Evangelio según San Mateo 12, 14 – 21 

Sábado de la XV semana del tiempo ordinario

 

Los fariseos se confabularon para buscar la forma de acabar con Jesús. Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Grandes multitudes lo siguieron, y los sanó a todos. Pero Él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: “Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre Él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre”.

 

Meditación de Gonzalo Manzano González

 

“No discutirá ni gritará”

 

Jesús parece decirme: El que tiene la razón no necesita alzar la voz. El que vocifera muchas veces es porque sabe que no puede convencer, porque sabe que su argumento no está bien. Cuando querían apedrear a la mujer adúltera, yo dibujé en el piso y esperé a que alguien tirara una piedra. No tiene sentido combatir el mal con mal. Solo en mi Cruz pude convertir la tortura en salvación. Yo mismo quise transformar algo así de malo en algo santo, y solo Yo puedo hacer eso. Hice triunfar la justicia y hoy las naciones ponen la esperanza en mi Nombre.

 

Ver esto en la historia de la Iglesia es algo impactante. Hablar de la sociedad occidental, de cómo el cristianismo ha permeado la cultura, la civilización occidental, parece no ser coincidencia. Creo que tiene todo que ver con ese triunfo de la Justicia de Dios sobre el mal del mundo, a lo largo de la historia. Si bien la misma Iglesia está lejos de ser infalible en toda su historia, negar la huella de Dios en su historia es como tapar el sol con un dedo. Al ver esto, cuestiono mi propia fe y veo que sale fortalecida por la evidencia de que Dios quiere que seamos santos a través de ella.

 

Señor Jesús, muchas de las cosas que enseñaste en los Evangelios me quedan grandes, me son muy difíciles de comprender y sobre todo de seguir. Quiero ser capaz de entender cada vez más cómo has querido que el ser humano se salve. Comprender cómo en medio de este mundo convulso y ensimismado podemos encontrarte si fuéramos capaces de despegar la vista de nuestro ombligo y levantarla para ver más allá de nosotros mismos. Madre Santa, no soy capaz de aprender esto solo, y si bien has puesto tu Santuario y sus gracias para guiarme, me cuesta ser un buen hijo tuyo. Repréndeme si lo ves necesario, para que vuelva a tu Hijo. AMÉN