Evangelio según san Lc. 5, 27-32
Sábado del tiempo de cuaresma
Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?».
Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan».
Meditación de Gonzalo Manzano González
“De entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús”
Jesús parece decirme: Los seres humanos lidian constantemente con el sufrimiento. Esto tiene que ver con su pecado original, y por eso ellas dan a luz en medio del dolor y ellos deben trabajar arduamente para procurarse alimentos. Este sufrimiento es ineludible, incluso para aquellos que no tienen necesidades económicas, ya que ese sufrimiento se manifestará en necesidades básicas, sino en otras más espirituales, que son aún más difíciles de cubrir. Por eso es que quienes sufren me buscan más, porque quieren salir de ese sufrimiento. Parece obvio, pero requiere de un proceso de autoconocimiento que no es menor. Y Yo tengo predilección por ellos, porque no tienen Pastor.
Me llega muy profunda la necesidad de Leví, porque yo mismo me he sentido inmerso en esa misma necesidad. Estoy tan lejos de ser merecedor de su misericordia, y si bien puedo querer ser lo más cercano posible a Jesús, todos los días quedo al debe en mi búsqueda de darle alegrías a Dios. Y Él nuevamente, se acerca a los pecadores, llega a su casa y busca compartir con ellos. Viene a nuestro encuentro tal como lo hizo en casa de Leví, para que podamos encontrar la salvación de nuestras almas. Así, entiendo y reafirmo que jamás seremos merecedores de su misericordia, sino que ella llega gratuitamente de su Amor por nosotros. Solo debemos abrazarla.
Señor Jesús, te agradezco humildemente por esa misericordia que me das día a día, porque día a día te fallo y pierdo un sinfín de oportunidades para hacerte feliz. Soy de ese grupo de entre los muchos que te siguen, de ese grupo de pecadores que se sientan a la mesa contigo. No me importa lo que digan los fariseos y escribas, porque me urge mucho más obtener tu perdón y que hagas brillar tu rostro sobre mí. Creo que nunca lograré ser digno, pero si me acerco lo suficiente, quizás pueda tocar tu manto y pedir que sanes mi alma. Quizás solo eso sea suficiente para salir adelante en medio de este mundo, pero, sobre todo, de cara a la vida futura que quiero vivir a tu lado. AMÉN