Evangelio según san Mc 11, 27-33

Sábado de la octava semana del tiempo ordinario

 

 

Volvieron a Jerusalén, y mientras Jesús estaba caminando por el Templo, se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías, y le preguntaron: «¿Con qué derecho has actuado de esa forma? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que haces?» Jesús les contestó: «Les voy a hacer yo a ustedes una sola pregunta, y si me contestan, les diré con qué derecho hago lo que hago. Háblenme del bautismo de Juan. Este asunto ¿venía de Dios o era cosa de los hombres? Ellos comentaron entre sí: «Si decimos que este asunto era obra de Dios, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron?» Pero tampoco podían decir delante del pueblo que era cosa de hombres, porque todos consideraban a Juan como un profeta. Por eso respondieron a Jesús: «No lo sabemos.» Y Jesús les contestó: «Entonces tampoco yo les diré con qué autoridad hago estas cosas.»

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

 “¿Con qué autoridad?”

 

Jesús me quiere decir en este evangelio: “Tú caes en lo mismo que los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: huyes de entregar respuestas definitivas. Pareciera que quieres quedar bien con todos. Hoy te invito a dar respuestas contundentes a mis preguntas, que no son fáciles: ¿De dónde viene el bautismo del Bautista? ¿Quién dice la gente que soy Yo? ¿Quién de los personajes de la parábola del samaritano es el prójimo? ¿Crees ahora que ya has visto mis llagas? ¿Me amas más que estos otros?”

 

Me incomoda este texto. Me siento inconsecuente y flojo. Veo que no he sido suficientemente decidido. Cuando la Providencia me enfrenta con estas preguntas fundamentales, yo no he sido capaz de dar respuestas fundamentadas. Me avergüenzo y me siento culpable. Veo que Jesús me invita a abrazarlo con más radicalidad. Me siento llamado a reconocer que la solidez de mi respuesta es el primer paso, y que, en el segundo paso, que es la parte más concreta, no estaré solo, pues Él estará a mi lado. Jesús, en este evangelio, me invita a poner mi pequeña parte para que Él, por cariño y misericordia, obre grandes cosas en mí.

 

Jesús, quiero darte una respuesta unívoca: el bautismo de Juan es del cielo. Y el mío también. Y mi confirmación, mi comunión, mi reconciliación y mi matrimonio también vienen del cielo. No son un constructo social vacío. Por el contrario: ¡son signos sensibles de tu gracia inmensa! Tú eres el mesías, el Hijo del Dios Vivo. El samaritano que sirvió al viajero es el prójimo, no así el sacerdote y el levita. Creo en Ti, aun sin haber visto tus llagas y sin haber metido mi dedo en la herida de tu costado. Y, sobre todo, Tú sabes que te amo. Ven y llena mi vida vacía y cómoda, y regálame un encuentro profundo y personal contigo. AMÉN