Evangelio según san Lucas 14, 1-6
Viernes de la semana 30 del tiempo ordinario.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Delante de Él había un hombre enfermo de hidropesía. Jesús preguntó a los doctores de la Ley y a los fariseos: “¿Está permitido sanar en sábado o no?” Pero ellos guardaron silencio. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo sanó y lo despidió. Y volviéndose hacia ellos, les dijo: “Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?” A esto no pudieron responder nada.
Meditación de Alejandra Castelblanco Moreira
“¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?”
Jesús parece decirnos: priorizar, esa es la invitación que les hago hoy. Es decir, si hay dos situaciones que requieren de su atención, la prioridad la tiene la persona, el otro, el prójimo. En la parábola del buen samaritano, se grafica muy bien este episodio. Pasan varios personajes, pero no se inmutan al ver al mal herido, con excusas insignificantes frente a salvar a un hombre. Es mejor que estés dispuesto a ayudar en vez de cumplir una serie de ritos que, aunque sean buenos, dejan de importar frente a una vida o una persona que los necesita.
Hace un par de meses me tocó conversar con los niños de primero básico, la parábola del buen samaritano. Los niños son tan “sanos”, no podían creer que nadie ayudara al pobre hombre y decían: “yo lo habría ayudado sin pensarlo”. Yo tuve la misma sensación cuando era más chica, sin embargo, he pasado miles de veces de largo: no he llevado personas que caminan, no he escuchado a personas que me resultan difíciles, no he llamado al que necesita compañía…en fin muchas oportunidades en que ni siquiera era tan difícil ayudar, pero me ganó el egoísmo.
Querido Señor: gracias por enseñarme a priorizar, por ayudarme a discernir, qué es lo más importante. Te pido fuerza de voluntad y valentía para llevar a cabo la acción que corresponda, desde la más sencilla a la más compleja. Gracias por tu cercanía y sabiduría para enseñarnos con tu ejemplo cómo vive un hijo de Dios. Que no me olvide revisar día a día, mi relación contigo, con la naturaleza, conmigo mismo y con los otros. Que siempre tenga presente el mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” AMÉN