Evangelio según Mateo 9, 14-17
Sábado de la decimotercera semana del tiempo ordinario
Se acercaron los discípulos de Juan Bautista y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?” Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!”
Meditación de Francisco Bravo Collado
“… y entonces ayunarán”
Pareciera que Jesús me dice: “Ya pasó el momento en que el esposo está con ustedes. Por lo tanto: ¡Ayunar! ¡Practicar la templanza! ¡agere contra! No hay ninguna excusa para que te tomes tu autoformación a la ligera. Es importante… ¡es central! Bajo la protección de María, fórmate como una persona recia, libre y apostólica. Este es el imperativo del cual quiero que seas consciente, y no lo es meramente por el momento histórico en el que estás viviendo, sino que, en el caso tuyo, por tu historia personal. Hoy. Así que te invito a que te aprietes el cinturón y te tomes tu horario espiritual con seriedad y no le tengas miedo a ofrecer sacrificios heroicos”.
Me siento tremendamente interpelado. Siento vergüenza porque me he engañado a mí mismo durante mucho tiempo del ayuno y de la práctica ascética, diciéndome que podía ser vacía de sentido o poner el foco en lugares equivocados. Eso ha sido una excusa. Hoy mi libertad es frágil. Mi reciedumbre no es más que un amague para que los que me rodean me admiren; una máscara, un cascarón frágil. Jesús me llama a ser ‘de verdad’. Me llama a conquistar mi libertad. Entiendo a los apóstoles, que no vivían para el sábado. Pero hoy, en esta etapa de mi vida: cumplir con heroísmo.
Jesús, amigo y maestro, ¡gracias porque una y otra vez me invitas a lo más grande! Hoy quiero ofrecerte mi reciedumbre y mi capital de gracias para conquistar mi libertad. Perdón porque una y otra vez me dejo llevar por mis pasiones más básicas, y casi todos los días como sin medida ni tino, sin siquiera disfrutarlo, hasta quedar completamente superado por haber comido tanto. Regálame templanza. Enséñame a ser un hombre recio y generoso. Muéstrate a mí en la frugalidad y en lo prosaico. Te ofrezco mi ayuno alegre durante todo este lunes. Enséñame, en el ayuno, a saborear aquello que no soy capaz de percibir. AMÉN