2 Reyes 5, 14-17; 2 Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Levántate, vete; tu fe te ha salvado »
12 octubre 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Mis ideales son fuerzas interiores que me levantan por encima de todos mis miedos, también de los más poderosos. En mis vacíos tiene que estar Dios»
Dicen que son importantes varias cosas para llevar una vida sana. Es importante dormir bien. Es fundamental dejar que el cuerpo se recupere durante la noche. Dicen que si llegamos a vivir 90 años, 30 los habremos pasado durmiendo. Hoy parece que quiero quitarle horas a la noche para vivir más y a la larga estoy viviendo menos, peor, con menos salud. Dormir bien es un pilar fundamental en mi vida. Aprender a dormir, relajarme y dejar que mi cuerpo se recupere. La paz se consigue cuando descanso de forma adecuada y dejo que el estrés y el cansancio del día desaparezcan. El segundo pilar para llevar una vida sana es la alimentación. Lo que como determina mi salud. Si como lo suficiente, si no como tal o cual cosa. En definitiva hoy vivo en una cultura que me invita a comer bien, pero no siempre lo consigo. El tercer pilar es el deporte. Una mente sana descansa en un cuerpo sano. Y el deporte se sigue demostrando que es fundamental para tener equilibrio en mi vida, para estar en paz. Que mi cuerpo se mueva. Hacer deporte en todo momento. No basta con ir una vez al mes a hacer deporte. Lo cotidiano, la regularidad es lo que me salva. Un cuarto pilar es la meditación. Debemos agradecer a los que han puesto de moda el mindfulness. La Iglesia durante siglos ha hablado de la importancia de la oración en la vida del cristiano. Y a veces se ha visto la oración como una obligación, como un pago a Dios por todo el bien que me ha hecho. Como si al rezar Dios estuviera más contento. La meditación es el camino en realidad para estar yo más contento. Si aprendo a hacer silencio interior, a callar y dejar que el alma repose y se calme. Me gustaría meditar más, guardar silencio, contemplar mi vida en silencio y agradecer. La meditación se convierte así en una herramienta fundamental para tener paz en mi vida. Así logro detenerme en el momento presente y abrazar mi realidad. Comenta el Papa Francisco: «Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción (Laudato si, 191) y aprender a comprender y a contemplar la naturaleza. Y reconectarnos con nuestro entorno real». Aprender a meditar cada día es un ejercicio tan valioso como el ejercicio físico. Me detengo y contemplo. Abrazo el momento y no lo dejo ir, lo retengo amándolo. Meditar me ayuda a calmar mis prisas y ralentiza mis pasos apresurados. Es un don de Dios cada día. El quinto pilar son las personas. La serotonina se desarrolla cuando tengo relaciones sanas, vínculos profundos. Cuando vivo en paz con los que me rodean y tengo una comunidad donde me siento en paz, en casa. Los vínculos que tengo son los que me sostienen y me dan alegría. Cuidar esos vínculos me ayuda a cuidar un pilar fundamental para tener una vida sana y ordenada. Otro pilar tiene que ver con encontrar un sentido a mi vida. Definir hacia dónde voy, qué quiero hacer con mis pasos, cómo quiero vivir mis días. El ideal que duerme en mi corazón es el que me hace vivir con un sentido, en búsqueda. No soy un caminante sin rumbo, soy más bien un peregrino que recorre su vida yendo hacia Dios. Como leía el otro día: «No volvemos la espalda al ideal, no lo decoloramos ni lo falseamos sino que dejamos que se irradie cada día de nuevo en nuestra alma, con la fuerza de su luz y su calor de modo que podamos decir, con el salmista: Dixi, nunc coepi, es decir: Dije: ahora, comienzo. Conservamos el ánimo para comenzar cada día de nuevo con dinamismo juvenil y extender los brazos hacia las estrellas»[1]. El ideal que marca la dirección de mis pasos es el que me ayuda cada mañana a levantarme. Me da paz saber que tengo una misión que cumplir en mi vida, que todo lo que hago tiene un sentido que me trasciende. Que dejo sembradas en esta tierra semillas de eternidad. Sé que nada de lo que haga se perderá si lo hago buscando una razón. Un motivo para seguir viviendo y luchando. Cuando haya caído, me levantaré y diré con fuerza: nunc coepi, ahora empiezo. «Cuando hay una ilusión en el horizonte, se llega más rápido a él»[2]. Esto es muy cierto. Cuando camino mirando un horizonte ilusionante, los días pasan muy rápido y corro hacia la meta. Los ideales tengo que cuidarlos, alimentarlos y dejar que enciendan mi corazón y lo llenen de vida.
La incertidumbre del futuro es la mayor certeza que tengo. Es incierto lo que viene y no puedo controlar lo incontrolable. A veces quiero tener el control de todo y sufro. Me angustio al pensar que las cosas no saldrán como yo espero. Brota la ansiedad, pierdo la paz y camino inquieto buscando el reposo. El otro día leía: «No había dicho que, durante mi infancia católica, yo no había conocido la angustia, y que la había descubierto en el momento en que perdí a Dios. No había dicho que, desde entonces, la angustia me acompaña siempre, que tiene la forma de una bola alojada en la garganta, una esfera como la esfera infinita o espantosa de Pascal, aquella cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. No había dicho que ese objeto indescifrable, que a veces ocupa tanto espacio que apenas permite respirar, es el engendro que me impele a escribir, que escribo para destruirlo, para arrancármelo de la garganta y librarme de él, para disolverlo o pulverizarlo con palabras y regresar a la víspera venturosa de la angustia, cosa que solo consigo en ciertos momentos mágicos, antes de que el engendro regrese, íntimo y puntual. No había dicho que esa esfera ocupa dentro de mí un espacio tangible y que ese espacio tangible es una ausencia tangible y que esa ausencia tangible es la ausencia de Dios»[3]. Creo que tener a Dios dentro de mí saca esa bola de angustia que se me instala cada vez que me pierdo. Cuando me busco fuera de mi centro. Cuando espero que alguien lejano a mí me dé respuestas imposibles que no espero encontrar nunca. Y al no haber respuestas, las preguntas se vuelven acuciantes cuando falta Dios. Cuando su ausencia se hace fuerte dentro de mí es cuando necesito creer, tener más fe, caminar más seguro y confiado. ¿Qué es el miedo al futuro sino la duda de si existirá al fin un Dios infinito, imposible, eterno que es capaz de abrazar mi nada para llenar mi vacío con su todo? ¿No son acasos las dudas y los miedos la expresión más clara de mi pobreza interior, de mi vacío y de mi soledad más tenebrosa? ¿Acaso pienso que podré darles respuesta a todos los miedos que habitan dentro de mí y resolver cada una de las preguntas que me hice un día y me sigo haciendo? Ya no tiemblo tanto por el miedo sino por la soledad que me hace temblar de frío. La soledad que deja abierta en mí Dios cuando lo pierdo, cuando me pierdo, cuando me alejo de Él siguiendo caminos que desconozco. Ante el futuro incierto necesito un asidero, una cuerda de la que sostener mi propia valía, mi alma inquieta. Y es que todo puede estar dentro de mí, en mi cabeza, en mi corazón inquieto. «No sabemos adónde vamos, no sabemos qué va a pasar, pero nadie puede quitarte lo que pones en tu mente»[4]. Ante lo que tanto temo, sonrío. Los miedos no pueden tener poder sobre mí. Mi mente es maravillosa y puede hacer cosas maravillosas. Puedo darme la orden de poner orden, de pedir la paz. Puedo pensar en positivo, mantenerme digno, leal, alegre. Y es que mis peores miedos pueden ser ridículos, necesito reírme de ellos para descubrir que Dios es mi único asidero, el que me salva de todo lo que me hace mal. Los miedos no tienen tanto poder. Mi mente les da fuerza, los configura, y hace que se adentren en mi interior echando fieras raíces que me quitan la alegría, la esperanza y la paz más honda. En ese momento en el que mi mente se deja llevar por ese temor terrible al fracaso, a la muerte, el único pensamiento de dolor se vuelve obsesivo. Y surgen en mi cabeza los imposibles. Y si lo hubiera hecho de otra manera… y si hubiera tenido éxito en mi anterior trabajo… y si esta relación hubiera sido distinta… y si hubiera tomado otras decisiones. El miedo al futuro se mezcla con la angustia por el pasado ya insuperable. Porque el ayer no vuelve, sólo pesa. Y a veces su peso es excesivo. Pero no puedo cerrar el pasado bajo una losa como si no existiera. «Intenté borrar mis recuerdos del pasado. Pensé que era cuestión de supervivencia. Únicamente después de muchos años llegué a entender que huir no cura el dolor. Lo empeora»[5]. El dolor no se cura tapándolo, ocultándolo o negándolo. Es parte esencial de mi presente y la condición que determina mi futuro. No estoy obligado a hacer las cosas mal. Ni siquiera obligado a repetir fracasos. No se va a derrumbar mi vida por no conseguir lo que he querido siempre. Mis ideales son fuerzas interiores que me levantan por encima de todos mis miedos, también de los más poderosos. En mis vacíos tiene que estar Dios. Igual que mi pasado tengo que ponerlo en sus manos para poder caminar más ligero, más tranquilo, más libre. Porque la libertad ante el futuro que no controlo es lo que hace posible que todo resulte de la mejor manera. No tiemblo, sonrío. La soledad con Dios es compañía. Y su amor es un abrazo que calma todas mis angustias. No puedo vivir con muchas certezas. Mañana mismo puedo morir y dejar esta vida. Yo no decido que pasará cuando despierte. Sólo Dios tiene en sus manos mi vida entera. Saber que Él puede ser el centro de todo lo que hago, me calma.
Quisiera ser fiel a mí mismo, a mi originalidad. Fiel a esa semilla única que Dios ha sembrado en mi alma. «No queremos abandonar nuestra individualidad, el cuño que por naturaleza caracteriza nuestro ser y actuar. No debemos moldearnos todos según la misma horma; no debemos ser simplemente la imitación de un modelo; no debemos ser una copia, sino que cada uno de nosotros debe ser un original»[6]. Para ser original tengo que saber qué es lo que hay en mí que es diferente a lo que otros tienen. No quiero abandonar mi individualidad, el cuño que por naturaleza caracteriza mi ser y actuar. No debo moldearme según la misma horma. A veces parece que todos nacemos originales y acabamos siento copias. No quiero ser simplemente la imitación de un modelo. No tengo que ser una copia, sino un original. La certeza que me acompaña es que soy único, así me ha creado Dios. Ha puesto en mi interior una chispa irrepetible, un modo de mirar, de sentir, de amar, que nadie más posee. La mayor pobreza sería vivir toda la vida tratando de ser como los demás, reprimiendo la voz interior que me llama a ser auténtico. Hay en mi interior una voz propia, un canto único, una llamada original que tengo que descubrir y luchar para que se plasme en mi vida. Dios no ha creado moldes, ni copias. Ha diversificado su amor y ha creado seres originales, únicos, bellos en su verdad. No es fácil tomar conciencia de esta realidad. A menudo me miro y no me gusta lo que veo. No siento que mi originalidad sea tan valiosa. Veo a mi alrededor a personas que son mejores, más brillantes, tienen más luz y me siento abrumado. Yo no soy así. No me veo valioso ni bello. Esa mirada negativa sobre mi vida no surge de mi corazón. Más bien tiene que ver con mi historia. Me reflejo en los demás y veo cómo me tratan. Si de pequeño no me sentí querido, me rechazaron, no me valoraron o me criticaron continuamente se fue anidando en mi corazón un sentimiento profundo de baja autoestima. No me querían y yo, como consecuencia, tampoco me quise tanto. No admiraba mi físico, ni mi inteligencia, ni mi verdad. Me comparaba continuamente y veía que los demás eran más valorados y queridos que yo. Cuando eso sucede se me nubla la vista y soy incapaz de ver algo bueno dentro de mí. ¿Qué pasa si mi originalidad no gusta? ¿Qué sucede si, siendo yo mismo, auténtico, sin maquillaje la gente me evita y huye? No lo sé, yo creo que la autenticidad siempre atrae. Las personas conscientes, originales y fieles a sí mismas son atractivas. Los que no atraen son los que siempre intentan caer bien y se mimetizan con el ambiente, como los camaleones. Los originales, puede que me cuesten a veces o que no coincida con ellos, pero puedo agradecerles que son fieles a sí mismos. No claudican, no engañan, no se esconden, no intentan copiar a otros. Los que imitan no lo hacen perfecto y siempre parece que están intentando ser como otros. Cuando yo empecé a predicar tenía un párroco que predicaba muy bien. Cautivaba con su don de palabra y sin duda el Espíritu Santo lo iluminaba. Tuve la tentación de imitarle en aquellos mis primeros días de cura. Era fácil imitar a otro que lo hacía tan bien. Seguro que así triunfaría. Pero gracias a Dios no lo hice. Ya no sé si porque me di cuenta del error o porque pensé que me iban a descubrir imitando, y eso sería mucho peor, más vergonzoso. Porque no hay nada más triste que ver a una persona imitando a otra. Uno siente que al que imita le falta personalidad. Y al final, por imitar, lo pierde todo. Quiero ser siempre yo mismo, incluso en esos momentos en los que me avergüenzo de mi pecado, de mi fragilidad. En esa situación en la que me descubro lejos del ideal que anhelo, del sueño que llevo en mi alma. También entonces, caído y roto, tengo que seguir siendo fiel a mí mismo, a mi ideal, a mi yo auténtico, a mi belleza escondida, a mi fealdad aparente. La originalidad es un don sagrado que tengo que custodiar, para que no se me pierda por el camino. Decía el P. Kentenich: En el fondo, la pedagogía de los ideales personales es una pedagogía de la identidad. Apunta a la libertad, a la madurez, a la independencia y al pleno desarrollo del hombre. La meta es: en libertad, ser plenamente hombres»[7]. Se trata de descubrir mi identidad, saber quién soy yo sin maquillaje, sin máscaras, sin esconderme detrás de ningún disfraz. Yo mismo tal como fui amado por Dios desde que me dio la vida. Respetando su querer, sabiendo que me hizo como soy, con todos los riesgos que puede esconder mi forma de ser. Me soñó perfecto a sus ojos en medio de esas imperfecciones mías que tanto me duelen y me asustan. Porque me desconozco en ellas. Porque sé cómo soy en realidad, puro, niño, frágil, hijo de Dios, alegre, inocente, soñador, apasionado, veraz. Así me creó Dios y eso me alegra y no quiero nunca esconder, bajo fachadas de aparente perfección, la verdad que dejó escondida en mi alma.
Las expectativas forman parte de mi camino. Me despierta más alegría un regalo envuelto en su papel de regalo que el regalo mismo. Un paquete de Amazon antes de que lo abran. Antes de un viaje me lleno de alegría y emoción. Tengo expectativas, sueño, espero, anhelo. Deseo llegar a lo alto de una cumbre cuando me encuentro al pie de la montaña. Anhelo ser lo que todavía no soy. Y saludo al en el espejo al que es y todavía no llega a ser. La realidad y la expectativa no suelen coincidir. Lo que es no coincide siempre con lo que un día será. Por eso la vida se vive en presente y es tan difícil encararla. El presente tiene la fuerza de una losa que pesa sobre mi espalda. En presente amo y me decido a amar toda la vida. Sabiendo que lo único que puedo hacer es amar en este momento, ahora mismo, no más tarde. No sé si amaré toda la vida, si lograré mis objetivos. Sólo un paso. Como cuando voy al gimnasio y me fijo en el musculoso que está a mi lado. Expectativa versus realidad. Tal vez, por mucho que me esfuerce, no llegaré a tener ese estado físico. O no lograré ser fiel siempre aun cuando me lo proponga ahora mismo, en presente. Pero el sí de ahora me da alegría. La victoria de hoy no me asegura la de mañana. No puedo vivir de mi pasado para ganar el siguiente partido. Ni depender de lo ya amado para seguir amando. Aun así cargo en una mochila todos los resentimientos que he ido acumulando. Todas las decepciones y todos los vacíos que me entristecen. No me importa, no dejo de confiar en lo que pueda hacer mañana. Hay una actitud positiva que me engrandece o al menos saca lo mejor de mí. Es la tolerancia a la frustración. No puede ser que por una caída, un tropiezo, tire por tierra todo lo construido. No puede ser que la ira, la violencia, los gritos, los golpes se me escapen cada vez que la realidad no coincida con mis sueños, con mis expectativas, sean estas justificadas o no. Lo cierto es que seré más maduro cuando tenga más tolerancia a la frustración. Tolere mejor que las cosas no salgan de la mejor manera. Y actúe con paciencia y buen ánimo. Deseo tener corazón sosegado, una actitud serena, una mirada tranquila sobre la vida que me rodea. Quiero tener expectativas porque me animan, antes de abrir un regalo, antes de un viaje, antes de ponerme a trabajar en la empresa de mi vida, antes de darle el sí a la persona amada para siempre, antes de que nazca el hijo fruto de un amor puro y grande. Expectativas versus realidad. Los sueños que me dan alegría y luego la perseverancia. Cuando no salgan las cosas, cuando me frustre. ¿Qué pasa si no me gusta el regalo, el viaje o el proyecto se viene abajo pese a todo mi esfuerzo por sacarlo adelante? No importa, seguiré luchando. Eso lo tengo claro, nadie puede tener control sobre mis emociones, no puedo darle a los demás el poder para hacerme sentir triste, agobiado, angustiado. La realidad no puede llevarme a la desesperación. Quiero tener más fe y creer que las cosas pueden ser mucho mejor de lo que son. Yo puedo ser mejor, el mundo puede ser mejor, la vida puede ser mejor. Y mientras no se haga realidad lo que sueño no dejaré de correr, de trabajar, de esperar, de construir. Las ilusiones llenan mi corazón después de cada derrota. El otro día leía: «Detrás del amor se esconde mi carne, detrás de mis sueños toda mi pobreza. Oculta en los vientos se esconde mi tierra. Y quiero llegar donde alcanzan mis sueños, allí donde el cielo es tan real y la vida tan plena. Sé que si confío Dios, Él hará milagros, cambiará mi mirada. Y seré más niño, más pleno, más alegre y pobre. Desposeído de todo y lleno de lo más santo». Porque así es como quiero vivir, confiando, no dejando que el desánimo me invada y las lágrimas aneguen mis ojos. Confío en que detrás de la noche viene la luz del amanecer. Y detrás de una pérdida nacerá un nuevo amor más grande. Sé que, haga lo que haga, no puedo dejar de ser humano, misericordioso y confiado. No puedo dejar de vivir como Dios quiere, haciendo realidad sus planes, viviéndolos en presente. La realidad es poderosa pero los sueños tienen en su interior escondida la semilla de la inmortalidad. Cuando decaiga el día y me sienta cansado, cuando me frustre y tema dejar de tolerar esa frustración, en esos momentos en los que me sienta más vulnerable y vea que la soledad oprime mi pecho, alzaré la mirada y confiaré en el cielo. Dejaré de inventarme mares que no existen. Escribiré en el alma lo que he deseado. Esperaré, tendré expectativas, amaré en presente queriendo que el amor sea eterno, porque ser amado es algo inmerecido y amar de forma incondicional me parece sólo una quimera. Sueño con llegar más lejos, con volar más alto. Y los días que pasan no me dejarán herido. No me detendré más de lo necesario a llorar mis pérdidas. Lloraré eso sí, porque soy humano y amo la vida hasta lo más profundo, pero luego miraré al cielo confiado. Es mi verdadera morada, la definitiva, la que me da esperanza cada mañana. Para seguir luchando, contra todo, contra todos, por encima de mis miedos y mi inmadurez para aceptar que la realidad no siempre sea la que yo esperaba.
La gratitud es una actitud fundamental del alma. Ser agradecido es un don de Dios en mi vida. A menudo me quejo porque las cosas no resultan como yo quería. Esa queja me vuelve una persona amargada que continuamente ve lo malo que le sucede. Se fija en los problemas y no valora las soluciones. Cuando aprendo a ver lo malo no soy capaz de agradecer por lo bueno. Me fijo en lo que me falta y no logro mirar mi vida con alegría. No he conseguido lo que otros tienen. Me quejo. No me tratan como esperaba que lo hicieran, me cierro. Dejo de interesarme en esos temas en los que no soy valorado. Doy por evidente que me traten bien y respeten mi vida, mis tiempos, mis pasos. Me creo con derecho a ser tomado en cuenta y a que me den lo que creo que me corresponde. Esa actitud es muy común. Hoy es muy habitual que me crea con derecho a ciertas cosas. Derecho a ser amado, tomado en cuenta, valorado. Y las grandes heridas en mi alma suceden cuando no me siento valorado, querido, respetado. En esos momentos siento que la vida es injusta. Y ni siquiera hace falta que alguien me rechace de verdad. Basta con que yo lo perciba así. Creo que merecía más y me dieron poco. No me tomaron tan en cuenta, no me consultaron. El resentimiento por esa herida de valoración, por ese rechazo, se instala en mi alma. Entonces ya no soy capaz de ver lo bueno de mi vida, porque me he quedado en lo malo. Lo que no tengo, lo que me falta. El egipcio Naamán tenía lepra. Y va a ver a un profeta muy famoso por sus obras. Cuando le pide que se bañe en el río Jordán no da crédito. En su tierra hay ríos mejores. Y piensa que debería haber bajado el profeta en persona a curarlo. Tenía derecho a ese trato porque él era muy importante. En un principio se niega a obedecerle pero al final le hace caso. Era sencillo lo que le pedía. Se bañó siete veces en el río y quedó sano: «En aquellos días, el sirio Naamán, bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio». Creyó en el profeta, hizo algo sencillo y recibió un don inmerecido. Lo mismo les pasó a los leprosos que se encontraron con Jesús: «Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios». La lepra era una enfermedad que traía acarreada la exclusión social. El que padecía esta enfermedad era apartado del mundo, de su grupo, de su familia. Porque era una enfermedad muy contagiosa. La lepra hoy son otras enfermedades u otras formas de vivir. También traen consigo el rechazo y la soledad. Los que padecen la lepra suplican la sanación, porque sin ella quedarán marginados para siempre. Quieren tener una vida integrada en este mundo. No quieren vivir aislados. No hay nada peor que el aislamiento y la soledad impuesta. Y eso sucede cuando no pertenezco a un grupo, cuando nadie me acepta, cuando soy un paria que no tiene un hogar en el que descansar y sentirse en casa. El mal de la soledad está muy presente en este mundo. ¡Cuántas personas viven solas, sin vínculos profundos, sin pareja, sin hijos, sin familia, sin hogar! La falta de hogar es la enfermedad de este tiempo. Con todas las enfermedades que esa soledad puede traer consigo. «La soledad es una herida muy dolorosa, y está sometida a menudo a la no comprensión y al descuido por su parte»[8]. No tener a nadie es en realidad un drama muy común. La no pertenencia, el aislamiento. Cuando uno se siente solo a menudo se acumula en el alma el resentimiento y el dolor, no la gratitud. Porque el corazón agradecido es el que ve lo bueno que le pasa y no considera que sea un derecho, sino un don, un regalo caído del cielo. Algo gratuito que recibo y por lo que no he pagado nada. Hay personas agradecidas como Naamán: «Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: – Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo. Pero Eliseo respondió: – Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada. Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó. Naamán dijo entonces: – Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor». Las personas agradecidas son más felices. Ven que la botella está medio llena. Dan gracias por todo lo que tienen porque mañana pueden no poseerlo. No viven quejándose por lo que les falta sino dando gracias por lo que ya han conseguido, por lo que han conquistado. Esa actitud ensancha el alma y permite que pueda sonreír con paz. Porque no vivo exigiéndoles a los demás que se comporten de una determinada manera. No les exijo que me traten mejor de lo que lo hacen. Simplemente doy gracias al cielo por todo lo bueno que me sucede, por las cosas buenas que me pasan.
Quisiera agradecer incluso por las cosas malas que me suceden. Ser capaz de agradecerle a Dios por esas cosas que hirieron mi inocencia y me marcaron. La huella del fracaso, del desprecio, del olvido. Soy el que soy gracias también a todo lo que salió mal en mi vida. A todos los que me hirieron con intención o sin quererlo. Agradecer por lo que me duele es incluso un paso más en mi crecimiento, en mi maduración. Me vuelvo más tranquilo cuando veo que Dios ha estado presente en medio de mis noches más oscuras. Y le agradezco, Él no me ha mandado nada, pero ha permitido en mi vida incluso aquello que quise que no sucediera. Le rogué de rodillas y supliqué por un milagro. No sucedió. Agradecer incluso por eso es el verdadero milagro. Algo tengo claro, Dios siempre permanece a mi lado: «Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo». Dios es siempre fiel aun cuando yo caiga y sea infiel. Dios siempre me agradece, me mira con misericordia, y da gracias por mi vida. Y espera, como Jesús hoy, que yo le dé gracias: «Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: – ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: – Levántate, vete; tu fe te ha salvado». Sólo un samaritano regresa. Un solo hombre y además extranjero. Aquel del que se podía esperar menos. Ese hombre vuelve y agradece porque estaba enfermo y ahora está limpio, porque estaba solo y ahora pertenecerá a una comunidad. Los otros nueve no aparecieron. Se fueron felices sin dar las gracias. Y es que a veces, cuando me van bien las cosas, no busco a Dios, no le agradezco por el bien que hay en mi vida, por las cosas bonitas que me suceden, por la abundancia y el éxito. Sólo cuando me va mal, cuando las cosas no funcionan como yo esperaba, es cuando suplico misericordia y le pido que suceda un milagro. Los agradecidos vuelven a dar gracias, no pasan de largo cuando han recibido un don en sus vidas. Cuando han visto el cielo abierto después de la tormenta. Cuando la vida les sonríe y todo se vuelve bello. Dar las gracias es algo sencillo. Supone mirar a los ojos de aquel al que estoy agradecido y decirle gracias, con sinceridad, desde lo más hondo del alma. Y es que el que agradece es porque ha experimentado la gratuidad en su vida. Sabe que nadie le debe nada. Ha tocado el amor de Dios y la misericordia. Ha visto la abundancia y la escasez. No siente que tenga derechos adquiridos. Sólo puede agradecer por lo que ha recibido como un don. Gratuidad y agradecimiento van de la mano. No todo tiene su precio. Hay muchas cosas que se reciben como un don, sin merecerlas. Desde que me levanto enumero cuántos motivos tengo para dar las gracias al final del día. Es un ejercicio sanador para el alma. No es nada evidente que tenga lo que poseo y pueda hacer lo que hago. He rezado en el salmo esa experiencia del hombre que mira a Dios agradecido: «El Señor revela a las naciones su salvación. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia. Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad». Alabar a Dios por las cosas que me suceden es un ejercicio sanador. Dios puede hacer milagros en mi vida y los hace, y son muchos. Y ante ellos yo sólo puedo volver a Dios al final del día para darle las gracias. ¿Qué he recibido en mi vida sin merecerlo? ¿Acaso merezco el amor de todos los que me aman? ¿Merezco algo de esta vida que vivo? Dios es misericordioso y me mira con esa mirada compasiva. Me levanta de mi barro y me muestra el camino que tengo que seguir. Así es Dios que me ama y me busca siempre. Nunca me va a dejar caer. Cuando hago la alianza de amor con María puedo estar seguro de una cosa, Ella siempre es fiel, no se olvida de mí y se va a preocupar de que llegue a un buen puerto, a una meta que colme mis anhelos. Quiero agradecerle a Dios por mi historia, por mi presente, por el futuro que guarda en su corazón de Padre. No tengo miedo porque su amor es mucho más fuerte que el odio que abunda en este mundo. La gratuidad en mi vida es una experiencia sanadora que tengo que recordar cada día. Y el agradecimiento es una actitud de vida que me hace mejor persona y saca de los demás lo mejor. Vuelvo, como ese leproso curado, a darle las gracias a Dios por todos sus bienes inmerecidos.
[1] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos.
[2] El hijo del Reich, Rafael Tarradas Bultó
[3] El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas
[4] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz
[5] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz
[6] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos.
[7] King, Herbert. King Nº 5 Textos Pedagógicos.
[8] Nouwen, El Sanador herido