Evangelio según san Lc. 18, 9-14

Sábado de la tercera semana de cuaresma.

 

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”

 

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

 

“Te doy gracias porque no soy como los demás”.

 

Hijos míos, ustedes los católicos, mis hijos, mis predilectos, ¡son tan inconsecuentes! Me duele cuando atacan al resto por las cosas que sienten que están bien asentadas. No importa por qué, pero siempre lo andan justificando todo lo que el resto no hace igual que ustedes: sus métodos anticonceptivos, las formas de rezar, la pobreza que les resulta incómoda y no combaten, el trato al trabajador que les parece flojo u ordinario. Déjense de reclamar, vean su pequeñez y corrijan. Trabajen, regálense, ofrezcan.

 

Los fariseos de la época de Jesús y los católicos practicantes del siglo XXI somos muy parecidos. Sabemos cosas, estudiamos, y muchas veces, tenemos la razón. Pero somos tremendamente soberbios, inconsecuentes y avasalladores con el resto. Hoy día me dolió mucho escuchar en la radio una canción que decía que la mayor mafia de Italia está en el Vaticano. No porque lo crea, sino porque detrás de esta frase, hay un rechazo a nuestra inconsecuencia, que sí es verdadera. La sociedad nos ataca con despecho porque no hemos entregado con piedad y sencillez la verdad que sí tenemos.

 

Señor, regálanos ser capaces de agradecer cuando tenemos la verdad, y discernir entre lo bueno y lo malo; pero que este saber no nos haga soberbios. Que esa misma verdad que nos ilumina los pecados del mundo nos haga conscientes de nuestras propias falencias, y sobre todo, de la misericordia que tienes con nosotros. Ponnos al servicio de los tuyos, haznos pequeños, y enséñanos a reconocerte como Padre Bueno. AMÉN