Malaquías 3, 19-20a; 2 Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19
«Meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro»
16 noviembre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Mi identidad es esa verdad inconfesable que no sé decir y no puedo contarle a cualquiera. Puede que no la acepten, es una verdad sin adornos, sagrada. Una imagen puesta por Dios en. mí»
Jesús a menudo se esconde. Lo hace detrás de las sombras, de las apariencias. Detrás del que tiene hambre, sed o está desnudo. Detrás del que está enfermo o en la cárcel. Se esconde en el mendigo, en el despreciable, en el menospreciado. Detrás del rostro enfermo de mi hermano. O detrás de los gritos de mi padre, o mi cónyuge. Detrás del que me resulta inferior o poco atractivo. Jesús me dice que para estar con Él para siempre sólo tengo que cambiar mi manera de pensar, de mirar, de abrazar. Todo eso. Tengo que quitarme prejuicios y condenas. Tengo que abrir mi corazón y hacerme el encontradizo, como Jesús mismo, por los caminos. Me da miedo ser blando o demasiado misericordioso. Y que digan que yo dejo hacer o yo permito, como si yo pudiera hacer esas cosas que me echan en cara. Tal vez es que me siento más pecador que otros y con menos autoridad para pedir nada. Y ya no sé si tengo que pedir o dejar pasar, exigir un cambio o abrazar al que no cambia. Vestir al desnudo en su pecado y proteger su imagen, para que no haya otros que le tiren piedras. Y es que prefiero abrazar a golpear, y dar de comer a exigir que aprendan a trabajar y buscar comida. No sé si lo hago bien o mal. No vivo juzgándome porque me da miedo acabar enfermo del alma, y del cuerpo. Jesús me pide mucho más de lo exigible, tal vez porque la misericordia es demasiado grande para caber en mis bolsillos. En ellos llevo sólo un par de recetas, algo de cariño y ternura y mucho de justicia. Los bolsillos dan para mucho pero no es suficiente para que quepa algo tan grande. La misericordia que abraza, viste, visita, da de comer o beber, sana las enfermedades. Y es que esa misericordia que no es exigible es computable en el cielo. Lleva Jesús las cuentas de mi amor excesivo, ese que es mal visto por los que reclaman justicia y no entienden que yo pueda abrazar al pecador empedernido. ¿Cómo lo puedo hacer para sanar sin matar, para curar sin hundir? No lo sé. Sólo sé que yo necesito que tengan conmigo mucha misericordia, me den mucha agua para calmar mi sed, y alimentos maravillosos que me quiten el hambre. Tal vez es demasiado concreto este Jesús que va midiendo el infinito de mi amor hecho en lo escondido. Porque así es como yo quiero salvar al que está perdido y curar al que está muriendo. Sin que nadie sepa, sin que nadie lo aplauda ni reconozca. Aun cuando para muchos pueda ser exagerado, innecesaria o improductivo. A mí me siguen gustando esas personas que hacen cosas inútiles que aparentemente no salvan a nadie, o no tienen sentido, o al menos yo no las haría. Pero me conmueve ver sus gestos exagerados y escondidos. Como si fueran a salvar al mundo con una fuerza huracanada llena de misericordia. ¿Y no será excesivo perdonarlo todo? ¿No criará hijos dependientes, malcriados que saben que hagan lo que hagan un padre bueno, demasiado bueno, los estará esperando? ¿No valdría más enseñarlos a cambiar, que se enmienden, que se corrijan, que vivan de otra manera? ¿No es peor su escándalo? ¿No duele más que escandalicen a esos inocentes que lo hacen todo bien y ya no pecan? No sé cómo hacer para hacerlo todo sin que se note. El abrazo y el amor. El perdón y la comprensión. No quiero que nadie sepa, sólo Dios. No exijo que todos piensen como yo, no al menos todos. No me siento en posesión de la verdad. Sólo escucho esas palabras de Jesús y me desarman. Abrazar al forastero que es un inmigrante. Al despreciable y al despreciado. Y yo que estoy dispuesto a visitar al enfermo que no es visitado, o al preso que es alejado. A menudo no tengo fuerzas para amar de esa forma desproporcionada. ¿Acaso será posible amar siempre de esa manera? Me es más connatural el juicio y el rechazo. Protegerme con normas que cumplo y otros desprecian. Que las cosas estén claras, blancas o negras, nada de tonos grises, a los tibios los expulsa Dios de su boca. Y me siento tan frágil queriendo ser misericordioso. Como si no exigiera el cambio, como si no les conminara a cambiar de vida. ¿Cambiarán algún día si lo intento? ¿O cambiaré yo cuando se lo exija? Me da miedo ser un administrador de la justicia divina, un implacable juez que pide claridad y exige disciplina. Creo que no soy el mejor ejemplo de nada, y no lo pretendo. Porque esa pretensión es vana. Me siguen fascinando esos que, en lo oculto de su vida, sin descubrir a Jesús escondido, opacado por la finitud de la carne, hicieron un milagro inmenso, amar hasta el extremo, abrazar con el riesgo de mancharse, dar de lo que no tenían, no ya de lo que les sobraba, sostener a los caídos aun corriendo el riesgo de caer con ellos. Perdonando a manos llenas con un perdón que no es mío, porque yo no puedo ni perdonarme a mí mismo. Pero me gustan esas actitudes que no salen en las redes. Nadie las recuerda porque no se ven. Nadie las publica porque son desconocidas. Es una caridad exagerada, una compasión desmedida. Una forma de vivir que no sé si podré un día imitarla, desde mi pobreza. Siento que sólo puedo desear amar de esa manera. Sin talentos especiales. Sólo siendo fiel al Evangelio, o al menos intentando que algo de esa luz se me pegue en el alma.
No es fácil ser fiel a uno mismo y a menudo corro el riesgo de imitar a otros. Había un hermano en la primera comunidad de los hermanos de S. Francisco, un tal hermano Juan el Simple. Este hermano trabajaba la tierra y vio pasar un día a Francisco. Admiró su forma de vida y le pidió que lo aceptara entre los suyos. Vendió todo lo que era suyo y lo siguió. Entendió que seguir esa forma de vida pasaba por imitar a Francisco absolutamente en todo lo que hacía, llegando así a extremos: «Nos sorprendía a todos por igual, a doctos e indoctos que incluso aceptando más o menos en broma la promesa de Juan, su practicabilidad no podía llevarse a cabo más que a través de una especie de parodia. Nadie puede repetir lo que hace otra persona exactamente, salvo si lo hace paródicamente, pero habida cuenta de la buena intención de Juan el Simple, la segunda parte de la frase delataba el problema general de toda suerte de imitaciones literales. Le parecía peligroso a Juan el Simple pasar algo por alto, porque no sabía qué podía y qué no pasar por alto. No distinguía lo esencial de lo no esencial, con dulzura le había prohibido Francisco el imitarle de ese modo»[1]. La santidad es imitable, pero cada uno según su originalidad. Hay un riesgo que se da también en la forma de vivir mi fe. Puedo caer en una imitación de lo que hacen los demás y me pierdo en las formas. Hago lo que otros hacen, actúo como actúan los demás. ¿Es eso lo que Dios me pide? No, Él me ha creado original y no se conforma con que yo sea la copia de otro. Decía el P. Kentenich: «En el fondo, la pedagogía de los ideales personales es una pedagogía de la identidad. Apunta a la libertad, a la madurez, a la independencia y al pleno desarrollo del hombre. La meta es: en libertad, ser plenamente hombres»[2]. Me gusta la palabra identidad. Es lo que me define. Es quien soy yo para mí mismo, para Dios, para los hombres. Tiene que ver con lo más sagrado que hay en mi corazón. No tiene que ver con lo que hago, ni con mis méritos, ni con mis obras. Es algo más intangible que casi no lo puedo ni definir, porque si lo intento es como si pretendiera atrapar el agua entre mis manos, o encajonar el cielo en un cuadro. No sólo es la actitud con la que enfrento las dificultades y los contratiempos. Es algo que permanece oculto en lo más secreto de mi alma bajo mil capas de apariencias. De imágenes que me auto impongo para parecer mejor de lo que soy, cuando en realidad ni siquiera soy capaz de verme como soy. Hay un espejo que refleja mi rostro, pero no consigo ningún espejo que pueda mostrarme el alma. Esta permanece escondida bajo la piel de mi apariencia, de mi autoconciencia. La identidad soy yo mismo, sin matices, sin excusas, sin disfraces, sin maquillaje. A menudo busco maquillajes, disimulo mis heridas, oculto mis emociones inconfesables, no desvelo mis intenciones más oscuras ni mis sueños más confusos. Pretendo que el mundo me vea como en un espejo. Una imagen distorsionada pero aprobada por la mayoría. Así no me rechazarán cuando intente entregarme, amar y ser amado. La identidad a la que aspiro es algo más grande y puro. Es bello, virgen, oculto, porque si lo muestro es posible que lo ensucien, lo dañen, lo hieran. Mi identidad es esa verdad inconfesable que no sé decir y no puedo contarle a cualquiera. Puede que no la acepten, porque es una verdad sin adornos, casi fría, hierática, sagrada. Una imagen puesta por Dios en mi interior. Decía el P. Kentenich: «María no vino a anunciar algo nuevo, sino a despertar lo olvidado. Ella quiere volver a educar a la humanidad para Dios». María quiere despertar esa identidad olvidada en lo más hondo de mi ser. Ese ser que permanece bajo las capas del hacer, cuando vivo tratando de justificar el valor de mi existencia. Las capas de las apariencias que he dejado que crezcan cubriendo mi corazón. He llegado a pensar que soy lo que hago. Que valgo más cuando produzco, cuando hago cosas útiles para el mundo, cuando gano mucho dinero, cuando consigo que todos estén felices conmigo y me recuerden lo bueno que soy, lo importante que soy en sus vidas. Como si al hacer méritos fuera suficiente para los demás y pudieran así aprobarme. Valgo en cuando hago cosas, me porto de una determinada manera y logro todos los objetivos que me propongo. El hacer cobra mucho peso en este mundo en el que vivo. Lo que hago por encima de lo que soy. Lo que muestro es más relevante que lo que hay escondido bajo mis capas de apariencias. Me gustaría hacerlo todo bien y eso no es posible.
El otro día leía una frase que me dio qué pensar: «Todos cometemos errores. Los errores y la ira son parte inevitable de la vida. La diferencia no está en evitarlos, sino en cómo los gestionamos». Cuando cometo un error algo se despierta en mi interior. Siento vergüenza porque no está bien lo que he hecho. No he estado a la altura de lo esperado. Siento remordimiento y me culpo por lo sucedido. A menudo no me perdono, no me miro con misericordia. Cometer errores es inevitable. Podré mejorar en ciertos aspectos de mi autoeducación y sentir que soy mejor persona y hago las cosas mejor. Pero aun así me equivocaré, me dejaré llevar por mis emociones sin controlarme, diré lo inapropiado o actuaré dejándome llevar por la ira y el enojo. Es verdad que yo no soy lo que he hecho. Pero me confundo al ver el daño causado. Es cierto que no soy ese exabrupto lanzado al viento, ni esos gritos, ni ese enojo. No soy solo eso, soy mucho más. Soy también el abrazo, la ternura, la caricia, el acierto, la verdad, el amor sincero. Soy todo eso y también mis errores. De ellos aprendo y maduro, crezco y avanzo. No soy mejor sin aceptar mis errores, sin ver mis carencias y mis puntos débiles, sin reconocer que soy de barro y que hay mucho que pulir y trabajar en mi interior. No basta con desear ser mejor, quiero dar pasos en esa dirección. Ante un error cometido hay varias posibles reacciones. Una de ellas es que la vergüenza me lleve a tapar lo pasado como si no hubiera existido. Yo no me equivoqué, fueron los otros, fue la mala suerte, fue el mundo. Me justifico, defiendo mi actitud, me excuso, les echo la culpa a los otros. Negar la responsabilidad es una actitud cobarde. Niego incluso el error. Miento, tapo, oculto. Y como leía el otro día: «Una mentira, por mucho que se repita, no la convierte en verdad»[3]. Todas las decisiones que tomo en esta vida tienen consecuencias y tengo que estar dispuesto a asumir siempre lo que conlleva lo decidido. A mi acción puede venir una reacción. Si actúo con violencia puedo recibir violencia. Si grito puede que me griten. Mis actos no me definen pero hablan de mí. Son errores que dan forma a mi ser. Cometo errores porque soy frágil. Quiero levantar la mano y asumir mi responsabilidad. Yo lo rompí, yo lo dije, yo lo hice. Reconocer mis errores habla bien de mí. Soy verdadero, no miento, no tapo, no me excuso, no me escondo, no me pongo un disfraz para parecer otra persona, más limpia, más santa. Tapar y negar son acciones que buscan la impunidad de mis actos. No quiero que haya consecuencias. Yo no quiero pagar la multa, no quiero ensuciar mi fama, no quiero manchar mi honra y hago como si nunca hubiera existido. Pero la realidad es siempre una y aparece por encima de las aguas turbias de mi conciencia. Brota la verdad y no se deja tapar bajo mentiras. Al final la verdad siempre se impone por mucho que yo quiera cambiarla. Otra posible reacción ante el error es comportarme de forma autodestructiva. Me siento demasiado culpable, mi autocrítica es inflexible. No me perdono, no me acepto, me rechazo. Me castigo sin compasión hacia mí mismo. La reacción más sana es reconocer mi error, no actué bien, lo hice desproporcionadamente y herí. O me dejé llevar por emociones que habitan en el fondo de mi alma. No le quito importancia a mis gritos, a mis gestos, a mis palabras, a mis actos. Hice un daño innecesario porque superé mis límites, me dejé llevar y cometí un error que ya no tiene remedio. Reconocer una actitud mía no quiere decir defenderla o justificarla, sólo la reconozco, acepto que he actuado mal y que quiero cambiar. Reconozco lo que hago mal y lo digo en alto. Acepto la culpa que eso conlleva. Y hago algo para tratar de paliar el daño producido. Mejoraré cuando asuma los errores cometidos. Soy el que soy y estoy en camino. No he llegado a la meta, soy un ciudadano del cielo caminando en la tierra. Con mis pasos firmes y mis caídas. Con mis errores y aciertos. Busco acertar siempre más. Hacer el bien y no el mal. Pero aun así aceptaré que no soy capaz de todo. Y con S. Pablo reconozco que muchas veces acabo haciendo el mal que quiero evitar y no logro hacer ese bien que tanto deseo. Mis errores no me definen pero hablan de mí. Y sobre todo se ve quién soy en mi manera de responder después de haberme equivocado. Pido perdón de rodillas. Asumo mi culpa. Hago algo para mejorar, no quiero justificarme y decir que soy así, que es mi debilidad y que ya está. Así no funcionan las cosas. Quiero crecer y madurar y Dios puede hacerlo posible si le dejo entrar en mi vida. Las grietas de mis errores me hacen más humilde y por lo tanto más abierto al cambio. Porque el que se equivoca acepta su verdad con alegría. Duele el error, pero más duelen la mentira y el hecho de ocultar mis obras cuando no son dignas. Quiero aceptarme como soy, quererme desde mi lodo y aceptar que Dios hará milagros conmigo, con mi pobreza, con mi pequeñez. Mi forma de reaccionar ante mis errores y ante los errores ajenos habla muy bien de cómo soy.
Hoy las lecturas me invitan a hacer las cosas bien. Porque se acerca el tiempo de la justicia: «He aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja; los consumirá el día que está llegando, dice el Señor del universo, y no les dejará ni copa ni raíz. Pero a vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra». Orgullosos y malhechores. Me impresiona que se igualen. Malhechor es que hace el mal, el que daña, denigra, hiere, ataca con violencia, condena, critica. Es un término tan amplio para hablar de todo lo que puedo llegar a hacer mal. El que hace daño al inocente no merece la misericordia. El que abusa de un menor, el que se aprovecha de los más necesitados, el que miente en provecho propio, el que busca su propio interés pasando por alto el de su hermano. El que así actúa acabará como la paja, consumido. Es muy fuerte esa imagen. La destrucción total de mi vida, de mi alma. Y para siempre, sin vuelta atrás. Y es que al cielo solo van los que aman al Señor y quieren por lo tanto estar con Él para siempre. Aquel que ha odiado a Dios con sus obras, no es que no merezca el cielo, es que ya con su vida está eligiendo la destrucción del infierno. Porque me hacen mal muchas cosas que hago, me envenenan, me duelen por dentro y me dejan herido. Así como al perdonar algo de luz se me pega al alma. Al hacer cosas malas algo de ese mal se cuela en lo más hondo de mi ser. Y se copara al malhechor con el orgulloso. Me impresiona. El orgulloso me parece menos malo que el malhechor. Yo soy orgulloso y el orgullo tiene un aspecto positivo, bueno. El orgullo me lleva a luchar, a enfrentar las dificultades de la vida. Sin orgullo no crezco, no avanzo. Me gustaría que ese orgullo nunca desapareciera de mi alma. Es algo fundamental. Pero hay otro orgullo que es malo. El orgullo del que se siente por encima de los demás y su prepotencia hiere el alma. El orgullo del que menosprecia al débil, al herido, al rechazado en este mundo. El orgullo me envenena, me hace daño muy dentro del alma. El orgullo me lleva a buscar mi propio interés, a vivir mi vida a mi manera sin pensar en los demás. Este orgullo me lleva a realizar acciones malas y acabo siendo un malhechor. El orgullo de creerme superior a los demás, más santo, ya salvado. Y en mi posición, desde mi altura, por creerme por encima de los demás, los desprecio, los juzgo en mi corazón, los evito con mis silencios y palabras. El mal se hace fuerte en el corazón orgulloso. Mientras que el humilde evita actuar mal. El orgullo me lleva imponerme sobre el débil y a actuar con violencia contra el que no puede defenderse. Mi orgullo puede ser mi aliado o mi enemigo. Quiero hacer el bien y no dejarme llevar por ese mal que me envenena. Quiero actuar movido por el amor y no llevado por ese desprecio hacia la vida de mis hermanos. Siento en mi corazón la punzada de ese orgullo que engaña mi mirada. Hoy escucho cómo el apóstol me anima a vivir de una manera más santa, más pura, más limpia: «Ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre vosotros sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de vosotros. No porque no tuviéramos derecho, sino para daros en nosotros un modelo que imitar. Además, cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven desordenadamente, sin trabajar, antes bien metiéndose en todo. A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan». Imitar las obras de aquellos a los que admiro. Me gustaría imitar el bien que hacen otros, el bien que veo a mi alrededor. A veces parece mucho menos el bien que puedo hacer que el mal que se impone por todas partes. Hay mucho odio, mucha violencia a mi alrededor. Veo que todo es más oscuro que lleno de luz. Y es precisamente a la luz hacia lo que tiende mi corazón. La luz de ese Dios al que amo e ilumina mi camino. Su presencia en mi vida me da luz, me da paz y alegría. Igual que la de aquellos santos vivos a los que sigo. Porque los primeros cristianos se llamaban santos entre sí. Porque estaban siendo santificados. Porque necesitaban continuamente de la gracia para que brillara la luz de Dios en su corazón. Esos santos de Dios me conmueven. Son santos en camino, a medio hacer, como ese pan que todavía no ha sido horneado. Santos de andar por casa que tal vez no hagan cosas dignas de ser recordadas y al mismo tiempo todo lo que hacen es en el nombre de Dios. Quizás consista en eso la vida del cristiano enamorado. No hace las cosas porque quiera ser alabado por sus hermanos, sino porque es el amor de Dios el que le mueve a hacerlo. Eso es lo que me conmueve. Santos porque son santificados. No porque se sientan orgullosos por el bien que hacen. El que ama bien suele hacer el bien. El que ama mal, desde el orgullo y la vanidad, hiere, insulta y hace el mal. Actuar de esa manera no me salva, me condena, me aleja del amor verdadero que es el que me permite vivir con más humildad. Por eso el orgullo es pernicioso, porque me envenena. El orgullo me distancia de mis hermanos, me aleja del que amo. La humildad me acerca al necesitado, me hace sentirme inferior que todos mis hermanos y así tiendo a tratarlos de una forma bondadosa.
Hablar del futuro puede ser estresante. Me produce ansiedad, me angustia. ¿Será al futuro como yo deseo? ¿Lograré alcanzar las metas que más quiero? Hoy Jesús está en el Templo y le preguntan: «En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: – Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Ellos le preguntaron: – Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». El Templo era lo más sagrado para el pueblo judío. Su hogar, ese espacio sagrado en el que Dios habitaba y ellos peregrinaban con frecuencia hasta allí para encontrarse con Dios. Pensar en que ese lugar santo pudiera ser destruido era el peor de los presagios. Si eso salía mal, ¿qué podría salir bien? Nada, el miedo entra en el corazón de los suyos. Así como entra muchas veces en mi interior y se apodera de mi estado de ánimo entristeciéndome. Y entonces añade: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: – Yo soy, o bien: – Está llegando el tiempo; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida». No tengáis pánico, les dice. Me lo dice a mí hoy cuando el miedo se apodera de mi corazón al escuchar noticias negativas, guerras, destrucción, muerte: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre». Los está preparando para lo que vendrá. También a mí me dice que no tenga miedo aun cuando puedan suceder cosas terribles que me quiten la alegría y la paz. No quiero tener miedo, quiero vivir con paz. Jesús no me promete seguridad, sólo me promete su presencia, su abrazo, su cuidado, su misericordia. No me dice que no habrá dolor y que no voy a sufrir. Sólo me dice algo que me calma: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». No moriré, viviré para siempre. Es otra forma de decirme: «No temas, aunque todo tiemble. Yo estaré contigo». Tengo la sensación de que me salvaré. Y entonces, en esos momentos cuando el corazón se llena de miedo, y tengo la tentación de huir, de encerrarme, de protegerme, Jesús me dice que estará a mi lado. En medio de esas luchas diarias, de esas batallas en las que siento que no es posible la victoria, tengo que mantenerme esperanzado, no voy a perder, no voy a morir. Jesús me enseña a permanecer fiel al pie de la cruz. Me invita a seguir amando en medio del caos. A seguir creyendo cuando parece inútil creer. «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Si persevero, si me mantengo fiel en la grieta de la muralla, salvando a mi pueblo de los enemigos, sosteniendo la defensa para que no caiga. Será ese el momento de la prueba, de la fidelidad: «Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre». En medio de las adversidades podré mantenerme firme si tengo fe. Jesús me habla de guerras, de terremotos, de persecuciones y del miedo. El miedo a perderlo todo. El miedo a que el mundo se desmorone, a que la historia se salga de las manos. Y, en medio de esa tormenta, Jesús no anuncia destrucción: anuncia la fidelidad. No habla del fin del mundo, sino del fin del miedo. Me gusta esa certeza, no acabará todo lo bueno que tengo, acabará lo malo. Pasará la tormenta y llegará el sol a anunciarme un mundo nuevo, un mundo lleno de esperanza. Todo lo que haya pasado, todo lo malo, habrá sido ocasión para probar mi fidelidad, mi perseverancia, mi ánimo, mi amor. Jesús no ve tragedias, ve oportunidades. Las persecuciones, las crisis, las contradicciones no son obstáculos, son lugares donde el Evangelio se hace visible. Daré testimonio con mi vida en medio de la aniquilación que me rodea. Cuando la vida se ponga difícil, cuando los planes se desmoronen, ahí puede brillar una fe más pura, no sostenida por seguridades, sino por amor. Ya no necesito tener tantas seguridades, me basta con su promesa, su misericordia y su amor. Perseverar no es aguantar a la fuerza, es seguir creyendo cuando el alma se canse. Seguir esperando aunque no se vea nada y el futuro sea demasiado amenazador. Seguir amando incluso cuando no haya recompensa, cuando mi amor no sea correspondido, cuando no me agradezcan por mi fidelidad y mi entrega. Perseverar consiste en permanecer en pie cuando todo cae. Supone seguir mirando a Cristo y decirle cada día: «Contigo basta». La salvación no está en escapar del dolor, no suele ser posible, sino en permanecer fiel en medio de él. Es precisamente ahí, y sólo ahí, donde el amor se purifica. Quiero aprender a perseverar. No es un atleta el que entrena un día, el que corre un kilómetro, sino el que día tras día, kilómetro tras kilómetro, permanece en esa misión que se ha propuesto como camino de vida.
Hoy Jesús también me dice que no necesito controlarlo todo. ¡Qué liberación tan grande! No es necesario tener siempre la respuesta. Jesús me promete que pondrá sus palabras en mis labios: «Meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro». Para ello es necesario que le deje espacio. A veces las defensas, los argumentos, las razones, las estrategias me impiden escuchar la voz que nace del corazón. La sabiduría no se improvisa, se recibe. Y quien confía, descubre que el Espíritu sopla justo cuando me hace falta. La victoria es suya, eso está garantizado y sus palabras serán escuchadas, triunfarán. Por eso hoy me alientan las palabras del salmo: «El Señor llega para regir la tierra con justicia. Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes. Al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud». Tengo tendencia al control, a no dejar cabos sueltos, a analizarlo todo y controlar que salga de acuerdo con mis expectativas. No quiero que nadie eche a perder lo que yo he pensado y diseñado. Me cuesta que los otros hagan las cosas mal. Es tan fácil hacerlo bien, pienso. No tolero la impuntualidad ni los errores en los demás. Soy impaciente y busco el control. Que nada se me escape de las manos. Si las cosas no salen como yo deseo me enojo con los demás, con el mundo, con la vida, con Dios. Tiendo a controlar, a buscar la seguridad, a allanar el camino para que todo salga bien. El corazón humano fue creado para sobrevivir. No para tener éxito sino para vivir un día más, un año más. Por eso me estreso tratando de asegurar un día más a mi vida. Pero no puedo vivir agobiado pensando en el futuro, temiendo que nada salga como yo espero. Es imposible saber lo que vendrá. Aun cuando me empeñe en preguntarle a adivinos o pedir que me echen las cartas. No resulta, nadie lo sabe. Lo que sí puedo hacer es vivir el presente con un espíritu alegre y positivo y enfrentar los desafíos de mañana con mucha paz. El futuro siempre es desconocido. Los discípulos querían saber lo que iba a pasar, lo que podría sobrevenir. Quisieron defender a Jesús de su propia muerte, protegerlo para que no le pasara nada. No pudieron y al final acabaron huyendo del Calvario. Imposible controlar lo incontrolable. Imposible atarlo todo para que no se escape. La vida es compleja y no siempre las cosas salen como yo espero que salgan. Jesús vino para enseñarme a vivir, a confiar, a esperar contra toda esperanza. El otro día leía: «Nietsche en el Anticristo enalteció su figura. «Este portador de la buena nueva», escribe, «murió como había vivido y predicado: no “para redimir a los pobres”, sino para enseñar cómo hay que vivir. La práctica es el legado que dejó a la humanidad: su conducta ante los jueces, ante los soldados, ante los acusadores y ante toda clase de difamación y escarnio. Su conducta es la cruz. No se resiste, no defiende su derecho. Y ruega, sufre y ama a la par de los que le hacen mal, en los que le hacen mal… No resistir, no odiar, no responsabilizar… No resistir tampoco al malo — amarlo…»[4]. Es cierto, me enseña a vivir de una manera diferente. No sé hacer las cosas bien, digo que sigo a Jesús pero me comporto como un pagano. No confío en el amor de Dios que me sostendrá en medio de todas mis tormentas. Dudo y mi actitud no es la de Jesús camino al Calvario. Me rebelo contra lo que no me gusta. No me adapto a las circunstancias que me toca vivir. Esa es la actitud de los santos. Vivieron lo que les tocaba vivir con el corazón en paz. Cuando les tocaban cosas difíciles sonreían. Cuando perdían oportunidades que habían esperado con ilusión, no se enojaban con la vida. Vivir así es casi imposible. Cada día tiene su afán, su preocupación. Ahora lo que me toca, nada más que eso. vivir con ansiedad pensando en el futuro no me hace bien, me agota, me quita la paz interior y la alegría. Habrá cruces en el camino, dificultades y contratiempos inesperados. En todos esos momentos alzaré la mirada al cielo agradecido. Soy un hijo escogido de Dios, amado por María. Soy su niño predilecto y nunca me va a soltar de la mano. Así viven los cristianos que se han enamorado del Maestro y siguen sus pasos allí donde Él quiera llevarlos.
[1] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo
[2] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos
[3] Rafael Tarradas, La protegida
[4] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas