Génesis 18, 20-32; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13

«Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?»

27 julio 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Me podrán obligar a hacer lo que no quiero hacer, pero no me podrán quitar la posibilidad de vivir con calma mi vida. La actitud interior es mía, yo decido cómo reaccionar, cómo responder»

Detrás del amor se esconde mi carne. Detrás de mis sueños toda mi pobreza. Oculta en los vientos descubro mi tierra. Rozando los cielos el alma se entrega. Y quiero llegar donde llega el aire. Cubrir la distancia que hoy aleja el cielo. Sentir que en mi piel se desborda Dios. Cubriendo de vida todo lo que toca. Quisiera alcanzar las nubes más altas. Y choco a menudo con tanto pecado. Hago lo que no quiero y anhelo lo que es esquivo. Deseo tocar las cimas de los montes mientras araño las piedras de su base. Oculto en los pliegues de mi alma se esconde la voz que me llamó a la vida. A menudo la olvido o la desoigo. Y tengo que volver a encontrarla para seguir subiendo. Siento un peso en la piel que me tira a la tierra. Una llamada absurda que pretende embaucarme. Como si así pudiera olvidar para qué estoy hecho. Como si así la vida siguiera su camino. Y no es posible, ya no, el alma grita. Desea mucho más que lo finito, está hecha para Dios, para lo eterno. Tengo en mis manos tantos sueños rotos. Y sobre mi cabeza se elevan nubes claras. Me señalan las cimas que atisbo si me elevo. Y deseo el infinito que apenas sí comprendo. He deseado tanto que tengo el alma grande. He soñado tan hondo que tengo un pozo dentro. Hay agua que se escapa y sed dentro de mí, muy dentro. Una sed que las aguas de esta tierra no sacian. Tal vez más allá, en el cielo, un día quede calmada. Tal vez cuando despierte a otro mundo más pleno. Tal vez cuando recuerde de qué cielo estoy hecho. He vendido mis bienes, he entregado el dinero, me he dejado la vida recorriendo caminos. Renunciando a otros bienes que parecían tan ciertos. Dejando atrás los puertos que se me hacían seguros. Así recorro el tiempo y la vida con ansia. Deseando encontrar respuesta a todas mis preguntas. Descubrir entre sombras luces que me den vida y la esperanza cierta de alcanzar lo que ansío. Porque sí, tengo miedo de no llegar tan lejos. Miedo de fracasar, de confundir caminos. Miedo de no ser yo sino una triste copia de aquel que Dios pensó para cambiar el mundo. Miedo de no luchar, de dejar la batalla cuando el viento sea hostil y terribles la fuerzas que me opriman el pecho. Miedo de no alcanzar la libertad soñada y vivir así esclavo repitiendo consignas, adaptándome a otros, queriendo calmar al que grita y satisfacer demandas. Miedo de no poder ser ese hombre que ha soñado Dios muy dentro de mi alma. Y al mismo tiempo que temo, también espero. Espero que las fuerzas nunca me dejen. Y si un día fallan, espero recibirlas del cielo. Como un mar de su gracia. Como un viento que empuje. Espero que las llamas que arden hoy dentro de mi alma nunca apaguen su furia, no me abandonen nunca. Y que el hielo no reine dentro de mi alma en calma. Espero luchar con fuerza para llegar a la otra orilla. No desfallecer nunca y cada vez que caiga, levantarme con brío, seguir soñando alto, tender las manos al cielo, queriendo retener nubes y el universo. Espero poder ser yo mismo y no la imitación de nadie, ni el reflejo vacío de aquel que un día he soñado. Espero seguir deseando el cielo entre mis manos. Y la vida de Dios que sea fuerte en mi alma. Espero tocar la altura donde Dios se me agacha para mirarme cerca, a los ojos, al alma. Espero caminar lejos, más allá de mis cálculos, venciendo los abismos, superando las cimas. Espero llegar cuando sea el momento, ni antes, ni más tarde, a mi ritmo que es santo, porque es el que Dios me ha dado. Espero tener muy dentro la certeza del cielo. Que Dios no me ha olvidado, que mi nombre está inscrito, en el cielo de Dios, donde mi Madre espera. Espero no dudar nunca, que mis miedos no venzan en mí las resistencias. Espero seguir hablando de todo lo que me llena. Espero dar esperanza a los que están solos y tristes, perdidos. Esperanza a los que viven desesperados. Alegría a los tristes. Luz a los que viven en tinieblas. Quiero avanzar más rápido que el viento y dejar en la tierra mis huellas bien marcadas. Quiero retener con fuerza el amor en mi vida. Es lo único que tengo, lo único que puedo dar a manos llenas. Que mi corazón se ensanche, que nunca se ponga límites, que no viva midiendo lo que recibe, ni esperando lo que es un don, nunca un derecho. Sueño con el cielo en mi tierra, con la luz en mi noche, con la paz en mis guerras. Y sé que si confío Dios hará los milagros, cambiará mi mirada, destronará del alma a los que quieren quitarme la vida. Y seré así más pleno, más niño, más alegre y más pobre. Sin querer tener nada que me pueda quitar la alegría. Desposeído de todo y lleno de lo más santo.

Me gusta la imagen del corazón. El núcleo más íntimo de mi ser. Allí donde voy para encontrarme de nuevo en casa. Para abrazar a ese niño escondido, herido, que sufre y vive, que ama y necesita. Un niño huidizo y buscador de sueños. Un niño enamorado que está dispuesto a entregar su vida y al mismo tiempo quiere recibirlo todo. En mi corazón me encuentro vacío y al mismo tiempo necesito que lo llenen todo de esperanza. Acaricio mis heridas y descubro una necesidad insaciable de un amor incondicional que todo lo llene. Cuando pienso en mi hermano pienso en su corazón. A menudo lo escondo bajo muchas capas, con la vaga esperanza de salvarlo del dolor. No lo consigo porque la vida siempre deja heridas que puedo soportar con dificultad. Y en esos dolores íntimos sobrevivo, amo a mi manera, torpemente. Y no consigo tocar el cielo con mis manos. Miro a Jesús en su corazón. Porque Él tuvo también un corazón humano como el mío. Un corazón sufriente y herido. Un corazón incapaz de no amar, porque Dios sólo puede amar. En Él no cabe el desprecio, ni la indiferencia, ni el odio. Un corazón amante que sólo puede amarme y dar su vida por mí: «Esa imagen venerada de Cristo, donde se destaca su corazón amante, tiene al mismo tiempo una mirada que llama al encuentro, al diálogo, a la confianza; tiene unas manos fuertes capaces de sostenernos; tiene una boca que nos dirige la palabra de un modo único y personalísimo»[1]. Siempre me ha gustado esa imagen del corazón de Jesús enamorado. Un corazón libre y lleno, un corazón alegre y fiel. Los sentimientos de Cristo se dan en su propio corazón. Emociones, sentimientos, dolores y alegrías. La capacidad de Jesús para acoger mi propio dolor me conmueve. En su corazón abierto logro refugiarme y descansar. Un corazón amante se niega a sí mismo para amar a todos. Renuncia a sus caprichos para abrazar por completo la vida de todos, mi propia vida. Así es Jesús en mi camino. Me ama con ternura, me sostiene cuando caigo y no deja que me abandone en pensamientos que me hacen daño. Porque sé que mis pensamientos condicionan lo que siento, lo que sufro, lo que me alegra y entristece. Esos pensamientos oscuros que no me dejan ver la luz del sol. Dicen que el 92 % de los escenarios negativos que me imagino nunca se hacen realidad. Pero mi mente no distingue lo que imagino de lo que es real. Y vivo en tensión, estresado, imaginando desgracias que seguramente nunca lleguen a suceder. Mi corazón sufre en vano con frecuencia. No desea desgracias que pueden ocurrir y sufre. Jesús tiene un corazón como el mío. Es humano pero en él no hay pecado, hay armonía perfecta, no como el mío. Leía el otro día: «No hay que olvidar que esa imagen del corazón nos habla de carne humana, de tierra, y por eso también nos habla de Dios que ha querido entrar en nuestra condición histórica, hacerse historia y compartir nuestro camino terreno. Una forma de devoción más abstracta o estilizada no será necesariamente más fiel al Evangelio, porque en este signo sensible y accesible se manifiesta el modo como Dios ha querido revelarse y volverse cercano»[2]. Jesús se hizo uno de nosotros. Un hombre entre los hombres. Amante y enamorado. Soñador y luchador hasta el extremo. No se conformó con los mínimos y en su entrega nunca hubo engaño ni traición. No era posible porque su amor era puro como es el amor de Dios. Pero hecho de gestos humanos, sonrisas y abrazos. De lágrimas llenas de emoción y de generosidad, siempre dispuesto a dar la vida por mí. Un amor así es el que yo deseo. Un amor que no tengo en mi interior. Porque estoy dividido y roto. Deseo el bien que no hago y detesto el mal que elijo torpemente. Decía Dostoyevski: «La belleza no sólo es algo terrible, también es algo misterioso. Dios y el demonio luchan por el dominio, y el campo de batalla es el corazón humano»[3]. Es campo de batalla mi corazón. No logro elegir el bien que es bello y me construye por dentro, saca lo mejor de mi interior y logra que tenga paz en el alma. Dentro de mi corazón las elecciones que hago no siempre me dan paz. Quisiera hacer ese bien que me parece brillante y atractivo. Pero no logro hacer lo que deseo y no consigo llegar a ese ideal que brilla ante mis ojos. Mi corazón finito quiere vivir un amor infinito. Debería tener odres nuevos para que el vino de la conversión no rompiera mis odres viejos. Cambiar mi forma de pensar para dejar que otros pensamientos, otros principios, se hagan dueños de mi vida. Me gustaría tocar las alturas y acariciar un amor infinito. Sueño con llegar más alto y más dentro. Miro mi corazón y quiero aprender a perdonar a los que un día me hicieron daño. Quiero dejar de odiar, olvidar y pasar página. Quiero reconciliarme con mi historia, con todos los que forman parte de mi camino. Mirar a todos con paz, con compasión, sabiendo que cada uno reacciona desde sus heridas. Miro ese corazón de Jesús y me gustaría adentrarme en su interior. Llegar a lo más hondo buscando la paz, la alegría, la esperanza. Hoy Jesús me mira en mis entrañas y me recuerda que estoy hecho para descansar en su presencia.

A veces me agotan las circunstancias y no sé descansar. Trato de solucionar todos los problemas del mundo y no consigo estar a la altura de lo esperado. Cargo sobre mis hombros todo el peso del mundo y me creo imprescindible. Si yo no lo hago, si no lo digo, si no estoy. Y me remuerde la conciencia cada vez que busco descansar, desconectar, ausentarme. Siento culpa por no estar siempre disponible, siempre solucionando los problemas de esta vida. ¿Sé descansar de lo que continuamente agota mis fuerzas? ¿Soy capaz de cortar y desaparecer aunque parezca poco responsable? Siento que la vida se juega en esos momentos en los que decido dejar de ser yo el protagonista de todas las historias, el responsable de todo lo que sucede. Leía el otro día: «El sábado era vivido como un «respiro» querido por Dios, que, después de crear los cielos y la tierra, él mismo «descansó y tomó respiro el séptimo día». Sin tener que seguir el penoso ritmo del trabajo diario, ese día se sentían más libres y podían recordar que Dios los había sacado de la esclavitud para disfrutar de una tierra propia»[4]. Dios descansó al crear el mundo. Yo puedo descansar de todo lo que hago. Hoy al hombre le cuesta mucho descansar, desconectar, dejar de hacer lo de siempre. Se siente mal si no produce, si no hace algo por el mundo. Es como si estuviera salvando siempre a la humanidad. Así me siento yo a veces. Si yo no estoy el mundo va a la deriva. Me digo a mí mismo que es fundamental estar ahí, no perderme nada. Si me ausento sufriré lo que hoy llaman FOMO, el miedo de estar ausente cuando pasa algo importante. Al mismo tiempo hay corrientes que buscan una vida más feliz. Menos exigencias y más búsqueda de un descanso interior. Y entonces aparece otra expresión, JOMO. La alegría de perderse algo. La alegría de vivir desconectado. ¿Soy capaz de desconectar y no contestar los mensajes, el Whatsapp, los mails? ¿Soy capaz de desaparecer de las redes sociales por un tiempo? ¿Me permito dejar en visto las peticiones que los demás me hacen? Como si no me importara, como si estuviera fallando a las expectativas de todos. ¿Cuánto tiempo puedo descansar, desconectar de mi vida cotidiana? La vida es más importante que todo lo que yo pueda hacer. Quisiera cuidar mi alma para poder darme mejor a los demás. Descansar para poder entregarme sin descanso. ¿Cómo es mi forma habitual de descansar? ¿Estoy acostumbrado a estar a solas, conmigo mismo? A veces cargo muchas responsabilidades, muchas necesidades de otros, muchos problemas y preocupaciones. Y me los guardo en el alma. Luego el cuerpo sufre la presión y siente que le pasa factura la exigencia. El cuerpo siempre habla aunque yo no sepa lo que me está pasando. Cuando llegan algunas enfermedades, puede ser porque no he cuidado mi vida, mi mundo interior. Las circunstancias son las que son y el mundo es como es. No puedo cambiar el pasado ni el futuro pero sí puedo hacer algo por el futuro. No puedo cambiar las circunstancias, pero sí mi actitud ante ellas, como decía Viktor Frankl: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas—la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias—para decidir su propio camino». Me podrán quitar la libertad física. Me podrán obligar a hacer lo que no quiero hacer, pero no me podrán quitar la posibilidad que tengo de vivir con calma mi vida, con paz. La actitud interior es mía, yo decido cómo reaccionar, cómo responder. Quisiera aprender a desconectar de verdad. No soy imprescindible. El mundo no va a la deriva si yo no estoy. Me creo quizás demasiado importante y pienso que todos me necesitan. Cuando falto, veo luego que la vida sigue igual. Nadie desaparece, el mundo no se acaba. Me hace bien salir, tomar distancia y ver mi vida desde lejos. Agradecer por lo vivido, mirar con detalle todo lo que me ha pasado en este año y buscar qué cosas puedo mejorar para el próximo año. En mi mano está mirar dentro de mi alma. Y en mi voluntad ponerme en camino para tratar de hacer mejor las cosas. Quiero no tomarme demasiado en serio. No tengo respuestas para todas las preguntas. No siempre tengo que hacer lo mismo ni reaccionar de la misma manera, salvo que haya cosas que al repetirlas me dan la vida, me alegran el corazón. Quiero vivir descansando en Dios. porque Él es quien puede darme alegría y paz. En Dios tengo el corazón tranquilo. Los silencios a veces me incomodan, pero son una bendición. Guardar silencio para escuchar con más calma lo que Dios me quiere decir. Si dejara que su voz sonara con fuerza en mi interior. Reír, rezar, leer, pasear, hacer cosas diferentes, caminar y buscar a Dios en la naturaleza. Soñar con todo lo que me pueda dar la vida. Alegrarme con los pequeños detalles del camino. Disfrutar a los amigos, que forman parte de mí. Ausentarme para valorar más lo que tengo y volver con más fuerza, con más energía. Ese es el descanso que Dios quiere en mi vida.

Un pueblo pecador y enfermo. Y la justicia de los hombres. A veces juzgo las cosas por un comentario o por una persona. Juzgo a todos y los condeno colocándolos en el mismo saco. Los juzgo por encima y pienso que tengo razón en mi juicio. Así parece hacer Dios con Sodoma. Hasta que interviene un hombre justo y los defiende: «Abrahán seguía en pie ante el Señor. Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Abrahán respondió: «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?». Respondió el Señor: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco». Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta». Él dijo: «En atención a los cuarenta, no lo haré». Abrahán siguió hablando: «Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?». Él contestó: «No lo haré, si encuentro allí treinta». Insistió Abrahán: «Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran allí veinte? Respondió el Señor: «En atención a los veinte, no la destruiré». Abrahán continuó: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?». Contestó el Señor: «En atención a los diez, no la destruiré». Dios tendrá misericordia de su pueblo si encontrara diez o incluso si encontrara un hombre justo. Sólo por uno salvaría a todo un pueblo. Sólo por la justicia de Jesús, Dios salva a toda la humanidad. Un solo hombre justo, inocente que muere por mi causa. Muere por mí y me da la vida. Un solo hombre justo, alguien que trata de hacer las cosas bien. A menudo pienso que lo que yo haga tiene poca influencia en el mundo. Que es sólo un granito de arena, una vela encendida en medio de la oscuridad, un sendero estrecho abierto en medio de amplios bosques. Y pienso entonces que no podré salvar una humanidad entera porque hay demasiadas ovejas sin pastor, demasiadas personas perdidas, demasiada guerra, demasiada hambre. Hay demasiado mal que no logra ser vencido por el bien de unos pocos hombres. Y entonces comprendo que Dios ya ha salvado a los hombres. Les ha dado su paz, su libertad y su esperanza. Ha salvado a todos los que necesitan ser salvados. Un solo hombre que viene a traer la paz. Un hombre como yo que se puede mantener fiel en la oscuridad de la noche. ¿Valdrá para algo mi entrega silenciosa? ¿No sería necesario que el mundo entero supiera de ello? No, no basta, no es posible. Aunque todas las redes sociales lo contaran, aunque saliera en todas las pantallas del mundo, la noticia no cambiaría nada. Las noticias pasan y se olvidan. Las buenas y las obras malas son reemplazadas por otras obras malas y buenas. Todo es un devenir de la vida a la muerte y de ahí hasta la vida eterna. Y en medio de mi camino mis obras importan. Lo que hago y lo que evito. Lo que no hago y lo que digo o sueño. Lo que soy y lo que pienso todo eso tiene un valor inmenso. Todo eso queda inscrito en el cielo para siempre. Así es la vida. Yo construyo o destruyo, yo ayudo a que el mundo avance o siempre la cizaña en el campo de trigo. Yo sumo o resto. Nada de lo que hago es indiferente, aun cuando a mí me gustaría que no fuera tan importante. Es sólo un acto, una palabra o un silencio, me digo. Como si realmente no importara demasiado lo que decido hacer. El rumbo que toman mis pasos, el sendero que sigo en medio de los hombres. Nada importa mucho, y sigo actuando como si la vida no fuera tan importante, tan valiosa. Al fin y al cabo nada es definitivo, hasta que sucede y me tiembla la voz y el cuerpo entero. Y sueño con que las cosas serán mejores si las hace otro, si otros las inventan. Pero luego veo que lo que hago si que es bastante. Por un solo hombre, por la justicia de algunos, por sus buenas obras, por su misericordia. Y realmente me gustaría ser misericordioso y justo siempre. Abrahán intercede por los hombres pecadores y Dios escucha sus palabras y actúa de acuerdo con los que han actuado con justicia. Dios siempre tiene misericordia en mi vida y perdona: «Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor. Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque escuchaste las palabras de mi boca; delante de los ángeles tañeré para ti; me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera tu fama. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu mano contra la ira de mi enemigo. Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos». La misericordia del Señor llena la tierra. Su misericordia me salva, me levanta, me llena de paz. Su misericordia me hace ver que todas mis obras ante Él pueden ser perdonadas. Y que una obra mía justa, fiel, llena de amor, puede salvar el mundo entero. Por un lado no es definitivo lo que hago. Por otro lado todo lo que hago es relevante y tiene un valor y mucha importancia. Una cosas por un lado, la otra por el otro. Así es Dios conmigo. Mis obras ante Él quedan limpias por su misericordia y una sola obra mía puede tornar su mirada en misericordiosa.

Jesús se retiraba al silencio del monte a orar. Buscaba la soledad para estar con su Padre: «Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: – Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Una de esas veces los discípulos le piden que les enseñe a orar. Y Jesús lo hace. Quieren aprender a orar, necesitan hacer ese silencio que los ayude a crecer en su mundo interior. Yo también necesito aprender a orar. Callarme, escuchar. Dejar que el alma se encuentre con Dios y se funda en un abrazo profundo. No siempre sucede porque vivo inquieto volcado en el mundo, disperso, perdido. Como si me importara más lo que sucede fuera de mí que lo que sucede dentro. Me afecta tanto el mundo que sufro de forma innecesaria. Digo que es por mi sensibilidad, porque soy melancólico. Pero tal vez es más porque no vivo en mi centro, no vivo desde dentro sino desde la superficie de mi piel. Me gustaría aprender a calmar el corazón. Contemplar, dejar pasar las aguas del río ante mis ojos. Leía el otro día: «Parece que la oración de quietud tiene una dimensión sanadora. Algunos no tienen mucho que deba ser sanado, pero cuando uno tiene cicatrices grandes, la oración de quietud parece actuar como una pomada para ayudar a sanar esas heridas»[5]. Dios puede sanar mis heridas, acabar con mis rencores y resentimientos. Busco la paz. Que el corazón descanse en Dios y encuentre en Él el sentido a mi existencia. Es tan difícil escuchar su voz. Me habla en mi interior y yo vivo fuera deteniéndome en el mundo que es bello y es un reflejo de su verdad más honda. Jesús necesitaba callar y escuchar la voz de su Padre. Me muestra el camino del silencio, de la necesidad que tengo de interiorizar, callar y profundizar. «La oración contemplativa es algo delicado. Es como una flor que crece si se la poda con cariño y se contempla cómo va desarrollándose. Podrá regársela y ponerla al sol, pero no se la puede urgir a que crezca. Así como la flor se va desarrollando, también se manifiesta el ser y la presencia de Dios. Estamos acostumbrados a una mentalidad de rendimiento, corremos el peligro de querer intervenir en exceso»[6]. Quisiera aprender a rezar, a perder el tiempo delante de Dios. Dejar que pasen los minutos sin buscar resultados, respuestas, sentimientos de paz y tranquilidad. No quiero buscar la productividad, sólo quiero aprender a estar con Dios, en su jardín, en su presencia. Sin producir nada, sin conseguir resultados satisfactorios. El abrazo de Jesús que calma mi corazón, mis ansias y mis prisas. Orar es un camino que hago cada día. Oro cuando callo y contemplo. Oro cuando camino dejando que el corazón se amanse. Oro cuando canto o escucho un canto y dejo que las melodías me lleven a lo alto. Oro cuando agradezco, porque es así la oración principal en mi vida. Quiero aprender a agradecer por todo lo que Dios me regala. La gratitud es la oración más preciosa, más valiosa. Hoy Jesús les dice a los discípulos: «Él les dijo: – Cuando oréis, decid: – Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino». Porque el reino de Dios es un don en mi vida. Una presencia divina que me sostiene y me hace mirar al cielo conmovido. Quiero aprender a alabar por lo que he recibido. Es mucho más de lo que haya podido darle a alguien. El don de la vida, el don del amor. El amor siempre es inmerecido. Dios me ama de forma incondicional y en mi vida ha puesto a personas que me recuerdan cómo soy amado por Dios. Con gestos humanos, con palabras y presencia logran que me sepa amado de forma incondicional. Es lo que siempre necesito. Agradezco por lo que tengo y también por lo que no tengo. Todo es un don. En los momentos de tormenta también soy capaz de alabar por lo que estoy viviendo. No vivo con miedo sino con paz, confiado. Porque las cosas grandes de Dios suceden en mi corazón. Dentro de mí su presencia me calma. Y su voz me dice que sólo tengo que confiar en su amor, en su bondad, en su presencia. Nunca me dejará solo. Por todo eso le doy gracias. Porque su amor me salva y me da la vida. Ser capaz de agradecer cuando nada ha salido como ya esperaba es un milagro de Dios en mi vida. La alabanza continua ensancha mi corazón y hace más amplia mi sonrisa. Experimento un gozo profundo en el alma. Agradezco porque ser agradecido me hace feliz. Las personas que continuamente se quejan y protestan son menos felices. Las personas que agradecen y alaban alegran el corazón de aquellos con los que conviven. El que ora en lo más profundo ve las huellas de Dios acompañando su camino. Nada teme y sonríe. Espera todo de Dios y no le tiene miedo a los males que le puedan suceder en esta vida. Quisiera aprender a vivir con una sonrisa en los labios. Para eso necesito reposar en mi jardín interior donde vive Dios.

Hoy Jesús me invita a pedir, a suplicar. No sólo quiere que guarde silencio. No sólo pretende que agradezca por todo lo que recibo en mi vida. Jesús me pide que pida, que suplique y me lo explica con una parábola: «Danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación. Y les dijo: – Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: – Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle; y, desde dentro, aquel le responde: – No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues yo os digo a vosotros: – Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?». El que pide recibe, el que busca encuentra. A menudo me cuesta entender tanta insistencia en la petición. ¿Acaso será posible que logre todo lo que persigo? Encuentro publicidades que me invitan a no desistir de mis sueños. Y me hacen creer que si lo intento lo lograré. Si lucho alcanzaré la meta y mis sueños se harán realidad. Luego miro mi vida y veo que no es verdad. ¡Cuántas veces he fracasado en mis búsquedas! ¡Cuántos intentos fallidos he tenido en mi camino! No siempre consigo lo que busco, no siempre me da Dios lo que le pido. Rezo con insistencia por milagros. Le exijo curaciones que no suceden. Que haya un milagro, le pido. Y siento que mi Dios no es bueno y no me da todo lo que necesito para vivir. Me gustaría que fuera de otra manera. Si rezas lo obtendrás. Si luchas lo alcanzarás. A veces lo doy todo y no venzo. O pido con mucha insistencia y Dios parece olvidarse de mí, mientras que sí recuerda a otros y hace más milagros que a mí no me alcanzan. Quisiera creer en estas peticiones. Dios es bueno y dará lo mejor a sus hijos. No siempre será como yo espero. Al final Jesús dice que me dará el Espíritu Santo si se lo pido. Tal vez no me dará el camino concreto, o no hará posible ese sueño que me hace alegrarme ante el futuro. No, Jesús no es el mago al que recurro para lograr mis pretensiones. Aún así no puedo dejar de pedir, de buscar, de llamar. Porque es lo que hoy me pide Jesús. Que no me canse de buscar, de intentar llegar al final. Que no sea porque no lo haya intentado. Que sienta que me he dejado la piel y he pedido una y otra vez lo imposible en mi vida. Jesús ese día les enseñó a los suyos el padrenuestro. Esa oración preciosa que rezo a menudo sin pensar en lo que digo. Son siete peticiones. Todas ellas se oran en comunidad. Digo Padre nuestro, no Padre mío. Y lo primero que pido es que venga su reino a mi vida. Luego que sea haga su voluntad y no la mía. Que perdone mis pecados como yo perdono a otros. Le suplico el pan de cada día, para no morirme de hambre hoy. No le pido el pan del mes, ni que todo salga bien en los días siguientes. Sólo quiero que hoy haya pan suficiente en mi vida. Que no caiga en la tentación y que me libre del maligno que me daña por dentro. Todas esas peticiones las hago cada día. Porque quiero aprender a vivir y se me olvida el sentido de mi vida. Las peticiones me sacan de mí mismo cuando pido por mis hermanos. Cuando pienso en la necesidad de los demás y pido por ellos. Pedir es propio del niño que se siente indefenso, vulnerable. No pediría si yo sólo pudiera salvar mi vida. Pero no es así y por eso le suplico: Señor, sálvame. Porque su palabra me salva y me socorre. Necesito su Espíritu Santo para guiar mis pasos. Jesús me salva cuando me hundo y le da sentido a mi existencia cuando me siento perdido. Sálvame, le grito, y soy salvado por su amor imposible. Hunde su brazo en las aguas para rescatarme y sacarme a la superficie. Sólo por amor, no porque me lo merezca. Porque pensé que podría llegar más lejos, ser más fuerte y más fiel. Y luego la vida me demuestra que el camino es largo y las cuestas son pronunciadas. Y no siempre todo sale como yo esperaba. Pido para experimentar la necesidad. Me siento menesteroso. Un hombre en busca de su Dios que puede salvarlo y sacarlo de su pobreza. Pedir es propio de los hijos. No doy, pido. No exijo, sólo suplico. Dios quiere hacer milagros conmigo y yo sólo puedo dejarme llevar por Él, de su mano. Me gusta pensar que todo lo que hago es acogido por un Dios que me ama con locura y me da la paz que necesito. Tal vez no obre el milagro que suplico, no me dé la salud o la paz buscada, pero me sostiene en el camino y me regala un baño de esperanza. El Espíritu Santo me sostiene siempre y me saca de mi fragilidad. Pido sin parar. Busco sin desfallecer. Llamo aunque no me abran.

[1] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo

[2] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo

[3] John Eldredge, Salvaje de corazón: Descubramos el secreto del alma masculina

[4] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[5] Thomas Keating, Mente abierta, corazón abierto.

[6] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52