Amós 8, 4-7; 2 Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
«Si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?»
21 septiembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Dios quiere que ame sin medida y que no busque mi ganancia en todo. Quiere que le diga que sí con un corazón alegre y sincero, con un corazón abierto»
El otro día una persona me hablaba de la importancia de las manzanas en la vida de las personas. Y con ello comparaba las manzanas con lo que me alimenta y me da vida, con lo que me descansa y saca lo mejor de mí. Porque es verdad que hay personas que me quitan el ánimo, la alegría, la paz y hay actividades que me desangran, me cansan y me hastían. Hay por otro lado personas que me animan a seguir luchando, me dan esperanza, me levantan el ánimo. Hay situaciones que llenan de agua, de vida, de luz el pozo de mi alma. Pienso en todas las manzanas que necesito para estar bien, con paz y tranquilo. ¿Qué hago para cuidar esas actividades y a esas personas que me dan manzanas? ¿Cómo gestiono esas otras actividades que me las quitan? En todo trabajo hay aspectos que me secan, me cuestan, son pesados. Hay otros momentos maravillosos que justifican todos los esfuerzos. La proporción entre aquello que me da manzanas y aquello que me las quita tiene que estar en equilibrio. Si pierdo más manzanas de las que gano me acabo quedando sin nada. Y cuando no tengo nada no logro calmar el hambre o la sed de nadie. Me gustaría hacer aquello que me da la vida. Alegrarme por todo lo que Dios me regala. Alabar y dar gracias porque nada de lo que tengo es evidente. Quisiera aprender a descansar para recargar el alma. Aceptar con paz que las cosas no siempre son como yo quiero. Y cuidar todo aquello que me llena de alegría. Quiero ser yo alguien que cuide a los que Dios le ha confiado. Quiero cuidar y ser cuidado. Quiero dar manzanas y recibir. Quiero cuidar el alma para poder entregarla. Veo a muchas personas rotas, llenas de angustia, atormentadas. Llevan vidas a medias, viven sin un sentido, sin esperanza. Me gustaría poder ayudarlas a recobrar su vida, a vivir con fe, a confiar. Veo tanto odio, tanta violencia, tanta falta de paz. ¿Cómo se puede cambiar este mundo dividido, que navega a la deriva? Me gustaría cambiar mi propia realidad y lograr que cambiara así también la mirada de tantas personas. Que en lugar de odio puedan dar amor. En lugar de críticas logren enaltecer a otros. Y en lugar de insultar y difamar puedan alabar. Me veo impotente para romper esa inercia de la violencia y del odio. Me veo sin fuerzas para sembrar paz a mi alrededor. Si yo pudiera dar manzanas a los que las necesitan para vivir. Me despierta la rabia ver el mal a mi alrededor, como hoy escucho: «Escuchad esto, los que pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país, diciendo: – ¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal – reduciendo el peso y aumentando el precio, y modificando las balanzas con engaño -, para comprar al indigente por plata, y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano? Señor lo ha jurado por la gloria de Jacob: – No olvidará jamás ninguna de sus acciones». El mal que hago genera un mal mayor. El odio que siembro trae más odio como cosecha. El desprecio genera desprecio. El insulto acarrea nuevos insultos. Los vientos traen tempestades. Oprimir al débil es un gran delito, igual que despreciar al menos favorecido o insultar al que tiene menos y es despreciado. Quisiera repartir más justicia y misericordia. Pero no puedo hacerlo a menos que tenga yo mi corazón en paz y lleno de esperanza. Si no es así será imposible. Sólo Dios es justo y quiere que yo sea justo: «Alabad al Señor, que alza al pobre. Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que habita en las alturas y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo». Alabo a Dios por el bien que me ha hecho, por todo lo que hace en mí cada día. Quisiera ser capaz de agradecer por lo que tengo y no quejarme. Alabar a Dios por la vida que puedo vivir, sin compararme con nadie. Quisiera sembrar yo paz a mi alrededor, las guerras, los asesinatos, me duelen, me conmueven. ¿Cómo puedo yo sembrar la paz? Nace todo en mi corazón. Cuando tengo paz dentro, logro pacificar. Cuando tengo amor, consigo amar. Cuando soy una persona tranquila doy tranquilidad y serenidad a los demás. Quisiera alegrarme con el que se alegra y sufrir con el que sufre. Dar esperanza a los perdidos y alegría a los tristes. Si no tengo nada, no puedo dar nada, si estoy lleno de amargura no podré dar la vida por nadie. Si no me alegra lo que vivo no podré dar alegría a los demás.
Hace unos días el Papa León XIV canonizaba a dos jóvenes: Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati. Son dos jóvenes que mueren antes de tiempo. Tenían una vida maravillosa ante sus ojos y dejan este mundo. Fueron jóvenes que vivieron en plenitud los años que vivieron, Carlo tenía 15 y Giorgio 24.
Aprovecharon el tiempo intensamente, sin esperar a ser mayores para amar a Dios y a los demás. Con frecuencia pienso que es más difícil llegar a viejo y que te canonicen, que lograrlo siendo joven. Más años sobre la espalda, más dificultades y más posibilidades de alejarme de la amistad con Jesús. Pienso que esos jóvenes lo tuvieron más fácil. Menos exigencia, menos dolor. Decía San Luis Gonzaga en una carta despidiéndose de su madre: «Te confieso que voy a la presencia de Dios con gran confianza, ya que nunca puse en las criaturas mi esperanza. Por eso, ahora que me acerco al término de mi vida, no siento miedo alguno, sino que me siento inundado de consuelo. Confieso que voy a recibir una corona sin haber combatido y, en cierto modo, a ganar el premio con poco o ningún esfuerzo». Él mismo confiesa que no ha merecido nada, que todo es don y que no se ha esforzado. Aun así, la vida de un joven que logra ser un modelo de santidad es cautivadora. Un joven que no se ha dejado llevar por otras tentaciones, por la corriente. Carlo, Luis y Giorgio muestran una juventud enamorada de Dios hasta el extremo. Tenían una fe sencilla y profunda. No fueron grandes teólogos, sino creyentes que supieron vivir lo esencial: la amistad con Cristo. Para Carlo ese amor lo vivía en la Eucaristía y confesaba que era su «autopista al cielo». Para Pier Giorgio era la oración diaria, el rosario y la comunión frecuente. Todo un camino hacia la cumbre. Cultivaron su fe desde niños y se convirtió la amistad con Jesús en algo evidente. Me conmueve esa fe tan pura, tan virgen, tan nueva y honda. Que un joven esté dispuesto a renunciar a tantos años de vida por amor es un milagro. Al mismo tiempo los tres tuvieron un profundo amor a los pobres y a los necesitados. Dedicaban su tiempo a visitar enfermos, huérfanos y marginados. Pusieron sus dones al servicio de los demás. Es evidente que el amor profundo a Jesús me lleva a vivir como vivió Él, cuidando a los necesitados, sanando enfermos, atendiendo a los abandonados. Tenían claro que su vida era servicio. Por otro lado llevaron una vida normal. Nada especial en su forma de darse a los demás. Jugaban, estudiaban, tenían amigos, hacían deporte o disfrutaban de la tecnología. Esa normalidad es parte de su atractivo porque muestran un camino de santidad que no es algo lejano ni reservado sólo a unos pocos. Se trata de una santidad de la vida diaria. De andar por casa como decía el Papa Francisco. Una santidad muy humana. Como esa santidad de la vida de Jesús. Que se daba a todos sin exigir nada a cambio. Jesús fue un hombre alegre. Vino para que su alegría reine en mí y lleve mi alegría a su plenitud. Eso es lo que quiere. Por eso los santos tienen esa alegría contagiosa, como estos jóvenes. Eran jóvenes alegres, optimistas, con un sentido del humor sano. Su alegría brotaba de la fe y atraía a otros. Porque la alegría es contagiosa. El bien es difusivo. Y todo lo que hace bien se contagia y enriquece a quien lo recibe. Decía Carlo: «La tristeza es mirar hacia uno mismo, la felicidad es mirar hacia Dios». Cuando miro hacia Dios el corazón se ensancha y sueña con cosas grandes. Ya no me conformo con lo que tengo. Soy capaz de agradecer por mi vida tal y como es. Sin quejarme, sin vivir comparándome con los que tienen más que yo o tienen lo que yo deseo. La alegría verdadera es lo importante, es lo que llega al corazón de las personas, es lo que transforma de verdad el alma. Estos jóvenes eran alegres y transmitían alegría. Al mismo tiempo muestran una santidad encarnada en el mundo que les toca vivir. No huyen del mundo, ni de las tecnologías. No caen en las superficialidades, pero no demonizan todo lo que tenga que ver con el progreso. El santo ama el mundo, no se esconde, no critica todo lo que el mundo es. Eso sí, en medio de un mundo lleno de contradicciones, ellos son fieles a sus principios, a sus creencias, a su amor a Jesús y les tocó muchas veces nadar contracorriente. Tuvieron que enfrentar a aquellos que no compartían su fe. Ellos se mantuvieron firmes en esos momentos. Sin odiar el mundo, sino amándolo. Fueron buenos amigos de sus amigos, amaron el deporte y las obras sociales. Se implicaron en las redes sociales sin desconectarse del corazón de Jesús. Su oración siempre fue el centro de su vida, el núcleo que les daba paz para enfrentar los contratiempos y las enfermedades. Hicieron realidad con sus vidas lo que hoy escucho: «Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Cristo Jesús se entregó en rescate por todos: este es un testimonio dado a su debido tiempo y para que fui constituido heraldo y apóstol. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando las manos limpias, sin ira ni divisiones». Con su vida, con sus pocos años de vida, construyeron la Iglesia. Su testimonio despierta el amor a Jesús de muchos. Oraron por el mundo en el que vivieron. No se apartaron nunca de Cristo y lo señalaron a Él como el que da sentido a toda mi existencia. Quisiera hoy que el ejemplo de estos jóvenes encienda con más fuerza mi fe. Me da miedo aburguesarme en el seguimiento de Jesús y dejar que brote en mi corazón la pereza y la desidia. Jesús me invita a vivir enamorado tal como vivieron ellos.
Hay una frase que guardo en el corazón después de escuchar el evangelio del hijo pródigo. Durante mucho tiempo, en medio de su necesidad, el hijo menor, que dilapidó su fortuna de mala manera, se conformaba con las algarrobas que comían los cerdos: «Y deseaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba». Me impresiona el hambre que tenía como para que le bastaran las algarrobas para sobrevivir. Hace unos días me decía una persona que llevaba muchos años, tal vez demasiados, en modo supervivencia. Es decir, tratando de llegar al final del día, estresada y con ansiedad. Con la angustia de la vida diaria llena de exigencias e imposibles. Porque a veces es imposible lo que yo quiero. O es demasiado lo que tengo que darles a otros. Y entonces dejo de vivir, dejo de disfrutar la vida y el presente. Y me angustio porque no logro controlarlo todo, porque las exigencias son demasiadas. Y vivo comiendo algarrobas. Cada vez que pienso que no puedo aspirar a los bienes del cielo. O la soledad me rompe el alma y no logro empezar el día con una sonrisa. Porque duelen las piedras del camino. Y siento hambre, un hambre profunda, honda. Un hambre de infinito que esas algarrobas de la tierra no logran calmar. Tengo claro que si me alejo de Dios me desfiguro. Es como perder el sentido de mi existencia y comenzar a vagabundear tratando de encontrarle un sentido a mis pasos. En esos momentos puedo incluso sugerir que no he sido yo, que fue la serpiente que me tentó, como hizo Eva, o el demonio que metió la cola, como dicen muchos. Y dejo de valorar la importancia de mi consentimiento. Porque yo puedo consentir con el mal en mi vida y puedo degradarme. Puedo decir que no a Dios y buscar compensaciones fuera de Él y no puedo echarle la culpa a un Demonio que viene a mí y me fuerza a actuar de una determinada manera sin que pueda evitarlo. Quiero hacerme responsable de mi pecado, de mi humillación, de mi caída. Sí, porque me dejo llevar por mi fragilidad y me conformo. Me rebajo hasta llegar a cuidar cerdos, hasta querer alimentarme con su propia comida. Dejo de anhelar los manjares del cielo para conformarme con las algarrobas. El conformismo es el peor de los pecados. Me acostumbro a arrastrarme por el barro. Y no levanto la mirada. Me basta con lo que tengo y me conformo. Dejo de soñar, dejo de anhelar otros mares, otros cielos. Pienso que lo que tengo es lo máximo que puedo alcanzar. No hay más para mí, no puedo hacerlo, no puedo lograrlo. Parece que lejos de Dios, de la Iglesia, voy a ser más feliz. Lejos del cielo voy a ser el rey de la tierra. Y voy buscando compensaciones que llenen el vacío de mi alma. Busco placeres momentáneos que parecen calmar esa sed profunda que me invade. Las algarrobas no me llevan al cielo, hacen que me arrastre por el barro queriendo ser feliz a medias o tratando al menos de sobrevivir en medio de tantas carencias, de tantas ausencias y de tanta desazón. Ese deseo de comer algarrobas es también el síntoma de una nostalgia más honda y verdadera. Lejos de Dios siento nostalgia de lo que tenía a su lado. Junto a Él era más feliz y mi alma estaba en calma. Recuerdo que en la casa de mi Dios había pan abundante. La insatisfacción interior es la manera como Dios me llama. Cuando experimento el vacío, surge la añoranza del hogar, del cielo que sueño. Es infinito mi deseo, y las algarrobas son demasiado finitas, demasiado inconsistentes. No calman nada para siempre, solo por un rato me dejan experimentar un placer que es un sucedáneo de lo que yo sueño de verdad en lo más profundo del corazón. Añoranza, nostalgia de cielo. Desear comer algarrobas señala un punto de inflexión en mi vida. Es el momento en el que toco fondo. Veo la insatisfacción total de mis elecciones. Yo elegí libremente, eso pensé al menos y opté por el camino de la libertad lejos del hogar de Dios. Después de un largo camino surge el deseo de volver. La conversión comienza con el hambre. En ese momento en el que ya me conformo con las algarrobas es cuando me doy cuenta de que algo no está bien en mí. Tomo conciencia de que me estoy alimentando de lo que no me corresponde. Estoy hecho para el cielo y me dedico a arrastrarme por el barro. Dejo de soñar con las alturas y mis sueños son muy pobres y mezquinos. Y al final veo que el mundo me promete mucho, pero no me regala lo esencial. El pecado siempre me deja con hambre. Ni siquiera esas algarrobas de apariencia fácil terminan llegando. Lejos de Dios, cuando he experimentado alguna vez el amor de Dios en mi vida, no soy nada y nada tiene sentido. Me acostumbro a vivir en la superficie de las cosas y pienso que así seré feliz, en parte, quizás no del todo. Pero no es así. Esas algarrobas no forman parte del cielo, sino de la tierra. Vienen a ser, eso sí, como la gota de agua que derrama toda el agua del vaso. Una sola gota, las algarrobas, el deseo de saciar mi infinito con un mundo demasiado finito, con amores frágiles y dependientes. Una vida enferma en un mundo enfermo. Así no seré feliz nunca. No puedo meter el agua del océano en cubos de agua pequeños. Es imposible.
Hoy Jesús cuenta otra parábola. Habla de un administrador injusto: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: – ¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando». Un administrador que se aprovecha de su situación de poder. Jesús me recuerda que nada es totalmente mío. Ni la vida, ni la salud, ni mis dones, ni mi tiempo. Todo lo recibo en préstamo. La gran tentación en mi vida es vivir como dueño absoluto de lo que no es mío. La verdad es que soy sólo un administrador de lo que se me confía. Tomar conciencia de esta realidad me hace sentir incómodo y pobre. No soy dueño de mi vida, ni de mi tiempo, ni de mis bienes. No me pertenece todo lo que tengo porque estoy de paso en esta vida. Ser administrador es la realidad a la que me enfrento todos los días. Sólo administro las cosas de otro, los bienes de Dios. A Él le pertenecen por entero, no a mí. No soy yo el dueño, lo es Él. Eso por un lado me deja más tranquilo. No es mi Reino, no es mi Iglesia, no soy el dueño de esta tierra o de las personas que me rodean. Soy sólo un instrumento dócil en las manos de Dios, de María. Esa certeza es la que me da fuerzas para enfrentar la vida. Soy necesario y al mismo tiempo prescindible. Ahora ocupo un lugar que más tarde otro ocupará, en esta vida, en este mundo. Yo sólo tengo que hacer lo que es justo, lo que me corresponde. Y me pide Dios que lo haga bien. Que administre bien esos bienes que no son míos. Las palabras de Jesús son duras: «El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto». Quisiera administrar bien lo que se me ha confiado, ser fiel y justo en lo poco. Y es que algún día Dios me preguntará: «Dame cuenta de tu administración». ¿Qué hago con mi familia, mis talentos, mis relaciones, mi fe? ¿Los cultivé, los hice crecer, los compartí? O, por el contrario, ¿los guardé, los usé mal o los derroché? Esta pregunta me pone en el camino de la conversión. Me cuestiona en lo más hondo de mi corazón. ¿Realmente estoy administrando bien todo lo que Dios ha puesto en mis manos porque se fiaba de mí? Me gustaría pensar que sí, que he administrado bien mis talentos y mi vida. Pensar que nadie en mi lugar lo hubiera hecho mejor que yo. Pero no es tan sencillo. Creo que mi pereza, mis despistes, mi procrastinación han podido entorpecer a menudo mi camino. La ira y el resentimiento se habrán convertido en barreras que me ha impedido hacer lo justo, lo que tengo que hacer. Puedo ser injusto en mi forma de llevar los asuntos. O puedo dejar para mañana lo que debería haber hecho ayer. Me toca a mí administrar mi vida, mis talentos, mis bienes y no dejar que otros lo hagan en mi lugar. No quiero dejarme llevar por mis placeres, por mis necesidades egoístas. Pienso que administro bienes que no son míos y eso es una gran responsabilidad. Soy responsable de la vida de muchas personas. Soy responsable de mi propia vida. Estoy llamado a ir al cielo y ese camino quiero recorrerlo en la fuerza de Dios. Me gustan las palabras que leía el otro día: «Así se convierte la Iglesia en un hospital de campaña. Bergoglio lo supo muy pronto, y por eso les decía a sus alumnos del Colegio Máximo de San Miguel, el centro bonaerense de formación de jesuitas del que fue rector durante cuatro años: – Será preferible que el día del Señor nos encuentre con heridas de guerra por haber acudido a la frontera, antes que fofos y anémicos por haber creído que no éramos para tanto y habernos cuidado y medido demasiado»[1]. No quiero cuidarme demasiado. No quiero vivir centrado en lo que yo necesito, en lo que me hace bien, en lo que me falta para ser feliz. No quiero envejecer fofo y sin fuerzas en el alma. Quiero crecer de la mano de Dios y saliendo al mundo resultar herido. Eso no es tan importante. Me puedo cuidar para darme mejor, pero no es lo central. Lo más importante es estar dispuesto a dar la vida por aquellos que Dios me ha confiado. Quiero hacer las cosas bien por el reino de Dios arriesgando mi vida, no guardándolo todo para no perderlo, para no quedarme sin nada. Dios es fiel y quiere que yo sea fiel a su palabra. Quiere que cuide lo que ha puesto en mis manos, en mi corazón. Una fidelidad a prueba de fracasos y desgracias. Esa fidelidad es la que le pido a Dios como un don. Yo me pongo a trabajar y entrego lo que tengo. No me reservo, no me escondo, no me protejo tanto. Doy lo que tengo y no escatimo esfuerzos. No quiero ser vago ni perezoso. No quiero vivir calculando el beneficio que puedo obtener de lo que hago. Dios quiere que ame sin medida y que no busque mi ganancia en todo. Quiere que le diga que sí con un corazón alegre y sincero, con un corazón abierto. Así quiere ser el buen administrador. Quiere ser un buen pastor que cuida con amor de sus ovejas y no deja que ninguna muera sin ser atendida y cuidada hasta el final de su vida. Es un corazón grande en el que caben todos, donde no hay excepciones.
El administrador infiel es astuto: «El administrador se puso a decir para sí: – ¿Qué voy a hacer, pus mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: – ¿Cuánto debes a mi amo? Este respondió: – Cien barriles de aceite. Él le dijo: – Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: – Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: – Cien fanegas de trigo. Le dijo: – Aquí está tu recibo, escribe ochenta. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido». La astucia del administrador me sorprende. Sabe moverse en el mundo, busca salidas a su situación desesperada y se asegura el futuro. A menudo me cuesta comprender bien esta parábola. ¿Qué es lo que realmente admira Jesús de él? Jesús no alaba su corrupción, sino su sagacidad. No se alegra por el engaño sino por su capacidad de supervivencia. Me pregunta a mí: ¿Soy tan creativo en el bien como otros lo son en el mal? ¿Tengo la misma pasión para hacer el bien que otros tienen para enriquecerse o sobresalir en este mundo? El dinero pasa, pero el amor queda. Jesús me invita a transformar lo que caduca en semilla de eternidad. Cada acto de generosidad, cada ayuda, cada gesto de compartir, hace presente el cielo en la tierra. El dinero sólo tiene sentido si se vuelve puente y no muro. Si se convierte en alas que me llevan a lo alto y no en peso que me hunde en un pozo. Me gustaría ser astuto en lo que me toca hacer, no dejarme llevar por el desánimo y actuar. Jesús lo alaba por su fidelidad en lo pequeño: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero». La fidelidad se mide en lo escondido. Sucede en el silencio del corazón. Se trata de la palabra cumplida, de la tarea bien hecha, de la oración perseverante en un lugar donde nadie me ve, en el amor de cada día que se entrega de forma sencilla. Ahí se construye la santidad que sólo Dios, que lee el corazón de cada hombre, puede ver. Si soy fiel en lo poco, mi vida tendrá peso ante Dios. Si me mantengo fiel en esas cosas pequeñas de cada día. Me gustaría ser fiel en las cosas sencillas. A veces fallo, me olvido y dejo que la iniquidad reine en mi corazón. Me dejo llevar por el desánimo y no cuido los pequeños detalles, no le doy valor a esos sencillos esfuerzos. Me conformo con lo que he conquistado, con lo logrado y no lucho más, no me esfuerzo. La fidelidad en las cosas pequeñas, esa fidelidad que nadie ve, que sólo yo conozco. Y entonces Jesús me pide que sirva a un solo Señor, que sirva a Dios y no a los hombres, que me entregue a ese Señor que guía mis pasos, mi vida. Tengo claro que el corazón no puede estar dividido. Tarde o temprano, tendré que elegir. ¿A quién pertenezco de verdad? ¿Quién ocupa el centro de mi vida? Servir a Dios libera el alma, me da alas y raíces, un hogar en la tierra camino al cielo. Servir al dinero esclaviza, ata, pesa. Jesús me invita a decidirme por Él, porque sólo en Él está la alegría que no se acaba, la paz que nadie me podrá arrebatar. A menudo me veo sirviendo a dos señores. Digo que hago todo por Jesús pero luego me veo yo negociando con el mundo. Deseo más de lo que tengo y me comparo con los que más poseen. Jesús me pide que administre sus bienes, que los ponga a trabajar para producir bienes para otros. Jesús quiere que me entregue, que dé lo que hay en mi corazón sin escatimar porque todo es para Dios. Todo es para su reino. Quisiera preguntarme hoy a quién pertenece mi corazón. Siento que mi corazón a menudo está dividido o no se entrega de forma completa. Así lo expresaba el Papa Francisco al hablar de la importancia de entregar el corazón: «Por eso a Sansón, que no contaba el secreto de su fuerza, Dalila le reclamaba: – ¿Cómo puedes decir que me quieres, si tu corazón no está conmigo? (Jc 16,15). Sólo cuando él le contó su secreto tan oculto, ella comprendió que él le había abierto todo su corazón» (Jc 16,18)»[2]. El corazón dividido, roto, que se protege y guarda, no se entrega por completo. El corazón que quiere pertenecerle por entero a Dios es un corazón que no tiene división. Quisiera pulir esas aristas, acabar con esa impureza y pedirle a Dios que tome por entero mi corazón. Que no permita que en mí haya resistencias y divisiones. Le pido que no deje que mi corazón tenga varios señores. Que no reine en mí alguien que no sea Jesús. Me gustaría abrirlo y entregarlo. Dejar que Jesús tome posesión de todo lo que hay en mi interior. Tengo un corazón que se apega demasiado a la tierra y por eso sirve a muchos señores. Es un corazón que teme la crítica y el juicio de los hombres y por eso desea continuamente que el mundo lo admire, lo ame, lo busque. Tengo un corazón que se resiste a un amor que lleve a la cruz. Teme el dolor y se angustia al pensar en posibles tragedias que puedan sobrevenir. Si mi corazón estuviera realmente anclado en Dios, tendría siempre paz.
El problema de tener el corazón dividido es que no consigo encontrar esa serenidad en mi alma. Digo que sigo a Dios en todo pero realmente no es a Él a quien sirvo sino a mí mismo y mis propios bienes, mi propia riqueza mi interés. El corazón dividido es el que quiere caminar en dos direcciones a la vez. No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de aprender a orientar mi vida hacia Dios. Hoy quiero revisar mi corazón. ¿Qué ocupa más espacio en mi mente y en mi tiempo? ¿Qué busco cuando navego perdidamente en las redes sociales? ¿Qué hago cuando no tengo nada importante que hacer, cuando nadie me demanda? ¿Cómo me aburro? ¿Qué hago cuando estoy solo? ¿Qué es lo que más pienso y lo que más busco? Todo eso revela a quién pertenece mi corazón. Le pongo nombre a esos otros señores que han ganado mi afecto. Mi corazón se divide. Es este paso, el de ponerle nombre, el primer paso para entregárselo de nuevo a Dios. Algo que puedo hacer es rezar con sencillez. Tengo claro que la oración no divide, sino que unifica. Quiero que la oración repetida vaya educando mi corazón para mirar siempre en la misma dirección. Un solo Dios, un solo sentir, una sola mirada. Quiero que Jesús esté en el centro y dejar a un lado a todos esos señores que me desgarran, que me separan de mi centro. Quiero centrarme en lo esencial en mi vida. No quiero vivir dividido, disperso en mil cosas. Aprendo a decir que no a lo que sobra, a lo que es superficial y no suma nada importante a mi vida. Quiero quedarme con lo fundamental. Me hago entonces la misma pregunta. «Esto que voy a hacer, ¿me acerca a Dios y a mis hermanos, o me dispersa?». La contemplación, la meditación de la vida, me centran. Colocan cada cosa en su sitio. Me hacen valorar lo que tengo y comprender que sólo en Dios mi vida tendrá sentido. En el ruido es fácil dividirse. En el silencio interior escucho al Espíritu Santo y recuerdo cuál es el centro de mi vida. Esta unidad que anhelo, ese corazón indiviso es el que me permite vivir con coherencia. Y es que la única vida que es atractiva y lleva a Dios es la que es coherente. Coherencia entre lo que digo y lo que hago, entre lo que exijo y lo que yo mismo realizo. Haré pequeños actos concretos donde lo que piense, diga y haga estén alineados. Esa coherencia diaria da unidad interior. Pienso en lo incoherente que es mi pecado, porque me rompe por dentro. En él veo que sirvo a otros señores que me llevan hacia donde en realidad no quiero ir. Por eso antes de actuar, antes de ir en una determinada dirección, me pregunto: «¿Qué haría Jesús en mi lugar? o ¿Esto lo hago para gloria de Dios?». Está clara la respuesta cuando se trata de mi pecado. Cada vez que peco me alejo de Dios. Pero no todo es pecado. Hay acciones que cometo y que no son malas en sí mismas, pero que me alejan sutilmente de Dios. Y yo deseo que mi vida se configure de acuerdo con una sola voluntad, la de Dios. Carlo Acutis decía: «La Eucaristía es mi autopista al cielo». Allí se aprende a vivir con el corazón unificado en Cristo, porque Él se hace uno conmigo. El corazón no deja de estar dividido de un día para otro. Pero cada paso de sinceridad, de oración, de renuncia a lo innecesario, va haciendo que todo en mi interior se apegue a un único Señor, a Jesús. La eucaristía es el lugar en el que me uno más a Cristo y me parto con Él, me entrego en esa patena y dejo que tome posesión de mi ser, de mi voluntad, de mis deseos, de mis afectos. Quiero que los otros señores dejen de tener tanto poder dentro de mí. Que no me esclavicen las redes sociales. Que no huya del silencio por miedo a encontrarme con mi miseria. En mi silencio habita Dios y es con Él con quien quiero encontrarme cada día.
[1] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas
[2] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo