Evangelio según san Lc 7, 31-35
Miércoles de la semana 24 del tiempo común
Santos Cornelio, papa y Cipriano, obispo y mártires
En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.» Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijeron que estaba endemoniado; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Miren qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores.» Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»
Meditación de Osvaldo Iturriaga Berríos
“¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?”
Siento como si el Señor me quisiera decir: “qué difícil es que mi Palabra entre en tu corazón, si no estás dispuesto a recibirla sin poner condiciones. Si, en lugar de abrir el oído, te dedicas a racionalizarlo todo, a crear justificaciones; o si, en vez de tener una mirada pura, te llenas de juicios, o te arrogas una superioridad moral frente a otros, creyéndote dueño de la verdad; si, en definitiva, insistes en mirar el mundo con tus criterios en vez de los criterios del Padre, nunca podrás aprehender ni hacer vida realmente mi mensaje”.
Esta palabra me hace pensar fuertemente en esa costumbre tan arraigada en nuestra cultura actual, de desconfiar tanto del otro; de cerrarnos a escuchar a ese otro porque lo prejuzgamos, o porque algo en él no nos gusta. Cuántas veces me niego a ver a Dios manifestándose a través de las personas, o a Cristo presente en el otro, porque estoy lleno de juicios hacia esa persona, por su apariencia, su ideología, etc. Hoy el Señor me invita a tener los ojos abiertos para advertir su presencia, sobre todo a través de aquellos que menos me esperaría, y no olvidar que todos somos hermanos en Él.
Querido Señor, quiero poder salir del escepticismo y la desconfianza a los que me invita el mundo, y mirar con tus ojos, para poder notar el amor del Padre a cada paso que doy. Enséñame a vaciarme de mí mismo, a dejar los prejuicios que me impiden abrirme a aquellos que, por mi propio orgullo, juzgo en mi corazón. Te pido la humildad de saberme necesitado de tu amor, y la mansedumbre para poder ser instrumento de tu paz en estos tiempos de división. AMÉN