Ezequiel 47,1-2.8-9.12; 1 Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

«Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús»

9 noviembre 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«¿Por qué no puedo alegrarme con su alegría? He llegado a pensar que en realidad hay que ser muy santo y tener mucha altura para admirar al que triunfa sin llegar a envidiarle»

El otro día leía algo que me dio qué pensar: «En lugar de culpar a los demás, asumir la responsabilidad de los propios actos y palabras. Antes de decir o hacer algo, preguntarse: – ¿Es amable? ¿Es importante? ¿Ayuda?»[1]. Me cuesta aceptar mi responsabilidad. La culpa duele y prefiero taparla, como si no existiera, como si nunca hubiera hecho lo que hice, dicho lo que dije, o dejado de hacer lo que nunca hice. Me cuesta ver que mis límites están siempre a las puertas de mis sentidos. Y que el tope de mi piel me confronta con la finitud de todos mis logros. En mis silencios me reconozco impotente. En mis palabras incapaz de estar a la altura. Y como la verdad duele, la escondo, bajo ropajes de apariencia que enamoran. Responsabilidad es una palabra que hace daño. Aceptar las cosas como son supone una madurez que me falta. Como si pudiera hacerme dueño de mi propia vida y no tuviera a nadie a mi alrededor a quien culpar de mi mala suerte, de esa suerte esquiva. Prefiero responsabilizar a otros de mis fracasos, de mis deudas, de las heridas que he provocado en otras almas. Yo no soy, me digo, es Dios, o son los otros, los que me desprecian, los que no me quieren. Y me acabo creyendo, porque soy convincente conmigo mismo, que las cosas son como yo las veo. Otro hizo el daño que yo hice. Otro no alcanzó la expectativa que otros tenían. Me creo mis propias mentiras, dichas para sobrevivir en medio de mi pobreza. Culpo a otros para no sufrir tanto, para que no me duela. Y es que la culpa verdadera es como un dolor hondo y sin nombre. Una herida abierta el cielo. Un vacío que hiere las entrañas. Sentirse culpable es reconocer los propios límites, las carencias, los vacíos. Sentir que todo podría haberse hecho de otra manera. Acepto la culpa, mi parte de responsabilidad. Reconozco que me pudo la desidia, o la pereza, o el egoísmo. Ver esa verdad de mi vida es doloroso. Casi como ver mi verdad desnuda y tener que besarla. Como si de besar a un leproso se tratara. Es tan duro besar lo que no me gusta, abrazar lo que huele mal, es despreciable y no lo amo. Besarlo y sentir que eso que se me pega a la piel y raspa es también mío, me constituye, es parte de mi historia. Fui yo el que herí, maté, abandoné, traicioné, desprecié, insulté. Yo el que hice caso omiso y fui egoísta, orgulloso, vanidoso. Yo el que inventé excusas para no amar, para no entregar la vida, aun sintiendo que era lo que Dios me pedía. Responsabilidad suena con fuerza, casi como un grito en medio de mi silencio. Y entonces, una vez aceptada mi responsabilidad por los actos, palabras y omisiones del pasado, me pregunto cómo actuar hacia delante. ¿Es bueno lo que voy a hacer? ¿Es necesario y hace bien a mis hermanos, o a mí mismo? Asumo las lecciones aprendidas de mi pasado y no quiero dejar la oportunidad de amar más, de entregar más a los demás. Como me decía una persona el otro día: «Está bien que puedo confundirme en esta etapa de mi vida. Pero ¿tengo que hacerlo todo mal siempre?». Puedo mejorar, yo como persona y el mundo que me rodea. ¿Qué estoy haciendo para que este mundo sea mejor? Si lograra hacer las cosas mejor que hasta ahora. La responsabilidad, la culpa y el deseo de crecer, de entregar la vida sin importarme las consecuencias, sin temer el dolor que traigan las caídas y los fracasos. Siento en mi alma el deseo de ser fiel. Hay en mi corazón un apego por el bien. Muchas veces no hago ese bien que deseo sino el mal que pretendo evitar. La vida es muy larga y los peligros son muchos. En mi corazón hay un anhelo de infinito insatisfecho. Me hago responsable de la vida que tengo. Si algo pudiera dejar a los míos es el anhelo de vivir intensamente, con una sonrisa, sin echarle la culpa a nadie. Acepto lo que hago mal y trato de enmendarlo. A menudo aprendo más de mis caídas y fracasos que de mis éxitos. Me hace mucho bien, a largo plazo, la crítica de mi amigo. Y los halagos acaban haciéndome blando. Caigo en la vanidad cuando pienso que ya he aprendido todo lo que necesito aprender. No basta con ser ese niño engreído y consentido que nunca se hace responsable de sus actos. Madurar significa mirar la propia vida con paz, con alegría, sonreír en medio de la vida y sentir que todo lo que tengo es don. Sólo entonces puedo entregar mi vida con mucha paz.

Hay miradas que enferman, actitudes que duelen. El otro día leía: «Cuando vean que no pueden igualarte y mucho menos superarte tratarán de ensuciarte. Eso se llama envidia». Y es que la envidia es el único de los pecados capitales que no da ningún placer. Existen personas que, cuando ven que a alguien le mal en su vida, sienten compasión. Pero cuando esa misma persona mejora, sale de su condición, ama y es amada y se encuentra en una posición más privilegiada, deja de ser compadecido y comienza a ser envidiado. Como si al dejar su último lugar digno de compasión, ese último eslabón de la cadena, ese lugar quedara vacante para otros: «El peor de los siete pecados capitales es la envidia, porque es el único que no producía placer. Hay placer en la gula, en la pereza, en la lujuria, en la avaricia, en la soberbia y hasta en la ira lo hay, el placer liberador del que se enfada mucho, pero nunca hay placer en la envidia. Cuando eres mujer pobre y sola das pena, y eso les viene bien a los otros para salir airosos de la comparación. Pero cuando dejas de ser mujer pobre y estar sola, cuando te quieren y quieres, hay quien siente un fastidio nuevo y tremendo, porque entonces, esa persona que lamenta la mejora ajena pasa a ser candidata a ocupar el escalafón más bajo que la otra dejó libre. Es como si el mero hecho de su felicidad simple y sobrevenida fuera algo que hubiese que arrancar»[2]. La envidia surge cuando yo mismo no estoy contento con mi vida. Me comparo y encuentro que otros están mejor que yo, son más felices o tienen mejor suerte. Y entonces me molestan sus risas y sonrisas, sus éxitos y sus logros. La envidia se apodera del corazón y lo drena. Hace que se seque el interior y dejo de mirar la vida con alegría. Todo me parece mal. Alguien me ha quitado la esperanza. La envidia no me deja alegrarme con las alegrías ajenas, como si esas alegrías fueran causa de mi tristeza sobrevenida. Y entonces dejo de vivir feliz. Comienzo a mirar a mi alrededor a ver qué hacen los demás, qué piensan, cómo se visten, qué coche tienen, cuánto dinero gastan, cuánto tienen. Dejo de admirar y paso a envidiar y desear lo que yo no tengo. Anhelo unos bienes que nunca me pertenecerán. Siento entonces que este mundo es injusto conmigo, es demasiado cruel. Y acabo incubando en mi alma el mal, el odio, el resentimiento. Es como un pequeño animal que va creciendo y lo alimento yo con mis pensamientos, con mis palabras, con mis sentimientos negativos. Lo han hecho mal, me digo para justificar mi envidia. No se merece lo que tiene, añado como para defender mis pensamientos. La envidia es un pecado terrible que se convierte en raíz de todas mis críticas y juicios. Como envidio a otros los acabo juzgando, los critico, hablo mal de ellos en público, deseo que no les vaya demasiado bien en todo lo que hacen. Y si triunfan, lo veo como un fracaso personal. Han logrado todo lo que era mío, lo que yo me merecía. Desear el mal de mi hermano cuando a mí me va también mal es lo que se solía llamar en mi infancia: «Mal de muchos consuelo de tontos». Porque hay que ser muy tonto para alegrarme del mismo fracaso que otros sufren igual que yo. Que nadie triunfe es el consuelo de los débiles, de los que se conforman con su suerte y encuentran una alegría deficiente y pecaminosa en las lágrimas de mi hermano. Si es mi hermano, ¿por qué no puedo alegrarme con su alegría? He llegado a pensar que en realidad hay que ser muy santo y tener mucha altura para admirar al que triunfa sin llegar a envidiarle. Hay que ser muy buena gente para compartir con los demás sus éxitos sin echarles en cara nada de lo que van consiguiendo. Hay que tener un corazón muy grande para dejar que otro ocupe el lugar que yo deseaba. O compartir sus logros cuando pienso que eras yo el destinado a esas conquistas. Es más fácil borrarse de la escena cuando yo no estoy en el centro. Criticar al que hace algo en lugar de valorar toda su entrega y generosidad. Tener un corazón grande hace que la envidia no tenga fuerza en mi interior. Cuando yo estoy contento con mi vida como es, cuando valoro mis éxitos y aprendo de mis fracasos, cuando no vivo buscando el reconocimiento de los demás en todo lo que hago, tengo más paz en mi interior. Cuando dejo de mirar a los lados y me miro a mí mismo. Y veo que Dios me ve como soy, bello, precioso, valioso, grande. Y se alegra al verme. Y no me compara con mi hermano, porque Dios nunca compara ni me dice, como creo que a veces lo hace, mira a este, él sí que lo hace bien. No, Dios no es así. Me quiere de forma predilecta y única. Y así me tengo que querer yo a mí mismo para tener la fiesta en paz. Porque cuando no es así sufro mucho, demasiado, me lleno de envidias y las comparaciones acaban dañando más y más mi autoestima. La envidia es el mal de este tiempo de redes sociales, en las que todo se publica y la imagen vale más que mil palabras. Me comparo con los demás en lo que publican y hacen y pienso que yo valgo menos y no hago nada útil ni bello. Mi envidia empequeñece mi vida. Dicen que hay una envidia sana y esa es, creo yo, la que me hace seguir aspirando a lo más alto, seguir formándome y esforzándome por alcanzar grandes éxitos en mi camino. La que me hace luchar y aspirar a las estrellas. Envidio a mi hermano y quiero luchar por llegar a ser como él. No deseo su mal, más bien deseo yo estar mejor, ser mejor, luchar más, mejorar, tocar las alturas. Esa envidia sí que me hace bien, no la otra que deja que aniden en mí sentimientos malos que corrompen y envilecen el corazón. Quiero mirar con paz a los demás y no dejar nunca de aspirar a lo más alto.

Me gusta pensar que la fiesta de todos los santos es la fiesta de los que amaron. El cielo no está lleno de héroes perfectos, sino de rostros concretos, de vidas sencillas. Son los santos que tienen nombre que nadie conoce, sólo sus familiares y amigos, aquellos que los amaron y a los que ellos amaron. Entran los canonizados y aquellos a los que solo Dios besó al cruzar el umbral del cielo.
Es el día de aquellos que supieron amar hasta el extremo, a su manera, en sus límites. No son los perfectos sino los que lucharon. No son los inmaculados sino los que quisieron vivir altos ideales siguiendo a Jesús en sus vidas. No nacieron sabiendo amar, aprendieron a fuerza de entrega. Se dejaron amar y su vida fue cambiando. Tropezaron, dudaron, se cansaron, como yo tantas veces, pero nunca se rindieron. Dejaron que Dios los transformara desde dentro. La santidad no fue una meta, sino un camino diario. No se sintieron nunca santos, ni justificados, ni salvados. Sintieron que estaban en deuda, que lo hacían todo de forma imperfecta, pero no dejaron nunca de hacerlo. Dieron cada día un paso más, pudieron dar un perdón más y lograron vivir una esperanza más. Me gusta pensar que ser santo no es vivir sin errores, sino vivir con el corazón vuelto hacia Dios, incluso después de caer una y mil veces, con el rostro manchado y las manos raspadas, con las rodillas ensangrentadas de tanto chocar con rocas. Ser santo es dejar que la gracia haga en mí lo que yo no puedo hacer solo. Porque no me hago santo a base de méritos, de esfuerzos llenos de sacrificios. No es esa la santidad que anhelo, porque si fuera así sólo unos pocos podrían ser los santos, los elegidos. Siento que todos, yo el primero, podemos ser santos. La santidad es algo sencillo, de andar por casa. Se encuentra en la sonrisa que devuelve la paz, en el silencio que evita una herida, en el gesto escondido que nadie ve y que Dios guarda como un tesoro. Porque la mayoría de los santos no son conocidos. Renuncian en silencio. Se esconden para hacer el bien. No cuentan todo lo que hacen. Se sacrifican y no están en primer plano. No salen en las redes sociales y nadie los menciona cuando quieren elogiar a los santos. Parecen desconocidos y son los más llenos de Dios. No hablan de sí mismos, callan con humildad y son mansos. Despiertan envidia porque es difícil soportar a aquellas personas que no tienen un precio, aquellos que viven con paz incluso en la tormenta. La vida de los justos despierta envidia en los que no viven con justicia. Los santos son la prueba de que la vida ordinaria puede ser extraordinaria cuando se hace con amor. Cada uno a su modo, cada uno con su historia, porque Dios no repite moldes. Soy original, no soy la copia de nadie, tampoco de ningún santo. Dios me mira hoy y me dice que yo también puedo ser santo. No es inalcanzable, está a un paso de la gracia que baja del cielo para levantarme, a un vuelo en las manos de Dios que me levantan por encima de mis miedos y límites humanos. No pretendo hacerlo todo bien, basta con que intente hacerlo con amor y humildad cada día. No quiero esperar a mañana. Empiezo ahora mismo, en este día, con esa tarea que me toca realizar porque es la que Dios me pide. Él, lo tengo claro, no me pide grandezas, sino fidelidad. No me pide elevarme por encima del mundo, de mis sentimientos, de mis límites, sólo me pide perseverar y dejar que el amor transforme el mundo desde dentro de mi alma. Puede nacer el sol en mi corazón y darme la luz que necesito para enfrentar la vida. No son las circunstancias las que determinan mi forma de vivir, sino mi actitud para enfrentarlas con paz cada mañana. Seguro que todo va a ir bien, pienso en mi corazón. Dios lo puede hacer todo nuevo. Puede cambiar lo que yo no sé cambiar. Puede limpiar lo que yo no dejo de ensuciar. Puede devolver la vida a lo que yo no dejo de matar. Jesús puede hacerme santo, puede hacer que brille su amor en mí, en la vocación de cada uno. Decía el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor». En medio de la cruz de cada día aspiro a revestirme de Cristo. En la vida familiar sucede la santidad. En esa pequeña iglesia doméstica en la que Dios se hace presente en lo cotidiano. La santidad a la que aspiro es un don de Dios que atraviesa el dolor y las dificultades del camino. Es un regalo que me hace feliz, porque los santos son felices, están alegres con lo que les toca vivir. No viven criticando ni juzgando. No se quejan por las dificultades, las enfrentan con mucha paz. Sienten que su vida consiste en vivir cada día atado al amor de Dios. No se enfadan cuando no salen los planes. No se dejan comprar, porque su vida no tiene precio, le pertenece a Dios. Asumen que siempre pueden dar más. Sonríen en medio de las cruces de su camino. Se alegran por el bien de los demás. Y a su lado la vida parece más fácil. Me gustan esos santos sencillos que no viven pidiendo explicaciones, ni exigiendo a los demás lo que quizás no puedan darles. 

El templo de Dios es la casa en la que habita. El agua mana desde ese lugar santo: «En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho. Me dijo: – Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales». Me gusta la imagen del agua y del templo. Me recuerda a las aguas que brotan de la piedra de Lourdes. De una roca sin agua, de un lodo de donde no se podía beber agua cristalina, brotó una fuente de agua pura. Hoy, al celebrar la fiesta de la bendición de la basílica de Letrán pienso en la vida que surge del templo de Dios. De esa Iglesia en la que Dios regla sus dones: «El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe». La presencia del Señor transforma el mundo a mi alrededor. Me dice que cuando todo parece barro y oscuridad en torno a mí. Cuando es desierto o sólo toco una roca dura y seca, en esos momentos en los que estoy turbado y sin esperanza, es entonces cuando puede nacer la pureza. El agua de Dios se abre camino donde no parecía posible. Cada vez que alguien vuelve a creer en este mundo sin fe, cuando alguien perdona sin tener motivos para hacerlo, cuando alguien se reconcilia y olvida y ama de nuevo a la persona que lo había traicionado. En esos momentos de luz y de vida brota agua en el desierto. Esa es la presencia de Dios en lo cotidiano. Un río de agua pura, una cascada, una fuente que no cesa. Pienso en el agua que cubría la tierra al principio del mundo. O en el agua del diluvio que lo cubrió todo. El pecado y el mal para que brotara un nuevo mundo, lleno de esperanza y virtud. O esa agua del mar rojo que cubrió a los ejércitos del faraón, dejando pasar a los judíos que escapaban de la esclavitud. O el agua del río Jordán, que no es un agua cristalina, tiene mucho lodo y fue allí donde Jesús quiso ser bautizado como un hombre más, como si tuviera pecado. Esa agua fue bendecida por Jesús y a partir de ese momento se convirtió en agua de salvación. O el agua del pozo de la mujer samaritana que me habla de la misericordia infinita de Jesús que me regala un agua purificadora para que de mi pecho brote una fuente de agua viva que salve a los hombres. O el agua que brota junto con la sangre del costado abierto de Jesús en la cruz, para que de esa muerte sin sentido brote la verdadera resurrección para los hombres. El agua lo cambia todo, con su pureza. El agua que bendigo en el nombre del Dios Trino para que se convierta en agua bautismal que regale la vida eterna a los hombres. El agua que calma la sed en el desierto y limpia mi rostro del barro del camino. Quiero esa agua que quita la sed, aunque sea por un tiempo corto, ya quisiera que calmara mi sed para siempre. Yo tengo agua sucia en mi interior. Y Jesús puede convertir mi agua en el mejor vino para los hombres, un vino de salvación. El agua sucia que yo le entrego a Dios Él la transforma en agua pura. Del templo brota el agua. Del santuario de María brota un agua que purifica mi corazón que está sucio por el pecado, por mi egoísmo, por mi egocentrismo, cuando no logro salir de mí mismo. El agua salva mi vida y me lleva a la vida eterna. Un agua que me purificará, un agua pura que me limpiará y me permitirá crecer cada día. Creo en el poder del agua transformada en la fuerza del Espíritu. Creo en el agua que permite que brote de la tierra un bosque maravilloso. Árboles que se elevan en el cielo y protegen con su sombra a todos los hombres. Bosques en cuyo interior encuentro la paz que necesito. Agua que calma la sequedad de la tierra. El agua que me bendice con ese poder que viene del cielo. Ríos de agua viva y pura que todo lo transforman a su paso. Me gusta el agua que calma la sed a mi alrededor. El agua que deja que brote una vegetación que es vida. Creo en el poder de Dios en su templo. Creo en su misericordia que se me regala como una cascada que me da nueva vida.

Hoy escucho que soy edificio de Dios, casa de Dios, yo, con mis límites, con mis goteras, con mis grietas: «Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo». Soy templo de Dios. La obra más maravillosa de sus manos. como Jesús que es el templo mismo que será destruido y reconstruido: «Jesús contestó: – Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús». Su propio cuerpo, su alma, es el templo de Dios. Me sorprende más que me diga que mi cuerpo es templo de Dios. Que yo puedo ser un edificio sagrado, un santuario en el que su presencia sea visible para los hombres. Mi cuerpo es sagrado, está bendecido por Dios, ungido por el Espíritu Santo. Y yo lo descuido, lo maltrato, no lo valoro, lo detesto a veces, no me gusta en muchas ocasiones. Ahora hay un culto al cuerpo, pero no porque sea templo del Espíritu, sino porque uno quiere permanecer joven hasta los noventa. No quiero envejecer, no quiero tener arrugas, ni el pelo blanco, tampoco una salud quebradiza. No quiero que se me olviden las cosas y que me cueste agacharme para recoger lo que se me cae. No quiero que me duelan los huesos y detesto las enfermedades que me acechan. Quiero el cuerpo de un joven, la salud de un joven, el alma de un joven. Da tanto miedo el paso de los años. No cuido el cuerpo porque sea de Dios, sino porque quiero que los demás me admiren. Vean fotos mías y digan, por él no pasa el tiempo, es un tragaños como dicen en México. A veces vivo como si fuera un terreno baldío, sin darme cuenta de que Dios ya ha puesto los cimientos. Hay muros que se levantan poco a poco, ventanas por donde entra la luz, y grietas que, en lugar de afear, revelan la historia de lo que Dios ha hecho en mí. Grietas que el tiempo ha dejado. La huella del amor, de las heridas. La huella del que ha vivido. Soy más bello ahora que cuando era joven. Porque es bella mi historia, mi camino. Porque he recorrido muchos lugares y he hollado muchas sendas. Y he amado, me han amado, he herido y me han herido. No importa que no tenga las capacidades de antes. No pretendo tener un cuerpo joven como entonces. Dios es el Creador de una obra de arte en mi vida, es el Arquitecto. No soy una obra casual, ni un conjunto de muros levantados al azar. Alguien soñó mi forma, ideó mis pasillos, levantó la puerta y las ventanas, diseñó con esmero mi vocación, el propósito de mi vida, pintó con maestría mi belleza interior. Tengo claro que cada piedra de este edificio santo tiene su lugar, aunque a veces no lo entienda. Dios no construye con prisas, se toma su tiempo. Lo primero son los cimientos, para que la casa sea firme, sólida. Hay que excavar y sacar todo lo que es maleza, basura, desecho. Luego nivelar el terreno con tierra buena, cuando ya estén listos los cimientos. Dios trabaja con paciencia, con amor, con ternura. A veces deja que pase el tiempo entre una planta y otra, como quien sabe que la firmeza no se improvisa. Pone a prueba mi paciencia al hacer las cosas con calma. Yo lo quiero todo ya, ahora mismo, sin que haya pausas. Dios tiene otros tiempos. Esa casa que soy con el paso del tiempo necesita reformas. El edificio de mi vida se agrieta. Y parece que el peso de la vida desquebraja los muros. Entonces es necesario que intervenga el Maestro de obras. Que quite, que pula, que restaure, que sane. No para humillar, sino para hacer más fuerte la estructura del amor. Cada reparación duele un poco, es como volver a nacer, como comenzar de nuevo. Es necesario para que el edificio sea cada vez más sólido y luminoso. El alma también se agrieta, se endurece, se vuelve sucia y por eso necesita mantenimiento, oración, silencio, perdón, humildad. Quisiera que esta casa que soy fuera una casa abierta. No soy un templo cerrado. La puerta de mi vida quiere estar abierta. Dejar entrar, que todo se pueda ver desde fuera. El edificio de Dios tiene puertas que se abren y ventanas que dejan entrar la luz. Es un lugar donde otros pueden descansar, donde alguien puede encontrar consuelo. La verdadera santidad no consiste en levantar muros que me protejan del mal y de las malas influencias. No consiste en esconderme para que nadie me haga daño y así no puedan afectar mi pureza. No se trata de huir del mundo para que nadie pueda impedirme crecer. La santidad es más arriesgada. Si dejo que Dios habite en mi interior y permito que lo vean a través de mis ventanas, todo será más inseguro pero lograré que muchos encuentren paz y consuelo. Soy una morada viva en la que cualquiera puede encontrar su hogar. En mi interior Dios se siente en casa y de igual forma muchos pueden sentirse en paz, calmados, aceptados. No cierro mi alma a cal y canto para que nadie entre, para que nadie conozca mi interior. Me expongo y dejo que otros vean mis impurezas, mi pobreza. Me hago uno entre tantos. Permito que puedan hacer morada en mi interior. No tengo miedo al rechazo ni al juicio. La casa de mi vida no es mía, es de Dios. Él vive en mi interior y me salva. Y así todos podrán encontrar dentro de mí la paz.

Hoy Jesús se escandaliza al ver en qué han convertido la casa de su Padre: «Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: – Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: – El celo de tu casa me devora». A veces dejo que mi alma se llene de ruido. Hay mercaderes gritando, queriendo comprar y vender. Sin darme cuenta, el templo de mi alma se llena de voces, de tratos, de monedas, de cosas que me distraen del centro que es Cristo. Y entonces llega Jesús. Entra sin pedir permiso, con una mirada limpia, con un amor tan fuerte que no puede soportar que lo sagrado se degrade. Él no entra para destruir, sino que entra para liberar el espacio donde pueda habitar el Padre. Entra para reconstruir mi vida. Su gesto no es de violencia, sino de un amor apasionado que arde. Es el fuego de quien no soporta ver cómo el corazón se llena de cosas innecesarias y se vacía de Dios. También dentro de mí hay un mercado. Negocio con la vida, con la fe, con el amor, con Dios mismo. Le digo: «¿Qué recibiré si le digo que sí a este proyecto? ¿Qué ganaré si entrego lo que tengo? ¿Qué me darán a cambio si soy generoso, magnánimo y amo a los demás? ¿Qué me dará Dios si rezo, si voy a misa, si hago tal y cual cosa?». Mientras tanto, el alma se va quedando sin lugar para lo esencial. Jesús entra y me mira al corazón. No me grita, no tira nada de mi alma, pero su mirada atraviesa mis defensas. Y me dice con dulzura que me quiere con locura. Comprendo que no se trata de las monedas, sino del corazón que se vende. Vendo mi vida a cambio de recibir algo. Busco que me den si yo les doy. Hay demasiados deseos desordenados en mi interior. Y Jesús quiere devolverme al silencio, donde el alma escucha su voz, allí donde la oración vuelve a ser encuentro y no tarea. El fuego de Jesús no destruye. Es un celo santo por la casa de su Padre. Ese celo lo devora. Es el fuego del amor puro, que no soporta la tibieza. Jesús no soporta verme vivir a medias, sin alma, sin pasión, sin entrega. Critica mi vanidad y mi orgullo. Se enciende cuando ve en mí tibieza, falta de espíritu, de pasión por la vida. Es por eso por lo que quiere entrar en mi interior para remover, descolocar, sacudir. Quiere sacar el polvo de mi vida dormida. No me juzga, me ama demasiado como para dejarme así. Su celo es su ternura que quema lo superficial para que brille lo esencial. Después del ruido, del polvo, del desorden, quedará el silencio. Un silencio nuevo, habitado por su Espíritu, lleno de paz. Jesús se queda conmigo, no huye de mi casa, de mi templo interior, de mi santuario corazón. Decía el P. Kentenich hablando del santuario corazón: «¿Dónde está mi cielo? ¿Dónde está el cielo de Dios para mí? Es mi corazón»[3]. Jesús mira mi alma como quien contempla una casa recién abierta, y sonríe. En mi corazón está el cielo. Puede estar el infierno cuando dejo que el mal se adueñe de mí. Pero quiero que el cielo reine en mi corazón. Ahí, en ese silencio sagrado, que logro cuando acabo con todos los ruidos que pugnan por quitarme la paz, vuelve la oración a mi interior, vuelve la confianza y vuelve la certeza de que Dios habita en mí. El celo de su amor no me destruye, más bien me reconstruye. Dentro de mí vuelve la paz al ver que Jesús no me grita, sino que me calma. No se impacienta, sino que me abraza con ternura. Respeta mis tiempos, me mira y comprende que tengo la oportunidad de elegir lo que me conviene o elegir lo que me hace mal. Puedo crear una atmósfera de pantano a mi alrededor o hacer que el cielo se haga presente en la tierra.

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[1] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz

[2] Pedro Simón, Los ingratos

[3] Mi santuario corazón, J. Kentenich09