Evangelio según san Lucas 6, 43-49

Sábado de la semana XXIII del tiempo ordinario

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

 

Jesús decía a sus discípulos: No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla su boca. ¿Por qué ustedes me llaman: «Señor, Señor», y no hacen lo que les digo? Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la inundación, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida. En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.

 

Meditación de Gonzalo Manzano González

 

“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón”

 

Jesús parece decirme: En el corazón de todo ser humano hay un enorme tesoro de bondad. Ese es un regalo que como Trinidad hemos querido entregarles de entrada, cuando son concebidos en el vientre de sus madres. Por eso todo niño es bueno, inocente, nace ignorante y abandonado por completo en las manos de sus padres. Es porque ese tesoro es un capital con el que todos ustedes comenzaron sus vidas. Y a cada paso que dan, sobre todo cuando ya dejan de ser “niños infantiles” y pasan a ser nuestros “niños adultos”, ustedes pueden ir gastando ese tesoro (perdiéndolo) o invertirlo en obtener más bondad.

 

Cuando leo esta lectura, me alegra mucho la visión transparente que Cristo tiene de nosotros. Tengo la certeza que, en su amor infinito y gratuito por mí, sabe que puedo meter la pata y perder ese capital de bondad que Él me ha regalado, pero no pierde la fe en que puedo recuperar parte de ese tesoro que pude haber perdido. Y luego cuando logro hacer que se sienta orgulloso de mí, como cuando un padre ve a su hijo conquistar una dificultad, llego a sentir cómo mi corazón vuelve a llenarse y a expandirse porque se repleta de la bondad, que es Cristo mismo. Me encanta poder experimentar eso, y es una muy buena motivación.

 

Señor Jesús, hoy te agradezco por ese capital de amor y bondad que has puesto en mi corazón. Es tanto tesoro como brújula para encontrar hacia dónde debo caminar. Sé que a veces me pierdo, a veces con y otras sin intención, pero siempre logro reconocer -tarde o temprano- que debo corregir. Ahí, la Confesión es un bálsamo para reabrir las puertas de mi corazón, para enmendar y recuperar parte de esa bondad que pude perder al tropezar. Te agradezco porque me has educado a lo largo de toda mi vida para poder reconocer estas cosas, y me has motivado a ser como niño ante Ti, reconociendo que sin Ti nada puedo. AMÉN