Eclesiástico 35, 12-14. 16-19a; 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14
«Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido»
26 octubre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Sólo quiero atarme como hijo a ese Jesús pobre que no tenía nada. Le entrego ese afán mío por tener seguridades. Le pido que me libere de mis miedos a perderlo todo»
La pobreza espiritual es un camino hacia la libertad más profunda. En este mundo que busca seguridades ser capaz de renunciar a todo lo que me ata es un auténtico milagro. Busco tener el presente y el futuro asegurados. Me da miedo abandonarme en las manos de un Dios que me desconcierta con sus planes. Entiendo que las cosas se apoderan de mi voluntad. Hasta el amor por las cosas preciosas puede hacerme esclavo. Deseo los bienes que me liberan y ser capaz de echar raíces sin cortar mis alas. Tengo claro que sólo el corazón vacío puede llenarse de Dios. La verdadera pobreza espiritual no es miseria, sino confianza. Cuando confío consigo dejar espacio para que Dios sea el único tesoro que habite mi corazón. Si la pobreza no da alegría después de pasar por la lucha es que quizás no es querida por Dios. La vida no sale siempre como quiero y descubro entonces que la pobreza consiste en abandonar mis planes y besar los que aparecen ante mí. Lo que no quiero es perder la alegría y dejar de soñar con los ideales de antes. Leía el otro día: «El tiempo y la vida han sacudido rudamente los pilares de nuestro cuerpo y nuestra alma. ¡A cuántos de los que comenzaron con nosotros el vuelo hacia lo alto, se les quebraron entretanto las alas! Cansados y decepcionados, ellos repiten la frase del poeta: – Los soles de la vida que alumbraron mis sendas juveniles se han extinguido; los ideales que henchían una vez el embriagado corazón se han desvanecido»[1]. Las circunstancias pueden cambiar. Y puede que las cosas no sean como yo había esperado. La alegría se torna tristeza y la tensión me duele dentro del alma. Quisiera tener un corazón alegre como el de esos santos que sonreían en medio de las vicisitudes de su tiempo. Pienso en S. Francisco que corría por las calles de su tierra de Asís desprendido de tantos bienes que antes lo ataban. Al perderlo todo ser hizo libre. Al renunciar a todo no tenía nada que defender. Y es que a menudo sufro porque quiero conservar lo que ahora tengo, mi fama, mis bienes, mis seres queridos, mis planes y proyectos. Algo se adueña de mi corazón. Un orgullo insano que pretende hacer lo que desea sin renunciar a nada. Francisco tuvo que renunciar al amor de su vida. A ese hijo al que había visto crecer durante veinte años, su comunidad. Sintió que ese sueño que Jesús despertó en su corazón hacía muchos años, ahora se oía con menos nitidez. Jesús le pidió un seguimiento puro e ingenuo al Evangelio. Despertó en él un amor apasionado y virgen. Ahora parecía que se encontraba demasiado apegado a su deseo. Era ese hijo el foco de todos sus miedos y angustias, ese deseo por el que tanto sufría. Pensó que no sería capaz de soportar que bajaran la guardia los suyos y dejaran de soñar con las alturas. No resistiría sus infidelidades y condescendencias. Como si se tratara de su obra, como si él mismo fuera Dios. ¿Acaso no me pasa a mí lo mismo cuando creo que es por mí todo lo que sucede a mi alrededor? Cuando me siento muy importante es cuando me estoy volviendo rico. Me ato a la vida que no me pertenece y quiero alcanzar unas alturas para las que no estoy hecho. Me asusta reconocer que no puedo darlo todo sin guardarme algo. ¿Por qué tengo que guardar en mi alma una atadura, fina como un hilo, que me permite sentirme seguro? ¿Y si estuviera dispuesto a perderlo todo, absolutamente todo, también esos planes de futuro y deseos de infinito que anidan en mi alma? ¿Y si llegara a ser capaz de renunciar incluso a mis sueños? Vanidad, todo es vanidad. Incluso puedo alardear de mi pobreza, de mis renuncias, de mi capacidad de entrega. ¿Dónde habitan esos ideales que me dan la vida? No quiero que mueran, no quiero dejar de verle el sentido a mi vida como es hoy. Los sueños siguen siendo jóvenes cuando soy pobre, cuando suelto las piedras que pesan en al alma y me atan. Cuando busco por todos los medios que la barca de Dios navegue según mis planes. Deseo que todo sea como yo quiero y anhelo que los sueños se hagan realidad a mi manera. Hay tanta pobreza, de esa que no es buena, dentro de mi alma. Quiero ser un niño como ese Francisco que soñaba con restaurar una Iglesia colocando piedras. Pensó que esa era su misión, sólo eso, tan solo una iglesia pequeña y luego otra, hasta tres capillas pequeñas. Luego Dios fue despertando la luz en la oscuridad de su alma y sintió vértigo ante ese salto en el vacío que tenía que dar. Entregarlo todo, dar la vida, soltar las amarras y ver que su hijo tal vez, la comunidad que Él había pensado no sería exactamente como la había soñado. ¿No me siento yo así algunas veces? ¿No me veo incapaz de soltar y dar la vida entregando mi propio hijo? Quiero que los sueños no se apaguen. Y que el fuego apasionado por Jesús siga vivo en mi alma. Estoy dispuesto a todo, lo sigo estando cada día.
Subir al Eremo delle Carceri en Asís no es huir del mundo, sino volver a la fuente de lo más sagrado de la vida de Francisco. Allí no escapaba de los hombres cuando se escondía en esas cuevas excavadas en las montañas. Allí, en la soledad, en el silencio. Allí donde los árboles se alzaban al cielo y la naturaleza bullía en todo su esplendor. Allí buscaba él a Dios para aprender a mirar a los hombres con ojos nuevos. Allí, echado sobre las piedras, miraba las estrellas y soñaba con más fuerza. Aquel pequeño desfiladero del monte Subasio, con sus cuevas húmedas y su aire de bosque antiguo, era su claustro interior, su verdadero santuario, la iglesia más preciosa en la que dejaba que Dios reconstruyera su alma. Porque uno no puede vivir volcado hacia fuera sin un sostén dentro, en lo más hondo. No pueden alzarse el tronco y las ramas de mi vida sin tener unas raíces profundas. En ese monte el ruido del mundo se convierte en plegaria interior. Allí no hay nada. No hay libros, ni cálculos, ni distracciones, ni discursos. Allí sobran las palabras y es sólo el viento el que habla, el agua la que canta, y el silencio el que nombra a Dios sin apenas pronunciarlo. Francisco experimenta que el alma no necesita espacio para ser libre. No necesita huir para encontrarse, volar para ser cielo. Le basta un hueco excavado en una roca y tener el corazón abierto para seguir viviendo. Porque eso sí que hace falta. Callar y tener el alma rota para que Dios pueda entrar. Callar y dejarse penetrar por el grito de Dios que clama sin pronunciar palabras dentro de mi silencio. En esa ausencia de todo lo que creo que necesito habita el Señor en lo escondido. En esa pobreza ajena a todo lo material, la vida se vuelve don. El silencio no aísla a Francisco, lo une a los hombres, a sus hermanos, a todos. La soledad no lo separa, sino que lo centra. Ese pesado silencio no lo encierra sino que lo abre al infinito. El silencio en Dios nunca es ausencia, es la presencia callada de un Dios que me ama de forma personal y única, es una presencia sin palabras, es la respiración del Espíritu que sopla entre las ramas y penetra el alma. Desde aquel escondite del mundo, escondido entre rocas y árboles, Francisco aprendió algo que después marcaría toda su vida. Descubrió como un niño que la libertad no consiste en tener espacio, sino en tener paz. Que la santidad no consiste en buscar la perfección sino en dejarse tocar por Dios, pulir por su amor, hasta ser trasparente. Que todo es mucho más sencillo de lo que parece y al mismo tiempo más maravilloso. Que la mirada de Dios cuando me tumbo y miro al cielo es la mirada de un padre que ama con locura a su hijo torpe, desaliñado y algo despistado. Descubre que en el silencio de su cueva encuentra las palabras de Dios que van a marcar su camino. Entiende que solo quien se encierra con Dios un tiempo puede salir luego al mundo con un amor nuevo. Porque no siempre es necesario pronunciar palabras. Que a menudo sobran las razones y sólo es necesario callar, aun cuando no sienta nada. Esperar ante esa naturaleza que habla de mil formas. Ante esos árboles que llevan mi mirada a lo más alto. Allí todo parece más fácil, en lo alto de ese monte silencioso. Entonces el corazón se fortalece y parece que los vientos empujan en la dirección correcta. La orden concreta de Dios en mi vida irá tomando formas diferentes. Como rayos de un mismo sol que delinean los caminos a seguir. Sin miedo a equivocarme, porque es posible. Sin miedo a cometer errores, porque soy frágil y vulnerable. Todo lo que el alma desea es más grande. Y no por eso dejo de imaginar destinos imposibles. En la piel humana se ensancha el alma y brotan ríos de esperanza que me conmueven. Tengo claro que la libertad interior es lo que mi alma desea. No dejar nunca de creer en esa impronta única que Dios dejó en mi alma. Sé que sólo si soy fiel a mí mismo seré feliz. No busco que todos me comprendan, me acepten y valoren. No pretendo que el mundo se rinda a mis pies, sería todo en vano. Sólo quiero atarme como hijo a ese Jesús pobre que no tenía nada. Le entrego ese afán mío por tener seguridades. Le pido que me libere de mis miedos a perderlo todo. Saco de mi pecho esas piedras pesadas, esas bolas de oro que he guardado con ahínco para que no se perdieran. Me pesa demasiado la vida cuando sólo retengo cosas. Soltar amarras deja que mi barca navegue y mis alas se eleven. La alegría es el rasgo de los niños que han aprendido a volar con alas prestadas, que han alcanzado alturas imposibles para sus pies pequeños. La risa es la caricia de Dios en mi alma herida. Él puede hacerlo todo nuevo dentro de mí sólo si yo le dejo. Puede hacerlo cuando me despojo de tantas vestiduras que no me constituyen. Porque soy más yo mismo cuando me desnudo de ropajes prestados, cuando me adentro descalzo en esos bosques llenos de Dios, de esa presencia que me enamora. Y en ese momento descubro, en medio de una soledad llena de Dios, en un silencio plagado de palabras, siento y descubro que mi vida merece la pena cuando callo y escucho, cuando amo y abrazo, cuando perdono y soy compasivo, cuando tengo paciencia y confío. Sólo entonces mi andar será camino al cielo. Y sólo en ese silencio de un bosque milenario parecerá que la vida tenga sentido.
Pasar por la puerta del perdón, por la puerta de la esperanza es un don de Dios. Uno se da cuenta de la propia pequeñez y deja que Dios lo toque. Una puerta que permanece cerrada hasta que llega un año jubilar. Cada veinticinco años se abre la puerta, esa puerta cerrada que se abre para regalar la misericordia que brota a borbotones del corazón de Dios. Hay puertas pequeñas como la de Belén, en esa basílica del nacimiento de Jesús. Allí tengo que agacharme para poder pasar. Hay puertas majestuosas que me hablan de la grandiosidad que esconden. Puertas muy altas ante las que me siento muy pequeño. Puertas muy bajas ante las que tengo que menguar para poder entrar. Puertas cerradas a cal y canto que no me dejan entrar. No siempre podré pasar por todas las puertas. Algunas no se abrirán, no tendré la llave que haga posible los milagros. Me gustaría encontrar siempre puertas abiertas. Me gustaría que la vida de otras personas tuvieran su puerta abierta. Una puerta cerrada es la negación de un camino. Al fin y al cabo sé que hogar es ese lugar del que ya no quiero huir. Y sólo me encontraré en paz en ese lugar a donde puedo entrar cuando quiero y salir cuando lo deseo. No quiero que me retengan contra mi voluntad. Que la puerta se cierre a mis espaldas y ya no pueda salir. Hay amores enfermos que retienen, atan y esclavizan. Amores heridos que pretenden asegurar la duración de mi propio amor. Pero el amor que mucho se exige es el que menos se da. Hay puertas rotas que dejan entrar y salir, pero no dan seguridad ninguna. Porque conviene también que la puerta del alma no se abra ante cualquiera. Porque es sagrado lo que contiene. Porque es santo mi interior y sólo Dios puede navegar en él entrando y saliendo. Si cierro mi puerta y escondo la llave no dejaré que nadie me ame. Me resistiré y no desearé ser amado. Como si tuviera miedo de un amor al que tengo que corresponder. Si me aman tendré que amar de vuelta a los que me han amado. Y eso exige esfuerzo y entrega. Si alguien me abre la puerta de su alma casi que me siento en deuda y me veo obligado a abrir mi puerta aun cuando no lo desee. Hay puertas de misericordia en mi vida. Personas que reflejan de forma limitada el amor de Dios con su entrega. Sé que Dios puede amarme sin medida y sé también que hay personas que en sus medidas imposibles reflejan escasamente el amor infinito de Dios. Hay puertas abiertas que no cierran porque están rotas. Y puertas mágicas que me trasladan a un mundo maravilloso donde me puedo sentir en casa. Yo puedo ser puerta de esperanza para muchos o todo lo contrario. Puedo impedir el paso de muchos, cuando me cierro con llave y no dejo que nadie entre. Cuando me protejo para que nadie sepa lo que hay en mi interior. Este año jubilar se abre una puerta del perdón, una puerta de la esperanza. Y me pide Dios que yo dé esperanza a los desesperanzados, dé alegría a los tristes, y paz a los que están en guerra. Si supiera abrir la puerta de mi alma. Si dejara que otros entraran en mi corazón sin exigirles nada. Sin miedo al compromiso, sin miedo a tener que darme por entero. Dios sabrá cómo se irán dando las cosas. Yo confío al pasar por esa puerta santa que se abre ante mis ojos. Toco el umbral conmovido, como un niño. Me coloco cerca de la puerta esperando que me cubra una gracia invisible, deseando que algo cambie en mi alma y me haga mejor, más limpio. Que un perdón cubra todas mis heridas sanándolas por fin. Que una misericordia imposible acabe con mis propias condenas, liberándome. Dios puede ser misericordioso hasta el extremo. Espero tocar la altura donde Dios se me agacha para mirarme de cerca y decirme al oído que me ama. Espero que las llamas que arden dentro del alma nunca se apaguen. Y que el cielo siga siendo tan real entre mis manos, al tocar las jambas de esta puerta santa. Espero dar esperanza a los que viven tristes cuando consiga Dios llenarme de confianza. Quiero retener con fuerza el amor que he recibido en mi vida. Es lo único que tengo y lo único que puedo dar a manos llenas. Que mi corazón se ensanche, que nunca se ponga límites, que no viva midiendo lo que recibe. Sueño con el cielo en mi tierra. Con la luz en mi noche. Con la paz en mis guerras. Sueño con ser puerta abierta para los que quieran entrar y cerrada para lo que sólo desean hacerme daño. Una puerta que dé esperanza al que necesita encontrar un sentido en su vida. Estoy dispuesto a atravesar este umbral las veces que haga falta, todas las veces que pueda. Será un milagro tocar el cielo cada vez que me detengo y pienso en ese amor que limpia todas mis iniquidades y acaba con todos mis miedos. Una puerta se abre. Cuando tengo miedo cierro las puertas. Cuando no quiero que vean lo que hay en mi interior. Cuando pienso que, ocultando mis miserias, seré más amado. Todo eso es mentira. Cuanto más frágil me muestre más fácil será que alguien quiera habitar en mi interior. Si dejo que los demás vean mi miseria sentirán que pueden entrar en mi casa y nunca se sentirán juzgados. Ser pequeño es el camino. Para poder entrar por puertas pequeñas. Para dejar que otros entren en mi corazón. El alma está inquieta y desea la paz. Necesito estar en paz con mi vida para poder abrir la puerta de mi alma. En mi interior muchos podrán encontrar una morada.
Hoy Jesús me muestra dos formas distintas de mirar a Dios. Dos miradas, dos actitudes, dos caminos: «En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: – Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: – ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: – ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Me gusta esta forma de entender la vida. Jesús quiere que mi mirada sea como la del que salió justificado. Un fariseo y un publicano rezan, hablan con Dios. Un hombre aparentemente santo, cumplidor de la ley y un pecador público. Dentro del corazón humano hay un anhelo de infinito. Un deseo de eternidad. Hay una pregunta que queda prendida en el aire sin respuesta. Por eso rezo buscando respuestas. ¿Para qué vivo en esta tierra? ¿Quién me ha creado y qué desea de mí? ¿Qué sueño ha escondido mi Padre dentro de mi pecho? ¿Dónde habita esa luz de Dios que pueda acabar con mis oscuridades? Esas preguntas vuelven una y otra vez a mi corazón. Camino por la vida buscando respuestas. No aparecen en los libros. Nadie las puede responder con una certeza que me dé tranquilidad absoluta. Siempre es la fe la que mueve mi corazón a ponerse en camino. No es la noche la última respuesta. Tengo claro que si no miro al cielo me turban demasiado los problemas del mundo. Demasiadas tragedias y dificultades. Demasiados dramas que no tienen solución. ¿Cómo se puede arreglar este mundo tan complejo y tan roto? ¿Cómo se puede salvar a los hombres que viven perdidos? La angustia brota en el corazón. Sin fe no hay esperanza. Sin creer en un cielo eterno el presente se vuelve trágico y la vida deja de tener color. Por eso Jesús me pide que hable con mi Padre, que mire al cielo y le pida ayuda. Porque Dios siempre ayuda: «El afligido invocó al Señor, él lo escuchó. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él». El Señor escucha a quien le suplica ayuda. Lo ama, lo espera, lo socorre cuando clama con un corazón humilde. Esa es la actitud que Dios espera de mí: La humildad. El que se humilla será enaltecido. Miro a Dios y deseo tener la actitud del pobre que suplica la salvación. De aquel que no se cree salvado. No pido humillaciones para crecer en humildad, porque las humillaciones llegan solas. No pido tener más humildad porque el Señor me hará capaz de experimentar la pobreza y la necesidad de su presencia en mi vida. El Señor escucha a quien lo busca con un corazón sincero y humilde. Pero justo el que clama a Dios desde el último lugar en el templo es un pecador conocido. Se sabe pecador y le dice a Dios que no es digno, que no merece ser hijo suyo, que no merece ni su amor ni su presencia. Hoy escucho: «El Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas. Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento. Quien sirve de buena gana, es bien aceptado, y su plegaria sube hasta las nubes. La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo lo atiende, juzga a los justos y les hace justicia. El Señor no tardará». El Señor salva al pobre de su ruina. Levanta al que ha caído y le regala la salvación. El pequeño encuentra en Dios su esperanza. Se reconoce incapaz de llegar a lo más alto. No puede, no sabe. Ha vivido la ruina y necesita ser salvado. Me gustaría ser más consciente de mi pecado y fragilidad. Comprender que sólo cuando soy niño es cuando Dios me puede levantar por encima de mis límites. Cuando me sé pequeño comprendo que sin la gracia no haré nada bien. El publicano sacaba provecho personal de su cargo. Recaudaba impuestos a los judíos para los romanos y abusaba en muchas ocasiones. No eran queridos los publicanos por sus propios hermanos de los que se aprovechaban. Mateo fue publicano y lo dejó todo para seguir a Jesús cuando este lo llamó. Esa mirada de Dios sobre mí es la que me salva, la que me anima a luchar y a entregar la vida. A menudo me siento pecador. Siento que no merezco el perdón, ni la misericordia. Y es que no se merece nunca ese amor que recibo. Le quiero decir a Jesús siempre la misma frase: ten compasión de mí que soy un pecador. Quiero pedirle que me salve, que me levante del lodo de mi indigencia, de mi pecado. La humildad es el camino que agrada a Dios. No quiero desear los primeros puestos. No quiero tener un corazón altanero y soberbio. Puedo soñar con el cielo en la tierra. Esa experiencia es la que me da paz. Sentir el abrazo de Dios en mi espalda. Su mirada misericordiosa. Y su voz que me anima a seguir luchando. Sólo desde la súplica Dios puede hacer posible mi petición, mi anhelo. El orgullo me aleja de Dios. La soberbia no me ayuda a acercarme hasta Él.
Me dice Jesús que el camino es el de la humildad. ¡Cuánto me cuesta aceptar las humillaciones, dejar que otros ocupen los primeros puestos, aceptar humildemente mis errores, reconocer públicamente mi debilidad, dejar que otros se rían de mis torpezas, aceptar las injurias y las difamaciones! Tengo quizás demasiado amor propio y me importa más mi fama que la verdad. Más mi gloria que vivir sólo para Jesús y que Él ocupe el centro de mi vida. Leía el otro día sobre los hermanos menores hijos de S. Francisco de Asís: «Éramos pobres frailes nosotros, hermanitos menores, olvidados ya de nuestras procedencias a fuerza de acostumbrarnos a pordiosear, a empequeñecernos, a humildearnos»[2]. Me gustan esas palabras: humildearnos, empequeñecernos. Hacerme más humilde, más pequeño. Dejar que otros crezcan y que yo disminuya. Ocultarme para que otros brillen y tengan la razón y el derecho. Tengo claro que sólo el corazón humilde será justificado. El que se hace pequeño será engrandecido. Y el que se abaja será ensalzado. El publicano pensaba que estaba lejos de Dios, porque no se sentía digno, porque era pecador. Pero su actitud ante Dios lo hace apreciado a sus ojos. Él se humilla, se muestra débil y necesitado. Se abaja para permitir que Dios sea Dios, grande y poderoso, misericordioso. Dios se acerca a él y lo salva. El que se cree justo y ya salvado no deja espacio para la gracia. No hay grieta por la que pueda penetrar Dios con su misericordia. Y es que a través de mis heridas, de las hendiduras abiertas en la roca de mi corazón, puede entrar Dios con su gracia, el Espíritu Santo con su fuego. El agua que desde dentro, al congelarse, puede romper la roca en mil pedazos. La humildad no tiene que ver con el desprecio a uno mismo. Eso no es sano, no me hace bien. No me desprecio al ver mi pobreza. Muy al contrario quiero, como decía S. Pablo, presumir de mis debilidades. Porque tengo claro que cuando soy débil, Dios me hará fuerte. Y cuando me humille, Dios me levantará. No me desprecio, al revés, amo mi pobreza. Como S. Francisco que amaba su miseria, sus harapos, su vida pordiosera. Amaba su iniquidad y su miseria. Y sabía que la mirada de ese Jesús tan humano, a la altura de sus ojos, era la mirada de la misericordia divina. Una misericordia que ama la miseria que hay en mi interior y la eleva en los brazos del Padre Dios. No es desprecio la verdadera humildad, sino aprecio de la pobreza del corazón y al mismo tiempo reconocimiento de mi verdad. Humildad es reconocer que hay algo bueno en mí que Dios ama y hay fragilidades que me llevan hacia la tentación. Todo está en mí, porque así Dios me ha creado y todo lo ama Él. No lo quiero despreciar yo entonces. No quiero negar mi belleza y tampoco esconder mi fealdad. Acepto mis talentos y logros. Y soy capaz de reírme de mis propias debilidades y torpezas. Me río de mí mismo porque no estoy a la altura del ideal que brilla ante mis ojos. Soy pobre, miserable y estoy llamado a vivir junto a Jesús cada día. Todo lo que hay en mí es un don de Dios. La santidad con la que sueño no tiene que ver con la perfección, con ser inmaculado. No lo soy, tengo pecados y fragilidades. Lo asumo y lo entrego. La verdadera santidad tiene que ver con hacerme trasparente para que a través de mí se vea la gloria de Dios. No tiene que ver con no tener heridas, es imposible. Consiste más bien en dejar que Dios con su misericordia entre en mis heridas para que se vuelvan gloriosas y dejen ver la mirada de Dios sobre los hombres. Cuando me ponga ante Dios no quiero hablar mucho, más bien quiero callar y dejar que Dios me hable. Quiero dejar que me mire y pueda mirar mi alma humillada, herida, afligida por mis muchas faltas y pecados. No estoy orgulloso del mal que hago, simplemente siento que no he podido hacerlo como quería. Reconozco mi culpa y pido perdón. El corazón contrito y humillado es el corazón que Jesús ama. En el fondo de mi alma entiendo que no tengo nada que ofrecer. Mis méritos no son muchos y mis fracasos son demasiados. Tengo mis manos vacías y mi alma algo rota porque la vida me ha dejado herido por el camino. No importa lo que le diga a Dios, sino cómo me sitúe ante Él, cómo me muestre. No pretendo que Él esté orgulloso de mí y valore todo lo que hago por Él, todos mis esfuerzos y sacrificios. Él conoce perfectamente mi corazón, conoce mis pecados y mis fragilidades. No le puedo ocultar nada y de nada sirve que le cuente todo lo que he hecho bien. Lo único que quiere es que me deje amar por Él en mi miseria, en mi vaciedad. Estando vacío podré dejarme llenar por Él. Sólo abriendo mi corazón a su mirada podré sentir un amor especial, una misericordia que me salva en mi indigencia. En el silencio de mi oración recibiré ese abrazo sagrado que me salva. No soy yo el que conquista el cielo, es más bien Él el que me lo ha prometido y me lo regala como don, como gracia. No es una consecuencia de llevar una vida inmaculada, no lo lograré nunca. Es más bien el regalo por perseverar en la lucha cada mañana, cada día.
Las comparaciones con los demás acaban matando la gratitud y la misericordia. Y es que compararme, que es precisamente lo que hace el publicano, no me hace bien. Cuando me comparo con los que llevan una vida más pecadora que la mía, no me hace mejor persona. Al revés, hace que me sienta orgulloso de mis virtudes y caiga en la vanidad. Me siento perfecto, inmaculado, ya salvado. Cuando miro al otro desde arriba hacia abajo, dejo de mirar a Dios desde abajo, desde mi pobreza e indigencia, hacia arriba. Miro a Dios como a un igual. Y me creo con derecho a su alegría y aprobación. Llego a pensar que Dios estará feliz conmigo. Al compararme con los más pecadores, me siento mejor que ellos y eso no me hace bien. No me da paz. Pienso que yo no soy como ellos, que pecan, que están lejos de Dios, que no cumplen, que fracasan. Olvido que Dios es gratuidad plena, misericordia hecha carne en Jesús. Quiero dejar de mirar a los demás comparándome con ellos, para para a mirar a Dios como un mendigo y dejar que Él me transforme con su gracia. Francisco de Asís quiso siempre que sus hermanos fueran menores, para que no se sintieran mejor que los demás, para que no pensaran que su vida era más digna, más perfecta. Todos iguales, sin un superior, todos pequeños sin títulos ni glorias humanas. Era el sueño de Francisco. El anhelo de seguir como un niño pobre y menesteroso al Dios de su vida. Pienso en ese Dios al que amo. Tengo claro que Él no me compara nunca con mis hermanos. No me mide en relación con otros. No me recuerda lo bien que hacen los demás las cosas, en comparación conmigo que soy tan débil. Él ve que soy único porque me ha creado original y desea que brille desde mi originalidad, desde mi belleza. Él puede cambiar mi barro y hacer una obra preciosa con mis torpes manos en sus manos creadoras. Me necesita como su instrumento dócil y humilde. Sin su presencia en mi vida no avanzaré nunca. Por eso dejo de compararme y mirar hacia abajo a mis hermanos. En todo caso miro a los que son mejores que yo, no para sentirme mal por ello, sino para que crezca en mi corazón el deseo de dar más santo, de entregarme más y amar más a todos los hombres. Por eso lo que le importa realmente a Dios es que persevere, como dice hoy S. Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. ¡No les sea tenido en cuenta! Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos». Dios me salvará, me levantará, me dará su fuerza, su gracia durante mis luchas y batallas. Hará que mi vida sea preciosa ante sus ojos. Esa mirada es la que me salva. Dios no me compara con nadie. Sólo me mira conmovido al ver que persevero en la entrega, que me esfuerzo por ser mejor cada día. Quiero combatir bien mi combate. Quiero luchar hasta el final de mi camino. Caeré y me levantaré de nuevo una y otra vez. No triunfa el que nunca se cae ni fracasa, sino el que después de caer derrotado se levanta de nuevo y sigue luchando hasta el final. Fuerza y honor hasta el final de mi camino. Voy escribiendo una historia santa de la mano de Dios. No es todo perfecto. No lo hago todo bien. Cuando quiero hacer el bien acabo haciendo el mal. Y Dios me recuerda que tengo que perseverar cada día. Darlo todo hasta el final. No rezo para que Dios esté contento conmigo. Rezo porque necesito su presencia en mi vida, su paz y su perdón. No todo lo que hago es limpio y puro. Cometo errores y eso me hace más humano. Un niño más en busca de un Dios que le dé sentido a todo lo que emprendo.
[1] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos.
[2] Álvaro Pombo, Vida de S. Francisco de Asís