Evangelio según  san Lucas 2, 22-35

Lunes de Octava de Navidad.

 

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con Él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

 

 

Meditación de Francisco Bravo Collado

 

“… una espada te atravesará el corazón.”

 

Es como si María me dijera: “Simeón fue duro. Pero no mintió. Una espada me traspasó el corazón. El día de la presentación en el templo yo estaba admirada de lo que decían de Jesús, y me imaginaba que, en el futuro, todo saldría bien; que mi hijo iba a traer salvación; que tendríamos una buena vejez; que Él iba a redimir a mi pueblo. Y aunque todo esto fue así, resultó de una forma completamente distinta a la que yo lo esperaba. Una espada traspasó mi corazón. Y dolió.”

 

Me impresiona este texto donde Simeón profetiza dolor para María. Me imagino a una mamá joven, llevando a su guagüita al templo, llena de ilusiones, admirada por el recibimiento que tiene su hijo, emocionada al ver que aquel sí que dio hace algún tiempo realmente significó la venida del Mesías… y encontrarse con este sabio que le da una profecía tan dura. Me rompe el corazón. Me llena de pena imaginarme como se sintió ella.

 

Querida Madre y Reina, enséñame con tu reciedumbre. Regálame templanza y espíritu de sacrificio. Enséñame a no utilizar medias verdades para endulzar las cosas que son amargas. Permíteme ver las cosas con claridad, para que pueda construir el verdadero Reino de Dios, anclado en tu Hijo; y no un reino que imagino yo con mi tendencia a la comodidad y a los reconocimientos. Ayúdame a mirar la cruz de frente. Edúcame como educaste a tu Hijo. AMÉN