Evangelio según Mt 20, 20-28
Sábado de la semana 16 del tiempo común
Santiago, apóstol
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo. «¿Qué quieres?», le preguntó Jesús. Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». «No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?». «Podemos», le respondieron. «Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre». Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
Meditación de Juan Enrique Coeymans Avaria
“El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes”
Pareciera que Jesús nos dice: “Mis palabras en esta escena y situación no fueron dichas solamente para mis discípulos, sino también para ustedes en estos tiempos. ¿Por qué Santiago y Juan pidieron ser primeros? Porque eran los discípulos con más formación y cultura, de lo cual ustedes se habrán dado cuenta viendo el evangelio de Juan, que es tan profundo. Esa es una tendencia de tener poder que anida muchas veces en el corazón de los más cultos. No caigan por eso ustedes también en la tentación del poder. Sean siempre humildes.”
Es fácil caer en esa tentación de Santiago y Juan: menospreciar a los que aparentemente saben menos que uno. El disponer de conocimientos y cultura nos lleva a mirar en menos a los que no tienen esas riquezas intelectuales. Y por eso hay que cuidarse de la soberbia: de sentirse más que los demás. Yo debo decirme permanentemente que detrás de toda persona, por sencilla que sea, hay una riqueza inmensa que reverenciar y servir. ¡Cuánto más justo y hermoso sería el mundo si hiciéramos caso a las palabras serias y solemnes de Jesús: servir silenciosamente a los demás!
Señor Jesús, gracias por tus enseñanzas tan sencillas y simples, pero tan revolucionarias en el fondo. El poder del amor a través del servicio a los otros nos cambia la vida y cambia el mundo. Te pido la gracia de mirar siempre con respeto y simplicidad a toda persona con la que me encuentre, y saber que en todo ser humano hay una aparición tuya para nuestras vidas. El antiguo dicho entre los cristianos debiera ser el lema que tendríamos que repetir para ser de verdad humildes: «viste a tu hermano, viste a Cristo”. Señor, bendito y alabado seas por tu amor y por la claridad que regalas a nuestras vidas. AMÉN