Evangelio según San Mateo 11, 20-24
Martes de la XV semana del tiempo ordinario
San Buenaventura. Obispo y doctor de la Iglesia
Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú”.
Meditación de Juan Francisco Bravo Collado
“Ay de ti…”
Es como si Jesús me dijera: “Ay de ti, Francisquito, que has presenciado tanto milagro, tanto perdón, tanta conversión… y que todavía no te convences de que pueda haber un milagro en ti, un perdón para ti y una conversión para ti. Porque si cualquiera de los otros hubiera presenciado lo que presenciaste tú, hace ya tiempo se hubieran convertido y hubieran vivido una vida de verdad y de integridad como la que tú anhelas a veces, pero que generalmente vives a medias. Ven y sé de los convertidos, de los vulnerables, de los que han sido salvados por Mí y no por sí mismos.”
Me sorprendo y me preocupo. Mi conversión es a medias. Lo que más me cuesta abrir a Jesús son las áreas que no quiero que Él vea: las que me avergüenzan, las que me duelen… aquellas en las cuales sé que causé daño a personas concretas. Si los milagros que se han hecho en mí se hubieran hecho en Sodoma, Sodoma estaría bien. Veo que el llamado de Jesús no es a negar, a esconder o a restregarme los errores, sino que a mirarlos de frente, con pena y con compasión por aquellos que he dañado y por mí mismo, y abrirle a la puerta a Jesús para que Él saque algo bueno de mi pequeñez.
Querido Jesús, perdóname porque tengo tanta pena y vergüenza por mi debilidad y mis errores, que me cuesta reconocer en Ti la capacidad de perdonarme y mirarme con optimismo. Enséñame a hacerme grande en mi miseria y dejarme salvar por Ti. Esta semana quiero mirar todo aquello que me apena, me avergüenza y me atormenta con serenidad y de frente, aunque eso signifique reconocer que no puedo con ello, para pedirte a Ti que lo tomes y que lo cuelgues de tu cruz. AMÉN