Génesis 14, 18-20; Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
«Dadles vosotros de comer. Ellos replicaron: – No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente»
22 junio 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Jesús no me dijo que todo en mi vida iba a funcionar perfectamente y el mundo iba a responder a mis deseos. Sí me dijo que en medio de la cruz, iba a estar allí sosteniendo mis pasos»
Pienso en la paternidad. En el día del padre felicito a mi padre, rezo por mi padre que ha fallecido, recuerdo a mi padre y todo lo vivido con él desde niño. Le doy gracias al cielo por el padre que me dio. Abrazo a mi padre y le digo que le quiero. Tomo conciencia de que soy hijo y de que, a través del amor de mi padre, descubrí en sus límites el amor misericordioso de Dios Padre. Un padre que sueña con mostrarme el camino hacia Dios en el cielo. Un padre humano con límites y flaquezas. La vulnerabilidad de ese padre que no sabía hacer todo lo que yo creí que podría hacer cuando era niño. Porque de pequeño, indefenso y torpe, veía que en él estaba toda la fuerza del mundo. No había nadie como mi padre, nadie que supiera hacer las cosas tan bien como él. Aprendí a amar porque él intentó amarme a su manera. Y en él vi a Dios porque para mí mi padre era todopoderoso, todo lo sabía y todo lo lograba. Sentí que a él no le podía pasar nada malo. Y que si yo me abrigaba bajo su sombra a mí tampoco. Siendo niño me parecía todo bien de él, veía sus virtudes, sus talentos, sus logros. Me parecía el mejor padre del mundo y yo tenía paz en el alma. Los años pasaron y sentí que ya no era tan perfecto. Adolecía de las mismas cosas de las que yo adolecía. Le faltaban las virtudes que yo mismo anhelaba. Y sus defectos se hicieron manifiestos. Me alejé defraudado. Un dios incompleto, incapaz de hacer lo imposible. Dejó de ser todopoderoso y yo dejé de admirarlo de la misma manera. Y en esa crisis busqué fuera de él, fuera de mí. Queriendo encontrar fuera lo que creí de niño que estaba en casa. Y soñé con perfecciones imposibles que también me defraudaron. Sentí que no iba a lograr encontrar a nadie que fuera dios en la tierra. Un Dios con rostro de hombre, de padre, que me diera seguridad y me mostrara con fuerza un camino a seguir. Que me abrazara con ternura y me dijera cuánto valía, cuánto poder hay oculto dentro de mí. No habría más padres humanos que fueran dioses. No habría más desilusiones humanas. El tiempo pasó y descubrí de nuevo a un padre humano, imperfecto y débil. Pero ya entonces no buscaba lo mismo. Quería volver a ese rostro amado de niño pero ahora lo veía con los ojos de un adulto que ha recorrido un camino y ha vuelto. Lo veía sabiendo que ese padre mío no iba a lograr estar a la altura que yo esperaba. No me iba a desilusionar más porque dejé de pensar que Dios se estaba encarnando en mi propio padre. Dios es mucho más que él, que yo, que todos. Y aun así había algo de Dios en mi padre que a veces, fijándome sólo en lo perfecto, había dejado de ver muy torpemente. Y empecé a valorar entonces lo que antes no veía. Su ternura, su fragilidad, su impotencia, su incapacidad. Y empecé a valorar más su ternura, su humildad, su presencia constante, su sonrisa. Empecé a valorar su amor a mi madre, su fidelidad, su sencillez y su capacidad de empezar siempre de nuevo. Entonces descubrí su amor constante de padre y supe que, sin saberlo él, me había mostrado con su vida el rostro de Dios. Me había dado todo lo que tenía y me había enseñado a ser autónomo, a hacer las cosas por mí mismo, a levantarme después de cada caída, a no dramatizar por las pequeñas pérdidas. Me enseñó a mirar a mi madre con devoción, como él lo hacía. Y caminó conmigo subiendo montañas. Me abrió su corazón con palabras sencillas y me recordó que no puedo dejar nunca de creer en mí mismo y en todo lo que puedo llegar a conseguir. Porque él me hizo creer que yo podía hacer todo lo que quisiera. Me enseñó que la paternidad espiritual es un camino y que uno puede confundirse y cometer errores, es parte de la vida. Porque lo que el hijo no quiere ver en realidad en su padre es una perfección imposible de alcanzar. Esa perfección es de Dios, no de los hombres. Y los hombres son sólo un camino hacia el cielo. Hacia esa misericordia infinita que es de Dios. Su compasión, su sencillez y su capacidad de amar se quedaron grabadas para siempre en mi alma. Echo de menos sus consejos, su presencia sencilla y fiel, sus pocas palabras, su capacidad de escucharme, su fortaleza para no desfallecer nunca. Sé que yo seré padre a su imagen, porque así me ha ido formando. A golpe de errores y aciertos. Una paternidad probada en el tiempo. Una paternidad reflejo de la paternidad del cielo. Quiero recordar hoy a mi padre y mirar al cielo. Quiero soñar con poder acompañar así a los que un día Dios puso en mi vida para mostrarle algo del amor de Dios a través de mis heridas.
A veces me agobio, me estreso, me inquieto y me preocupo en exceso. A veces me siento cansado sin motivo aparente. Y son tal vez las emociones que guardo las que me agotan. El Dr. Carlos Jaramillo comenta: «Identificar cuándo el agua te llega al cuello y aprender a nadar. Así se maneja el estrés: viéndolo, entendiéndolo y bailando con él. El estrés es parte de la vida. Lo que hay que hacer es distinguir entre el estrés innecesario, que sí debe salir, y el inherente, que hay que saber gestionar. La clave no es eliminarlo, sino bailar con él. No se trata de decir «no te estreses» y ya. Se trata de trabajar juntos para identificar qué es lo que te está generando tanto estrés. La vida siempre va a tener estrés, eso no se puede evitar. Pero sí podemos mirar qué está en exceso y cómo reducirlo. Y, por otro lado, enseñarte a manejar el estrés inherente, a modularlo, a aprender a bailar con él». Vivo en un mundo en tensión, siempre estresado tratando de llegar a alguna parte antes que nadie. En una carrera frenética por encontrar el destino final. Bailar con el estrés, con el agua que me llega hasta el cuello. Hay que aprender a bailar bajo la lluvia. Es una estrategia. No todo lo que me agobia es inevitable. Hay cosas de las que puedo prescindir. No tengo que vivir estresado por todo. Eso no es así. Hay cargas que puedo soltar y dejar atrás. ¿Es posible dejar ir lo que me lastra? ¿Tengo que cargar con todo lo que ahora mismo cargo? Me libero, dejo atrás. Quiero aprender a gestionar mis emociones. Saber salir de los callejones sin salida en los que me detengo angustiado. Tanta ansiedad innecesaria ante futuros impredecibles. No sé hacia dónde camino cuando camino sin rumbo. Y ese cansancio acumulado me estresa. ¿Cómo aprender a descansar en medio de tantos compromisos asumidos? La vida sigue su marcha y de repente puedo sentir que me quedo detenido al borde del camino sin saber cómo reaccionar. El agua me llega hasta el cuello y sufro de forma inevitable. Pero podría evitar sufrir por cosas evitables. Puedo hacer todo lo posible para comerme el mundo. No siempre lo voy a lograr. Por más que me digan que si me esfuerzo lo voy a conseguir es mentira. Lo que está en mi mano es esforzarme, luchar con todas mis fuerzas y capacidades. Contar con mi tiempo y mi energía para intentar llegar a la meta habiéndolo dado todo. El esfuerzo y el sacrificio son innegociables. No puedo dejarlos de lado y sin ellos no llegará ningún éxito a mi vida. Pero esa obsesión por el éxito, por los logros que se presentan ante mí como un sueño posible, tiene que ser un acicate para luchar, nunca algo que me estrese y llene de angustia. Si no lo logro, lo cual es posible porque influyen muchos factores en el éxito de las empresas que emprendo, no voy a deprimirme. Me gustaría saber detener el tiempo de vez en cuando. Pararme frente a mi vida y descansar. Quedarme quieto meditando sin pensar mucho, simplemente agarrando el presente con las dos manos mientras le doy gracias al cielo por lo que tengo. Porque es mucho lo que he conseguido hasta ahora. Porque la vida me ha regalado mucho más de lo que merecía, si es que merecía algo. El otro día una frase me pareció sugerente: «Siempre he pensado que los pequeños detalles marcan la diferencia en la búsqueda de la felicidad. Esperar el gran gesto, la gran sorpresa, el viaje perfecto, el gran amor o la gran traición solo retrasan la felicidad. Hay que vivir cada detalle, no importa el tamaño, con la ilusión que se merece»[1]. Cada detalle importa en esta vida, cada instante, cada momento que pasa ante mis ojos. Si supiera ver la belleza escondida en todo lo que me sucede. Si supiera aferrarme a la vida como un náufrago en medio del océano y mirar al cielo agradecido. Si supiera ver lo que muchos no ven, obsesionados como están por llegar a alguna parte. Quiero estar donde ahora estoy. Quiero vivir el momento que ahora puedo vivir. Me estoy perdiendo muchas cosas en esta vida. Estoy dejando de vivir otras vidas y de estar en otros lugares por estar aquí. Las personas más importantes ahora mismo son las que están conmigo. Y el trabajo más valioso es el que ahora emprendo con pasión, con alegría, con mucha fuerza. Hay mucho estrés que acumulo de forma innecesaria y todo porque trato de responder a todas las expectativas. Decía este mismo Doctor Jaramillo: «Hay que parar y preguntarse: – ¿Qué me gusta a mí? Y priorizarlo. ¿Por qué tengo que cumplir con tus expectativas sobre mí?». Pienso en lo que yo necesito ahora mismo sin pretender que todos aplaudan esa decisión que ahora tomo. Seguramente algunos condenarán mis pasos. Me dirán que no estoy respondiendo a lo que esperan de mí, les estoy fallando. Y puede que tienda a estresarme al pensar en la posibilidad de defraudar a alguien. Y es que el amor no es incondicional. No me quieren a menudo por mí, por cómo soy, sino por lo que puedo darles con mi vida. Me valoran si cumplo, si estoy cuando me necesitan, si respondo a sus requerimientos. Me quieren porque soy útil. Si pretendo que todos me quieran siempre me volveré loco. Pocos me querrán de forma incondicional. Los demás sólo si cumplo, si estoy a la altura de lo que esperan de mí. Ese pensamiento me da paz. No podré, ni en todos los días de mi vida, satisfacer las expectativas del mundo entero. Eso no es posible. Entonces tengo que pensar algo más en mí. Puedo hacer lo que deseo ahora, lo que sé que me vendrá bien. Es el camino para ser feliz, para vivir con paz en medio de ese estrés que sí es inevitable y que conlleva asumir mis responsabilidades.
El mundo de la comunicación siempre es un desafío. Tener vínculos sanos y profundos es el anhelo de toda la vida. Hay una sed muy grande en el mundo de hoy, sed de hogar, de raíces, de terruño. Sed de un espacio sagrado en el que poder ser aceptado como soy, sin tener que defenderme de nada ni de nadie. Pero hay tanta soledad a mi alrededor. Soledad en aquellos que viven solos e incluso en los que viven acompañados. Porque el lenguaje es fuente de conflictos y no es fácil resolver las tensiones que se producen con la vida en común, cuando lo comparto todo. Y las redes sociales y las pantallas se convierten en mis aliados en la búsqueda de una satisfacción de mis deseos. La soledad persiste. Comenta Nuria Labari: «La inteligencia artificial ocupa el espacio de una ilusión, la de que hay alguien al otro lado. Una ilusión que nos sostiene toda la vida desde que nacemos: por eso nos enamoramos, hacemos amigos, creamos amigos y por eso miramos al cielo. Porque creemos, deseamos y necesitamos que haya alguien al otro lado. si la gente quiere hablar con la IA no es por una cuestión funcional, sino porque hay una desesperación social importante. La tecnología entra así en nuestras vidas por el espacio interpersonal, ese que deberían estar ocupando las personas y que urge recuperar (no sustituir) por nuestro bienestar y supervivencia». Deseo que haya alguien al otro lado. Alguien que me escuche, me comprenda y me ame. Alguien que responda a mis preguntas y escuche cuáles son mis miedos y necesidades. Alguien que me quiera como soy sin importarle mis pecados y carencias, mis caídas y debilidades. Alguien que esté por encima de todos mis miedos y vulnerabilidades. ¿Existe un amor humano que sea así siempre en mi vida? Sigo esperando que haya alguien al otro lado. Buscando no estar realmente solo en medio de un mundo tan complejo. Pienso entonces en mis vínculos, en mis raíces. ¿Son profundos? Me gustaría tener relaciones fluidas. En las que no se dieran malentendidos y todas las tensiones se pudieran resolver con un diálogo sincero y profundo. No siempre es posible. Es como si hablara un lenguaje diferente y no me diera a entender. O puede que mis expectativas sean diferentes. Y no sepa entender lo que el otro, a quien amo, desea. ¿Qué sucede cuando todas las conversaciones que se empiezan acaban en conflicto? Parece que en esos momentos es más fácil huir del problema y no hablar. Una persona estaba acostumbrada a recibir consejos en su familia, cuando compartía algo bueno que el estaba emprendiendo. Le decían lo que podría mejorar, las cosas que podría cambiar. Y eso él lo veía como algo bueno. Los demás mostraban interés en sus cosas. Al hacer eso mismo con su pareja ella lo percibió como una crítica, un juicio, una corrección. Dos formas de entender las cosas. Ella sintió el dolor en su alma y él, en lugar de simplemente pedir perdón de corazón, se excusó diciendo que esa no había sido su intención. En realidad da igual que no sea tu intención, lo importante es cómo la otra persona percibe las cosas. Algo me puede hacer daño de lo que tú dices, haces o dejas de hacer. Y no importa tu intención, por muy buena que esta sea, lo importante es que a mí me ha dolido. Y tú tienes que ser empático con mi dolor. Esta es una regla básica en la convivencia. Si algo te hace daño, por muy buena intención que yo tenga al hacerlo, deberé dejar de hacerlo. Así de sencillo. Y tendré que pedirte perdón una y mil veces, aun sabiendo cuánto te costará perdonarme. Porque el dolor se instala en el alma y cuesta mucho perdonar. Por todo esto es tan importante aprender a comunicarme. Decirte lo que necesito, lo que me duele, lo que me hace falta. Explicarte mis dolores y mis penas. Escuchar los tuyos y ser comprensivo, compasivo, misericordioso. Aceptarte como eres, sabiendo que habrá cosas tuyas que nunca cambiarán y que siempre me costarán. No por eso dejo de amarte porque siento que me compensa. Tu vida vale más y es más grande que esas carencias tuyas y defectos que me hieren la piel del alma. Quiero aprender a escuchar con el corazón y con todos los sentidos. Para saber cómo te sientes. Qué cosas necesitas para tener paz. Qué te falta en la vida para ser feliz. Si el amor desea el bien de la persona amada es necesario que descubra cuál es ese bien que persigue. Qué cosas le cuestan. Qué cosas le gustan. Poder hablar ante la persona a la que quiero de cualquier tema sin miedo a la reacción de la persona amada es un signo de una comunicación sana y fluida. Vivir con miedo a su reacción no es algo bueno. Cuando callo temas difíciles se acaban convirtiendo en tabú. Ya no puedo hablar de ciertas cosas porque lo que empezó como una conversación puede acabar en una guerra. Dialogar es algo esencial y no es tan sencillo. Si me preguntas cómo me encuentro no siempre sabré qué decirte. Me callaré y tendrás que interpretar mis silencios. Y no es sencillo hacerlo. Quisiera aprender a decir todo sin miedo y a escuchar sin juicios.
El Corpus Christi es una fiesta muy importante. Es el día en el que miro a Jesús presente en la eucaristía. Ese Jesús que se queda en medio de los hombres para decirme que me ama: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: – Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: – Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: – Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva». Cada vez que sucede, en cada eucaristía, pienso en el don sagrado que tengo entre mis manos. Ese Jesús vivo que se queda conmigo. Es la esperanza que no defrauda. Jesús viene a habitar en medio de mi vida. Viene para decirme que me ama. ¿Hacía falta una fiesta para recordarlo? Sí, porque surgen las dudas en los corazones: ¿Cómo es posible que Jesús siga vivo en ese trozo de pan, en esa copa de vino? ¿Cómo puede quedarse para siempre de esa manera? Muchos negaron su presencia constante, definitiva. Pusieron tiempo y plazos al amor de Jesús. Y ese amor es infinito, eterno, constante, no claudica Jesús en su amor a los hombres. No se desentiende de mi vida. Se queda a mi lado para recordarme que merece la pena amar hasta el extremo. Que merece la pena estar acompañando a los que más sufren. Jesús es una presencia viva. En la eucaristía está esperándome. Por eso la comunión del Cuerpo de Jesús no es un premio, sino un viático, es decir, el alimento necesario para el camino. Es el sustento que sana las enfermedades de los que sufren, igual que lo hizo Jesús cuando estuvo presente con su pueblo: «En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación». La comunión sana al enfermo, al necesitado. Más que un premio es un medicamento, es la sanación para el que sufre, la esperanza para el que lo ha perdido todo. Jesús quiere no sólo quedarse dentro del sagrario para que lo adore y le dé gracias al cielo. Quiere que lo coma, que lo tome y deje que en mi alma algo milagroso suceda. Quiere Jesús quedarse dentro de mí para que algo cambie. Algunas personas comentan: «Tanto ir a misa y te comportas así». Y miro en mi interior y pienso: «Menos mal que voy a misa, sin ese viático no sé cómo sería». Es el milagro de la transformación interior. Cuántas más veces reciba a Jesús estoy convencido de que me pareceré más a Él. Algo de su presencia se quedará prendido en mi alma. Algo de su luz, de su amor, de su bondad, de su generosidad. No dudo de esa presencia viva de Jesús en medio de mi vida. Está en ese trozo de pan que es su carne y en ese vino que es su sangre. Corro el peligro de dejar de creer en su presencia real. Por eso surgió la fiesta de hoy. Para recordarme lo más importante. El amor de Dios se hizo carne en Jesús. Vino a habitar entre los hombres. Caminó con ellos, comió a su lado, bebió compartiendo la mesa con ellos. Sufrió con sus dolores, consoló sus pérdidas, acompañó sus soledades, abrazó sus angustias. Sus manos me mostraron el camino y su voz resonó en sus corazones. No quiso irse el día que ascendió a los cielos. No quiso abandonar a los hombres a su suerte. Quiso quedarse para siempre en esa última cena, cuando partió el pan por última vez y entregó su sangre por ellos antes de morir en la cruz. Y les dijo que esa presencia suya era la forma más concreta de su amor que se hacía presencia para siempre en medio de nosotros. Una presencia salvadora. Un amor, Cáritas, que se derrama desde el cielo en ese pan y en ese vino. Un amor que me ayuda a levantarme de mis miedos y a confiar. Un amor imposible contenido en un cuerpo mortal, el de Jesús y en un pan que se consume en mis entrañas. Una fuerza infinita que se dejó reducir a la fragilidad del pan y del vino. ¿Cómo se puede creer en una presencia tan frágil aparentemente? Igual que el Hijo de Dios se hizo carne en Jesús, un hombre frágil, soñador, confiado, enamorado de los hombres pero indefenso. La impotencia de Jesús es la misma que veo ahora cada vez que comulgo. Algo tan frágil que puede ser pisoteado, abandonado, olvidado. Mucha gente no cree hoy en esa presencia viva de Jesús y no valoran tanto amor escondido en un sagrario, en una custodia. El hombre deja de creer en ese amor imposible contenido en algo tan frágil como el pan y el vino. Viene a decirme Jesús que la salvación no va a llegar por medio del poder. Experimentaré continuamente mi debilidad. Sentiré que no tengo fuerzas, que es imposible lograr lo que me pide. Sabré que no soy yo el que hace los milagros que Jesús me pide que realice con mis pocas fuerzas. Tocaré la sangre que se derrama de mis heridas y le pediré a Dios que haga algo portentoso para que todo cambie. Un milagro que todos vean y calme mis miedos y angustias. Desearé que se detengan los vientos de mis tormentas y el mar de tantas tempestades se calme. Le diré que no me basta su presencia escondida en un sagrario. Demasiado pequeña, demasiado frágil. Y le pediré que aumente mi fe porque me falta confianza en su poder. Sólo Él me salva. Sólo Él puede hacerme nacer de nuevo y convertir mis miedos en una esperanza más honda. Me arrodillo en este día ante el Sagrario, ante esa custodia que lleva lo más sagrado en su seno. Como ya lo hizo María cuando fue la primera custodia de su Hijo Jesús.
Jesús quiere que yo entregue gratis lo que he recibido como un don. Un día en el monte Jesús estaba predicando a una muchedumbre. Pasaron las horas y había que despedirlos. No habían comido, tenían hambre: «El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: – Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado. Él les contestó: – Dadles vosotros de comer. Ellos replicaron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente. Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: – Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno. Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos». No tenían comida para tantos. Eran muchos y sólo había cinco panes y dos peces. Insuficiente para todos los que eran. Esa realidad me confronta con mis límites. Veo una multitud que tiene hambre y sed. Sufren y están solos. Y yo tengo que darles de comer como me pide Jesús. No es tan sencillo dar de comer a tanta gente necesitada. Es duro sentir la propia impotencia. Y saber del hambre de tanta gente que me busca, que busca a Jesús, su rostro, su presencia entre nosotros. El hambre de infinito, del cielo, de Dios están en mi corazón como una realidad constante. Tengo hambre de ese pan que me alimenta. Hay alimentos que quitan el hambre sólo por un tiempo. Como esa dopamina que me alegra unos instantes y luego todo pasa, desaparece el efecto. Como una droga que adormece y me hace sentir descansado, tranquilo, pero es mentira. Mi sed es más honda y mi hambre. Como si el agua de un pozo pudiera calmarla, como si el pan que como cada día pudiera tranquilizarme. Hay una inquietud lacerante en el fondo de mi ser. Una ansiedad que no me deja estar tranquilo y deseo siempre más, busco más y me derramo en el mundo buscando desesperadamente una felicidad inalcanzable. Como una nube que se escapa en el cielo llevada por los vientos. No puedo alcanzarla, no me basta para ser feliz. Esos hombres se quedaron horas escuchando a Jesús porque tenían hambre de palabras verdaderas, de una esperanza que nadie podía arrebatarles. Sabían que Jesús era un profeta, alguien con palabras de Dios en sus labios humanos. No dudaron de su poder. Hablaba con autoridad y lo que les decía calmaba sus miedos y lograba animar sus corazones. Tenían mucha hambre. Jesús les da entonces pan. Les pide a los discípulos que les den de comer. Ellos no saben cómo hacerlo. Jesús sí. Quedaron saciados ese día. Al menos ese día se calmó su sed. Más por las palabras de Jesús que por el pan y los peces. Ese milagro tan innecesario como importante tiene una hondura mágica. Un pan que no se acabe. Así es la eucaristía. Es un pan que permanece para siempre. Es un pan que es para todos, no sólo para algunos puros escogidos por Dios. Ama a todos por igual y eso me conmueve. Juan Antonio Pagola comenta sobre la hondura de este pan: «Jesús fue a los despreciados. Crea comunidad de mesa ante Dios. Comparte el mismo pan y vino. El mismo cáliz. Pronuncia la bendición con ellos. Esta discriminación que sufrís no es la que Dios quiere. Es la mesa acogedora de Dios. No pura. Todos los colectivos ignorados tendrían que escuchar este mensaje». Una sola mesa para compartir un mismo pan. Los que escuchan a Jesús. Los que comen a su lado. Todos tienen un lugar en esa mesa sagrada, un lugar con Jesús. Porque Él mira a todos los hombres con misericordia. Esa misericordia es la que me salva en mi indigencia y me llena el alma de esperanza. El pan de Jesús salva mi vida porque me une a todos los que antes que yo han comido el mismo pan y bebido el mismo vino. Hay una comunión que trasciende los tiempos y va más allá de lo que uno puede pensar. En ese pan partido todos pueden estar presentes. De ese pan todos pueden comer y quedar saciados. De una forma única, no ya con el pan material que luego hace que vuelva a tener hambre. Es algo diferente, el corazón se llena de alegría y dejo de pensar que mi vida no vale la pena. Al comer de un mismo pan siento que todo tiene sentido, encaja en el plan de Dios. La vida se vuelve más sencilla, como el pan, como el vino. No hace falta una comida especial para sentirme en casa. Basta con el pan que reúne a los hermanos, a los que buscan el mismo camino de salvación. No hay que ser perfecto y puro para poder comer de ese pan. Es mucho más importante dar la vida, estar en casa, sentirme amado en esa mesa que Jesús despliega ante mis ojos. Me siento pequeño e indigno. Jesús me dice que venga a comer con Él, que cene en su misma mesa. Es posible ser parte de su Cuerpo, parte de su misma sangre. En Él todo se llena de sentido y la vida es más alegre en comunidad que estando solo.
Hay preguntas que remueven el alma, que inquietan y la respuesta no es tan sencilla. Hoy Jesús les pregunta a los suyos quién es Él: «Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: – ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: – Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado. Él les dijo: – Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Respondió Pedro: – El Mesías de Dios. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie». Responden primero lo que dicen los hombres y luego lo que ellos piensan, mejor, lo que Pedro piensa. ¿Una pregunta trampa? ¿O tal vez demasiado profunda? No sé responder a estas preguntas tan íntimas. ¿Quién es Jesús en mi vida? ¿Quién es, qué rostro tiene, cómo es su voz, su rostro, su mirada? Quiero tener respuestas adecuadas, personales. No las de los libros. Podría decir que Jesús es el Salvador, como hizo Pedro. Que es el Mesías. Que ha venido al mundo para cambiarlo en lo más hondo, para transformar las vidas de los hombres. Podría decir todo esto que es aprendido. Una lista de características de Jesús. Le hice esta pregunta a la inteligencia artificial y me respondió: «Un modelo a seguir, un consuelo en tiempos de dificultad, un guía espiritual». Para algunos es sólo un personaje histórico que no acabó de cambiar nada en este mundo. Para otros alguien del pasado. Para algunos una buena nueva, el sanador de heridos, el restaurador de casas hundidas, el liberador de los encadenados. Me quedé pensando en ese Jesús que he conocido en el camino. Un Jesús peregrino que es capaz de caminar a mi lado sabiendo que voy en la dirección equivocada, me quiere tanto. Un hombre como yo, en todo menos en el pecado. Un liberador de mi alma cuando me siento realmente esclavo de tantas cosas. Es mi descanso en tardes duras. Mi lugar de reposo cuando vivo perdido. Es el amor que me encuentra cuando huyo, y me busca cuando me escondo. Es la presencia que le da sentido a todas mis inconsistencias. Es el abrazo que necesito para no hundirme. La palabra sincera y sencilla que me levanta el ánimo. Es la buena noticia que me repite al levantarme que no tenga miedo, que todo va a salir bien. Y yo me lo creo. Es la brisa fresca en días de calor intenso. Y la paz en medio de la guerra. Es ese Jesús que refleja mi propio rostro y me ayudar a descubrir el tesoro que tengo escondido. Libre de apariencias y de máscaras Jesús me dice quién soy. Y yo le respondo con alegría porque su amor me salva. Ese Jesús me muestra un camino que no siempre es fácil: «Después les dijo: – Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día. Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: – Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará». La salvación que trae Jesús no es la que yo mismo espero. No es como yo quisiera. Me habla de muerte y de sufrimiento, de dolores y enfermedades. Me dijeron que Dios libera de la muerte y del dolor. Que si rezo lograré la sanación de mi alma, de mi cuerpo. Pero no me lo creo. No siempre suceden los milagros y me siento impotente ante tanta miseria. Quisiera ser capaz de levantarme sobre este mundo en ruinas y sentir que Dios salva a todos. Pero no es así, no lo salva a mi manera, sino a la suya. Y las consecuencias de su acción es que tengo que seguirlo tomando la cruz, no negando la evidencia de una realidad que no se corresponde con mis sueños y deseos. La única promesa que me hizo Jesús, al enamorarme y llamarme por mi nombre, fue que iba a estar conmigo todos los días hasta el final del mundo. No me prometió una vida fácil sin preocupaciones ni problemas. No me dijo que todo en mi vida iba a funcionar perfectamente y que el mundo iba a responder a todos mis deseos. Sí me dijo que en medio de la cruz, de mi dolor, Él iba a estar allí sosteniendo mis pasos. No me prometió una vida sin dolor sino una vida redimida. Es decir, una vida rescatada de la muerte. Por eso dicen que las personas que tienen más luz son las que han sufrido y han salido más fortalecidas y purificadas de ese sufrimiento. Ante lo que no entiendo la pregunta adecuada no es ¿por qué a mí?, sino más bien, ¿para qué? Si sobrevivo a una tragedia, como el único sobreviviente del último accidente aéreo, no me pregunto por qué yo, sino para qué sigo vivo. Alguna misión tendré que antes desconocía. A veces la propia enfermedad que me aflige me hace descubrir una fuerza que tenía escondida en mi alma y me muestra nuevos senderos para seguir los pasos de Jesús.
[1] La cuenta atrás para el verano, la vecina rubia