antes de amar. La vida está ante mí para que la entregue sin miedo, sin pausa. Saberme amado por Dios y por los hombres es el verdadero camino para madurar. Me gustaría amar con un amor maduro, con un corazón magnánimo que se entrega siempre sin reservas. Me gustaría vivir muchos años pero con amor, con amistades verdaderas, con vínculos profundos y sanos, con relaciones que me hagan mejor persona cada día. Por eso quiero cuidar hoy los vínculos que Dios me ha regalado. Quiero purificar esas relaciones enfermas que me hacen daño. Quiero cuidar a los que están lejos, o enfermos, o pasando por situaciones difíciles. ¿Quién me ama en esta vida de forma incondicional? ¿Quién me quiere haga lo que haga y diga lo que diga? Un amor así es casi divino, pero siento que es lo que necesito para tener paz en el alma. El amor que necesito crece desde la verdad, no tolera la mentira, no se conforma con los mínimos sino que siempre aspira a la magnanimidad. Me gustaría amar sin reservas, sin guardarme nada, sin vivir con expectativas que no siempre se cumplen. Quiero un amor que me dé seguridad, no esos amores volubles que hoy te buscan y mañana te olvidan. Quiero un amor por lo que soy, no por lo que le doy al que me ama. Un amor que no me haga sentir necesario, sino un amor que me hable de la gratuidad. Te amor no por necesidad, sino porque quiero compartir contigo este camino. Amores profundos que no mueren ni languidecen con la distancia, ni con el paso del tiempo. Amores que no sean interesados sino que me hablen de la gratuidad. Un amor parecido al de Jesús que vino a acompañarme en el camino y se entregó de forma total sin exigir lo mismo a cambio. Un amor que se humilla a lavar los pies, que perdona siempre, que lo aguanta todo, que soporta lo que más me pueda costar. Amores hondos, profundos, que no se queden en las apariencias, en la superficie de la vida. El verdadero amor me hace mejor persona y saca lo mejor de mí. Me construye por dentro y me da paz. Me impresiona la declaración de amor de Roberto Benigni a Nicoletta Braschi en el Festival De Venecia: «En este momento quiero dedicar un pensamiento a Nicoletta Braschi, que está aquí en la sala. Llevamos 40 años haciendo todo juntos, solo conozco una forma de medir el tiempo: contigo o sin ti. Compartimos este premio. Todas las alas son tuyas, porque si alguna vez he tomado vuelo en mi trabajo es gracias a ti, a tu talento, a tu misterio, a tu encanto, a tu belleza, a tu feminidad, al hecho de ser mujer. Ser mujer es un misterio que los hombres no entendemos. Groucho Marx tenía razón cuando decía ‘los hombres son mujeres que no lo han logrado’. Y esa es la verdad. No podría ser como tú, Nicoletta. Si algo bello y bueno que he hecho en mi vida siempre ha sido atravesado por tu luz. El nuestro fue un amor a primera vista, incluso a la vista eterna». Esa mirada sobre el amor matrimonial me conmueve. Un amor así es el que me permite caminar muchos años, sin angustia, sin tristeza. Amores así en mi vida que me hagan soñar con Dios cada mañana. Amar con libertad, amar enalteciendo, amar abrazando sin retener nunca, amar consolando y con compasión. Amar desde lo profundo del alma hasta lo más hondo de la persona amada. Amar comprendiendo, aceptando, impulsando. Porque el amor verdadero hace que mi vida sea más plena. Quiero aprender a amar desde mi pobreza, sabiendo que soy limitado y torpe. Amar reconociendo las veces en las que no estoy a la altura y no consigo responder a la exigencia del amor. Amar con honradez, sin engaños, sin miserias. Amar lo bueno y lo malo que hay en la persona amada. Cuidar al que amo para que se levante cuando cae. Llevarlo a Dios con mi amor, porque cuando amo bien mi amor se puede parecer un poco al amor de Dios. Desde mi humanidad desvelo un amor que no me pertenece, que es demasiado grande y que me habla del cielo.

Comienza la cuaresma con una orden: «En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: – Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra. Abrán marchó, como le había dicho el Señor». Un mandato, una petición y una bendición. Dios llama a Abrán, le pide que deje la tierra que habita. Que deje sus dioses conocidos. Que deje a su familia y su hogar. Que deje su seguridad y deje sus sueños. Me conmueve esta escena. Le pide que se vaya a una tierra que no conoce, para estar con un Dios que no será como sus dioses de infancia. Le pide algo que es casi imposible. ¡Cuánto cuesta dejar lo que es mío, lo que me da paz, la seguridad que habito! Me lleno de rutinas que me tranquilizan y me acostumbro a ciertos hábitos. Dios le hace tres promesas al mismo tiempo que le pide tres renuncias. La primera es dejar su tierra para heredar una tierra nueva que aún no ve. Dejar lo que veo y toco, lo que amo y donde tengo mis raíces, para volar a un lugar que es incierto y me provoca ansiedad. Porque es eso lo que sucede, ante la incertidumbre del futuro me pongo inseguro y ansioso. Tiemblo y dudo. Dejar la tierra propia es dejar a un lado mis seguridades, mis costumbres, mis hábitos arraigados en el alma. Siento que soy más feliz cuando estoy en una zona segura, bajo el abrigo de los míos, de aquellos a los que amo. La tierra es algo clave porque necesito arraigarme en un lugar concreto. El vínculo sano a mi tierra es algo sagrado. Yo tengo mis lugares grabados en el alma. Esa tierra que es la mía, de nacimiento, por historia. Asociada a recuerdos, a imágenes, a momentos. En esa tierra santa me siento bien. ¿Por qué tengo que dejarla? Muchas veces no será necesario hacerlo. Pero puede que haya momentos en los que Dios me pida dar un salto y soltar, dejar lo que me ata y da seguridad al mismo tiempo. ¿Para qué? Para volar, para recorrer nuevas rutas, para ser más libre, para vivir confiando en lo que Dios quiera para mi vida. Puede que en esta cuaresma llegue muy apegado a ciertas costumbres y hábitos que sería bueno soltar. Raíces que me permiten sentirme más en casa, pero no necesariamente libre. Dios me promete una tierra aún mejor de la que tengo. Cuántas personas tienen que emigrar dejando su tierra para buscar parajes mejores donde reiniciar su vida. Dejar la tierra y buscar una nueva es una aventura, un sueño. Hay que tener un corazón muy libre para poder dar el salto. Necesito tener mucha confianza en ese Dios al que tanto amo. Lo que sucede es que luego le pide Dios otra renuncia, dejar a sus dioses de siempre. Y le ofrece una bendición. Le ofrece una intimidad con un solo Dios. Un Dios celoso que le pedirá que sea fiel a Él dejando todos esos dioses a los que fue fiel un día. Yo también tengo muchos dioses que me esclavizan. Dioses a los que recurro cuando estoy cansado, cuando busco dopamina o simplemente sentirme algo mejor. Porque cargo con frustraciones, con ansiedades, con miedos. Y esos dioses pequeños me prometen realidades tangibles. Me dicen esos dioses que seré feliz si soy fiel a los que ellos prometen. Una satisfacción inmediata de todas mis necesidades y ansias. Una tranquilidad cuando lo haya disfrutado todo. Todo el placer, todo el poseer que me llene el alma y todo el poder que me permita ser más feliz. Esos dioses pequeños se introducen en el alma y me dejan intranquilo. Me siento muy débil y necesitado y noto la ausencia de paz. Tengo dioses a los que puedo renunciar si corto de forma radical con ellos. Puede que caiga a veces. Dios me dice que a cambio me dará una profunda intimidad con Él. Viviré en su presencia, estaré en paz a su lado, habré soltado mis dependencias y seré más libre. Me mostrará ese amor incondicional que tanto necesito para ser feliz. Y por último le pide Dios a Abrán que deje a los suyos, a su pueblo al que ama. A los que lo han acompañado toda su vida. Le pide que confíe y se deje amar por Él. Y que más tarde, más adelante, le dará algo muy grande, una descendencia maravillosa. Luego Abrán dudará porque Sara, su mujer, es estéril. Y no entenderá cómo podrá tener una descendencia como las arenas de la playa, como las estrellas del cielo. No entiende nada, pero obedece. Eso me parece increíble. Ya tiene una familia y le pide que la deje. Me cuesta ver qué me está pidiendo a mí. Puede que me lo pida al aceptar cambiar de ciudad, o darle el sí a un nuevo trabajo. Tendré que dejar a los míos y habrá una barrera geográfica que nos alejará temporalmente. Me ofrece la bendición de construir mi propia familia, mis propios hijos, mi propio pueblo. ¿Seré capaz de soltar lo que tanto amo y tanto bien me hace? Con frecuencia entiendo el sentido de las renuncias. Dejo a un lago lo que me esclaviza y opto por aquello que me hace más libre. Dejo lo que me crea ansiedad y angustia y elijo un camino que me trae la paz. Pero dejar a mi pueblo por una descendencia aun desconocida, en una tierra que no poseo, en una intimidad con Dios que aún no he logrado. Me parece todo muy difícil. Y aun así es lo que Dios me pide. Que suelte, que deje ir, que cambie, para ser más suyo, más libre, más de Dios. Que confíe en esa bendición que deja caer en mi corazón. Pienso en lo que dejo. Acepto el desafío y el sueño de llegar a poseer un día lo que me promete.

Subir un monte es un ejercicio propiamente cuaresmal. Dejar el llano, mi vida cotidiana, mi rutina y ponerme en camino. Dejar la comodidad y salir de casa. Abandonar mis hábitos cansados y comenzar una aventura: «En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto». Jesús elige a tres de sus discípulos y se pone en camino. Sube al monte Tabor. El esfuerzo de subir un monte lo compensa la alegría de la vista que se contempla desde lo alto. Porque con la altura los problemas se vuelven pequeños y la vida sonríe. Parece que estoy cansado cuando comienzo a subir. El ascenso exige que deje lo que me pesa, lo que me cansa. Ligero de equipaje para poder llegar a lo alto de la cima. A veces dudo si seré capaz de llegar tan alto. Y es que me pongo una autoexigencia. Quiero hacerlo, seguro que soy capaz, es lo que pienso. Quiero llegar tan alto como pueda, dejar la fragilidad y la debilidad atrás y comenzar un largo camino hasta la cima. La cuaresma tiene mucho de subir, de ascender, de no conformarme con lo que ya tengo sino aspirar a mucho más, porque puedo, porque todo es posible para el que sueña con cosas grandes. Y yo quiero soñar con lo grande, no conformarme con lo de siempre, con lo pequeño, con lo fácil. Quiero ponerme en camino ligero de equipaje. ¿Qué me sobra al subir este monte en cuaresma? ¿Qué tengo que dejar atrás para poder llegar más rápido? En realidad no quiero llegar más rápido, sólo quiero llegar, a mi ritmo, a mi manera, de acuerdo con mi estilo. Quiero subir hasta las nubes. Allí donde el cielo se ve más cerca, casi a veces se puede tocar con la mano. Y desde arriba la vista llega más lejos, abarca más, todo se ve diminuto en la distancia pero más bello, un paisaje más amplio. Me gusta mirar así la vida. Las alturas me permiten ver mi vida con mayor claridad. ¿Qué necesito hacer, qué quiero cambiar? El otro día leía: «La última noche en el hospital para tuberculosos, estoy acostada en mi pequeña y acogedora habitación y llega hasta mí una voz desde lo más profundo de las montañas, del centro mismo de la Tierra. Atraviesa el suelo y el fino colchón, me envuelve, me activa. «Si vives—dice la voz—, tienes que luchar por algo»[1]. Es verdad, tienes que luchar por algo, un propósito que mueva tu vida. No quiero dejarme llevar por el viento, de acuerdo con cómo sopla en una o en otra dirección. No quiero que la vida se me escape, huyan los días y todo se apague lentamente sin decidirme a hacer algo importante. He nacido para cosas grandes, para sueños bellos. No me conformo con los mínimos. No digo que ya he hecho suficiente. Puedo hacer mucho más, puedo llegar más lejos, a lo más hondo, a lo más alto. Puede esta cuaresma ser una oportunidad para subir el monte de mi vida y encontrarle un sentido a todo lo que hago, a todo lo que me pasa. Es la experiencia de la Cuaresma, de la Pascua, la que me salva: «Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio». La última palabra la tiene la vida. Jesús resucita para darle sentido a mi esperanza, al propósito de mi vida: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti». Comienzo a ascender el camino de esta vida de la mano de Jesús. Confiando en su poder. Esperando su misericordia que me salva de todas mis miserias. Ascender implica dejar cosas, tomar otras para facilitar el ascenso, elegir bien el camino para no tener que rehacer la ruta y sobre todo tener el corazón lleno de energía para que no me faltan las fuerzas a medio camino. El que asciende va mirando el suelo para no tropezar con las piedras, y al mismo tiempo el cielo para no perder de vista la meta hacia la que camina. Así quiero subir yo, mirando el suelo y mirando el cielo. Con la certeza que me da cada paso, cada zancada y con la alegría de saber que mi meta no se acaba aquí en el llano, sino que sube más alto, llega a las alturas. No me basta con la tierra que toco, con la carne que llevo sobre mi alma, con los límites que tan bien conozco. Seré el mismo en lo alto del monte y también cuando regrese. El mismo en apariencia pero diferente porque ascender me cambia por dentro, me regala una mirada más pura, una mirada de cielo. Me hace sentir lleno de ese aire puro que respiré en el camino y al llegar a lo alto, a la cima.

Jesús les muestra a los que ama el verdadero sentido de la vida. ¡Cómo no voy a creer en ese cielo que Jesús me promete!: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Jesús elige sólo a tres de los doce. A los más cercanos, a aquellos con los que compartía la intimidad del camino. Siempre me he preguntado que por qué no subió con los doce. También en Getsemaní se lleva al lugar más íntimo del huerto sólo a estos tres. Sería algo aceptado por los otros nueve. Los hermanos Zebedeo y Pedro eran ese grupo de amigos de Jesús, los más cercanos. Aquellos con los que compartió momentos de luz, momentos de dolor, momentos muy especiales. Hoy se lleva a estos tres para que contemplen el cielo abierto. Hacía unos días les había revelado que iba a morir, aunque ellos no acababan de entender, se niegan a aceptarlo. Ahora se confrontarán con la misma claridad que describe S. Francisco de Asís: «La clase de claridad con que Francisco se empeñó en vivir ante nosotros y ante Dios dejaba poco amparo: la claridad es más terrible que la oscuridad, la claridad total abrasa y nunca alivia, si no se sabe —como sabía Francisco— mirar bien lo que la luminosidad pone en claro, la presencia de Dios. En la claridad de la acción, en la severidad de la claridad de la acción, comprendimos todos por qué al Señor le llamamos Altísimo y por qué es terrible caer, incluso humildemente arrepentidos, en el cuenco inmenso de sus manos»[2]. Es la claridad de lo inalcanzable y al mismo tiempo esa luz me da fuerzas para luchar en el presente de mi vida. Los discípulos seguían llenos de dudas y miedos. No lo entendían todo, pero esa luz les da fuerza. Por eso Jesús ese día se llevó a estos tres a lo alto del monte. En medio de sus ansiedades e incertidumbres les quiso mostrar el cielo abierto, para que no temieran nada. Les hizo ver lo importante. Consiguió que no tuvieran miedo. Eso era el cielo. Se transfiguró para que fueran testigos de que el final no puede ser la muerte, sino la misma vida. A veces mi vida se siente gris, como si caminara en una niebla de cansancio o rutina. Y, de repente, Dios me regala un momento Tabor en el que se transfigura delante de mis ojos y me muestra el cielo. Quizás con una palabra que me consuela, con un gesto de amor inesperado o con un rato de oración donde todo cobra sentido. Esa luz no es un truco de magia. En esos momentos Jesús me muestra quién es Él realmente y, sobre todo, quién soy yo a sus ojos. Me recuerda que, escondido detrás de todos mis cansancios, hay una luz que nunca se apaga. El final no es la oscuridad la que vence, sino la luz. No es la muerte, sino la vida. Jesús cuando me lleva al Tabor es para que no tenga miedo, para que no dude, para que no se apague la esperanza. Hay muchos momentos en mi vida personal que han sido Tabor. Recuerdo a personas que son Tabor y palabras que me hablan del Tabor. En esos lugares sólo puedo exclamar como Pedro que qué bien estoy ahí. ¡Qué bien estamos aquí! Esa frase me conmueve. Pedro no entiende el sentido profundo de ese momento pero sabe que todo está bien, que no habría que cambiar nada, que todo va a salir bien. Que la vida tiene sentido tal y como está sucediendo. Hay momentos en los que estas palabras son mías. Y sé que no me puedo quedar ahí, que pasará lo que estoy viviendo y que tendré que seguir mi camino. Tendré que bajar del monte y llegar al valle, vivir mi vida como es. Pero algo habrá cambiado en mi corazón. Me sentiré lleno de vida, de alegría, porque habré visto el cielo. Porque tocar el Tabor es tocar el cielo. Quiero guardar en mi corazón todos esos momentos, esos lugares, esas conversaciones, esas personas que me hablan del cielo, de lo intangible, de lo que no me pertenece pero se me promete. Esa luz del Tabor será una luz que me permitirá caminar en esta vida. Tendré fuerzas para confiar cuando vea que la oscuridad lo cubre todo. Me gustaría ser Tabor para muchas personas. Ayudarlas a vivir el presente con alegría y sin miedo. Me gustaría que no dudaran de la esperanza que se abre cuando confío en los planes de Dios. Cuando dejo a un lado lo que me turba y comienzo a vivir con alegría el presente. Sé que no puedo vivir todos los días en el Tabor, pero necesito recordar y no olvidar toda esa luz que Dios me ha regalado en muchos momentos de mi vida. Jesús ha iluminado mi corazón para que no tenga miedo, para que no dude. Ha apartado las sombras para que sueñe con los imposibles y me quite del alma esa tristeza lánguida, espesa y pesimista. Quiere que me llene de una actitud positiva, ligera y optimista. No todo va a ser perfecto pero sí todo va a estar bien. Porque Jesús no me suelta de la mano, no se aleja de mí, me toma en sus brazos y me acoge en mi pobreza. Me llena de una luz que me deslumbra para que crea que Dios es mucho más grande y poderoso, más misericordioso que todo lo que yo imagino. Quiero confiar como Pedro esa noche. Qué bien estoy aquí, en este presente lleno de luz, con Jesús. Qué bien cuando veo el cielo hacia el que camino.

Llega un momento de silencio y así logro escuchar la voz de Dios que habla desde la nube: «Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Levantaos, no temáis. Es lo que les dice a sus discípulos. Que no tengan miedo, que no duden. Escuchan una voz misteriosa que habla del amor de Dios, un amor imposible, incondicional. Una voz que confirma el amor de Dios en la vida de los hombres, en la vida de Jesús, en la vida de sus discípulos. Ya no están solos, Dios vela por ellos. Sólo les queda levantarse, dejando el miedo a un lado, y bajar la montaña. Se sienten amados, son amados. Son amados en Jesús que los ama a ellos. Son amados sin tener que hacer méritos, sin hacer nada especial, sólo existir. Un amor que se esconde en una nube y justamente desde la nube me protege. Ese amor despierta la confianza en mi corazón. ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué dudo? Jesús me ama como soy y por lo tanto no espera de mí que lo haga todo bien, perfecto. Ese día los discípulos comprendieron que tenían que vivir sin miedo, arriesgando sus días, amando sin poner freno. Un amor que viene de lo alto es el que me capacita para amar de forma madura, para amar sin restricciones, sin cobardías. No quiero llegar al final de mi vida y pensar que no he amado lo suficiente o no he vivido con toda el alma. Leía el otro día lo siguiente, una afirmación de Elisabeth Kübler-Ross: «Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia. Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho, ni desees haber actuado de otra manera. Vive con sinceridad y plenamente. Vive». Al mirar atrás no quiero vivir pensando que me dejé cosas por hacer. Quiero vivir plenamente, dándolo todo, siendo sincero conmigo mismo y con los demás. El Tabor es el momento en el que los discípulos comprenden que la vida que no se entrega se pierde. Que el grano que no muere bajo tierra se pudre. Comprenden que no será fácil el camino pero saben que la victoria final es de Dios porque el amor siempre triunfa. Aceptan la cruz y sueñan con la vida, con la resurrección, con la salvación. El amor es más grande que los dolores y sufrimientos. Yo quiero vivir así, en el presente, pero con esos momentos de Tabor que me dan la vida y la esperanza. Vivir sabiendo que Dios puede cuidar mi vida y me promete la vida eterna. Eso es la cuaresma, caminar de la mano de Jesús por caminos difíciles y llenos de cruces y sufrimientos, pero con la certeza del cielo, de la resurrección después de la muerte. Subir al monte, a mi Tabor, me hace ver la vida de otra manera. Quiero confiar, saber que sólo tengo que permanecer fiel en medio de la noche y el dolor. Dios puede hacer todas las cosas nuevas. Cuando parece la batalla perdida Dios me dice que no tenga miedo, que confíe, que siga luchando y esperando. Me levanto y me pongo en camino. Los discípulos bajan del monte diferentes. Algo ha cambiado en su alma. Ese encuentro en la montaña es una confirmación de las decisiones tomadas hasta ese momento. Dios los ama, no los va a dejar nunca solos. En el monte han visto a Jesús transfigurarse y mostrar el rostro de su Padre. Han oído su voz. Ya nada puede ser igual que antes. Es lo que sucede cuando tengo en mi vida momentos de Tabor, de cielo. Momentos en los que comprendo que ya nada va a ser igual. Han visto a Dios casi cara a cara. ¿Qué momentos de Tabor guardo en mi corazón? ¿Qué certezas mueven mis pasos por el camino de la vida? Comprendo que esos momentos son esporádicos pero forman parte de mi historia. Tal vez sucedieron cuando menos los esperaba, cuando no los buscaba, cuando más los necesitaba. En esos momentos en los que se abrió el cielo comprendí que mi vida es para siempre. No hay noche ni vacío tras la muerte. Hay luz y esperanza y alguien que me espera al otro lado, alguien que me mira con mucho amor. Pienso en todas esas personas que hacen posible el Tabor en mi vida. Todos los que me aman de forma incondicional y me dicen que me levante, que no tenga miedo, que confíe. Me gustan esas palabras de aliento, esa esperanza que llena mi alma de paz. Me gustaría ser Tabor para aquellos que lleguen hasta mí abrumados por el peso de sus pecados, de sus tristezas, de sus pérdidas. Quiero que en mí toquen a Dios, no por mis méritos, sino por los de Dios, que abre puertas al cielo cuando menos lo espero.

[1] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz

[2] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo