Isaías 2, 1-5; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela»

30 noviembre 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Para poder esperar y desear con un sentido tengo que aceptar primero mi realidad, mi vida como es, no como me hubiera gustado que fuera»

A veces la vida se me escapa sin hacer nada. Vivo en la superficie de las cosas sin pensar en nada más. Hace unos días veía la película «Sólo Javier». En un momento de esta escucho una frase que me conmovió: «Hijo, nunca tendrás suficiente de aquello que no te puede llenar». Y es que con frecuencia vivo persiguiendo sueños, deseando metas alcanzables o inalcanzables. Un paso más, una victoria más, el trabajo que he deseado tanto tiempo, la chica que no me hacía caso y ahora me escucha, el viaje que tenía planeado y al fin llega, y acaba. Y todo eso, después de saborearlo en una tarde de gloria, de éxito, de placer, de paz, de sueño cumplido viene el momento siguiente. Ese momento en el que lo anterior ya ha sucedido y me sigo sintiendo insatisfecho. He conquistado lo que quería conquistar. He cazado esa pieza única y anhelada. He llegado a la cima más alta siempre soñada. Al final, después de tantas luchas y esfuerzos, después de tanto sudor y sacrificios, siento que el vacío continúa y mi cerebro se pone en disposición de buscar un siguiente reto. Nunca estoy satisfecho de las cosas que no me llenan. Nunca será suficiente y vibrará en mi interior un deseo de infinito muy grande, casi inalcanzable. ¿Qué tengo que hacer entonces? ¿Dejar de aspirar a las cumbres más altas? No, lo único que quiero hacer es luchar por esos bienes eternos que son los que me llenan de verdad. En la película le pregunta Javier a un hermano con el que comparte su trabajo diario: «Si te quedara una semana de vida, ¿qué harías?». Cuando le toca responder a él le dice que seguiría haciendo lo mismo, luchando por lo mismo, sin cambiar nada. Esa sería la respuesta que yo quisiera dar si me lo preguntaran. Que al pensar en mi vida sintiera siempre que estoy en el mejor lugar, en el mejor momento, haciendo lo mejor que podría hacer. Por eso no cambiaría nada. Quiero vivir siempre así, con esa certeza de estar en el lugar correcto, donde Dios quiere que esté ahora. Javier era un joven madrileño que murió en el 2006 y su proceso de beatificación está abierto en este momento. Era un buscador que murió de una dura enfermedad con 45 años. Un buscador que se encontró con Dios y eso le dio un sentido más profundo a su vida. Estaba insatisfecho con todo hasta que llegó a estar contento con todo. Con todo lo que vivía, con todo lo que sufría. No es fácil vivir así, porque mi corazón está siempre en búsqueda, inquieto, deseando siempre algo más grande, más hondo, más lejano. Como si no me bastara todo lo que ya he conquistado. Así soy, y así parece ser el corazón humano. Hasta que descansa en Dios, como decía S. Agustín hablando de su propia vida: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste». Te buscaba fuera de mí y estabas dentro. Buscaba la felicidad en la tierra sabiendo que es sólo un momento de pausa en mi camino hacia la eternidad. Quise guardar como un tesoro todos mis bienes, para sentirme en paz y satisfecho, sin darme cuenta de la vanidad de todos mis intentos. Ser el mejor, llegar primero, conquistar todas las metas, conseguir todos los logros y, más tarde, sólo el vacío y la soledad y esa ansiedad por no saber lo que el futuro traerá en las próximas horas. Sólo merece la vida que se entrega y el partido que se juega hasta el final, dándolo todo, entregando hasta el alma. La lucha sin cuartel por llegar a una cima en la que Dios habita y yo sólo llego allí cuando me dejo llevar. No por mis méritos, más bien por mi apertura a la gracia, a la misericordia. Porque no soy digno, nadie lo es. Porque todo es don y se me olvida tan a menudo. Una vida entregada en silencio, sin buscar fuera de mí, descansando en ese Dios que le da sentido a todo lo que tengo. Sin juzgar a nadie por lo que vive pero tratando de animarlos a que vivan con un sentido, con un proyecto de vida, buscando a Dios en todo lo que hacen, sin perder el rumbo ni el sentido de sus vidas. Me gustaba esa vida de Javier, alegre, profunda, sencilla. Alejándose del ruido del mundo que tantas veces turba el corazón. Sin sentirse nada especial, ni mejor que los otros, ni siquiera mejor que antes, sólo Javier. Siempre en camino, siempre peregrino, siempre desde la pobreza que provoca la renuncia y el abandono. Si me quedara una sola semana de vida creo que haría lo mismo que hago ahora, pero mejor, con más paz, con más fuerza. Sabiendo que sólo Dios le da sentido a todo lo que hago. Ese es el camino que me señala ese Dios al que tanto amo.

La palabra Adviento significa venida, advenimiento. Se trata de la llegada de Cristo en la humildad de mi carne. Un tiempo sagrado para prepararme para las fiestas de la Navidad y la Epifanía. Alguna vez, predicando a niños, les he preguntado qué pasaría si de repente la Iglesia hoy celebrara la Navidad, sin semanas de preparación. Algunos me respondieron: «No estaríamos preparados. Es como si nos pusieran un examen por sorpresa, sin tiempo para estudiar». Lo que me faltaría sería la espera y el deseo. En estos tiempo a nadie le gusta esperar por nada. LA inteligencia artificial me hace creer que todo se consigue de forma instantánea apretando un botón. Ya nadie está dispuesto a esperar a recibir cartas. Hacer cola para obtener algo no es de recibo. Esperar es sinónimo de perder el tiempo. Y el tiempo es demasiado valioso para perderlo, vale oro. Los cambios tienen que ocurrir a toda velocidad, sin perder el tiempo. La Iglesia quiere enseñarme a esperar, a perder el tiempo, a tener paciencia cada día. Por eso es tan importante aprovechar el Adviento para aprender a esperar. El Papa Benedicto XVI hablaba así de la esperanza: «El hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar»[1]. Las esperanzas pequeñas son esas expectativas que me mueven a anhelar lo que ha de venir. Lo espero con ansia. Y cuando lo poseo surge otra expectativa, otro deseo en esa cadena interminable de deseos que me lleva al infinito. El deseo mueve mi corazón, pero quiero en el Adviento cultivar el deseo verdadero. Se desea lo que todavía no se posee. Sé que debe existir un algo que no conozco todavía y hacia lo cual me siento impulsado. Decía también el Papa en su Encíclica: «De algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados»[2]. El deseo es lo que me mantiene con vida, despierto, activo. Es lo que me levanta de la cama cada mañana. Viktor Frankl, al hablar de la vida de los presos en campo de concentración, decía, que lo que mantenía con vida a un hombre en esas circunstancias eran dos cosas: una, saber que alguien los estaba esperando fuera. La otra, saber que había algo que todavía tenían que realizar al salir. En ambos casos, se despertaba en sus corazones el deseo de seguir viviendo, de luchar, de esperar para llegar vivos al exterior y poder llevar a cabo sus sueños. Cuando desaparecía ese deseo, cuando no había expectativas de encontrar a la persona amada, porque ya estaba muerta o desaparecida, de la misma manera moría el deseo de vivir. La espera y el deseo dan fuerza a mi ánimo. Y son al mismo tiempo las dos realidades que llenan el tiempo de Adviento. Es un tiempo que se me regala para aprender a esperar y aprender a desear los que me puede dar la vida verdadera. Desear y esperar, soñar y aguardar. La pregunta que surge es: «¿Qué deseo de verdad? ¿Cuál es mi esperanza? ¿Qué espero que suceda?». Muchas veces mis deseos y mis esperanzas no tienen que ver con esa vida verdadera que me da Dios. Deseo una vida que no tengo y vivo amargado soñando con un mundo diferente a aquel en el que vivo. Me angustio al tocar la realidad y ver su crudeza. No es lo que yo había soñado, no soy el que había esperado ser al comienzo del camino. Desear y esperar no es algo ajeno a mi realidad. Para poder esperar y desear con un sentido tengo que aceptar primero mi realidad, mi vida como es, no como me hubiera gustado que fuera. Toco la carne de mi cuerpo, los años que he vivido, el presente que he construido de la mano de Dios y quiero ser capaz de dar gracias. Pero no por eso me doy por satisfecho. Puedo ser mucho más, puedo alcanzar nubes más altas, puedo llegar más lejos. Si soy fiel en lo pequeño, si me pongo en camino, si el deseo de una vida más grande mueve mis pasos. No por ver la pobreza de mi vida ahora no dejo de soñar con una vida mejor, más plena. Siempre puedo dar más, siempre puedo entregar más. La vida es muy larga y por delante hay muchos caminos posibles. Deseo algo mejor. Espero alcanzar los sueños que habitan mi corazón. No me desanimo, no pierdo la esperanza. En el Adviento aprendo a soñar con un mundo mucho mejor, con una vida más santa, con un camino más hondo. 

Se me pide que esté despierto y atento en este Adviento. Es el primer mensaje que Dios me regala: «Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Cuando menos lo piense vendrá Dios. Estar en vela, estar atento, estar despierto es el camino. Con los ojos muy abiertos, con los oídos bien dispuestos a escuchar el mensaje que Dios quiera regalarme. Se me ofrecen sólo 24 días para vivir con intensidad la preparación de la Navidad. Poco más de tres semanas para caminar al encuentro de Jesús que nace. No sé dónde lo hará, ni cómo. No sé la hora ni la manera. Me decía el otro día un niño cuando le pregunté por el sentido del Adviento: «El Adviento sirve para poner el nacimiento». Hay mucha sabiduría detrás de estas palabras tan puras. Un tiempo para colocar el pesebre, los pastores, los animales, a José y a la Virgen, al ángel y la estrella. No es tan fácil preparar un Belén bonito y lleno de sentido. Primero hay que elegir un buen lugar en la casa para esperar al Niño. Preparar la base, los paisajes, colocar el establo y alguna montaña. Quizás baste con un río de papel de plata o será mejor un río con agua. En lo alto, el castillo de Herodes, a lo lejos, porque no es lo importante y no quiero que ocupe un lugar principal. En el centro un establo humilde, a diferencia del castillo, porque realmente el centro es la pobreza y la humildad con la que Dios asume mi care rota. También quiero poner a los pastores con sus rebaños desperdigados por el terreno y algunos frente al portal, adorando. Los más lejanos estarán aún despistados, no saben nada, no han visto a los ángeles y de momento cuidan sus rebaños. Los más cercanos ya saben que algo ha pasado y han acudido presurosos para ver el portento, un niño les ha nacido. Pondré además algunas casas con sus habitantes que parecen no darse cuenta de lo que está ocurriendo cerca de ellos. Vivirán en sus casas y puede que nunca sepan del misterio. Alguna mujer tejerá, otra venderá fruta, un hombre trabajará la huerta, otro estará sentado viendo pasar el tiempo. Hay tantas personas que en Navidad no se encuentran con Jesús, no lo adoran, porque no lo conocen. Pasa desapercibido para ellos porque no lo esperan, no lo desean, no están en vela ni atentos. Me gusta el ángel que anuncia con alegría la gran noticia a los pastores. Dios ha entrado en el mundo en la piel de un niño. Colocaré en lo alto una estrella luminosa que señale el camino a los Reyes magos que vienen de Oriente, para que encuentren al Mesías. Una estrella bonita que indica el sentido de mi camino y me marca la ruta a seguir, los pasos que tengo que dar, hasta dónde tengo que llegar. Dentro del portal y muy cerca, abrazados, pondré a S. José y a la Virgen María. Aún no habrá nacido el niño, tendrán que esperar, muy juntos, el uno junto al otro. El mismo día 24 en la noche, colocaré al Niño recién nacido en una cuna improvisada por José, hecha de paja y con una almohadita para que descanse el niño. Habrá un burro, ese mismo que los ha acompañado por el camino desde Nazaret a Belén. Lo pondré ahora descansando junto a la sagrada familia. Habrá también un buey que ya estaba allí cuando llegaron y nadie más en Belén les dio posada. Ese buey les dará calor dentro de su establo. A los Reyes Magos los pondré todavía muy lejos, caminando hacia el Belén, sin prisa pero preocupados y atentos. Quieren saber dónde nace el Mesías y le preguntarán a la persona equivocada, a Herodes, pensando que él sabrá algo. Se equivocan. Y en realidad se llena él de miedos porque teme que venga un rey que amenace su reinado. Una preocupación innecesaria, como esas preocupaciones que a veces me quitan a mí la paz. Preparar un buen lugar para el nacimiento me da alegría. Me ayuda a estar atento. Porque en estos tiempos que vivo todo va demasiado deprisa. La gente corre de un lado a otro mirando su celular. No se detienen ante las personas que encuentran por el camino porque no quieren perder el tiempo. Es tan importante el tiempo. Viven obedeciendo a la agenda que marca sus pasos. Que no dejen de hacer nada de lo que se han propuesto. Que cumplan, que respondan a las expectativas de los que esperan mucho de ellos. Han perdido el valor de la gratuidad. El tiempo que pierdo con cualquiera, el amor que doy a aquel que aparece en mi vida de repente. Me hace bien ralentizar mi vida. Reposar, callar, esperar, estar en vela, atento. ¿Qué me querrá decir Dios en este Adviento? Busco la estrella que brilla ante mis ojos. La estrella que señala el lugar en el que Dios habla haciéndose carne. El lugar del sí quiero, del «aquí estoy para hacer tu voluntad». Y es que si no busco no encuentro, si no estoy despierto pierdo la oportunidad de cambiar de vida. Preparo el nacimiento con calma. Una figura, otra, ahora el camino, o el río. La estrella, los sueños, los pastores, la vida cotidiana, esa en la que parece no suceder nada relevante. Y al mismo tiempo, oculto bajo sombras, escondido entre pajas, brota un misterio aún incomprensible. Una respuesta sagrada del hombre a la llamada de Dios. Una voz que se hace susurro y un sí que se convierte en Palabra hecha carne. Dios que entra para salvar a los hombres, pero sólo cuando los hombres abren sus puertas.

Cuando comienza el Adviento me pregunto por la hondura y fuerza de mi fe. Zacarías me hace pensar en mi propia actitud ante Dios: «Un día en que al grupo sacerdotal de Zacarías le correspondía el turno de oficiar delante de Dios, según era costumbre entre los sacerdotes, le tocó en suerte a Zacarías entrar en el santuario del templo del Señor para quemar incienso. En esto se le apareció un ángel del Señor, de pie al lado derecho del altar del incienso. Al ver al ángel, Zacarías se echó a temblar lleno de miedo. Pero el ángel le dijo: –Zacarías, no tengas miedo, porque Dios ha oído tu oración, y tu esposa Isabel te va a dar un hijo, al que pondrás por nombre Juan. Tú te llenarás de gozo y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque tu hijo va a ser grande delante del Señor. No beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo desde antes de nacer. Hará que muchos de la nación de Israel se vuelvan al Señor su Dios. Irá Juan delante del Señor con el espíritu y el poder del profeta Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y para que los rebeldes aprendan a obedecer. De este modo preparará al pueblo para recibir al Señor. Zacarías preguntó al ángel: –¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy muy anciano, y mi esposa también. El ángel le contestó: –Yo soy Gabriel, y estoy al servicio de Dios. Él me ha enviado a hablar contigo y a darte estas buenas noticias. Pero ahora, como no has creído lo que te he dicho, vas a quedarte mudo; y no volverás a hablar hasta que, a su debido tiempo, suceda todo esto. Mientras tanto, la gente estaba fuera esperando a Zacarías y preguntándose por qué tardaba tanto en salir del santuario. Cuando por fin salió, no les podía hablar. Entonces se dieron cuenta de que había tenido una visión en el santuario, pues les hablaba por señas. Y así siguió, sin poder hablar». Zacarías es un elegido de Dios. Se encuentra en el templo con el incienso, en oración. Conoce a Dios y lo ama profundamente. Su vida es para servir al Señor en el templo. Espera como todo el pueblo judío la llegada del Mesías. Espera un mundo diferente cuando Dios diera cumplimiento a su promesa. Ese día se aparece el ángel de Dios, el arcángel Gabriel y le hace una revelación. Él conoce las Escrituras, es un hombre sabio. Teme a Dios porque nadie puede ver a Dios cara a cara y seguir viviendo. Teme la presencia de un Dios Todopoderoso. Se conmueve como un niño. Y al escuchar lo que le dice el ángel, duda: ¿Cómo puedo estar seguro de eso? ¿Acaso yo no le pregunto a Dios lo mismo muchas veces? Tengo miedo y dudo. No me creo que pueda ser posible lo imposible. Algo debe estar mal. Dios no puede hacer que una mujer estéril dé a luz a un hijo. Zacarías, igual que yo, quiere pruebas. Me parezco mucho a Zacarías. Es precioso lo que le dice de su hijo, su misión. Pero él no escucha, no le interesa, se detiene sólo en la imposibilidad del hecho. No puede tener un hijo. No escucha la descripción del hijo y su misión maravillosa. Será el precursor, el que prepare el camino al Señor. Será el que reconcilie los corazones de los hijos con sus padres. Va a ser grande ante Dios, muchos se alegrarán. Sigue sin oír, como si no le interesara esa descripción tan pormenorizada. Se fija sólo en la imposibilidad de un nacimiento. Preparará al pueblo para recibir al Señor. No importa, eso no le importa. Duda, desconfía. Y entonces se queda mudo. Ya no podrá contarle nada a nadie. ¡Qué tristeza! Lleva en su corazón una noticia en la que no cree. Isabel lo recibirá en su casa y no sabrá por qué se ha quedado mudo. Simplemente ella se dará cuenta pronto de su embarazo. Pero no sabrá quién será su hijo hasta que su padre recobre el habla. No cuenta el Evangelio si el ángel se le apareció a Isabel y si ella creyó. No lo sé. Sólo sé que se ocultará en su casa para que la gente no comente su embarazo. Hasta que llegue a verla su prima María no podrá compartir con ella la alegría del doble nacimiento. Pero tendrá que esperar seis meses. Y nueve para escuchar a su marido y saber quién es ese hijo que el ángel le prometió. Me impresiona la falta de fe de aquel que tenía más fe. Era un hombre sabio pero duda. A veces creo que lo tengo todo para creer pero no creo todo lo que sucede en mi vida. Veo imposibles y me digo, no va a pasar, es imposible. No confío. Veo una obra por acabar, y pienso, falta dinero, es imposible. Veo un terreno baldío y pienso, no se puede construir nada, no lo conseguiremos. Me falta la fe, como a Zacarías. Me convendría como a él quedarme mudo para meditar todo lo que me pasa en el corazón, en silencio, sin hablar. Me gustaría que Dios me dijera, por haber dudado, calla, no compartas el misterio, quédate en silencio. ¿Qué cosas me cuesta creer en esta vida? ¿Qué promesas que Dios me hace no soy capaz de creer de corazón? Mis dudas no me dejan mirar con paz a mi alrededor, el mundo que me rodea. Comenta Benedicto XVI: «Fe es: estar firmes en lo que se espera, estar convencidos de lo que no se ve»[3]. Me gustaría tener más fe, como los niños, que creen en los imposibles porque no dudan que son posibles. Creen que todo será posible si Dios lo hace, si lo permite. Mi fe es frágil cuando se trata de poner mi confianza en Dios y creer en lo que no controlo. Porque si tengo el control es que estoy al mando de todo. La esperanza es creer en la misión que Dios tiene pensada para mi vida. Para Dios todo es posible. Entonces, ¿por qué dudo?

María estaba en su casa, haciendo lo que siempre hacía. No sé si estaba rezando cuando Dios atravesó la puerta santa de Nazaret. Entró a través de esa puerta humilde y pequeña donde Ella vivía: «El ángel entró donde ella estaba, y le dijo: –¡Te saludo, llena de gracia! El Señor está contigo. Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: –María, no tengas miedo, pues has hallado gracia ante Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo. Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin. María preguntó al ángel: –¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre? El ángel le contestó: –El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían estéril está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible. Entonces María dijo: – He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra. Y el ángel la dejó». Zacarías tuvo miedo, también lo tuvo María. El ángel le pide lo imposible, que no se sobrecoja ante el misterio. María es una niña, una mujer joven, inocente, pura. No comprende el saludo del ángel. No entiende el misterio. Pero cree. No le pasa como a Zacarías. Es más grande aun lo que le dice. Será Ella la que tendrá un hijo y ni siquiera convive con un hombre. No es estéril pero no vive con su marido. Es imposible, en apariencia, pero María cree. Y le dice esas palabras que cambiaron el mundo: Hágase en mí según tu Palabra. Fiat, que suceda en mí el milagro, el misterio. Que Dios todopoderoso se convierta en un niño. ¿Cómo será posible? María cree sin dudarlo. No sabe cómo enfrentarán todos los problemas que vayan surgiendo a su paso. No importa, Ella ya ha pronunciado su sí, su hágase. Ya no tiembla, sólo confía y cree con una fe ciega y una paz que vienen de lo alto. Comenta el Papa Benedicto XVI: «La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una prueba de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro «todavía-no». El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras»[4]. María cree y al mismo tiempo una sombra cubre su cuerpo y su alma. La sombra de ese Espíritu Santo que hará que brote la vida en el seno de María. El futuro se hace presente. La promesa se hace realidad a través de una puerta muy estrecha. La fe de María rompe el muro de la incredulidad, abre paso a un mundo mejor, redimido, salvado, gracias al sí de María. Lo más grande de María es que escucha y obedece y sigue la voluntad de Dios. No rechaza los planes que le ofrecen. No se aleja de ese Dios que la ama con locura y la enaltece, llena de gracia, le dice. María cree cuando lo más sensato era dudar, mucho más que con la promesa de Zacarías. Porque Juan iba a ser muy grande a los ojos de Dios, pero Jesús iba a ser el Salvador del mundo. ¿Por qué yo? Podría preguntarse María con mucha razón. ¿Por qué una muchacha de Nazaret, de una ciudad tan pequeña? No le habló en el templo, donde Dios habla en los silencios y desvela misterios en susurros. No lo hizo a alguien formado como Zacarías. Se lo dice todo a esa mujer humilde mientras estaba viviendo lo cotidiano de su vida diaria. No hay nada especial ese día, es como si la vida siguiera, el mundo continuara girando, nada se detiene ante el sí más grande jamás pronunciado. María cree y me pide que yo crea. Yo que tengo tantas dudas, que desconfío y no creo en la obra de Dios en mi vida. No me siento especial ni llamado a una gran misión. Pero Dios hoy quiere que pronuncie las mismas palabras de María. Quiere que le diga, hágase en mí según tu palabra. Quiere que abra la puerta santa de mi corazón, esa que cierro con tanto esmero para que nadie me moleste ni perturbe mi tranquilidad. Mi hágase cambia el mundo, transforma la realidad y hace posible el milagro de la conversión. Sin mi sí no hay milagros. Sin mi entrega no hay grandes obras. Sin mi fe profunda y sólida no se hace presente en mí el futuro prometido. La esperanza puede hacerse más fuerte en mi corazón si confío, si creo que realmente para Dios no hay nada imposible. Miro mi vida y veo tantos milagros sencillos, tantas obras cotidianas en las que Dios está presente y actúa. Quiero esperar y confiar. Quiero que Dios haga milagros dentro de esta tierra baldía que es mi propio corazón. Allí puede entrar si yo abro la puerta. Como la puerta de Nazaret, tan cotidiana, o como esa puerta de Belén, tan bajita, para que me agache. Dios se agacha para entrar en el mundo. Dios se hace impotente para transformar la realidad en la que vivo. Hoy pronuncio mi hágase.

Comienza el Adviento y con él comienza el tiempo de la espera y la paciencia. Me invita Dios a acercarme a su morada, al lugar en el que Él habita, para adorar, para postrarme humildemente: «Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén. En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: – Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén. Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos». Escucho la promesa de la existencia de una ciudad en lo alto de un monte, en la cumbre de las montañas. Allí desde donde veo toda la planicie. Desde lo alto Dios me ampara y me protege. Y yo hago caso a lo que escucho: «Vamos alegres a la casa del Señor. ¡Qué alegría cuando me dijeron: – Vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David. Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios». Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo». Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien». La paz y la alegría son los dos mensajes en este primer domingo de Adviento. Enciendo la primera vela y aguardo. Quiero tener más paciencia para dar paz a los que viven inquietos y perdidos. Quiero despertarme del sueño: «Comportaos reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo». Quisiera vivir así, en presente, con conciencia plena. Me gusta esa expresión. Sabiendo que lo más importante que puedo hacer es lo que haga ahora, en este momento. No quiero dejar para mañana lo que quizás ya entonces no valga la pena. Porque no sé ni el día ni la hora y tampoco quiero saberlo: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». Cuando menos lo espere todo cambiará. Sucederá algo y la vida me mostrará lo que fue, lo que vendrá. No quiero vivir con angustia por no haber hecho todo lo que podía haber conseguido. No quiero vivir con frustración por no haber estado a la altura de lo esperado. Confío en que Dios tiene siempre sus planes y me guía por cañadas oscuras sin temer. Esa confianza es la que me da paz y alegría en este tiempo de Adviento. Aquí y ahora, eso es el Adviento. Hoy todo está en calma y mañana puede venir una tormenta. No sé cuándo será el mejor día. Sólo sé que debo tener confianza plena en el Dios que teje mi historia de su mano. Con la alegría y la certeza de que Dios iluminará mi camino en medio de las sombras. No le tengo miedo a lo que pueda sucederme mañana, eso no lo controlo. Aun cuando no tenga suerte y todo se complique de la noche a la mañana, Dios estará conmigo. Quiero tener paz y saber que la vida está en sus manos y que el cielo es mi promesa que permanece dentro del alma. Con esa certeza construyo mi vida. Con paciencia y sabiendo que los días que vendrán serán una oportunidad para crecer, para hacer un camino propio más allá de las estrellas. Dios construye sobre mi pobreza, eso es Belén. En un establo, en la miseria de mi vida, quiere nacer Dios. Se hace carne en mi carne, se hace vida en mi propia vida. La confianza en Él sostiene mis pasos y me da mucha paz. Dios viene a encontrarse conmigo cada día.

[1] Spes Salvi, Benedicto XVI

[2] Spes Salvi, Benedicto XVI

[3] Spes Salvi, Benedicto XVI

[4] Spes Salvi, Benedicto XVI