Evangelio según san Marcos 3, 1-6

Miércoles de la segunda semana del tiempo ordinario

Santa Inés, virgen y mártir

 

En aquel tiempo entró Jesús otra vez en la sinagoga y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?» Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo». Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

 

Meditación de Osvaldo Iturriaga Berríos

 

“Echando una mirada de ira y dolido de su obstinación, Jesús le dijo”.

 

Siento como si el Señor me dijera “a lo largo de tu vida has sentido mi presencia, has visto mi mano actuando en tu vida. Has experimentado que la salvación que traigo a la humanidad no pasa por elevarte y castigar a tus enemigos; tampoco pasa por la seguridad material ni por el “éxito” ante otros, sino que por aprender a amar sin esperar nada a cambio, confiando en que Dios está presente. ¿Por qué te sigues esmerando en lo contrario? ¿Por qué buscas tu felicidad y tu plenitud en cosas que sabes que te dejarán vacío? Busca a Dios, confía en su amor, y todo el resto te será dado por añadidura”.

 

No es tan común relacionar a Jesús con la ira y el dolor hacia otros. Normalmente pensamos en Jesús paciente, comprensivo y compasivo. Pero pareciera que Jesús no tiene paciencia con la hipocresía, con la soberbia de sentirse autosuficiente o con el moralismo extremo que busca condenar a otro sin que me toque a mí. Me invita hoy a revisarme, a mí que tanto me duele justamente ver tanta división, tanto juicio condenatorio hacia el que piensa distinto, y recordar que el camino de Jesús es simplemente el amor, ese Amor con mayúscula que se sobrepone a cualquier límite y norma humana.

 

Señor, te pido la gracia de la humildad de saberme débil y necesitado de Ti. Que cada vez que mi ego, mis ganas de tener la razón o de ser reconocido me ganen, poder recordar que la única fuente verdadera de felicidad eres Tú, y que Tú tienes una historia con cada persona y que no soy nadie para juzgar. En este mundo tan convulsionado, quiero ser instrumento de tu amor y de tu paz, de ese amor y paz verdaderos que son fruto del servicio y no de la violencia, el castigo, las armas ni las amenazas. AMÉN