Evangelio según San Lucas 4, 38-44

Miércoles de la semana XXII del tiempo ordinario

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

 

Al salir de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos. Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y Él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. De muchos salían demonios, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero Él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías. Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero Él le dijo: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado”.

 

Querían retenerlo para que no se alejara de ellos”

 

Meditación de Osvaldo Iturriaga Berríos

 

Siento como si el Señor me dijera “Yo, que soy la Palabra que Dios envió al mundo, no fui enviado para ser guardado en un solo lugar, sino que para que todo el mundo pueda conocer al Padre a través mío. No soy propiedad de ningún grupo de privilegiados que puedan declarar “nosotros somos los únicos que conocemos la Verdad”, sino que me entrego de forma libre y gratuita a quien me quiera recibir. Por eso, si me has recibido en tu corazón, no debes dejar ese mensaje solo en ti, sino que compartirlo con otros”.

 

Muchas veces me pregunto cómo compartir a Jesús en esta época en la que relegamos cada vez más la fe a un ámbito íntimo y personal, o tal vez la compartimos con un grupo relativamente reducido de personas que comparten esa fe con nosotros. Creo que el Señor me invita, primero que nada, a llenarme de Él, ponerme en su presencia y pedirle que se quede conmigo, para luego poder anunciar su Buena Nueva con las acciones y palabras que emanen de esa cercanía con Él.

 

Querido Señor, gracias por el regalo de conocerte, de sentir tu amor en mi vida, pese a que no lo merezco y a pesar de todas mis inconsistencias y falta de perseverancia. Ayúdame a aferrarme a Ti, o no relegarte solamente a un rol secundario o para tener cierta “tranquilidad espiritual”, sino que realmente tu presencia y tu amor me traspasen, me conviertan y pueda ser un instrumento tuyo en el mundo a través de mis obras y palabras. AMÉN