Evangelio según Mateo 8, 28-34
Miércoles de la decimotercera semana del tiempo ordinario
Cuando Jesús llegó a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentamos antes de tiempo?” A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: “Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara”. Él les dijo: “Vayan”. Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron. Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.
“Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera”
Meditación de Osvaldo Iturriaga Berríos
Siento como si el Señor me dijera “todavía hay quienes prefieren no recibirme. El miedo a dejarse tocar, conmover y convertir por la Palabra de Dios es tan fuerte, que prefieren que me aleje. ¿Eres uno de ellos? ¿Prefieres acomodar mi imagen a tus propios intereses, ideología, tendencia política o incluso a tus miedos, para no dejarme entrar en ciertas áreas de tu vida? Yo tengo el poder de cambiar tu corazón y de expulsar los demonios que te atormentan y te quitan libertad, pero tienes que querer dejarme entrar por completo”.
Con tanta frecuencia me encuentro entre los extremos de, por un lado, querer seguir a Cristo y buscar la voluntad de Dios en mi vida con corazón sincero, y por otro lado, caer en debilidades, pecados o aferrarme a falsas seguridades que me impiden entregarme por completo. Me distraen, me alejan, me encierran en mí mismo, y me impiden tranquilizar el corazón para escuchar lo que Dios me quiere decir. Hoy el Señor me invita a confiar plenamente en Él, dejar que actúe en mí y que me libere de tantas cosas que me atan y me impiden vivir plenamente.
Señor, Tú conoces mi corazón mejor que nadie, incluso mejor que yo. Sabes que anhelo el encuentro contigo, pero mi orgullo, mi debilidad y mi comodidad una y otra vez me hacen poner límites a tu acción. Dame la humildad y la generosidad para dejarme transformar por Ti sin reparos ni miedos, sabiendo que mi mayor felicidad es hacer tu voluntad y construir tu Reino en este mundo. Ayúdame a buscarte en todas esas cosas que me hacen salir de mí mismo e ir al encuentro de otros. AMÉN