Evangelio según san Jn 20, 24-29
Viernes de la semana 13 del tiempo común
Santo Tomás, apóstol
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto.»
«¡Señor mío y Dios mío!»
Meditación de Alejandra Castelblanco Moreira
Jesús pareciera decir: Tomás reconoce que soy su Señor al tocar mis heridas. Hoy los invito a cada uno a hacer lo mismo: vengan, acérquense toquen mis heridas para que puedan decir con la misma claridad que Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Mis heridas son la soledad, la pobreza, la desesperanza, la falta de comunicación, el orgullo, el egoísmo, la incomprensión…y tantas más que no acabaría de nombrarlas. Hoy te pido que te acerques a una de ellas, tócala y descúbreme para que sanes esa herida y puedas avanzar en este camino hacia el Padre.
Esta frase que repetimos cada vez que el Padre consagra el pan y el vino en la misa, me encanta. Es reconocer que Jesús está verdaderamente en ese pedazo de pan y en ese cáliz. Me queda grande este misterio, pero repetir la frase, me ayuda a descubrir un poquito más este gran regalo. La invitación de hoy es concreta, es acercarse al sufrimiento, es reconocer las heridas de Jesús en los otros para poder descubrir ahí su rostro. Creo que voy a escoger la incomprensión, voy a acercarme a ese que no comprendo tanto para ver qué acercamiento se puede producir.
Querido Señor: gracias por tu invitación tan concreta y reveladora. Ayúdame a acercarme con más fe a la eucaristía y también a las heridas de este mundo que están grabadas en las llagas de Jesús crucificado. Permite que, al tocarlas, te reconozca, te abrace y pueda decir como santo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Gracias por estar siempre en el pan y el vino consagrados. Que sean mi fuerza y mi refugio para fortalecer mi relación contigo y tu santa Madre. AMÉN