Deuteronomio 26, 4–10; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

«En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo»

9 marzo 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Hay parcelas en mi vida donde necesito que venga Jesús a fortalecer mi corazón. Él puede hacerlo todo nuevo en mi interior. Puede cambiarme y lograr que mi vida sea más plena»

El valor de lo imperfecto siempre me emociona. Tal vez todo no sea perfecto, no esté todo acabado. Hay huecos, parches, zonas sin pintar, espacios incompletos, faltan tejas. Mi alma perfeccionista lo desea todo ya, que ocurra en este momento, que esté todo impecable. No quiero que lo imperfecto se imponga sobre lo bello. Quiero ser capaz de aceptar que las cosas no estén acabadas del todo. El maquillaje disimula lo imperfecto. Soy un fan de la belleza sin maquillaje, que deja ver las sombras y oscuridades de la propia vida. No quiero disimular para que todos piensen que lo hago todo bien. Que crean que soy perfecto. Se impone la imperfección. Lo incompleto tiene fuerza. La pasión del momento que llega y aún no sucede del todo. Como una sombra que pasa. Como una presencia que todo lo ilumina. El momento presente que es sagrado. La vida que sucede sin que se pueda controlar. Los tiempos de Dios me dicen que son perfectos, pero nunca entendí muy bien ese atentado contra mi paciencia. Porque soy impaciente y quiero que todo resulte a mi manera, de acuerdo con mi gusto y mis cánones de belleza. Yo lo haría todo distinto, pienso en mi interior y me aparto buscando otras bellezas. O me indigno porque no han hecho caso a mis consejos, y sólo eran consejos. No es todo perfecto, no está todo inmaculado. Hay carencias y vacíos. Hay sombras y pecado. Como el alma que no logra hacerlo todo bien y se tropieza, cae y sucumbe. El ideal sigue brillando por encima del barro. Yo sólo veo el barro, me olvido del ideal. Quisiera alegrarme con lo imperfecto, con lo que es mejorable, con lo que no ha salido como yo esperaba. Quisiera sonreír cuando nada parece tan bello como yo había pensado. Hay oscuridad y noche. Cuando las nubes ocultan el sol y no me dejan ver lo bueno de esta vida, lo bello de mi vida, de mi camino, de mi verdad. Sonrío cuando la soledad araña mi alma. Siento dentro de mí una nostalgia inmensa de infinito, un vacío. Como un río en cascada que brota rumbo al cielo desde lo más hondo de mi ser. Con la paz dibujada en mi mirada. Una oda a la imperfección brota de mis labios. ¿Acaso no dicen que la arruga es bella? ¿Y no es hermoso el árbol a punto de florecer? Ese instante previo a que su belleza estalle. Cuando parece que nada bonito hay en su interior. Temo que la vida no sea como yo la había imaginado. La diseñé en mi despacho, en horas de invierno y no imagino la luz de la primavera, ni el estallido de vida a mi alrededor. He soñado tantas veces con la obra bien hecha, con el final esperado. No me pongo nervioso ante lo que no está completo. La vida es muy larga. Siempre estaré en construcción, como un santuario que me habla del cielo, cuando todo esté completo y ya no haya que esperar porque habré alcanzado las cimas más altas y tendré en mis manos la belleza más sublime. Dicen que caminar ya es llegar al final del camino. Y construir ya es bendecir la obra completa. Una piedra tallada es ya la catedral en germen. Y una ventana abierta es el cielo que toma posesión de lo que observa. No le tengo miedo a las críticas ni a los juicios. Siempre es posible que alguien disienta y piense distinto. No me abruman los demás con sus consejos. Los recibo con un alma abierta, igual que las críticas, igual que los halagos. Nada me ayuda tanto como la verdad dicha con palabras sinceras. Un mensaje claro que toca mi alma. soñé tantas veces con el sonido de una campana desde mi ventana. Tantas veces diseñé en el aire las líneas de un santuario. En muchas ocasiones creí ver sus vitrales y su tejado alzado al cielo. Ahora que observo su belleza incompleta, atisbo de un cielo perfecto, me conmuevo. El alma llora hacia el cielo, porque llora de alegría, de emoción. Hay milagros que ocurren cuando a veces temí que no ocurrieran. Me asusta no estar a la altura y la imperfección del momento me recuerda que estoy hecho para la vida eterna. Lo incompleto es símbolo de lo que yo mismo soy. Una obra a medio hacer, barro que sueña con ser una vasija, y recipiente roto que tendrá que ser sanado para poder contener. Hay tanta nostalgia en la mirada, tanto anhelo de cielo, seguro que las gracias llueven en cascada. No hay nada más grade que el cielo abierto ante mis ojos. Sólo puedo agradecer, llorar y sonreír al mismo tiempo. Entre lluvias y soles de invierno. Soñando la primavera. Anhelando las flores que cubran de belleza el alma de esta tierra de esperanza.

Esperar, anhelar, soñar. Dejar que el alma se eleve a la cima de un monte. Y descienda sobre el valle. Silencios y ruidos al excavar la piedra. Esperar sin saber el tiempo ni el momento. Porque los tiempos son de Dios. Y el alma siempre anhela más, desea más, porque el infinito está inscrito en el corazón. Y saber que las cosas que van despacio son más valiosas. Porque dejan que las raíces se adueñen de la tierra más profunda. Buscando agua, buscando un lugar desde el que brotar soñando el sol. Un Santuario en una tierra árida y fértil al mismo tiempo. En una tierra dura y blanda. En una tierra basta y abarrotada de vida. En una tierra desde la que poder volar a las alturas. María me regala una esperanza para los hombres que viven sin luz, sin vida, sin alegría. Una esperanza para los enfermos que tienen el alma seca y el corazón vacío. Una esperanza para los que están solos, o han sido abandonados o no tienen un lugar en el que echar sus propias raíces, siempre buscando una tierra propia. Una esperanza para los marginados, para los no amados, para los no perdonados, para los desterrados. Una esperanza para los que han perdido la ilusión de vivir su vida, para los que no son felices porque nada parece calmar sus ansias. Una esperanza para los que no tienen voz, para los que lo han perdido todo, para los que están dolidos y guardan rencor. Una esperanza en este mundo que tiene sed y hambre de justicia, de verdad, de igualdad, de perdón y reconciliación. Una esperanza que venza todo el desánimo y haga sonreír a los tristes, a los que están solos, a los que han sido engañados, despreciados, olvidados. María viene a tomar posesión de su hogar en esta tierra, con estas raíces, entre estas piedras. En un lugar seguro desde el que poder desplegar todo su poder. Es un momento para agradecer por tanta vida, por tanto amor. María es capaz de convertir una tierra seca y honda en un lugar cálido en el que todos puedan encontrar un espacio para descansar y saberse amados. ¿Dónde encuentro la verdadera felicidad? Necesito amar y ser amado. Comprender y ser comprendido. Respetar y ser respetado. Necesito una Madre que me recuerde cuánto valgo. Que me diga a la oído que mi vida es preciosa. Necesito un hogar en el que poder ser yo mismo sin miedo al rechazo o a la crítica. Sin que nadie me cuestione continuamente por lo que hago. Necesito encontrarme en paz en una casa en la que nadie me juzgue ni condene. Necesito poder beber de un pozo hondo con aguas limpias que nunca se agoten. En esos veneros que me llenan de felicidad. Sé que la paz llegará cuando me sienta abrazado por María en su casa. Sin tiempo, sin prisas, sin gritos, sin mucha luz. Un espacio de intimidad en el que pueda descubrir el verdadero sentido de mi vida. Para eso necesito que María venga hasta mí y se instale en mi alma, en la tierra de mi vida, en lo más hondo de mi historia respetando todo lo que soy y lo que sueño. María me acepta como soy, sin preguntarme cuánto tiempo he estado lejos, sin echarme en cara mi ausencia, sin reprocharme que no estoy completo. Porque Ella en su Santuario me hace ver que no todo está completo. Faltan cosas, hay imperfecciones. A mí me gustan las cosas bellas, perfectas, completas. Y me cuesta aceptar mis propias arrugas, mi pelo blanco, mi pecado, mi mala vista. Me duele reconocer mis imperfecciones y pienso que debería estar completo a estas alturas de mi vida. Me lo echo en cara, me reprocho la finitud de mis pasos, mi genio brusco, mis malas intenciones. Me olvido de algo fundamental, lo incompleto guarda en su seno el anhelo de cielo. La tierra sueña con el cielo. Los pozos hondos sueñan con las alturas que dejan caer el agua en cascadas, en ríos, en veneros, siguiendo la pendiente, rumbo a la tierra más profunda. Y en ese devenir de mi propia vida me encuentro a mí mismo como un niño enamorado de la luna. Del cielo lleno de estrellas. De las alturas imposibles. Con los pies en la tierra. Sobre roca firme para que no cedan mis pasos, ni decaiga nunca mi esperanza. Me siento como Juan Diego al pie del monte, huyendo porque se sentía incompleto. Porque notaba un anhelo de infinito en su pecho que permanecía insatisfecho. ¿Acaso podré calmar mi sed con toda el agua del mundo? Es imposible y lo tengo claro. El cielo y la tierra se unen en el corazón de Juan Diego. En su mirada pura e inocente. En su pobreza incompleta, imperfecta, herida, mellada, rota. Y María sale hoy a mi encuentro a decirme que valgo mucho. ¿De qué está lleno mi corazón? Sé que de lo que esté lleno, hablará la boca. Como ese río que lleva el agua monte abajo, hasta la tierra honda, y más lejos todavía, hacia el mar, hacia la plenitud del cielo. No me canso de buscar, soy un buscador. No me canso de soñar, sigo siendo un soñador. No me canso de pensar en la bondad del hombre. En el bien que hay en mi propio corazón, tantas veces escondido. Y sigo anhelando el cielo, y el amor incondicional de una Madre que me dice al oído, muy quedo, muy cerca, que no tenga miedo, que Ella está conmigo y me cobija, me abraza con su manto y me recuerda que no se trata de estar completos, sino de estar enamorados. Y la felicidad no se logra cuando todo sale bien, sino cuando siento que lo he dado todo y el cansancio que siento ha merecido la pena. Cuando la paz brota en medio de las guerras y el amor se hace más fuerte que el odio. Y el perdón une a todos como una familia. Y ya no hay excusas para la desconfianza ni para la crítica. Esa mirada pura de Juan Diego, de los niños, es la que yo deseo que brote en este nuevo santuario, enclavado en lo hondo de esta tierra firme, donde alzo la mirada al cielo y la hundo a la vez en lo hondo de mi alma.

Lo más importante no es el edificio, sino su interior. No bastan los ladrillos, no es suficiente el tejado. Lo externo no es lo más importante. Lo que de verdad importa es el corazón. Hace poco nos decía el Papa Francisco: «Sigan adelante, porque santuario es un edificio, pero no se olviden que siempre se habla del santuario del alma, del santuario del corazón, que es la cosa más íntima que tenemos. Los bendigo de corazón, vayan adelante, y sigan santuarizándose, que el corazón de ustedes sea cada día más santuario». Es un mensaje que llena el corazón de esperanza. Porque me doy cuenta de que lo importante es lo que sucede dentro de cada uno, en el interior, en lo más íntimo de mi alma. Allí donde habita Él para decirme que me ama y me llama por mi nombre. En esos diálogos interiores en los que Dios me susurra palabras de alegría y esperanza. A veces la confundo esa voz con mi propia voz interior. Esos mensajes negativos que me recuerdan que no valgo lo suficiente. Dios no es así. Me dice que valgo y que mi vida es maravillosa. Allí María quiere tomar posesión de mi vida para siempre, quiere habitarme para que descanse en su regazo, en el hueco de sus brazos. Me dice hoy el Papa que necesito Santuarizarme y me quiere decir que tengo que tomarme en serio mi vida, mi alma. Que si no estoy en orden, ni en paz conmigo mismo, nada va a mejorar. Si no hay más armonía en mi interior me faltará la paz y cuando no quiera odiar lo haré, cuando no quiera criticar criticaré y cuando no quiera dejar de amar, me iré olvidando de todas las promesas de amor que hice. Si no dejo que Dios me ame en lo más profundo de mi ser tal como soy, nada va a cambiar en realidad. Allí donde Dios entra, en mi corazón, es donde serán posibles los milagros. Porque Dios no está fuera de mí, está dentro, en lo más íntimo, siempre y cuando yo le deje entrar y no le cierre la puerta. Para que haya un santuario corazón tendré que cuidar la hondura de mi vida. Necesito menos superficialidad y más hondura, menos hábitos enfermizos y más hábitos sanos que me hagan crecer. Menos consumo de redes sociales, de costumbres que me acaban quitando la paz y más tiempo de silencio, tiempo para estar a solas con Dios y conmigo mismo. No sé si madurar consista en soltar y dejar ir. Lo que sí sé es que cuando menos peso llevo, más fácil me resulta el camino. Cuando más dejo que mi alma se llene de Dios, de María. Cuanta más basura aparto a un lado de mi vida sin cargar con ella, más libre me siento. Veo dependencias, adicciones, vicios, excesos, rencores, odios, manías, tristezas, egoísmos. Sé que el edificio no es tan importante, porque es sólo lo que se ve. Está claro que lo fundamental es lo que sucede en su interior. Lo que pasa dentro y no fuera. El maquillaje para el alma no existe. Sólo se maquilla la superficie de las cosas. En la bendición del santuario se maquilló el exterior, para que luciera bien. Parecía que todo estaba más acabado de lo que estaba. Parecía que habíamos llegado a tiempo en todo, y no era así. Se quiso arreglar todo para que estuviera perfecto, no lo estaba. Pero dentro sí que estaba todo en orden. Al traspasar la puerta firme de madera, todo era definitivo. Ahí sí que estaba todo en su lugar correcto. Había paz desde ese momento sagrado en el que fueron consagrados sus muros y se encendieron cuatro velas para iluminar la oscuridad, una vela en cada ventana abierta al mundo. Y luego se trajo el Santísimo para que presidiera en el tabernáculo el edificio. Sin alma el cuerpo es sólo una carcasa vacía, rota. Con alma el cuerpo cobra vida y fortaleza. Lo mismo les pasa a las paredes y al tejado del santuario. Cuando hay vida dentro todo funciona. En la bendición, justo al final de todo, llegó el cuadro de María y entró por la puerta de madera llenándolo todo de luz. El maquillaje valía sólo para fuera, para dentro no era necesario maquillar nada, con la presencia de María estaba todo lleno de alma. Dentro todo era verdad, autenticidad, honestidad, luz, fuego, paz, amor. Esa imagen me habla de mi vida. Tengo que cuidar mi santuario interior, mi mundo más íntimo. Ese mundo en el que Dios me habla y me dice que mi vida merece la pena. Tengo paz cuando Dios habita muy dentro de mí y me acompaña, me ama incondicionalmente y me recuerda cuánto valgo. Hay un silencio sagrado que logro mantener cuando dejo que las voces interiores, los mensajes que me lanzo, dejen de tener fuerza, ya no se oyen. En ese momento es más potente la voz de Dios y la de María animándome a seguir en la lucha, a no desfallecer aun cuando haya muchas derrotas. No me quiero dar por vencido. Vale la pena todo lo que hago. Es suficiente con ser yo mismo, con amar hasta el extremo. Dios no me va a dejar caer. Pero tengo que cuidar mi santuario corazón, lo más íntimo de mi ser. Pongo todo en orden dentro de mí. Coloco a Dios en el centro de mi vida. No dejo que se me escape la paz con esas cosas que no son tan importantes.

La Cuaresma comienza con la ceniza. Me imponen ceniza en mi frente y me recuerdan que soy sólo polvo y que necesito convertirme y cambiar de vida. Sólo eso. Hay dos frases que recorren todo este tiempo sagrado. Son cuarenta días de camino, de reflexión, de purificación, de encuentro conmigo mismo en el desierto de mi vida. La primera: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Se me olvida que sólo soy polvo, tierra, algo pasajero que lleva en su interior la semilla de la inmortalidad. Estoy llamado a ser eterno. Mientras tanto vivo en este cuerpo mortal, soy de barro, corruptible, de carne frágil, lleno de debilidades y defectos. Me confronto a menudo con mis límites y me escandaliza una y otra vez mi pecado. Siento que no valgo nada mientras una voz en mi interior me recuerda que soy el ser más bello que Dios ha creado. Me siento inútil y Dios me dice que valgo más que nada en este mundo. Hoy la ceniza me pesa. Es como una losa que me hace sentir indigno. ¿Cómo haré para merecer el cielo? Me preguntan tantas veces. ¿Podré algún día merecer el amor de alguien? ¿Podrá Dios llegar a amarme porque me lo merezco? No. La ceniza me habla de la misericordia de Dios. Su amor es tan grande que puede con todas mis miserias. Lava todos mis pecados. Limpia las manchas en mi alma y me hace sentir perdonado, salvado, levantado, rescatado de las aguas. Siento en mi interior la indignidad. Con un peso infinito que me hace sentir muy pequeño. La ceniza de hoy es el beso de Jesús en mi frente. Me marca con su amor. Me hace saber que soy propiedad suya, le pertenezco. Es un momento sagrado porque Dios me bendice como soy, en mi pobreza, en mi pecado. Sólo quiere que me arrodille y suplique su amor. Sólo desea que quiera volver a casa cada vez que me alejo y huyo lejos de su presencia. La Cuaresma es una invitación a ir al desierto de la mano de Jesús. Y la esperanza de este amor inmenso es la que me levanta. Comenta el Papa Francisco como motivación al comenzar esta Cuaresma: «Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad?». El comienzo de la Cuaresma consiste en abrirme a ser peregrino. Dejo mis comodidades y me pongo en camino. Dejo mis rutinas y miedos y salgo de mi comodidad. Dios me mira con misericordia y me recuerda que soy suyo, le pertenezco. He sido marcado por su cruz, por esa ceniza que me hace sentir tan pequeño y frágil. Y al mismo tiempo tan amado por Él. Su beso en la frente me delata. Es como la llamada de Jesús resucitado a que deje la muerte para emprender el camino hacia la vida. Porque la ceniza no significa muerte sino vida. No significa tristeza sino alegría. Los cristianos tenemos la costumbres de vestirnos del amor de Jesús. Un amor más grande que el mío. Más misericordioso, más imposible. Un amor que me saca de mi fragilidad y me pone en camino hacia la tumba vacía. El éxodo que hoy comienza me saca de mi podredumbre, de mis tinieblas, de mis pecados confusos para arrastrarme hacia la luz y la vida. Me gusta ver así este día, como una puerta santa que me lleva al seno de la misericordia. En el abrazo de Jesús hoy me siento renovado, nuevo. Jesús puede hacer todas las cosas nuevas, puede cambiarme por dentro. Puede reinventar mi vida y hacer que sea mejor, que tenga más luz, más vida y menos muerte. Por eso hoy escucho con mucha paz una segunda frase: «Conviértete y cree en el Evangelio». La conversión es un cambio radical. La Cuaresma no es una oportunidad para tomar nuevos propósitos como los que tomé al comenzar el año. No es una ocasión para ponerme triste esperando la alegría de la Pascua. Es mucho más que eso. Es la oportunidad para escuchar la voz de Dios en mi corazón, el grito de Jesús que le hablaba a Lázaro desde fuera del sepulcro. Le gritaba para que saliera y volviera a la vida. Así quiero vivir yo, escuchando y creyendo. Escuchando su voz y creyendo en su promesa. Creyendo que será todo posible si me dejo tomar de su mano. Soy polvo, mi vida en la tierra es caduca, pero dentro de mí hay un grito de eternidad. Nadie puede hacerme feliz del todo. Siempre queda algo insatisfecho, un grito ahogado en mi alma, una carencia que me recuerda que tengo un alma llamada a la plenitud en el cielo. Sé que la vida es algo muy grande y sólo tengo que tomarla en mis manos para poder caminar. Puedo emprender esta peregrinación lleno de luz y de esperanza. Jesús puede cambiarme por dentro y eso me llena de alegría. La luz habita dentro de mí y me da mucha paz. Me convertiré en polvo mientras mi vida en el cielo será para siempre, más grande, más plena. Me convertiré hacia el lugar en el que resuena la voz de Cristo llamándome. Su voz me da alegría.

La Cuaresma es un éxodo, un salir de tierra segura y firme para emprender un camino lleno de incertidumbres y peligros. En esa salida de mí mismo me hace bien escuchar la historia del pueblo judío: «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas, pero allí se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestros gritos, miró nuestra indefensión, nuestra angustia y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado. Los pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios». Cada Pascua judía las familias se reúnen y recuerdan su historia de salvación. Su padre era un arameo errante y ellos han encontrado un hogar. Y aun así, recordar me pone en camino. Es lo mismo que hago yo en Semana Santa, recuerdo mi historia sagrada. Dios me sacó a mí y dejé de ser un errante. Me dio una tierra prometida para que echara raíces. Esa promesa es la que movió y dio esperanza al pueblo judío mientras recorrían en desierto inhóspito e ingrato hasta llegar al cumplimiento de la promesa. Mientras tanto, vivo en el desierto, y tengo claro que el desierto nunca será atractivo, pero sí necesario para encontrarme con Dios: «En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre». El desierto representa la ausencia de comodidades. El frío y el calor extremos. La soledad y los animales que pueden amenazar mi vida. Nadie elige el desierto como lugar para vivir si no es por una vocación especial. El desierto es un lugar de paso, ingrato, un lugar en el que no es posible vivir sino sólo por un tiempo. A veces la propia vida es un desierto. Y no logro avanzar en todo lo que deseo. No estoy en paz en mi propio desierto. No estoy feliz con mi vida. Vivo en mi propia vida como un pez fuera del agua. Parece que hago muchas cosas pero me estoy ahogando fuera del mar. El camino que hoy emprendo es el que me lleva hacia Dios y fuera de mis infiernos. Anhelo ese encuentro que me da paz y alegría. Me conmueve saber que Dios me busca cada día para seguir sus pasos y caminar a mi lado. El desierto es un lugar de paso, incómodo, duro e ingrato, pero no me importa, quiero salir de mi casa. Necesito pasar por él para poder llegar a la tierra prometida que mana leche y miel. La tierra en la que Dios estará en todo y me dará su paz en todas mis guerras y angustias. La espera es larga y me turba. El camino es largo y exigente. Pero también sé que en ese camino por el desierto no voy solo. La Iglesia es mi vida. Somos una familia, una comunidad. Un cristiano nunca está solo, se siente en casa, en familia con otros hermanos con los que ama y vive el mismo sueño. El camino que tengo que recorrer es difícil, pero sé que siempre, con otros a mi lado, será más sencillo y alegre. Comenta el Papa Francisco: «En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades». Tiendo al individualismo, a hacer las cosas yo solo sin pensar en los demás, sin tener en cuenta las consecuencias de mis actos. Hago lo que me conviene, lo que necesito. Pienso en mis necesidades y en mis gustos y creo que los demás tienen que girar en torno a ellos. ¡Cuántas veces les exijo a los demás que me hagan felices! Que mi novia me haga feliz, mi esposa, mi marido, mis hijos, mis padres, mis hermanos, mis amigos. Todos tienen que hacerme feliz. Yo quiero ser el centro de sus vidas y quiero que giren en torno a mí satisfaciendo mis necesidades y expectativas. Quiero que se comporten de una determinada manera y, cuando lo consiguen, me alegro. Pero luego, cuando no lo logran, sufro. Porque yo quiero ser feliz y ellos tienen que hacer ese milagro en mi vida. Pienso en tantas exigencias que tengo en mi corazón y tantos perdones que no soy capaz de dar, cuando siento que me han defraudado, me han hecho daño, me han herido sin responder a mis deseos. Yo sólo deseo ser amado, querido, respetado, buscado, admirado. Sufro cuando no lo consigo. Hacerme hermano, ser uno más entre muchos, es el camino para no buscar estar en el centro. No necesito que los demás me busquen siempre. No es necesario que el universo respete mis deseos y gire en torno a mí. No quiero ser el que va delante, sino sólo uno más entre muchos. Es ese camino de la humildad el que me salva. No voy solo, otros me sostienen.

Hoy me habla el Evangelio de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto. No cedió, pero fue tentado: «Entonces el diablo le dijo: – Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: – Está escrito: – No solo de pan vive el hombre. Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos de! mundo y le dijo: – Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo. Respondiendo Jesús, le dijo: – Está escrito: – Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: – Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden, y también: – Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra. Respondiendo Jesús, le dijo:  Está escrito: – No tentarás al Señor, tu Dios. Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión». Siempre la Cuaresma comienza en el desierto. Con Jesús siendo tentado por el demonio. Hay una tentación principal que se repite de diferentes maneras. Jesús es hombre y es Dios al mismo tiempo. Asume la naturaleza humana y mantiene la divina. Pero renuncia a muchos poderes que tiene como Dios. Renuncia a cambiar la realidad según su deseo. Si tiene hambre puede hacer que desaparezca cambiando la realidad. El hombre hoy quiere ser como Dios. Quiere satisfacer sus necesidades, sus deseos, y quisiera cambiar la realidad para amoldarla a su manera. La piedra convertida en pan. Es tan fácil hoy satisfacer mis necesidades. Si tengo hambre como, si tengo sed bebo. Si me siento mal recurro a la dopamina que encuentro en las redes sociales y otras adicciones. Cambio la realidad o la convierto en un sueño para escapar de lo que es duro, de lo que me cuesta, de lo que me duele y no acabo de perdonar. Esta primera tentación es la fundamental. A veces me gustaría cambiar la realidad para hacerla como yo deseo. Si mis planes no resultan quiero cambiarlo todo para que funcionen. Si no soy capaz de soportar las pérdidas busco que se haga posible lo que sueño. Jesús no lo hizo, algo tan sencillo como el milagro de convertir una piedra en pan. Luego haría cosas mayores, pero no buscando su bien, sino el de los que sufrían junto a Él. Sucedieron muchos milagros en los que Él cambió la realidad. La enfermedad desapareció, y el dolor, y la angustia en muchas ocasiones. Y entonces sintió que el bien era para los hombres necesitados, no pensaba en Él. Otra tentación, en la misma línea de la primera, es la de ser como Dios. Esta tiene que ver con el poder. Los ángeles le obedecerían porque es Dios. Igual que podrían haberlo salvado de la cruz y de todos los que lo odiaban. El poder de ese Dios es más poderoso que la muerte y que el mal. Pero Jesús renunció a ese poder también. No quiso tentar a Dios. La tercera tentación tiene que ver con la posibilidad de poseer todo lo que quisiera. Su reino en la tierra. Todo será suyo si adora al demonio, al mal. A mí me tientan el poder y el poseer. Quisiera tenerlo todo aunque en lugar de a Dios acabe adorando al demonio. Puedo traicionar mis principios, mis valores, para conseguir lo que deseo, para satisfacer mis anhelos y sueños, para lograr todo lo que creo que me pertenece, aquello a lo que me parece tener derecho. Las tentaciones son parte de mi vida. Jesús fue tentado y resistió, se mantuvo unido a la Palabra de Dios, no se dejó vencer por el maligno. Esa fortaleza de Jesús no es la que yo tengo. Yo también me enfrento a muchas tentaciones. Algunas son viejas conocidas. Hay puertas en mi alma por la que se cuela el demonio. Mi orgullo, mi egoísmo, mi insatisfacción constante. Vivo en tensión y no sé manejar mi vida. No hay orden ni armonía en mi interior y sufro. Entonces caen mis defensas y no resisto la tentación. Caigo derrotado y dejo que el pecado se instale en mi interior. Mis barreras están debilitadas, mis defensas son bajas. Está todo de cara para el demonio que puede hacer conmigo lo que quiera. No hay defensa que pueda con él. Hoy Jesús me recuerda que sí que puedo vencer la tentación. Es verdad que caeré muchas veces y volveré a levantarme fortalecido cuando experimente la misericordia de Dios. Sentiré que soy un hombre nuevo, esa es la verdadera conversión. No quiere decir que nunca más vaya a caer. Quiere decir sólo que, junto a Jesús, soy más fuerte, tengo más fuerza de voluntad, no me dejo llevar por esas tentaciones que son parte de mi vida. Miro a Jesús hoy en el desierto y le pido fuerzas para ver en qué pecados tengo que ser más libre, más autónomo, más capaz para vencer las tentaciones. Hay parcelas en mi vida donde necesito que venga Jesús para fortalecer mi corazón. Él puede hacerlo todo nuevo en mi interior. Puede cambiarme por dentro y lograr que mi vida sea más plena. Siempre tendré tentaciones y siempre podré pedir la fuerza de la gracia y del Espíritu Santo para no dejarme llevar por esa corriente que me saca de mi centro y hace que el mal reine en mi corazón con facilidad.